DIVULGACIÓN: Las fosas comunes de dinosaurios

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Los pozos de la muerte


por Marcelo Dos Santos (especial para Axxón)
www.mcds.com.ar

 

El Desierto de Gobi es uno de los más secos, áridos e inhóspitos de la Tierra. Sin embargo, no siempre fue así.

Hace 160 millones de años, sin embargo, este desierto contenía una exhuberante vegetación, grandes pantanos, y una flora y una fauna gigantesca y más digno de una pluvisilva tropical que de la seca roca rojiza que vemos hoy.

Hablamos del Jurásico Medio, una época muy poco conocida hasta hace algunos años, especialmente en lo que al registro fósil se refiere. Por alguna razón, aunque poseemos grandes cantidades de dinosaurios del Jurásico Inferior y del Jurásico Superior, la franja intermedia siempre se nos negó elusivamente. No había cási fósiles de hace entre 170 y 160 millones de años.

Esta situación fue muy frustrante para los paleontólogos durante siglos, porque fue precisamente en el Jurásico Medio cuando la selección natural decidió comenzar a hacer crecer a pequeños dinosaurios herbívoros y carnívoros y empezar a experimentar con el gigantismo. Conocemos perfectamente al Tyranosaurus Rex y al Triceratops, pero, al faltarnos sus ancestros del período intermedio, no podíamos imaginarnos por qué mecanismos llegaron a ser así.

Hasta ahora.


En 2001, los doctores James Clark (profesor Ronald Weintraub de Biología de la Universidad George Washington) y Xu Xing (paleontólogo del Instituto de Paleontología de Vertebrados y Paleoantropología de Beijing), decidieron, de una vez por todas, intentar llenar el hueco en la historia jurásica, tratando de obtener fósiles del Jurásico Medio que explicaran la evolución "de las gallinas a los elefantes", haciendo una mala comparación respecto del tamaño de los dinosaurios antes y después del espacio en blanco. Para ello, convocaron al geólogo David A. Eberth, Investigador Jefe del Royal Tyrrell Museum, y juntos se dirigieron al Desierto de Gobi, en la parte correspondiente a la China noroccidental.

La expedición fue el sueño de cualquier paleontólogo desde el principio: las extrañas formaciones de piedra roja, erosionadas por el viento durante eras geológicas enteras, habían dejado al descubierto numerosos fósiles que demostraron pertenecer, precisamente, al período en que Xu y Clark estaban más interesados.

Gobi, el desierto rojo

En rápida sucesión y ya en los primeros meses de excavación el equipo decubrió, prácticamente a ras de tierra, un gigantesco estegosaurio con extrañas púas de un metro de largo en los hombros, un pterodáctilo con dientes de cocodrilo, saurópodos, terápodos (depredadores bípedos), un brontosaurio con un cuello de 9 metros de longitud e incluso un reptil similar a un mamífero. Todos ellos representaban especies nuevas, jamás descubiertas, y ubicadas justo como "nexos" o "eslabones perdidos" en el árbol evolutivo del Jurásico, entre los dinosaurios anteriores y posteriores, ya conocidos por la ciencia.

Encontrar la relación entre el antes y el después era esencial, porque, como explica el doctor Matthew Carrano, Curador de Dinosaurios del Instituto Smithsoniano, "Antes los dinosaurios eran del porte de una gallina. En el Jurásico Medio pasaron a pesar entre 50 y 80 toneladas. Los descubrimientos de Gobi están en camino de darnos la clave de cómo sucedió semejante cosa".

En un tiempo increíblemente breve, el equipo de Xu y Clark desenterró más de 400 fósiles correspondientes a 40 especies diferentes, la inmensa mayoría totalmente nuevas. De estas, casi todas eran veloces depredadores bípedos, verdaderas máquinas devoradoras de carne que se cebaron en los herbívoros jurásicos. La mayoría de ellos presentaban características nunca vistas, como las ya mencionadas púas laterales del estegosaurio, enormes crestas óseas, colas en forma de maza espinosa, dientes de carnívoro y grandes ojos frontales con visión estereoscópica.

El futuro desierto de Gobi, 160 millones de años atrás

Estos hallazgos les dieron la pauta de que en Gobi fue, en aquellos tiempos, el asiento de un complejo y desbordante ecosistema, caracterizado por intrincadas relaciones ecológicas entre presas y depredadores, y mantenido y soportado por la abundancia de agua, precipitaciones, tierra fértil y energía.

Estos fósiles -cientos de ellos- fueron enviados al laboratorio central de Beijing para su estudio, y aún rendirán importantes resultados para entender cómo fue que las gallinas se volvieron elefantes, por qué y para qué.

