JULIETA

Francisco Costantini

Argentina

Justamente, a vos.

Pero temo que todo sea un sueño de la noche
sin otra realidad que su dulzura.

(Romeo, en Romeo y Julieta
de William Shakespeare)


Viernes por la noche. Sentado frente al monitor, Gastón se dispuso a revisar los mails. No había más que mensajes basura. Los leyó sin mayor interés. Justo al finalizar un correo que alertaba sobre las posibilidades de un colapso de Internet, apareció un "Hola", abajo, en el ángulo derecho del monitor. Sin otra cosa para hacer, abrió la ventana del messenger. Quien lo había saludado aparecía como MJM.

Gastón: Hola. ¿Quién sos?

MJM: Soy Julieta. Vi que estabas conectado y quise saber quién eras. ¿Gastón?

Gastón: Sí, así me llamo. ¿Nos conocemos? No recuerdo a ninguna Julieta.

MJM: ¿Seguro?

Hizo memoria por unos segundos.

Gastón: Seguro.

MJM: Qué raro, entonces, que te tenga en mi lista de contactos...

Gastón estaba por contestar cualquier nadería, cuando la fotografía de una rubia descomunal apareció en la pantalla. Se quedó duro.

—¡Mierda! —dijo en voz alta.

Gastón: ¿La de la foto sos vos?

MJM: No sé, podría ser... Contame: ¿qué te gusta de ella?

"¿Qué me gusta? ¡Todo!", pensaba. Sin embargo, no comprendía demasiado la situación. Se preguntaba qué estaría buscando ella (en caso de que fuera ella), por qué le mostraba esa fotografía, por qué la pregunta. Pero, viendo que no tenía nada mejor que hacer, decidió seguirle el juego.

Gastón: Las piernas, sin dudas.

MJM: ¿Nada más?

Gastón: Sí, todo. Pero las piernas son lo mejor que tiene.

Una nueva imagen apareció en la pantalla: morocha, de labios gruesos pero armoniosos, la mujer lucía desbordante. "Sí, desbordante es la palabra", se dijo.

MJM: ¿Y de ésta?

Gastón: La boca, su sensualidad.

Pelirrojas, más rubias, más morochas, flacas, rellenitas, gordas, bajas, altas... Llegó un momento en que no supo cuántas fotografías diferentes había visto; de cada una extraía una cualidad que las otras parecían no tener.

Una hora siguiéndole el juego a Julieta, la pregunta se imponía:

Gastón: ¿Por qué me hacés estas preguntas? ¿Sos dueña de una agencia de modelos?

MJM: ¡Ja! No, nada que ver.

Gastón: ¿Entonces?

MJM: Mirá, ésta soy yo.

Gastón se quedó mudo. Nunca en su vida había visto una mujer tan hermosa. Las palabras le eran insuficientes para nombrar, describir, lo que sus ojos apreciaban. En toda esa belleza desconocida sintió, sin embargo, cierta familiaridad. Cuando descubrió qué era, quedó más maravillado aún.

Gastón: ¡Pero si tiene los detalles que me gustaron de las fotos! ¿Cómo puede ser?

MJM: Hay mucho que puede hacerse con ciertos programas.

Gastón: O sea que la de la imagen no sos vos, es un truco.

MJM: Sí, soy yo. En base a mi apariencia seleccioné y modifiqué las otras imágenes. Además no tengo todas las cualidades que mencionaste ya que algunas eran contradictorias.

Gastón: Increíble...

MJM: ¿Lo de las fotos?

Gastón: No. Nunca había visto a una mujer tan hermosa —se animó a decir, aunque inmediatamente después de presionar enter se arrepintió de la estupidez.

MJM: Gracias.

Ahora él no sabía qué hacer, qué más decir. Si quedarse en eso, con el gracias y olvidar la extraña conversación, o continuar. ¿Pero cómo? Era medio torpe en este tipo de situaciones, incluso en el chat. Por suerte, ella le mostró el camino:

MJM: Contame, ¿de dónde sos?

