EL CASTIGO

Víctor Coviello

Argentina

—Creo que usted no entendió bien: el formulario B12 tiene que ir acompañado con la orden de Secretaría —dijo la empleada.

—Bueno —contesté, haciendo un guiño cómplice—, en este caso, podríamos hacer una excepción.

—Imposible. Hay que seguir las normas al pie de la letra.

—Entonces, me podría decir dónde...

—Segundo piso, pasillo A, junto a la escalera.

Tomé las papeles y traté de orientarme. ¿En qué piso estaba? Como no veía a nadie a quien preguntarle, no me quedó otra opción que arriesgar.

Los pasillos de pisos lustrados eran interminables y blancos, al igual que las paredes de mármol.

Me acomodé el saco, ¿de dónde venía esa corriente helada?

Seguí caminando hasta una escalera sin cruzarme con nadie. No había ningún cartel que dijera Secretaría, pero sí una ventanilla a mi izquierda. Era una ventanilla con rejas, como la de los bancos. Entre las rejas —se parecía más a una parrilla que otra cosa—, se colaba un poco de luz.

Me acerqué. Del otro lado, y un poco alejado de la abertura, había alguien acomodando unos papeles. Chisté varias veces pero no me escuchaba. Estaba tan concentrado que ni siquiera levantaba la vista. Entonces, golpeé los barrotes con mi anillo de casado.

El hombre se sobresaltó. Dudó un momento, después se levantó tan lentamente que pensé que era rengo o algo por el estilo. Cuando por fin llegó, enfocó su vista y me preguntó qué quería.

—Disculpe, ¿me podría decir dónde está la Secretaría?

—¿La qué? —contestó ahuecando la oreja.

—Secretaría.

—Me parece que está usted confundido, porque que yo sepa no hay ninguna secretaría en estos pisos. Salvo que se refiera a la de la Presidencia.

—No, creo que esa no es.

—¿Por qué trámite está usted acá?

Me quedé mudo. No sabía qué contestar. Era algo curioso: en mi cabeza se formaba el concepto de completar aquel trámite pero no sabía con exactitud para qué.

El hombre se acercó hasta casi tocar la ventanilla. Su aspecto me asustó un poco. Daba la sensación de que viviera encerrado en ese lugar. Pálido, las ropas arrugadas y un olor a papel húmedo, como si él mismo fuera un papel viejo y mohoso. Tomó —en realidad casi me arrebató— los formularios y los examinó.

—Ah, el B12. Le sugiero que vaya al piso de arriba, a ventanilla 329, es más rápido.

Le agradecí y busqué las escaleras.

Miré el reloj. Las agujas se habían detenido. Y no sólo eso, el vidrio estaba opacado, una especie de escarcha pero del lado de adentro. No era para menos, con el frío que hacía ahí.

En las escaleras era peor. El frío se enroscaba en los escalones y se metía entre las medias y el pantalón.

Llegué al piso que, como los otros, no tenía ninguna indicación. Miré por el agujero de la escalera pero era imposible calcular, porque no se veía más allá de dos pisos.

Ventanilla 329.

El pasillo era larguísimo. Como estar dentro de un gusano infinito. Y vacío.

Comencé a recorrerlo. Ventanilla 126, 256, 290, 351, 735. ¿Quién ponía esos números? Llegué al final del corredor. Nada. ¿Se me habría pasado?

Desanduve los pasos. 739, 577, 442, 333. No podía ser que me hubiera pasado otra vez. Volví a la 333. Me acerqué a la ventanilla. No vi a nadie pero escuchaba ruidos, ruidos secos.

Pat, pat, pat.

Acerqué la cara a los barrotes y entonces sí localicé a una persona. Había un hombre muy pequeño sentado en un banquito, sellando una cantidad incontable de papeles. Lo llamé.

—¿Sí?

—Discúlpeme, la ventanilla 329... —Me esforzaba para verlo porque era tan insignificante, casi como un niño, que las palabras se me deformaban al tener que apretar la boca contra los barrotes.

