ADIVINA, ADIVINANZA

José Carlos Canalda

España

El día que terminé mi licenciatura en la universidad fui presa, como supongo que le habrá ocurrido a todo el mundo, de unos sentimientos encontrados. Por un lado sentía la satisfacción de haber llegado al fin a la ansiada meta, pero por otro me encontraba ante la disyuntiva de no tener demasiado claro mi futuro.

Finalmente acabé decantándome hacia la carrera investigadora, no tanto por sentir vocación hacia ella como por pragmatismo ante una incorporación al mundo laboral que presumía problemática. Tras leer en el tablón de anuncios de la facultad, casi por casualidad, la oferta de una beca para realizar una tesis doctoral en un afamado centro de investigación. Llamé por teléfono al responsable, concerté una entrevista y, antes casi de darme cuenta me encontraba en mi nuevo destino. De sobra sabía que la vida de un becario era, cuanto menos en nuestro país, precaria y con pocas perspectivas de futuro en un buen puñado de años, pero me resolvía el problema durante algún tiempo. Más adelante, Dios diría.

La verdad sea dicha, jamás hubiera podido sospechar que un licenciado en Historia como yo era, especializado por si fuera poco en Historia Antigua, fuera a acabar trabajando en algo que, aunque en sentido estricto correspondía a mi disciplina, era al mismo tiempo rabiosamente tecnológico... Y yo podía saber más o menos de historia, pero era un completo lego en cuestiones tecno-científicas de cualquier índole. Aunque, eso también es cierto, los ingenieros, que eran el otro sector académico involucrado en esta disciplina pomposamente denominada Ingeniería Histórica, acostumbraban a tener todavía menos conocimientos de historia que el que nosotros los historiadores teníamos de ingeniería; este hecho, unido a la circunstancia de su mayor demanda laboral fuera de los ámbitos universitarios, explicaba su nula respuesta a la convocatoria, algo que sin duda a mí me había beneficiado.

Acabo de citar un término, Ingeniería Histórica, que probablemente les habrá llamado la atención, puesto que en un principio cabría pensar que nada puede haber más dispar dentro del ámbito del conocimiento humano que la ingeniería y la historia; no ignoro que esta última se ha auxiliado frecuentemente de distintas técnicas científicas como, por poner tan sólo un ejemplo, la datación cronológica con el carbono catorce... Pero esto es algo totalmente diferente, ya que se trata de una fusión de ambas disciplinas en un tanto monta capaz de dejar perplejo a cualquiera.

De hecho, mi futuro director de tesis no era historiador, sino científico; no ingeniero, que eso hubiera sido ya pedir demasiado, pero sí físico teórico. ¿Qué podían tener en común la historia y la física? Pues en principio muy poco... hasta que, hace unos años y de manera casual, fueron descubiertas las ecuaciones que permitían conocer la naturaleza pluridimensional del universo.

Supongo que todos ustedes habrán oído hablar de la famosa cuarta dimensión, identificada habitualmente con el tiempo; e incluso, si son aficionados a la ciencia ficción, es de esperar que estén familiarizados con las especulaciones de todo tipo escritas por los autores del género acerca de hipotéticos viajes por el tiempo... Aunque en realidad la Ingeniería Histórica no tiene nada que ver con ellos, sino con otro tópico asimismo habitual dentro de la literatura fantástica, el de los universos paralelos.

Claro está que una cosa es hablar —o escribir— de universos paralelos, utilizando el concepto como una mera excusa argumental, cuando no como simple escenario de la narración, y otra muy distinta hacer un desarrollo matemático del mismo, algo endiabladamente complejo y, como tal, al alcance tan sólo de mentes muy preparadas entre las cuales, huelga decirlo, la mía no se contaba. Esto explica de sobra mi nerviosismo a la hora de acudir a la entrevista, dado que no entendía qué cabida podía tener en este proyecto alguien con una formación humanística, pese a que la convocatoria dejaba bien claro que la beca iba dirigida a licenciados en historia o disciplinas afines.

Sin embargo, los hechos posteriores vendrían a demostrar que el león no era tan fiero como lo pintaban, y que la gente como yo tenía encaje en el equipo multidisciplinar encargado de explorar las vastas y desconocidas rutas del pluriuniverso... Porque si bien los historiadores nos encontrábamos perdidos frente a una simple expresión algebraica más o menos complicada, lo mismo les ocurría a los científicos —matemáticos y físicos en especial, aunque había también algunos químicos, geólogos y biólogos— en relación con las mal llamadas ciencias sociales. En realidad, y dadas las características del Proyecto Fénix, que así era como se denominaba ampulosamente al programa de investigación en el que iba a tomar parte, todos nosotros nos necesitábamos; pero esto no lo sabría hasta más adelante.

Llegados a este punto, es necesario recurrir a determinados conceptos matemáticos, imprescindibles para entender, siquiera de forma somera, la estrategia seguida por los responsables del Proyecto Fénix. Quede claro que en el momento de incorporarme a él mis conocimientos sobre este tema eran virtualmente nulos, excepción hecha de los paupérrimos rescoldos de mi olvidado bachillerato. Por supuesto conocía el significado conceptual del término infinito, pero no las mucho más complejas y sutiles consecuencias matemáticas derivadas del mismo... Porque no es lo mismo imaginar algo extremadamente grande, lo cual está al alcance de todo el mundo, que asumir las tremendas implicaciones de un infinito real.

Infinito significa precisamente eso: infinito. No muy grande, ni enormemente grande, ni tan siquiera inconmensurablemente grande; sino un conjunto inabarcable de elementos que, por su misma naturaleza, no tiene principio ni tampoco puede tener fin. Analizándolo en profundidad descubriremos que se trata de un concepto en realidad endiablado, a la par que en modo alguno intuitivo. En el mundo real, poco importa que consideremos las galaxias del universo o los átomos que constituyen un objeto cualquiera, todo es finito, es decir, limitado en su cantidad. Ésta podrá ser, evidentemente, tan elevada como se quiera, pero siempre tendrá fin y, si somos incapaces de cuantificarla, será debido tan sólo a la insuficiente precisión de nuestros métodos de medida, nunca a su propia naturaleza.

Un conjunto infinito de los ideados por los matemáticos, por el contrario, cuenta con un inagotable número de elementos, siendo por lo tanto intrínsecamente imposible de cuantificar. Es evidente que siempre hasta ahora se había considerado como una simple elucubración mental sin el menor reflejo práctico; pero el descubrimiento de la pluralidad de los universos demostró, sin ningún género de dudas, que el número de los mismos era infinito o, si se prefiere, que el número de universos paralelos al nuestro era no ya inabarcable, sino asimismo inacabable e inconcebible. Se me objetará, con razón, que también esto sería una mera especulación teórica... pero las circunstancias cambiaron de manera radical cuando se descubrió la posibilidad de visitar estos universos, compañeros y a la vez diferentes del nuestro.

Ustedes recordarán sin duda el revuelo organizado por los medios de comunicación, siempre tan sensacionalistas como desinformados, a raíz de la noticia de la construcción del primer transdimensionador, nombre con el que se bautizó al artefacto capaz de taladrar las fronteras que separan a los distintos universos; revuelo que poco después se vendría a quedar en nada dado que el interés fundamental del descubrimiento era básicamente científico, y ya se sabe que estos temas acostumbran a acabar aburriendo al gran público.

Era cierto, y en esto no mentían los periodistas, que las posibilidades que abría la exploración dimensional eran literalmente infinitas; pero no menos cierto era también que las dificultades inherentes a la misma resultaban ser asimismo infinitas... porque de poco servía contar con unas inmensas posibilidades de elección careciendo de cualquier posible método para discriminar entre las distintas opciones, lo que hacía que la situación en la que se encontraban los investigadores fuera similar a la de un visitante de la Biblioteca de Babel imaginada por Borges, o a la de un hipotético lector del también borgiano Libro de Arena. En definitiva, explorar el universo en esas condiciones hubiera supuesto, en la práctica, jugar a una extraña lotería cósmica de impredecibles y, con toda probabilidad, inaprovechables premios.