Gastón: De Mar del Plata. ¿Vos?

MJM: ¡Yo también! ¡Qué casualidad! Aunque no hace mucho que llegué a la ciudad ¿Por dónde vivís?

Gastón: Aragón y 180.

MJM: Ah... No me ubico. Yo resido en el centro.

La charla continuó así por una hora más. Gastón poco a poco fue sintiéndose mejor, ganando confianza. Hacía tiempo que no mantenía, ni siquiera cara a cara, un diálogo tan ameno y profundo con alguien. Además Julieta parecía una persona encantadora. Claro, podía estar mintiendo. Por su parte, él era más sincero que nunca. De hecho, se había olvidado de que estaba chateando, de su solitaria habitación, del horario...

MJM: Ja ja ja... Qué gracioso

Gastón: Sí, pero era muy chico...

MJM: Bueno, Gastón, un gusto haberte conocido, pero ya se me hizo tarde.

Gastón: Sí, a mí también (mentía). No me di cuenta de la hora.

Se sentía raro. La conversación lo había sacado de la soledad en que diariamente vivía. Pero sólo fue la ilusión de unas pocas horas que, finalizada, no hacía más que acentuar su dolor.

Gastón: Espero que pronto nos volvamos a cruzar —escribió, apesadumbrado.

Ella lo sorprendió:

MJM: ¿Me das tu número de teléfono? Te puedo llamar, si querés, claro. Prefiero contactarme por teléfono antes que chatear.

El corazón de Gastón pegó un salto. Sin creerlo del todo, tecleó los números de su teléfono. No se animó a pedirle el suyo a Julieta.

Gastón: Bueno, espero tu llamado, cuando gustes.


Desde aquella noche, no hubo momento que no deseara: "Que sea hoy... Que me llame hoy". Las mañanas en el trabajo apenas lograban despejar su mente. Las tardes y las noches eran peores. Nada le interesaba, sólo se sentaba horas y horas frente a la computadora, recorriendo sitios de Internet sin más motivo que dejar pasar el tiempo, esperando que otra vez el cuadro de diálogo apareciera y le dijera "Hola". Cuando dejaba esto de lado, se sentaba en el sofá y contemplaba el silencio del teléfono, hasta que se dormía.

Una mañana, sonó seis veces hasta que terminó de enjuagarse la boca. Corrió hasta la habitación y lo buscó entre el desorden de ropa, libros y restos de comida.

—Hola.

Su respiración se detuvo, expectante, durante el segundo en que no oyó respuesta alguna. Pero finalmente:

—Hola —una voz femenina—. ¿Gastón?

—Sí... ¿Quién habla?

"Qué pregunta estúpida", pensó.

—Julieta. ¿Te acordás de mí? El viernes pasado estuvimos chateando...

—Sí. ¡Cómo no me voy a acordar! Si fue una conversación muy agradable.

—¿En serio? ¡Qué bueno que pensés eso! Yo también la disfruté. Es más, te hubiese llamado ese mismo día, pero no me animaba y me estuve conteniendo toda la semana hasta que hoy ya no aguanté más...

No podía creer lo que oía. No sólo por las palabras y su significado, sino también por la dulzura de esa voz que le acariciaba el oído. Era un contacto físico que le daba sustancia, la volvía real, tangible.

—Bueno, yo no me di cuenta de pedirte tu número telefónico, si no, no habría esperado tanto para llamarte.

—Eso me tranquiliza, aunque aún no tengo teléfono.

—¿Estás en una cabina telefónica?

—Algo más o menos así.

—Uh, bueno, no gastés dinero de gusto...

—No, no hay problema, en serio —Una pausa. Cambió de entonación—. Contame, ¿qué estabas haciendo cuando te llamé?

