LA REVOLUCIÓN DEL PÓNIATAN

Martín Cagliani

Argentina

—¿Dormiste? —preguntó Cecilia.

—No... —respondió Javier.

—¿Qué pasó esta vez? —dijo ella, sentándose en posición de yoga sobre la cama. Javier seguía con el rostro hundido en la almohada.

—Volvió a aparecer... —respondió Javier, con la voz amortiguada.

—¿El mismo sueño de siempre?

—La misma chica.

—Pero... ¿qué te hizo esta vez? —preguntó Cecilia; tenía la espalda derecha, y las manos sobre las rodillas. El rostro apuntaba hacia su novio, pero los ojos permanecían cerrados.

Javier se dio vuelta, se acomodó la remera arrugada y, mirando al techo, dijo:

—Era la misma. Esos ojos color miel... me dan miedo.

—A ver... —dijo Cecilia, y suspiró. Continuó con su ejercicio de yoga—. Contáme todo lo que te acuerdes.

Él se sentó en la cama, las piernas suspendidas del borde, y habló mientras se refregaba el rostro con las manos.

—Como siempre, yo estaba lo más tranquilo esperando el tren en Retiro y me tocan el hombro. Me doy vuelta y de repente estoy en Corrientes y Callao. Están las dos avenidas cortadas por un montón de mujeres con pancartas. Los carteles y pancartas todos tienen nombres de flores...

—¿Las mismas flores de siempre?

—No. Bah, sí. Pero hay más. Muchísimas —respondió Javier, y volvió a recostarse en la cama.

—¿Siguen los jazmines y tulipanes?

—Sí. No rompas con tus flores favoritas y dejáme seguir. —Cecilia se rió. Él siguió su relato—: Y entre todas esas mujeres, que todas tienen carteles escritos en letras rojas, hay una con un dibujo. Un girasol. Es la chica, la de los ojos color miel.

—¿Pudiste ver algo más de ella esta vez? ¿O solamente los ojos?

—Solamente me acuerdo de los ojos y el cartel... Bueno, el asunto es que cuando siento su mirada empiezo a caer por el hueco de un ascensor y caigo en una cama. Pero soy re chiquitito, la cama es gigante. Tiene como una cuadra de largo.

—Eso es nuevo.

—Sí, y esperá a ver lo que sigue. —Javier se sentó mirando a Cecilia—. Aparece el hombre de rojo, pero ahora no es un hombre sino un pibe, todo de rojo. Y yo estoy seguro, en el sueño, que es el mismo. —Cecilia abrió los ojos y miró fijo a Javier—. Me habla en un idioma que no entiendo, pero no sé por qué estoy seguro que es latín mezclado con inglés. Y después lo mismo de siempre...

—¿Te mató? —dijo Cecilia, sonriendo y arrojándose sobre su novio, que luchó para quitársela de encima.

—Sí... —asintió desganado.

—¿Con un hacha? —preguntó ella, y simuló que golpeaba con un hacha a Javier.

Él esperó unos segundos y dijo lentamente:

—Sí... otra vez.


La oficina tenía poco espacio: tres metros por tres. Casi todas las paredes estaban tapadas por archiveros, menos una, desde donde salía el escritorio de Javier. Más arriba colgaban estantes cubiertos por pilas de papeles. Sobre su escritorio se podía ver una computadora, con impresora; una lata de cerveza, cortada su tapa y llena de biromes azules y rojas; una pilita ordenada de anotadores, y un portarretratos con una foto de Cecilia en medio de un bosque. Ella sonreía, pero con cara de cansada.

Cuando Javier estaba en su escritorio le daba la espalda a la puerta de la oficina. Ahora tenía la cabeza apoyada sobre sus brazos, y éstos sobre el escritorio. No roncaba pero babeaba por la boca abierta. Sus ojos se movían rápidamente bajo los párpados cerrados: soñaba.


—Hola —le dijo ella, y bajó lentamente los párpados ocultando unos ojos color miel. Aparentaba una veintena de años, era morocha de pelo largo y ondulado, que caía por su espalda. Su piel olivácea parecía tan suave como la seda. Vestía una túnica negra que ocultaba todo menos pies, manos y cuello. El rostro estaba enmarcado con una pequeña cofia de tela gris.