Por fortuna, la genialidad de los premios nobel Inoue y Cannizaro permitió salvar airosamente el escollo contra el que se había estrellado la neonata ciencia. Según las predicciones de las ecuaciones Sánchez-Jolliot, desarrolladas por estos dos teóricos tan sólo algunos años antes, existía un principio de exclusión, similar al que postulara Pauli para la mecánica cuántica, que impedía que dos universos cualquiera fueran virtualmente idénticos, de la misma manera que dos puntos no pueden ocupar la misma posición en una recta. Todos ellos se diferenciaban, pues, en algo, y ese algo podía ser desde un detalle tan trivial como la posición de un átomo, hasta una variación absoluta en la propia arquitectura de los mismos, sin respetar ni tan siquiera los valores de constantes tan universales como la de Newton o la de Planck.

Dicho con otras palabras, habría universos en los que la Tierra no existiría, y otros en los que los dinosaurios no habrían llegado a extinguirse, impidiendo con ello la aparición de la especie humana al no tener lugar la explosiva evolución de los mamíferos posterior a su desaparición en el Cretáceo; pero también habría otros alternativos en los que las discrepancias con el nuestro oscilarían entre los distintos desenlaces de episodios históricos trascendentales, tales como la victoria de Hitler en la II Guerra Mundial, u otras tan triviales para el devenir de la historia como que un anónimo ciudadano chino fuera o no atropellado al cruzar una atestada calle de Shangai.

Pero aquí tropezamos de nuevo con el endiablado concepto de infinito. Según los matemáticos, una línea recta está formada por un número infinito de puntos. Bien, hasta ahí es relativamente fácil de entender. Lo que ya no lo es tanto, puesto que choca de frente contra el sentido común, es que si partimos la citada recta en dos, cada una de las dos semirrectas resultantes contiene asimismo un número infinito de puntos... Y así ocurriría con cada uno de sus pedazos si siguiéramos troceándola sin cesar, en un curioso remedo de las tribulaciones del ratón Mickey en el conocido episodio de la película Fantasía, cuando metido a aprendiz de brujo intentaba impedir infructuosamente que las multiplicadas escobas siguieran acarreando agua sin parar.

Es obvio que la extrapolación del razonamiento anterior resulta tan inequívoca como sorprendente, a la par que en absoluto intuitiva: una recta dividida infinitas veces produciría un conjunto de infinitos segmentos, cada uno de los cuales estaría constituido... sí, lo han adivinado, por infinitos puntos. Absurdo, pero cierto. Huelga decir que, para poderle hincar el diente a este embolado, los matemáticos había recurrido hacía ya mucho a otro tinglado teórico todavía más enrevesado, el de los transfinitos; pero he de confesar que al llegar a estas profundidades me pierdo ya por completo, amén de que tales elucubraciones no resultan necesarias para nuestros modestos razonamientos.


Ilustración: Valeria Uccelli

Dejémoslo, pues, en una explicación más prosaica apta para profanos: dentro del conjunto del pluriuniverso podremos encontrarnos con infinitos mundos en los que el general Franco ganó la Guerra Civil, pero también existirá un conjunto no menos infinito de Tierras en las que la victoria final correspondió a la II República... así como otro grupo de infinitos universos en los que el conflicto armado ni tan siquiera llegó a existir, junto con cualquier otra posible variante que se nos pueda ocurrir por absurda o aberrante que pudiera parecer, sin más limitaciones que las impuestas por las inflexibles leyes de la causalidad.

Bien, hasta ahora no he explicado todavía cómo Inoue y Cannizaro se las apañaron para resolver un problema que convertía en trivial el conocido tópico de la aguja en el pajar; no ha sido un olvido, sino la evidente necesidad de explicar antes la situación existente previa a su intervención. El hallazgo de estos dos científicos, genial a la par que pasmosamente simple, consistió en un algoritmo matemático capaz de reducir a una expresión matemática única las diferencias —llamémoslo así— existentes entre nuestro universo y cualquier otro que deseáramos visitar; una vez fijado un conjunto discreto de parámetros, bastaba con dar distintos valores a éstos en una ecuación maestra para modular, de forma controlada y reproducible, el ya citado transdimensionador, tras lo cual los viajeros dimensionales aparecerían como por arte de magia en el universo buscado o, al menos, en uno que cumpliera todas las condiciones deseadas, dado que poco importaba que un campesino bávaro hubiera fallecido, o no, víctima de la Peste Negra en el año del Señor de 1349 salvo, claro está, que algún descendiente suyo hubiera acabado siendo siglos después un personaje lo suficientemente importante como para influir en la historia; pero la ecuación Inoue-Cannizaro preveía asimismo cualquiera de estas posibles paradojas, limitándose a eliminar el ruido de fondo constituido por los resultados redundantes, desviados o simplemente inútiles, sin afectar en lo más mínimo a la esencia.

Y se abrió la caja de las maravillas y, con ella, la amenaza de que en realidad se tratara de una caja de Pandora. Como es evidente, los principales gobiernos mundiales se apresuraron a declarar secreto militar, en sus respectivos territorios, a todo lo relacionado con los viajes dimensionales, una precaución que acabó revelándose inútil dado que el arraigado apatriotismo de la comunidad científica, auxiliado con eficacia, eso sí, por herramientas tan poderosas como internet, consiguió burlar con audacia —y a decir de muchos, con imprudencia— las férreas mordazas que de forma infructuosa intentaron imponerles sus gobernantes.

Por fortuna, con el tiempo se pudo comprobar que las posibles consecuencias negativas de tan revolucionario descubrimiento se quedaban en la práctica en mera agua de borrajas. Y no porque éstas no fueran importantes, que lo eran y mucho, sino porque su trascendencia real resultó estar circunscrita de forma exclusiva al ámbito académico y erudito sin que la economía, la política o el delicado equilibrio mundiales se vieran afectados en lo más mínimo.

Las razones para ello fueron dos, más que nada. En primer lugar, el viaje interdimensional era, literalmente hablando, virtual. Los exploradores dimensionales no viajaban en realidad a ningún universo paralelo, limitándose a contemplar algo equivalente a una proyección holográfica en la que se veían inmersos, provista, eso sí, de una pasmosa nitidez. El transdimensionador los convertía en la práctica en una especie de fantasmas, invisibles e intangibles para los habitantes de los universos visitados, permitiéndoles no obstante desplazarse por ellos tal como lo hubieran hecho por nuestro propio mundo; mejor incluso, puesto que estaban libres de sufrir, dada su incorporeidad, ningún tipo de percance. Eso sí, podían ver con todo lujo de detalles y, gracias a un ingenioso artilugio que interpretaba las microfluctuaciones locales del índice de refracción del aire producidas por los sonidos, también les era posible oír. Por supuesto, eran capaces de percibir, asimismo, cualquier tipo de emisión electromagnética, tales como las de radio o televisión. Pero dado que no era posible hacerlo a la inversa, la capacidad de comunicación entre dos universos distintos era del todo nula.

El segundo factor importante, a la par que inesperado, resultó ser la absoluta sincronización cronológica existente entre la totalidad de los universos explorados o, por hablar con más propiedad, todos aquellos en los que resultó posible evaluar este parámetro. Estudiando minuciosamente el reloj cósmico más preciso del que se disponía, la posición relativa de los diferentes astros del Sistema Solar, se llegó a la sorprendente conclusión de que, en todos los universos en los que estos planetas, satélites y asteroides existían, el tiempo discurría sin el menor desfase entre ellos. Esta evidencia echó por tierra las esperanzas, y también los temores, de quienes habían postulado la existencia de posibles adelantos o retrasos temporales entre dos universos determinados que en todo lo demás fueran idénticos, lo que hubiera permitido realizar de una manera indirecta, pero no por ello menos efectiva, algo equivalente a los viajes por el tiempo. Así pues, quedaron frustradas las esperanzas de quienes especularon con la posibilidad de viajar a un universo paralelo, pero adelantado en tan sólo unos días al nuestro propio, para poder así averiguar, pongo por ejemplo, los resultados del próximo sorteo de la lotería... aunque en realidad la teoría predecía que, dentro del conjunto infinito de universos virtualmente idénticos al nuestro hasta un momento determinado —el del sorteo—, se incluían todos aquellos en los cuales el premio gordo recaería en cada uno de los números que entraban en el sorteo, desde el primero hasta el último sin dejar ninguno, con lo cual en la práctica esta limitación habría convertido en inútiles las pretensiones del burlado jugador.

