DIVULGACIÓN: ¿Eran humanos los Homo erectus?

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El Niño de Turkana


por Marcelo Dos Santos (especial para Axxón)
www.mcds.com.ar

Hace siglos, el pueblo de los Kamba, de etnia bantú, atravesó los montes Usambara desde el oeste de Tanzania y colonizaron las tierras que hoy pertenecen a la parte oriental de Kenya.

Considerados de entre los mejores cazadores del África, muchos sin embargo se ocuparon del comercio y la ganadería a partir del siglo XIX.

Pero este importante grupo étnico africano rendiría a la ciencia algo más que un cazador, o acaso un cazador de algo más que gacelas y cebras.


La pareja de misioneros británicos Harry y May Leakey se mudó a lo que hoy es Kenya para trabajar con los nativos, mientras Harry traducía por primera vez la Biblia al Kikuyu, lengua bantú muy relacionada con la de los Kamba.

Tuvieron cuatro hijos, y el mayor de los varones, Louis, pronto comenzó a destacarse por su inteligencia y el amor por esa extraña tierra africana donde había nacido.

Siendo niño, Louis construyó una choza al estilo kikuyu en el fondo de la misión, y allí emplazó una gran colección de huevos, cráneos de pájaros y otras piezas. Aprendió a caminar con el paso característico de los kikuyu que jugaban y crecían con él y, al alcanzar la adolescencia, fue admitido en la tribu e iniciado en una ceremonia que lo convirtió en cazador y guerrero aceptado. Louis Leakey hablaba con fluidez el kikuyu, y más tarde aprendió también —como sus padres y hermanos— otras lenguas pertenecientes a la familia bantú.

En 1922, el muchacho viajó a Londres para estudiar arqueología y antroplogía, ciencias en la que logró sus doctorados en 1926.

A partir de allí, la carrera de Leakey fue metórica: regresó al África y se estableció en lo que había sido el África Oriental Alemana, entregada a Gran Bretaña como parte de los tratados posteriores a la I Guerra Mundial y ahora rebautizada Tanganika, y comenzó a buscar fósiles de dinosaurios, que los alemanes habían descubierto en la zona.

Años antes, en 1913, el alemán Reck había desenterrado un cráneo humano en una pared del cañón del río Olduvai, en Tanganika. El estrato geológico en el que se lo encontró tenía 600.000 años, es decir que el fósil provenía del Pleistoceno Medio. Pero en 1913 nadie hubiese creído que el Hombre tenía una antigüedad tan grande, y el pobre Reck fue ridiculizado y atacado ferozmente.

Sin embargo, en 1928 Leakey extrajo herramientas de piedra, incluyendo elaboradas hachas, de un sitio en Olduvai, y sabía perfectamente que correspondían a la antigüedad del fósil de Reck y que estaban asociadas con ese grupo de homínidos. Esa industria lítica se conoce como Achelense. Así que al año siguiente armó sus maletas y viajó a Berlín a conocer al sabio germano.



Olduvai Gorge


Entre las piezas de la colección de Reck, Leakey vio una herramienta achelenses, lo que le confirmó la correspondiente relación entre esas herramientas y el cráneo descubierto por el alemán, que fue rebautizado "Hombre de Olduvai".

Pero Reck estaba tan golpeado que se había vuelto escéptico. Dijo que probablemente Leakey se equivocaba como se había equivocado él, y que el cráneo del Hombre de Olduvai debía ser más reciente, y que había sido presionado hacia abajo por los sedimentos para terminar en un estrato mucho más antiguo que el que en verdad le correspondía. Leakey le apostó entonces 10 libras esterlinas a que, si Reck aceptaba acompañarlo a Olduvai Gorge, él era capaz de encontrar herramientas en los estratos de 600.000 años en menos de 24 horas.



Louis y Mary Leakey en 1956


Y así se hizo. El inglés kenyatta y el alemán llegaron a Olduvai en 1931, y, con modestia y hombría de bien, Leakey permitió que Reck entrara primero en el cañón del río. Y en efecto el berlinés tuvo que pagarle las 10 libras, porque ya durante el primer día Leakey había excavado y extraído numerosas herramientas achelenses, todas del estrato de 600.000 años. Asimismo, encontró otros fósiles homínidos en las estaciones arqueológicas de Kanam y Kanjera, de la misma antigüedad, a los que bautizó Homo kanamensis.


