EL ÁRBOL MALDITO

Carlos Almira Picazo

España

La alusión más antigua conocida al árbol maldito es un verso oscuro de los Uppanishads. En algunas traducciones es una higuera; en otras, un acebo; en otras, un rododendro. En todas se señala su extraña cualidad de producir la muerte, aunque sin indicar cómo.

La primera concreción al respecto figura en una frase del Evangelio de Tomás: Jesús maldice un pequeño árbol espinoso antes de entrar en Jerusalén, comparándolo con la acogida de su Mensaje por el género humano. Más tarde, San Agustín, Orígenes, Eusebio de Cesárea y San Jerónimo, entre otros, adjudican tal mención a la higuera donde, según algunos sinópticos, se ahorcó Judas. El texto de Tomás no dice nada de ello, pero el hecho de que los cuatro autores coincidan le da visos de verosimilitud. Por su parte, además, San Agustín hace remontar los orígenes del árbol al Jardín del Paraíso, contradiciendo la Tradición del manzano. Todos ellos apuntan a que las palabras del Maestro renuevan una maldición antigua. De esta forma, sin proponérselo, establecen una conexión entre la higuera de Tomás y el misterioso árbol de los Uppanishads.

Hay que esperar casi mil años, aparte de algunos fragmentos gnósticos y árabes, para encontrar la siguiente alusión, esta vez un cerezo, en un texto de la secta budista Senryu Kiuju, en el Japón de comienzos de la Era Tokugawa: tal texto describe cómo un monje de dicha secta, destruida por Oda Nobunaga a finales del siglo XVI, regaló a éste un cerezo diseñado para asesinarlo. El árbol en cuestión tendría la cualidad de inducir a quien pasase a una cierta distancia de él o se acomodase a su sombra, el deseo irreprimible de ahorcarse. Como es sabido, Oda Nobunaga murió antes, traicionado por uno de sus generales, junto a uno de sus hijos. El texto en cuestión desapareció en el bombardeo de Tokio durante la Segunda Guerra Mundial, pero hay una alusión a él en la novela "Yo, el Gato", del escritor japonés de principios del siglo XX, Soseki Natsume. Es de suponer que recoge una tradición más antigua.

Todas las referencias posteriores al árbol maldito son, cuando menos, confusas: la policía de Scotland Yard constata un índice llamativamente alto de suicidios por ahorcamiento en Hyde Park, a comienzos del siglo XIX, en plena era romántica; más tarde, puede leerse en el diario de un soldado de Napoleón durante la desastrosa campaña de Rusia, la descripción de un enorme aliso, cubierto de ahorcados en las afueras de Moscú en llamas; en una pequeña iglesia de Bruselas hay un documento muy curioso, una confesión de una tal Marie Landé que hace alusión a un bosque de ahorcados en movimiento; el secretario de Mustafá Kemal describió hace mucho tiempo cómo, tras derrocar al último Sultán de Estambul, se halló en uno de sus serrallos un árbol monstruoso donde se castigaba a los malos sirvientes, sin especificar más. Por último, en la descripción de un oficial del Ejército Rojo de un Campo de Exterminio próximo a Varsovia, se pormenoriza cómo su comandante hacía ahorcar periódicamente a internos escogidos semanalmente al azar, en el robusto Enebro de su jardín donde se columpiaban sus hijos. Después vuelve a perderse todo rastro del árbol hasta los años inmediatos al último gran cambio climático.

El profesor Merckel releyó, insatisfecho como de costumbre, su informe; tachó y rehizo alguna frase; retocó el estilo en general, con un prurito de vanidad; y tomó varias notas más para continuar al día siguiente. Luego lo guardó entre otros papeles y libros en un cajón, que cerró con una llave diminuta; miró distraído al patio de cemento desnudo que se extendía borroso, tras la ventana; apagó la luz, y se dispuso a dormir.

Durmió mal, pese a la media tableta de somníferos que engulló con un vaso de agua. Sólo logró enturbiar un poco su cerebro. Por todos los resquicios de su ser se colaba el dichoso informe.

Era un mal asunto, lo sabía, pero ¿cómo negarse? El profesor Merckel ya no era un chico. Si alguna vez había padecido la veleidad romántica de la rebeldía, la había dejado atrás hacía mucho tiempo. Por otra parte, pensaba con orgullo, era el único capacitado para reunir aquella información. Y puede que todo aquello, en fin, no fuese tan inocuo e infantil como a todas luces parecía.

