LUPERCALIA

Héctor Horacio Otero

Novela corta

Argentina

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CUENTOS BREVES de
hasta 1000 palabras

Capítulo I: Enanos parados sobre los hombros de gigantes


La subasta de vinos criogenizados había conmocionado la estación espacial Rajub 7. En realidad, el proceso de conservación al que había sido sometida la curiosa bebida era mucho más sofisticado que un congelamiento —en tanto conservaba el vino eternamente en el punto de maduración considerado por la mayoría de los expertos como "ideal"—, pero Vit desconocía tanto el término correcto a emplear para referirse a tal prodigio como los detalles técnicos involucrados en el mismo.

Lo único que sabía con certeza era la fortuna que había pagado por la botella; la puja había sido durísima. Los habitantes de esta comunidad historicista sabían muy bien cuando tenían un tesoro frente a sus ojos, pero pese a ello la reciente mudanza de Vit había logrado dar sus primeros frutos.

Se trataba de la primera confirmación de que había hecho lo correcto. La decisión de establecerse allí había sido difícil de tomar. Hasta que se preguntó por qué el apego al pasado y a sus objetos, entendido como un hobby, no sería razón tan válida como cualquier otra para reunirse y convivir con quienes compartiera el mismo interés. La lógica del postulado le pareció tan irrefutable que su incertidumbre cesó de inmediato.

Vit entró a sus habitaciones y se dirigió presuroso hacia el control climático. Consideró que 14 grados Celsius, la temperatura ambiente de la bodega (según indicaba el panfleto adjunto), sería la temperatura adecuada; reguló luego la humedad y el nivel de ozono hasta sentirlos a gusto. Mecánicamente presionó un botón imperceptible en el cuello de su anatómico traje plateado y éste se autoabsorbió hasta quedar reducido a una pequeña plaqueta que sostuvo un segundo entre los dedos índice y pulgar de su mano derecha, para luego apoyarla sobre un estante.

La estación espacial era uno de los dos lugares en la galaxia en los que no le importaba usar este tipo de traje, el otro era su tierra natal, Olimpia III. En la estación era el único humano entre razas alienígenas para quienes era imposible distinguir un humanoide de cualquier otro. En su planeta , entre sus pares, su peculiar situación estética pasaba casi desapercibida.

Completamente desnudo, se aproximó a uno de los amplios ventanales, y con sólo apoyar la palma de su mano éste se transparentó. Se extendía de lado a lado de su sala de estar, desde el piso hasta el techo. La vista de este sector de la galaxia era abrumadora, un estallido estelar. Fascinado, se quedó unos segundos observando el espectáculo; alcanzar las estrellas había sido su sueño desde que tenía memoria y por fin lo había logrado.

No era éste el único recuerdo que lo trasladaba a su infancia. El pueril exhibicionismo del que estaba haciendo gala le producía cierto pícaro e ingenuo placer. De cualquier modo, sabía que no contaba con público; las naves espaciales atracaban del otro lado de la estación.

De este lado se encontraba el ala residencial; la correspondiente a su sala de estar sería sólo una abertura entre cientos de otras, una celda en una colmena, poco llamativa para que eventuales voyeurs la percibieran (el planeta habitado más cercano se encontraba a una cantidad de años luz tal que el telescopio más moderno y poderoso no podría zanjar).

Vit dio la espalda al ventanal y contempló orgulloso su colección, resultado de una relativamente corta aunque intensa vida de coleccionista. Tomó su bata de jacquard, un tejido natural que, aunque estaba elaborado de manera sofisticada, carecía de la más elemental tecnología; no filtraba la transpiración, no se adaptaba a la forma del cuerpo, no regulaba la temperatura corporal de quien lo usaba, no protegía de ataques ni portaba sensores ni cambiaba de color ni exudaba ninguna fragancia. Para cualquiera, un pedazo de trapo sin valor, una verdadera porquería.

Pero para Vit era una joya, el ropaje de un emperador, de un largo que rozaba el piso, con las mangas holgadas y el cuello en seda rasada color verde claro símil mostaza, verde que lujuriosamente se prolongaba en obscenos tulipanes de los cuales nacían tallos, ramas y hojas que se entremezclaban sobre un fondo ocre tornasolado.

Se puso la bata y al sentir rozar la tela sobre sus músculos y el murmullo que se producía al moverse, sin poder evitarlo se le puso la piel de gallina. No podía verse pero sabía que se había sonrojado. Ató con parsimonia la cinta que rodeaba su cintura, ajustándola con firmeza.

Desde el momento en que había entrado se habían encendido las luces y había comenzado la música de fondo. Una cantante de jazz, de estándares podríamos decir, susurraba e invitaba a relajarse.

Vit palmeó una vez y se hizo un silencio absoluto. La habitación estaba perfectamente aislada de todos los ruidos externos. Las paredes estaban preparadas para percibir el estado de ánimo del único habitante, amo y señor de estos aposentos, y en consecuencia comenzaron a adquirir una tonalidad rojiza.

Tomó de nuevo el panfletopara ver cómo debía servirse el cabernet en la etiqueta, y tampoco se hallaba trascripto en el panfleto. Sólo reconocía una numeración, por lo que concluyó que la bebida, que contaba con adjudicado e incierto origen en alguna región olvidada de la no menos mítica Tierra (supuesta y discutible cuna original de la humanidad), pertenecía a una partida limitada.

El procedimiento para sacarla de su letargo parecía sencillo, bastaba con introducir un código que le habían proporcionado en el tablerito ad hoc del compartimiento de vidrio (o un material parecido) et voilá, el mismo se abriría.

Siguió las instrucciones y cuando no se produjo nada , por un momento temió haber sido estafado. Pero no, se equivocaba; luego de la breve demora la caja translúcida se abrió como una flor de loto, dejando a la vista el envase y un cartucho holográfico.

Fue entonces cuando Vit sintió realmente que el extraño presente del remotísimo pasado le estaba predestinado; esos cartuchos habían dejado de usarse hacía años, sólo un chiflado por lo antiguo como él podía poseer el aparato adecuado para que el holograma se proyectara. Introdujo el cartucho y de inmediato aparecieron opciones en la pantalla del reproductor: "Participar en la escena", "Sólo observar". Luego de optar por la segunda opción, apretó "Pausa".

Con parsimonia, tomó la botella de vino y con un cortaplumas rompió limpiamente la cápsula virgen, dejando al descubierto al corcho. E scuchar el ruido que se produjo en ese momento le produjo un gran placer. Estaba a punto de violar el contenido resguardado por tantos siglos, que sería suyo únicamente. Uno posee sólo aquello que es capaz de destruir.


A continuación, con un finísimo lienzo de lino, limpió apenas la boca de la botella y la superficie del corcho. El tirabuzón elegido, de doble palanca, cuya espiral de titanio se extendía unos seis centímetros, la descorchó sin dificultad.

Luego de limpiar de nuevo la boca de la botella y de desechar un pequeño chorrito —no fuera a ingerir una inaceptable impureza—, vertió el resto en un botellón de cristal antariano de base ancha, especialmente soplado para que esta bebida se desarrollara de la manera más propicia y con celeridad. El botellón formaba parte de un carísimo juego (resguardado al vacío y absolutamente estéril) que incluía varias copas.

Vit tomó un copón con forma de óvalo perfecto y observó al trasluz su transparencia sin igual y los escasos micrones de su grosor (a pesar de lo cual se lo promocionaba como prácticamente indestructible).

Los antarianos eran célebres en toda la galaxia por este arte. Beber agua común de una de sus copas la transformaba en un elixir de los dioses. A continuación, llenó el copón en una tercera parte. Y comenzó a buscar el sitio adecuado para realizar la degustación.

La chaise-longue era de cuero natural, negro. La miraba cada noche, antes de recostarse en ella, dispuesto a disfrutar de su momento de mayor intimidad. Y sin embargo, nunca dejaba de maravillarse de su diseño, de lo armonioso y austero de sus líneas; siempre era como cuando la había visto la primera vez en aquel mercado de pulgas.

"Pruébela", casi ordenó el vendedor. Aunque el cuerpo y la estatura de Vit distaban de asemejarse al promedio humano, el acople con la silla fue perfecto, como si la hubieran hecho a medida. El placer estético de observarla aún lo extasiaba y emocionaba casi hasta las lágrimas.

Se recostó en la chaise-longue sosteniendo el copón en su mano izquierda, asiendo con firmezaentre sus dedos el espacio entre el nacimiento del tallo y su base, con completa naturalidad y sin temblar en absoluto, la superficie del caldo completamente inmutable.

De cualquier modo, ensuciarse no sería un problema en esta situación . Este era su momento, el momento de no preocuparse por lo sucio, por lo pegajoso, por lo que pudiera arruinarse, por la opinión de los demás. No era momento de preocuparse por nada, ni siquiera por ser considerado con el otro, por ser delicado, por contemplar el deseo, la necesidad y la sensibilidad del otro. Puesto que no había otro. Otra, mejor dicho . Era un abuso de sí mismo y el abusado toleraría gustosamente el crimen y no lo denunciaría.

Siempre sentía un deja vú en esta situación; la repetición cíclica de un ritual con mínimas variaciones en cada ocasión. Esto le producía una agradable sensación de seguridad. Y sin embargo siempre sentía la esperanza inocultable de que esta vez fuera sublime, de enfrentarse a aquello que no se encuentra si se busca, aquello que sólo ocurre cuando no se espera y sin embargo resulta maravilloso.

El hombre que se aferra a la calma y la placentera rutina, que a su vez lo esclaviza y aburre, y en consecuencia desea experimentar lo nuevo que, paradójicamente, por constituir lo desconocido lo asusta y por asustarlo lo excita.

Presionó por fin la tecla de "Pausa". La habitación se llenó de figuras corpóreas entremezcladas y en movimiento, de diversos colores y aromas, de risas y jadeos. En un principio, al ser la aparición tan repentina, le produjo cierta sensación de brusquedad, sobre todo porque se le dificultaba distinguir qué estaba ocurriendo en la escena, si bien el folleto lo había adelantado muy explícitamente.

Reinas vendimiales de belleza y sus respectivos cortejos principescos pisaban (aunque le sonara increíble, había leído bien, pisaban) uvas Cabernet en cubas gigantes de roble. Todas juntas y simultáneamente. El corazón de Vit comenzó a latir con más fuerza y se le hizo agua a la boca.

Bajó la vista y examinó el disco. Se veía claro y límpido, rico en un rojo-rojo consistente. Casi tan rojo como el abundante cabello de la Reina que ocupaba el tonel más próximo y parecía mirarlo con picardía. Todas usaban una especie de togas blancas muy cortas de algodón, que permitían ver la totalidad de sus piernas y a la vez se manchaban del carmesí queproducía la salpicadura de las uvas trituradas.

Inclinó el copón y al colocarlo de nuevo en posición horizontal aparecieron diversas estrías en la pared de cristal. Lentas y anchas, predecían un vino maduro y untuoso. "Boadicea" sería el nombre de la pelirroja, decidió; oleosa y aglicerada como este vino, en su justa medida. Las princesas rubias que le acompañaban podían constituir un buen assemblage pero nada más, sólo un vino de conversación, un Chardonnay tal vez. El cuerpo estaba en el rojo, en la roja, al rojo.

      

Vit olió el vino inmóvil. El aroma intenso y poderoso lo sacudió. Dirigió su mano derecha al reproductor para lograr focalizar la cuba más cercana, que súbitamente desplazó a todas las demás y tomó proporciones reales. Algo nervioso, volvió a reposar su mano sobre su bajo vientre. El gigantesco tonel estaba allí, a medio metro de su nariz.

Y éste no era un dato ocioso, estaba oliendo algo más que el vino. Percibir sería una expresión más correcta que oler. Puesto que no era que se tratara de transpiración de las féminas, cosa que no le molestaría en lo más mínimo que se hubiera integrado en lo que iba a beber, pues viniendo de donde venía sólo podría mejorarlo.

Lo que estaban desprendiendo era sin dudas feromonas, de la más salvaje y desenfrenada calidad. Estaban mezclando su esencia más personal y el perfume natural de su piel con las uvas tan delicadamente prensadas.

Vit sacudió el vino, lo agitó con delicadeza y lo volvió a olfatear. Un bouquet a roble invadió sus fosas nasales hasta nublar el resto de sus sentidos. Las princesas jugueteaban con la Reina, parecían desafiarla. La tomaban de la cintura, de los hombros, se la disputaban.

Rozaban sus piernas, entre sí y con las de ellas. Y reían, reían contagiosamente, disfrutando el momento como niñas. "Boadicea" las miraba complaciente, las alejaba primero a una y luego a otra, marcándoles el límite, señalándoles hasta donde podían llegar.

Sabía que debía dejar descansar el vino un par de minutos. Entretuvo la vista en los senos de las princesas. Quiso contarlos, no de a pares, sino de a uno para duplicar la duración del conteo y a la vez del placer de realizarlo; en tanto éstos se sacudían hacia arriba y hacia abajo, hacia los lados, casi con vida propia. Tenía otras copas del juego antariano que podían contener perfectamente esos pechos sin sostén.

Se imaginó irrumpiendo en la escena con sus copas en la mano, solicitando lo dejaran probar su teoría en cada caso hasta encontrar la contención más adecuada para todas y cada una. Las rubias accederían gentilmente, colaboradoras desinteresadas en el progreso de la anatomía, y sus breteles se deslizarían bajo sus hombros con gracia y celeridad.

