EN BUSCA DE LA X PERDIDA

Damián Alejandro Cés

Argentina

—Sí, seguí... seguí, no parés... Aaah...

Hago un esfuerzo para eyacular dentro de la cápsula esterilizada. Sin perder tiempo, tomo la pipeta y absorbo medio mililitro del fluido seminal. Abro la microcentrífuga y, oprimiendo con suavidad el botón, descargo su contenido en el tubo. Ahora el proceso seguirá un curso totalmente automatizado.

Aprovecho ese lapso para cambiarme y preparar el desayuno. Estoy preocupado; a pesar de la complaciente Leyla, se me dificulta cada vez más tener un orgasmo. A esta altura, creo... no, no creo, estoy seguro, las masturbaciones púberes me resultaban más placenteras.

Me queda poco tiempo, pero a quién no. Las degeneraciones cromosómicas van en aumento y no hay forma de detenerlas. Pero si sigo así, mi mayor problema no va a ser tener un semen inservible sino quedar impotente; y ni loco me sometería a la extracción en la clínica, ¿para qué?

Pero debo reconocer lo que es un hecho: mis erecciones son cada vez más pobres ¿Qué haré al respecto? Si ya probé con todos los recursos.

Las holomujeres y el sexotraje hace rato que ni cosquillas me hacen. Durante un tiempo lo hice con travestidos, pero claro, ellos también desean seguir con vida, así que no sólo reciben sino que además buscan dar. Reconozco que no fue lo que me hizo abandonarlos, sino la sensación de traicionar a la mujer, a su esencia.

Claro que probé estar en pareja; después de todo, según las estadísticas, al cabo de la segunda década luego de la pandemia más del cincuenta por ciento de los hombres se hicieron homosexuales, y hoy la proporción debe ser mucho mayor. Lamentablemente, eso de tener por pareja a un hombre conmigo no funcionó; no sólo me sentía incómodo, algo en lo que de seguro tuvo la culpa mi hipertrofiado superyó, sino que pronto me di cuenta de que la histeria femenina de la que tanto renegaba en las buenas épocas no era, al fin y al cabo, una cuestión de sexo, sino de convivencia entre dos personas.

La cosa es que preferí quedarme solo y arreglármelas con la ayuda de mis manitos, los recuerdos y la tecnología.

No quiero ser ingrato, tuve una buena época con la hermosa Leyla. Sus formas, su suave y aromática piel sintética, y sus fabulosos programas, fueron un buen recurso. No digo que me enamoré, porque sería ridículo con lo que no es más que una versión mejorada de una muñeca inflable; pero lo que tuve con Leyla se parecía bastante a la pasión sexual, ese sentimiento que uno estúpidamente confunde con amor y que se presenta en los primeros encuentros amorosos tras conocer a una mujer interesante.

El problema es que hace tiempo que perdí la pasión con Leyla. Si no fuese por los recuerdos de Verónica, no sé cómo lo haría... Ella sí era toda una mujer... una verdadera hembra en la cama.

El agudo sonido me indica que la dosis está lista. Tomo la jeringa, la cargo con el preparado y la inyecto en una de mis torturadas venas del brazo. Bueno, seguiré viviendo, al menos un tiempo más.

El timbre me sobresalta. A través de la pantalla observo horrorizado la cara arruinada de Martín, un viejo amigo. Hace unos días me comunicó la mala noticia: su contenido germinal se ha degenerado de tal manera que no le sirve más para la autorregeneración celular.

—¡Martín! —exclamo, con poca sutileza.

—Sí, lo sé; no me jodás...

—Pero... ¿qué pasó con la clínica? ¿Fuiste?

—Sí, fui, y me sometí a sus procedimientos de mierda para sacar apenas dos putas dosis... Me dijeron que, de todas formas, no había para mucho más... Así que ya ves... Estoy listo, amigo.

Lo estrecho entre mis brazos con firmeza y hago un esfuerzo para retener las lágrimas. Aclaro mi voz y pregunto:

—¿Cuándo fue la última?

—Hace tres días.

—¡Mierda!

Si bien vi innumerables veces el deterioro orgánico producido por la interrupción de las dosis, no llego a acostumbrarme, y menos con un amigo que siempre lució tan saludable. Pero es lógico, cada día sin dosis representa alrededor de cinco años de envejecimiento, por lo que observo a un Martín quince años más viejo del que estuvo conmigo la semana pasada.

Se saca la campera y se deja caer en el sillón. Está delgado, como si hubiese perdido buena parte de su masa muscular.

—Nos estamos yendo al carajo. ¡Qué increíble! —dice, chocando sus manos—. La raza humana llega a su fin de la forma más humillante.