Al día siguiente, antes de las cinco de la mañana, volvió a ocupar su mesa, abrió el cajón de su escritorio y retomó sus escritos. La Residencia Militar donde se alojaba temporalmente se hallaba en pleno bosque, aislada del resto del mundo por imponentes zanjas y muros. Lo envolvió momentáneamente en su paz engañosa.

Al instante se dio cuenta de que aún no había explicado el objeto de toda aquella historia aparentemente absurda. Aquel informe encargado por el gobierno pasaría por manos no expertas. Se imaginó la sonrisa de los altos mandos militares, de los agentes, de los políticos, al topar con aquello de la confesión de Marie Landé en vísperas de la Primera Guerra mundial, doscientos años atrás. ¿En qué podía afectar aquello a la seguridad de Ciudad Feliz? Inmediatamente deseó no haber aceptado, lo perdía la vanidad, el maldito orgullo. Vio, como en una ráfaga, el macizo despacho del Subsecretario de Defensa, y volvió a oír su voz acariciadora, melosa, falsa, y traicionera, y se maldijo por haber aceptado aquel trabajo histórico. Todos estos sabios acaban chiflados, le pareció oír. Y los corrillos y los murmullos en los recovecos de los grandes despachos, en los vastos salones de recepción de las Embajadas, en las salas de los palacios, en las salitas y las cocinas de los apartamentos, en la calle. En suma, llegaron a él.

—Necesitamos ese informe, y no hay nadie más cualificado que usted.

Jan Merckel se removió y la silla, una antigualla, chirrió bajo su peso. Alto, robusto, y macizo; de cuello ancho; pelo abundante y encrespado; manos fuertes; aire juvenil, en suma, dueño de un aspecto físico que contradecía flagrantemente no sólo su edad sino también su profesión, no se sentía satisfecho aquella mañana funesta. De pronto añoró sus clases en la Universidad, las vacaciones, y las fiestas y ceremonias absurdas en que siempre lo enredaban (gracias a Cristina, su mujer). Al menos tenían unos límites precisos, obedecían a reglas convencionales, establecidas: horarios, programas, fines, utilidad o mera diversión. Aquel informe sobre la historia de las supersticiones relativas a un árbol maldito, que ni siquiera pertenecía a una especie concreta, en cambio, parecía una cosa de locos. Ganas le estaban dando de salir, adentrarse en la oscuridad maciza del bosque empapado, donde ya se escuchaban los primeros ruidos. La mañana se acercaba sin que le viniesen a él las ideas. En ese momento sonó el timbre, alguien apareció con la bandeja del desayuno y oyó que le daban los buenos días.

Los últimos flecos de su reminiscencia se disiparon. Con todo, recordó con orgullo que él no había aceptado de inmediato. No comprendía el asunto. El subsecretario tuvo que emplearse a fondo, recurrir a la persuasión, entreverada de amenazas veladas, abiertas, para convencerle. Era necesario, imprescindible, que el doctor Merckel elaborara aquel informe, por supuesto en secreto. Como él sabía muy bien, los bosques llevaban años, desde el último cambio climático, disputándole al género humano cada palmo de tierra., desde los Polos hasta el Ecuador. Por otra parte, los casos de hechicería y superstición no eran cosa a tomar siempre a broma, y la Ciencia no podía explicarlo todo. Una jungla verde de árboles endemoniados como aquelpodía devorar una ciudad, un continente entero, en pocos días, suponiendo que hubiese tal continente aún:

—Querrá usted decir que induciría al suicidio colectivo.

—¡Es igual!

Después extendió rápidamente la mano sobre la mesa pulida como un espejo, y la enterró en la suya de gigante.

—En la Base le darán todo lo que necesite. Y ahora, si me lo permite... ¡Buena suerte y al trabajo!

Así ocurrió.

La Base Militar donde trabajaba de incógnito (a excepción del comandante de la misma nadie lo conocía, ni siquiera Cristina lo sabía, le creía en una gira científica por Europa, ¡aún creía que existía la vieja Europa!), se elevaba, o más bien se incrustaba en la punta de una roca escarpada, defendida por un ancho foso. ¡Quién iba a imaginar cuarenta o cincuenta años atrás que aquella arquitectura militar a base de murallas, torres, albarranas y fosos, propia de otras épocas, volvería a ser útil, imprescindible, no contra ejércitos de cruzados sino contra la vegetación, el bosque!