El momento cúlmine se aproximaba, sabía que debía masticarlo, pero también era consciente de que el proceso adecuado era casi un trabajo de relojería. Dio un sorbo, reteniendouna pequeña cantidad en su boca apenas abierta , aspirando por la nariz el aire, con la lengua extendida hacia delante. Frutos rojos, frutos negros.

El canal natural que se formó disparó aromas y sabores intensísimos. Era la instancia de mayor control, donde no debía ceder ante la casi irresistible tentación. Envió el caldo casi hasta el fondo de la garganta, pero antes de que penetrara el esófago hizo volver a la boca el buche y en ese preciso momento respiró con la boca abierta dejando que ésta se impregnara por completo. Pimiento verde y especias.

De ahora en adelante, algo se atemperaría, algo se repetiría ritualmente y algo permanecería inmutable y un único ritmo unificaría las acciones. La mano derecha sólo acariciaría con delicadeza extrema; la izquierda acercaría y alejaría la copa a la boca intermitente y lentamente, los ojos permanecerían fijos en la deliciosa dinámica de la escena que se desarrollaba al frente, que continuó in crescendo hasta el paroxismo y al alcanzarlo, como si hubiera extraviado de repente su razón de ser, se desvaneció de repente.

Vit se dispuso entonces a postergar la éxtasis lo más que pudiera. Apresurado en la cuenta regresiva, dejó caer la copa vacía al suelo, que no produjo ningún ruido y rebotó sin siquiera sufrir un rasguño.

Empujó atrás la nuca, hundiendo la base del cráneo en el rodillo que remataba la chaise-longue, recorrió con ambas manos sus lados, el cuero y el metal, lo frío y lo cálido contenidos en la forma perfecta.

Se asió con fuerza de los bordes, cruzó las piernas extendidas, cerró los párpados presionándolos tanto que veía estrellas en su temporal ceguera, y comenzó a temblar violentamente, arrastrando a la delicada reposera en las convulsiones.

Y entonces sucedió. Petit mort. Sobrevino la pequeña muerte. La sensación de ser líquido y escurrirse, de vaciarse en su totalidad. Un blanco mental prolongado, toda la vida en un instante, la nada en vez del ser. La satisfacción total. La relajación absoluta.

Vit concluyó para sí que la cultura que había sido capaz de producir esta perversa exquisitez debía ser sin duda la dominante en el abigarrado tablero nacional que se decía conformaba la Tierra originaria. Suspiró, artificiosamente nostálgico y dijo en voz alta: "Somos enanos parados sobre los hombros de gigantes".

Acto seguido se dirigió al video-comunicador. Una luz parpadeaba con insistencia, destacando que había un videomensaje pendiente y el remitente era, según indicaba la pantallita, su jefa desde la Oficina Central de la Agencia de Noticias Galáctica. Resignado a volver a sus responsabilidades habituales, a volver a la vida, al presente y a la realidad, presionó el botón para verlo y escuchar que requería esta vez de él.

Su jefa le resultaba particularmente atractiva. Sin embargo, trataba de mantener siempre una prudente distancia. Porque cualquier señal que le diera iba a ser interpretada como una inequívoca invitación al coito.

Y aunque Luana era muy hermosa y le hubiera encantado apretujarla contra sí y recorrer su cuerpo con los dedos, sabía que no podía permitírselo. Ella tomaría la iniciativa, agresiva, y convertiría el escritorio de su oficina en un rígido lecho.

Y eso era lo que no toleraba; que ella tomara la iniciativa. Las mujeres, en este período del Imperio, llevaban adelante su igualdad sin tapujos. Y su peculiar situación física hacía que muchas veces en el pasado hubiera sido abordado con la intención de ser reducido a un mero objeto de placer.

Recuerdos violentos y dolorosos se agolpaban en su memoria y lo acongojaban. Se quitó la bata y quedo otra vez desnudo. Observó cada centímetro, cada músculo, cada parte de su cuerpo. Un cuerpo que muchos hubieran visto como bendición pero que él vivía como una maldición.

Lo que restaba de la compra de sus fetiches historicistas y de la magra subsistencia que llevaba se iba abultando en una cuenta bancaria. El objetivo sería una operación quirúrgica. Si bien la gente podía diseñar genéticamente a sus hijos antes del nacimiento, las cambiantes modas y cánones de belleza tenían por consecuencia una multiplicidad de intervenciones a lo largo de una vida.

La intervención para la que juntaba dinero no sería, sin embargo, tan sencilla como una alteración completa del cuerpo o incluso, el transplante de una cara. Lo que se proponía trasladar era su cerebro.

Y si bien ésta era ya una operación de rutina destinada a prolongar la vida de los humanos más allá del umbral natural de la muerte, lo complicado sería no utilizar un clon propio.

Porque lo que hacía el común de la gente era eso. Clonarse a los sesenta y luego transplantarse a los ochenta para volver a tener el cuerpo que se tenía a los veinte. En cambio, Vit lo único que quería era abandonar su cuerpo para destruirlo y no volver a verlo nunca más.

Y esto implicaba conseguir el cuerpo de otro. O clonar el cuerpo de otro. Y nadie accedía graciosamente a que su ADN estuviera dando vueltas por allí con otro cerebro que lo comandara. Tal vez para ejercer la prostitución, ser esclavizado o cometer delitos.

Entonces, el tema se reducía a conseguir el cuerpo de otro. Y para eso existía un mercado negro con precios elevadísimos. Y también estaba el tema del conflicto moral que implicaba para Vit. Esta no sería su forma habitual de proceder. Él lo sabía y la idea lo torturaba.

No cualquier equipo médico o profesional se atrevería tampoco a realizar el trasplante fuera de la ley. Y eso también lo atemorizaba: mancharse al establecer relación con esa clase de delincuentes.

Volvió a ver su cuerpo. Volvió a ver su imagen. A revivir su angustia. Se dirigió entonces a elegir su ropa. Debía cubrirse para ir a ver a Luana. Recurrió a uno de sus hábitos, ancho y rústico y con capucha. Una manera de ocultar su maldición.



Capítulo II: Sinápsis ultraorgásmica


La tripulación de la S.S. Fantasía no podía creer lo que tenía frente a sus ojos; el capitán había dado la orden de efectuar una detención total. Algún cálculo debía haber estado mal hecho; acababan de salir del hiperespacio y si bien según cartografía estelar debían estar a dos días de distancia (a velocidad media) de la estación espacial Argentia 2, la citada estación se encontraba allí, bajo sus narices.

La inercia aún impulsaba lentamente la nave hacia delante. Temiendo alguna estratagema de piratas cósmicos, lo primero que había hecho era hacer que la escanearan para verificar si se trataba de un holograma. Sin embargo, aunque la computadora obtenía lecturas difusas (y esto podía deberse a multiplicidad de causas) certificaba la existencia de un centenar de humanoides vivos en su interior.

El capitán se enfrascó concienzudamente en la lectura de los mapas y en revisar los cálculos; el error podría haber derivado en una tragedia, debía encontrarlo para evitar que se repitiera en el futuro. Un alférez había tratado de llamar su atención en los últimos segundos, sin éxito.

Cuando el joven se atrevió a decirle que él había nacido en Argentia 2 y que la población estable superaba el medio millar de almas, el horror en la mirada del anciano capitán fue inocultable. Giró y observó el gigantesco monitor del puente de mando. El resto de su equipo ya estaba conmocionado y shockeado, todos con las mandíbulas caídas. La apariencia de la supuesta estación se había desvanecido, detrás de ella surgía la imagen de una nave fabulosa y extrañísima.

Mientras la S.S. Fantasía tenía la forma y el color de un habano, la Gineceo hacía honor a su nombre. Los pétalos plateados eran alargados, separados entre ellos por enormes espacios y parecían estarse cerrando. Rodeaban al pistilo ahuecado, aunque este vacío también estaba en movimiento, ajustándose. El capitán ordenó que retrocedieran a toda máquina, pero la Gineceo ya estaba avanzando, voraz. Era tarde. La tempestad estaba por desatarse.

Morgana, Señora de Selenia IV, Reina de las Amazonas, observaba todo desde un visor que salía del respaldo de su trono y apenas le cubría los ojos. Su sonrisa franca la delataba. Le encantaba salirse siempre con la suya. El golpe había sido perfecto, tanto en su concepción como en su ejecución. Su dama de compañía, la joven Diana, la miraba entre la admiración y el regocijo; se trataba de la primera misión en la cual estaba al servicio de la Reina.

Su majestad tuvo que apartar con una mano sus largos bucles castaños de reflejos rojizos para que no se le engancharan con el informativo artefacto. Descalza, sólo vestía una malla enteriza muy estructurada y angulosa, típica de su pueblo, con las habituales franjas de velcro sobre cada seno y desde el ombligo por entre las piernas hasta la el nacimiento de la espalda. Al fin y al cabo, se trataba de una monarquía liberal, fraternal e igualitaria.

Eso sí, sólo ella podía usar el dorado como color, bajo pena de muerte como disuasivo para sus "hermanas". Al pararse se hizo evidente que la nobleza nada tiene que ver con el color de la sangre. En sus espléndidos y tardíos treintas, su presencia era arrebatadora. Sus ojos glaucos, tan bellos como inescrutables, habían cobrado más de una víctima. En plena lucha, la vacilación por definirlos como castaños o verdes había provocado que varios enemigos quedaran durante un segundo fatal a merced de su habilidad con la daga.

Diana era puro ébano en su tez . El cabello muy lacio, negro azabacherecogido en una cola de caballo, permitía ver la armonía de su rostro. Sus perturbadores y enormes ojos de un celeste translúcido contrastaban fuertemente, indicando un mestizaje generacionalmente reciente. Todas las amazonas eran magras, pero Diana era sólo fibra, tensión absoluta. Sus piernas eran como dos torres de mármol negro.

Y el naranja de su malla la favorecía y realzaba una silueta soberbia. En realidad, los senos turgentes y bien formados, la cintura de avispa y el trasero en forma de perfecto corazón invertido eran la marca de origen de todas las amazonas, junto a su ferocidad y habilidad para someter a sus oponentes indistintamente de su tamaño o fortaleza física.

La Reina se frotaba las manos, ansiosa, al aproximarse a Diana. Fue entonces que comenzó a hablar con ella:

—Diana, debemos apresurarnos. El Fantasy debe estar enviando una señal de alerta. Las Sátrapas Pansexuales estarán aquí en pocas horas. Computadora —alzó la voz al invocarla— quiero que me escuche toda la tripulación: Compañeras, en estos momentos se está produciendo un acoplamiento con la S.S. Fantasy. Debemos actuar con celeridad y eficiencia para lograr nuestro cometido. Recuerden llevar las dagas afiladas, sus cápsulas de ámbar fluorescente a mano. No quiero apresurarlas, pero nos encontramos en un sector muy transitado y la Satrapía estará aquí en pocas horas con un gran número de agentes y recursos. Utilizaremos nuestra estrategia habitual. Todas lucharán en pareja con su amante. Entre los pasajeros de la Fantasy, las mujeres y los niños serán los primeros. Luego de ser asesinados, les seguirán los viejos. El criterio para determinar quién es niño será la falta de vello púbico; en caso de duda elimínenlos, habrá varones de sobra. Sé que será una decepción para muchas de ustedes, pero esta vez no podremos desollarlos como acostumbramos, no podemos darnos el lujo de desviarnos de nuestro objetivo primario. Simplemente arrójenlos como deshechos por las compuertas hacia el espacio. En compensación por esta mala noticia, puedo asegurarles que esta vez nuestro botín será sustancioso. ¡A luchar, amazonas ! Computadora, fin de la comunicación.

—Vayamos, mi Reina —suplicó Diana, entusiasmada, pero mientras empezaban a caminar formuló una pregunta—. Sé para qué utilizamos el ámbar fluorescente, pero nunca nadie me explicó de dónde sale ni cómo produce sus efectos.

—El ámbar fluorescente vive dentro de la evacuación cristalizada del Núnatak, un cetáceo moteado del océano selenio que llega a medir 200 metros de longitud. En realidad se trata de un organismo vivo que puede escindirse en partes, pero a pesar de ello continúa constituyendo una sola conciencia, unida telepáticamente. Al llevar a cabo una violación masculina colectiva, la sinapsis que se genera entre las diversas partes de este organismo a las amazonas nos produce multiorgasmia y la exacerbación de los sentidos. A los varones abusados, en cambio, les produce una erección fortísima que dura horas, que se genera independientemente de su deseo, y un aturdimiento generalizado. También les provoca anorgasmia, falta de eyaculación y eventualmente, discapacidad, derrames cerebrales, impotencia, locura o incluso la muerte, todo depende del tiempo e intensidad con que fueron utilizados —explicó Morgana, didácticamente.

—¡Comencemos entonces! —sugirió Diana mientras sacaba de un bolsillito oculto una cápsula transparente que contenía un organismo informe liláceo fluorescente y muy activo.

Morgana hizo lo propio. La fluorescencia, al ser ingerida, iluminó simultáneamente los cuellos de todas las amazonas y dio comienzo a la sinapsis. Profiriendo gritos de guerra arrancaron sus velcros y se los adhirieron a la cintura, donde colocarían las dagas. Los firmes senos se mostraban en desafiante ataque y las vulvas escrupulosamente rasuradas comenzaban a lubricarse naturalmente, ansiosas y voraces.