Anécdotas aparte, lo cierto es que estas dos restricciones fueron una auténtica bendición para la comunidad científica mundial, ya que gracias a ellas los investigadores pudieron dedicarse de lleno al estudio del fascinante campo de los universos paralelos sin interferencias ni trabas de ningún tipo por parte de los políticos o de los poderes fácticos, dado que tanto los unos como los otros coincidían en despreciar olímpicamente todo conocimiento del que no pudieran sacar provecho. Así pues, pronto comenzaron a crearse numerosos grupos de investigación ansiosos por explorar tan tentador territorio virgen.

Aunque las posibilidades abiertas eran muchas, una somera clasificación nos permitiría distribuir a estas iniciativas en dos grandes grupos, bautizados respectivamente en nuestra jerga propia como los macro y los micro, en alusión directa a la magnitud de los cambios existentes con respecto a nuestro propio universo.

Los primeros, fundamentalmente científicos experimentales, centraban su interés en sistemas —o universos— muy alejados de nuestro modelo, lo cual les permitía estudiar por comparación los mecanismos de evolución del nuestro. Así, los astrónomos investigaban sistemas solares en los que faltaba o sobraba algún planeta, o bien aquellos en los que la Luna no se había llegado a formar en los albores de la historia de nuestro planeta. Había paleontólogos fascinados por mundos en los que los dinosaurios no se habían extinguido, u otros en los que ni tan siquiera habían llegado a surgir. Los químicos disponían de Tierras con composiciones químicas sutilmente distintas, pero lo bastante significativas a la hora de condicionar composiciones exóticas, y geólogos y meteorólogos disfrutaban de alternativas variadas a la conocida evolución de la superficie y la atmósfera terrestres. En lo que respecta a los antropólogos, se entusiasmaban con escenarios en los que la evolución de los homínidos había seguido por derroteros muy distintos a los conocidos.

El trabajo de los micro, es decir, de nosotros, consistía por el contrario en investigar escenarios muy similares al nuestro, diferenciados apenas en algún detalle puntual que, aunque pudiera parecer irrelevante dentro del conjunto global, resultaba fundamental para el discurrir histórico. A diferencia de nuestros colegas, nosotros solíamos proceder de disciplinas humanísticas o, por usar la terminología moderna, de las ciencias sociales. ¿Qué era lo que buscábamos? Un aficionado a la ciencia ficción lo calificaría de ucronía, pero nosotros preferíamos utilizar un término más aséptico: Historia alternativa. Así, nuestro trabajo consistía en realizar prospecciones históricas en universos en los cuales un sutil cambio había desviado la evolución de la sociedad respecto al guión escrito en el nuestro: mundos en los que Hitler hubiese triunfado en la II Guerra Mundial, en los que Julio César no había sido asesinado en los idus de marzo, o en los que Mahoma no había llegado a existir, entre muchos otros.

Por comparación entre la historia real —para nosotros— y la de las Tierras alternativas, deducíamos la trascendencia de un cambio histórico concreto, algo que puede parecer sencillo pero que, en ocasiones, podía resultar muy endiablado a causa de la complejidad de los factores involucrados, algunos obviamente importantes —además de la victoria de Napoleón en Waterloo podía o no darse la muerte de su rival Wellington; junto con una o las dos premisas anteriores podía o no desatarse una epidemia de cólera que diezmara Francia...— y otras menos evidentes, protagonizadas por ciudadanos anónimos en acontecimientos nimios pero que, merced a un conjunto de complejas e impredecibles carambolas, actuaban de catalizador de procesos divergentes tan determinantes como inesperados.

Separar el polvo de la paja o, si lo prefieren, eliminar el ruido de fondo que perturbaba la información, era tan complejo a la hora de seleccionar el universo adecuado entre todos aquellos que cumplían los requisitos previos, que nuestra tarea a veces se nos presentaba inabarcable. Voy a poner un ejemplo. ¿Qué hubiera ocurrido si Gavrilo Princip, el asesino del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, en lugar de morir de tuberculosis en 1918, en la cárcel donde cumplía condena por el magnicidio que desató la I Guerra Mundial, lo hubiera hecho poco antes de cometer el atentado? ¿Se habría podido evitar el conflicto bélico? La paradójica respuesta era sí o no según el universo estudiado, ya que según las leyes de los números infinitos todas las alternativas eran posibles. Claro está que estas historias alternativas en las que, sin mediar la intervención de Princip, estallaba o no la guerra europea, se diferenciaban a su vez en otros factores tales como su sustitución por otro terrorista, la suspensión del atentado, la detención de sus promotores por la policía imperial, la salvación del archiduque, herido pero no muerto... y así ad infinitum.

Por esta razón, en la práctica tan sólo era posible estudiar cambios muy puntuales en los que estas perturbaciones no se producían. Por analogía con la hidrodinámica —al fin y al cabo el tiempo también fluye—, los historiadores calificábamos a estas situaciones como laminares, en contraposición a aquellas otras —las caóticas— de comportamiento totalmente imprevisible. Aunque en un principio hubiera podido pensarse que los grandes acontecimientos históricos, en especial los repentinos —tales como la sorprendente conquista del imperio persa por parte de Alejandro Magno—, entrarían en la categoría caótica, mientras las evoluciones tranquilas de la sociedad serían por el contrario laminares, no siempre ocurría así, dándose casos en los que las circunstancias exigían el surgimiento de un líder fuerte, pero no necesariamente el mismo personaje en todos los escenarios posibles, dándose evoluciones paralelas muy similares pese a los diferentes protagonistas y, por el contrario, períodos históricos al parecer apacibles pero con grandes desviaciones entre unos y otros universos. El enrevesamiento de nuestra disciplina podía llegar a ser, pues, en verdad endemoniado.

Pero dice el refrán que no hay mal que por bien no venga, y si bien los resultados prácticos de la Historia Alternativa no llegaron a colmar las expectativas que se habían depositado en ellos, de una manera casi inesperada los investigadores tropezaron con otro filón en modo alguno desdeñable, lo que permitió el surgimiento de una nueva disciplina, bautizada con el nombre de Prospección Artística, Literaria y Documental.

Pese a lo rimbombante del nombre, la idea era en esencia sencilla: se trataba de buscar todo aquello que se había perdido irremisiblemente en nuestra realidad, mientras en otros mundos paralelos no; me estoy refiriendo a cosas tales como obras de arte, monumentos y edificios singulares, documentos históricos, textos literarios, etc. La finalidad de estas iniciativas fue en un principio académica, lo que no impidió que pronto comenzaran a encontrárseles nuevas e interesantes aplicaciones tales como la turística, por supuesto de lujo y reservada tan sólo a unos pocos privilegiados, amén claro está de molestias tales como las inevitables interferencias políticas y militares —ambos colectivos consideraban a la P.A.L.D. como algo similar a los juegos de rol— no por inofensivas menos cargantes, por no hablar ya de la tabarra de los gobernantes locales, incapaces de entender que el Faro de Alejandría, el Palacio Imperial de Roma o los textos perdidos de Aristóteles siempre serían mucho más importantes que el retablo de la iglesia de su pueblo desaparecido en 1936.