Jan Merckel tuvo que aprenderse minuciosamente el reglamento de la base tal como de escolar memorizaba la anticuada Tabla Periódica de los Elementos. Cualquier error podía ser fatal.

A menudo, en la profundidad de la noche, lo despertaban las alarmas, las sirenas con que las partidas incendiarias se avisaban unas a otras en las entrañas de la jungla. Una vasta y permanente muralla rojiza de fuego entreverado de humo cubría el brillante horizonte, de un verde lujurioso. Con todo, según los informes, el bosque avanzaba un palmo de promedio cada día. Pronto estaría en las puertas de Ciudad Feliz, en el fondo del valle. Después escalaría pacientemente la montaña, tal vez un palmo cada semana si las partidas se empleaban a fondo, hasta alcanzar la Base, para convertirla finalmente en el único islote de vida a muchos kilómetros a la redonda. Por poco tiempo.

Era inexorable. Hacía mucho tiempo que Jan Merckel, que cualquiera con una mínima ilustración, sabía que se trataba de una lucha perdida de antemano desde el principio. Por supuesto, ellos arañarían unos años, tal vez un siglo más, a lo que quedase de la antigua Civilización Humana. Luego vendría el imperio verde, mortal, del bosque, bajo una lluvia que no cesaba día y noche, entre vientos huracanados y los sonidos intermitentes, como de fantasmas en fuga, de los grandes insectos semejantes, según los biólogos, a los que dominaron la tierra durante el Carbonífero, antes de la aparición de los dinosaurios.

Jan Merckel se había acostumbrado hacía tiempo al sonido de la lluvia, que jamás cesaba. Hasta el extremo de que tenía que pararse a pensar para escucharla. Pero recordaba aún cómo, en su adolescencia, los días de lluvia lo tranquilizaban, y le ayudaban a concentrarse en sus estudios, sus problemas, y sus cálculos. Entonces relucía casi siempre el sol. El cielo, pletórico y azul, se dejaba acariciar por nubes inofensivas y vagabundas. ¿Cómo puede cambiar el mundo en tan poco tiempo? Uno podía pasearse por las ciudades (la mayoría de ellas ya habían desaparecido, tragadas por la vegetación y el "Mal del Oxígeno"), sin necesidad de mascarilla; respirar a pleno pulmón el peculiar olor de cada estación sin temor a emborracharse, a envenenarse, por la sobreabundancia de oxígeno que producía continuamente el bosque; podía mirar con simpatía los parques y los jardines que adornaban, inofensivos, esas ciudades desaparecidas, borradas para siempre de la faz de la tierra, primero los edificios y la gente, luego los recuerdos, hasta el último vestigio de su existencia; podía embelesarse en los grandes libros llenos de estampas con los serrallos de Oriente, las grandes fuentes Barrocas, los balcones de las operetas, las plazas, cubiertos de plantas, flores, insectos y pájaros completamente inocuos. Todo lo que entonces alegraba la vida y ahora la mataba. Ahora cultivar un simple rosal, un sencillo geranio, requería una licencia especial casi imposible de obtener, salvo para fines científicos o prácticos aprobados por el Gobierno. Suponiendo que a alguien aún le quedaran ganas y restos de simpatía hacia todo aquello.

Cuántas historias circulaban sobre partidas incendiarias extraviadas en pleno bosque, por el simple hecho de respirar, agotado el oxígeno de las mascarillas, sólo durante unos segundos aquel aire envenenado por el oxígeno. Cuántos supervivientes enloquecidos, muchos ya para siempre, por aquella borrachera momentánea pero fatal, definitiva, hablaban y hablaban con el discurso recurrente de los locos, sin que fuese posible averiguar dónde terminaba la verdad del recuerdo y empezaba la experiencia vívida y alucinada de la pesadilla. Incluso equipos de biólogos, de especialistas entrenados, enviados por el Gobierno expresamente para estudiar la flora y la fauna de aquel mundo aberrante que los acorralaba, implacable, y donde por lo demás no podían adentrarse mucho por la limitada autonomía de las bombonas de las mascarillas, regresaban exaltados, embriagados por sus propias fábulas, como los primeros aventureros, los sencillos pobladores del Nuevo Mundo. Viajes de pocos kilómetros hacia el interior de la selva revestían así un carácter fantástico, los hacían retroceder así años, hasta la infancia, con una fantasía digna de Marco Polo.

