FICCION BREVE (Treinta y ocho)

Varios Autores

RICOS BESOS

Bárbara Din - Argentina


Me enjuago tus besos en el agua de la ducha, mientras recorro con el jabón los sectores donde tus labios se posaron, jugando a que me los das otra vez. Como si hubiesen sido sustanciales y no destellos de luz y electricidad.


Tenía ansias, ahora tengo recuerdos. Sonrisas que me asaltan en medio de situaciones rutinarias y que sólo yo puedo comprender. Caricias invisibles que mi piel inventa en momentos inoportunos. Aleteos de incertidumbre, porque esos recuerdos generan más ansias.

Combatir la soledad privada no es fácil. El mundo está hecho así. No puedo gritar. No puedo luchar contra él sin morir en el intento. En algún punto tengo que transar, y no quiero. Me niego. Aunque a veces lo haga por supervivencia. Por eso me convenzo sin esfuerzo de que sos carne y emociones. Tu personalidad ayuda, claro. Tan convincente como para crear complicidades, secretos generadores de guiños de ojo y risitas furtivas.


Casi me creo que vas a aparecer cuando no lo espero y me vas a llevar por lugares insólitos, dignos de tu naturaleza, mitad sueño, mitad realidad. Hierbas azules debajo de bancos de plaza aterciopelados, que te avisan cuando alguien viene a molestar y se acomodan a uno, pero no tanto, porque a veces tienen cosquillas. Bosques escondidos, plagados de aves indiscretas que saben todo lo que pasa, pero se niegan a contarlo. Piezas de baile improvisadas, con música cortesía de la brisa coqueteando con las hojas y sección de ritmo generada por nuestra incontenible aceleración. Miradas ocultas, ojitos amarillo-negros bizcos de envidia, que centellean iluminando la oscuridad.


El sol nace y su brillo te arranca de mi lado. Mi mundo finge volver a ser el que era. Yo reconozco la diferencia, pero él no. Estático, terco, cuadrado mundo, se empecina en que todo sea como él quiere. Pero yo me enjuago tus besos en el agua de la ducha, mientras recorro con el jabón los sectores donde tus labios se posaron, jugando a que me los das otra vez. Como si hubiesen sido sustanciales y no destellos de luz y electricidad.


Y en cuanto salga del baño voy a llamar de nuevo al servicio técnico de Ser Virtual para ver cuándo carajo te van a venir a arreglar.




Bárbara Din nació en la ciudad de Buenos Aires el 10 de febrero de 1976 (con otro apellido, pero ella insiste en que uno debe tener derecho a crear su propia identidad). Desde muy pequeña se apasionó con el arte en todas sus facetas. Se dedicó a la música hasta que hace unos años problemas de salud le impidieron seguir cantando. Es diseñadora gráfica y artesana. Concluyó exitosamente sus estudios de Diseño de Interiores. En el mundo de la gráfica digital se dedica principalmente al arte fractal y a crear productos gráficos para artistas. Siempre le gustó escribir, a pesar de ser muy poco lectora. Su época más prolífica fue de niña y adolescente, aunque nunca pasó de ser un hobby. Hasta que se renovó su motivación gracias a amigos escritores, muchos de ellos publicados en AXXÓN, quienes la alentaron a sacarse el miedo.


Hemos publicado en Axxón: UNOS LABIOS DE FRUTILLA (157)



ARDILLA

Jesús Ademir Morales Rojas - México


YO te observé atrayendo de nuevo a la ardillita, con una cáscara de naranja, para luego arrojarla con un brutal puntapié entre risas insidiosas. TÚ luego, durante la ronda nocturna por el parque, no te reías igual, cuando me viste descender hacia ti, desde aquel álamo frondoso. EL agujero de mi nido seguramente te pareció aterrador: los llamados agudos de mis crías al verme llegar arrastrándote, quizás no te fueron muy agradables, aunque tus propios alaridos tal vez te impidieron oír, alguna otra cosa. NOSOTROS roímos dulcemente tu carne: la de tu rostro despacio, yo; mis crías tus entrañas con ansioso deleite. (Tus estertores no molestaban nada, más bien eran como un aliciente). USTEDES de seguro ya estaban en busca de su compañero desaparecido, inspeccionando el parque completo. ELLOS, al descender por la alcantarilla, dieron por fin con él y con nosotros. Cuando me arrastré hasta los boquiabiertos uniformados, tan dócilmente, entre jeringas inservibles, y envases vacíos de solvente; cuando fui hacia ellos dando quedos chillidos, ya no me dieron puntapiés. (A mis espaldas encorvadas, las crías gemían frenéticas por más alimento).


