RAZONES PARA NO PUBLICAR

Gregory Benford

EEUU

Roger hizo el mayor descubrimiento científico de la historia al notar una inestabilidad en su ojo derecho.

Caminaba solo, en las altas Sierras del valle Glass Creek, un fresco día de otoño. La inestabilidad no era el aleteo de un pájaro, sino un árbol entero que se enfocaba y desenfocaba, mientras la luz lo atravesaba en haces oblicuos, sobrenaturales. Lo observó un rato y luego avanzó hasta quedar debajo de aquel pino. La corteza se sentía suave al tacto, pero se la veía fisurada. Perfumaba el aire como un pino de verdad. La corteza cremosa temblaba bajo sus dedos. Todo el árbol y lo que lo rodeaba fluctuaba, se volvía granuloso, por momentos desaparecía.

Roger era fisicomatemático y ya había visto algo parecido. Una mala simulación, trémula y dispersa, igual que este pino. Su rostro empalideció, se quedó sin aliento, pero la conclusión era clara. Esta región agreste que tanto amaba explorar fuera de temporada era... una simulación.

Era probable que eso fuera, evaluó, porque nadie solía andar por aquí a finales del otoño. Cuando no hay público, no hay necesidad de malgastar tiempo de procesamiento para que las agujas de pino sigan balanceándose. Para ahorrar tiempo de procesamiento, distribuyes el movimiento entre las ramificaciones principales, las ramas más pequeñas y las copas, sólo para mantener la armonía. Sabía que una luz dispersa, simulada burdamente, reemplazaba el cálculo detallado con reglas generales plausibles: era mucho más rápido que hacerlo en serio, e igual de realista... siempre y cuando nadie se pusiera a mirar en detalle.

Entonces Roger miró a su alrededor, en detalle.

Vista desde aquí, la Montaña Mammoth saltaba de aquí para allá, cambiando de color. Las nubes del fondo perdían su aspecto algodonoso y a veces desaparecían.

Un escalofrío fantasmal le recorrió la espalda. La lógica era clara. Por lo tanto... él también era una simulación.

Tuvo que alcoholizarse mucho durante un día y una noche para poder pensar intensamente en las implicaciones. Desde su apartamento en el condominio de Mammoth, observó la amenazadora montaña y se la veía bien, no temblorosa. Fue a nadar a los chapoteos en la piscina, degustando los sabores del aire y del agua, el suspiro de los pinos que cantaban con el viento fragante y seco.


Ilustración: Tut

Pero, de vuelta en el valle Glass Creek, la misma fluctuación aparecía y desaparecía. Una simulación que cuidaba los costos, explotada al límite. Alguien se estaba comportando con prudencia.

¿Qué quería el Dios Programador? ¿Observar la evolución del universo o tan sólo una Tierra simulada? ¿Reiniciar la historia humana? ¿Acaso los humanos habían escrito el software alguna vez? Miró a su alrededor, incómodo.

En la caminata de vuelta al coche, Roger aspiró el aire limpio que ahora parecía perfume. La vida, incluso la vida falsificada, era más valiosa que nunca.

Pero no podía evitar que su mente trabajara en el problema.

¿Por qué ahora la simulación estaba fallando? ¿Tal vez el costo de procesamiento de hacer correr un mundo de seis mil millones de habitantes estaba agotando los recursos? Por lo menos algunos de esos seis mil millones, personas brillantes como Roger, debían experimentar estados internos complejos. Eso, él lo sabía. Descartes, después de todo.

¿Pero seis mil millones de personas como él, con esos estados internos complejos? ¿Con su misma mente aguda y veloz, sus diversos niveles sensoriales, su robusto apetito por la vida? (Bueno, admitió, tal vez estaba exagerando un poco. Pero aún así...)

Tanto detalle debía costar una fortuna en bits. Al aumentar la población, los costos de procesamiento subían. Tal vez el sistema se había chocado contra una pared, había llegado al límite. Eso podría explicar por qué nadie se había dado cuenta hasta ahora. ¿O sí?

Las personas que veía deambular por las calles de Mammoth podían ser simples programas. Para comprobarlo, Roger se acercó a algunas de ellas al azar y todas se comportaron como gente real... salvo que nada era real, se recordó. Quizás estaban tan bien hechos como él.

¿Cómo podía el Dios Programador manejar el volumen de datos de esa gente tan compleja? ¿Podía Él (o Ella, o Esa Cosa) hacer funcionar a cierta gente, compleja como él, con estados interiores completos, usando sólo rúbricas para la chusma?

Probablemente, ya que El Programador se estaba quedando corto de bits. Además, eso explicaría mucho de lo que se veía por TV. Quizás los descerebrados de los programas de entrevistas realmente eran descerebrados.