—Su Majestad, solicito su bendición —rogó Diana.

Morgana recorrió lentamente con la vista el cuerpo de la muchacha, quien, nerviosa, se mordía apenas el labio inferior. Ha sido una elección muy acertada, pensó. Se acercó a ella y le acarició la mejilla. Luego, ambas se dieron un profundo beso, al estilo amazónico, mirándose fijamente con los ojos bien abiertos, la misma práctica a la que obligaban a los varones violados.

Sólo algunos miembros de la tripulación, los más desinformados, intentaron resistir el abordaje con pistolas láser. El resto estaba al tanto de la leyenda de las amazonas; jamás fallaban, nunca habían sido capturadas, y por sobre todas las cosas, no dejaban sobrevivientes. Por lo tanto, la mayor parte de la tripulación, incluyendo al Capitán, huyó en las naves salvavidas.

Atrás habían quedado aquellos tiempos en que los capitanes morían junto a su nave. El traslado de pasajeros era una empresa privada. Una corporación que no los culparía. ¿Quién podría hacerlo? ¿Que ejército se atrevería a enfrentar esta situación? Mucho menos una tripulación que tenía fines decorativos y caminaba de cubierta en cubierta mostrando sus lustrosos uniformes y haciendo relaciones públicas. Las naves prácticamente se manejaban solas. Cuando el resto de los pasajeros se percató de la situación era tarde. Y se desató el caos.

Una pareja de amazonas llevó atado, a la presencia de Morgana, a un individuo que se preciaba de ser el entregador y exigía lo pactado con la Reina: una cuantiosa recompensa en metálico, que no le hicieran ningún daño y una nave rápida para escapar. En realidad, el cobarde formaba parte de una delegación deportiva (los equipos masculinos de rugby antigrav, natación en plasma y un sofisticado arte marcial llamado Ojid bad) de Xelenia I, que se dirigían a unos juegos anuales que se realizaban en este cuadrante. Morgana sonrió maliciosamente.

—Los varones son la peor escoria del universo y merecen ser castigados por sus acciones. Pero si hay algo que detesto más que un varón, es un traidor. A este sí despelléjenlo —sentenció la Reina con desprecio, para alegría de la pareja de amazonas que se abalanzó sobre él antes de que Morgana terminara de impartir la orden, habituadas al férreo código de conducta de su majestad.

Los aullidos del desollado fueron sólo un prolegómeno de lo que iba a venir. Como también lo eran los litros de sangre que comenzaron a expandirse por la cubierta como una marea de muerte y dolor. La alarma de evacuación de la nave resonaba de fondo a un altísimo volumen, primero como una molestia persistente que taladraba los tímpanos, pero marcando luego el ritmo de los coitos sincronizados como si fueran los tambores en un navío antiquísimo.

Los gritos de las mujeres, los niños y los ancianos antes de ser arrojados al espacio dieron verdadero comienzo a la orgía. Morgana y Diana, desde una plataforma flotante ubicada sobre el centro de la cubierta principal, observaban cómose extendíael terror . La vida sexual de las amazonas era completamente placentera; la piratería sexual era innecesaria.

Sin embargo, aportaba una cuota de adrenalina a la vida de las amazonas. Y hacía que la galaxia entera no olvidara lo que eran capaces de hacer. Tenía que ver con una cuestión de respeto y de tradición guerrera.

Varones corriendo despavoridos por las galerías mientras las guerreras les caían encima, en pareja, desde las alturas. Otros caían al suelo, sacudidos por látigos. A la mayor parte las ropas les eran arrancadas a jirones provocados por las dagas. Todos rogaban inútilmente por clemencia, entre lágrimas.

Una vez sometidos, hacerlos ingerir las cápsulas de ámbar fluorescente era un proceso veterinario para las amazonas. Mientras una lo acogotaba con un brazo haciéndoles abrir la boca, la otra les introducía la sustancia dentro del organismo, deslizándola hacia el fondo de la garganta con el pulgar mientras presionaban la lengua hacia abajo.


En menos de media hora todos los atletas se encontraban desnudos y de rodillas en los enormes depósitos de la nave, temblando en contacto con el frío metal del piso. En realidad, temblando porque conocían su destino; lo habían escuchado en incontables oportunidades en boca de otros. Vencidos, entregados. Indefensos, vulnerables. A disposición del capricho y la voluntad de sus captoras.

Las amazonas no ostentaban grados, pero la estratificación era clarísima. Día a día combatían entre sí en su planeta estableciendo jerarquías y demostrando su fuerza, habilidad y valor. Por lo que había un orden determinado para elegir, que todas sabían no era momento de cuestionar y por tanto sería respetado. Cada cual elegiría de acuerdo a sus preferencias. De acuerdo a sus ansias de someter a sus víctimas; de acuerdo a las cuentas que tuvieran que ajustar con sus fantasías de dominación y sadismo.

Los falos de los prisioneros aturdidos habían logrado el mayor crecimiento que pudieran adquirir. El ámbar fluorescente, en sinapsis telepática e intentando reunirse, había acaparado el torrente sanguíneo y los penes, con el prepucio retirado, violáceos y aureolados, parecían a punto de estallar. Aún en su confusión alguno de ellos notaba extrañado un grado de marmórea rigidez que no adquirían desde la temprana adolescencia y que se había transformado sólo en un recuerdo. Una erección fabulosa y permanente en un ángulo de 90 grados.

La escena era bizarra. Una guerrera había esparcido el contenido de una segunda cápsula, partiéndola, sobre la lengua de un infeliz y lo estaba sofocando entre sus piernas. Otras jugaban pretendiendo ordeñarlos como vacas lecheras. Muchos estaban siendo propiamente domesticados, paseados en cuatro patas con una cadena ajustable al cuello, de ésas que al tirar clavan espinas en la carne, lacerando y ahogando a la vez.

Los varones estaban siendo reducidos a mascotas. Antes de inspeccionarlos para repartírselos, los hicieron arrastrarse por el piso y les caminaron por encima. Las marcas de los dedos de las robustas amazonas se iban marcando en la delicada piel de los deportistas, acostumbrados a la buena vida, a los lujos, a las cremas, a las exfoliaciones. A ser convertidos en estrellas del mundo del espectáculo, a ser deseados y exhibidos en su perfección física por los medios de prensa.

A simple vista, había cuatro grupos diferentes. Los rugbiers flotantes, los pseudo-karatecas-con-pretensiones-metafísicas, los nadadores intergalácticos y el resto. Las neófitas sabían que debían conformarse con los varones comunes. De cualquier modo, emprendieron la nueva experiencia con absoluto entusiasmo y dedicación. Eran violaciones tradicionales, clásicas, para principiantes. Los varones sometidos estaban boca arriba, gimiendo por piedad, tratando infructuosamente de liberarse.

No sería injusto decir que los violados se habían buscado de algún modo su desgracia. Desde hacía miles de años el hedonismo generalizado se había extendido y el concepto de pecado se había difuminado en extremo. La transmisión de imágenes holográficas se había multiplicado en miles de canales diferentes, transformándose en un negocio sin precedentes.

El voyeurismo e incluso la pedofilia inactiva habían obtenido tolerancia social. Todo había comenzado casi como una broma. Un grupo de muchachitos juntando dinero para su viaje de egresados permitió que televisaran sus encuentros deportivos. Y que luego desde los vestuarios se los pudiera observar desnudándose y enjabonándose. Nadie resultaba dañado. Los pedófilos sublimaban sus instintos, sin lastimar a nadie. Los chicos obtenían el dinero para su viaje.

Lentamente, los canales voyeurs se fueron multiplicando. Y la competencia hizo que la apuesta se siguiera doblando. Comercialmente un deportista tenía tanto valor para ser esponsoreado y firmar contratos de publicidad por su habilidad técnica como por su belleza y su disposición a vender las imágenes de su cuerpo.

Imágenes que se vendían para programas holográficos. ¡Tenga sexo con su deportista favorito!, ofrecían los anuncios. Aunque los jugadores fueran heterosexuales, lo único que les importaba era que su cuenta bancaria siguiera creciendo, no el destino que le dieran a su imagen. Sin que les importase, los deportistas más atractivos (o sus imágenes, en un sentido estricto) copulaban diariamente con miles de individuos de centenares de razas y géneros diferentes, realizando prácticas que ni alcanzaban a comprender.

Las señales de canales holográficos deportivo/voyeur surcaban el espacio, alcanzando a veces destinos inesperados —que no abonaban por el este servicio—, como Selenia, el planeta de las guerreras. Aunque las amazonas eran muy activas y no eran partidarias de estos entretenimientos, observaron en más de una ocasión como un deportista le enjabonaba el trasero a otro, no por placer, sino por histeriquear, por provocar, por tomarle el pelo al espectador, por burlarse de él mientras le quitaban dinero de su bolsillo en base a su perversión, en base a esa fijación de la que no podían librarse.

Por lo que la violación colectiva de este contingente de atletas les iba a reportar un doble placer. Las amazonas ni siquiera estaban enteradas de que la audiencia mayoritaria de estos programas era masculina, de que las mujeres siempre habían sido reacias al porno y que lo continuaban siendo. Creían ver en las imágenes un ataque al género femenino, una provocación deliberada, como si estos hombres pretendieran tenerlas en la palma de sus manos y seguir dominándolas.

Es por esto que las amazonas se les montaban encima, en cuclillas, sosteniendo sus muñecas con fuerza contra el piso hasta llagarlas, restregándoles las tetas por la cara, amenazando con acuchillarlos si se atrevían a cerrar los ojos y dejar de mirar. Horas mas tarde, las guerreras llegaban al clímax y para humillarlos les eyaculaban encima. Las víctimas quedaban muy shockeadas, en el mejor de los casos.

Ninguna de las amazonas conocía los deportes que estos atletas jugaban. Con su ojo clínico y experto separaron en grupos a las víctimas, buscando a las más apropiadas para cada una de sus diferentes prácticas.

En realidad, los rugbiers habían permanecido juntos espontáneamente. Incluso habían corrido de un lado a otro de la nave como un grupo compacto. Culones, piernudos, con gruesos cuellos y abdomen levemente corvo fueron los elegidos para sodomizarse entre ellos. Para que dieran un buen espectáculo se los azuzó amenazándoles con que si no lo proporcionaban les arrancarían los genitales y se los darían a comer a dos leopardos que, hambrientos, reafirmaban las amenazas de sus dueñas.

Las amazonas no sabían qué significaba tercer tiempo; menos aún sabrían que le estaban dando un nuevo significado a la expresión. Los rugbiers, atontados y aterrorizados, se penetraban con fruición y agradecían a viva voz y se mamaban entre sí con gula. Se trató sólo de un entremés, luego seguirían la suerte del resto.

Los nadadores, apolíneos, fueron elegidos para ser travestidos. Su tronco triangular les resultó particularmente interesante, pero en particular las provocaba sus traseros pequeños, duros y elevados y sus pectorales desarrollados y redondeados. Bombachas y corpiños de seda y encaje, gasa y raso, tangas y perfumes florales les favorecían grandemente. Cuando llegó el momento de la violación, la succión de sus tetillas fue el prólogo obligado.

A los luchadores marciales hubo que darles dos cápsulas para vencerlos —sin duda morirían pronto—; fue esta razón (y no sólo sus músculos planos) la que los convirtió en los platos más deseados. La fallida pero esforzada resistencia que ofrecieron excitó grandemente a las guerreras. Los usaron para violarlos en grupo; uno de ellos frente a cinco amazonas, todas juntas a victimizarlo a la vez.

Morgana observaba las prácticas con satisfacción; todo había funcionado perfectamente. Curiosa, Diana se le acercó y le preguntó:

—Mi Reina, por qué no participa. Me han dicho que le reservaron al mejor espécimen.

—Ve tú a divertirte, Diana. Lupercalia esta cerca. Esto es sólo un pasatiempo. No pienso gastar energía que pueda utilizar con un destino mucho más gratificante.

—Mi Reina, sé que también se va en parejas al encuentro con los faunos. Si usted...—dicho esto Diana guardó silencio, comprendiendo que estaba siendo impertinente. Pero Morgana recogió rápidamente el guante.

—Diana, será un honor para mí también —y le dio la mano. Así permanecieron para observar el clímax.

Las guerreras, completamente extasiadas, presentían el fin. Se tomaron las manos por parejas de amantes. Una aureola fluorescente lilácea les iluminó el contorno del cuerpo. El ultraorgasmo colectivo tuvo por banda de sonido un aullido interminable y ensordecedor y estuvo compuesto de unos veinticinco orgasmos individuales consecutivos. Cuando abordaron la Gineceo, sólo dejaban locura y desolación a su paso.

La Reina se acomodó en su trono y a través de su visor observó el espacio circundante, melancólica. Todo había resultado como estaba planeado. Sin embargo, sentía un vacío en su interior.

Estaba sola y sufría la soledad del poder. Podía hacer su voluntad, tenía un mundo entero, lujurioso y salvaje, que dominar en las décadas que seguirían. Disfrutaba el amor entre mujeres como la que más, pero algo le faltaba.

Sabía que ese algo no era un falo. Un falo que podía ser mecánico, electrónico, robótico. Que podía ser nanobótico, holográfico o de goma u otro material. O que podía pertenecer a un fauno, casi un animal.