Envuelto en oscuros problemas políticos entre el gobierno inglés de Tanganika y algunos kikuyus libertarios que formaron la sociedad secreta Mau Mau, Leakey se vio privado de trabajar en el campo y además estuvo enfermo varias veces.

Pero su esposa descubrió en 1959 un ejemplar de Zinjanthropus, homínido rebautizado más tarde Australopithecus boisei y hoy en día conocido como Paranthropus boisei, que vivió durante el Plioceno y el Pleistoceno, esto es, entre hace 2,6 y 1,2 millones de años.



Reconstrucción de un Paranthropus boisei


Luego de haber escrito 17 libros y de haber "descubierto" los talentos de Jane Goodall, Dian Fossey y Birute Galdikas, tres jovencitas que más tarde se convertirían en las más celebradas primatólogas del mundo (los famosos "Ángeles de Leakey"), Louis Leakey murió en Londres, víctima de un ataque cardíaco, en 1972. Tenía 69 años.


En o alrededor de 1940, nació en la tribu Kamba un niño llamado Kamoya Kimeu. De inteligencia notable aún siendo muy niño, fue educado durante seis años en una escuela de misioneros cristianos, donde por supuesto no se le enseñó concepto alguno relativo a la evolución o la selección natural.

Concluida la escuela, Kamoya consiguió un trabajo en una granja lechera hasta fines de los ´50, cuando tuvo un altercado con los dueños y abandonó su puesto.

En 1960, Louis Leakey nombró a su esposa Mary directora de excavaciones de Olduvai, y juntos decidieron contratar trabajadores Kamba en lugar de los Kikuyu que habían tenido antes, atendiendo a los problemas políticos que las relaciones de estos últimos con los Mau Mau habían generado.

Entre los Kamba recién llegados se encontraba Kamoya, que de esta forma se relacionó por primera vez con la paleoantropología y la exhumación de restos humanos de los alrededores del cañón. Pronto se destacó por su perfecto conocimiento de la región y su enorme intuición para identificar sitios probables para el hallazgo de fósiles, y tres años más tarde fue reclamado por el hijo de Louis, Richard Leakey. En 1967 fue requerido para ayudar a Richard a planear y ejecutar una importante expedición al entonces Lago Rodolfo, hoy llamado Lago Turkana.



Richard Leakey


Para ese entonces, Kamoya se había convertido en la mano derecha de Louis Leakey, y, cuando este se hallaba ausente, el Kamba asumía la dirección total de las excavaciones en todos los yacimientos.

Para completar su brillante carrera, Kamoya fue nombrado Curador General de todos los yacimientos prehistóricos de Kenya, cargo que ocupó hasta su muy reciente jubilación.



Kamoya Kimeu


Kamoya Kimeu se ganó por mérito propio el título de cazador de fósiles homínidos más exitoso de todos los tiempos, y es por ello que dos especies han sido bautizadas en su homenaje: Kamoyapithecus hamiltoni (relacionado con el Procónsul) y Cercopithecoides kimeui.

En 1973, descubrió el fósil de Homo habilis KNM-ER 1813, que consiste en un cráneo casi completo con una pequeña capacidad cerebral de 510 cm3. ER 1813 vivió en Koobi Fora, Kenya, hace 1,9 millones de años, pero su escasa cerebración y el primitivismo de sus demás atributos llevó a Richard Leakey a proponer la exclusión de H. habilis del género Homo para incluirlo en Australopithecus bajo el nombre de A. habilis, asunto que aún se encuentra en discusión en el mundo científico.

Pero el descubrimiento más importante de Kamoya aún estaba por venir.


En 1984, Richard y Kamoya condujeron una gran expedición al sitio paleoantropológico de Nariokotome, a orillas del Lago Turkana. Este es el lago de ámbito desierto más grande del mundo, y también el más grande en poseer aguas alcalinas. Se ubica en el Rift Valley kenyatta, y su extremo septentrional se adentra en territorio etíope.

El objetivo de la expedición era claro y concreto: encontrar de una vez por todas el "eslabón perdido" entre el género Homo y sus ancestros animales.

La mayor parte de los paleoantropólogos pensaban que este sería —cuando se lo descubriera— una especie de mono con un gran cerebro de tipo humano. Un mono bípedo, del tipo de los personajes de "El planeta de los simios". Tan convencidos habían estado de ello los científicos, que se sintieron muy contentos al descubrirse el Hombre de Piltdown, un único fósil que aparentaba demostrar acabadamente las teorías en boga. Anunciado inmediatamente el hallazgo del "eslabón perdido", se comprobó que tenía una capacidad craneal plenamente humana pero ciertos rasgos, como la mandíbula inferior, incuestionablemente simiescos.



