TIEMPO DE DESCUENTO

Gustavo Bondoni

Argentina

Con frecuencia me he preguntado si las viejas leyendas serán ciertas. ¿Será verdad que el planeta original de nuestra raza orbita pacíficamente en alguna parte del cielo estrellado, en torno a un sol amarillo? Lo han dicho muchas veces. ¿Será cierto que los bisabuelos de la Gente vinieron a Zenlandia en máquinas capaces de hacer puente sobre el abismo? Esto no sólo los han repetido con igual frecuencia, sino que es apoyado por evidencia en forma de grandes cilindros de metal en la llanura que llamamos El Cementerio de Naves, artefactos que habrían llevado a cabo esta hazaña hace menos de cuatrocientos años. Se discute muy fuerte sobre la veracidad de esta especulación, pero esto no aquieta mi preocupación.

Temo darle crédito a las leyendas porque, si fueran ciertas, ¿no estamos acaso condenados a un futuro que es mejor no vislumbrar?


***


Hawthorne estaba sentado inmóvil, con una hoja arrugada en la mano.

Hacía tiempo que sospechaba que la guerra no iba bien. Durante las últimas semanas los reportes se habían tornado menos optimistas, las naves de suministro llegaban cada vez con menos frecuencia y sus capitanes estaban más y más evasivos.

Sin embargo, ni en la peor de sus pesadillas había imaginado que el sistema Ballisa podía caer. Ballisa se había mantenido firme durante veinte años, desde que los ejércitos de la humanidad se lo habían arrebatado a los andreanes al comienzo de la guerra. Se había transformado en un símbolo del esfuerzo bélico; más un estado mental que un lugar físico. La pérdida de ese sistema representaría un golpe tremendo para el ánimo de las tropas.

Pero para el Comandante Hawthorne representaba un problema más grande aún.

Superando su parálisis inicial, hizo señas de que viniera su equipo. Collins y Brooks llegaron con rapidez, y González momentos después. Todos sospechaban que se estaba gestando algo grande, y ahora se iban a enterar qué tan grande era.

—Sí, comandante —saludó la teniente April Collins, visiblemente ansiosa. Un pequeño tic nervioso hacía latir la esquina de su ojo izquierdo.

Hawthorne esperó a que González se sentara para entregar la hoja. Se la pasaron uno a otro casi en silencio, Collins exhalando fuertemente como si se desinflara, Brooks sin mostrar emoción. González sólo dijo: —Ballisa, por Dios.

Se quedaron sentados en silencio por unos momentos.

—Mayor González—dijo Hawthorne—, ¿hay alguna manera de que podamos traer suministros desde alguna zona del espacio controlada por la humanidad?

—No señor, el único sistema de agujero de gusano que tenemos registrado pasa por Ballisa. Otro camino sería altamente riesgoso, aunque podríamos intentarlo.

—Lo vamos a tener que intentar —dijo Hawthorne. Todos estaban conscientes de la gravedad de la situación, pero nadie quería decirlo en voz alta—. Con la caída de Ballisa estamos a trece años luz detrás de las líneas enemigas, imposibilitados de traer suministros o de comunicarnos con el resto de la humanidad. Es sólo cuestión de tiempo que los andreanes nos encuentren y tomen este planeta, y no podemos contar con que la flota nos defienda. Es más, no creo que tengan manera de llegar hasta aquí, y sospecho que estarán con problemas más grandes que los de un pequeño grupo abandonado en un planeta penal. Vamos a tener que intentar la evacuación del campamento.

González, el oficial de logística, indicó su desacuerdo con un movimiento lento de su cabeza. Hawhtorne le pidió que hable.

—Dos cosas —dijo, levantando un par de dedos —. La primera es que, simplemente, no tenemos suficientes naves en buenas condiciones como para evacuar a todos, y la segunda es que, aunque las tuviésemos, no me podrían convencer de abordar una. Preferiría el riesgo de escondernos y rezar, pidiendo que los andreanes no se den cuenta de que estamos aquí.

Collins asintió. —Salir al espacio en búsqueda de un agujero de gusano no registrado es suicida —dijo.

Brooks guardó silencio.