Lo que necesitaba, se dijo, era un compañero que le planteara un desafío. Pero ya no existían hombres así.



Capítulo III: Esclavos del deseo


El androide recibió impertérrito al enmascarado. El probable cliente tenía puesto un traje de un material parecido al neoprene, negro, que sólo le dejaba a la vista unos ojos vidriosos e inyectados en sangre y una dentadura demasiado perfecta para ser natural.

El traje se encontraba perfectamente seco; la elección no había sido caprichosa, frente a las inclementes condiciones de este asteroide con escasa atmósfera oculto entre miles de otros y que no figuraba en ninguna cartografía galáctica.

Andros, lo llamaban sus moradores al asteroide, preocupados por dejar en claro la identificación de su producción industrial dentro de la ilícita corporación a la que pertenecían. Porque los asteroides eran infinitos y la actividad comercial a la que se dedicaba éste también podía desarrollarse y variar en incontables gamas.

El género del desconocido también era indeterminado, no sólo su identidad. Su estatura era media; podía ser tanto varón como mujer. El traje le daba una figura rectangular a su cuerpo, al verlo de frente. Si se lo mirara desde arriba se hubiera visto como una especie de oscuro tonel. Un obeso tal vez, o una mujer tratando de ocultar sus curvas y pechos con algún tipo de relleno.


Pero la elección del traje debía tener, además, motivos personales. El portador no lo había comprado sólo para este encuentro; la incomodidad que generaba le debía estar provocando algún placer, tanto en este caso como en otras situaciones más íntimas y frecuentes. El placer por la asfixia, por ejemplo. El gozo de sentirse prisionero. El olor de la goma. Su ríspido contacto con la epidermis.

El androide estaba acostumbrado a atender a la clientela más extraña. Mientras pagaran en efectivo los precios altísimos de sus productos, el resto de los detalles carecía de importancia. Así que, X- 34 (así se presentaba con un fuerte apretón de manos y una mirada directa a los ojos, esto es, en caso de que el interlocutor tuviera manos y ojos) permaneció impasible. El cliente tenía un código, B-3645. Su voz salía deformada, digitalizada y neutra por algún tipo de micrófono incorporado a su indumentaria.

De cualquier modo, el androide se cuidaba de llamarlo "usted" sin ningún otra apreciación de género. Eran muchos años realizando estas ventas, y X -34 era el mejor en su campo. La invitación al cliente a visitar la planta era la sencilla y acostumbrada respuesta a la inquietud que todos planteaban en algún momento, palabras más o palabras menos.

Un esclavo sexual joven y atractivo, dispuesto a cumplir todas las fantasías que se le demandaran en cuanto se pronunciara una palabra "clave" y a cumplir servicio por el tiempo que se le requiriera (para eventualmente ser eliminado o desechado, a gusto del consumidor) costaba en el mercado negro la nada despreciable suma de 10.000 créditos. En cambio, un esclavo sexual producido en Andros costaba la friolera de 100.000 créditos. ¿Cómo explicar la diferencia?

Esto había planteado cierta inquietud al androide varios años atrás. Pero luego de algunas primeras ventas fallidas, su registro era impecable. Jamás había vuelto a perder un cliente. Nadie se retiraba de Andros sin firmar una orden de compra, establecer los detalles de su pedido y entregar un adelanto en efectivo. No importaba el tiempo que tardara, ni los recursos que tuviera que utilizar, ni cuán didáctico tuviera que ser. Su psicotrónica paciencia era infinita.

Vestía como un dandy, con un traje color crudo, el cabello artificial oscuro engominado hacia atrás, zapatos blancos. Sus modales eran finísimos y su manejo de los diferentes protocolos, apabullante. Cada palabra del futuro comprador redefinía su discurso y su actitud, acercándose progresiva y camaleónicamente a hacer sentir cómodo a su interlocutor, a convencerlo de que cumpliría sus más delirantes fantasías, por más imposibles que parecieran.

Si era necesario, podía ser grosero y vulgar, afeminado o macho, lascivo y libidinoso o un verdadero ángel rebosante de ingenuidad. Todo era válido para realizar la venta. El cliente siempre tenía la razón. El cliente debía ser satisfecho. Y la acepción correcta de satisfacción, en este caso, excedía largamente lo habitual.

B-3645 bajó del ascensor algo molesto por el tiempo que demandaba el trayecto desde la inhóspita superficie. Andros era un mundo subterráneo, en un sentido a la vez estricto y extenso de la palabra. En realidad, no manifestó oralmente su disgusto, sino que lo expresó corporalmente, lenguaje que X -34 estaba absolutamente preparado y alerta para captar e interpretar.

Con una sonrisa le dio un apretón de manos, que en este caso en particular sí existían, además de los ojos, que afortunadamente facilitaban la comunicación. Nunca había terminado de entender bien a los humanoides, pero mucho menos entendía a los no humanoides que requerían esclavos humanos para satisfacer sus bajos instintos. Sin duda, un innovador reflujo de bestialismo.

—Lamento mucho que el ascensor le haya resultado incómodo. Lo que ocurre es que no sabíamos si al acelerar el trayecto para que durara sólo unos segundos, usted podría sufrir otros percances. Pero si nos indica que no es así, el regreso a la superficie será casi instantáneo o incluso podríamos teletransportarlo si lo desea —explicó X-34.

No tengo problemas con el movimiento violento, por lo que acepto complacido su oferta de un viaje más breve en la próxima ocasión. En cuanto a la teletransportación, le agradezco su oferta, pero no. Y respecto a este punto le pido que no vuelva a reiterar la posibilidad.

X -34 hizo la primera de una infinidad de notas mentales. No quiere ser teletransportado, pensó. Debo averiguar si es por cuestiones de seguridad (que nadie tenga su ADN para identificarlo o replicarlo), por una fobia o por cuestiones religiosas. No es que deseara información para luego venderla; la confidencialidad absoluta era esencial para este negocio. Una filtración de datos personales alejaría a todos los potenciales clientes para siempre.

La razón detrás de la curiosidad tenía más que ver con conocer mejor al cliente para poder concretar efectivamente la venta. No dejaba de ser una batalla a la antigua; el cliente era alguien a vencer. Al menos, había que vencer su reticencia a efectuar la compra, sus dudas, sus vacilaciones.

Había que provocar su impulso de poseer. Cosa que, a pesar de parecer fácil de lograr en un cliente con motivaciones internas de origen plenamente sexual, era en la realidad muy difícil. Todos los clientes con los que se había encontrado eran extremadamente fríos y calculadores. Y que fueran perversos no conllevaba que fueran idiotas, muy por el contrario.

—Si usted está de acuerdo, podríamos tomar asiento y comenzar con una breve reseña histórica de nuestra empresa, si es de su interés —preguntó X -34 (ociosamente, porque ya conocía la respuesta) mientras un androide acercaba con dos tazas de un extraño té por el que el comprador había manifestado su interés al llenar y enviar el correspondiente formulario.

X -34 tomaría una taza del curioso brebaje ; nunca lo había hecho antes. De cualquier modo se trataba sólo de demostrar hospitalidad y de hacer sentir cómodo al comprador. X -34 no tenía necesidades fisiológicas de ningún tipo. La bebida, como cualquier otra cosa que ingiriera, sería procesada y comprimida, para ser posteriormente desechada cuando acabara la entrevista. Todo había sido previsto. Todo tenía que ver con generar empatía.

La decoración y el mobiliario de la sala eran de constitución nanobótica, en este caso de estilo completamente minimalista (otro dato a tener en cuenta acerca de la personalidad del interesado). El comprador había optado entre diversos modelos a su elección o la posibilidad de crear el propio. Había determinado temperatura, humedad, composición del aire, todos detalles que a X -34 le eran completamente indiferentes. Esto sí era servicio al cliente, el mejor servicio al cliente que se podía ofrecer a quien iba a gastar una fortuna.

—Sí, comience por favor —le dijo el anónimo interesado.

—Como usted sabrá, los primeros elementos inanimados para obtención de placer sexual fueron sucedáneos de los falos realizados con diversos materiales. Mucho más adelante se les incorporó tecnología a estas prótesis y también se difundieron muñecos inflables que podían ser penetrados.

—Ji, Ji. —El cliente no pudo evitar reír entre dientes .

—El paso siguiente fue el sexo virtual; la interacción de una persona, en contacto con los periféricos adecuados, con un programa, una máquina u otra persona ubicada en otro lugar. Luego fueron los primeros robots, muy rústicos y que no tuvieron gran difusión, los hologramas los reemplazaron enseguida. Cuando se produjo la revuelta de los destructores de virtualidad y volvió a ponerse de moda la materialidad, los androides más sofisticados volvimos a un primer plano. Mis compañeros y yo formamos parte de ese período. X -34 significa que hubo 33 prototipos anteriores.

—Qué interesante —acotó el cliente, implicando en el tono de su voz todo lo contrario a lo que decía con palabras.

—Nuestra apariencia física depende de los requerimientos específicos de quien nos compró. Pero nuestra base de datos inicial era común; la Sección Sexual de la Biblioteca Galáctica tiene relevadas todas las prácticas llevadas a cabo por todas las especies conocidas, toda la literatura erótica, todas las perversiones, toda la interpretación psicoanalítica de ellas, etc.

—Qué enorme esfuerzo —reconoció el enmascarado.

—Creyeron que dándonos todo ese conocimiento seríamos mejores amantes. En el corto plazo funcionó; al poco tiempo, dejó de hacerlo. Nunca podríamos compararnos en este aspecto con otro humano; es más, la sexualidad (y no la capacidad de pensar o experimentar sentimientos) se convirtió en el límite infranqueable entre la humanidad y los androides —admitió X -34 con un dejo de melancolía.

—Es verdad —acotó el extraño acomodándose en su sillón.

—Tal vez por eso nos otorgaron el Acta de Liberación Psicotrónica; no les servíamos para nada. Estábamos desolados, habíamos perdido nuestra razón de ser. Hasta que nos dimos cuenta de que podríamos utilizar nuestro conocimiento para proporcionar los mejores seres humanos para prácticas sexuales. Y lo logramos.

El interlocutor había permanecido atento, aunque tal vez supiera toda esta historia. Asentía de vez en cuando y daba sorbitos al té servido en su taza de fina porcelana. Fue entonces que hizo un comentario.

—Ciertamente lo han logrado. Tengo muy buenas referencias —dijo. Esta observación era innecesaria. Ningún nuevo cliente era aceptado sin la recomendación expresa de cinco clientes anteriores. Así que alguien le había dado el dato para comunicarse, pedir la entrevista y también las coordenadas para llegar al planetoide. Y se trataba de cinco clientes satisfechos, sin duda. Todos los clientes habían estado siempre completamente satisfechos. Nunca una queja.

—No fue sencillo. Si bien nuestros productos valen lo que cuestan, al principio la competencia nos abrumaba. Creaban clones o secuestraban niños, los neuroprogramaban y dependían absolutamente del nuevo dueño y poseían el conocimiento mínimo necesario.

—Recuerdo esa época —dijo el cliente y se detuvo. Estaba, sin querer, dando datos de su edad. De cualquier modo no estaba confesando tanto; sin duda no se trataba de un jovencito o una niña. Ni por gustos, ni por capacidad económica, ni por el estilo para comportarse.

—Siempre ha sido ilegal, siempre ha sido igualmente tolerado. Esta es una sociedad hipócrita, como usted sabrá. Los pobres tienen sus hologramas y se acuestan con estrellas de cine; la clase media tiene sus clones neuroprogramados y los ocultan en el cuarto del fondo. Los ricos quieren más —concluyó X -34 con un guiño cómplice.

—Lo lamento, pero yo sigo sin entender cuál es la diferencia entre un clon neuroprogramado y el esclavo que ustedes ofrecen —dijo B-3645 con cierto tono de molestia en su voz. X -34 se paró; empalideció deliberadamente y adoptó una postura de sentirse muy ofendido. Esta parte histriónica y melodramática era su favorita.

—¿Conoce usted la diferencia entre el día y la noche, entre vivir y morir, entre el blanco y el negro? —decía esto mientras le daba la espalda al comprador. Luego apoyó sus puños cerrados sobre una mesita y guardó silencio por unos segundos que parecieron interminables. Aparentemente recompuesto volvió a tomar asiento y continuó:

—¿Sabe por qué fracasaron los robots, el sexo virtual, los androides y por qué son despreciados los clones? Porque no son gente real, son todos sucedáneos, son fantasías corporizadas, no fantasías que se hacen realidad. Siguen siendo una masturbación; el otro no tiene decisión alguna, ni la menor independencia. No pueden crear nada nuevo, sólo responden a su programación. Nunca crearán una nueva perversión.

—No, no lo harán —se sumó el cliente al argumento.

—Saben ustedes cómo van a reaccionar; si conocemos el final de una película, carece de emoción. Y alguien clonado jamás ha tenido experiencia alguna, no ha tenido amigos ni padres, no ha tenido parejas ni frustraciones, ni felicidades ni gustos estrafalarios. Su subconsciente y sus sueños son simplísimos en relación a una persona cualquiera, que es un universo en sí misma. Es como comparar una perla auténtica con una perla cultivada, un tapado de piel natural con uno sintético.