Por fortuna, los distintos equipos de investigación acabaron apañándoselas para sacudirse las pulgas de encima. Mucho más complicado fue salvar los mismos inconvenientes con los que habían tropezado antes las prospecciones históricas; había tantas alternativas para elegir, todas ellas poco o mucho diferentes del resto, que en la práctica resultaba extraordinariamente difícil acertar con la solución idónea. Tomemos el caso, por ejemplo, de los investigadores que trataban de documentar el aspecto externo e interno del desaparecido alcázar madrileño. Por cierto eran muchos los mundos paralelos —a decir verdad, demasiados— en los que el pavoroso incendio de 1734 no había tenido lugar, preservándose la vieja residencia de los Austrias en lugar del Palacio Real que en nuestro universo viniera a ocupar su solar; pero esto no quería decir, en modo alguno, que su aspecto fuera idéntico en todos ellos, diferenciándose poco o mucho de unas realidades alternativas a otras en función de los avatares históricos sufridos en cada una de ellas. Ora había padecido graves daños en la Guerra de la Independencia, ora en la Guerra Civil, sin contar con las numerosas intervenciones realizadas para paliar el simple deterioro producido por el paso del tiempo, no siempre emprendidas siguiendo criterios de restauración equiparables.

Así pues, quienes pretendían saber cómo hubiera sido este antiguo palacio de haber llegado hasta nuestros días, se encontraban con el problema de tener que elegir entre múltiples alternativas, todas ellas igual de probables, ya que lo que no resultaba posible, tal como he comentado, era averiguar cual había sido su aspecto original durante el reinado de los monarcas de la dinastía de los Austrias. Por suerte, no siempre ocurría así; en los casos en los que se disponía de una fotografía antigua, aunque fuera en blanco y negro, de un cuadro u otra obra de arte, era posible rastrear una copia idéntica de la misma cotejándola con la original sin riesgo de incurrir en error. Justo en el otro extremo se encontraban los buscadores de documentos y obras literarias perdidas, los cuales nunca podían estar seguros de la validez de sus hallazgos aunque, eso sí, una tragedia de Sófocles siempre sería una obra salida de las manos de este dramaturgo griego —o de alguno de sus múltiples avatares— por más que en nuestra realidad histórica jamás la hubiese llegado a escribir.

Estas circunstancias acarrearon, en ciertas ocasiones, unos resultados pintorescos. Así, pronto se puso de moda la literatura virtual; los aficionados a un tipo determinado de literatura, e incluso a la obra de algún escritor en concreto, se encontraron de repente con la posibilidad de disfrutar de un inagotable número de trabajos que jamás existieron en nuestro propio mundo, pero que en esencia eran tan originales como las canónicas. Lo mismo ocurría con la pintura, la escultura, la música —especialmente sonado fue el éxito de una Décima Sinfonía de Beethoven, una de entre las muchas existentes— y en general con todas las Bellas Artes, salvo una única excepción que comentaré más adelante. Los aficionados al cine pudieron disfrutar de una versión de Casablanca en la que Ilse permanecía al lado de Rick, o de un Lo que el viento se llevó alternativo con Escarlata reconciliada con Rhett y el consiguiente final feliz...

La excepción fue, por su propia naturaleza, la arquitectura. Y no porque no fuera posible un rastreo similar a los comentados antes, que lo era, sino porque pronto se desató una encendida polémica entre los partidarios de aprovechar estos conocimientos para restaurar, o incluso reconstruir, edificios emblemáticos mutilados o desaparecidos, y aquellos otros que rechazaban a ultranza cualquier tipo de intervención, por nimia que fuera ésta, alegando que siempre se trataría de una falsificación. Los resultados fueron para todos los gustos, dependiendo del lugar y de la sensibilidad de los responsables, no faltando los pastiches aberrantes ni, en contraposición a ellos, las recuperaciones modélicas, junto con problemas nada triviales como los planteados cuando el solar del edificio antiguo estaba ocupado ahora por otro nuevo, lo que implicaba la inevitable demolición del último como paso previo para la reconstrucción de su predecesor.

Especialmente problemáticos fueron los casos en los que, a causa de la existencia de rancias disputas religiosas, se llegaron a alcanzar situaciones en verdad realmente críticas, como ocurrió a raíz de la pretensión judía de reconstruir el templo de Jerusalén a expensas, claro está, de la mezquita de Al-Aksa, levantada por los musulmanes sobre sus ruinas... Aunque, claro está, de ello no se podía responsabilizar ni a los científicos ni a la propia Ingeniería Histórica, sino exclusivamente a los políticos, líderes religiosos y agitadores varios.

Por fortuna nosotros, simples investigadores nada interesados en las posibles repercusiones políticas o místicas del problema, nos conformábamos con una simple reconstrucción virtual, no por intangible menos verídica, del monumento perdido, un trabajo ya de por sí lo suficientemente ímprobo como para quitarnos las ganas de gastar nuestras energías intentando convencer al gobernante de turno de la bondad de una reconstrucción determinada... Claro está que no todos nuestros colegas pensaron así, como lo demostró el repentino —y efímero— auge de parques temáticos ideados para reproducir, no siempre con suficiente verosimilitud pero con la impunidad que confería el escaso nivel de conocimientos históricos de sus visitantes, variados y presuntos edificios históricos de los que tan sólo quedaba ya el recuerdo, y a veces ni tan siquiera eso. Esos circos mediáticos poco tenían que ver con la verdadera ciencia, y poco era lo que nos importaban, aunque en su momento llegaron a ser un negocio realmente rentable. Ya lo dijo Vespasiano, el socarrón emperador romano: el dinero, sea cual sea su procedencia, por lo general no suele oler.

Pero uno tiene —o tenía, todo hay que decirlo— sus principios, por lo cual no cedí ante los cantos de sirena y, a diferencia de algunos colegas míos, tentados por el dinero fácil, me mantuve fiel al espíritu investigador, pese a que esto limitaba mi horizonte profesional a unas perspectivas máximas de un sueldo —y eso con suerte— digno y seguro pero con el que jamás llegaría a hacerme rico, algo que entonces no sólo no ambicionaba, sino que incluso despreciaba.

¡Ay, el idealismo inconsciente de la juventud! Porque, por si fuera poco, mi trabajo nada tenía de excitante y romántico, y sí mucho de rutinario y aburrido; y por supuesto, convenía olvidarse de cosas tales como reconstruir virtualmente el Partenón, el Faro de Alejandría o tan siquiera, ya en un plano más modesto, alguna desaparecida basílica visigoda. Como ya he comentado antes, la navegación por el pluriuniverso tenía lugar, desde un punto de vista cronológico, siempre en horizontal, y no en vertical; en consecuencia, por muy diferente que pudiera resultar un universo alternativo determinado, en él habrían transcurrido exactamente los mismos años que en el nuestro, con lo cual la posibilidad de encontrar edificios centenarios o milenarios más o menos intactos eran igual de remotas que en el nuestro propio, por más que los acontecimientos históricos seculares que provocaron la desaparición de los mismos en nuestro pasado no hubieran tenido lugar allí. En la práctica, lo que solía suceder era que hubieran ocurrido otros diferentes, pero no por ello menos efectivos en lo relativo a sus consecuencias destructoras.

Así pues, salvo contadas excepciones, nuestras investigaciones resultaban ser sumamente reducidas en el tiempo ante la imposibilidad práctica de remontarnos demasiado en el pasado; y puedo asegurarles que nuestro trabajo cotidiano era capaz de acabar con la ilusión del más entusiasta. Díganme sino qué podía tener de interesante, por poner un ejemplo, un estudio sistemático, realizado sobre una muestra de 5.000 universos paralelos, sobre la resistencia a la presión de los materiales empleados en la construcción de la presa de un embalse, o la evaluación del efecto de la contaminación ambiental en los índices de mortalidad de una metrópolis europea en función de determinado parámetro de la ecuación de Inoue-Cannizaro... Porque cosas de este estilo, si no todavía más áridas, eran lo que acostumbrábamos a hacer un día tras otro para desesperación nuestra.

