EL PANTANO DE LA LUNA

(Cuento clásico)

H. P. Lovecraft

EEUU

En algún lugar, en alguna región espantosa y remota de la que nada sé, ha desaparecido Denys Barry. Estaba con él la última noche que pasó entre los hombres y oí sus gritos cuando aquello vino por él, pero ni todos los campesinos y policías del condado de Meath pudieron encontrarlo, ni tampoco a los otros, aunque los buscaron amplia y largamente. Ahora me estremezco cuando oigo croar a las ranas en los pantanos o veo la Luna en parajes solitarios.

Conocí a Denys Barry en Estados Unidos, donde se había hecho rico, y lo felicité cuando recuperó el viejo castillo junto al pantano en el somnoliento Kilderry. De Kilderry, Irlanda, era su padre, y allí quería disfrutar de su riqueza, en esos parajes ancestrales. Sus antepasados habían sido los señores de Kilderry y habían construido y habitado el castillo en días remotos. Pero luego, durante generaciones, éste había permanecido vacío y arruinado.

Tras volver a Irlanda, Barry me escribía a menudo contándome cómo, gracias a su cuidado, volvieron a elevarse las torres del castillo gris, devolviéndole su antigua gloria; cómo la hiedra fue cubriendo sus restaurados muros, igual que siglos atrás, y cómo los campesinos lo bendecían por haber devuelto el esplendor de los días pasados gracias a su oro de ultramar. Pero después surgieron problemas y los campesinos dejaron de alabarlo, y comenzaron a eludirlo como a una maldición. Y entonces me envió una carta donde me pedía que lo visitara, ya que se había quedado solo en el castillo, sin nadie con quien hablar aparte de los nuevos criados y peones que había contratado en el norte.

La noche de mi llegada al castillo, Barry me contó que el origen de todos los problemas era la ciénaga. Llegué a Kilderry al final del verano, cuando el oro de los cielos iluminaba el verde de las colinas, las arboledas y el azul de la ciénaga, donde, en un lejano islote, unas extrañas ruinas antiguas resplandecían de forma espectral. El crepúsculo resultaba en verdad grato, pero los campesinos de Ballylough me habían puesto en guardia y decían que Kilderry estaba maldita, por lo que casi me estremecí al ver los altos torreones pintados de oro por la luz del sol. El coche de Barry me había recogido en la estación de Ballylough, porque el tren no pasa por Kilderry. Los aldeanos habían esquivado al coche y su conductor, que procedía del norte, pero a mí me habían susurrado cosas, empalideciendo al saber que yo iba a Kilderry. Y esa noche, tras nuestro encuentro, Barry me contó por qué.

Los campesinos habían abandonado Kilderry porque Denys Barry iba a desecar la gran ciénaga. A pesar de su gran amor por Irlanda, Estados Unidos lo había influido y odiaba ver así abandonada la amplia y hermosa extensión de la que, una vez desecada, podría extraer turba y cultivar las tierras. Las leyendas y supersticiones de Kilderry no lograron conmoverlo, y se burló cuando los aldeanos primero rehusaron ayudarle y más tarde, viéndolo decidido, lo maldijeron, marchándose a Ballylough con sus escasas pertenencias. En su reemplazo contrató trabajadores del norte, y cuando los criados lo abandonaron también los reemplazó. Pero Barry se encontraba solo entre forasteros, así que me escribió diciéndome que lo visitara.

Cuando supe qué temores habían expulsado a la gente de Kilderry, me reí tanto como mi amigo, ya que tales miedos eran de una clase sumamente indeterminada, estrafalaria y absurda. Tenían que ver con alguna descabellada leyenda tocante a la ciénaga, y con un espantoso espíritu guardián que habitaba las extrañas y antiguas ruinas del lejano islote que había divisado en el ocaso. Cuentos de luces danzantes en la penumbra lunar y vientos helados que soplaban cuando la noche era cálida; de fantasmas blancos merodeando sobre las aguas y de una supuesta ciudad de piedra sumergida bajo la superficie del pantano. Pero descollando sobre todas esas locas fantasías, con la característica de que todos las repetían por igual, estaba el pronóstico de que la maldición caería sobre quien osase tocar o drenar el inmenso pantano rojizo.

