LA PAZ DEL LADRILLO

Ángel Ivaldi

Argentina

"El que se aísla buscará su propio anhelo egoísta;
contra toda sabiduría práctica estallará".
Libro de los Proverbios Cap. 18 vers.1

—Pero... ¿cuánto hace de esto?

—No sé, un par de días, creo. La última vez que lo vi, yo ya pensaba "está más muerto que vivo". Era pleno invierno y él salía del centro de gestión. ¡No sabés! Una piltrafa, todo roñoso y abandonado. Lo saludé pero apenas me hizo un gesto y se fue enseguida, así que después lo agarré a Mauro en el CGP. ¿Te acordás del gordo Mauro, el del Mercedes sesenta y pico?

—El loco de los fierros, sí... ¿Qué? ¿Mauro labura ahí?

—Se acomodó, bah, lo acomodaron como municipal hace un tiempo... ¡No sabés!, está fenómeno el gordo. Bueno, la cosa es que lo venía fichando a Quique porque lo veía medio raro, siempre dando vueltas por el centro de gestión para trámites, medio abandonado ¿viste? Parece que este salame le hablaba de proyectos estrafalarios para salvarse y no laburar más, qué se yo, esas cosas que tenía Quique, viste, pero el gordo me decía que lo veía cada vez peor y que ya estaba repodrido de escucharlo siempre con las mismas historias. La última vez parece que andaba entusiasmado porque le ofrecían un laburo que los días de lluvia no tenía que presentarse.

—¿Eso le sorprendió al gordo? Entonces no lo conocía a éste. Quique era un vago.

—Che, mirá que no se murió todavía...

—Pero parece muerto así estirado. Mirálo... mirálo bien, está rígido.

—¡Raúl!, hablá más bajo, tarado, que te van a oír desde el pasillo.

—¿Y él me escuchará, che? Me encantaría, así le refriego en la cara lo mal que me hizo quedar en la consultora cuando lo recomendé. ¿Sabés una cosa? En el fondo yo estaba seguro que este desgraciado nos iba a clavar, pero me jugué por sus pibes y su mujer, porque se los comían los piojos... y éste lo más campante. ¿Sabés qué me contestó?, porque no sé si te conté que tuve que salir a buscarlo por orden del gerente, era el peor momento y éste no aparecía, nadie sabía nada, y cuando lo pude encontrar ¿sabés qué me dijo? "Hay demasiada presión y yo quiero algo diferente para mí". ¡Ah, bueeeno, algo diferente!

—Bajá la voz que te escucha la mujer...

—Esa sí que se sacó la grande, antes vago y ahora vegetal.

—Pará che. Escuchá, hablando de eso, parece que los médicos están desconcertados, ¡no sabés! Hace un rato Marta me contaba que lo revisaron de pies a cabeza y no entienden qué pasa.

—Otra vez sopa, si éste vivía consultando médicos, ¿no te acordás? Que la rodilla, que la espalda, que el sueño cambiado... vos no te acordás.

—No es que no me acuerdo, Raúl. Yo me mudé a Barracas y dejé de verlo, viejo, pero antes pasábamos mucho tiempo juntos y no tenía tantas mañas... era un pibe bohemio, nada más.

—¡Bohemio! Tomatelá, Seba. ¿Y la cantidad de gente que se arrimó para darle una mano? Yo fui uno de ellos y ya ves...

—No sé, yo me acuerdo del Quique de antes, nada que ver con lo que me encontré al volver. ¡No sabés! Lo vi tan distinto. De entrada ya empezó a mangarme.

—Conmigo, eso no. Cuando me dejó plantado con lo del laburo, le corté el rostro y chau. Nunca fue un idiota, pero se hacía el que no pasaba nada, vieras la cara cuando me lo crucé en la municipalidad.

—¿Vos también te lo encontraste en el CGP?

—Hace como un año atrás, yo fui por unas patentes, pero éste creo que vivía ahí adentro.

—Perdón, sin querer escuché la conversación de ustedes y me gustaría aportar una opinión sobre Quique. Me presento: mi nombre es Gabriel y trabajo en el taller cultural que está enfrente del centro de gestión.