Por si fuera poco, los sufridos becarios ni tan siquiera podíamos consolarnos con la compensación de viajar en el transdimensionador ya que, salvo en circunstancias muy excepcionales, esto era algo que se reservaban en exclusiva los pata negra debido, decían las malas lenguas, a que no deseaban tener testigos molestos de sus presuntas —o cuanto menos presumibles— visitas turísticas, eufemismo con el cual nos referíamos en nuestro mundillo a las excursiones particulares camufladas bajo la excusa de realizar un imaginario trabajo de campo... Y no necesariamente para visitar monumentos, ya que la posibilidad de atravesar las paredes sin riesgo alguno de ser descubierto podía llegar a dar mucho juego si se sabía aprovechar bien.

Dadas las circunstancias, no es de extrañar que el desánimo y el hartazgo hicieran estragos entre las filas de los becarios. De todos nosotros yo fui, paradójicamente, uno de los que más paciencia tuvieron, quizá porque, a diferencia de muchos de mis compañeros, en mi optimismo o en mi ingenuidad seguía confiando en culminar mi carrera investigadora; pese a ello, nada más lejos de mi intención que emular al santo Job, razón por la que mi capacidad de tolerancia acabó llegando a su fin.

Tan sólo era cuestión de tiempo que diera un mordisco a la manzana, y la serpiente se me presentó un buen día en forma de una sofisticada visitante de mediana edad con aspecto de tener el riñón más que bien cubierto. Qué podía buscar una pija de ese calibre en el humilde y no demasiado limpio zaquizamí de un oscuro becario era algo que se me escapaba por completo, razón por la que la sorpresa me impidió cumplir siquiera con las más elementales normas de cortesía.

Indulgente ante mi embarazo, Eva —llamémosla así— me pidió permiso para pasar, a lo cual accedí torpemente, acomodándola en la única silla libre del minúsculo estudio al tiempo que yo hacía lo propio en la deshecha cama, sin que pareciera incomodarle demasiado —o al menos lo disimulaba— el patente desaliño de mi guarida. Con una sonrisa, quizás deliberada, que tuvo la virtud de derretirme, pasó a explicarme el motivo de su inesperada visita.

Permítaseme que abra ahora un paréntesis en mi narración para reflexionar sobre la pasmosa capacidad del intelecto humano para idear soluciones ingeniosas a un problema aparentemente complejo... en especial si éstas logran burlar algún precepto ético o moral, cuando no legal. Ya he comentado que al invento del transdimensionador no se le había conseguido encontrar ninguna aplicación práctica fuera de la estrictamente académica; pues bien, lo que no habían logrado, pese a sus esfuerzos, ni los más preclaros científicos del mundo ni los menos inteligentes —pero mucho más prosaicos y taimados— políticos, militares y grandes financieros, lo había resuelto aparentemente la mujer que se sentaba en mi cuarto. Y por si fuera poco, había venido a proponerme participar en su plan a cambio de una más que generosa compensación económica.

Mareado mitad por sus palabras, en parte por el aroma a Chanel 5 que emanaba de su cuerpo, le pedí un tiempo prudencial para pensármelo... aunque en realidad yo ya conocía la respuesta. Ella probablemente también, aunque tuvo la delicadeza de disimularlo emplazándome a una reunión una semana más tarde en un lugar que me comunicaría por teléfono; puede que fuera tan sólo una simple medida de precaución, pero sospecho que no le debía de seducir demasiado la idea de tener que volver a mi hogar.

En esencia, su plan no podía ser más sencillo. Según me dijo, su matrimonio hacía aguas desde tiempo atrás y, lo peor de todo, tenía fundadas sospechas de que su marido la engañaba con una amante... sospechas que quería corroborar personalmente con el transdimensionador.

Mi perplejidad fue absoluta. El transdimensionador, le dije, no le serviría para nada, al igual que les había ocurrido a todos los que con anterioridad a ella habían pretendido utilizarlo en beneficio propio. Sí, seguramente, sería fácil encontrar un universo en el que su marido se la pegara con otra; pero también habría otros tantos en los que su fidelidad conyugal se mantendría a prueba de bombas. En cualquier caso, y puesto que eran factibles todas las posibilidades, el valor probatorio de una cualquiera de ellas sería por definición nulo, al no poderse demostrar en modo alguno el verdadero comportamiento de su marido en nuestro propio universo.

Al concluir mi atropellada explicación, que había respetado educadamente hasta el final, Eva se burló de mi ingenuidad al tiempo que, dándome una acrisolada lección de cinismo, me advertía de algo tan evidente que me había pasado desapercibido: en realidad, a ella no le importaba lo más mínimo lo que pudiera hacer el cornudo —repito literalmente el adjetivo que empleó— de su marido. Lo que en realidad buscaba eran pruebas que pudiera esgrimir en el proceso de divorcio que tenía previsto solicitar en cuanto pudiera, sin importarle lo más mínimo la posible veracidad de las mismas aunque, eso sí, habría que ocultar su verdadero origen para evitar una muy probable impugnación de las mismas. Es necesario añadir que había dinero, mucho dinero por medio, y que un adulterio demostrado, por más que pudiera ser falso aunque quizá no lo fuera, le abriría las puertas a una más que generosa pensión por parte de su futuro ex-marido.

No acabaron aquí mis objeciones. Yo era tan sólo un simple becario que tenía prohibido acercarme siquiera a la cabina del transdimensionador, así que poco podría hacer por ayudarla aunque quisiera... Más valdría que se dirigiera a alguno de mis jefes, que no mostrarían demasiados escrúpulos sobre todo habiendo tanto dinero por medio. Maldito lo que me apetecía quitarme la comida de la boca para dársela a unos buitres carroñeros que me tenían más quemado que el palo de un churrero, pero mi miedo a ser pillado manipulando los aparatos era muy superior a mi avaricia.

Para sorpresa mía, si es que algo podía sorprenderme ya a esas alturas, Eva volvió a reírse de mi inocencia. No, no podía recurrir a ellos porque de hacerlo siempre pendería sobre su cabeza la espada de Damocles de un posible chantaje... ¡Vaya, si todavía iba a conocerlos mejor que yo! Por el contrario yo, que tenía acceso —clandestino, eso sí— al aparato, me mantendría callado por la cuenta que me traía.

De poco sirvieron mis excusas —al parecer Eva tenía respuesta para todo— alegando que no sabía manejar el transdimensionador; nada más fácil, me dijo, que aprenderlo a espaldas de mis superiores. En realidad, sí sabía hacerlo, aunque de poco me sirvió fingir lo contrario.

Y se fue, dejándome a solas con el enervante aroma del Chanel 5.

Una semana más tarde quedamos citados en una lujosa cafetería cuyos precios estaban varios puntos por encima de mis magras posibilidades. Por supuesto, pagaba ella. Huelga decir que yo ya tenía decidida mi respuesta; en realidad ya había quedado casi convencido desde la primera entrevista, pero la última jugarreta de mi jefe, que se había largado a un congreso en una atractiva capital centroeuropea dejándome pringado con el trabajo durante un largo puente, había acabado por inclinar la balanza en el único sentido que ésta podía hacerlo. Sencillamente, estaba harto.

Y además, estaba el dichoso Chanel 5...

No es de extrañar, pues, que nos pusiéramos rápidamente de acuerdo. Nuestro plan era sencillo: yo tenía que ir a trabajar al laboratorio ese fin de semana, de hecho era tan pringado que concurría casi todos, y los vigilantes me conocían y no pondrían ninguna traba a mi presencia. Más difícil iba a resultar colar a Eva, pero la excusa que buscamos —fingir que era una amiga mía que venía a buscarme— confiábamos que sirviera para abrirle las puertas... Bueno, eso y su simpatía personal, capaz de derretir con una simple sonrisa a los témpanos más helados.