Pero esto quedará para otro artículo, porque lo más sorprendente de todo todavía estaba a punto de ver la luz.

En uno de los primeros lugares de excavación, Eberth, Xu y Clark encontraron un ejemplar asombroso: un bípedo de mediano porte -unos 3 metros de longitud- con inconfundibles dientes de carnívoro. Estas piezas dentarias, en forma de letra D y con el borde aserrado, son típicos y exclusivos de la familia de los tiranosaurios, pero nunca se había visto uno tan pequeño y ciertamente no uno tan antiguo. Además, las clásicas protuberancias en los huesos de la cadera lo denunciaban, en efecto, como un ancestro del T-Rex.

Las rarezas del pequeño tiranosaurio no terminaban allí: presentaba una gran cresta ósea sobre el cráneo, hueca y muy frágil, y largos y poderosos brazos terminados en tres dedos armados de poderosas garras.

El especimen fue bautizado Guanlong wucaii. Guanlong significa "Dragón Crestado" en chino, y el nombre específico se refiere a la localidad donde se lo encontró, las prominencias rojas de las rocas de Wucaiwan. Literalmente, wucai se traduce como "De Cinco Colores".

Guanlong, el "Dragón Crestado"

El paleobiólogo Gregory M. Erickson describe al guanlong de la siguiente manera: "Eran animales atléticos, de unos tres metros de longitud, con una poderosa musculatura, brazos tan largos como los míos terminados en garras y unos 75 kilos de peso. Eran tan ágiles y veloces como un gato, si podemos imaginar un gato de ese tamaño". Los estudios demostraron que los guanglongs se hacían adultos a los 7 años de edad, y que durante su infancia ganaban peso a una tasa de 50 g por día. Esto está muy lejos de los 2,5 kg diarios del T-Rex, pero nada mal para un animal de 75 kilos.

Guanlong y algunos de sus descendientes

Las investigaciones demostraron que el guanlong es el antepasado común de todas las especies conocidas de tiranosaurios -once en total- y las revisaciones en detalle que aún faltan realizar intentarán probar que con él la naturaleza dio el puntapié inical al gigantismo que culminaría en el conocido Rex.

Pero Clark, Xu y Eberth, poco rato después de encontrar su primer guanlong, se dieron cuenta de que no había estado solo en su tumba durante 160 millones de años. Escuchemos al geólogo: "Al principio, vimos este único ejemplar, y creímos haber descubierto un único fósil. Pero cuando comencé a limpiar los bordes del esqueleto, pronto encontré los huesos de otro dinosaurio enterrado bajo él, apenas 30 centímetros más profundo".

Espantoso predador

No es usual encontrar más de un dinosaurio exactamente en el mismo sitio, por lo que los expertos se apresuraron a liberar al primero para observar al segundo. Era otro guanlong, un poco más pequeño, más joven y posiblemente una hembra. Este tenía el cuello fracturado -las vértebras formaban un ángulo de menos de 90º- y una de las patas del más grande descansaba sobre su torso.

Mas no terminaron allí las maravillas: 30 centímetros más abajo de este segundo guanlong, había un tercer dinosaurio de especie y tipo desconocido, y aún más abajo, otro y otro más. ¡Cinco dinosaurios enterrados en secuencia, uno sobre otro, en un "pozo de la muerte" de no más de un metro de profundidad! Los dos últimos, de especie también no identificable, eran sin embargo claramente bípedos carnívoros.

¿Cómo habían llegado hasta allí? ¿Era posible que cuatro depredadores y una posible presa se hubiesen "suicidado" arrojándose a un pozo de apenas un metro de profundidad?

Horas más tarde, los colegas de Clark y Xu descubrieron otros dos "pozos de la muerte" a escasos metros del primero, aunque con menos ejemplares.

La cuestión del gigantismo y el hueco del Jurásico Medio pasaba a segundo plano: "El descubrimiento de estos `pozos de la muerte´ es extremadamente inusual y fascinante. ¿Cómo murieron? ¿Por qué estaban uno encima del otro? ¿Cómo fue que acabaron allí? Son preguntas fascinantes porque se trataba de depredadores, y los dinosaurios carnívoros estimulan nuestra imaginación", opina Eberth.

Nuestra imaginación se ve, además, desbordada por el hecho de la inusual disposición de los cadáveres. Como nuestro sentido común nos indica que cinco animales de 3 metros no morirían solo por arrojarse de cabeza en un pozo de un metro, tenemos, con Eberth, Xu y Clark, que encontrar una explicación más plausible.

Vistas lateral y superior de la cresta de un guanlong.
Obsérvese la gran cresta sagital y hueca

La primera de ellas es la de un impacto cósmico, una enorme masa que hubiese golpeado el planeta a gran velocidad, como la que sabemos contribuyó a extinguir a los dinosaurios a fines del Cretácico.

