DEXTRÓGIRO

Teresa Pilar Mira

Argentina

[LENTÍSIMO]

Desde los balcones tendidos alrededor de su mente, se asomó por sobre el borde de sí mismo: nada.

Más allá de él no había absolutamente nada.

Algo no estaba bien.

Suspiró dificultosamente, ni ese simple acto podía ser llevado a cabo con naturalidad; su cuerpo, allá afuera, tampoco parecía estar.


Volvió en sí en medio de la más absoluta blancura que sus ojos jamás hubiesen padecido. El frío parecía surgir no sólo del ambiente que lo rodeaba sino de su propio interior. Le resultaba difícil recordar, tener una idea de qué estaba sucediendo. Abrió y cerró los ojos tal como un pez abre y cierra su boca: con un anhelo casi respiratorio, con una necesidad vital que lo ahogaba, que empujaba la luminosidad de su entorno aguas adentro en su mente, como oxígeno hacia las agallas.

Un pez fuera del agua, así le parecía percibirse, y no recordaba por qué.

Movió los brazos mecánicamente, hacia arriba y hacia abajo, intentando recuperar la sensación de espacialidad. Una de las hebillas que mantenían el traje ajustado a sus muñecas, cedió de pronto y cayó... hacia arriba.

Giró lentamente la cabeza hacia su derecha; su oído medio no respondía y la blancura fulgente que lo rodeaba imitó su movimiento y comenzó a girar y a girar; y a pesar que no había en esa absoluta uniformidad ni un sólo punto de referencia que lo delatase, Ariadnoo pudo sentir que su mareo volteaba una y otra vez su universo personal.

Como si algo jalase de su conciencia hacia afuera, su personalidad luchaba contra una inercia poderosa que intentaba despojarlo de sí.

Lentamente repitió el poderoso mantra de su propio nombre, pugnando por mantenerse uno, por no desencarnarse otra vez, y, en el instante final, cuando su mente estaba siendo separada de su cerebro y la última neurona estiraba inútilmente sus dendritas —tal como un niño estira sus brazos hacia la madre de la que lo están alejando— Ariadnoo comprendió —tarde, como siempre— lo que le sucedía.


[PARA SER EXPERIMENTADO CON UNA INCLINACION DE CABEZA DE 35°]

Temió, por un instante —y sus instantes eran tan plásticos como su propio pensamiento—, que el telón de fondo mental que se había instalado también se estuviese diluyendo. Con un gran esfuerzo, descerrajó dos matrices mnemónicas de sus propios engranajes cerebrales y recreó mentalmente sus propios ojos, ojos internos, ciegos al verdadero mundo; inexistentes en sí, pero aptos para recorrer las profundidades de su propia psique.

Sus verdaderos ojos, claro está, no estaban en ningún sitio; pero los cinco pequeños, verdosos y apretados globos oculares circulaban libremente por esa inmensidad imaginada que constituía el ancla de su cordura, buscando con desesperación una grieta, un indicio, una mota de realidad.


Un espasmo poderoso lo sacudió. Su mente cayó de nuevo dentro de su cuerpo en un grito desarticulado.

Se incorporó de golpe, no había tiempo que perder, los desgarramientos eran cada vez más frecuentes. ¿Cuánto tiempo tenía hasta la próxima separación?

Estaba en la sala de motores de la nave, eso era algo seguro. El frío y la blancura provenientes de los dislocadores y el ruido blanco producido por el único estator que aún permanecía en funcionamiento, le recordaron el por qué se hallaba allí.


Ilustración: Fraga

Algo en su mente se estiró, no supo si era un recuerdo o un murmullo verdadero. Se asió con fuerza a una de las clavijas de desgualpe mientras intentaba llegar a la tapa de eyección magnética, pero la sensación de separación reemprendió su ataque. Su mente se iba, se alejaba, lo dejaba solo una vez más; lo que sea que se la estaba extrayendo a intervalos esporádicos no parecía renunciar a su propósito fácilmente.

Ariadnoo apretó los dientes. Una de las hebillas de sujeción de sus mangas flotó frente a sus ojos, cayendo lentamente... hacia la derecha. La trayectoria era elegante e imposible. Miró sus mangas: ambas hebillas estaban en su sitio.

En un rayo de claridad la distorsión espaciotemporal rozó su mente, y bastó con que comprendiera, para que su mente huyese de él como el aire ante el vacío.