La gran mentira: el Hombre de Piltdown


Pero el Hombre de Piltdown era un engaño: muchas décadas después de su descubrimiento, el radiocarbono demostró que se trataba de una mandíbula de mono convenientemente "envejecida", unida al cráneo de un hombre moderno. La caída del Piltdown arrastró consigo a todas las teorías de un "eslabón perdido" tipo Roddy McDowell con maquillaje de mono.



Impresionante vista del Lago Turkana


Así que la ciencia tenía nuevamente un hueco en el lugar que debía ocupar el eslabón perdido, y el objetivo de la expedición de Richard Leakey y Kamoya Kimeu era encontrar un fósil que lo llenara. Interesado en ello, el celebrado paleoantropólogo Alan Walker se sumó a los dos investigadores.


Era un hermoso día domingo en Turkana. Según la costumbre de Richard y Kamoya, los miembros de la expedición descansaban, se ocupaban de su correo y lavaban la ropa. Pero Kimeu no: él no cesaba en la búsqueda de restos ni siquiera en su día de descanso.

Caminando por un campo inmediato al campamento, el kamba vio en el suelo un pequeño fragmento de hueso, al que de inmediato identificó como parte de un hueso frontal. Tenía el tamaño de una caja de fósforos. Bajo él, Kamoya descubrió el resto del cráneo, y más allá el resto del esqueleto. Al equipo le tomó cinco años desenterrarlo en su totalidad. Cuando los 108 huesos que componen el fósil (las manos y los pies nunca fueron hallados) estuvieron fuera del terreno, se los colocó sobre una mesa de madera, y Walker y la esposa de Richard, Meave Leakey, provistos de pequeñas herramientas y adhesivos, procedieron a articular nuevamente los huesos, trabajando incansablemente bajo la sombra de un árbol espinoso.


Cuando el esqueleto estuvo armado, vieron claramente lo que tenían sobre la mesa: Kamoya había encontrado un esqueleto casi completo de un niño de 10 a 12 años, el ejemplar más perfecto de Homo erectus (aunque algunos lo catalogan como H. ergaster) descubierto hasta el presente. En homenaje al lago, este fósil se conoce actualmente como "El Niño de Turkana", y su nombre técnico es KNM-WT 15000.

Su propietario vivió hace 1,5 millones de años en las cercanías del lago, tiempo en que el nivel del agua era bastante mayor que el de la actualidad, y varias especies de hominídos (tanto del género Homo como del Australopithecus) habitaban en sus orillas.



El Niño de Turkana


Lo más impresionante acerca del Niño es el buen estado general y las pocas piezas faltantes: piénsese que hasta el descubrimiento de Kimeu, el fósil más completo había sido Lucy, probremente conservada en comparación con el que nos ocupa.



Lucy


Pero el Niño tiene otras características asombrosas. Una de ellas es su gran estatura (1,65 metros), lo que indica que si hubiese llegado a la adultez habría superado con creces 1,85 m. Si consideramos que se trata de un niño de 10 años, la estatura verdaderamente impresiona.

Pero su edad puede haber sido incluso menor: la mandíbula muestra varios dientes de leche, mezclados con otros definitivos que representan menos de la mitad de la dentadura. Esto indica que, en realidad, tenía menos de 10 años, casi con seguridad 9. Esto surge de los siguientes hechos: los grandes monos cuadrumanos modernos, como el chimpancé, crecen y maduran mucho más rápido que los seres humanos. Los Australopithecus africanus (a partir de estudios realizados sobre el cráneo del Bebé de Taung, un A. Africanus de 3 años de edad descubierto en 1924) lo hacían a la misma velocidad que los monos. El Niño de Turkana creció y estaba madurando a un ritmo casi exactamente intermedio entre los monos modernos y los australopitécidos por un lado y H. sapiens por el otro.



El Bebé de Taung


El Niño pesaba 68 kilos y tenía una capacidad craneal de 880 cc (hubiese llegado a 910 cc si no hubiese muerto), mucho menor que los 1400 de los hombres modernos.



El Niño de Turkana


Pero no es esto lo único que puede decirnos el esqueleto del infortunado muchacho.