—Ya veo —dijo Hawthorne. Hizo una pausa—. Creo que dejaremos de lado la disciplina militar por un tiempo y le daremos a todos la opción de irse o de quedarse. Les explicamos la situación y les permitimos que elijan su destino. Y si hay más gente que quiere subir a las naves que naves disponibles, elegiremos los lugares por sorteo.

—¿Y los prisioneros? —preguntó Brooks.

Esta vez la pausa fue mucho más larga. La razón de la existencia de ese puesto perdido en las junglas del planeta era alojar los mil doscientos insectoides de raza andreana que estaban en el Sector de Contención Zenobiológica. Aquí, a años luz de cualquier planeta humano o andreano, se podía asumir con seguridad que la extraordinaria telepatía de largo alcance de los andreanes no les aportaría ayuda inmediata. La experiencia dictaba que los andreanes no escatimarían esfuerzos para liberar aunque fuera a un único prisionero.

Por fin Hawthorne habló.

—Lo voy a tener que pensar —dijo.


***


Como anciano de mi gente y descendiente directo de Hawk Thorn, el Fundador, recae en mí, como corresponde, guiarlos en tiempo de crisis. Los rumores están fuera de control, y los predicadores de desastres, silenciosos durante tanto tiempo, han surgido con toda su fuerza.

Debo consultar con los espíritus del antiguo templo, pero no puedo hacerlo sin sufrir una gran angustia. Los espíritus, siempre amargos, frecuentemente violentos, no son algo a lo que uno se expone con facilidad. Sin embargo, debo mantenerme fuerte y recordar que ese abuso sólo existe dentro de los confines de mi mente, y alimentar la esperanza de que uno de los espíritus esté de ánimo para iluminarme acerca de las señales que hemos visto.

Pero tengo poca esperanza en esto, ya que los espíritus nunca ayudan de forma deliberada. Viven en la penumbra del templo, aullando tristemente, sin poder descansar, víctimas de alguna atrocidad olvidada hace mucho.

Desde la Fundación, nuestra gente ha dependido de signos para sobrevivir. Usamos la migración de los reptiles para planificar el invierno, el eclipse lunar para comenzar la cosecha. Esperamos cada señal, la anticipamos y saludamos como un amigo. Algunas las enfrentamos con ansiedad, pero todas son fuente de tranquilidad para la gente.

Una estrella nueva en el firmamento debe ser una señal de magnitud colosal, pero las señales nuevas jamás son fuente de paz, y ésta es particularmente preocupante. Estoy seguro de que Dios nunca quiso que una estrella se moviera como lo hace ésta.


***


Hawthorne se estará volviendo loco, pensó April, pero sigue siendo el único líder que tenemos.

Ya no se consideraba la teniente Collins. Después del éxodo, había desaparecido toda señal de disciplina militar. Sólo doscientas personas del destacamento habían permanecido en el planeta. El resto había decidido arriesgar su vida en el espacio desconocido.

En cierta forma era comprensible. Después del anuncio se había esparcido el pánico. Y la sabiduría popular dictaba que los andreanes llegarían con toda su fuerza en cualquier momento. Mientras se abordaban las naves habían surgido peleas, muchas veces letales. Y todas las naves habían despegado críticamente sobrecargadas.

Caminando por el verde llano, April reflexionó acerca de los cambios que habían surgido en Hawthorne, algunos por necesidad y otros completamente inesperados, y los efectos que estaban teniendo en ella.

En primer lugar, la idea inicial de Hawthorne de ocultarse de los andreanes se había transformado en una obsesión que lo consumía. Había ordenado que se bajaran los satélites de sus órbitas. Luego desconectó los trasmisores terrestres y, como si no fuera suficiente con eso, ordenó que destruyeran sus componentes. Todo esto en pos de una seguridad que, como muchos sentían, sólo existía en su mente. Era muy posible que los andreanes supieran exactamente dónde se encontraban, y que la llegada del asalto fuera sólo una cuestión de tiempo.

Ella misma tenía serias dudas acerca del plan de Hawthorne. Pero considerando cómo se sentía acerca del hombre, eso no era nada inusual.

Le había fascinado la manera en que había tomado el control de lo que quedaba del destacamento luego del éxodo. Su liderazgo de ninguna manera estaba garantizado. Había tantas facciones como habitantes y ninguna esperanza real de reestablecer una jerarquía con Hawthorne en la cima.