Jesús Ademir Morales Rojas nació en la Ciudad de México en 1973. Cursó estudios de Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México e Historia del Arte en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Dice el autor: "En el fondo, soy un feliz autodidacta de librerías de viejo".



LOS HOMBRES DEL CIELO

Diego Escarlón - Argentina


Sobre (pero no dentro de) un universo ideado por Saurio, y con permiso y perdón de él.


Cuando los hombres del cielo vinieron corrimos a subirnos a los árboles, pero después nos parecieron inofensivos, así que nos bajamos. Los hombres del cielo estaban tan contentos como si hubiesen encontrado un gusano dentro de un zugo. Nos gustan los zugos, crecen en los árboles, son jugosos y dulces y muerden menos que los bichos de los matorrales. Nos gustan los zugos, pero lo que más nos gusta es un zugo con un gusano. En realidad lo que nos gustan son los gusanos cuando vienen con un zugo alrededor. Una vez, el viejo Cerocio fue a buscar zugos y lo vieron las cabras. El viejo Cerocio siempre se quejaba cuando los jóvenes no queríamos ir a buscarle un zugo. Decía que no podía casi caminar y que los jóvenes éramos unos desagradecidos y unos holgazanes y esas cosas que decía el viejo Cerosio cuando se enojaba. Nos reímos mucho viéndolo correr como el viento, perseguido por las cabras, mientras protestaba a los gritos contra las cabras y contra los jóvenes que no queríamos ir a buscarle un miserable zugo ya que él ni podía caminar. Las cabras lo alcanzaron y se encargaron de que dejase de protestar.

Pero bueno, la cosa es que cuando los hombres del cielo vinieron estaban contentos. Bajaron del cielo en su cueva voladora y nos saludaron y nos sonrieron para todos lados. Decían que nos venían a rescatar pero la vieja Dalmaia sólo se quejaba de que habían quemado sus margaritas con la cueva voladora y el Hermano del Tunga protestaba porque se metió debajo de la cueva y se quemó como una margarita. Lo llamamos #Hermano del Tunga# no porque tenga un hermano que se llame Tunga, sino porque su madre dijo que mientras pensaba su nombre se le había ocurrido que cuando tenga un segundo hijo le iba a poner #Tunga#. Nunca hubo un Tunga porque estaba tan distraída pensando el nombre que le faltaba que no vio una jauría de ovejas que bajaba del monte y ellas se la comieron. La cosa es que al Hermano del Tunga se le quemaron las pestañas y todo lo demás por andar metiéndose debajo de la cueva voladora. Después de eso sólo unos pocos volvieron a meterse ahí. Nosotros aprendemos rápido, en general.