Puesto que aparte de nosotros dos el laboratorio iba a estar vacío —un compañero mío al que también le había tocado la china aceptó entusiasmado mi oferta de hacerme cargo de sus trabajos—, dispondríamos a nuestro antojo del teóricamente intocable transdimensionador. Por fortuna mi docilidad me había granjeado la confianza de mi jefe, que jamás hubiera llegado a sospechar que yo pudiera hacerle semejante trastada... y si lo descubría, ya sería demasiado tarde para evitarlo.

En contra de lo que pudiera pensarse, el manejo del transdimensionador era mucho más sencillo de lo que cabía sospechar a juzgar por su sofisticación. La cabina, que se volvía transparente durante el viaje —en realidad era un proyector holográfico de geometría esférica—, contaba con unos sencillos mandos que regulaban su velocidad y su desplazamiento con respecto al lugar visitado, y en el exterior de la misma existía una sala de control desde la que se supervisaban todos los detalles técnicos del viaje al tiempo. Si era necesario, también desde allí era posible gobernar el movimiento de la cabina. Un sistema de grabación automático, por último, se encargaba de registrar todos los detalles del proceso.

En circunstancias normales, a mí me hubiera encantado ocupar la cabina, al fin y al cabo jamás me habían permitido hacerlo; pero para mi desgracia, no tenía más remedio que encargarme de los controles exteriores. Propuse a Eva que me acompañara manejando la cabina vacía por control remoto, pero ella se negó en redondo mostrando un terco —y para mí completamente injustificado— interés en ocuparla en solitario, insistiendo incluso en pilotarla con sus propias manos. Y, como se apresuró a recordarme, quien paga manda.

No acabaron aquí sus exigencias, ya que asimismo me obligó a desconectar el monitor mediante el cual yo podía seguir desde la sala de control las incidencias del exterior de la cabina. Se trataba, me dijo, de algo muy íntimo que no deseaba que fuera visto por nadie a excepción de las personas estrictamente imprescindibles, entre las cuales, huelga decirlo, yo no me contaba. Por supuesto tampoco me permitiría vislumbrar la grabación, cuya copia de seguridad sería borrada de inmediato para evitar que mis jefes pudieran enterarse de nuestra travesura.

Sí, sé de sobra que obré mal, pero esa mujer me tenía hipnotizado y accedí a todas sus condiciones; y aún hubiera accedido a mucho más de habérmelo tan sólo insinuado.

Pero es mejor que no divaguemos. Nuestro plan se desarrolló sin incidentes, tal como lo habíamos pensado, y Eva logró colarse de rondón en el laboratorio. Yo, por mi parte, ya tenía todo preparado cuando llegó, así que pudimos ponernos de inmediato manos a la obra. Durante los días anteriores me había dedicado a realizar los complejos cálculos de la ecuación Sánchez-Jolliot necesarios para que el experimento pudiera tener lugar con éxito, ya que, de no ser así, corríamos el riesgo de aparecer en un universo distinto del buscado, lo cual hubiera hecho inútiles nuestros esfuerzos. La tarea era delicada, y yo no era precisamente un experto, pero al final creí haber alcanzado los parámetros que nos permitirían llegar a nuestro universo de destino.

Esto no resolvía, no obstante, todos los problemas. Puesto que la diferencia a nivel global entre nuestro universo y el buscado era tan trivial, por mucho que afinara los cálculos siempre existiría un considerable margen de incertidumbre en lo que a nosotros nos interesaba. Dicho con otras palabras, tanto podíamos caer en un universo en el que el marido de Eva le ponía los cuernos como a la inversa, o bien en otros en los que no existía adulterio alguno... y todos ellos resultaban ser virtualmente idénticos respecto a los parámetros que nos permitían seleccionar el destino del transdimensionador. Por esta razón, la única manera de encontrar el que buscábamos sería por puro y simple tanteo.

Y así lo hicimos. Con Eva en la cabina y los mandos programados para dirigirse de forma automática a unas coordenadas donde ella presumía que debía de encontrarse el nidito de amor de su marido, y yo en la sala de control con la pantalla apagada —sí, habría podido conectarla sin que ella se enterara, pero seguía siendo un romántico y permanecí fiel a mi promesa—, y manteniendo sólo contacto telefónico con ella, comenzamos nuestra torpe e inexperta búsqueda.

Para ser un novato, la verdad es que no me salió mal del todo, aunque hubiera sido pedir mucho que acertáramos a la primera. De hecho, nuestros primeros intentos fueron fallidos por diferentes motivos. En uno, Eva y su marido ni siquiera se conocían. En otro, ella acababa de quedarse viuda. En un tercero, no hallamos indicio alguno de adulterio. En un cuarto, la desviación entrópica —disculpen que no les explique en qué consiste esto, además de ser demasiado complicado ni tan siquiera yo lo entiendo demasiado bien— nos impidió localizar a ninguno de los dos miembros de la pareja. Y así una y otra vez...

Comenzaba a flaquear nuestro inicial entusiasmo, cuando Eva me transmitió palabras de aliento. Al parecer, todos los indicios eran favorables... y se desató la catástrofe. De pronto, Eva emitió un grito desgarrado seguido por un ominoso silencio, y mis desesperadas llamadas no encontraron respuesta alguna. Pulsé el botón de retorno de emergencia, corrí a la cercana cabina y abrí la puerta, encontrándomela desmayada, aparentemente víctima de una crisis nerviosa. Algo grave había ocurrido, pero ¿qué? Las paredes internas de la cabina sobre las que se proyectaba el holograma mostraban el gris uniforme de su estado desactivado, por lo que no me podían servir de ninguna ayuda. Existía, por supuesto, la grabación automática, pero en ese momento mis prioridades eran otras.

Saqué a rastras a Eva de la cabina y, tras depositarla en el suelo del laboratorio, intenté reanimarla con los escasos medios a mi alcance, sin el menor resultado. Me vi obligado entonces a pedir ayuda a los vigilantes, que a su vez dieron aviso a los servicios sanitarios de urgencia. Por supuesto no les conté la verdad, sino que a Eva le había dado un ataque repentino mientras charlaba conmigo en el laboratorio; todavía confiaba evitar que mis superiores se enteraran de que habíamos andado trasteando sin permiso con los equipos.

Por desgracia, no fue así. Cuando tras quedarme solo intenté hacer desaparecer las pruebas, descubrí con espanto que no era posible hacerlo, ya que al pulsar el botón de emergencia se había activado un sistema de seguridad que impedía borrar cualquier registro hasta que éstos no fueran revisados por el responsable del equipo... algo a lo que yo no tenía el menor acceso. Acababa de cavarme mi propia tumba de la manera más estúpida posible.

Sintiendo que la ropa no me llegaba al cuerpo, abandoné el laboratorio y me refugié en mi domicilio. Realmente no sabía qué hacer; estaba metido en un buen lío, en dos si lo de Eva llegaba a ser grave. Por suerte, pese a mi desánimo tuve la suficiente presencia de ánimo para hacer una copia —al menos eso sí me dejó hacerlo la maldita máquina— de la grabación, que me llevé conmigo. ¿Por qué hice eso? No lo tengo demasiado claro, pero supongo que sería mitad por querer saber lo que había ocurrido, mitad pensando que quizá pudiera serme útil en un futuro. Así lo fue, efectivamente, pero no como yo lo hubiese creído.

Tal como era de temer, el mismo lunes por la mañana se destapó la caja de los truenos, justo lo que tardó mi jefe en llegar y enterarse de mi travesura; porque, al no poder borrar las grabaciones, no tuve más remedio que confesarlo todo.

Puedo asegurar que en mi vida me había ganado una bronca tan monumental, aunque, no todo iba a ser negativo, aproveché la ocasión para decir todo lo que hasta entonces había callado, que no fue precisamente poco. Pero para mi desgracia yo había incurrido en una infracción grave, la de manipular sin permiso un instrumental científico extremadamente caro y delicado, y por si fuera poco había introducido a una persona extraña en el laboratorio, dejándola a solas en la cabina del transdimensionador. Dicho de manera gráfica, no daba un duro por mi pellejo.