Y la visión extrema que tenía acerca de la eliminación de la tecnología sólo hizo que las cosas le fueran más difíciles.

Sin embargo, a través de una combinación brillante de convincente oratoria, pasión desenfrenada y simple inteligencia, los había convencido uno tras otro. Y en el proceso, había retomado su lugar como líder de este pequeñísimo grupo de humanos varados trece años luz detrás de las líneas enemigas.

También se había ganado el respeto de April. Algunos días ella pensaba que se había ganado mucho más que el respeto que se debía a un oficial superior.

Otros días, en los que era brutalmente honesta consigo misma, sabía más allá de cualquier duda que estaba muy enamorada de él.

Habiendo sido una de las primeras en unirse a su causa, había permanecido como su más firme (¿más fanática?) aliada durante todo el proceso. Le había ayudado a eliminar metódicamente cada elemento que los unía con el universo exterior, salvo uno.

Y sabía que sólo el hecho de estar enamorada le permitía seguir poniendo un pie delante del otro. Para terminar la tarea.

April se aproximó por fin a la jaula de extraterrestres (el eufemismo "Sector de Contención Zenobiológica" había caído en desuso tiempo atrás), preguntándose si alguna de las personas que se habían subido a las naves habría sobrevivido a la odisea. Más allá de eso, también se preguntaba si quedarían humanos sobrevivientes en cualquier otra parte de la galaxia, o si la guerra al fin había llegado a una conclusión, transformando a este pequeño grupo de humanos del planeta penal en los únicos representantes de la especie.

Llegó a la jaula y caminó a través de las pantallas de contención, anillos concéntricos de cercos electromagnéticos que rodeaban una gran estructura de hormigón. Los humanos sentían sólo un leve cosquilleo al penetrar las pantallas, pero para los andreanes, con su estructura mental diferente, era una tortura. Para ellos cruzar uno de esos cercos era incapacitante, y dos probablemente letal, aunque esto era sólo teórico, ya que ninguno de los prisioneros había estado tan desesperado o estúpido como para intentarlo.

April se estacionó sobre el borde externo de la última pantalla. Aun con sus limitados sentidos humanos podía sentir la actividad de las mentes telepáticas de los andreanesconcentrándose, como siempre, en su arte. Ninguna superficie de la jaula estaba libre de garabatos extraterrestres de todo tipo: paredes pintadas, piedra esculpida. Habían tallado hasta el hormigón de las paredes, dando forma a siluetas de humanos, andreanes y otros seres inidentificables.

Un andreano solitario se acercó desde las profundidades sombrías de la jaula. Una de las primeras cosas que habían logrado observar luego de un estudio prolongado de andreanes en cautiverio era que no tenían un líder específico. Nunca era el mismo individuo el que recibía a los emisarios humanos. April pensó que eso debía ser, probablemente, a causa de su telepatía.

Ese día, sin embargo, las criaturas hicieron algo fuera de lo común: todos voltearon a mirarla mientras ella se acercaba.

Desde su descubrimiento se había caracterizados a los andreanes enemigos jurados de la humanidad, como la pura esencia del mal. Y April pensó que su apariencia era ideal para este rol.

Era poco probable que criaturas grandes, con exoesqueletos, mentalidad comunal y múltiples piernas capaces de leer mentes a distancias inconcebibles se llevaran bien con mamíferos individualistas con tendencia hacia la paranoia. Y la historia le dio la razón a esa imposibilidad.

Entonces, ¿por qué, de golpe, ella estaba en desacuerdo?

Había estado a cargo del mantenimiento, alimentación y observación de esos seres desde la creación el campo, y los había humanizado en su mente al punto de darle a algunos de ellos nombres humanos, surgidos de programas de holovideo, porque algunos de ellos se movían o gesticulaban de manera similar a algún actor.

Era difícil no hacer eso. A pesar de su apariencia exótica y múltiples piernas (nunca la misma cantidad en dos individuos), algunos gestos, sobre todo los movimientos continuos de sus cabezas, eran completamente humanos. Y el arte. El arte parecía cantarle de manera extraña, una mezcla de soledad y desesperación, pero con un núcleo de esperanza pura.