Cuando los hombres del cielo vinieron estaban contentos y nos querían rescatar, pero les dijimos que no y que gracias. Ellos insistieron, dijeron que nosotros también éramos hombres del cielo y que íbamos a estar mejor en otro lado. La Pili dijo que quizás nos venían a rescatar de las cabras y de las ovejas. Nos reímos mucho de los hombres del cielo ese día. Pobres hombres del cielo, venir a rescatarnos de las cabras y de las ovejas cuando el viejo Oli ya había encontrado la solución hacía tiempo. Los más viejos dicen que al principio las cabras y las ovejas eran animales domésticos, pero después se desdomesticaron y se hicieron carnívoras. Ahora las cabras se comen a los animales pequeños como el Farbo, el nieto del viejo Cerosio, que quiso impresionar a la Diala haciéndoles morisquetas a las cabras. Fueron las cabras quienes impresionaron a la Diala, comiéndose al Farbo en sólo tres segundos. Por otro lado, las ovejas se comen a los animales más grandes como el viejo Oli. El viejo Oli era gordo y no podía correr tanto como el viejo Cerosio. De todas formas, cuando las ovejas se lo comieron ni siquiera tuvo tiempo de correr. Un día el viejo Oli se comió una plantapuajj y después de la siesta le empezó a doler la panza. Dijo que veía puntitos de colores flotando como mosquitos y comenzó a bailar en un pie. Le dijimos que se durmiera otra siesta a ver si se le pasaba pero lo que pasó fue una jauría de ovejas. Se lo comieron mientras dormía. Parece que no tenía buen sabor y las ovejas dejaron de molestarnos durante un tiempo. Desde ese día todos comemos plantapuajjs. No nos gustan pero tampoco nos gusta que las ovejas o las cabras nos coman. De vez en cuando una jauría de ovejas o de cabras jóvenes viene y se come a alguien. Ellas aprenden que no tenemos buen sabor y dejan de molestarnos. Nosotros aprendemos rápido, en general. No nos van a ganar unos cuadrúpedos estúpidos.

Cuando los hombres del cielo vinieron estaban contentos porque nos encontraron. Dijeron cosas sobre los rayos del sol que pegaban en unas piedras y que las piedras largaban unos rayos que nos pegaban en la cabeza. No entendimos qué pasaba con esos rayos en la cabeza, pero sí nos acordamos que nos querían llevar a todos dentro de la cueva voladora. La vieja Isidré los sacó corriendo con el palo grande que usa para espantar a las cabras jóvenes que nos persiguen cuando nos refugiamos en los árboles.

No volvimos a ver a los hombres del cielo; eran divertidos pero no nos importa, no mientras haya plantapuajjs y zugos para comer.




Diego Adrián Escarlón es argentino, nacido el 3 de enero de 1971. Vive en Buenos Aires y se dedica al comercio. Se puede ver su portfolio de arte en Axxón 109, y además hemos publicado en Axxón sus ficciones: NANOS (108), LA MATRACA Y EL MICROSCOPIO (115), LA FÁBRICA (117), EL PATITO FEO (118), LAS MUJERES (122), LA NOVELA (146), EL BOLFO (146), MEDICINA (146), EL HOMBRE INVISIBLE (146), ASTROASTROLOGÍA (154), ABURRIMIENTO (157). Hemos publicado en Axxón sus ilustraciones: Portfolio de Diego Adrián Escarlón



EL VAGABUNDO

Gustavo A. Courault - Argentina


Miraba a lo lejos el pico oculto tras la bruma de la mañana. Llegaba el fin de su Musha Shugyo, el viaje en el que había probado su valor, habilidades y desprecio por la muerte, venciendo a incontables guerreros en duelo singular.

Siempre atento, siempre vigilante, en continuo sanshin, avanzaba paso a paso para llegar al muro de piedra en cuya cumbre casi inaccesible se encontraba el Kami que lo haría invencible.

Viejos dolores le recordaban algunos duelos casi perdidos: aún así debería continuar recto y puro como su katana, símbolo de su clase y su rango.

Sólo el samurai con el suficiente coraje y decisión podría traspasar el bosque custodiado por el Shogun más feroz, y recorrer luego el larguísimo camino plagado de peligros y absolutamente inhóspito para llegar al comienzo del risco oscuro y sin nombre clavado a pique y en medio de la nieve, con escasísimos puntos por donde escalar.

Arriba, en el techo de la montaña, estaba el templo construido siglos atrás por monjes innombrables de quien nadie había vuelto a oír jamás. Eran tres días con sus noches de interminable ascenso por el muro vertical.

Se subió a las ramas de un pino para dormir a la manera ninja: inmóvil e invisible. Aún en ese estado percibiría cualquier sonido o movimiento: sólo así había podido sobrevivir a sus incontables enemigos.

A la alborada se bañó en agua helada en una cascada, sentado en sazen, estático, imperturbable. Luego del mishogi reemprendió la marcha. Todo le pesaba en ese aire diáfano y sutil de la montaña a medida que ascendía y ascendía.