[ALLEGRO CON BRÍO —CASI EN ALAS DE UN TORBELLINO—]

Su desesperación crecía proporcionalmente al ritmo de su búsqueda. Cada nuevo paso mental, cada interminable segundo, conducía a otro más perentorio y fugaz; y entonces su exacerbación rozaba las cotas mínimas del pánico.

No importaba cuán infinito pudiese ser el telón de fondo de su pensamiento, la sensación de encierro le atenazaba en las ya inexistentes costillas como una mano ardiente, sofocante, casi inteligente por su ferocidad desmedida.

Era la peor de las claustrofobias, una en la que no importaba que no hubiesen paredes.


Su mente —proveniente de la nada— había retornado a él hacía unos pocos segundos. ¿Cuántas veces había llegado a la verdad? ¿Cuántas? ¿Y cuántas la había olvidado? ¿Había vivido esta situación miles de veces? ¿Cuántas?

Millones de hebillas giraban diestramente a su alrededor, como un torbellino galáctico.

¿Era el tiempo el que se retorcía o el espacio? ¿Era él quien elaboraba esa macabra trampa sobre sí mismo? ¿Quién o qué extraía su conciencia de su cuerpo cada vez que se acercaba a la respuesta? ¿O era que su cerebro no podía soportar la verdad y se desprendía de su torturadora? ¿Acaso la materia era «alérgica» a esa realidad y reaccionaba deshaciéndose de su alma, espíritu o lo que fuese?

Fuera lo que fuese, las hebillas lo tenían hipnotizado, no podía apartar sus ojos de ellas, y sentía que todo él era ojos. Pero, a pesar del trance, no podía evitar temer la separación que se aproximaba inexorable y ominosa como la sombra de un sol, para dejar su cuerpo, desnudo de sí, convertido nuevamente en una cáscara inerte.


[ANDANTE]

Cada ojo giraba en una dirección distinta, buscando algo en lo cual asirse: una idea, una imagen, algún recuerdo, un razonamiento o una sensación apagada que permaneciese aletargada en algún rincón de las meandrosas circunvoluciones de su ya exiliado neocórtex.

Pero estaba descoordinado en sí, deshecho, colgando en hilachas polvorientas, hundiéndose en un tiempo esponjoso del que no podía desprenderse y al que no podía horadar.

Sus ojos se estaban tornando peligrosamente negros, el símbolo verde se estaba perdiendo gota a gota, tono a tono, desde el esperanzado glauco al melancólico cetrino, desde el profundo verde del océano que había recorrido alguna vez, intrépido, entre Circes y sirenas, hasta un verde umbrío, boscoso y anochecido de harpías y Acteones (Virgilio no estaba allí).

Una pantera constelada de estrellas apareció frente a él, luego Aldebarán y Antares lucían en los ojos de una loba, más tarde toda la furia solar se desmembraba lentamente, como melaza incandescente, en la melena de un león. Y Virgilio no estaba.

Miro ciegamente la hora: era la mitad del camino de sí mismo.


Su conciencia entró en él con brusquedad. Traía residuos de plateadas panteras consteladas.

No había dudas, el mundo que lo rodeaba era reticular y brillante, posiblemente de metal, como una enorme «Q». Con esfuerzo reconoció la hebilla dentro de la que estaba. Era la de su manga derecha.

El desvanecimiento llegó por sorpresa; la sensación de separación no.


[CON UNA ILUMINADA CLARIDAD]

Un páramo. Eso es lo que era. Un páramo yermo en el cual sólo había un páramo yermo: él. Es decir, ¿cómo decirlo? Él era el paisaje y la soledad y el habitante. Él lo era todo. Aislado en sí mismo, no había dónde ni cuándo, tan sólo sus propias dimensiones. Caminar sobre su propio ser, con los pies hollando en su mente, en las páginas de su memoria, en las descoloridas farsas de sus recuerdos retocados y distorsionados ya para siempre.

(a+b)2 = a2 + 2 ab + b2; era tan impasible como el llanto de su primer hijo, como el cuchillo que le atravesara las costillas en Nueva Nueva Guinea, cerca de Fomalhaut, como el último café que jamás bebiera... Y así de importante.