—Mucho gusto, yo me llamo Sebastián y mi compañero es Raúl. ¿Qué decías?

—Quique se relacionó con nosotros hace un año y medio aproximadamente. Realizó un excelente aporte personal a favor del taller, no sólo difundiendo nuestras actividades sino también proponiendo ideas sumamente creativas.

—¿Y a qué viene esto, flaco?

—Perdón, ¿su nombre era Raúl? Mire, Raúl, lo que quiero decir es que hay cosas muy buenas que la gente hace y que a veces los demás no están al tanto.

—¿Y vos estás al tanto del bodrio que éste le endosó a su familia?

—Eh... pará Raúl, escucháme, creo que aquí el joven está haciendo un comentario, nada más. Y... decime, Gabriel, ¿Quique iba seguido al taller?

—En la semana, por lo menos dos veces, y también los fines de semana cuando había algún evento especial, como aquella vez que nos visitó Jorge Buchano para hacer con nosotros un ejercicio de autoanálisis creativo. Fue maravillosa la interacción en el grupo y cómo logramos capitalizar una profunda motivación a nivel individual. Quique siempre estuvo muy atento a los eventos: cada vez que iba al CGP se cruzaba hacia nuestras oficinas para informarse de cualquier novedad.

—Claro... mirá, yo lo conozco de chico pero después me mudé, viste, y medio que dejamos de vernos hasta que volví al barrio... Pero decime una cosa, ¿vos sabés por qué iba tan seguido al centro de gestión?

—Sé que realizó varios trámites para lograr reducciones en los impuestos de su casa y otros beneficios a través del municipio. Ese tipo de trámites suelen ser un poco largos y a veces engorrosos, también.

—Mirá, flaco, a éste le sobraba el tiempo porque era un vago. Vos sos un pibe, no sé a qué te dedicás, pero si no producís vas muerto, ¿entendés?, nadie te regala nada y una familia no vive del aire, querido...

—Pará un cachito, Raúl. ¿Sabés lo que pasa, Gabriel? Por ahí vos no conocés algunas cosas que pasaban, pero la situación de Quique y la familia era, es, un poco complicada ¿viste? La casa, los pibes, el colegio, no sé, medio bravo el asunto, viste, así que tenés que agarrar el laburo que venga, no te dejás estar como Quique, y sino mirála a Marta, que para salvar las papas anda fregando pisos ajenos. Mirá mi caso, que el año pasado fue tan complicado y... ¡no sabés!, tuve que hacer un poco de todo, y bueno, gracias a Dios pudimos zafar, qué va a hacer.

—Disculpen que interrumpa. Sebastián, me manda la Martita que está ahí en el pasillo... disculpen, yo soy Diana la hermana de Quique, mucho gusto, que si quieren tomar algo caliente mientras esperamos al doctor, ella trajo el termo con mate cocido.

—¿Ustedes quieren? No, yo tampoco, gracias Danita, andá tranquila que cualquier cosa te avisamos.

—Che, Seba, ¿qué médico estamos esperando?

—Mirá Raúl, anoche, cuando me llamó Marta para darme la noticia, me dijo que venía un neuropsiquiatra, un tipo que sabe de casos raros. Parece que le recomendó a Marta que se consiga a algunos conocidos del marido, tres o cuatro personas que pudieran venir hoy. Yo le prometí que te avisaba.

—Yo vine por vos, che. ¿Y para qué nos quiere el tipo?

—No estoy seguro, creo que piensa hacer algo para que reaccione, no sé.

—Déjenme a mí, yo le encajo un par de sopapos y lo hago reaccionar.

—Pará Raúl. Lo que me preocupa es que este médico está retrasado, ¡no sabés! ¡Con todo lo que tengo que hacer!

—Perdón, tengo entendido que se trata del doctor Larrazábal, a quien conozco muy bien porque ha donado unos materiales para el taller y prometió venir a dar una charla sobre higiene mental. Su hijita, que es amorosa, está haciendo iniciación teatral con Norma, que es una genia con los chicos. Pero el doctor, aparte de ser una eminencia, es un profesional muy responsable que nunca dejaría plantado a un paciente.

—Flaco, ¿por qué no...?