La luna llena mostraba su rostro anaranjado en el horizonte cuando llegó a la pared interminable. En un hueco en la roca y de cara al viento helado pasó la noche plagada de voces guerreras y de fantasmas agonizantes.

Con el sol naciente comenzó su ascenso.

Paso a paso: hiriéndose las manos y pies en las piedras afiladas, sin descanso. Su ropa se rasgaba cuando sus pies o manos no encontraban apoyo o sus músculos agotados dejaban de responder a la voz de su voluntad inquebrantable. Su katana sobre su costado a veces pesaba toneladas; así le recordaba quién era y el camino que había tomado. Descansaba sobresaltado en cornisas misérrimas, bebía la nieve apelotonada en los huecos, comía los pocos líquenes y musgos que crecían en ese ambiente. Pero nada lo detenía de su deseo por ser un guerrero imbatible. El Kami de la montaña le daría el secreto para serlo; eso le habían dicho los monjes en aquel monasterio perdido donde sobrevivían sólo algunos pocos de edades asombrosas.

En sus descansos repasaba una y otra vez el rito de acercase al Shomen, los sonidos sagrados a emitir, el momento exacto de sentarse en seiza, de saludar con respeto máximo, de presentar sus armas; cualquier duda o error lo deshonraría y seguramente no obtendría el preciado secreto.

Exhausto, llegó al techo donde estaba el templo. Pasó debajo del torii para entrar en el espacio mágico del Kami que esperaba en el Shomen en aquella cueva que se distinguía en el aire diáfano. La entrada completamente limpia emanaba olor a muerte y peligro. Con cuidados extremos se inclinó ante el lugar sagrado y comenzó la larga e intrincada ceremonia.

Con cuidado, puso en el Shomen, a modo de ofrenda, el poema que había escrito hace muchos años en sus primeros pasos del Bushido:


Quiero ser ese katana que velo de noche,

en las profundidades de mi alma.

Brillante katana de acero mordaz y fuerte:

Corta las tinieblas para que vea la luz.

Paso a paso lustro su filo,

minuto a minuto se adapta a mi brazo,

me hago uno con él.

Me preparo para ese último acto imponente.

Me preparo para la lucidez azul.

Me preparo para no dudar un momento.

Cortar sin dudar mi duda, en mi acto final,

fatal.


Su cuerpo dolorido y extremadamente cansado apenas se sostenía sentado en actitud meditativa. El dolor de heridas y raspones en todo su cuerpo, el hambre y la sed, apenas lo dejaban continuar inmóvil; pero una vez terminada la ceremonia sería un guerrero perfecto.

Cae la noche y el Kami permanece mudo, no aparece ante sí para enseñarle sus secretos. Su imagen no se mueve para mostrarle los movimientos exactos.

El vagabundo revisa una y otra vez el rito ejecutado, sin encontrar falla alguna. Su impecabilidad lo llevó hasta allí; y su obediencia total de samurai le hace emprender el regreso sin una queja.

En ese momento, una vibración mínima en el aire hace que desenvaine, cortando para quedar en guardia: sonido de acero que sale volando de la vaina, fugaz brillo de luna en la hoja afilada con miles de filos, corte a algo oscuro e informe, exhalación del aire contenida.

Una cabeza con ocho ojos y cerdas lo mira con ojos negros y brillantes como la noche que cae: una cabeza separada limpiamente del cuerpo enorme que se desploma sobre sus ocho patas. El katana no está teñido de rojo, sino de alguna clase de fluido pringoso y transparente.

Sacude el katana en chiburi luego de cortar en dos el cuerpo y permanece atento. Silencio.

Enciende una vela en medio de la noche para observar a su enemigo: cerdas negras sobre el cuerpo negro, mandíbulas poderosas ávidas de sus jugos corporales y atrás, en un recodo, incontables cuerpos resecos y mohosos de quienes han buscado el mismo secreto que él ahora se lleva: Lo sabía, si había un guerrero a quien el Kami de los ocho ojos de la montaña inaccesible le debía el secreto de la invencibilidad absoluta, ese guerrero era él.

Ahora sí, enfunda su arma con precisión y calma absoluta: es hora de emprender el regreso.