Siguió sellando un tiempo más, luego hubo un silencio. Cuando pensé que definitivamente me ignoraría, unas manos, diminutas como su dueño, se alzaron hacia la ventanilla. Por un instante, tuve la sensación de estar viendo un teatro de marionetas. La voz salía de las profundidades de esas manos de uñas negras —a lo mejor por la tinta—, y las manos me hacían una cantidad incontable de señas. Finalmente, con uno de los índices apuntando hacia la derecha, me di por satisfecho.

Instintivamente, me miré las manos. Las tenía tan endurecidas por el frío que ni frotándolas podía devolverles el calor. Necesitaba un café caliente.

Según las indicaciones, la ventanilla 329 estaba ahí; lo que ocurría era que había un entrepiso y también un espejo que hacía completar una fila imaginaria de ventanillas.

Descubrí el bendito entrepiso, pero no encontraba la 329. No sabía por qué, pero tenía que seguir y terminar ese estúpido trámite antes de que me congelara.

Por suerte, tuve un pálpito y fue correcto: toqué con mis dedos entumecidos la chapa de la ventanilla 326. La chapa del 6 se había desprendido y colgaba al revés. Cambié tan rápido de humor que me reía solo. Pero me duró poco. Pegado contra los barrotes había un cartelito que decía: #Por filtraciones de agua, la atención de esta ventanilla pasa a la 272. Sepa disculpar las molestias#.

Me derrumbé.

¿Y ahora?

Sin duda tendría que retomar el esquema original y encontrar la famosa Secretaría. Buscaría un cartel de indicación y también un café urgente.

Como no había hecho más que subir, decidí que la Secretaría tendría que estar más abajo. Me habían dicho segundo piso, pero, al no saber en qué piso me encontraba, sólo bajé. Ese ejercicio me calentó un poco la sangre y me sentí con nuevas energías.

El panorama no cambiaba mucho a medida que descendía. Los pasillos de freezer se sucedían como una foto idéntica.

Hasta que escuché algo que me hizo detener de inmediato. Algo lejano, no una voz, sino algo metálico. Dejé que mi cuerpo me llevara.

Era el sonido de un teléfono llamando, no cabía duda.

Sonaba, sonaba.

El sonido se escondía detrás de una puerta. Para mi euforia, en la puerta decía Secretaría. Casi me abalancé sobre el picaporte.

Al entrar, me encontré con una mujer sentada detrás de un escritorio enorme, limándose las uñas. El teléfono estaba a escasos centímetros de sus manos.

Me paré enfrente y esperé a que me preguntara algo.

Se escuchaba el teléfono y el ruido áspero de la lima.

Tal vez es sorda, pensé.

Tosí para que se diera por aludida.

A esas alturas, el teléfono era como el peor de los hipos. No pude contenerme más.

—Perdón —dije—, ¿no va a atender el teléfono?

La mujer, sin levantar la vista, me contestó con una voz aguda, como si le estuvieran apretando la nariz con todas las fuerzas:

—Es mi horario de descanso.

—Sí, le entiendo, pero por lo menos podría atender, a lo mejor es una llamada importante.

—Pero estoy en mi horario de descanso —insistió.

Ya estaba arrojado, así que aproveché el impulso.

—Tan importante como estos papeles que tengo acá ¿ve? —y le apoyé con sumo cuidado mis formularios sobre el escritorio.

—Le dije que...

—Claro, es que, mire, necesito una autorización de Secretaría para...

El teléfono dejó de sonar. Casi al mismo tiempo levantó por primera vez sus ojos de la lima y me dedicó una breve mirada.

—Esos papeles ya no sirven. Tiene que hacer todo el trámite de nuevo.

Sentí que las piernas se me aflojaban y no me salían las palabras.

—¿Cómo dice?

—Simple. Para empezar, los formularios B12 no vienen más de este color, son amarillos. —Y abriendo un cajón del escritorio sacó unos formularios.

—Pero, ¿qué importa el color?

—Como estoy en mi horario de comida, no tengo por qué explicarle nada, pero lo voy a hacer igual: con este color la fotocopiadora lo puede leer sin dificultad, en cambio con el otro no lo tomaba bien, ¿sabe?

—¿Me está diciendo que tengo que empezar toda otra vez?

—Sí.

Ya no pude contenerme, y recordé a toda las madres de todos los funcionarios del gobierno, del Estado, de la administración pública y cualquiera que se me viniera a la cabeza. La empleada me miraba sin inmutarse. En cambio, esperó a que me tranquilizara, y entonces me extendió el formulario amarillo.