Conversaron largo y tendido aquel día, y mucho más durante cada noche de la semana siguiente. Gastón fue descubriendo una persona que no era tan diferente a él y que estaba sola en Mar del Plata, adonde había llegado buscando nuevos horizontes

Al fin, acordaron un momento y un lugar donde encontrarse.


De un momento a otro ella llegaría y se verían las caras por primera vez. Nunca en su vida había dado tantas vueltas para ponerse un pantalón y una camisa. Jamás le había interesado demasiado si los zapatos le combinaban con el cinto. Pero éste era un momento único para él. Ya había tenido el privilegio de escuchar la voz de Julieta y ver su foto; hoy tendría la oportunidad de conocerla definitivamente.

No conseguía retirar la mirada de la puerta. La insignificante demora de cinco minutos lo intranquilizaba. "Quizás se arrepintió", pensaba, aunque de inmediato descartaba dicha posibilidad, especulando con un típico retraso femenino.

Entonces, ella llegó. Gastón la vio aparecer y detenerse bajo el dintel. Luego la observó recorrer el lugar con los ojos. Sin que él realizara ni el más mínimo gesto, Julieta le sonrió. No podía creer que fuese tan hermosa, tan radiante. La piel blanca, el cabello castaño, los labios rojos... Mucho mejor que la fotografía.

—Hola —saludó ella.

Él no respondió, petrificado y clavado en su asiento. Hasta que reaccionó.

—¡Hola! —Se puso de pie; se saludaron con un beso—. ¿Cómo estás, Julieta?

—Bien, gracias. Perdón por la demora.

—No pasa nada. Pero sentate, por favor —y le señaló la silla—. ¿Qué querés tomar?

Ella frunció levemente las cejas.

—¿Café, té, chocolatada? —insistió.

Julieta se demoró un instante. Después respondió:

—Lo que vos tomes.

—¿Segura?

Ella asintió. Gastón llamó al mozo y le pidió dos cafés con leche y dos tostados.

—Así que nunca antes habías estado en Mar del Plata.

—Cierto. Es la primera vez.

—¿Y qué te parece?

—Linda... —se quedó callada, como buscando las palabras adecuadas—. Todo es nuevo para mí: los olores, el azul del mar, la humedad... Pero me gusta.

—Claro, en Salta las cosas deben ser muy distintas. Nunca estuve allí.

Julieta se limitó a sonreír, a Gastón eso le bastaba; estaba obnubilado, aunque mucho más tranquilo que durante la espera.

El mozo llegó con el pedido. La muchacha observó con curiosidad la taza a su lado. Luego entrecerró los ojos e inspiró profundamente.

—Qué lindo aroma —dijo, aún con los párpados bajos.

—Sí. Acá sirven el mejor café de la ciudad.

Él se llevó el recipiente a los labios, ella lo imitó. Gastón notó por su expresión que le había gustado. Estaba asombrado, también complacido, por la sensibilidad de Julieta. Todo le parecía maravilloso, inédito, como a una niña. ¿Cómo lo vería a él, sin embargo? Eso le interesaba más que nada.

Tres tazas más tarde, salieron del lugar. Caminaban por las playas del centro.

—Esto me encanta.

—¿Qué cosa?

—Esta brisa suave que me acaricia la piel.

—No me había dado cuenta. Debe ser que uno, que vive acá, no percibe esas cosas.

—También me gusta la arena —Se inclinó y tomó un puñado—. Mirá cómo se escabulle por entre mis dedos —dijo con la mano abierta—, y es tan áspera y opaca.

—Lo que más me gusta a mí es que estemos en primavera.

—¿Por qué? —inquirió ella.

—No sabés lo que es Mar del Plata en verano, turistas por todos lados —frunció la nariz—: un asco. En cambio, ahora podemos caminar tranquilos, sin que nadie nos moleste.

Ella se detuvo y se paró delante de él.