Javier miró para todos lados. El lugar donde estaba parecía ser un inmenso desierto. Se maravilló de poder ver la bóveda celeste en toda su extensión. Le llamó mucho la atención, ya que él era un chico de ciudad, y no estaba acostumbrado a ver el horizonte, y menos en un círculo ininterrumpido que lo rodeaba. Intentó ignorar a la chica de los ojos color miel. Se dijo que era sólo un sueño, ya que en la realidad no se veían pequeños patios de baldosas rojas en medio de desiertos infinitos, y menos todavía una mujer sobre ese suelo colorado que lo saludaba a uno.

—Al fin podemos hacer contacto, Javi —dijo la joven.

Javier le daba la espalda. Ella juntó sus manos y sonrió. Le habló en un tono suave, y de forma pausada.

—Hace años que me contacto con vos, Javi, y nunca llegaste a reconocerme, al fin podés verme de cuerpo entero, ¿eh?

Javier dio la vuelta lentamente. La miró a los ojos, lo único que había visto en años de soñar con ella. Luego paseó su mirada por el rostro, el cabello, las manos, el cuerpo y los pies.

—Esto es un sueño. Mi novia sabe que me tiene que despertar cuando empiezo a moverme mucho, seguro ahora me debo estar moviendo y me voy a despertar, así que mejor no sigas hablando, ya sé que me querés matar.

Ella sonrió, y bajó la mirada, luego la levantó hacia el cielo, como si buscara qué decir:

—Mi nombre es Malu. No lo sabías, ¿no? —Javier reclinó su cabeza hacia un costado sin decir nada—. Yo no soy la que te quiere matar, Javi. Justamente soy quien te va a salvar del Póniatan, si es que me dejás guiarte.

Javier arrugó el rostro.

—¿De quién? —preguntó.

—El Póniatan. Te busca desde hace años para hacer renacer a Madre.

Javier levantó sus ojos y deseó estar moviéndose mucho en su cama para que Cecilia lo despertara. Sólo entonces recordó que era en la oficina donde se había quedado dormido.

—¿Se murió tu vieja? —preguntó él, sonriendo.

—Pellizcate, Javi. Por favor, que no tenemos tiempo para incredulidades. El Póniatan va a venir pronto, no soy la única que sabe que llegaste a Cepu.

Javier se pellizcó para darle el gusto. Lo sintió, pero no cambió nada. Miró a su alrededor, y todo seguía igual, sólo que a su derecha las nubes habían ocupado el horizonte, y ganaban terreno sobre la bóveda celeste.

—Esto no prueba nada. ¿Quién dice que cuando uno se pellizca se despierta?

—No es mi madre, Javi. Es la Madre. La madre de todo Cepu, es quien nos alimenta, quien nos deja ser, quien nos da vida.

Javier comenzó a preocuparse por los nubarrones negros. La joven se puso a su lado y los señaló, parecía un pampero.

—Ése es el Póniatan que está llegando. Javi, estás teniendo miedo, y estás consciente, esto no es un sueño. Prestame atención, por favor. Hacé lo que digo, y vamos a estar bien, al menos por un tiempo.

Javier asintió. Estaba seguro de que todo era un sueño, pero no quería que se transformase en pesadilla. Era el sueño más lúcido que había tenido en su vida.

Malu lo tomó del brazo.

—Hacé lo que yo te indico —dijo la joven. Comenzó a darle indicaciones de movimientos que debía hacer con su cuerpo y miembros, que a Javier le provocaron la sensación de ser una mano aporreando un teclado. Él era escritor y su vida transcurría en un cuarenta por ciento frente al teclado de su computadora.

Cuando terminaron de hacer esos movimientos la oscuridad invadió a Javier, y luego apareció una luz que lo cegó. Cuando volvió a abrir los ojos, estaban junto a un arroyo en un bello bosque. La orilla en la que estaban él y Malu no era de tierra como la de enfrente, sino un suelo de baldosas rojas.

Javier miró a Malu, ella le devolvió la mirada en silencio.

—¿Qué pasó con tu mamá? —preguntó, por decir algo.

—No es mi madre. Ella alimenta a todo ser de Cepu, y el Póniatan la quiere hacer renacer. Pasó años buscando la forma y descubrió que sólo podía hacerse con un ser de fuera de Cepu...

—¿Pero está muerta, o no está muerta? —preguntó Javier, empezando a interesarse por la trama del sueño.

Malu miró hacia el horizonte y, hastiada, dijo:

—No. No está muerta. El Póniatan la quiere hacer renacer.

—O sea —Javier intentaba comprender— Está viva, el tipo ése la quiere matar, y hacerla revivir. ¿Es así?