Hacía pues lustros que Ciudad feliz y la Fortaleza que la coronaba y la custodiaba, no mantenían ningún contacto con otras ciudades de ninguno de ambos Hemisferios, pues era imposible atravesar el océano verde: también por el aire, el oxígeno desmenuzaba en pocos minutos cualquier aleación, hasta descascarillar la aeronave mejor equipada, aislada y protegida imaginable. De hecho ya no se organizaban viajes humanos, ni exploraciones más allá del perímetro de cincuenta o sesenta kilómetros en torno a Ciudad Feliz, que constituía el último frente de lucha con el bosque, en aquella guerra perdida y silenciosa. Sí se seguían enviando en cambio mensajes por onda, aunque siempre sin respuesta, ya por pura rutina, y por temor a reconocer el fracaso. Reconocer el propio fracaso.

Comparado con aquello, su informe sobre el árbol maldito resultaba tan absurdo como las mortíferas avispas, arañas, moscas, libélulas y mariposas venenosas, gigantescas, que poblaban los cielos y los árboles de los viajeros enloquecidos. Con todo, había que hacerlo, como había que luchar. El oxígeno que mataba también favorecía, en determinadas condiciones (que, por otra parte, no se podían al menos de momento, programar en laboratorio), las llamas con que a veces las partidas, hacían retroceder unos milímetros, unos centímetros, aunque fuese momentáneamente, al bosque. Y tales victorias eran celebradas y amplificadas hasta la nausea, por la propaganda del Gobierno, precisamente para combatir el desánimo. Pues el desánimo es el fin.

Jan Merckel se agradeció el desayuno, apartó sus papeles para hacer sitio en la mesa, y sonrió sin un motivo aparente, sin apartar la vista de la ventana empapada por la lluvia continua.

Una cosa lleva a otra, pensó. La derrota inevitable de la humanidad, reducida a una sola ciudad, no era algo nuevo. Jan Merckel sabía perfectamente que en los tiempos antiguos la mayoría de los pueblos, incluidos los más civilizados, griegos, egipcios, etc, se consideraban los únicos seres verdaderamente humanos del mundo. De ahí el término "bárbaro" aplicado al resto de la humanidad. Claro está que las elites de esas pequeñas ciudades y de esos imperios, se sonreirían ante el sentido literal de esta creencia absurda. Pero ¿quién le aseguraba que mientras sus filósofos, geógrafos, médicos, estudiaban al ser humano, los campesinos e incluso los comerciantes no estaban convencidos de ello, de ser los únicos habitante humanos del planeta? Con todo, la situación presente era distinta en un punto esencial: Ciudad feliz no tenía noticias, desde hacía décadas, de la existencia de otras agrupaciones humanas. El Gobierno se las inventaba. Y, como en otras épocas, la mayoría las creía.

Ergo, el género humano estaba a punto de desaparecer. Sin embargo, no dejaba de resultar irónico que parte de la propaganda contra el derrotismo y la austeridad, a la que se dedicaba casi la mitad de los recursos del Gobierno (la otra mitad se destinaba a sostener la gigantesca máquina administrativa y a las partidas incendiarias), no dejaba de ser chocante que en la propia Ciudad Feliz proliferasen los invernaderos, los parque, los jardines y los zoológicos exclusivamente públicos. Formaba parte de la cultura verde, que el Gobierno propagaba con éxito en casas y escuelas: el amor a la Naturaleza, que estaba aniquilando al ser humano, en una especie de revancha acelerada, era una especie de antídoto contra el desánimo que suponía reconocer al enemigo, y calibrar su indiscutible superioridad. El ecologismo y la poesía del paisaje habían, pues, arraigado en la masa de los Felicinos. Y a ningún ciudadano de a pie se le hubiese ocurrido proclamar, tal vez ni siquiera pensar, que él y sus conciudadanos eran los únicos, los últimos representantes del género humano en la Tierra por culpa de esa misma naturaleza que se adoraba en las escuelas. Tal derrotismo, como pisotear, tronchar o arrancar una planta, o maltratar a un animal, estaba castigado con el destierro al mundo exterior, es decir, a los bosques, a la muerte.