—Vaya al subsuelo, pasillo A, anexo 3. —Abrió el otro cajón y sacó un espejito y un lápiz de labios.

En ese momento estaba tan furioso que por un momento me olvidé del frío y del café. Mi odio se concentró en el fino cuello de la empleada que insistía en pintarse como un payaso.

Me fui dando un portazo y, agarrando los papeles con violencia, corrí otra vez escaleras abajo.

Los pisos no terminaban nunca y me estaba mareando de tanto dar vueltas. Para empeorar las cosas, volvió ese frío insoportable.

Miré el reloj.

El hielo había invadido todo el cuadrante, y el cristal se había roto. Eso no podía ser posible, a menos que estuviera en el mismísimo Polo Sur y aún así...

No sé en qué planta divisé un rectángulo negro y me lancé. A medida que corría exhalaba tanto vapor como una locomotora. Era algo inexplicable. Además de esa máquina —estaba seguro que era una máquina expendedora— no había nada. Un piso ciego.

La máquina estaba en funcionamiento: una luz colorada parpadeaba y otras luces pequeñas iluminaban las opciones.

El primer problema se presentó porque la máquina funcionaba con monedas y yo sólo tenía billetes. Tenía un delicioso y caliente café delante de mis narices. Seguí buscando.

Ya me estaba resignando cuando descubrí una abertura que no había visto al principio: era para billetes de dos pesos. Saqué uno de cinco. A esta altura ya no me importaba. Deslicé el billete lentamente por la ranura. Después de una serie de ruidos esperé a que pasara algo. Silencio.

De la rabia, pateé la máquina y apreté todo los botones. La máquina se balanceó varias veces como un mastodonte de metal. Le di un puñetazo a la luz que decía CAPUCHINO y se rindió. Varios ruidos más tarde apareció un vaso blanco, y salió un chorro de líquido negro. Inmediatamente uno corto de algo más claro. Antes de terminar le arrebaté el vaso a la máquina y me lo llevé a la boca.

Escupí lo poco que pude tragar, porque no sólo el gusto era asqueroso sino que estaba frío. Y lo que fue peor: el líquido del vaso se cristalizó como el reloj con un crepitar horrendo. De pronto me encontré sosteniendo un pedazo de hielo negro.

Solté el vaso y salí corriendo.

Tenía que escapar de ahí, aunque en mi cabeza, como si fuera una estampilla ardiente, sabía que mi obligación era seguir con el maldito trámite. Llegar al subsuelo pasillo A, anexo 3.

Las escaleras se angostaron; señal de que me acercaba a un cambio, por lo menos. Era todo tan ilógico que ya ni me molestaba en descubrir dónde se encontraban los ascensores.

Los escalones estaban sucios, y la luz bajaba en intensidad. El frío no.

Aparecieron algunas ventanillas de menor tamaño.

"Estoy cerca", pensé.

Pasillo D, D, E. Me sentía como una calesita humana.

¿Dónde habían puesto ese pasillo?

Tenía escarcha en los puños del saco.

¿Dónde, por Dios?

Y tropecé.

Caí por unas escaleras. Mientras daba vueltas —sin soltar mis papeles— entreví una silueta.

Para mi asombro y sin ningún rasguño, llegué sentado al piso, esta vez a un hall enorme y gris.

Escuché ruido de pasos. Venían de más adelante. Me incorporé sin soltar los papeles, como si de eso dependiera todo.

Los pasos estaban cerca.

Rogué que fuera alguien de aquel edificio, que me indicara el pasillo A, anexo 3.

Distinguí la forma. Parecía un ordenanza. El traje y el sombrero me llevaban a esa conclusión. Llevaba un bastón aunque no rengueaba. Apuntó el bastón hacia mí. Por lo menos me había visto.

—Doctor Adrián Benavidez —dijo el ordenanza—, veo que anda pidiendo ayuda extra.

—¿Cómo sabe mi nombre y quién soy?

—Bueno, me corrijo. Debería decir tan sólo abogado, porque la tesis no la dio nunca.