—Me gusta estar con vos, tranquilos, sin que nadie nos moleste.

—¿En serio? —Gastón creyó que se derretía.

—Ajá.

Entonces él, dejando de lado la timidez, le confesó:

—Me gustás mucho, Julieta.

Y se besaron.

Más tarde, él no le creería cuando ella le confesara que ése había sido su primer beso.


Cuatro semanas después, ella se mudaba a su departamento, convirtiendo a Gastón en un hombre nuevo. Por primera vez su horizonte temporal se había ensanchado y descubría algo distinto al pasado y al presente, tan similares entre sí: el futuro, que no imaginaba sin Julieta. Jamás una pelea, ni siquiera un mínimo desacuerdo. El departamento siempre lo esperaba con su calidez. Ella, a veces, se angustiaba por la falta de empleo. Él la consolaba, le aseguraba que pronto encontraría uno, que de todos modos no estaban mal así. Además, reconsideraba seriamente volver a dar clases.

Sin embargo, esta felicidad se vería interrumpida.

—¡La puta que te parió, conexión de cuarta! —insultó Gastón—. Juli, ¿vos pudiste conectarte hoy a Internet? Porque no puedo, o si consigo entrar, anda lentísima...

No hubo respuesta.

—¿Juli? —insistió.

Como ella no contestara, salió de la habitación y se dirigió al baño. La puerta estaba cerrada. Acercó su boca a la madera y preguntó:

—¿Estás bien, mi amor?

La voz apagada llegó desde el otro lado:

—Sí... Un poco descompuesta, pero nada grave. Debe ser algo que comí.

Gastón abrió la puerta. Observó a Julieta que se apoyaba sobre el lavabo; había vomitado.

—Pero estás muy pálida, che —Se acercó y tocó su rostro—. Y tenés algo de fiebre... ¿No querés que vayamos a la clínica?

—No, en serio —dijo, intentando esbozar una sonrisa—. Deja que me recueste un rato y ya se me va a pasar.

—Bueno, pero si no mejorás, te llevo.

—Dale.

Julieta no quiso comer nada. Gastón se conformó con lo que había sobrado del mediodía y luego se acostó junto a ella. Antes de dormirse, le tomó la temperatura y creyó percibir una leve mejoría.

Al día siguiente, se despertó a media mañana. Ella no estaba en la cama, por lo que supuso que ya se había levantado. Sin embargo, le extrañó el silencio absoluto que reinaba, pues Julieta no lo soportaba y siempre mantenía encendida la radio, el televisor o ambas cosas a la vez.

—Mi amor —llamó, mientras recorría los ambientes del departamento.

No la encontró. Imaginó que habría salido a las compras, aunque los sábados siempre las hacían juntos en el Carrefour de 180 y Constitución. En todo caso ella no tardaría mucho en regresar, puesto que había dejado su celular, el que él le había regalado, sobre la mesa. Pensando en esto fue a ducharse.

Pasaron casi dos horas y Gastón no tenía novedades de Julieta. Caminaba por todo el departamento, salía afuera para mirar si venía, controlaba una y otra vez que el teléfono tuviera tono. ¿Habría ido a ver a algún médico? Pero era absurdo que no le avisara. Ella tampoco tenía ningún familiar ni amigo en Mar del Plata. ¿Dónde estaría? ¿Qué le habría sucedido? Todas estas interrogantes giraban incesantemente en la cabeza de Gastón, sin respuestas.

A media tarde no soportó más la espera. Debía hacer algo, movilizarse. Telefoneó a todos los hospitales y clínicas. Recorrió cada rincón del barrio y más. Exhausto, regresó, albergando una mínima esperanza de que ella estuviera esperándolo. Decepcionado, triste, aguardó durante horas frente al teléfono. Lloró como nunca, sin entender por qué, con ganas de morir. Imaginó numerosos motivos por los que ella podía haberlo abandonado. Tal vez, simplemente, ya no lo amaba, aunque eso no justificaba que se hubiera marchado así, sin decir nada, sin despedirse siquiera.