Ella suponía que las razas telepáticas deben adoptar, inevitablemente, pequeños hábitos y procesos de pensamiento de otras razas inteligentes con las que tienen contacto.

El emisario frotó sus piernas delanteras, calentado las membranas para hablarle. Su exoesqueleto negro brillaba en el sol.

Antes de que April pudiera abrir la boca, el insectoide le habló.

—No hagan esto —dijo.

Las barreras de idioma nunca han sido un problema con una raza telepática, y los andreanes podían producir un rango sorprendente de sonidos con sus membranas, aunque, al ser telepáticos, no conversaban entre ellos.

April lo miró fijo. Así que ya saben, pensó. Sacudió su cabeza. —Debemos hacerlo —dijo—. No tenemos opción.

—Siempre hay opciones —dijo el andreano.

—Pero no podemos arriesgarnos. No sabemos si quedan otros humanos en la galaxia —explicó April, como pidiendo comprensión—. ¿Y si somos los últimos? Debemos hacer todo lo necesario para sobrevivir. No podemos arriesgarnos a que vuestras señales telepáticas sean recibidas por su flota.

—Estamos dispuestos a prometerles no proyectar nuestros pensamientos.

—Yo les creo —dijo April—, pero no puedo arriesgar el futuro de toda la humanidad en esa promesa.

—Las promesas son sagradas para nuestra raza.

—Lo siento —dijo April. Se dio media vuelta.

—¡No! —gritó el andreano—. ¡Por lo menos dejen que uno de nosotros sobreviva! Si nos matan a todos, no habrá quien transfiera nuestro conocimiento, nuestra memorias, al resto de la raza. ¡No pueden hacer esto! Es una atrocidad de la más alta magnitud.

Y, diciendo esto, el andreano se abalanzó contra la pantalla.

April estaba tan sorprendida que apenas logró dar un paso atrás, pero fue suficiente. El andreano cayó a sus pies y April no pudo discernir si estaba muerto o tan sólo inconsciente. Un temblor pareció expandirse entre el resto de los alienígenas, como si ellos también hubiesen sentido el dolor de cruzar el cerco.

April se preparó para huir de otro inevitable ataque desesperado, pero los extraterrestres sobrevivientes no hicieron más que mirarla.

Y a pesar de su monstruosa apariencia insectil, esa mirada acusadora —ya que sabían, al haber leído la mente de April, que todos estarían muertos antes de que cayera la noche— de alguna manera era conmovedora.

Y muy humana.

April no se sorprendió de sentir lágrimas corriendo por sus mejillas al darse vuelta para retirarse.


***


La violencia fue la que esperaba, pero no estaba preparado para la sensación de exaltación, la felicidad, la sensación de venganza anticipada largamente. No he aprendido nada en el templo salvo que los espíritus, cuando el ánimo los domina, pueden ser peores que cualquier cosa imaginable. Su odio hacia todos los hombres vivientes derribó mis defensas más rígidamente construidas, y sólo logré retirarme del templo por puro instinto animal.

Sé que para salvar a la Gente de destruirse en un frenesí de pánico debo encontrar la explicación. Debo encontrar la fortaleza para levantarme y consultar de nuevo los libros de la sabiduría. Quizás haya algún pasaje en el tratado moral "Feria de Vanidades" que pueda iluminar esta encrucijada, ¿o será ésta la perdición predicha en la profecía metafórica "La Caída de la Casa de Usher"?

No tengo la respuesta aún, pero no puedo creer que los libros no sean de ayuda. Han sido la guía espiritual de nuestro pueblo durante toda nuestra historia. No pueden fallarnos ahora.

Pues en este breve interludio la nueva estrella ha crecido.


***


La biblioteca había sido depurada años antes, pero Hawthorne aún miraba los estantes por puro hábito paranoico, buscando cualquier cosa que pudiera poner en peligro el futuro de la colonia. Nada. Los estantes carecían de literatura técnica. Hasta habían quemado los textos fantásticos de la era victoriana que él juzgaba que tenían demasiado detalle científico.

Perder a Wells y a Verne, constantes compañeros en sus viajes entre las estrellas, le había dolido en el alma. Pero lo más difícil había sido deshacerse de Frankenstein. Lo había mantenido bajo llave durante años después de la destrucción de los otros libros.

