MANUSCRITO OLVIDADO
EN UNA MESA DE UN CAFÉ

Juan Pablo Patiño Káram

México

Escribir estas líneas será lo último que haga antes de abandonarme. Sentado aquí, en este café, me dispongo a verla. Quizá represente mi fin, mi aniquilación. Sin embargo, es tal la atracción que no puedo evitarlo. No estoy seguro de nada. Cuando la conocí, hace algunas semanas, todo comenzó de manera completamente normal, fue como salir con cualquier otra. Describirla es hablar de cientos de otras mujeres de esta ciudad; es ella una mujer promedio sin nada característico. Al menos eso pensaba yo. El principio fue, pues, común. Ahora el mesero me trae un café, me ha visto un poco con recelo. Creo que le extraña verme solo. Las veces que estuve aquí siempre me acompañó ella, a quien parece conocer bien. Ahora la espero sin saber exactamente qué pasará ni qué sucedió. Después de la primer semana, que trascurrió de modo ordinario, terminamos por fin en la cama. Sin nada particular, no obstante, sí me llamaron la atención sus besos. Noté algo especial, que no supe explicarme. Acontecían en ellos ciertos ritmos irregulares con un vaivén desigual. Me gustó, me estremeció, me entregué. Lo inusual inició a suceder días después. No sólo sus besos eran cada día diferentes. Una mañana empezó a hablarme de cosas que yo calificaría de incoherentes. Todas sus palabras guardaban más bien una disociada relación con lo poco que me había platicado con anterioridad. Incluso daban saltos, de una afirmación a otra, con conexiones disímiles entre sí y con una cadencia peculiar. No le atribuí ninguna importancia. Al despedirme y besarla de nuevo sentí la irregularidad acentuada. De manera ambivalente me quedó un raro, disperso, ajeno sabor de boca. El mesero no deja de verme cómo si mi presencia le molestara. Parece vigilarme. Nunca había notado, pero este café tiene una serie de máscaras. No adornan sino simulan estar alerta de cuanto sucede, y el mesero, su rostro, es una más. La organización circular de las mesas alrededor de la barra refuerza mi impresión. Cuando venía con ella no ponía atención en el decorado. Aquí es donde caí en cuenta, la primera vez que estuvimos, de la repetición constante de aquel discurso. Si bien no trasmitía ninguna idea especial, la secuencia, las disociaciones y los saltos me encantaron. Inicié, no sin cierta angustia, a gozarlo. Al grado de que me comenzó a costar trabajo sacar ello de mi mente, por lo cual empecé a ir a su casa con más frecuencia. No encontraba ninguna repetición monótona ni en sus palabras ni en sus besos. Al contrario. Percibía oscilaciones exuberantes y siniestras. ¡Claro! Me fascinó. Me tomaba la hora de comida para verla ya que ella tenía todo el tiempo del mundo para recibirme. La encontraba después en la noche, y sin dudar la poseía. No era ella, que se mantenía ausente, sino sus besos, que se fundían conmigo. Me hechizaron. ¡Esa ámbar vibración y cosquilleo! ¡Ese glorioso soplo de embriaguez! Una noche de repente supe con exactitud cuál era la diferencia. Su lengua era quien se portaba de modo distinto. Era ella y no otra cosa quien proporcionaba ese ritmo extraño, ese insólito danzar. Era terriblemente activa y con violencia rozaba la mía, a la vez que producía melodías pletóricas. ¡Ahí el misterio! Incluso me pareció un poco más larga de lo normal, con una tonalidad más intensa. La revelación de su ser dividido me cautivó, me embrujó. ¡Este mesero ha notado algo raro! ¿Sabrá lo que estoy escribiendo? Y por lo visto más de alguno me observa. Las personas alrededor han comenzado a voltear. ¿Qué las llama? ¡Sí! He reconocido algunas de sus caras. Son clientes regulares. Se sorprenden, quizá, ya que estaba a su lado casi todo el tiempo y me acompañaba a todas partes. Este lugar lo conocí por ella y nunca vine solo. Su presencia junto a mí, por su encanto, se hizo, así, casi permanente. El fin de semana siguiente al descubrimiento se lo dediqué en su totalidad. Salimos de la ciudad, aunque sólo implicó estar encerrados, refugiados, enclaustrados en el cuarto de hotel todo el tiempo. Todas las horas la pasamos en la cama. Fuimos en especial activos en nuestra prodigiosa lujuria. ¡Y su lengua! ¡Y sus palabras! Esa siempre renovada actitud hacía cosas maravillosas. Era el paraíso, parajes completamente voluptuosos. Me manifestaban nuevas formas de contemplarla. Un nuevo abanico de colores deglutía mi sentir. Repeticiones musicales creaban en cada sensación un fulgor diferente. Un sin sentido, un rito, que no refería a nada sino a sí mismo. Simple