Abrió los ojos y puso los dedos sobre sus párpados para evitar que se cerraran. Ariadnoo sabía (si bien no lo recordaba) que estaba solo, podía sentirlo en sus huesos y en sus lágrimas.

En la nave sólo quedaba él. Quizás siempre había sido él el único tripulante, o tal vez su mente fuese la suma de las mentes de todos los que habían estado allí y a los que ya no podía recordar.

En verdad estaba solo. Pero la duplicidad de sus desgarramientos de conciencia lo mantenían al borde de la esquizofrenia: ahora era él mismo, en la nave, en la sala de motores, y más tarde era sólo una mente aislada flotando dentro de sí misma. Pero estaba empezando a dudar incluso de eso: ¿Cuándo estaba aislado en su mente y cuándo estaba en su cuerpo? ¿Era la pantera el mundo real y la sala de máquinas un estado mental? ¿Tenía un hijo? ¿Era cierto? ¿Lo había tenido alguna vez o lo había soñado?

Respiró hondo y se puso de pie (¿o ya lo estaba?).

Se concentró: la tapa de eyección magnética.

Nada más que eso, ni él, ni su cuerpo, ni su mente, ni los «por qué» de lo que estaba sucediéndole, ninguna otra cosa debían captar su atención, sólo la tapa de eyección magnética.

Trepó por la escápula del dislocador central con la blancura del vapor etéreo del motor de plasma hiriéndole los ojos. No importaba. La tapa era lo único que importaba: Pero, ¿por qué? Esa pregunta no tenía sentido, no ahora.

Intentó con el tablero, pero uno de los cronómetros estaba en cero y el otro giraba hacia atrás. Eran las anomalías, las distorsiones; tal vez esa zona de los motores estaba en tiempo detenido y la otra regresaba por la cadena de causalidades... o quizás sólo fuese que los cronómetros se habían averiado por la fuga etérea.

«¡Eso no importa, Ariadnoo!»

Se gritó a sí mismo. Era una orden inapelable.

Golpeó desconsoladamente la tacha de relleno pero tampoco consiguió nada. Luego, con una súbita inspiración, arrancó la hebilla de su manga derecha y, utilizándola como palanca, zafó los retenes.

Entonces sintió cómo caía. Cómo su conciencia caía y caía, lentamente, fuera de sí.


[EN ACELERACIÓN CONSTANTE]

¿Su hijo? ¿Había tenido un hijo, alguna vez? ¿Había siquiera tenido un cuerpo? Pasado, Presente o Futuro eran ahora tan intranscendentes como un Van Gogh y una hormiga alada. Pero también eran tan importantes como ambos. Imprescindibles. Absolutos en realidad: ese Cielo estrellado y esa myrmeleon formicarius constituían ahora el firmamento de todo su ser, la razón misma de su existencia.

Tiempo.

Blancura.

Miedo.

Galaxia.

Transferencia.

Hijo.

Nave.

Latido.

Fiebre.

Silencio.

¡Shhhhh!

sssssssss... ssss... s... ... ...


Algo lo golpeó: la realidad.

Su cuerpo estaba allá abajo, en el suelo, pero también aquí. Se arrodilló junto a su cuerpo y lo tocó. Tocó su mano derecha con su mano derecha. Un cosquilleo eléctrico le erizó la piel.

Se palpó a sí mismo, luego palpó su cuerpo en el piso, su propio cuerpo.

Con una mueca se sentó junto a sí mismo. Cruzó las piernas, apoyó su mentón sobre sus nudillos y se quedó mirándose allí en el suelo, tendido y dormido, sin mente.

La hebilla de la manga derecha del traje de su yo en el suelo no estaba en su lugar. Se miró la suya: sí, allí estaba.

Sonrió sarcásticamente: o era el horizonte de posibilidades que generaba el núcleo galáctico en el que la nave estaba cayendo o era la falta de tapa del inyector etéreo n° 3, pero algo estaba alterando el continuo espaciotemporal.

Ariadnoo se tendió junto a su propia figura yaciente y giró la cabeza para mirarse de costado.

«¿Estás atrapado, eh? Yo también. Tú fuera de tu cabeza y yo dentro de la nave. O ambos en los dos sitios a la vez. Doblemente entrampados. ¡Triplemente! Casi olvido el núcleo galáctico, la fuerza de los millones de soles apiñados en el corazón de la Vía Láctea, la curva casi negativa del espacio en el centro exacto, jalando de nosotros... de tu mente, de mí, hacia sus fauces.»