Gustavo A. Courault nació en La Plata hace 49 años, pero ha vivido casi toda su vida en Santa Fe. Es ingeniero electricista pero se dedica al área de la informática. Escribe desde los 17 años, ganó un premio por un cuento llamado "Pensamientos" en el colegio secundario, en el marco del taller literario "Santa Teresa de Ávila". Después de ese cuento no volvió a publicar... hasta ahora.



RESPIRA

Leandro Vázquez Cervantes - España


Respira. Tranquilo. Déjalo salir. No pasa nada. Agacha la cabeza mientras vivas; al que la levanta se la cortan.

Respira. Déjalo salir. Relájate. Deja que salga. Esto le pasa a todo el mundo.

Si te pones duro, te quedas seco. Déjalo salir. Que salga, que salga por todos tus poros.

Respira...

Ya falta poco.

Al fin.

Mueres y sigues andando.


Leandro Vázquez Cervantes, español nacido en 1971, licenciado en Filología Árabe e Islam, durante algunos años ha trabajado como traductor de árabe. Actualmente se gana la vida como programador web. Su gran pasión consiste en tocar blues con su grupo Los Herméticos. Espera acabar algún día una colección de relatos, aún inédita.



VAMOS AL BOSQUE, NENA

Saurio - Argentina


Cuando no hay nadie para escucharlos, los árboles caen en silencio. Cuando no se los mira, dejan ver el bosque. Cuando nadie hace leña del árbol caído, éste se levanta y se va. Porque los árboles son así, siempre están exigiendo que se les preste atención pero nunca la devuelven. ¿Cuándo fue la última vez que un árbol se dignó a mirarte? ¿Cuándo reaccionó alguno contra los que les tallan corazones? ¿Cuándo les importó que sepamos que son de madera?

Y es su constante pedido de atención el que nos atrae, el que nos hace jugar en el bosque creyendo que el lobo no está, el que nos hace ir por las ramas, el que nos recuerda que alguna vez estuvimos allí, saltando felices de copa en copa y no caminando en posición erecta y cargando con un cerebro tan grande que nos hace ser conscientes del paso del tiempo y nos hace ver a la vegetación como una manifestación de la vida que se regenera periódicamente en un ciclo de estaciones que no es más que la miniaturizada metáfora anual de nuestra existencia.

Los árboles se plantan ante nosotros y se pavonean de tener hondas raíces, hacen gala de su capacidad de obtener frutos sin esfuerzos, algunos incluso no tienen pudor de mostrarse florecientes, derrochando verdes.

Y sin embargo, sin embargo, nos alejamos unos metros y los extrañamos, les conferimos poderes místicos, religiosos, recordamos en el paraíso al Paraíso, donde por comer del fruto del Árbol del Conocimiento nos perdimos la oportunidad de alcanzar el Árbol de la Vida, que da doce cosechas, que da frutos cada mes, que sus hojas son para la curación de las naciones, que es el Eje del Mundo que une Cielo, Tierra e Infierno. Son dragones, grifos y monstruos quienes cuidan que no nos acerquemos a sus tesoros, a sus doradas manzanas, a sus vellocinos de oro, a sus fuentes de la Inmortalidad.

Los árboles son simbólicamente inabarcables. Por eso hay que hacer abstracción de ellos.


Saurio nació en Buenos Aires en 1965. Dice estar preocupado por su futura muerte, lo que estimula en él la necesidad de aprovechar el poco tiempo que le queda dedicándose a cuanta arte, ciencia o religián se le cruza en el camino. Ha escrito dos novelas, El vacío del bostezo y La indiferencia de los peces, dos libros de poemas y uno de humor, Un libro al pedo y sostiene sitios de Internet: La Idea Fija y El Maravilloso Mundo de Saurio.