producto de deleite excelso. ¿Cómo no obsesionarse? El lunes, después de un par de horas, no pude más, y me reporté enfermo para ir a visitarla. El martes hice lo mismo. Me atormentó no estar en su compañía todo el tiempo, a cada instante. Todos los días nos vimos y noté un aceleramiento en los cambios. Su lengua, su palabra, iniciaron a poseerla poco a poco, crecían, abarcaba su conciencia. Pero no se percataba de dicha alteración. La escisión fue mayor. Pido otro café. Estará aquí en cualquier momento. Me apresuro al escribir estas líneas. Quiero dejar constancia. No sé a quién. Pero no a ese mesero y a estos clientes, quienes sin duda me están observando. ¡Me espían! Dan la impresión de querer clasificar y registrar cada uno de mis movimientos y mis gestos. Se vuelven contra mí. Me sirve demasiado aprisa. Quiere tener el menor contacto conmigo y a la vez vigilarme todo el tiempo. El espacio se estrecha. No lo entiendo, no he podido entender. Llegará aquí en unos minutos. Me citó aquí. Tengo pánico de ir a su casa. Sin embargo cuando esté enfrente, si me lo pide, no podré negarme. Me conducirá y la conclusión sé cuál será. El fin empezó a germinar el siguiente sábado. Nos quedamos encerrados en mi apartamento. Ni decir la cantidad de veces que hicimos el amor. Únicamente el sueño nos interrumpió. Me abandoné a la idea de que tenía frente a mí a una mujer quien, en algunos momentos, no coincidía consigo misma. Un pensamiento absurdo pero agradable, e inquietante, consideré yo. Como si fuera un ser escindido. Y eso sucedía en realidad. ¡Creo! Sus besos y sus palabras continuaron abarcando, no sólo a ella sino a mí, en brebajes de sensaciones, en agitados destellos. Me produjo hilaridad aquella idea de la autonomía, pero lo percibía tan nítido que, de hecho, dudé. Mi adicción se hizo definitiva. En desesperación nos amábamos. Mi desquiciante fascinación aumentó. Su lengua se envolvía ahora en espiral en la mía y recorría cada milímetro de mi boca. Encendía interminables instantes de deleite y aromas resplandecientes. Mientras hacíamos el amor no se quedaba quieta, repetía el danzar todo el tiempo, bebiendo, emanándose, rezando, conjurando. Una corriente impetuosa de abundante euforia chocaba contra mí y, mientras, un terrible susto me dominó. De pronto se violentó. Se enredó a mi lengua la apretó hasta lo indecible y quiso, sin duda, arrancarla. Al menos eso pensé. Salté de la cama con un monstruoso dolor al momento de zafarme. Se extrañó. No supo qué pasó. Me miraba con ojos asustados. No le pude decir nada. ¿Y si no se diera cuenta? ¿Y si su lengua efectivamente había adquirido vida propia? Su identidad se escurría entre las manos. Sin embargo mi imaginación es demasiado activa a veces. Cedí a la razón, rendí mi cuerpo de nuevo. Me acerqué respondiendo a sus palabras. Continuamos. Otro café para tranquilizarme. No quiero decir nada falso. El mesero me ve con gesto de interrogación al percibirme agitado. Antes de que diga nada le aseguro que todo está bien. ¿Cuál es la razón de su mirada? No se limita a acecharme sino ahora me interroga. ¿Qué es lo que trama? ¿Qué es lo que traman todos al verme? Empiezan a comentar respecto a mí entre ellos, aunque no los oigo bien. Sólo capto un balbuceo. Hablan bajo. No quieren que escuche. ¿Por qué a su vez le hacen señas al mesero? ¿Están ordenando algo o conspiran? ¿Será que saben algo? ¡No, no lo pueden saber! Yo mismo reflexioné lo de aquella noche durante un par de días en los que decidí no visitarla, a pesar de que moría por verla. El temor lo impidió. Sin embargo recapacité. Era ridículo, absurdo, grotesco. Regresé a su casa el miércoles. Leía un libro, cenamos, perdimos el control, nos fuimos a la cama. Todo fue prodigioso, su lengua fue ahora dulce, cordial, amable, fugaz. Como pidiendo perdón seduciéndome una vez más. Caí en la certidumbre de su independencia. Su soberanía y tamaño se incrementaron. Fluía libre y densa. Era su movimiento poblado por aquellos sonidos que me golpeaban de tal modo que creaban una ondulación ritual, llena de fulgurantes intensidades, de litúrgicas vibraciones. Sus palabras eran ya una simple melodía sin referentes, un dialecto espontáneo, emancipado, un canto pletórico de regocijos, representación del vacío, imágenes una alteridad absoluta. Lo excelso de estar ahí no era causado ya por esa mujer, y podría decir lúdicamente que la engañaba con un elemento de sí misma, con ella misma siendo otra, sitiada y desvanecida, ella sin ser ella. Debe estar ahora doblando la esquina.