Hacía años, Jan Merckel había asistido a uno de esos primeros Grandes Procesos contra los malos ciudadanos. Aún recordaba la sonrisa imberbe del juez, sus palabras suaves, escogidas, melosas, cuidadosamente modeladas, mientras jugueteaba con los lentes en el tablero pulido como un espejo, al emitir la sentencia de destierro perpetuo a los bosques contra una familia entera por antiecologismo y pensamiento insolidario: "vais a la Naturaleza que habéis despreciado y maltratado", les dijo, "ojalá ella sea más justa y generosa con vosotros".

Una condena a muerte.

Jan Merckel tenía la suficiente edad para recordar la construcción de la gran burbuja que protegía la atmósfera de Ciudad Feliz. A diferencia de la Fortaleza, por cuyas murallas y patios desnudos (puesto que aquí la propaganda verde era totalmente innecesaria, y hubiera rayado en el sarcasmo), no se podía circular sin una mascarilla, la Ciudad de los felicinos estaba completamente cubierta y protegida por una gruesa y sólida mampara de cristal transparente, que reproducía mediante un complejo sistema de reflectores y proyectores, en un majestuoso y permanente efecto óptico, el azul del cielo, el paso de las nubes, e incluso la lluvia enemiga, en realidad provocada periódicamente dentro de la burbuja, para crear la ilusión de las estaciones. Los felicinos tenían así la sensación, la convicción, de vivir inmersos en la naturaleza, exactamente igual que sus antepasados y sus contemporáneos, de cuyas ciudades y mundos ya inexistentes, gobiernos, filmes, libros, lenguas, hallazgos e historia imaginarios, recibían cumplida y machacona información desde la escuela y en los Paneles Ciudadanos. Ningún felicino necesitaba palparlo ni verlo con sus propios ojos para creerlo. ¿No era algo de puro sentido común que hubiese un cielo, y nubes y lluvia de vez en cuando? Tampoco en su juventud Jan Merckel había necesitado ir a China para creer en su existencia, como no necesitaba hacerlo ahora para saber que ya no existía. Siempre quedaría el consuelo, la esperanza, imposible de desarraigar por completo del ser humano, de que en algún rincón del Universo floreciese alguna otra Civilización más afortunada. En esto era uno de los pocos.

Aquella enorme cúpula de cristal fue, además, ¿por qué no reconocerlo?, el último gran éxito tecnológico de la Civilización Humana. Aparte de soportar una descarga permanente de toneladas de agua de lluvia oxigenada, debía resistir incólume las devastadoras tempestades y tormentas, los huracanes que sacudían cada minuto, desde hacía ya décadas, el mundo exterior de los bosques, así como el efecto corrosivo y letal del sobre oxígeno. Pese a todo, los ingenieros y los físicos lo habían conseguido, y aquella era su obra maestra, la última, y era suficiente.

Ingenieros, Físicos y Economistas también consiguieron lo que hasta entonces había sido un sueño inalcanzable de la Humanidad: acabar con la pobreza. Ciudad Feliz podía enorgullecerse de no haber conocido jamás una sola crisis económica, y de haber resuelto, dentro de su perímetro, el problema, el auténtico nudo gordiano, de la energía. No había crisis, pues cada ciudadano estaba obligado a consumir diariamente todo lo que ganaba, e incluso a endeudarse (se otorgaban medallas y diplomas y premios y distinciones, por categorías en función de la cuantía de las deudas, al igual que se perseguía y se castigaba el ahorro y el no consumo con el ostracismo y el destierro a los bosques, la muerte). Por su parte, el propio oxígeno verde que amenazaba con engullir a la última Civilización Humana proporcionaba a los felicinos, a los reactores incrustados en sus murallas, en sus arrabales, una fuente de energía inagotable. No dejaba de ser curioso, incluso irónico, que precisamente al final de su Historia la Humanidad hubiese resuelto sus principales problemasy realizado sus sueños.


Ilustración: Guillermo Vidal

Para ello fue necesario perder cosas tal vez valiosísimas, convencer y castigar: renunciar a la propia individualidad, al uno mismo, en beneficio del grupo; ir siempre donde van los otros, a los hipercomercios, drugstores, agencias de ocio, telecines musicales, para gastarlo todo antes del toque de queda, aún en objetos y placeres ínfimos e inútiles (cuanto más ínfimos e inútiles, mejor vistos); olvidarse como de una quimera criminal de la paz de la lectura solitaria (en las Bibliotecas se leía ya por turnos, siempre las mismas obras, en voz alta, balanceando rítmicamente la cabeza y el cuerpo); del gozo de un simple paseo, del disfrute de un paisaje o una calle; del fresco gratuito del agua de una fuente gratuita; aceptar la vigilancia continua, implacable, minuciosa, de sus vidas por máquinas y seres humanos casi máquinas, y ser también parte de esa vigilancia; o eso, o el rechazo, el silencio, y el bosque. La muerte.