Hemos publicado en Axxón sus ficciones: NO ME PIDAS UN MILAGRO (147), LAS FRONTERAS SE HAN HECHO PARA SER CRUZADAS (149), BACH HA MUERTO (151), ¿QUÉ ES EL "SECRETARIADO CUÁNTICO"? (152), ¿QUÉ ES EL DOLFISMO ORTODOXO? (155), EL CAMINO DE WEESCOSA (155), LA PSICOSTASIA ENTRE LOS GRIEGOS (155), ¿DÓNDE QUEDARON LOS BUENOS MODALES? (157), ¿QUÉ ES LO QUE ESTÁ CONSTRUYENDO? (157), SER DE LUCES (158), (NO ALIMENTEN A LA) OSTRA, en co-autoría con Inmaculada Rumbau (162), PULPIFIXIÓN (168), NO ES PALABRAS (171), PELIGROS DE LOS REFRANES II (174), PELIGROS DE LOS REFRANES I (180)

Hemos publicado en Axxón sus artículos: ¿DÓNDE NADIE HA IDO ANTES? (157), NO ES LO MISMO SER OSCURO QUE ESTAR PINTADO DE NEGRO (159)

Hemos publicado en Axxón sus traducciones: LA INTELECTUALIDAD LIBERAL, de Luke Jackson (Estados Unidos) (168)



BANDAR

Ariel Ledesma Becerra - Argentina


Al ponerse el sol en Bandar los guerreros suelen limpiar sus armas. Es el momento en que los ladrones y las putas empiezan a trabajar.

Bandar es una ciudad generosa con sus habitantes nocturnos. Ricos mercaderes de turbios negocios buscan el placer sin reparar en gastos; sus bolsillos llenos de oro que pronto cambiará de manos, algunas veces con su consentimiento y otras inadvertidamente.

Los guerreros que durante el día no fueron heridos en batalla buscan el calor de las tabernas para olvidar por un momento eterno quiénes son los que matan en Bandar, quiénes los que mueren. Desesperadamente se hunden en el sopor y la euforia del vino y la cerveza, de las canciones y el baile, del amor y el olvido.

Por la noche en Bandar nadie parece tener familia, nadie parece tener patria, nadie parece sufrir y nadie parece amar.

Así llega el alba a Bandar. Las mujeres libres, cansadas de ofrecer su amor rentado, vuelven a sus habitaciones sintiéndose sucias. Los mercaderes entran furtivamente a sus lujosos palacios odiando a sus esposas, que sueñan entre sedas y pieles con nuevas chucherías que comprar o con poderosos esclavos amantes. Los guerreros hace rato que duermen sus borracheras, sin un céntimo en los bolsillos, enfrentados a sus peores enemigos dentro de sus cabezas.

Sólo los ladrones de Bandar reciben alegres el amanecer, contando sus ganancias y fanfarroneando sobre sus nuevas hazañas.

Durante el día, Bandar muestra su horrible cara al mundo. La basura en las calles de piedra se acumula sin plan y sin fin. Las patrullas levantan a los últimos borrachos que yacen acurrucados en los rincones. Los escribas corruptos corren al refugio de sus mesas de trabajo. Los políticos infames comienzan a cuidar que nada cambie. Aparecen las esposas yendo al mercado, donde los sirvientes de los mercaderes ofrecen las baratijas que jamás los harán ricos.

Bandar, como todas, se retuerce en la rutina.

Bandar existe.


Ariel G. Ledesma Becerra nació el 14 de mayo de 1968. Es porteño y vive en Caballito, barrio de la ciudad de Buenos Aires. Estudió cine en el IDAC de Avellaneda y algunas materias de Letras en la UBA. Posee muchos autores favoritos, pero por sobre todo elige a Ursula K. Le Guin, Cordwainer Smith y Philip K. Dick. También le gusta mucho, fuera de lo literario, el trabajo de Bertrand Russell en lo científico y filosófico, y el de Stephen Jay Gould. En este caso, también mencionar un montón de nombres más. Le gusta ver cine y series de TV. Y leer, por supuesto. Hemos publicado en Axxón: AMIGOS (178), PIEDRA (179).



LA NAVE DE LOS SUEÑOS

Fabián Casas - Argentina


Al final, el Jedi compró el auto.

Fue sin querer.

Resulta que fue y le prestó la plata a un amigo. Y el amigo le devolvió un auto.

El Jedi medio que se asustó cuando escuchó la propuesta:

"Te pago con un coche."