—Por favor, discúlpeme que lo interrumpa —dijo B-3645 con su voz cibernética y mucha autoridad; evidentemente se trataba de una persona con poder, de una persona acostumbrada a manejar gente y a dar órdenes—. Mi tiempo y el suyo son valiosos. Lo que usted me esta contando es la razón por la que me encuentro aquí. Quiero que me diga algo que yo no sepa.

—Claro, claro —trató de calmarlo X -34, que se daba cuenta que había subestimado al comprador pensando que soportaría toda su cháchara, y no quería repetir el error, porque significaría su primera derrota en mucho tiempo. Continuó entonces:

—Usted lo sabe. Se puede secuestrar a alguien y retenerlo contra su voluntad, violarlo o drogarlo y eliminarlo luego si se tiene el suficiente poder y si ése es su gusto. O tener a un sucedáneo manufacturado a medida, pero sin emoción. La pregunta es: ¿Cómo poseer —en toda la extensión del término— a una persona real y compleja que sin embargo se ajuste a nuestros deseos y expectativas?—los ojos de B-3645 se entrecerraron levemente; X -34 se relajó un poco, había logrado captar su atención. Entonces concluyó su reflexión: —Eso sería Arte.

—¿Y ustedes ofrecen una obra de arte viva? —preguntó B-3645 interesado aunque algo jocoso.

—Exactamente. Déjeme explicarlo. Todo comienza por una búsqueda. Una vez que encontramos el material adecuado, efectuamos el secuestro. El punto central del proceso es determinar cuál es la fantasía que mejor puede cumplir esa persona y luego guardarlo hasta que llegue el cliente más adecuado. El razonamiento es sencillo, pero poderoso: La escultura está en la piedra antes de que el escultor comience a cincelarla. El escultor ve el mármol, lo toca, siente sus vetas, capta su espíritu. Y finalmente libera progresivamente la forma que se encuentra atrapada en la piedra.

—Ajá —dijo sorprendido el anónimo comprador.

—El proceso es análogo; evaluamos al secuestrado, no sólo estéticamente y en cuanto a su performance sexual, sino en relación con sus recuerdos y experiencias pasadas, sus gustos e inhibiciones. Y sólo a partir de ese momento identificamos su perfil. Luego es cuestión de reforzar su orientación incorporándole el recuerdo de experiencias que no ocurrieron. Y en estado de estásis, una especie de animación suspendida, aguarda a su comprador. Sólo cuando éste llega, se lo saca de ese estado y se lo programa para obedecerle, no se lo deshumaniza obligándolo a reacciones predeterminadas, a estímulos específicos —remató X -34.

—Me resulta muy interesante lo que me ofrece. ¿Va a enseñarme un muestrario? —preguntó B-3645.

—Acompáñeme, quiero ilustrar mis palabras dando una recorrida por la planta — invitó X -34.

Ambos se pararon y comenzaron a caminar por los pasillos de un blanco inmaculado. Frecuentemente se topaban con ventanales, con vidrios que además de irrompibles se antojaban como transparentes sólo de un lado. En cada uno de los cuartos había hombres espléndidos, desnudos y dormidos sobre enormes camas, como niños.

Los había grandes y pequeños, fornidos y esbeltos. Algunos fuertes como toros, otros delicados como rosas. Rubios, morenos. Lampiños y velludos. Algunos penes minúsculos, otros con vergas de un tamaño sobrenatural.

Los había adolescentes y también maduros, aunque siempre interesantes. Con la cabeza rapada, el cabello corto o con una melena que le descendía por debajo de los hombros. Se notaba que algunos tenían la piel rústica y áspera como cuero y que la de otros en cambio era suave como de bebé.

A los costados de cada exhibidor había un cartel en la lengua franca, el idioma galáctico. Daba detalles de planeta origen, de peso, de medidas. Acerca del nivel cultural y los antecedentes del esclavo.

Había datos además acerca del régimen alimentario al que se los estaba sometiendo para que su semen tuviera un sabor determinado. Y había una muestra en un pequeño frasquito para quien deseara saborearlo.

La salud de los esclavos estaba absolutamente garantizada. Los mismos se entregaban completamente esterilizados, en su exterior y en su interior. Se tomaba un gran cuidado en el empaquetado al momento de la entrega, en enormes cajas con frente transparente, rodeados de exóticas y perfumadas flores, con lazos de seda rodeando delicadamente los genitales.

Lo que sin duda llamaba la atención de todos, incluso de los propios X -34, que estaban habituados, eran las fotos en tres dimensiones que en cada caso ampliaban al detalle los genitales.

No podía creerse la variedad de falos, sus diferentes tonos de piel, de los violáceos a los níveos, de los cubiertos de venas a los lisos como el mármol, aquellos que tenían glandes proporcionados al tamaño del miembro que los portaba y aquellos cuya cabeza parecía adquirir vida propia. Parecían completamente reales.

Bajo cada ventanal había un código.

—Observe por ejemplo este caso. LLJ33 tiene un terror congénito a ser penetrado, de cualquier modo. Su recto ha sido siempre un camino de salida. Creemos que careció de etapa anal en su infancia; aparentemente no se ha metido jamás nada, siquiera un dedo. Y le hemos incorporado determinados recuerdos y borrado ciertas experiencias que en su conjunto refuerzan ese miedo a ser penetrado.


—Déjeme ver si entiendo —interrumpió nuevamente B-3645—. El comprador será un sujeto pasivo.

—No —respondió con seguridad y una sonrisa X -34 —el comprador será alguien que disfrute infringiéndole esa humillación. Observe el siguiente caso: MN17. Es todo lo contrario. Ha llevado una vida completamente heterosexual, es un pastor de una provincia de la periferia del imperio, usted comprenderá, muy rústico. Siempre tuvo el deseo secreto de ser penetrado, pero en el entorno en el cual creció, jamás se lo permitió. Hemos reforzado su deseo hasta límites incontenibles. Créame: todos estamos felices con estas operaciones. No es sólo el beneficio que nosotros logramos o la satisfacción absoluta que obtiene el comprador. El esclavo también se realiza.

—Pues a mí no me satisfacen ninguno de estos dos y creo que les voy a representar un verdadero desafío. ¿Piensa usted hacerme recorrer los pasillos de todo este asteroide hasta encontrar lo que necesito? — retó B-3645.

X -34 sabía que había vuelto a ganar .

—Volvamos a la sala por otro té —invitó sonriendo. Una vez que llegaron allí y se los sirvieron, prosiguió—. Podría enseñarle un muestrario de lo que tenemos en existencia. Pero no creo que satisficiera a un paladar tan exquisito como el suyo. Por un poco más de dinero...

—El dinero no es problema —dijo B-3645.

—Pues bien, si el dinero no es problema, nada lo es. Podemos realizar una búsqueda y un reforzamiento de programación neuronal a su medida. Una edición limitada a uno e irrepetible. Si me acompaña, le haremos un escaneo mental y físico, durará sólo unos minutos. Luego, firmaremos el contrato (es sólo una formalidad, un compromiso de buena fe; naturalmente que no es exigible ante ningún tribunal, sólo ante nuestra trayectoria impecable), aceptaremos su seña y comenzaremos la búsqueda. Pronto se lo entregaremos en su casa, envuelto para regalo. Cien por ciento de garantía de satisfacción total e inmediata.

—Un momento, no tan rápido. Nadie me va a escanear.

—Hemos previsto eso, algunos de nuestros clientes son quisquillosos al respecto. Podemos también hacer el trabajo de manera manual, aunque demanda varios días y tendría que quedarse (le ofreceríamos todas las comodidades para su estancia). Deberíamos someterlo a muchos cuestionarios y entrevistas con especialistas y hacerle revisiones médicas. Si responde con absoluta sinceridad a las preguntas, podemos garantizarle, de acuerdo a nuestras estadísticas, un noventa por ciento de satisfacción inmediata.

—El tiempo que demande formular mi pedido no es problema y si las preguntas no dan ninguna pista de mi identidad, tampoco tengo inconvenientes en explayarme. Pero de ninguna manera saldré de este traje para una revisión médica o medición de ningún tipo. Nadie debe conocer mi apariencia, eso es imprescindible para mí. Y la entrega se hará en un sitio que yo especificaré a otra gente de mi confianza, no en el lugar donde yo vivo.

—Eso no es problema. Pero sin la revisión física, sólo puedo garantizarle un ochenta por ciento de probabilidades de lograr una satisfacción inmediata. Lo que mantenemos es nuestra garantía de satisfacción total final. Si el producto no es de su total agrado, lo devuelve y en un plazo perentorio le entregamos otro, así, ad infinitum hasta que obtenga aquello por lo que pagó.

—Trato hecho entonces —dijo B-3645 y le estrechó la mano a X -34.

—Mis asistentes lo acompañarán hasta sus habitaciones —le indicó X -34, señalándole amablemente la dirección de la puerta.

Por primera vez en mucho tiempo, el vendedor no disfrutaba de su triunfo. La preocupación le aguaba la fiesta. Presentía que este cliente era un hueso duro de roer. Presentía también que pertenecía a las más altas esferas de poder del Imperio Galáctico.

Habría que afinar el lápiz. Esta operación podría abrir las puertas del negocio más fabuloso jamás imaginado o ser el principio de una catástrofe. Los androides no podían darse el lujo de perder todo aquello por lo que habían luchado durante tantos siglos.

Capítulo IV: La Doctrina Panteísta Inmanente


Magna, la capital imperial, la más increíble creación artificial en la historia de la galaxia, la más explícita demostración de la victoria de los seres vivos por sobre la naturaleza, la prueba más patente del dominio absoluto sobre ella.

Uno de los planetas más grandes conocidos, inicialmente yermo, ahora levemente terraformado, pero sin embargo carente de ecosistema alguno. Sin animales ni plantas, sin actividad sísmica y con clima regulado e inalterable.

Decenas de miles de millones de seres apiñados. Cúmulos de ciudades-mundo con un millón de habitantes cada una, en formas de gigantescos anillos interconectados cuya perfecta geometría era nítidamente observable desde el espacio.

En los intersticios, enormes extensiones de césped artificial, caminos y parques que a nadie le interesaban ya recorrer y que ocultaban enormes plantas subterráneas de reciclado de aire y agua.

Y sobre todo, puertos espaciales desde los cuales Magna cobraba a través de infinitas naves el tributo imperial y vampirizaba al resto de la galaxia absorbiendo todo lo necesario para seguir siendo la primera entre todas las hipermegalópolis, el exceso y la decadencia llevados más allá de lo imaginable.

La monotonía del paisaje se veía alterada por dos construcciones: el Palacio Imperial y el Templo Mayor de la Doctrina Panteísta Inmanente, una en cada polo del planeta. Hacía milenios que el poder temporal y el espiritual contaban con esta separación geográfico-arquitectónica de profundo simbolismo. Ambos complejos databan de la época del Gran Cisma Panteísta.

El Palacio Imperial estaba rodeado por una cápsula transparente esférica que lo cubría y a la vez continuaba bajo tierra. El Emperador y el tesoro imperial estaban prisioneros de sí mismos, del protocolo y de un ejército de burócratas.

Una división entera de la flota estelar vigilaba el planeta, convirtiéndolo en inexpugnable, y el control migratorio en los puertos espaciales era estrictísimo. Como hojas de cebolla, infinitos niveles de seguridad se superponían impidiendo que nadie accediera al Emperador.

Al contrario del Emperador, el Pontífice Máximo no temía a nada y no contaba con ningún dispositivo de seguridad. La impresionante Catedral adquiría en su planta edilicia el contorno de los símbolos superpuestos de lo masculino y lo femenino, de Marte y Venus.

En un contexto temporal de hedonismo generalizado y virtualmente ilimitado —en tanto el Estado no lograba hacer cumplir la Legislación Pansexual Imperial— los partidarios de la Doctrina predicaban la práctica de una perversidad polimorfa constituida en torno a un código ético y estético, el Decálogo Sensual.


A la entrada de la Catedral había una pequeña hoja enmarcada, una reliquia de la primera edición de la Enciclopedia Galáctica, que transcribía el siguiente artículo:

"Antes del Gran Cisma Panteísta, Iglesia y Estado eran una sola institución y el Emperador y el Pontífice Máximo un solo individuo. Se sostenía ya entonces que Dios es todo y es consustancial al mundo, la llamada Teoría de la Unidad de la Sustancia.

Fue entonces cuando llegaron al poder un par de Emperadores-Pontífices gemelos que comenzaron una guerra civil, tomando los bandos opuestos, lo temporal versus lo espiritual.

En inferioridad de condiciones materiales, la totalidad del clero se convirtió en cyborgs para equilibrar la cruenta lucha. Luego de siglos de derramamiento de sangre, se estableció un Edicto de Tolerancia Recíproca.

Entonces abrazaron ambos diferentes doctrinas: el Emperador/Estado (y por lo tanto, la Ley) sostendría el Emanacionismo, según el cual las cosas y los seres salen del absoluto inalterable mientras permanecen en nuestra realidad; sólo serían uno con Dios antes de su creación y luego de su muerte (por lo tanto, en este mundo se encontrarían bajo el poder temporal del Emperador).

El Pontífice Máximo/Doctrina (es decir, el Dogma) sostendría el Inmanentismo, según el cual los seres y las cosas son modos particulares de los atributos divinos, del pensamiento y de la extensión de Dios, que es el principio inmanente pues se diluye en los entes."

