EL HOMBRE DE LAS ALGAS

Antonio Peláez Barceló

España

"El hombre de las algas toca la gaita.
No sufre de amor, pero bulle en su mente
de sol, arena y estiércol una corriente
que le llevará al dorado lagar".


Hoy la niebla de ese sueño me ha vuelto a envolver como el "orbayu" que se diluye ocultando las montañas. De nuevo, me encuentro al borde de un profundísimo acantilado, una gélida brisa marina llena mis fosas nasales de salitre, los arbustos y las plantas fragantes se ondulan rítmicamente junto a mí y un roble enhiesto infiltra sus raíces por donde le deja la tierra, llegando a salir entre las rocas que conforman esa pared vertical. Y allí me encuentro yo, de pie, disfrutando la visión de ese mar bravo y fogoso, que se revuelve intranquilo ante el temporal que se vislumbra perennemente en el horizonte, que congela a sus moradores y rechaza a sus visitantes, que espera, simplemente, que yo dé un salto y me pierda dentro de él.

Y entonces salto, decidido, sin miedo, y mi cuerpo sufre la continua aceleración de la caída, y mis ropas se agitan con violencia, porque veo cómo el mar abre sus bocas para mí. El impacto es sobrecogedor, sigo hundiéndome en sus aguas casi sin perder velocidad, pues nada parece intentar detenerme, no encuentro ningún pez a mi alrededor, sólo la corriente marina que me arrastra hacia el fondo, un fondo que empiezo a distinguir con una claridad incomprensible para estas profundidades, y veo que no es tal fondo, es una tupida red de algas, miles de filamentos pardo-verdosos que se adhieren rápidamente a mí y disuelven mis ropas al tiempo que me elevan hacia la superficie.


Antes de que pueda pensar sobre ello, me conducen a la cala y, una vez en tierra firme, veo en lo que me he convertido. Cientos de tiras esponjosas rodean mi cuerpo, dejando libre sólo la cabeza y parcialmente cubiertas las extremidades, por lo que me muevo con relativa facilidad. Comienzo a andar hacia el interior, en dirección al cercano bosque (no más de trescientos metros) cuando, poco antes de llegar al primer pino, tropiezo con algo enterrado en el suelo, es una especie de flauta que apenas sobresale de entre la arena y unas briznas de hierba. La empiezo a desenterrar y, tras unos minutos de azarada excavación, descubro que en realidad se trataba de una gaita.


Cuando Juan lleve el coche a esas inusuales horas en que le gusta conducir, penetrando en la absoluta oscuridad con las luces largas de su vehículo, haciendo revivir las sombras de casas abandonadas, despertando a vacas y gorrinos, produciendo mil ecos con el rugir de su desgastado motor, cuando Juan haga eso, sólo habrá empezado a cometer el primero de sus errores.

Porque Juan es muy imprudente (él cree que porque es joven), pero lo que le va a pasar yo sé que no le va a gustar nada, por lo menos al principio. Y si no, al tiempo, porque ahora mismo te puedo hablar sobre su historia. No la pasada, la futura. Y todo empezará con el primer error.


Y en ese preciso momento descubro que ¡sé tocar la gaita! La melodía escapa sola a través de mis pulmones y entre mis dedos. Entrelazo una serie armónica y veloz de agudos que es respondida por los acantilados que bordean la costa, por las gaviotas que vuelan en círculos concéntricos, por los peces, que saltan al ritmo de la música, por el bosque, que abre sus sendas para mí. Andando al compás de las notas penetro en su espeso follaje.


Ya estoy dentro. Empiezo a sudar, pero mis manos no desfallecen, porque es el agua de las algas la que fluye entre mis dedos forzándome a tocar. El aroma de los eucaliptos se filtra entre las infinitas perlas de sudor que empapan mis algas y, mientras voy pisando la floresta que recubre el suelo de estos parajes, observo cómo un pájaro acaba de arrancar una olorosa rama de eucalipto y la coloca entre las telas que adornan mi instrumento. Le sonrío como forma de agradecimiento y vuelvo a soplar. Mi música se mezcla con su trino.