Aunque nadie sabía a ciencia cierta qué había en el mundo exterior más allá de las murallas, aparte de la fortaleza, una cosa era cierta: ningún desterrado había vuelto jamás.

Por otra parte, Jan Merckel pensó en las ventajas indudables de alojarse en la fortaleza, fuera de Ciudad Feliz, que acababa de añorar hacía un momento: aquí no había que cumplir las reglas del consumo; ni siquiera circulaban los odiosos orsiks de plomo; todo se adquiría mediante vales o era asignado a cada residente por las autoridades militares de la base, en función de sus necesidades. Jan Merckel pensaba a menudo en esto con alivio: en la fortaleza disponía de su tiempo libre, no estaba obligado a consumir todo su salario al final de la jornada de trabajo, ni a rendir cuentas a nadie de sus orsiks; nadie le vigilaba, y no se registraban su basura, ni sus movimientos bancarios; no se elaboraban minuciosos informes sobre los lugares y las gentes que frecuentaba, y aquellos que no frecuentaba nunca, ni sobre sus opiniones, dejadas caer al acaso, al vuelo, en un autobús o en un bar de veinticuatro horas; podía apagar la luz y saborear la oscuridad, el silencio, sin temor a que su cuenta de gasto mensual fuese demasiado exigua, sospechosamente magra; incluso podía tener pensamientos propios, antisistema y emitir, de cuando en cuando, bajo la envoltura de la broma, alguna opinión antisocial y aristocrática. Ya se ha dicho lo absurda que resultaba allí la propaganda verde y pacifista. Desde su mesa de trabajo, bajo la ventana, observó el resplandor del fuego de la última partida incendiaria enviada en vano contra el bosque.

Jan Merckel se levantó, paseó hasta la puerta, de vuelta a la ventana, las manos a la espalda, el cuerpo de gigante ligeramente vencido. Sorbió un poco de café, amargo como a él le gustaba, y mosdisqueó el último pedazo de bizcocho integral, dejando escapar una risa nerviosa, extraña. Una vez había deslizado cien orsiks en el bolsillo de su colega, el matemático Efraín Volg. ¡Qué apuro debió sentir el pobre cuando, diez minutos antes del toque de queda, ya en el umbral de la residencia universitaria donde entonces vivían ambos, descubrió el billete arrugado en su bolsillo como si fuese un frasco de veneno! Siempre se reía con una risa silbante al recordar aquella broma y otras parecidas. El humor lo había salvado.

Al fin se sentó dispuesto a terminar el dichoso informe. ¿Qué ocurriría si aquel árbol maldito existiera en realidad en alguna parte y se propagara, se reprodujera realmente en el bosque? Se imaginó a todos los habitantes de la Fortaleza y de Ciudad Feliz corriendo, empujándose, atropellándose unos a otros, para ser los primeros en ahorcarse en el bosque maldito. Casi suelta una carcajada. Se imaginó un bosque de ahorcados balanceándose, flotando en las tinieblas empapadas, y le vino a la mente la extraña confesión de Marie Landé en vísperas de aquella guerra remota, olvidada. Al menos la gente ya no emprendía guerras desde que el bosque la devoraba, suponiendo que hubiera más seres humanos en alguna parte, tan ocupados como ellos luchando contra el bosque como ellos, para guerrear como en el pasado. Pero incluso las guerras entre humanos tenían algo entrañable comparado con aquello. La Paz había llegado por fin a la Humanidad.

Bromas aparte, el asunto era serio. Debía rastrear todas las fuentes conocidas que hicieran referencia al árbol maldito, hasta que su rastro desapareciera. Era de locos, pero era un asunto serio, y feo. Jan Merckel encendió un cigarrillo sin nicotina, otra de las ventajas de vivir en la Fortaleza, y dejó vagar sus ojos sobre los papeles desparramados en el escritorio. Arrojó una bocanada de humo, ajustó su estenógrafo, y se dispuso a escribir. Aunque sabía lo que iba a hacer.