Huelga decir que la expulsión fue fulminante, pero eso ya me lo esperaba y, si he de ser sincero, en mi fuero interno casi hasta lo deseaba. Peor fue la amenaza nada velada de depurar posibles responsabilidades penales por mi presunto incumplimiento de un buen puñado de leyes y normativas internas. Por fortuna esto me sirvió de revulsivo y, perdido ya el miedo servil, contraataqué justo donde más les podía doler, insinuando que en ese caso me dedicaría a pregonar urbi et orbe sus peculiares visitas turísticas camufladas de fingidos viajes de investigación... y di de lleno en el clavo. Puede que no existiera ninguna figura legal prohibiendo el voyeurismo transdimensional, y difícilmente podían ser denunciados por las desapercibidas víctimas de su lascivia; pero no hacía falta ser ningún lince para llegar a la conclusión de que una publicidad negativa de esa magnitud podría llegar a hacerles bastante daño no sólo en su reputación, sino también en la financiación futura de sus proyectos. Y no eran tan tontos como para ignorarlo.

Así, pues, acabamos llegando a un pacto entre caballeros, si por tales podía considerarse a quienes nos teníamos agarrados uno a otro por el cuello. Yo renunciaba voluntariamente a mi beca y desaparecía de allí, y ellos se olvidaban de mi trastada y de posibles represalias por ello. Dentro de lo que cabe, salía razonablemente bien librado del entuerto en el que me había metido.

Resuelto —mejor o peor— el más acuciante de mis dos problemas, aunque ya veríamos cómo me las apañaba a partir de entonces para buscarme las lentejas, pasé a interesarme por el segundo: Eva. Sabía que la habían llevado al servicio de urgencias de un hospital cercano, pero al interesarme por ella los responsables del mismo me dijeron que la única persona con sus características físicas —huelga decir que se había cuidado de darme su verdadero nombre— ingresada ese día se había recuperado de la crisis a las pocas horas y, tras solicitar el alta, se había marchado de allí sin dejar ningún tipo de señas.

Considero innecesario añadir que no volví a tener noticias suyas ni, por supuesto, llegué a cobrar un solo duro del dinero prometido, lo cual, teniendo en cuenta lo precario de mi situación económica, se convertía en un grave inconveniente. Al menos, eso sí, parecía que no le había pasado nada grave aparte del susto, lo cual resultaba tranquilizador al alejar el fantasma de una hipotética demanda por daños y perjuicios.

Desbordado totalmente por los acontecimientos, en un principio ni tan siquiera recordé que tenía en mi poder una copia de la grabación que tanto había asustado a Eva. Ésta abarcaba la totalidad de la sesión, con alrededor de una docena de viajes, pero de todos ellos tan sólo el último era, en principio, el que ofrecía interés.

Reproducir el disco era, no obstante, otro problema. La grabación era holográfica y, como tal, resultaba incompatible con mi sencillo y barato reproductor de imágenes planas. Por fin logré que un amigo me prestara un reproductor holográfico compatible con mi televisor, lo cual se conseguía merced a una merma brutal de la calidad de la imagen; era una chapuza, pero también la única solución posible, dado que mis posibilidades de acceso a un holovisor eran virtualmente nulas.

Así pues, me las apañé como pude. Claro está que no era lo mismo un holograma tridimensional envolvente de extrema resolución que una imagen plana reducida a un estrecho campo visual, pero al menos daba una piedra. Al menos, y eso era algo, podía seleccionar el ángulo sólido que deseara, lo cual me permitía recorrer la totalidad del holograma original en sucesivas sesiones a base, claro está, de mucha paciencia; pero tiempo era precisamente lo que me sobraba en mi nueva condición de parado.

Por otro lado, la grabación era corta, apenas de un cuarto de hora, lo que a priori hacía más llevadera la búsqueda. En la práctica resultó todavía más fácil encontrar lo que había traumatizado a Eva; al fin y al cabo lo más lógico era empezar con el sector del holograma correspondiente al morro de la cabina, por lo cual puede decirse que acerté prácticamente a la primera.

Y allí estaba. Al principio, mi falta de experiencia —al fin y al cabo desconocía los detalles de su vida privada que me hubieran ayudado a interpretar las claves de la escena— me dificultó la comprensión de lo que aparecía en pantalla, pero al cabo de unos minutos logré identificar a Eva... bueno, quiero decir a su alter ego de ese universo paralelo.

Esto fue algo que me intrigó. ¿Qué hacía allí? Se suponía que a quien debíamos buscar era a su marido, al cual por cierto no conocía, en flagrante adulterio, pero no necesariamente a ella... pero puesto que cuando estaba en esa etapa del viaje me había dicho que todo iba bien, decidí no darle mayor importancia.

Pero había algo que no encajaba, y tardé algún tiempo en descubrirlo. La Eva paralela, pese a ser evidentemente la misma persona, aparecía distinta, bastante distinta... diríase más ajada que la mía. ¿Qué era lo que estaba ocurriendo?

Bastó con llegar al final de la grabación para saberlo. En realidad tuve que repetir los minutos finales para poder apreciar los detalles que se salían del limitado campo visual de mi televisor, pero acabé por tenerlo claro. Meridianamente claro. Y entonces comprendí las razones del espanto de Eva.

El azar nos había jugado una mala pasada. Un error infinitesimal en mis cálculos nos había llevado a un universo paralelo con una sutil diferencia respecto al nuestro, tal como en principio buscábamos; pero esta diferencia había resultado ser de índole muy diferente a la deseada. Allí Eva y su marido existían y eran pareja, pero lejos de pertenecer a la clase alta o, si se prefiere, al pijerío andante, su aspecto no podía ser peor: esa Eva no era sino una triste prostituta, y su marido el chulo que la maltrataba. A pesar de lo breve del episodio registrado, la casualidad había querido que quedaran reflejados en toda su crudeza tanto su modo de vida como los estragos que éste había causado en su castigado cuerpo, minado por las privaciones y el alcohol si no por otras cosas peores.

Era comprensible, pues, que la Eva de nuestro universo, nacida en cuna de oro y mimada por la fortuna, no hubiera podido resistir la visión de una vida alternativa en la que la desgracia se cebaba tanto en su alma como en su cuerpo. Era comprensible también que no quisiera saber nada conmigo al haber sido el inductor involuntario de la pesadilla, por más que no se me pudiera hacer responsable del fiasco; hasta los más expertos navegantes del pluriuniverso tenían dificultades para afinar lo suficiente sus cálculos, precisándose para ello no sólo habilidad matemática sino también una buena dosis de intuición. Pese a ello, y pese al embrollo en el que me había metido por su culpa, no podía echarle en cara su comportamiento, por más que esto no resolviera en modo alguno mi negro futuro.

Bien, no voy a aburrirles contándoles mis pesares de esos difíciles meses. No viene a cuento, y además no creo que les interese lo más mínimo. Tan sólo permítanme recordarles el conocido aforismo que afirma que la necesidad aguza el ingenio; en mi caso, ocurrió precisamente así. No recuerdo con exactitud cómo me vino la idea a la mente, pero creo poder asegurar que fue una inspiración repentina, tras lo cual lo vi todo claro, meridianamente claro... ¿cómo no se le había ocurrido antes a nadie?

Porque al igual que Eva había tropezado con una realidad alternativa mucho más desagradable que la suya propia, también se podrían buscar, y era seguro que existían entre las infinitas posibilidades disponibles en el pluriuniverso, aquellas otras que supusieran justo lo contrario, una mejora de la rutina gris y anodina en la que estaban sumidas las vidas de la mayoría de los mortales... sería algo virtual y fantasmagórico, por supuesto, pero en cierto modo real. Y desde luego, si de algo estaba seguro, era de que si a la gente le gustaba fisgar en las vidas de los personajes famosos bendecidos por la fortuna, todavía les habría de gustar más sentirse protagonistas de ese mundo de oropeles y lujos al que jamás tendrían acceso en su devenir cotidiano. Si era posible hacerlo, y desde luego lo era, ¿por qué no convertir, siquiera de forma efímera, a esos millones de ansiosas cenicientas en princesas? Además, se podría incluso buscarles futuros a la carta convirtiendo en realidad sus sueños más profundos; cada cual podría ser, según su propia elección, un premio Nobel, un deportista de élite, un actor famoso, un respetado estadista, un mago de las finanzas... el abanico de opciones era infinito.