—Algo parecido. Ella no va a morir, sólo renace. Pero no hay tiempo, Javi. Tengo que llevarte con el gobernador de Cepu. Él va a saber usar tu ayuda contra el Póniatan, yo soy solamente una buscadora, que durante años tuve la misión de llamar tu atención, pero ahora...

—¿Y por qué tanto lío con las flores y las manifestaciones y demás?

—No sé exactamente qué es lo que veías. Pero estaba teñido por la mano del Póniatan también. Sus buscadores intentaban corromper mi mensaje. Si ellos te hubiesen traído a Cepu, y no yo, el Póniatan podría hacer renacer a Madre y estaríamos todos perdidos.

—¿Por qué? ¿Qué tiene...

—No tenemos tiempo, Javi. Tenemos que irnos, seguime otra vez con los movimientos.

Otra vez Malu realizó movimientos con el cuerpo, brazos y piernas. Javier la imitó.

Aparecieron de golpe en una amplia habitación de paredes, suelo y techo de un blanco reluciente. No era ancha, pero sí muy larga. Javier notó divertido que el suelo bajo sus pies seguía siendo de baldosas rojas. Malu estaba a su lado. Lo tomó de la mano y comenzó a caminar, entonces Javier se dio cuenta de que el suelo de baldosas parecía seguirla, reemplazando al blanco resplandeciente en unos cinco metros alrededor de ella.

Al fondo de la habitación había un pequeño banquito de tres patas. Blanco.

—Te llamo, Linx —dijo Malu, con voz solemne y realizando una reverencia.

Sobre el banquito apareció un pingüino. Javier notó que tenía dedos en sus alas, y en una de ellas sostenía un pez pequeño. Lo dejó caer, se evaporó antes de tocar el suelo.

—Éste es el forastero, ¿eh? —dijo el pingüino, con voz gutural—. Tantos años aguardando... espero que sirvas, muchacho.

Javier sonreía, y estaba tentado de risa. Miró a Malu buscando una explicación.

—Javi, quien tenés delante tuyo es Linx. El gobernante de todo Cepu. Nada pasa en Cepu que él no lo sepa, y nadie es completamente independiente de él. Todos deben recurrir a sus artes para poder vivir sus vidas. Incluso el Póniatan —Linx escupió en el suelo al escuchar el nombre—. Él también debe recurrir a Linx, si bien puede usar sus artes sin que Linx se dé cuenta.

—Tarde o temprano me doy cuenta —dijo el pingüino—. Y una a una desecho sus revueltas. Pero ahora sé que tiene muchos subordinados esperando el momento oportuno para derrocarme y emplazarse él en el poder. Sólo que ha llegado un momento en que ya no puedo descubrir dónde oculta a sus subordinados.

Malu y el pingüino miraron a Javier en silencio. Él miró el banquito y luego al que se llamaba gobernador. No supo qué decir.

—Te necesitamos para que ayudes a renacer a la Madre —dijo Linx.

—¿No es que se supone que yo tengo que prevenir eso?

—No, lo que tienes que prevenir es que el Póniatan la obligue a renacer. Si él lo hace sería el fin de mi reinado, porque estaría habilitado para infiltrar todas mis áreas de gobierno con sus subalternos. Por eso te necesitamos, para que elimines a sus subalternos antes de que nosotros intentemos hacer renacer a la Madre y así depurar Cepu del Póniatan y su gente.

El blanco del cuarto comenzó a volverse amarillento. Malu miró con atención a Linx.

—¡Javier, no tenemos tiempo! El Póniatan ha llegado a infiltrar el propio centro de mi poder. Pronto. Debes hacer lo que yo te indique. Sigue mis indicaciones al pie de la letra.

Javier lo miraba en silencio.

—Javi, ¿entendés lo que te dice? Por favor, no hay tiempo que perder.

Javier se tomó la barbilla.

—¿Pero cómo sé yo que ustedes son los buenos? ¿Y si el famoso Póniatan es quien quiere devolver la paz al reino éste? Tendrían que informarme un poco más. No voy a aportar lo que sea que necesitan de mí para matar a alguien si ni sé dónde estoy parado.


Ilustración: Valeria Uccelli

El cuarto se puso marrón y luego negro. El suelo de baldosas rojas desapareció. Javier vio ahora que el banquito había desaparecido y también el pingüino y Malu. Había un asiento hermoso en su lugar, y sentado en él un hombre de cabello castaño, con anteojos grandes y de mucho aumento. Lo miraba con una sonrisa dulce. Se acomodó el flequillo con una mano, y adelantó su rostro hacia Javier.