Hasta la noche de la muerte de April.

Esa noche recordó por enésima vez que el enemigo del que se ocultaban era implacable y hasta podía cruzar la barrera de la muerte para tomar una vida humana.

April nunca había sido la misma luego de la ejecución de los andreanes, nunca había podido reconciliarse con el hecho de haber dado la orden de quitarles la vida. A pesar de la falta de una nota que explicara la decisión, Hawthorne había atribuido el suicidio a los andreanes, aunque otros pensaran distinto.

Esa misma noche, Frankenstein ardió. Ningún precio era demasiado para salvar el asentamiento. Lo recordaba como si fuera ayer. Oliendo el humo, sintiendo el dolor de la muerte de April.

—Abu, ¿estás bien?

Milo, el más joven de sus seis nietos, había entrado sigilosamente. Por un momento Hawthorne se encontró sin palabras, sorprendido, como siempre, ya que Milo le recordaba a April. El color y la textura del cabello, la línea de la mandíbula. Pero la verdad era que todos sus descendientes siempre se habían parecido más a ella que a él.

El niño parecía estar dudando de cómo reaccionar a este escrutinio silencioso de su ancestro, usualmente indulgente. Comenzaron a formarse lágrimas en sus ojos.

—Milo —dijo Hawthorne con en su voz más apacible—, no llores.

Y todo estaba bien de nuevo. Si sus palabras hubiesen sido un encantamiento mágico, no podrían haber tenido un efecto más inmediato o absoluto. El niño se enderezó y se olvidó de llorar, haciendo sonreír a su abuelo. ¡Ah, si la vida real fuera tan fácil!

—¿En qué pensabas, Abu?

—Libros. —La mirada era distante, pero Milo no lo notó.

—¿Libros? ¿Como éstos? —Milo indicó los estantes.

—Sí. Estos y muchos otros. Libros del pasado que ya no tengo.

—¿Por qué no?

—Porque eran peligrosos.

Milo miró los libros en los estantes. Era obvio que no le parecían peligrosos. Estiró un brazo y tocó tentativamente a uno de ellos. Su dedo se apoyó sobre Otelo, pero lo retiró con rapidez. Sólo luego de confirmar que no le había hecho daño dejó que su mano se acercara de nuevo al libro.

—El peligro no está en los libros mismos, sino en lo que está escrito dentro.

—¿Entonces, por qué te quedaste con éstos? —preguntó Milo. Retiró la edición de Otelo de su lugar sobre el estante.

—Porque los libros pueden decirnos quiénes somos, y de dónde venimos, para que nunca lo olvidemos.

—¡Yo soy Milo! Nunca lo voy a olvidar. —Pero aún así, el niño abrió el libro de manera reverente, como esperando que surgiera de sus páginas un mensaje divino.

Hawthorne trató de recordar la edad del niño. ¿Siete años? ¿Ocho? No hacía ninguna diferencia. Sabía que Milo no podía leer, y probablemente nunca se molestaría en aprender. Ya no era necesario.

Y él era el responsable.

Bajo su mirada observadora y frecuentemente tiránica, se había erradicado de la colonia toda señal de tecnología humana avanzada que podía representar un riesgo de detección desde el espacio.

Pero salvar a una generación no era suficiente. Hawthorne sabía que no duraría para guiarlos en el futuro.

Él había luchado contra los andreanes. Sabía cómo era eso. Futuras generaciones no lo sabrían y, desconociendo eso, minimizarían el riesgo al no ser seducidos por la comodidad que ofrecía la tecnología que Hawthorne había destruido. La naturaleza humana, simplemente, era así.

Todo esto significaba que no era suficiente eliminar la tecnología. El propio conocimiento de su existencia debía ser borrado.

Y él lo había hecho.

Habían usado tratados técnicos para crear una cultura agrícola semejante a la edad de piedra, y luego los habían destruido. Los generadores, motores de fusión, equipo de tri-D, ficheros de almacenamiento, todo fue destruido.

Habían eliminado hasta el armamento. Esto casi causó un motín, pero Hawthorne hizo notar que contra la fuerza acumulada de la flota andreana, un par de rifles de plasma no iban a ser demasiado efectivos. La única esperanza era esconderse. Y rezar.