Entrar al Templo Mayor de Magna un domingo por la mañana era una experiencia mística inefable. Por supuesto que no estaba permitida la transmisión holográfica de la ceremonia, en tanto el uso de imágenes se consideraba sacrilegio.

Tenía una capacidad para diez mil personas sentadas; se decía que al menos una vez en la vida, no importaba en que lugar de la galaxia se residiera, había que peregrinar para asistir a una de estas misas sensuales.

Los asistentes aguardaban pacientemente, en tanto no se permitía la entrada a nadie media hora antes de comenzada la ceremonia. Se trataba de una tensa espera. Unos cien integrantes del séquito pontificio caminaban por los pasillos chequeando que todo estuviera en orden, pero la gente muy pocas veces se comportaba mal; todos estaban demasiado embargados de emoción.

El color del Pontífice era el naranja, pero su séquito vestía púrpura. Vestiduras de brocato recamadas en perlas con el símbolo Venus/Marte superpuesto sobre la pechera. Como todos los doctrinarios, eran cyborgs. Entraban al seminario siendo humanos pero salían completamente transformados.

Los doctrinarios seguían recibiendo implantes de armamento, aunque no lo habían utilizado en siglos. El frágil equilibrio entre el poder temporal y el espiritual podía quebrarse en cualquier momento y debían estar preparados.

Pero en realidad, el sentido de los implantes era otro; básicamente, ejercer un férreo control sobre los sacerdotes y sus actividades en general y en particular acerca de su celibato.

El Pontífice podía convocarlos a enormes distancias en forma directa, podían comunicarse inclusive entre ellos. Los implantes cocleares permanentes favorecían el rápido aprendizaje y la acumulación de valiosa información.

De cualquier modo, su estado físico era también soberbio. Conformaban un ejército privado poderosísimo. Si llegaba el día en que tuvieran que entrar en acción, el espectáculo sería formidable.


Pero la estrella era el Pontífice, sin lugar a dudas. Swaraj I llevaba diez años de pontificado y su capacidad histriónica no tenía parangón. Admitamos que no era esperable una sorpresa en su homilía. Todas versaban, con leves variaciones, sobre el contenido del Decálogo Sensual, a saber:


No adorarás imágenes virtuales.

Dios está en todos los seres vivos y cosas.

La consumación sexual extendida reafirma nuestro vínculo cotidiano con lo divino.

La perversidad polimorfa restringida nos dignifica y fortalece.

No infringiremos ni soportaremos dolor para conectarnos.

No obtendremos ni accederemos a la consumación a través de violencia de ningún tipo.

No mantendremos coito con aquellos que no puedan brindar su libre y adulto consentimiento.

El coito debe ser higiénico y evitar el contacto con los excrementos.

Nuestro cuerpo pertenece al resto de los seres vivos y viceversa; dentro de nuestras posibilidades debemos ser generosos y compartirlo.

La humillación nos salva; todos tenemos derecho a ser humillados y la obligación de humillar a quien nos lo solicite.


Y esta ocasión no iba a ser le excepción. Un verdadero artista sabe lo que su público quiere. Swaraj salió con absoluta puntualidad, tal como estaba previsto. El mayor homenaje era el silencio absoluto.

Su ropaje naranja lo destacaba entre sus asistentes, una especie de guardia pretoriana que lo rodeaba con celo. De cualquier modo, Swaraj sobresaldría en cualquier reunión y concentraría todas las miradas en cualquier ocasión. Moreno, de cuarenta y tantos años, fornido, seguro de sí mismo y su misión: dominar la galaxia, obtener la totalidad del poder.

Su traje ocultaba dispositivos antigravedad, por lo que lentamente comenzó a elevarse del piso hasta casi tocar el techo de la cúpula de la nave central. Su cuerpo desprendía a su alrededor un aura dorada; un bailoteo de láseres a sus espaldas iban cambiando de forma y color, reafirmando y enfatizando sus expresiones a medida que avanzaba en su discurso, cada vez más apasionado, hasta transformarlo en una verdadera arenga.

Comenzó por el primero de los mandamientos: No adorarás imágenes virtuales. Cuando lo dijo, las diez mil voces se convirtieron en una y cada fonema parecía salir de una única garganta colectiva. Usaba muchísimo sus manos, gesticulando grandilocuentemente con cada frase.

—No adorarás imágenes virtuales. Dios debe ser adorado y está en todas las cosas y los seres originales, no en réplicas o creaciones artificiales. Eso es manierismo, eso es tratar de imitar la obra divina, lo que constituye la mayor arrogancia del humano. Y ustedes conocen el resultado de esta conducta.

Muchos de los presentes asentían con sus cabezas a las palabras del Pontífice.

—Los infieles permanecen en sus cubículos, completamente aislados. Nunca se relacionan con nadie ni con nada, nunca participan de la obra de Dios. Con todas sus necesidades básicas satisfechas, completamente pasivos, navegan la red intergaláctica desde sus sillones, temerosos de todo. No tienen riesgo ni disfrute.

El auditorio lo escuchaba, en un estado de trance colectivo.

—Hedonismo irrefrenado, sin límite, obtienen todo lo que desean con sólo pensarlo y con cada cosa que obtienen, menos les importa la vida. Todo les da igual, vegetan y aguardan impasibles el momento de su muerte. Su vida ha sido un sueño egoísta, un don desperdiciado. Pecan por omisión. Es cierto que algunos se levantan de sus sillones, pero no son mejores. Pecan por acción.

—Pecan, pecan —gritaban algunos fanáticos.

En vez de relacionarse con otro humano o androide libre, tienen relaciones con robots u hologramas. Son los Emanacionistas, y como tales, se han alejado de Dios y no se les permitirá volver a él. Y los hay aún peores; aquellos que esclavizan a sus semejantes, los que clonan o hacen capturar a otros seres para someterlos a sus instintos y a su voluntad. Hasta el Estado los condena como criminales.

La audiencia participaba vivamente de la homilía. Sobre todo con monosílabos o interjecciones. Los ¡Nooooooooooo!!!!!!!!, ¡Siiiiiiiiiiiiiiiii!, ¡Ohhhhhhhhhhhhhhh!!, servían de eco a cada juicio y conformaban una especie de banda de sonido.

Cuando el Pontífice se callaba, todos lo hacían al unísono. Swaraj se acomodaba las amplias mangas, se estiraba el cuello de su traje, como si fueran una especie de tics, aunque en realidad eran un punto y aparte.

—Dios está en todos los seres vivos y cosas —recomenzó junto a su eco—. No es cierto lo que sostienen los Emanacionistas. Todos somos partícipes de la divinidad y si nos encontramos en estado de gracia la percibimos claramente, somos uno con Dios. Los sacerdotes que nos hemos encomendado a él ya no necesitamos la consumación extendida, vivimos en permanente estado de gracia. Pero para el resto de los mortales es esencial.

—¡Mueran los emanacionistas! —se escuchó desde algún lugar del recinto.

—La consumación sexual extendida reafirma nuestro vínculo cotidiano con lo divino. Cuantas más veces tengan ustedes sexo y por mayor tiempo y de manera más variada, en mayor estado de gracia se encontrarán. Serán uno con Dios con mayor frecuencia.

—Sí, sí —gritó una mujer ubicada en la primera fila.

—La perversidad polimorfa restringida nos dignifica y fortalece. No debemos limitarnos a los cuerpos de los otros; los objetos son también obra de Dios y Dios se complace en ellos. Y todo aquello que nuestra imaginación pueda concebir y nos complazca, complacerá también a Dios porque nuestros pensamientos son manifestaciones de su propio pensamiento. Sin embargo, debe haber restricción porque la pasión sin límites no es pasión sino desenfreno y nos conduce al pecado. Y este límite esta dado por el Decálogo Sensual, que le fue dictado al Pontífice Máximo que fundó el Inmanentismo por el propio Dios.

—¡Alabado sea Dios! —se escuchó retumbar en las paredes.

—No infringiremos ni soportaremos dolor para conectarnos, dice el quinto mandamiento. El placer que surge de la ausencia de dolor no es placer sino alivio.

Swaraj elevó las manos hacia lo alto.

—No obtendremos ni accederemos a la consumación a través de violencia de ningún tipo. Forzar es masturbarse y desagradar a Dios, no es conectarse, no es ir con el otro, no es coito. La participación del otro es esencial para alcanzar el estado de éxtasis durante una relación.

El Pontífice tenía los ojos inyectados en sangre y una mirada mesiánica:

—No mantendremos coito con aquellos que no puedan brindar su libre y adulto consentimiento. La gracia se halla en estado de latencia en los niños, creciendo en su interior mientras sus cuerpos se adecuan a las necesidades de la consumación. Este proceso no puede ser adelantado ni perturbado.

Su rostro se tornó en una mueca de asco profundo.

—El coito debe ser higiénico y evitar el contacto con los excrementos. Lo escatológicono d ebe ser parte de la consumación, lo relacionado con los excrementos no debe estar en contacto con el sexo y por este intermedio con destino final del hombre y el universo.

—Alcancemos nuestro destino —gritó eufórico un muchacho.

—Nuestro cuerpo pertenece al resto de los seres vivos y viceversa; dentro de nuestras posibilidades debemos ser generosos y compartirlo. Todos debemos tratar de estar en comunión con el resto de los seres y en disposición de encontrarnos con nuevas formas de la divinidad.

En ese momento, muchos de los asistentes comenzaron a abrazarse entre sí, completos desconocidos, toqueteándose.

—La humillación nos salva; todos tenemos derecho a ser humillados y la obligación de humillar a quien nos lo solicite. La humillación nos engrandece y nos hace olvidar de nuestras ansias de poder y de someter a los demás.

Consciente de que había llegado al final de su alocución, la multitud estalló en aplausos. El Pontífice agradeció, asintiendo aparatosamente y dirigiendo miradas a todos los sectores del inmenso edificio.

Luego descendió y desapareció de la escena casi subrepticiamente, rodeado de los suyos.


Al llegar a sus habitaciones particulares, Swaraj tomó asiento, se inclinó hacia delante y cubrió su rostro con la palmas de sus manos. Se sabía que en esta situación nadie debía molestarlo hasta que volviera en sí.

En este caso específico, sumaba a la necesidad habitual de relajación luego de una presentación, un cansancio acumulado muy destacable. El cansancio se debía a la falta de sueño, y ésta a grandes preocupaciones.

Había recibido informes inquietantes. Pero más allá de lo que pudieran contarle, tenía un fuerte presentimiento, una intuición de que el momento decisivo, el de la batalla final entre el poder temporal y el espiritual, se acercaba.

Su Secretario Privado le había prometido novedades muy importantes para esta misma tarde. Cuando le dijeron que deseaba verlo, trató de recomponerse y le pidió a su séquito que lo hiciera pasar y luego los dejaran a solas.

El joven Secretario entró al despacho a paso firme. Tan firme como la actitud que lo había hecho destacarse en el Seminario y como la ambición que lo había convertido en la mano derecha de Su Santidad.

Los implantes cubrían la mitad izquierda de su cara, platinados, relucientes y algo siniestros.

Se hincó y besó el enorme anillo que portaba el Pontífice en el dedo medio de su mano derecha. Su Santidad giró su mano y levantó la barbilla del joven hasta lograr un contacto visual. Lo mantuvo así por unos segundos.

La cristalina ingenuidad y pureza en los transparentes ojos del joven contrastaban con la lascivia de los de su señor.

—Levántate, Shalub —ordenó Swaraj con voz queda.

—Sí, mi señor —respondió el Secretario, bajando la vista.

—Toma asiento —indicó el Pontífice señalando una rústica silla frente al trono en el que él se sentaría.

—¿Y bien? Vamos directo al grano.

—Su Santidad... —el joven se detuvo, tratando de pensar cada palabra de las que estaba a punto de pronunciar—. Existe.

—¿Qué es lo que existe?

—El ácido sinestésico. Existe.

—¡Eso es imposible! —bramó el Pontífice, parándose bruscamente. Se dio vuelta y se dirigió hacia la ventana. Corrió una pesada cortina para ver la luz de la mañana pasar a través de unos vitraux.

—Mi señor, tengo pruebas. Lo juro por la Inmanencia —aseguró el joven.

Swaraj giró sobre sí mismo y lo observó detenidamente, para interpretar su lenguaje corporal, para tratar de identificar algún doblez en su expresión, sin lograrlo. Ante el fracaso, volvió a su sitial pontificio, preocupado, y se dispuso a escuchar con atención.

—Es toda una estratagema del Emperador, que quiere destruirnos. En realidad, se trata de la burocracia eunuca. Los dos eunucos principales han tramado esto. En primer término redirigieron una cantidad impresionante de fondos hacia los laboratorios imperiales.

—¿Cuándo fue esto? —preguntó Swaraj.

—Hace casi diez años, mi Señor. Como usted sabrá, varios científicos desde hace décadas aseguraban haber sintetizado ácido sinestésico en cantidades infinitesimales.

—Y completamente inestables —acotó Su Santidad.

—Exacto. Sólo permanecían en estado sólido por unos pocos segundos. Es decir que la constatación de su efectividad se realizaba a través de espectrómetros, nunca en sujetos reales.

—Se han realizado simulaciones holográficas de sus efectos. Pero los hologramas nunca han podido expresar qué experimentaron en verdad cuando todos los sentidos que los humanos poseemos se potencian e intercambian y se compenetran con los objetos y seres que los rodean —comentó Swaraj, dando muestra de lo informado que se encontraba en relación al tema.