Cuando uno ve al Niño por primera vez, su aspecto es incuestionablemente humano. Parecehumano, lucecomo humano, y es completamente seguro que, vestido con pantalones vaqueros y una gorra del Real Madrid en la cabeza, nadie se pararía a mirarlo dos veces en medio de una gran ciudad de hoy en día. Pero la pregunta del millón es: ¿Era humano?Generalizando la cuestión: ¿Eran hombres los Homo erectus?

Y la clave, contrariando lo que el común de la gente suele creer, no radica en el pensamiento ni en la inteligencia.


"Todos los animales piensan. Mi gato piensa", dice el doctor Walker. "Incluso el estúpido caballo de mi esposa piensa. Lo que no pueden hacer es pensar cosas abstractas. Es decir: no pueden pensar en el martes que viene. Nosotros tenemos un montón de pensamientos abstractos porque disponemos de un lenguaje". De tal modo, el eje del problema se desplaza del pensamiento al habla.

Pero: ¿Podía hablar el Niño de Turkana? Tenía edad más que suficiente para hablar correctamente, así que sólo resta demostrar si poseía la capacidad.

El médico y antropólogo francés Paul Broca descubrió en 1864, que las lesiones en el área prefrontal inferior izquierda del cerebro (concretamente la tercera circunvolución frontal izquierda) provocaban dificultades o imposibilidad de hablar en los pacientes. Este trascendental descubrimiento abrió a la ciencia el concepto de compartimentalización cerebral (es decir, cada función cerebral reside en un área específica). Broca había descubierto la sede de la motricidad del lenguaje artículado, la cual ha sido bautizada en su homenaje.



El Área de Broca (en verde)


De modo que lo primero que debía hacerse era investigar si el Niño poseía un Área de Broca en la corteza prefrontal. A pesar de que no disponemos de sus tejidos blandos, Broca deja un clara e inconfundible impresión en la parte interna del cráneo, y el pequeño incuestionablemente la posee. Este descubrimiento de un Área de Broca en el cerebro de los H. erectus llevó al convencimiento de que en efecto eran capaces de expresarse verbalmente, característica que de facto y por sí misma los convertiría en humanos.

Pero ¿es suficiente poseer un Área de Broca para poder hablar? Los bebés humanos ciertamente la tienen desde que estaban en el útero, pero eso no quiere decir que logren hablar.

Como el Niño es el ejemplar más completo jamás encontrado, era él el indicado para darnos la respuesta definitiva a esta pregunta fundamental.


Los esqueletos femeninos de H. erectus muestran un canal de parto mucho más ancho que los de especies anteriores, lo que es coherente con el súbito y radical aumento del tamaño cerebral de los bebés. H. ergaster, H. heidelbergensis y H. neanderthalensis tienen características similares, lo que señala que la capacidad cerebral aumentó rápidamente en el lapso comprendido entre Australopithecus y ellos.

Por otro lado, la cadera del Niño (un varón, por lo que no presenta canal de parto) es más larga y angosta que la nuestra, es decir, que tenían una gran capacidad para correr. Los únicos seres humanos modernos que muestran caderas comparables son los velocistas y fondistas olímpicos. sólo los cazadores corren constantemente, por lo que hoy sabemos que H. erectus no era un recolector como por ejemplo H. habilis.



Reconstrucción de un Homo habilis


Por otra parte, entre los radicales cambios evolutivos que la selección natural impuso en el pasaje de Australopithecus a Homo, el Niño de Turkana muestra un catálogo completo: gran estatura, diferentes proporciones de los miembros, ausencia de pelo y, para compensar esto último, piel muy oscura para sobrevivir al brutal flujo ultravioleta del sol africano. Visto de lejos y causa de su piel, estatura, peso y proporciones, el Niño de Turkana se parecía muchísimo a un miembro actual de la etnia Masai.

Pero visto de lejos.

Al acercarnos, hubiésemos podido comprobar que el jovencito tenía características que hoy están ausentes en todos los hombres vivientes. La frente era muy baja, los arcos superciliares demasiado fuertes, y carecía de mentón. Sus brazos eran, además, ligeramente más largos que los del hombre moderno.