El problema es que tenemos pruebas inatacables del asteroide de Yucatán, pero no hay siquiera un indicio de que haya ocurrido algo similar en Gobi.

Sin embargo, el geólogo del trío puede aportar un dato tal vez crítico: estudiando los sedimentos que rodeaban a los cadáveres de los guanlongs, Eberth descubrió cenizas volcánicas. ¿Hubo una erupción que sepultó a los dinosuarios? La hubo, pero es improbable que la ceniza los tapara, porque eso implicaría que, vivos, estaban ya uno sobre el otro. La gente de Pompeya, que sí fue sepultada por las cenizas, no se encuentra enterrada en pilas o columnas, es decir, no se subieron uno encima del otro para morir. Tenía que haber otra solución al enigma. "No solo hubo una explosión, sino una muy cercana", nos dice Eberth. "Lo sabemos porque algunos de los cristales eran muy grandes, y por ese motivo no pudieron haber volado muy lejos llevados por el viento".

El análisis químico de los copos de ceniza demostró que tenían un alto contenido de partículas cristalinas de vidrio.

Recordemos que la selva de Gobi en el Jurásico estaba cubierta de aguas pantanosas. La combinación del agua con los copos de ceniza formó una mezcla viscosa similar al barro. Este fluido se comportaba de modo muy similar a las arenas movedizas o la brea, y ha sido denominado "barro movedizo".

Cráneo de un ejemplar del primer pozo

Para confirmar o refutar esta teoría, Eberth hizo una mezcla lo más parecida posible a lo que debe haber sido el barro volcánico jurásico, agregando micropartículas vítreas y cenizas volcánicas a una determinada cantidad de agua. El limo resultante tenía la consistencia propuesta, y constituía un material ideal para el ensayo que el equipo tenía en mente: ¿podría ese pozo de 1 metro atrapar cinco grandes dinosaurios y hacerlos morir asfixiados?

Eberth construyó un modelo a escala natural de la pata de un guanlong y lo sumergió en el barro, colocándole un peso de 57 kilos (menos de los 75 que pesaba el animal vivo). Previsiblemente, comprobó que la pata entraba fácilmente en el lodo, pero que para extraerla el guanlong hubiese necesitado hacer una fuerza de ¡186 kilos! y un apoyo firme para la otra pata, lo que a todas luces no había sido el caso.

De este modo, el pantano jurásico se unió a las cenizas volcánicas para configurar lo que los paleontólogos conocen como "trampa para carnívoros".

¿Cuál ha de haber sido exactamente la secuencia de los hechos?

Ahora el equipo de científicos cree estar en disposición de explicarlo.


Durante miles de años los guanlongs y sus presas deambularon por su pantano chino. Sin embargo, cuando el volcán vecino hizo erupción, el agua se convirtió en una trampa mortal. No es la primera vez que esto sucede: los pantanos llamados La Brea, en California, son una fuente al parecer inagotable de huesos de grandes herbívoros como los mamuts, alternados con los de sus grandes depredadores como los tigres dientes de sable y los lobos gigantescos de su época.

Pues bien: Xu, Eberth y los demás piensan que el primer animal (el de la base de la pila) intentó atravesar el pantano y quedó atrapado, completamente inmovilizado e incapacitado. Otro ejemplar similar a él decidió devorarlo (los depredadores no suelen negarse a una cena gratis y aparentemente sin riesgos) y entró al pantano también. Quedó atrapado.

El tercer animal (el herbívoro) quiso escapar de un guanlong que lo perseguía y, tal vez tratando de pisar sobre los dos cadáveres, fue aprisionado a su vez, mientras que instantes después lo fue su cazador.

Visión artística del animal vivo

Finalmente, un segundo guanlong más grande (el de la cima), se acercó para rematar a los anteriores que aún estuviesen vivos: pateó y mordió el cuello del guanlong anterior, fracturándole las vértebras en la forma brutal que Clark observó al descubrir los fósiles, solo para morir asfixiado él también minutos más tarde.

Y cadenas de sucesos similares ocurrieron en los otros dos "pozos de la muerte".


Es posible que la verdadera importancia de los hallazgos sea, como piensa Carrano, el llegar a dilucidar por completo cómo la naturaleza pasó del enanismo al gigantismo en el Jurásico Medio.

Sin embargo, la notable y sorprendente historia de los tres "pozos de la muerte" chinos pasará a los anales de los acontecimientos extraños y los eventos asombrosos, a los que los científicos han logrado asomarse como detectives encargados de investigar extrañas muertes ocurridas 160 millones de años en el pasado.


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