Después los Jedis de la cofradía de Berazategui le aclararon que no usaba caballos para funcionar. Hay ciertas versiones de la enciclopedia galáctica donde el sistema solar ni figura. Es decir, hasta donde se sabe, en ninguna. Así que no es raro que el Jedi estuviera medio confundido sobre coches y autos. Y a lo mejor esto explica lo que sucedió luego. Porque, según lo que el Jedi siempre decía, él no quería tener auto.

—¡Loco, pero por veinte lucas te llevás una nave! —le dijo su amigo. Y a su manera, algo de razón tenía.

Veinte Lucas es una buena parte del producto vital del Jedi. O sea, la energía que ha invertido en adquirir ese poder de cambio es, por lo menos, interesante. Pero la generosidad de la oferta lo aplastó, le destazó los miedos y le castró todo prurito contra la adquisición de automóviles. El Jedi se subió al auto repartiendo sonrisas. Su amigo lo acompañó en el primer viaje. El Jedi condujo el Renault por las calles de la ciudad, bajo la mirada complacida de su compañero.

—Te gustó, guacho. ¡Decí la verdad!

El Jedi dijo que sí, que la cosa prometía. El confort era estupendo y las ruedas giraban suavemente mientras propulsaban el vehículo hacia una zona despoblada.

Cuando llegaron a las afueras de El Pato, se internaron por un camino vecinal que discurría entre campos sembrados de girasoles:

—¡Pisalo nomás, vas ver cómo anda! ¡Esto vuela, loco!

El Jedi buscó el botón de ignición, pero no lo encontró. Así que le preguntó a su amigo cómo hacía para despegar.

El amigo lo miró:

—¡Pisalo! Apretá el acelerador, nomás.

Cuando iban a una velocidad algo excesiva para seguir pegados a la tierra, el Jedi volvió a preguntar cuándo despegaría el auto.

El amigo le mostró un gesto de preocupación. Le miró la cabeza, más precisamente el punto donde la frente se convierte en cabellera, y luego nuevamente a los ojos:

—¿Cómo que querés despegar, animal?

—¿Pero no va a volar? ¿Acaso no es una nave?

Su amigo le devolvió un gesto indescriptible.

Ahí se percató el Jedi de que esa nave plateada no despegaría nunca. Había invertido sus ahorros en un vehículo condenado a arrastrarse por siempre sobre la superficie sólida del planeta.

Volvieron en silencio, andando despacio por la Ruta 2.

Hoy en día suele verse al Jedi yendo de allá para acá, manejando su auto. Escucha la radio, lleva amigos a las fiestas e incluso transporta bafles y consolas de sonido. A bordo, todo es sonrisa y diversión. Pero quien presta atención, podrá ver que a veces hay un dejo de tristeza en el festejo.

En esos momentos el Jedi se relaja, afloja le velocidad y mientras conduce suavemente por la avenida Mitre, emite para sí un ruido imperceptible con los labios.

Simula el ruido añorado de un motor de iones, rumbo a las estrellas.


Fabián César Casas nació en 1964 en Berazategui, Argentina, lo que no se puede llamar una noticia de último momento. Ya hablamos de su bautismo, de su frustrada carrera sacerdotal, de que fue boy scout, obrero de frigorífico, estudiante (hoy recibido) de química y física y fabricante de tinta. Pero esta vez podemos ser más explícitos y mencionar su condición de conductor de programas radiales; tiene dos: Capitanes del Espacio y ¡Reventar!, los que pueden ser escuchados los lunes y miércoles por Radio ¡Ahijuna!. Para más datos sobre este autor, se puede consultar la Enciclopedia. Hemos publicado en Axxón: REFLEJOS (160), CONTRA EL TAXISTA (163), EL IDIOMA DE LOS PRÓCERES (167), EL JEDI SE VA DE COMPRAS (169), EL EXAMEN MÉDICO (171), LA VIDA EN LA GALAXIA (178), UN MISTERIO URBANO EN ROSARIO, ARGENTINA (179).



Axxón 181 - enero de 2008
Ilustrado por Barbara Din y Tut
Cuentos breves de diversos autores (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Fantasía: Varios temas: Internacional).

            

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