Igualmente, nada de esto nos dice nada sobre su naturaleza humana. Lo que verdaderamente define la humanidad es la imaginación, cuyo catalizador es el lenguaje. "Una vez que comenzamos a hablar, pudimos imaginar el futuro y recordar el pasado de modo muy distinto a los animales", dice Walker. "Así, pudimos transferir los conocimientos a otras personas. El lenguaje es la herramienta que nos permite crear abstracciones, y la imaginación derivada de él es lo que nos habilita para modificar el mundo en que vivimos". Sabemos que el lenguaje sólo apareció con el género Homo, pero ¿lo poseyeron todas sus epecies? Walker continúa: "Se ha sugerido que el lenguaje apareció como consecuencia de la creación de las herramientas, para que el artesano pudiera enseñar a otros a construirlas. Pero yo creo que si usted necesita enseñarle a alguien a hacer una herramienta de piedra, lo único que necesita saber decir es `Mírame´". Las primeras herramientas achelenses datan de 2,4 millones de años. Si la teoría es correcta, entonces el Niño de Turkana tiene que haber sido capaz de hablar. Si lo era, tenía imaginación y pensamiento abstracto. En pocas palabras: era humano.



La excavación donde yacía el Niño


"Yo sabía que no podía buscar la imaginación en un esqueleto", reconoce el paleoantropólogo, "pero también estaba seguro de que un anatomista competente tenía que ser capaz de encontrar evidencia de lenguaje en esos huesos".


El Niño de Turkana es el único ejemplar de esa antigüedad que posee una columna vertebral prácticamente completa. Y de esta estructura surgió la solución del enigma. A nivel del tórax, el canal medular del Niño y los orificios correspondientes a los nervios raquídeos son muchísimo más pequeños que en el H. sapiens. Los hombres modernos tenemos nuestro gran canal medular en las vértebras torácicas y los grandes orificios para los nervios motrices que controlan el diafragma porque para poder hablar es necesario ejercer un gran control voluntario sobre la respiración.



Walker y el Niño


Cuando hablamos, esa porción de la médula espinal y esos nervios raquídeos manejan el monto exacto de aire expelido por los pulmones hacia la laringe, para producir cada sonido de cada palabra de cada frase. Este milimétrico control muscular exige, además, que los músculos de la pared torácica se desarrollen de una determinada manera, sumamente específica para cada lenguaje.

"Cuando miré la vértebra me di cuenta de que no era capaz de alojar el aparato neurológico necesario para gobernar ese complejo proceso", afirma Walker. "Los canales eran demasiado pequeños como para haber contenido los nervios que posibilitan el habla. De hecho, los canales óseos del Niño de Turkana son casi iguales a los de los grandes monos, muchísimo más pequeños que los del Hombre moderno. Nunca hubo nervios motores conectados a esos músculos como para permitirle articular una frase".



Armando el esqueleto del Niño


Careciendo de lo necesario para hablar y respirar al mismo tiempo, y faltándole el imprescindible control voluntario de la respiración, Walker nos lleva así a la conclusión de que el Niño de Turkana no podía hablar, y, por lo tanto, Homo erectus carecía de lenguaje. A la distancia parecía un africano moderno, pero de cerca no era capaz de hacer cosas que los seres humanos hacemos desde siempre. Así como no puede ordenársele a un perro que no respire, el Niño tampoco podía contener la respiración. Y no podía aullar y respirar al mismo tiempo (los monos no respiran mientras gritan). Ambas cosas son condiciones sine qua non para poder hablar. A pesar de su aspecto sorprendentemente humano, de su forma humana de caminar y de correr como un jugador de fútbol, el esqueleto del Niño de Turkana nos ha demostrado que Homo erectus era sólo un animal, muy lejano de la actual definición de humanidad.



Reconstrucción del Niño de Turkana



Los importantísimos descubrimientos de Kimeu, Leakey y Walker han trastocado, por lo tanto, todas las teorías previas acerca de la evolución del lenguaje. Se había creído que el idioma databa de la época de las primeras herramientas achelenses, diseñadas hace 2,4 millones de años. Esto no es así. Los erectus, grandes diseñadores de elegantes y refinados utensilios, no eran sin embargo capaces de hablar más de lo que un gato lo es. Y eso siguió así hasta hace 1,5 millones de años, cuando murió el Niño de Turkana. Hoy se considera seguro que el H. erectus siguió careciendo de habla hasta su extinción hace 200.000 años. Acaso esa falta fue responsable de su desaparición.



Alan Walker compara el fémur del Niño con el suyo propio


Actualmente, se cree que la evolución del lenguaje tuvo que esperar hasta la aparición de los más desarrollados H. heidelbergensis, H. nenaderthalensis y, por supuesto, usted, los Cromagnones y yo, representantes típicos de los nunca bien ponderados H. sapiens.


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