—Pará, pará Raúl... miren, acá lo único que importa es que el hombre pueda dar en la tecla y lo saque a Quique de este estado de coma.

—Perdón, pero no es un estado de coma, lo más probable es que, por el excesivo estrés, Quique esté sufriendo un...

—Flaco, te las picás ya, ¿me entendiste?, rajá de mi vista ahora mismo porque te voy a romper todos los dientes.

—¡Raúl!

—No se preocupe, señor Sebastián, su amigo ya lo dijo todo, mejor me voy a hablar un poco con los familiares, que les hace falta. Hasta luego.

—Che, Raúl, estás cada vez más alterado vos, ¿qué te pasa, viejo?

—Tanta estupidez junta me pone loco, Seba, es eso...

—Y bueno che, aguantemos un cachito más a ver qué pasa.

—¿Pero nosotros qué pito tocamos?

—Andá a saber lo que el médico éste tendrá pensado. ¡No sabés! Nunca está dicha la última palabra, y si no, mirá el caso que me contó un cliente que le hice unas changas de plomería. Resulta que el cuñado del tipo tuvo un especie de ataque, o no sé si fue por un accidente, bueno, no importa, la cosa es que al fulano le entró a dar como una amnesia, andaba en babia todo el día, entre estúpido y sin memoria. Además de los remedios parece que le hacían un montón de pruebas para despertarle la cabeza ¿viste?, pero nada. No va que un buen día pasan por la radio un tema del flaco y el tipo al instante dice "¡Spinetta!", y a partir de ahí se empieza a acordar de todo. ¿Ves que nunca se sabe?

—Qué se yo, mirá, ahí se acerca Marta, pobre mujer.

—Hola, agarren un vasito cada uno que les sirvo mate cocido.

—No, está bien, no te molestés, tu cuñada ya nos ofreció antes.

—Mirá Seba, agarrá igual aunque no lo tomes, así me quedo un rato acá y no lo tengo que aguantar al pibe ése del taller cultural.

—Ah.

—No es que sea mal pibe, parece buenito, pero es inaguantable. Lo único que me faltaba, con Quique así y los médicos desorientados.

—¿Y cuándo fue esto, Martita?

—Ayer... ayer cuando llegué del colegio con los chicos lo encontré así. Casi me muero del susto, parecía una momia. Respiraba y todo, pero no se despertaba, nada de nada, así que llamé al SAME y nos trajeron acá, pero igual, siempre igual, y bueno, empecé a avisar por teléfono, llamé a mi hermana, ay, gracias por venir, y le hicieron de todo, yo no sé...


Ilustración: Aradano

—Quedáte tranquila. ¿Y vos pudiste descansar un poco?

—Más o menos, imagináte.

—Che, ¿y los pibes?

—En eso me están dando una mano Diana y el marido, que anoche se los llevaron a dormir a su casa y hoy los mandaron al colegio, y bueno, así estamos, no sé, no sé qué vamos a hacer...

—Bueno, bueno, vas a ver que cuando venga ese especialista le va a encontrar la vuelta al asunto... Está bien Marta, bueno, desahogarse un poco viene bien... Mirá, recién hablábamos con Raúl de un caso muy parecido que salió adelante, ¿no Raúl?

—Eh, sí... sí, un caso complicado, no sabían qué hacer y casi se muere, pero después se recuperó, ¿no?, vos sabés que la medicina está muy avanzada... y pronto lo vamos a tener al Quique vivito y coleando, qué va a hacer, quedáte tranquila.

—Disculpe, ¿usted es la esposa del señor Enrique Torres?

—¿Sí?

—Nos acaba de avisar el doctor Larrazábal que ha tenido un inconveniente y no va a poder presentarse. Mañana él atiende consultorios externos aquí en el hospital, así que va a aprovechar para ver a su marido. Mientras tanto, por cualquier cosa nos avisa en el office de enfermería ¿sabe?

—Bueno... gracias.

—Uy, qué macana che. Bueno Martita, escucháme, acá en la esquina hay un bar. ¿Por qué no te venís con nosotros a tomar un cafecito y de paso te despejás un poco? Total, Diana se queda todavía ¿no?