Palmeó con su mano derecha la mano izquierda de su yo vacío. Era una palmada jocosa y humillante; entonces algo lo arrancó de sí.


[STOP (ABRUPTO)]

El minotauro. Eso era. Un minotauro que tenía algo peor que un agujero negro en lugar de cabeza. Y se erguía desafiante ante sus cinco diminutos ojos multicolores. Si hubiese tenido dedos y manos y brazos, habría podido desgarrarlo; entonces hubiese abierto su vientre de lado a lado con uñas como agujas de acero templado.

Pero el animal lo había arrancado de su cuerpo y lo había desterrado aquí, fuera de su nave y dentro del vórtice (o dentro de sí mismo, que era exactamente la misma cosa).

El animal se acercó lentamente, resoplando tiempo; un tiempo que giraba y se retorcía como volutas de humo gris. Sus brazos se estiraban y encogían.

Entonces descerrajó la última sinapsis que le quedaba y se dijo a sí mismo: «Ariadnoo» y, en ese momento, él y el minotauro fueron un solo ser.


Despertó anhelante.

Desde los conductos de compensación etéreos alrededor de los motores, se asomó por sobre los retenes de las cuplas: la tapa de eyección magnética.

Más allá de los bujes destrozados y de los retorcidos restos de los estatores, sólo quedaba una tapa intacta.

La nave estaba cayendo directamente dentro de la singularidad que constituía el núcleo de la galaxia. Había que invertir la trayectoria. Ariadnoo sabía que si no había fuerza suficiente en cien mil millones de estrellas como para arrancarlas de la danza gravitatoria del núcleo galáctico, mucho menos la habría en una simple nave monotripulada. Lo único que quedaba era abrir la tapa, descerrajar el acceso al conducto que llevaba directamente a los convertidores de antimateria de los motores y rezar para que el choque entre este tiempo caótico y el antitiempo del motor, lograra el milagro.


[EN UN SUSPIRO POTENCIALMENTE POSIBLE]

Miró cinco veces de reojo a la bestia que era también él mismo.

Él era la galaxia y él era Ariadnoo.

Él era, en definitiva, la duración, la fuente bullente, el tiempo mismo.

Y, entonces, libremente (humanamente), rectificó su elección.


Algo lo molestaba en el centro de su comprensión; era un dolor de cabeza y era algo más. Clavó las uñas en la tacha de relleno y tiró hasta que los dedos le quedaron blancos. Entonces algo golpeó su conciencia, algo que subía y se ubicaba dentro de él una y mil veces —cien mil millones, quizás— pero que parecía pertenecer a ese sitio.

Era como si su conciencia se arrellanara cómodamente en su asiento cerebral y lo hiciera infinitas veces.

Entonces miró la hebilla de su manga derecha y estiró su mano izquierda para removerla de allí: sería una buena palanca.

Sin embargo, tras un primer intento dubitativo, Ariadnoo cambió de opinión y con un brusco ademán, arrancó la hebilla izquierda...


[LA NAVE CONTINUABA EN SU CURSO PERO, CON UN SOPLO FUGAZ, EL UNIVERSO ENTERO GIRÓ, REACOMODÁNDOSE A SU ALREDEDOR PARA DEJARLA ESCAPAR... QUE YA HABRÍA TIEMPO, SE DIJO IRÓNICAMENTE EL COSMOS-ARIADNOO A SÍ MISMO.]



Teresa Pilar Mira nació en 1972 y es argentina. Su experiencia en el campo de la literatura fantástica está relacionada con la investigación, ya que es Licenciada en Filosofía y para su tesis de doctorado trabajó con textos míticos y obras de ciencia ficción, género que para ella —confiesa— constituye una verdadera pasión. Hasta primer cuento publicado en Axxón su producción se había restringido a trabajos expositivos, artículos, informes y algunos ensayos. Hemos publicado en Axxón: INTERCAMBIO JUSTO (171)



Este cuento se vincula temáticamente con "La invención de la conserva", de Anne Lanièce (172) y "Tiempo prestado", de Stephen Kotowych (181)


Axxón 184 - abril de 2008
Cuento de autor lationamericano (Fantástico : Ciencia Ficción : Ficción Especulativa : Espacio-Tiempo : Argentina : Argentina).

            

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