Martín tiene razón, hace rato que vivir ha perdido sentido, esto es un sobrevivir sin rumbo, sin esperanzas. Lo más hermoso que depara la vida, el amor, ha desaparecido. El amor entre el hombre y la mujer, el amor incondicional de los padres a los hijos. No porque el amor haya desaparecido en sí mismo, o haya sido reemplazado por otro sentimiento... Aunque pensándolo bien, quizá sí fue sustituido por el odio o la desesperanza. La cuestión es que los que desaparecieron, literalmente, fueron las mujeres y las niñas. Queda la amistad, claro, y es un buen sentimiento, pero no alcanza.

Mientras Martín, desparramado en el sillón, larga una letanía sobre los misterios de la vida, la vastedad inconmensurable del universo y la intrascendencia del hombre, en mi cabeza se proyecta un repaso histórico de los acontecimientos que nos han llevado hasta este patético momento.


Casi cien años atrás, un "error" cometido por un laboratorio de ingeniería genética produjo y, lo que es peor, se dejó escapar, un retrovirus humano llamado VPTO. Este virus se acopló en forma específica a las células gonadales humanas, o sea, las células de los testículos y los ovarios. Una vez allí, el hijo de puta se infiltró en el ADN de estas células y activó un proto-onco-gen, un gen generador de cáncer. Como resultado de ello, todas las mujeres del planeta sufrieron un tumor ovárico tan letal que al cabo de cinco meses no quedaba una sola con vida. Murieron con el vientre tan hinchado que parecía a punto de estallar. Murieron ante la mirada impotente y desesperada de novios, esposos, padres, hijos y hermanos.

La consecuencia que trajo el VPTO fue una selección asimétrica, totalmente antinatural. Sí, antinatural, y no jodan con eso, que este maldito bicho no hubiese medrado en la Tierra de no haber sido por los científicos. La cuestión es que la especie humana sufrió el aniquilamiento de un sesenta por ciento de su población; peor aún, si de porcentajes hablamos, un aniquilamiento del cien por cien de los seres humanos con configuración XX.

Fue mucho el estupor, el dolor y la locura que siguió a esto. Al poco tiempo el caos, las revueltas, las enfermedades, los homicidios y suicidios dejaron a la humanidad con una población de apenas mil doscientos millones. Obvio, cien por cien masculina. Fue un típico escenario post-apocalíptico propio de una película ciberpunk. Quizás con escenarios no tan grises y sin ciudades basurales como las que presentaban estas viejas películas, pero con mayor desesperanza.

La pregunta existencial era: ¿Por qué sólo las mujeres murieron? Los científicos tardaron un tiempo, pero finalmente descubrieron que el hombre se había salvado por su diminuto cromosoma "Y". Este cromosoma, propio de los varones, tenía escondido un gen supresor del tumor producido por el VPTO; llamaron a este gen S... no sé cuanto 133Y. Ésa fue la única diferencia. Por una cosita de nada nosotros estábamos vivos y ellas no; incluyendo, y en lo que mí respecta y lo que más me importaba, Verónica y mí pequeña hija, Lucía.

Congratulaciones a los felices portadores de un cromosoma Y; en el corrupto sorteo evolutivo salieron favorecidos. ¡Para qué mierda!

Pero esperen, que ahí no quedó todo. En la desesperación por salvar a la humanidad se intentó la clonación, pero fue fracaso tras fracaso. Se generaron huevos viables XX, con todo el potencial para crear a una mujer; pero faltaba la matriz. Se utilizaron hembras animales de todas las especies, pero siempre abortaron el embrión. Tras infinidad de intentos, se aceptó la derrota y se descartó la idea.

Todo ese investigar de la ciencia en procura de recrear a la mujer generó una serie de hallazgos colaterales; y uno de ellos sonó promisorio. Un rayo de sol en medio de tanta tempestad, eso pensamos. Los científicos, habían logrado incluir en el ARN de un virus creado por bioingeniería la información extraída de los espermatozoides, que no sé por qué carajo activaba un gen que detenía el envejecimiento celular y al que los científicos llamaron "Nanog", una palabra que según la mitología celta se refería a "las tierras de los jóvenes eternos". No, cuando querían, estos hijos de mil putas podían ser muy poéticos.

El resultado a simple vista era que si bien por el momento no podríamos procrearnos, al menos seríamos inmortales. Claro que no iba a ser tan sencillo esto de jugar a ser dioses. Por un lado sólo funcionaba con esperma propio y, además, era necesario aplicarse una dosis de esta "vacuna" en forma diaria, so pena de sufrir, por no hacerlo, un efecto rebote en el cual te marchitabas más rápido que una flor bunga bangkai, la flor cadáver.