Y se escondieron. Lo que al principio parecía un sueño imposible se había tornado, con el tiempo, en el estado natural de las cosas. Y ahora sus nietos consideraban a los andreanes como un cuento de hadas, viajar por el espacio una leyenda, y leer era algo para dioses y ancianos.


Ilustración: Guillermo Romano

Mientras tanto, el niño estaba sentado alegremente a su lado, simulando leer el libro, inventando significados para las extrañas marcas en la hoja, creando un mundo que Shakespeare jamás hubiera soñado. Milo se mantendría para siempre ignorante del peso que su abuelo llevaba en su alma, ignorante de que el anciano sentado a su lado se preguntaba todos los días si, de hecho, había tomado la decisión correcta.

El peso del liderazgo, al menos, ya no era cosa suya. Había pasado a otra generación el mismo día de la muerte de April. Pero nunca podría transferir la responsabilidad de lo que había hecho. Esa enormidad por siempre viviría en él.

El niño finalmente salió en búsqueda de otros entretenimientos, sin notar el silencio que tanta angustia le había provocado antes. Dejó a su abuelo solo con sus pensamientos.

Hawthorne sabía que no le quedaba mucho tiempo, y que debía disfrutar de releer su amado tomo de Cumbres Borrascosas, feliz con la seguridad de su colonia y más aún de que su fetichismo por los libros antiguos le hubiese permitido, al menos, salvar una pequeña sección de la cultura humana para las generaciones venideras.

La muerte debía hallarlo feliz, firme en el conocimiento de que había logrado el objetivo para el cual había sido entrenado desde el primer día de la escuela de oficiales: les había quitado a los andreanes su premio final.

Pero sabía que no moriría feliz.


***


Mi pensamiento, mientras observo el progreso de la bola de fuego que desciende del cielo, es que realmente deseo que sólo sea una estrella que me borre del planeta con su caída.

Pero, mientras se acerca puedo ver que está corrigiendo su trayectoria para venir directo hacia mí, y corrigiéndola de nuevo. Ya no puedo fingir que es una estrella.

Estoy solo, mi gente desperdigada como polvo, pero es por ellos que me preocupo. Soy viejo y tengo poco que perder, pero ellos serán testigos de la veracidad de nuestras leyendas.

Ahora puedo maravillarme de mi arrogancia. ¿Cuántas veces me mofé de una leyenda, aclamando que el que la proponía era un bufón supersticioso? Y ahora no puedo negar el hecho de la existencia de la máquina de las estrellas, a menos que quiera negar la evidencia de mis propios ojos.

No tengo pruebas de que sea una máquina construida para hacer el puente que cruza el golfo que hay entre las estrellas. Pero lo sé. A pesar de mi premonición, me mantendré firme y saludaré lo que emerja, representando con nobleza a la Gente y trayendo paz y entendimiento. Que Dios ayude a que así sea.

Pero, por algún motivo, mientras espero, resuelto, en esta ocasión monumental, imagino las voces de los espíritus en mi mente, y emiten un sonido sorprendente, desconcertante.

Un sonido muy similar a la risa.



Gustavo Bondoni es un autor argentino que escribe principalmente en inglés. Su obra ha sido editada —impresa y en internet— en Europa, Canadá y Estados Unidos. Sus trabajos de ciencia ficción fueron publicados en Ruins Extraterrestrial, Escape Velocity, Jupiter, Scribal Tales y Science Fiction (Dinamarca). También ha publicado obras de otros géneros. Este cuento apareció originalmente en la antología de ciencia ficción Ruins Extraterrestrial por la casa estadounidense Hadley Rille Books. Esta es la primera vez que la obra de Gustavo aparece en castellano. Su sitio de internet (en inglés) está en: http://bondo-ba.livejournal.com/


Este cuento se vincula temáticamente con "Perfeccionismo rigeliano", de José María Tamparillas (161), "Comer con el pico y batir las alas hasta que haya máquinas en el cielo", de Carlos Suchowolski (175) y "Éste es tu cuerpo", de Claudio Amodeo (165)


Axxón 182 - febrero de 2008
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Contacto: Guerra interestelar: Argentina: Argentino).

            

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