Lo miro sin dejar de tocar y veo cómo encima de mi cabeza se entrelazan tan fuertemente las ramas entre sí que siento que la luz solar que recae sobre mi rostro es verde. Sobre sus troncos los árboles muestran innumerables formas de vida (parásitos, insectos, yedras...). La maleza casi recubre mis pies, multitud de ortigas, helechos y zarzas obstaculizan mi paso y, si no me ayudaran las algas con su sudor, me sería difícil respirar en el interior de este espeso bosque.

La frondosidad, humedad y calima que me han ido envolviendo durante el paseo van dando paso a la sequedad y luminosidad que distingo al fondo, en lo que parece la salida. El amigo pájaro, que venía cantando apoyado en mi hombro, echa a volar, y en ese instante mis pies notan que el mullido terreno ha dejado su lugar a un arroyuelo que restriega el barro entre mis inmóviles dedos. No obstante, la música sigue, pero he bajado la melodía unas cuantas octavas, con lo que predominan los tonos graves.

Cuando salgo del último árbol termino de tocar con un estrepitoso agudo, que se mantiene mientras el radiante y cegador sol derrite la gaita.


Y ése será su primer error, creer que en medio de la noche más cerrada el resplandor del astro rey puede reflejarse sobre la nieve, deslumbrarle y hacer volcar su coche. Porque, Juan, de noche los seres vivos no ven el sol. ¿No comprendes, Juan? Lo que tú verás es un hombre cuyo fulgor proviene de algo más profundo.


Juan creerá que sale ileso del accidente, pero cuando se aleje de su automóvil y vea el nuevo día, empezará a comprender sólo parte de lo que será su segundo error. Porque allí, en la soledad de aquel recóndito picacho, soportando los punzantes vientos que levantan la congelación que reposa en el suelo, junto a la nieve entremezclada con las agudas rocas, allí es donde verá por primera vez al hombre de las algas. Y éste, majestuosamente estático y terminando de tocar su famosa melodía, le mirará mientras su gaita se disipa entre el viento, momento en el cual tirará de la mano de Juan y, ahogados en sudor por el sol, helados por el viento, los dos se perderán entre la furiosa velocidad del riachuelo nacido a sus pies.


En ese mismo momento decido agarrar al chico y precipitarme sobre el arroyo que ahí mismo nace. Y empezamos a despeñarnos montaña abajo, porque al tiempo que el agua fluye y alimenta mis algas, haciendo que flote por encima de la corriente, veo que el chico se golpea repetidamente contra los salientes sobre los que se ondula el pequeño aprendiz de río. Cuando no es una roca son unos guijarros, o unas ramas sueltas, o los huevos de cualquier animal que yo desconozca, todo lo que desciende por esta continua revolución acuífera va a golpear contra él. Yo intento, procuro con todas mis fuerzas ayudarle, pero nuestros cuerpos son distintos y, mientras yo me mantengo por encima de las aguas, él se ve continuamente torturado por todos los objetos que le fustigan y el agua, que parece asfixiarle.

Pero ahora es cuando ha soportado el peor choque, extrañamente el terreno ha cambiado y el riachuelo parece guiarnos por un fondo más blando, pero ¡más fértil!, pues el muchacho acaba de golpear su cabeza contra la dura madera de un tejo y, pese a que no sale sangre de la herida, creo que ha sido grave. Veo cómo su cuerpo empieza a trasparentarse y poco a poco el agua penetra en su cerebro produciendo un tintineo muy agradable, parecido a la música de un piano, que me hace olvidar la rapidez y ferocidad de la caída que estamos soportando. Ahora son sus ojos los que reciben el poder del agua, se empiezan a abrir casi hasta el infinito, pero no, no la detienen, radiantes por el resplandor del líquido dejan paso a su boca, en la que aquél empieza a borbotear siguiendo el ritmo de la melodía que continúa produciéndose en su frente. Me doy cuenta de que toda su cara se ha vuelto pálida, como la mía, y decido que merece llevar un alga de mi pecho sobre su occipucio. Me la he arrancado y se la acabo de colocar, consiguiendo que, entre el inmenso torrente de agua (fría como hielo) que ahora nos rodea, su cabeza flote.