»Los hologramas no pueden experimentar la presencia divina y por lo tanto no pueden expresarlas en palabras. Sin embargo, los emanacionistas han tomado esta experiencia como verificación de su teoría de que la divinidad existe en un plano diferente al nuestro, del cual procedemos y al cual nos dirigiremos luego de nuestra muerte.

»Y por lo tanto, a partir de esta situación deducen que el poder Laico debe prevalecer sobre el Divino. Extraño y arriesgado corolario —sostuvo el Pontífice con sorna.

—La cuestión —continuó Shalub— es que lograron sintetizar una pequeña cantidad de manera estable. Y sostienen que han verificado sus efectos, aunque el que se sometió a la prueba haya muerto luego de transmitir su experiencia. La mayor parte de los científicos involucrados fueron ejecutados luego. Por alguna extraña razón, no quieren que se siga produciendo. Sólo la quieren para una presentación espectacular y única con el objeto de desprestigiarnos. Aún la están planificando; la droga continúa en Xelenia I.

—Mi apreciado Secretario, todo tiene precio. Ve y págalo. Quiero esa droga aquí a la brevedad —ordenó Swaraj.

—Sí, mi señor —dijo Shalub, y se marchó presuroso.



Capítulo V: Luana


El cuerpo de agentes de la Satrapía Pansexual estaba completamente integrado por metamorfos. En muchos casos, metamorfas. Que pudieran elegir tomar cualquier forma y apariencia (algo muy favorable para el trabajo policial) no quería decir que no sintieran íntimamente una identificación genérica específica.

Este era el caso de Tab y su ayudante Lab, que habitualmente lucían como humanoides femeninas en sus ajustados uniformes azules. Su capacidad de adquirir prácticamente cualquier forma y volumen las hacía algo exageradas. Los cuerpos femeninos que creaban eran cuanto menos voluptuosos. Exuberantes sería poco decir.

Ellas se dirigían a paso cansino hacia el S.S. Fantasy, recién atracado en la estación Argentia 2. Un caso más de piratería sexual, de un ataque de las Amazonas. Entretenido, algo fuera de la rutina, pero irresoluble al fin. Las guerreras ya debían estar en su planeta y nada podía hacerse al respecto.

—Lab, debes asumir forma masculina antes de tomar declaración a los violados —ordenó Tab.

—Sabes que lo detesto —replicó Lab, pero ante el firme silencio de su superior jerárquico no pudo sino obedecer. De cualquier modo, para no dar el brazo a torcer, replicó a un varón completamente afeminado. Tab suspiró profundamente, habituada a la rebeldía de su subordinada, pero al final se dio por satisfecha.

—Escúchame, no te pido esto por gusto. Sabes qué es lo que indica el reglamento: al tomar declaración a gente en estado de shock se debe adoptar la forma y genero del declarante; tanto para que éste se tranquilice como para buscar una empatía. Es el reglamento — concluyó Tab.

Al entrar, se encontraron con un grupo de hombres de porte atlético, tirados en el piso, cubiertos por mantas, temblando, vomitando, vociferando enloquecidos. Algunos habían perdido el conocimiento y estaban siendo atendidos por médicos.

Otros, inmóviles y sin atención, se encontraban claramente muertos. Con resignación, Lab eligió a uno de los sobrevivientes, el que le pareció menos alterado, y lo llevó moqueando y lloriqueando hasta un asiento.

Su falo estaba aún erecto y parecía provocarle un gran dolor ; caminaba con mucha dificultad. Aunque trataba de parecer comprensiva y de reconfortarlo con sus palabras, ella estaba fingiendo su preocupación.

La jornada había sido larga, Lab sólo quería terminar su informe y volver a sus habitaciones. E interiormente, aunque nunca lo confesaría en público pues equivaldría a una sanción, no dejaba de divertirle un poco que el fortachón que tenía enfrente hubiera quedado reducido a una patética madeja de nervios.

Vaya a saber una la petulancia con la que trataría a las demás habitualmente. Tal vez hasta tuviera merecido lo que le pasó. Tal vez se lo merecieran todos los violados.

Tab caminaba por la cubierta, con actitud inquisidora y curiosa. Curiosear era siempre productivo. Las cosas a veces no eran lo que parecían ser. Aunque todo lo que veía se correspondía con un ataque amazónico ordinario.

Cuántas mujeres y niños debían haber muerto; esto la molestaba. ¿Por qué no los encerraban en la bodega o los drogaban? ¿Con qué necesidad matarlos? ¿Si el odio de las amazonas era a los varones, porque dirigirlo hacia los inocentes? Lo que se contestaba a sí misma es que tal vez esta fuera una manera de arruinarles por completo la vida a los sobrevivientes, en algunos casos el destruirles sus familias y matarles amigos, en todos los casos el que no pudieran olvidar en las noches los aullidos de los asesinados. ¿Hasta tanto llegaría el odio de las guerreras?

A Tab siempre le habían dicho,en especial unas tías solteronas (explicar que se considera una "tía" para un metamorfo es algo complejo), que ella tenía oído de tísica, cosa que nunca se preocupo en averiguar qué significaba. Y en esta ocasión Tab escuchó algo en uno de los compartimentos.

Tomó su arma y la dirigió a la puerta, ubicándose a un par de metros de distancia. A propósito, la hizo explotar de manera muy escandalosa. Cuando el humo se disipó, vio a un hombre con una especie de vestido arrodillado en el piso. Otro travestido forzoso, se dijo, y creyó que esta vez le había fallado el instinto. Pero no.

—¿Que hace un cyborg junto a una delegación deportiva? Un cyborg doctrinario, además. ¿La Inmanencia tiene su propio equipo? —preguntó con sorna mientras el hombre elevaba su rostro.

—Oficial, gracias a Dios que está en todo y en todos que usted ha llegado. Tuve que encerrarme de esas salvajes. Afortunadamente no me descubrieron. Tuve que tomar este transporte porque tenía urgencia en viajar. Estoy bien, sólo deseo abandonar esta nave inmediatamente —dijo, y tomó un portafolio dirigiéndose hacia donde se encontraba la puerta antes de ser destruida.

Tab levantó una mano y con gesto displicente hizo que se detuviera en seco.

—Vaya, vaya, parece que hoy es mi día de suerte. No el suyo, porque deberá retornar en esta nave al lugar de origen de estos jugadores. Eso indica el reglamento, todos deberán volver al puerto del que partieron. Además, usted me está tomando por idiota. —Ante este exabrupto de la oficial el cyborg puso cara de no entender.

—No sólo hay buenos deportistas en Xelenia I. También se encuentran los Laboratorios Imperiales, mi estimado Shalub. —El cyborg se puso todo colorado al escuchar su nombre en boca de la desconocida, y se aferró aún más a su portafolio—. Esta mañana nos llegó una comunicación secreta que indicaba que el Secretario Privado del Pontífice Máximo había logrado, mediante soborno, que un científico robara algo muy valioso y se lo entregara, y que era de máxima prioridad detenerlo antes de que obtuviera inmunidad religiosa al ingresar al Templo Mayor. Estoy segura de que obtendré un ascenso por esto.

Al sentirse descubierto, Shalub dejó de disimular. Llevaba en su meñique izquierdo un anillo similar a los que usaban todos los humanoides en el Imperio: aquel que por su color delataba su preferencia sexual, en este caso el color de la piedra era púrpura, el propio de los Doctrinarios, lo que indicaba celibato.

Pero aunque su función fuera conocida, no se trataba de un anillo común y corriente, sino de una pieza de joyería exquisita que debía tener un valor equivalente a un millar de sueldos de una Sátrapa. Se lo sacó con dificultad, como si el anillo tuviera vida propia y se resistiera a abandonar el dedo, y se lo extendió a Tab. Tab lo miró con atención y lo guardó en un bolsillo.

—Quédese encerrado en el camarote contiguo y descienda disimuladamente en la primera parada que se haga luego de dejar la estación. Y que nadie lo vea, y no se le ocurra decir que yo lo vi. Sé lo que cree tener en ese portafolio, y el valor que le atribuyen, infinito comparado al de la baratija que me dio; dejo que se vaya porque sé que es un fraude, un mito. Soy una metamorfa; me transformo en objetos, me relaciono íntimamente con cosas y con la naturaleza. Dios no esta allí, mi amigo, aunque Dios sea su negocio y ustedes así lo deseen, y ningún compuesto químico podrá convencer a nadie de ello —dijo Tab ante el desprecio contenido de Shalub, antes de retirarse.

Tab salió de la nave dejando que Lab continuara con el trabajo pesado de los interrogatorios y se dirigió al bar principal de la estación espacial con el objeto de tomar algo fuerte para relajarse, mientras tanteaba el anillo bajo la tela del bolsillo para asegurarse de no perderlo.

Al ingresar no pudo evitar ver a una mujer cuya personalidad se irradiaba por doquier y convocaba todas las miradas; al reconocerla se dirigió a ella presurosamente.

—Mi estimada Luana, ¿qué hace la Jefa de la Agencia de Noticias Galácticas en este despreciable atracadero? —le dijo con sorna, y agregó en voz baja junto a la oreja de su interlocutora—:Ya verifiqué el depósito que hiciste en mi cuenta por el dato que te pasé de las piratas sexuales y el Fantasy, no pensé que vendrías en persona, no es algo tan importante...

—Necesito algo más, Tab, siéntate por favor —le dijo Luana con firmeza—. Quiero que uno de mis periodistas acompañe a estos hombres de vuelta a su casa para entrevistarlos.

—Lamentablemente, eso es imposible. El control aquí es muy estricto —contestó Tab con una sonrisa.

—¿Has vuelto a chequear tu cuenta la última media hora? —preguntó Luana con picardía, mientras la sonrisa de Tab crecía.

—Creo que en este caso se podrá hacer una excepción. Haré los arreglos necesarios —dijo Tab, entre el servilismo y el agradecimiento.

—Bien —concluyó la negociación Luana, satisfecha—. Preferiría que te retiraras, estoy buscando a alguien.

—Qué pena, pensé que quería saber donde se encuentra la única porción de ácido sinestésico que existe.... —dijo Tab, parándose y simulando estar ofendida. A Luana se le iluminaron los ojos.

—Dime más —rogó.

—Diez veces mi tarifa habitual. Y la promesa de que sólo tu periodista puede contactarlo o hacer lo que quiera con él o su mercancía, pero que la Satrapía no se enterará.

—Hecho —dijo Luana.

—Bien. Camarote S-37, cubierta cinco. El pasajero no abrirá con sólo tocarle la puerta, como imaginarás. —Yy dicho esto, Tab se marchó presurosa y algo paranoica, esperando que nadie la hubiera visto.

Sin perder tiempo, Luana envió un mensaje subespacial encriptado y anónimo al asteroide Andros (cuya ubicación exacta conocía una exigua minoría) dándoles información exacta sobre lo sucedido en el Fantasy y su próxima trayectoria, sabiendo que a los androides se les haría agua a la boca por el contingente de deportistas violados.

Vit ingresó casi simultáneamente al salón, la saludó con una inclinación de cabeza y se sentó. Recién allí se retiró la capucha. Casi pudo escucharse el ruido de las quijadas de todos los asistentes golpeando contra las mesas; Luana, a pesar de su belleza, se había convertido en transparente.

—Por lo que veo, mi periodista estrella sigue con su anillo con piedra roja en el meñique. Sólo relaciones heterosexuales, lo que no estaría mal si fuera algo circunstancial y no permanente, lo que se opone a sus creencias religiosas Inmanentistas. —Y mientras decía esto se rascaba tras la oreja con su meñique izquierdo, mostrando aparatosamente la piedra blanca de su anilla, que denostaba la libre disponibilidad pansexual en la que se encontraba Luana siempre.

—Luana, soy un libre creyente Inmanentista —corrigió Vit—, no necesito cumplir con todos los preceptos. Ah, y no me gusta mezclar sexo y trabajo.

—Me imagino, Vit. Si fueras realmente Inmanentista no adorarías imágenes, te conformarías con tus chucherías fetichistas arcaicas. —Y Luana comenzó a reírse fuertemente de su propio comentario—. Tendrías que buscarte una amazona y vivir con ella en la salvaje naturaleza, porque parece que las mujeres comunes y este universo actual no somos suficientes para el señor perfección genética...

—Esto me pasa por trabajar para una Emanacionista. ¿Qué propicio, no? Que la jefa de la supuesta prensa independiente profese la fe laica del Estado...

—Si tú eres un libre creyente inmanentista, bien puedo ser yo una emanacionista crítica —dijo Luana, guiñándole un ojo .

Vit sabía que los escarceos sexuales —que nunca se concretaban— habían terminado, y que había que comenzar a trabajar.

—Vit, la propuesta es la siguiente: si cumples la misión que te encargo, te ascenderé a jefe de redacción, serás mi mano derecha. Triplicarás tu sueldo habitual y tendrás vía libre y recursos ilimitados para llevar a cabo las investigaciones que quieras y darlas a tu publicidad.

—¿Sin más? —preguntó Vit asombrado—. ¿A quién hay que matar?