Había sido más fácil de lo que esperaba. Tras el primer patio y el segundo, Jan Merckel alcanzó la muralla. Aparte del aguacero no había en la Fortaleza otro signo de vida.

Ningún felicino uniformado le dio el alto, ni saltó ninguna alarma. La noche envolvió a Jan Merckel en cuanto apagó la luz. Se guardó la llavecita y se colocó la mascarilla dorada contra la cara. Mientras se escabullía por los pasillos desiertos, pensó que así debían deslizarse los gatos por los tejados y las cocinas en plena noche en su infancia. A lo lejos resonaron unos pasos.

Al fin escuchaba la lluvia. Vislumbró dos o tres estrellas que desaparecieron de inmediato, sendos guiños de la Eternidad. Y prosiguió su fuga regocijado por el recuerdo de lo ridículos, circenses, estrambóticos, que resultaban los felicinos uniformados, con o sin sus lanzallamas. Pero si hubiese topado con alguno le habría disparado sin pensarlo.

En la muralla se llevó la primera sorpresa: la garita estaba vacía. Corrió hacia los fosos como un espectro enmascarado, como un gigante; de pronto había recobrado su niñez y, tomando impulso, saltó.

Eran fosos estrechos en algunos puntos, sin puentes permanentes, porque no estaban diseñados contra hombres ni fieras, sino contra el bosque, perfectamente visibles de noche por la cal que recubría el fondo, semejante a un osario, destinada a evitar que arraigasen las semillas.

Jan Merckel echó un último vistazo a la muralla, imponente y melancólica a sus espaldas. Luego avanzó con precaución, con dificultad, entre la cerrada trabazón de la vegetación desconocida.

Observó algunos árboles, especies quizás nuevas, desconocidas para él, que parecían emitir un silbido monótono y lúgubre. Luego trató de ver el cielo envenenado de azul oxígeno mortífero, del que tantas historias se contaban, que se parecía al arco iris o al ónice deslustrado, sumergido en el agua. Las ramas y las hojas, fuertemente entrelazadas, abrazadas como borrachos, lo cubrían todo como un dosel que, sin embargo, no impedía que la lluvia resbalase, cayese en grandes goterones.

Su mascarilla le proporcionaría oxígeno para unas dos o tres horas. Lo suficiente para adentrarse en la selva más que cualquier patrulla incendiaria que hubiese regresado.

No tardó en alcanzar la ribera del primer río: una cinta negra, tortuosa y brillante encerrada en un estrecho corredor, entre paredes casi verticales. Aquí y allá, en los raros remolinos, asomaban piedras semejantes a nenúfares. Recordó los mortíferos insectos de los que tanto hablaban los viajeros y se sorprendió de seguir vivo, de no haber visto ninguno aún.

Tras la lluvia sonaba la extraña música del bosque, amenazante.

Comenzó a salvar un vado tras otro, estrechos, con precaución. Bajo sus pies, en el agua, creyó ver resbalar una sombra. Su propia sombra, o la de un pez noctámbulo. ¿Quién sabía? ¿Quién sabe nada?

Se perdió en la noche perpetua del bosque.



Carlos Almira Picazo nació en Castellón, España, hace 42 años. Se doctoró en Historia por la Universidad de Granada. Y se dedicó sobre todo, a vivir de sus clases y a escribir: ensayos, novelas, cuentos y poesía. Así lleva desde mediados de los años ochenta. Hasta la fecha ha publicado: en papel, un ensayo sobre la Dictadura del general Franco (editorial Comares, Granada, 1997); una novela heterodoxa sobre la vida y muerte Jesús de Nazaret (editorial Entrelíneas, Madrid 2005); y en internet, una novela sobre el posible futuro de un país de América latina, imaginario, (revista Prometheus mdq, n° 22 abril de 2007). En la actualidad trabaja en una colección de cuentos y en una novela histórica sobre la antigua Roma. En Axxón hemos publicado su cuento "Lobo" (175).


Este cuento se vincula temáticamente con "ECOLOGÍA APLICADA", de Sergio Mars (113), "UN BOSQUE INSTANTÁNEO", de Rodolfo García Quiroga (110) y "KAISHAKU", de Yoss (142)


Axxón 183 - marzo de 2008
Cuento de autor europeo (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Ecología : Extinción: Autoritarismo : España : Español).

            

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