Ilustración: Valeria Uccelli

Está por llegar. Lo sé por la actitud de todo a mí alrededor. Se comienzan a desembarazar de mi presencia, se abre un espacio por donde sólo ella puede entrar. El mesero, como si fuera custodio, impide cualquier escapatoria. Tomo el último trago. Ayer la violencia volvió, jaló de mi lengua con más fuerza. Lo hizo de tal manera que no pude decir nada. Intenté protestar pero era tal el disfrute, el goce. Me rendí muy pronto. El ir y venir de los cuerpos y de las sensaciones fue grandioso. No dejaba de jugar conmigo. Sus gemidos, lejanos a lo escuchado por mí hasta entonces, eran intemporales, eternos, infinitos. Y así, habiéndome conquistado del todo, al borde del agotamiento en el copular, en el último beso, en el éxtasis, en una carga intempestiva su lengua realizó un nudo que obstaculizo mi garganta. Se abría paso y se enredaba, al mismo tiempo que fugaces espasmos y ritmos me hipnotizaban. Su lenguaje de jadeos y musicalidades guturales provocaba mi parálisis. Era palabra y lengua viva. Me di cuenta enseguida. Pretendía ahogarme, sacrificarme, sublimarme. Saqué fuerza de no sé de dónde y justo antes de desvanecerme la empujé, botándola hasta el suelo. No entendió nada en absoluto, estoy seguro. ¿O sí? ¿O eran espejos una de la otra? ¿Acaso se daba cuenta de todo y sólo fingía ignorancia? Salí corriendo a la calle y fui a mi casa. Cuando sonó el teléfono esta mañana sabía quién era y sus palabras me han hechizado de nuevo. Estoy perdido. Me entregaré sin remedio. No hay resistencia posible. Es tal la voluptuosidad, la lujuria, la sensualidad. ¡No puedo negarme! Me pidió que fuera a su casa en un principio. No sé cómo me rehusé, sin embargo no pude evitar aceptar la cita en este café, como sé que no podré impedir ya nada. Me conducirá a donde ella quiera. Es ese diálogo, ese refugio, es mi deseo. Ahora la veo venir cruzando la calle. Tengo que terminar estas líneas. Entra. Todos le abren paso. Me ve escribiendo. La dejan pasar. ¿Y esa sonrisa cómplice con el mesero? Está por sentarse. Me besará.



Juan Pablo Patiño Káram nació en la ciudad de México el 22 de septiembre de 1973. Realizó estudios en Ingeniería en México, Maestría en letras iberoamericanas en Universidad Iberoamericana en la ciudad de Puebla, México y el Doctorado en Estudios de lenguas y literaturas en el ámbito románico en la Universidad de Barcelona. Ha publicado artículos de crítica y cuentos en distintas revistas como en la publicación on line Espéculo de la Universidad complutense de Madrid, en la Revista Crítica y otras. También ha participado en distintos talleres de creación como con el escritor Ricardo Bernal y el poeta Alejandro Palma.


Este cuento se vincula temáticamente con "EL MURO", de Francisco Ruiz Fernández (144), "LA CASA ENTRE LOS LAURELES", de William Hope Hodgson (172) y "LA LLAMA DESNUDA", de Dimitris G. Vekios (177)


Axxón 181 - enero de 2008
Cuento de autor americano (Fantástico: Terror Metafísico : mexicano : México).

            

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