La mañana siguiente insistió de nuevo con los hospitales. Aún no sabía si pasadas las veinticuatro horas haría la denuncia. Intentó conectarse a Internet desde su casa, pero, como sucediera dos noches atrás, no lo consiguió. Molesto, caminó con pasos largos hasta el locutorio más cercano. Le enviaría un mail; tal vez le contestara o se dignara a llamarlo.

—Una computadora con conexión, por favor.

El muchacho que estaba detrás del mostrador lo estudió durantes unos segundos, con los ojos bien abiertos.

—Hola... ¿Podrías darme una computadora? —insistió Gastón, levantado la voz.

—Me estás cargando —dijo el otro, serio.

—¿Qué...?

—Desde ayer por la mañana no hay Internet. El mundo está sin Internet.

Gastón frunció el ceño, no comprendía bien.

—Como muchos habían predicho, el sistema finalmente colapsó —Ahora fue el muchacho quien frunció el ceño—. ¿No viste las noticias? En la televisión no hablan de otra cosa. El mundo está conmocionado... ¿En qué planeta vivís?

Las piernas le flaquearon. Trató de apartar los pensamientos que irrumpieron con fuerza en su mente. Miró la hilera de monitores apagados que se extendía hasta el final del local. Recordó la primera conversación con Julieta. La realidad le pareció compleja, engañosa, impenetrable... mágica.

—Che, ¿te pasa algo? —preguntó el joven.

Gastón alzó los ojos y sonrió nerviosamente.

—No... Creo que no. Disculpá la molestia.

Dio media vuelta y abandonó el locutorio. Una vez en el departamento, se dejó caer en el sofá y prendió el televisor. El colapso de la red era el tema de todos los noticieros.

Él no salía de su fascinación. "¿Puede ser posible?", se interrogaba. Si lo pensaba mucho, sonaba ridículo.



Ilustración: Diego López Naro

El tiempo pasó. Gastón no pudo acostumbrarse al antiguo modo de vida. La extrañaba, sentía su ausencia. Paralelamente, la sociedad no conseguía readaptarse a un mundo sin Internet. Todo era una gran confusión. Pero los rumores, primero, y luego las noticias certeras que afirmaban el regreso de la red de redes, fomentaron en él la esperanza.

Una tarde, se armó de coraje y volvió a conectarse a Internet. Pudo hacerlo desde su casa. Las manos le temblaban y tuvo que escribir varias veces la contraseña, pues equivocaba las letras. Su frente sudaba y la garganta estaba seca.

Llevaba esperando varios minutos, lo suficiente para impacientarse y desanimarse. Sintiéndose un imbécil, fue hasta la heladera por una cerveza. Al regresar junto al monitor pudo ver un cuadro de diálogo en el que asomaba un lacónico: "Hola".

Entonces Gastón sonrió, respiró hondo y volvió a ser feliz.



Francisco Costantini nació el 11 de mayo de 1983 en Mar del Plata, pero desde los ocho meses de vida ha residido en Batán (a diez kilómetros de "La Feliz"). Está terminando el Profesorado en Letras en la Universidad Nacional de Mar del Plata y se desempeña como docente de Lengua y Literatura en un colegio de su localidad. Participa en talleres literarios desde el 2005. Hemos publicado en Axxón: ESA PROFUNDA SOLEDAD (175), UN BREVE DESCANSO (179), LA DESGRACIA (180)


Este cuento se vincula temáticamente con "UNOS LABIOS DE FRUTILLA", de Bárbara Din (157) y "MUCHACHA EN PABELLÓN CON FONDO DE VOLCANES", de Ricardo Castrilli (152)


Axxón 186 - junio de 2008
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Informática : Inteligencia artificial : Argentina : Argentino).

            

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