Así, cogidos de la mano, con su cabeza al nivel de las aguas y el resto de su cuerpo golpeándose con las raíces de los árboles, llegamos al río en sí, donde las corrientes son más tranquilas y la arena nos acaricia al desprenderse de sus orillas.


Y llegará su segundo error. Creer que es un sueño. Pues no lo comprende. Un viaje tan rabioso sólo tiene sentido para él en el mundo de los sueños y a pesar de todas las contusiones, los cardenales señalados en su piel (que más tarde ocultarán las algas) y el extraño temblor que sacudirá su cabeza, él creerá que sólo es una pesadilla.

Grave error. Sólo Juan podrá contarnos el pánico que sacudirá su, por esos momentos, frágil cuerpo, cuando al llegar al gran río empiece a golpear, arrastrar e incluso desmenuzar las rocas con que choque, convirtiéndolas en lo que su compañero ama: la arena.


Le conduzco ahora a través del cauce del río; su corriente avanza rápidamente, pero sin la violencia que él sufrió mientras nos despeñábamos arrastrados por el torrente, no, ahora su cabeza flota, ayudada por el alga que le sirve de soporte y que, como todas las mías, ha ido modificando su vivo color verde-parduzco por un tono más opaco, moteado ligeramente por algunas irregularidades blanquecinas semejantes a granos de arroz.

Yo procuro descansar flotando sobre las límpidas y transparentes aguas del lecho fluvial, que me arrulla provocando un placentero amodorramiento, una sensación de abandono y laxitud facilitada por el lejano rumor de una guitarra, del punteo agudo y desgarrado de unas cuerdas que vibran cada vez más cerca de mí. En este momento abro mis ojos y veo de dónde proviene la música. Es un salmón, que, lleno de vivacidad y aparente alegría, se voltea en torno al cuerpo sumergido de mi pupilo y de vez en cuando, sin seguir una secuencia determinada, acaricia, o besa incluso, sus manos, consiguiendo que éstas palidezcan, dejen pasar entre sus uñas, por el interior de sus falanges y la ductilidad de su carne la frescura del agua, que comienza a transparentar sus brazos hasta que éstos adquieren el color de su cara y empiezan a flotar.

Comprendo perfectamente que ahora, mientras traspasamos los profundos pozos donde descansan los peces más acomodaticios y en torno a los cuales los remolinos abandonan su espuma, tras continuar rozando mi cuerpo flotante y golpeando el suyo los pulidos cantos que asoman a la superficie en los rápidos del río, después de, en definitiva, empaparnos del líquido que ha transitado en nuestro interior, ahora, tengo que fijar dos algas en las palmas de sus manos. Eso es lo que hago poco antes de que el salmón deje de revolotear en torno a él y se despida con unas suaves notas de su inalcanzable guitarra al avistar la proximidad de la ría.


Claro que tú y yo sabemos cuál será su tercer error, pues todos nosotros lo sufrimos, pese a que ahora lo hayamos superado, que no olvidado, gracias a la ayuda del hombre de las algas. Y es que tenemos una misión y Juan, como otros tantos que han de venir, será uno de los nuestros y, al igual que nosotros en su momento, no comprenderá que no somos seres del río.

Pero aunque lo veamos tan claro ahora, Juan se encariñará con el río y, ¡cómo no!, con el salmón, que le alegrará la ruta con su compañía hasta que llegue al principio del fin. Allí empezará a llorar cuando la marea baje (viendo cómo se aleja el mar, cómo se termina el río) y con sus lágrimas llenará de dulzura las aguas. Juan, no te preocupes, cuando la marea suba volverás a reunirte con el río.