—Está bien, pero un ratito nada más porque a las cuatro y media tengo que ir a buscar a los chicos al colegio.

—Bueno, un ratito, dale, vamos.


Eso, váyanse de una vez y déjenme tranquilo. Qué sabrán ellos. Ni Marta podría entender. Dicen vago, piltrafa y todo eso, pero acá hay uno que la tiene clara, no como ellos, que van como ganado. Ya me curé de esa idea estúpida de seguir al compás de todos, sí, un buen trabajo, sí, por supuesto, como siempre, lo que todo el mundo hace, pero no importa si es éxito o fracaso, porque siempre es frustración, no llegás a nada. ¿Qué quieren? Si uno fue maltratado de chico, ¿qué pretenden? ¿un triunfador? Tener que soportarlos acá diciendo idioteces, ¿de qué hablás Raúl? ¿Gente que se arrimó para ayudarme? Bah, ayuda inútil, no me sirve. Yo tengo mi propósito. Bien dijiste, nunca fui un idiota. ¿No viste que nadie se da cuenta? Ni vos, ni los médicos. Tan controlado lo tengo. ¿De qué hablás? ¿Qué? ¿Me van a venir a mí con los consejitos? Dale Quique, tenés que pelearla, no te podés dejar estar. Basura, todo basura. Hay que esquivarle a esa musiquita. Me fui dando cuenta, tomé distancia, escuché más mi voz interior. Achicar, frenar, ponerme al costado, dejar pasar a todos. El cuerpo es sabio, lo escuché, le hice caso. Más y más silencio, más reposo, lo fui logrando... hasta que llegó la revelación. ¡Qué momento! Tardecita mansa, los chicos en el doble turno, Marta trabajando en alguna casa, y yo ordenando mi vida en la tranquilidad del patiecito. Fue después del tercer mate, como un momento mágico, la llave del conocimiento. Ahí lo vi al humilde ladrillo asomando por el agujero del revoque roto. Firme y seguro. Juraría que me habló, pero habrá sido mi voz interior despertada por la paz del ladrillo. Allí estaba él, sereno y feliz cumpliendo con su parte en este universo. Por fin comprendí que la verdadera vida está en esa quietud. El descanso, nada de locuras ni compromisos. ¡Ese es el estado ideal de la materia! La vida del ladrillo. Dirían que estoy loco, pero nadie puede escucharme porque aquí, señores, reposa la vida inmóvil. Que cada uno lo encuentre. Yo ya lo encontré, y voy con ventaja. ¡Pobres infelices! Todavía se siguen moviendo de aquí para allá. Bueno, ya me perturbaron bastante. Repasando, la idea sería que pronto tendrán que mantenerme con sueros y esas cosas.

No gastaré ni siquiera en comida y hasta es probable que me internen en algún lugar sostenido por el Estado. Se acostumbrarán, habrá más quietud y así, poco a poco, perfeccionaré esta concentración de la vida inmóvil. ¡Hasta lograré detener mi pensamiento! Bueno, basta, es mejor que me calme, que por culpa de estos idiotas ya llevo mucho tiempo con la mente en movimiento.


("La paz del ladrillo" fue publicado inicialmente en el libro "Fantástico Buenos Aires", Angel Ivaldi, Dunken, Buenos Aires, Marzo de 2007)


Ángel Ivaldi nació en Buenos Aires en 1957. Estudió Ingeniería en la Universidad de Buenos Aires y atendió numerosos cursos de especialización en Sistemas, área en la que continúa desempeñándose. Por otra parte, su afinidad con las letras se manifiesta a edad temprana y se mantiene a través del tiempo, ligada también con una prolongada actividad como expositor y docente. En marzo del 2007 publica una colección de relatos, "Fantástico Buenos Aires", en Editorial Dunken. En Axxón publicamos su cuento "Jugo gástrico" (180).


Este cuento se vincula temáticamente con "Tao", de Silvia Cobelo (179), "Mujer de pie", de Yasutaka Tsutsui y "Las cinco direcciones de su brújula", de Alejandro Alonso


Axxón 183 - marzo de 2008
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Psicología : Estados de la mente : Argentino : Argentina).

            

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