Pergeñar el diseño básico del programa resultó relativamente sencillo, e incluso sirvió para distraerme. Mucha más peliagudo era el tema de la aplicación práctica del mismo, ya que el transdimensionador no era lo que se dice un electrodoméstico que se pudiera comprar en la tienda de la esquina. Esto frenó en seco mi entusiasmo durante algún tiempo; como cabe suponer no podía ir a mi antiguo centro de investigación a ofrecerles la idea, y di por sentado que tampoco podía acudir a ningún otro, dado que, además de estar incluido con toda seguridad en una lista negra, difícilmente aceptaría cualquier jefe de equipo dejar de lado sus propios proyectos para dedicar su valioso instrumental a unos fines tan profanos.

De pronto, vino a sonreírme la fortuna. Casi por casualidad, leí en un periódico que se iba a proceder a la subasta judicial de los bienes embargados a la empresa promotora de uno de los parques temáticos virtuales a los que ya hice alusión, quebrada algún tiempo atrás. Entre los bienes subastados se incluía, como cabe suponer, un vetusto transdimensionador de un modelo ya obsoleto, pero en perfecto estado de funcionamiento. El problema radicaba en que, aunque el precio de salida era bastante bajo, se encontraba no obstante muy por encima de mis magras posibilidades económicas.


Pese a todo, no me arredré. Yo no tenía dinero para comprarlo, eso era cierto, pero sabía manejarlo, mientras que un hipotético comprador no sabría qué hacer con el aparato a no ser que lo vendiera como chatarra. De hecho, lo más probable era que la puja quedara desierta.

No podía perder, pues, un solo instante, tenía que convencer a alguien para que comprara el aparato con objeto de asociarse conmigo; era consciente de que si dejaba pasar esta oportunidad, sería muy difícil que surgiera otra en un futuro, ya que cuando los centros de investigación renovaban sus propios transdimensionadores, algo que no ocurría demasiado a menudo debido a su elevado precio, no vendían los viejos sino que los desguazaban, al no estar interesados en que estos aparatos anduvieran rodando de forma incontrolada.

Se preguntarán ustedes cómo solucioné el problema... pues, en el fondo, resultó bastante fácil. Bastó con poner un anuncio en el periódico, dosificando hábilmente la información lo justo para incitar el interés de los posibles compradores sin dar no obstante demasiadas pistas; y por sorprendente que parezca, funcionó. Es más, incluso pude permitirme el lujo de elegir entre varios pretendientes; acababa de descubrir, con gran satisfacción por mi parte, que tenía agarrada la sartén por el mango. Tras descartar a varios advenedizos que no me inspiraban demasiada confianza, acabé sellando un acuerdo con quien desde entonces sería, y sigue siendo, mi socio.

Compramos la máquina a precio aceptable —no tuvimos la menor competencia—, la instalamos en una nave que alquilamos en un polígono industrial y, antes de poner en marcha nuestro negocio la probamos de forma exhaustiva, evitando, eso sí, hacerlo con nosotros mismos, o con personas demasiado allegadas, una precaución necesaria a la vista de lo sucedido con Eva. Conviene no olvidar que, por mucho que se afinara, siempre existía un margen de incertidumbre lo suficientemente amplio como para obligarnos a realizar numerosos tanteos antes de alcanzar el resultado definitivo, unos tanteos en los cuales podía aparecer cualquier cosa, incluso las más desagradables.

Pero lo importante era que nuestro invento funcionaba... y bastante bien, por cierto.

El resto ya lo conocen ustedes. Nos lanzamos al ruedo, tuvimos suerte y nos convertimos de la noche a la mañana en una próspera empresa que aún hoy continúa siendo la indiscutible número uno del sector, pese a la legión de imitadores que surgieron como setas al socaire de nuestro éxito. Pero eso nunca nos llegó a preocupar demasiado, puesto que todos ellos tuvieron que conformarse con las migajas que les dejábamos.

¿Cuáles han sido las causas de nuestro acierto? Todo se debió a que supimos estar en el sitio y el lugar oportunos, ofreciendo a nuestros clientes justo lo que siempre habían anhelado. A ello hay que sumar que mi socio resultó ser un lince para los negocios y yo, si se me permite la inmodestia, aprendí a desenvolverme con soltura en el complicado mundo del pluriuniverso... Lo demás vino por sí solo.

No obstante, resultó sorprendente descubrir lo ansiosa que estaba la gente por vislumbrar siquiera una vida mejor, por más que ésta sea tan intangible y efímera como la que les proporcionan nuestros registros holográficos. Satisfacemos deseos, dulcificamos abatimientos y ayudamos, en suma, a sobrellevar los pesares cotidianos. En cierto modo, puede considerarse que realizamos una labor que la sociedad nos ha agradecido y recompensado con creces. Pronto nuestro viejo cachivache resultó insuficiente, siendo reemplazado por unos modernos equipos mucho más capaces, y pronto también me encontré auxiliado por una cohorte de jóvenes ex-becarios que atendieron gustosos a nuestro llamado, abandonando sus áridos trabajos de investigación. No obstante, y a pesar de no ser ya necesario, acostumbro a seguir al pie del cañón, pilotando uno de nuestros transdimensionadores aunque, eso sí, acostumbro a elegir los casos que se me antojan más interesantes.

Nuestra empresa acepta, y ésta es probablemente otra de las razones de su éxito, cualquier encargo, por complicado que sea, incluso aquellos que no se atreve a abordar ninguno de nuestros competidores. La única excepción, impuesta por nuestro propio código deontológico, y respetada a rajatabla, es la negativa a trabajar con situaciones que pudieran hacer daño a alguien, puesto que lo que intentamos ofrecer a nuestros clientes es felicidad, nunca tristeza. ¿Censura? Puede que lo sea, pero la aplicamos con la mejor de nuestras intenciones.

Tan sólo en una única ocasión, apoyándome en mis privilegios de propietario y con el beneplácito de mi socio, al que por cierto le divirtió bastante mi travesura, me atreví a incumplir esta norma, seleccionando con todo cuidado determinadas realidades alternativas de mis antiguos jefes, cuyas grabaciones tuve la gentileza de remitirles a portes pagados... Les juro que se lo merecían.




José Carlos Canalda nació en Alcalá de Henares, España, en 1958. Se doctoró en Ciencias Químicas y actualmente trabaja en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid. Pero paralelamente a su actividad profesional ha desarrollado una interesante carrera literaria. Lo hemos publicado con frecuencia en Axxón: "Érase una vez" (138), "Reality Show" (142), "La lámpara" (148), "El fin del mundo" (150), "Manuscrito encontrado en un manicomio" (150), "Con tuercas y a lo loco" (152), "Cara y cruz" (153), "El efecto mariposa" (157). "Nudismo integral" (158); "El aparcamiento" (163); "Apocalipsis lúdico" (163); "La primera Máquina del Tiempo... y la última" (167); "Amor eterno" (168); "Invasión fallida" (174) y "Chasco" (176). También ha publicado en Sitio de Ciencia Ficción, NGC 3660, BEM, Solaris, Valis, Pulp Magazine, Alfa Erídani, Qliphoth, Púlsar, La Plaga, Tau Zero y Revista Ochocientos, entre muchas otras revistas y sitios.


Este cuento se vincula temáticamente con "DEMASIADO TIEMPO", de Alejandro Alonso y "LETICIA EN EL REFLUJO DE LA MAREA", de Alejandro Alonso (157).


Axxón 179 - noviembre de 2007
Cuento de autor europeo (Cuentos : Fantástico : Ciencia ficción : Realidades paralelas: España : Español).

            

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