Ilustración: Tut

Hemos llegado a la ría, una enorme planicie de agua encajonada entre las verdes huertas de los granjeros, que inmediatamente dan paso a las abruptas ondulaciones, los últimos montes —poblados de arbustos, flores y fresca hierba—, que van a morir cerca, muy cerca, en el mar. Alguno de ellos terminará en aquel acantilado en que comenzó o continuó (no lo sé) este sueño y donde proseguirá una vez que deje mi carga al cuidado del muchacho.

Éste prosigue su iniciación, pues ahora el agua fluye tranquilamente entre sus costillas, elevando todo su torso y proporcionándole la palidez que caracteriza a los de nuestra raza. Ahora no le hace falta que le regale mis algas, a ambos extremos de su esternón empiezan a florecer tímidamente pequeñas láminas verdosas que dentro de poco mostrarán el tono blanquecino, casi calcáreo, que ya tienen mis algas y las que le presté a él.

Mientras nuestros cuerpos se dejan llevar por la corriente, en la orilla las vacas ondulan su cola en forma de saludo y nos brindan su estiércol, con el que alimentan la vegetación que, queriendo limitar la ría, se verá envuelta en el seno de ésta y quizá atrapada por nuestras algas.

El viaje concluye, pues la marea está baja y nos toca empezar a entrar en el mar. Veo que él deja derramar unas pocas lágrimas, pues se había enamorado del agua dulce, pero ahora debe flotar, dejar que el último litro de líquido insípido fluya entre sus piernas antes de penetrar en nuestro gran hogar. Dentro de poco podremos ver a nuestros compañeros, olvidaremos la soledad y dureza del tiempo pasado entre las corrientes del río y podremos (o podrán) descansar en paz, cada uno de ellos durmiendo y soñando junto con los demás en una gota de agua salada.


Por fin, tras unos largos momentos de espera, Juan ha llegado. Recubierto casi por completo de algas, le hemos ayudado a sumergirlas en el fondo, donde el revestimiento salino que se ha ido acumulando a lo largo del viaje se disolverá para repartirse entre cada uno de nosotros. Le hemos acomodado en su nueva casa, en su nueva gota y hemos empezado a viajar, a ondularnos en las olas y perdernos entre su espuma, a atacar los acantilados y humedecer sus asperezas, a resbalar sobre los peces y deslizarnos entre los pesqueros. Hemos empezado a daros la sal de la vida.


Yo también sumerjo mis algas para que diluyan su cargamento en las profundidades marinas. Vuelvo a ser uno de ellos, acogido por su respeto y amor, pues yo los traje a todos y siempre que vuelvo traigo uno más.

En este momento me despierto de ese sueño, de ese estado de semiinconsciencia y los veo, veo a mis hijos a mi alrededor, todos ellos protegidos por una gota de agua. Y me siento feliz. ¿Por qué? Porque sé que esa sidra de oro, ese mar sobre el que descanso, nunca dejará de ser salado.



Antonio Peláez Barceló es madrileño desde 1972 y economista de formación;. Actualmente es el director de la radio on-line sobre cine "Radiocine", y de la productora de publicidad y eventos "Tracia". Montador de cine, director de algunos cortometrajes y colaborador habitual como crítico en varias radios españolas, confiesa que -pese a su escasa producción de ficción publicada- se encuentra a menudo más cómodo escribiendo que hablándole al micrófono, aun habiendo escrito mucha más literatura de índole económica o informática que de ficción. Dice Antonio: "Actualmente, además soy estudiante de historia y con este párrafo acabo de empezar a explorar el género de la autobiografía".


Este cuento se vincula temáticamente con "COMER CON EL PICO Y BATIR LAS ALAS HASTA QUE HAYA MAQUINAS EN EL CIELO", de Carlos Suchowolski (175) y "LOS PESCADORES DE OJOS", de Carlos Gardini (109)


Axxón 184 - abril de 2008
Cuento de autor americano (Cuentos: Fantástico: Fantasía : Mitos : Transformaciones : España : Español).

            

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