Me agité y el vapor que me salía por la boca y la nariz me hacía sentir como una gran caldera rota. Al que había identificado como ordenanza ni siquiera se le formaba una mínima turbulencia. Al contrario, las palabras le salían al rojo vivo, y sonaban en mi cabeza como sentencias.

—Es que no soy el ordenanza como usted cree. Soy, digamos, el dueño.

—¿El dueño? El dueño debe ser, supongo..., el Estado.

—El Estado soy yo, o mejor dicho, yo soy el estado de las cosas.

—No, no entiendo bien.

—Abogado —me contestó haciendo un gesto de disgusto y con el bastón dio varios golpes en el suelo. Y, con los golpes, llegaron a mis oídos, y tan sólo por un segundo, incontables gritos, gritos del horror más inimaginable—, ha demostrado ser un tipo inteligente.

—Sea lo que quiera ser. A mí, sólo me interesa saber dónde está el pasillo A, anexo...

—¿A quién invocó hace un rato?

—¿Qué?

El ordenanza suspiró.

—¿A Dios?

El ordenanza dio un brevísimo paso hacia atrás, se arregló el sombrero.

—Me parece que este frío —dije— nos ha afectado a todos, tendrían que arreglar la calefacción en forma urgente. A ver si logro seguirlo: me está diciendo que usted de alguna manera está relacionado con Él.

—No exactamente.

Me reí. Mis carcajadas se cristalizaban en el aire y producían un crepitar insólito. Por primera vez, una angustia terrible me estranguló las vísceras. Esto no estaba nada bien. Siempre había tenido confianza en mí mismo, aún defendiendo hasta las causas más controvertidas, y siempre el beneficio era mi mayor satisfacción. Siempre encontraba una salida. Tragué saliva y traté de mostrarme sereno.


Ilustración: Aradano

—No me diga que usted es el otro —aseguré, intentando seguirle la corriente.

—Póngame el nombre que quiera. Me adelanto un poco a su razonamiento: le puedo asegurar que ésta no es ninguna alucinación. Es real, tan real como usted o yo.

—Bueno, en ese caso no veo las llamas por ningún lado.

—¿Y quién le dijo que debería haberlas?

Tartamudeé, y solo expulsé vapor.

—Ese es un error que han cometido casi todos. No leen la letra chica, como dicen ustedes los abogados. Su religión les enseña que lo que se denomina Infierno es la ausencia de mi antagonista, la privación de su presencia. Obviamente, lo que para uno es más lejos para el otro es más cerca.

—Entonces, el frío...

—¡Entendió, Benavidez!

—...y este trámite imposible es...

—Uno de los castigos, claro.

La angustia era una soga en mi cuello, y las lágrimas también heladas caían como otro castigo.

El ordenanza se aproximó. De cerca había cosas que lo hacían inconfundiblemente lo que era. No hacía falta ni un cola ni un tridente.

—¿Mi mujer, mis hijos?

—Ése es otro tema.

Junté lo poco que me quedaba de valentía y le pregunté:

—¿Se puede saber qué hice para merecer esto?

—Benavidez...

Entonces, se acercó un poco más y tocó mi frente con el bastón.

Y de entre los pliegues de mi carne tiritante, entre el corazón que había sido y mi espíritu oscurecido, las imágenes fueron tan claras que caí de rodillas.

Y recordé todo.



Víctor A. Coviello nació en Buenos Aires, Argentina, en 1967. Su debut literario fue con Luz negra en Axxón, 1992, nominado al Premio Más Allá. Ganó el Más Allá para cuentos no-inéditos con El chip verde en 1997. Tiene una novela inédita, de ciencia ficción, titulada Carne de Dios y dos volúmenes de cuentos, también inéditos. Colabora en revistas como LEA. Vive en Buenos Aires y es librero.

Hemos publicado en Axxón: EL SECRETO DE MORFEO (139), EL CONGRESO (147).


Este cuento se vincula temáticamente con "LAS ENTRAÑAS ELÁSTICAS DEL CONQUISTADOR", de Bernardo Fernández (145) y "EL ARCHIVISTA", de Víctor Conde (109)


Axxón 181 - enero de 2008
Cuento de autor Latinoamericano (Fantástico : Fantasía : Descenso al Infierno : Castigos : Burocracia : Argentino : Argentina).

            

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