—Hola, Javier. Al fin nos conocemos.

—¿Y vos quién sos? —preguntó Javier, asustado, sabía que debía ser el Póniatan que venía a matarlo.

—Soy el Póniatan. —Hizo una pausa y se acomodó los anteojos sobre el puente de la nariz—. Pero no hagas caso de las mentiras que te deben haber dicho sobre mí los dictadores ésos que te trajeron. Sólo me ganaron de mano, pero por suerte logré encontrarte a tiempo.

—¿Vamos, vos también con lo de que se agota el tiempo?

—Sí, no tengo infinitas oportunidades. Ya me di a conocer en el centro mismo de poder de Linx para lograr recuperarte, pero me van a echar pronto de aquí, imagino. Y tal vez consigan borrarme de la faz de Cepu, acá soy muy vulnerable.

—No entiendo nada qué pasa acá, sólo quiero volver a mi escritorio, donde estaba durmiendo lo más tranquilo.

—Sí, Javier. Y lo vas a hacer, con una sonrisa. Sólo te necesito un tiempo breve. Preciso que me ayudes a hacer renacer a Madre, así puedo iniciar la revolución y dejar de lado al régimen de esos campesinos que nada saben sobre cómo gobernar un reino. Son unos comunistas anarquistas, pero no de los buenos, sino terroristas y dictadores.

—Como Stalin.

—Así es. No dejan que el pueblo decida, le imponen todas cosas desabridas y simples a la gente, sin dejarlos que puedan elegir lo bueno. La gente quiere lujos, cosas lindas a la vista. Ayúdame, Javier.

—¿Qué tengo que hacer? —dijo Javier, dando un paso.

El Póniatan sonrió mostrando una amplia hilera de dientes amarillentos, y volvió a acomodarse los lentes.

—Sólo imítame.

El Póniatan bajó de su asiento lujoso y un suelo de baldosas negras brillantes apareció bajo él. Se puso junto a Javier, y los dos hicieron una seguidilla de movimientos que parecían los de un gran dedo apretando un botón.


Javier despertó. Había babeado su brazo, lo limpió con un pañuelo de papel, y miró a su alrededor. El monitor le llamó la atención. La computadora se había reiniciado sola.

Se refregó los ojos. "Qué sueño raro que tuve", pensó. "La voy a llamar a Cecilia para contarle". Tomó su celular junto al monitor, y allí vio algo que le llamó mucho la atención. El sistema operativo que se había cargado con la reiniciada era el Windows. Él no usaba Windows, lo odiaba. Hacía años que tenía instalado el Linux, y amaba la libertad y simpleza de ese programa. Pero hacía poco había instalado el Windows en una partición del disco para poder usar algunos juegos que sólo corrían en ese endemoniado programa de Bill Gates.

Bill Gates... ¿qué le recordaba eso? Pensó, pero no pudo darse cuenta de qué era lo que debía recordar. Llamó a Cecilia con el teléfono celular. Le contó lo poco que recordaba de su sueño. Luego intentó encontrar el Linux en su disco rígido y no lo logró. Se había perdido por completo. "Voy a tener que llevar esta máquina de porquería al técnico", pensó. "Uf, mañana. Ahora tendré que escribir con el Windows este trucho. No puede ser tan malo".



Martín Cagliani, argentino, nació en el 74. Estudió Antropología e Historia y también Guión de Cine y Televisión. Se dedica a escribir desde hace apenas unos 3 años, aunque siempre tuvo la manía de inventar historias en su cabeza. Es un lector empedernido. Publicó muchos artículos de historia y periodismo científico, algo a lo que se dedica esporádicamente. Ya han aparecido cuentos suyos en antologías y va por más. Dirige Golwen, un e-zine inclinado a lo fantástico.
En Axxón publicamos sus cuentos "Las reglas por algo están" (141), "El archivo Maggi" (143), "Debajo de la cama" (149), "El maniático" (150), "El embajador de Culmar 6" (162), "El pueblo que salió de la nada" (167), y "Un hombre que escribe" (169).


Este cuento se vincula temáticamente con "Criaturas translúcidas", de Bimal K. Srivastava (172) y "El poder salvador", de Luke Jackson (179)


Axxón 183 - marzo de 2008
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Tecnología: Cibernética : Criaturas Fantásticas : Humor : Argentina : Argentino).

            

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