Como decía, de momento, y en vista de que no se encontraba aún la forma de resucitar a las mujeres, parecía una solución interesante. Pero al poco tiempo los cráneos de los que dependía la humanidad, o mejor dicho lo que quedaba de ella, se dieron cuenta de que luego de vendernos esta panacea con bombos y platillos y con un discurso que intentaba decir: "Nos mandamos una gran cagada aniquilando a las mujeres, pero ahora les regalamos la inmortalidad", sólo nos habían dado una inmortalidad con fecha de vencimiento, ya que dependía de la integridad del contenido genético del esperma, cuyo deterioro producido por los radicales libres metabólicos y los efectos ionizantes ambientales era imposible de evitar.


—Bueno, me voy —dice Martín, de pronto.

—¿No querés quedarte conmigo? —le pregunto, sin estar seguro en realidad si quiero verlo morir, algo que se producirá, de seguro, en pocos días.

—No, gracias. Tengo algunas cosas que hacer. Quizá, si aguanto, venga en un par de días —me dice, intentando una sonrisa—. Claro que si regreso —agrega—, verás a un pobre ancianito.

Nos damos un fuerte abrazo y soy yo el que quiere sonreír, pero en cambio suelto unas lágrimas. Nos separamos y me quedo bajo el marco de la puerta, viéndolo partir.

El día finaliza en calma, apoyado en la certeza de que trae un destino vislumbrado y una esperanza ausente. Abro el aparador y saco la botella de brandy añejo, una de las pocas bebidas de las que disfruto. Agarro una panzona copa de cristal y voy hasta la cama. Mi espalda cansada se apoya en el respaldar masajeador; activo, con mi voz enronquecida, un archivo de música suave y bebo.


Ilustración: Valeria Uccelli

El ruido de la música ensordece, luces y sombras se buscan por el salón. Estoy apoyado contra una columna y ella apoya con firmeza sus redondas y generosas nalgas contra mí. Olisqueo su suave y largo pelo de tonos rojizos, separando mechones, con la intención de descubrir el cuello. Una vez que toco la piel, apoyo mi boca en su nuca y voy besando hasta el hombro. Luego, con mi mano, le tomo la cara y la giro un poco. Titubeo un segundo al descubrir que se trata de mi amada Verónica, pero enseguida fundimos nuestras bocas en un largo beso.

Sin saber cómo, yacemos desnudos en la cama, nos tocamos y besamos con desesperación; la doy vuelta y beso su espalda, recorro con mis manos esas curvas soñadas, la tomo de la cintura y la penetro. Nos miramos en el espejo y deseo con todas mis fuerzas que ese instante sea eterno. Sus gemidos me enloquecen. El orgasmo es el más intenso que he tenido en décadas, es la gloria.

Es la gloria, hasta que un intenso pitar me despierta. Mi pubis y la ingle están mojados. Me invade una mezcla de felicidad y desazón. Así que ha sido un sueño. Y encima eyaculé en mis ropas y sobre mi cuerpo, por lo tanto, se trata de semen contaminado y no servirá para la dosis diaria.

Pero qué importancia puede tener luego de sentir a Verónica, de volver a vivir, aunque más no sea, esas sensaciones en sueños.

Mientras me levanto, escucho la melodiosa voz de Leyla, invitándome a gozar. La miro con lástima, como si fuese a despecharla por mi negativa.

—Hoy sí que no, Leyla. No te esfuerces, sería inútil.

Me ducho y pongo ropa limpia. Abro la ventana del comedor y una fresca y suave brisa recorre mi rostro. El sol comienza a resplandecer por detrás del puente, lejos, en la bahía. Preparo café y disfruto su aroma. Enciendo el viejo ordenador personal y me siento a escribir.

Estoy feliz, sentimiento fugado hace décadas. Por un lado, por la dicha de haberla tenido una vez más, y por el otro, la certeza de que no moriré solo sino junto a mi mujer, transformada en palabras, en ideas, en formas.

Juntos habitamos este planeta, juntos terminaremos nuestros días.



Damián A. Cés es argentino, especialista en Medicina Familiar y Preventiva, y en Medicina del Deporte.
Hemos publicado en Axxón: VRIKHING (168), LA BOMBA (174), LAS RUINAS DE DARTRUM (175), UNIVERSOS PARALELOS (180), MALA SUERTE (180), TRIPANOSOMA MORTAL (182)


Este cuento se vincula temáticamente con "La hélice", de José Altamirano (166), "No me miren", de Gabriel Mérida (154) y "Geometría variable", de Juan Carlos Pereletegui (157)


Axxón 186 - junio de 2008
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Genética : Ingeniería genética : Argentina : Argentino).

            

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