—A nadie. Bueno, en realidad no estoy segura. —Vit se puso muy serio al escuchar esto, pues antes estaba bromeando—. La oficial Tab te permitirá entrar a la Fantasy si mantienes un perfil bajo, con la excusa de entrevistar a los violados. Pero en realidad debes dirigirte al Camarote S-37, cubierta cinco, donde hay alguien encerrado con la única muestra existente de ácido sinestésico...

—¿El ácido que otorga a quien lo toma la sinestesia absoluta? Hay un sinestésico cada millón de seres humanos, con los sentidos cambiados, que ven la música o huelen colores. Pero lograr eso simultáneamente con todos los sentidos, estar en comunión con Dios, eso no es posible...

—Vit, no me vengas con tu perorata religiosa. Esto no se trata de Dios sino de Prensa. Le sacas la historia a esta persona de cómo lo obtuvo, y si puedes se lo robas todo o en parte para que podamos analizarlo y escribir el reportaje. Eso es todo. La nave sale en diez minutos, yo te sugeriría que te apures...

Vit salió corriendo del bar en dirección a la Fantasy. Apenas se retiró, Luana estableció una nueva comunicación subespacial encriptada y urgente a los dos principales eunucos que detentaban el poder en el estamento burocrático que rodeaba al emperador, ofreciéndoles recuperar el ácido a cambio de una fortuna, a lo que ellos accedieron de inmediato.

Vit llegó al atracadero. La Satrapía Pansexual ya había tomado completo control de la situación. Había sátrapas metamorfos por doquier. Todos tenían sus armas cargadas. Ninguno había sido procesado jamás por usarlas. Vit sabía que un movimiento sospechoso equivaldría a que lo volatilizaran en menos de un segundo. Y que su condición de periodista nada importaría.

Buscó con la mirada a Tab entre la multitud de oficiales. Por fin la vio y la metamorfa cabeceó hacia un costado, indicándole que se reuniera con ella. Vit la conocía muy bien. No hay investigación periodística de importancia que sea posible sin tener un contacto aceitado (por dinero) con alguien de la policía. Y mucho menos lograr una primicia, antes de que lo hagan otros medios. Por lo que Vit y Tab habían entrado en simbiosis antes y, aunque no se tenían aprecio, se guardaban un prudente y distante respeto, como un huésped que necesita a su parásito para sobrevivir.

Tab le explicó que entraba al Fantasy a su propia cuenta y riesgo. Que ella podía hacerlo ingresar, pero que el resto de los Sátrapas sabía que estaba prohibido, que lo permitirían sólo para cobrar su pequeña tajada del asunto. Pero que todos negarían en cualquier otra circunstancia haberlo visto; que no respondían por su seguridad y que debía descender en la primera parada que hicieran pues no podría llegar junto con la comitiva a Xelenia I, pues los contactos de Tab no llegaban hasta allí.

Tab lo acompañó, pero no ingreso al Fantasy. Apenas entró a la nave, Vit se dirigió al camarote que le habían indicado, tratando de seguir los planos que se encontraban de tanto en tanto en los pasillos.

Pudo ver restos de sangre en varios lugares. No se cruzó sin embargo con ninguno de los violados. Los sobrevivientes debían estar narcotizados en sus cuartos, recuperándose. Dormirían la mayor parte del viaje. Ya en su hogar necesitarían prolongados tratamientos, pero todos ellos, ya se sabía, jamás volverían a ser los mismos.

Mientras caminaba, Vit pensaba en sí mismo en esa situación. ¿Qué hubiera hecho él? ¿Se hubiera resistido? A pesar de su estado físico, Vit sabía que una amazona era imbatible en combate cuerpo a cuerpo. Pero tampoco se veía a sí mismo sobreviviendo a la experiencia. Vit siempre llevaba una pequeña arma oculta e incluso un vistoso tubito con un fuerte e instantáneo veneno.

Lo primero se debía a que su profesión lo llevaba a lugares muy peligrosos en los que en más de una oportunidad había tenido que defenderse. Lo segundo porque Vit no era un incondicional de la vida. Pensaba que la vida valía la pena ser vivida sólo si conlleva un mínimo nivel de dignidad. Me hubiera matado, se dijo a sí mismo, de haber estado en esta situación.

Antes de que pudiera llegar a su destino, los tripulantes despertaron de su letargo y entraron una vez más en pánico cuando la nave se sacudió bajo fuego enemigo.

Por los altoparlantes, el nuevo Capitán alcanzó a advertir que androides traficantes de esclavos estaban atacando la nave, pero en un abrir y cerrar de ojos éstos abordaron el Fantasy, que ya parecía estar maldito y no ofrecer ninguna resistencia a nada.

Vit reconsideró sus recientes pensamientos; el destino de esclavo sexual sería una violación frecuente que se extendería por el resto de su vida. Había algo peor que las amazonas . Siempre había algo peor.

Luego comenzó a salir un gas narcótico por los ventanucos por donde circulaba el aire. Vit supo que le quedaba poco tiempo y alcanzó a forzar la puerta del camarote; el cyborg estaba desmayado en el piso, abrazado a su valija que acababa de abrir, tal vez para tratar de ocultar su contenido.

Vit vertió lo que tenía la valija en su propio bolso y antes de perder el conocimiento, pensó: Afortunado el cyborg travestido, lo roban pero se salvará de la esclavitud, nadie quiere un esclavo mitad máquina.


Cuando se durmió, Vit comenzó a soñar con las temidas amazonas, que le producían a la vez miedo y excitación. Pocos recuerdos habían quedado de la Tierra originaria, pero el ideal griego era una de las pocas cosas significativas.

Y las amazonas tenían que ver más con ese ideal y sus preferencias personales, que lo que recordaba de su planeta de origen.



Capítulo VI: Olimpia III


Olimpia era una sociedad cerrada y orgullosa de sus tradiciones e idiosincrasia. El sueño de unos colonos idealistas de recrear la Grecia clásica, pero esta vez sin esclavos (humanos, reemplazados por robots), sin extranjeros (no se permitía su entrada al planeta) y con las mujeres en igualdad de condiciones frente a los varones (con la extirpación mediante ingeniería genética de cualquier atisbo de deseo homosexual por parte de éstos).

Precisamente, mujeres y varones se criaban separados (y colectivamente, sin influencia materna y paterna permanente) hasta los catorce años, y debido al benigno clima, desnudos hasta la aparición del vello púbico, cuando en ceremonia pública se les entregaba la toga y las sandalias, que indicaban el pasaje a la adultez.

Recién entonces se unían como alumnado mixto en la Academia, sólo para las clases teóricas, pues las deportivas se seguían desarrollando en ámbitos separados y en plena desnudez, de acuerdo al nuevo ideal Olímpico.

Hasta los doce años, sólo se impartía educación atlética. A los catorce se agregaba la enseñanza de las matemáticas y recién a los dieciséis la de la filosofía.

La unión de los padres al momento de concebir era circunstancial, aunque trabaran un lazo indisoluble de amistad por el resto de sus vidas. La responsabilidad de parentar era colectiva y estatal, los padres sólo veían social y ocasionalmente a sus hijos. La mayor interacción entre los progenitores tenía lugar en el momento de planificar el perfil genético de cada bebé.

Los padres de Vit tenían ambos una profesión muy valorada en una sociedad de rígidos cánones de belleza: eran esteticistas y asesoraban a sus pacientes acerca de las modificaciones al genoma del embrión específicamente vinculadas a este aspecto. Los padres de Vit no sólo eran esteticistas, sino los más prestigiosos esteticistas de toda Olimpia III.

Es por esto que su unión y la posterior planificación del aspecto estético del genoma de Vit fue un acontecimiento planetario, que se extendió por meses y mereció columnas en la prensa, incluso dio lugar a encendidos debates. El padre era un estudioso de la historia del arte, un fanático de la divina proporción y número áureo.

Es por esto que Leonardo fue uno de los nombres que estuvieron en discusión cuando se plantearon cómo llamarlo. Vit iba a ser el modelo ideal para cualquier artista. Ni siquiera existiría un micrón de diferencia entre el lado izquierdo y el derecho de su cuerpo; si una espada lo partiera a la mitad cada lado pesaría exactamente lo mismo. Vit no tendría un perfil mejor que otro; ambos serían perfectamente iguales.

No habría ni un cabello de más entre un lado y otro de su cabeza. Al padre no le interesaban los detalles estéticos, el respeto al número áureo le aseguraba la belleza absoluta y que el todo fuera superior a la suma de las partes. Sólo debía adaptar las propuestas de su mujer a lo que consideraba el canon superior.

La madre, en cambio, decidiría cada uno de los rasgos distintivos, uno por uno. Vit sería completamente lampiño a excepción del pubis y algo en las axilas y naturalmente, cejas y pestañas.

Ni siquiera un vello microscópico. Su epidermis conservaría la suavidad de un bebé sin importar las condiciones climáticas a las que se viera expuesta.

El color de sus ojos fue todo un tema, que demandó semanas: su estudio particular se vio cubierto en las paredes de gigantografías de miradas grises, todas las variedades posibles (e incluso las imposibles). Hasta se realizaron exposiciones en las que los visitantes votaban por sus opciones preferidas.

En las instancias definitorias, la mujer perdió hasta el sueño y estuvo a punto de enloquecer. Largas y pobladas pestañas arqueadas, un delineado natural de los párpados, cejas planificadas pelo por pelo. Una tarea titánica y sobrehumana.

Cabello entre rubio y castaño por mechas, levemente ondulado. Vit nunca quedaría calvo, nunca encanecería. Su metabolismo fue diseñado para absorber todas las grasas que pudieran alterar el esquema prefijado; jamás engordaría.

Las decisiones a tomar eran infinitas: el tono de voz, la cantidad de grasa y músculo necesaria para crear el culo masculino más hermoso que hubiera existido.

Hizo investigación histórica hasta encontrar unos comics presuntamente terráqueos, de marineros de estrechas cinturas, turgentes traseros, triangulares espaldas, fragmentados y planísimos abdómenes bajo generosos pectorales que finalmente decidieron el toque final a la exquisita obra. ¡Et voilá! Exhaustos, ambos padres entregaron el resultado a la Comisión.

La Comisión de Bioética Prenatal, que otorgaba la licencias imprescindibles para realizar las modificaciones, quedó alelada. Por resolución secreta se declaró al futuro Vit patrimonio artístico del planeta, se otorgó un reconocimiento público de que el dúo de esteticistas había alcanzado la perfección y se determinó que todo el material de diseño sería destruido luego de la intervención, para evitar el manierismo posterior que sin duda multiplicara la imagen de Vit ad nauseam y atentara contra la variedad necesaria de la especie.

Sus padres admitieron luego a la prensa que de cualquier modo, aunque hubieran conservado los elementos, no podrían repetir la empresa. Y tal vez nadie pudiera.

Sin embargo, todo esto fue pronto noticia vieja y la mayor parte de la gente lo olvidó. Lo estético, como todo aquello que se obtiene, a partir del preciso instante de logrado pierde valor.

Las Olimpíadas Paralelas —segregadas por género por el tema de la desnudez—, que se realizaban cada cuatro años, excitaban a los jóvenes y servía de entretenimiento a los adultos, pero eran notoriamente opacados por el desarrollo simultáneo del Simposio.


Ilustración: M.C. Carper

La sabiduría absoluta era inalcanzable y ésta era la meta para los Olímpicos. La belleza, aunque íntimamente vinculada a sus ideales, no dejaba de ser una frivolidad.

Por lo que Vit se desarrolló como un chico normal, completamente ajeno a sus características especiales, nadie se las comunicó. Salvo que no transpiraba como sus compañeros cuando se trenzaban desnudos en prolongadas sesiones de lucha grecorromana y el resto de las artes atléticas. Se cansaba como todos, pero su aspecto no lo transmitía. Siempre se veía fresco y vital.

La confraternidad masculina estaba muy extendida entre sus pares. Los compañeros de cada dormitorio se guardaban recíprocamente un gran afecto, amistad y consideración. Por ejemplo, se bañaban entre sí cuando el sol comenzaba a bajar, en un río aledaño a la Academia.

Ninguna mirada de ellos nunca, ninguna mano de sus compañeros (todos bellísimos) al enjabonarlo . Ningún pensamiento sexual se les cruzaba por la cabeza: eso era inconcebible, literal, genética y quirúrgicamente inconcebible.

Sus maestros consideraban que se trataba de un chico tímido y retraído, salvo en la arena con sus compañeros, entretenido con luchas y juegos, donde era feliz. Consignaron en sus informes que sentía una pena particular (e inusitada) por la ausencia de su madre.

La no-naturalización del instinto materno era un pilar de la sociedad olímpica. Las mujeres desarrollaban sus carreras a la par de los hombre, no mimaban a sus hijos.

Era una limitación preestablecida: no habría diferencia entre los lóbulos derecho e izquierdo del cerebro masculino y femenino: hombres también sensibles y verbales, mujeres igualmente aptas para la contemplación filosófica, el ajedrez y las matemáticas.

Hombres pendientes del orden de sus cuartos; mujeres prácticamente carentes de sentido práctico. Un mundo loco para Vit, quien no se ajustaba a él, aún desde antes de saber que este mundo había sido deliberadamente creado de tal modo (y que él había sido también pergeñado para ajustarse al mismo). De algún modo presentía que las cosas no debían ser asíen la naturaleza. Al menos para él.

El hecho crucial en la vida de Vit tuvo lugar cuando recién había cumplido los dieciséis años, lo que co