En cierto modo se sintió liberado. La gente falsificada, definitivamente, no podía importarle.

Dejó de caminar y miró a su alrededor, al cielo azul que semejaba una cáscara de huevo; inhaló el fuerte aroma de finales del otoño. La lógica era clara. Todas las metas que tenía no eran nada comparadas con este conocimiento.

Entonces, si todo lo demás era equivalente, no debía preocuparse tanto por cómo él afectaba al mundo. Sólo importaba el Dios Programador, porque podía borrarte.

¿Podía ser él el primero en ver al mundo como realmente era? ¿O, mejor dicho, no era?

¿Cuánta "gente" había notado que los defectos de la Naturaleza indicaban que las leyes naturales partían de un software que corría en alguna máquina?

La población seguía creciendo. Podría hacer falta podar a algunos para bajar los costos. ¿Cómo conservar la propia vida, entonces? ¿O, mejor dicho, la "vida"?

Siendo interesante para el Programador. Siendo famoso. Siendo original. O, tal vez, divertido.

La verdad es que Roger no era nada de todo eso. Inteligente, seguro. Observador, sí. Eso era todo. Tal vez estaba en mortal peligro de ser borrado.

Pero sabía que esta Tierra simulada era falsa. Parecía bastante improbable que el propósito del planeta fuera ver cuántos se percataban de que vivían en una simulación. Tal vez era exactamente lo contrario: si muchos se percataban, quizás el mundo entero sería borrado, al corromperse su propósito original.

Entonces... debía evitar que otros lo averiguaran. No atraer la atención hacia el pino tembloroso, hacia Glass Creek, hacia la Montaña Mammoth. Y, sobre todo, hacia sí mismo.

Sí, y sé interesante para el Programador. ¡Haz cosas! Vive el momento. ¡Disfruta de la vida! Se parecía mucho al Budismo Zen.

Caminando a casa, observó la Montaña Mammoth. Se cernía sobre su cabeza, enorme, reluciente, firme y verdadera, bajo un cielo claro como la lógica. Se sentía sólida, y el aire crujía con el roce y el hedor de la realidad. Donde había gente real como él, con pensamientos interiores complejos, el Programador invertía tiempo de procesamiento para hacer que el mundo funcionara. En cualquier otro sito, no. Dios tenía un presupuesto.

Pero... ¿cuántas otras personas habían hecho este descubrimiento y lo callaban? Todas ellas, aparentemente.

O, si trataban de gritar la asombrosa verdad desde los tejados... bueno, entonces les sucedía algo desagradable.

El mayor descubrimiento de la historia, que echaba por la borda tanto a la religión como a la ciencia... y nadie se atrevía a llamarlo por su nombre. Nadie que después sobreviviera, en todo caso.

Roger tenía que unirse a ellos, a los silenciosos, por su propia seguridad. Renunciar al Nobel.

Se detuvo en una tienda de vinos y compró la mejor botella que tenían.


Título Original: Reasons not to publish
© Gregory Benford, 2007
Traducción: Claudia De Bella © 2008


Gregory Benford es físico y escritor de ciencia ficción, nacido en Mobile, Alabama (EEUU), el 30 de enero de 1941. Doctorado en física por la universidad de California y profesor de física de alta energía en la universidad de Irvine, goza de cierto prestigio internacional como científico y especialista en la materia. Desde 1988 pertenece al Consejo científico de consultores de la NASA. Pero la actividad que le ha reportado más fama mundial ha sido la de escritor de ciencia ficción, tarea que comparte con su trabajo docente desde que en 1974 publicara su primer relato Si las estrellas son dioses en colaboración con Gordon Eklund, y que les valió el premio Nebula. Pero su salto definitivo a la fama lo dio con Cronopaisaje (1980), ganadora de los premios Nebula, John W. Campbell Memorial, BSFA y Ditmar australiano.
Benford, junto a sus compañeros David Brin y Greg Bear han recibido premios y menciones durante la década de los 80. Por su semejanza de temas y estilos, han sido conocidos como "las tres B de la ciencia ficción". Esta fama les valió ser elegidos a finales de los '90 para continuar la mítica saga Fundación de Isaac Asimov, en la llamada Segunda Trilogía de la Fundación, de la que Benford realizó el primer volumen titulado El temor de la Fundación (1997). El desigual resultado de esta novela (y las otras) le ha valido no pocos detractores.
En Axxón hemos publicado su cuento ALTO ABISMO (95)


Este cuento se vincula temáticamente con "OJO EN EL CIELO", de Paula Ruggeri (153)


Axxón 183 - marzo de 2008
Cuento de autor norteamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Realidad simulada : Estados Unidos : Norteamericano).

            

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