Había secretos, decían los campesinos, que no debían revelarse; secretos que permanecían ocultos desde que una peste había exterminado a los niños de Partholan, en los fabulosos años anteriores a la Historia. En el Libro de los Invasores se dice que esos hijos de los griegos fueron enterrados todos en Tallaght, pero los viejos de Kilderry hablan de una ciudad salvada por su diosa patrona lunar, de modo que las colinas boscosas la ocultaron cuando los hombres de Nemed llegaron de Escitia con sus treinta barcos.

Éstas eran las disparatadas historias que habían llevado a los aldeanos a abandonar Kilderry, y al oírlas no me resultó raro que Denys Barry no quisiera prestarles atención. No obstante, él sentía un enorme interés por las cosas antiguas y propuso que explorásemos todo el pantano tan pronto como lo hubiesen desecado. Había visitado con frecuencia las blancas ruinas del islote, pero si bien era evidente que su antigüedad era muy remota y su trazado muy distinto al de la mayoría de las ruinas irlandesas, su deterioro era demasiado avanzado para dar una idea de sus tiempos de esplendor. Ahora estaba a punto de empezar el trabajo de desecación y los braceros del norte estaban dispuestos para despojar al pantano prohibido de su musgo verde y de su brezal rojizo, y a matar los minúsculos arroyuelos y las plácidas charcas azules bordeadas de juncos.

Estaba ya muy soñoliento cuando Barry terminó de contarme estas cosas; mis viajes de esa jornada habían sido agotadores y mi anfitrión estuvo hablando hasta bien avanzada la noche. Un criado me condujo a mi aposento, situado en una torre apartada que dominaba el pueblo, la llanura que se extiende al borde del pantano, y el pantano mismo, así que desde mi ventana podía contemplar, a la luz de la Luna, los mudos tejados de los que habían huido los campesinos y que ahora cobijaban a los braceros del norte, y también la iglesia parroquial con su antiguo campanario; y allá lejos, en medio de las aguas melancólicas, las ruinas antiguas y remotas del islote, con su brillo blanco y espectral. Justo cuando me tumbaba en la cama para dormir me pareció oír débiles sonidos a lo lejos; sonidos frenéticos, semimusicales, que provocaron en mí una extraña agitación que tiñó mis sueños. Sin embargo, al despertar a la mañana siguiente, comprendí que no había sido más que un sueño, ya que mis visiones habían sido mucho más prodigiosas que el frenético sonido de flautas de la noche. Influido por las leyendas que Barry me había contado, mi mente había vagado en sueños por una majestuosa ciudad enclavada en un verde valle, donde las calles y las estatuas de mármol, las villas y los templos, los relieves y las inscripciones proclamaban en distintos tonos el esplendor de Grecia. Cuando le conté mi sueño a Barry, nos reímos los dos. Pero aún me reí más al ver que los braceros del norte tenían perplejo a Barry: era la sexta vez que se levantaban tarde, se habían despertado con gran torpeza y lentitud y andaban como si no hubiesen descansado, aunque sabíamos que se habían acostado temprano la noche anterior.

Esa mañana y esa tarde vagué a solas por el dorado pueblo, deteniéndome a hablar de vez en cuando con los abúlicos labriegos, ya que Barry estaba ocupado con los proyectos finales para acometer la obra de drenaje. Y comprobé que los labriegos no eran todo lo felices que se podía pedir, ya que muchos se sentían desasosegados por alguna pesadilla que habían tenido, aunque no lograban recordarla. Yo les conté mi sueño, pero no se mostraron interesados hasta que les hablé de los sonidos espectrales que había creído oír. Entonces me miraron de una manera especial, y dijeron que les parecía recordar unos sonidos espectrales también.

Al anochecer, Barry cenó y me anunció que el drenaje comenzaría dos días después. Me alegré, porque aunque sentía que el musgo y el brezo y los pequeños arroyos y lagos desapareciesen, tenía un creciente deseo de conocer los antiguos secretos que pudiese ocultar el espeso manto de turba. Y esa noche mis sueños sobre sonidos de flautas y peristilos de mármol terminaron de forma súbita e inquietante, porque vi descender sobre la ciudad del valle una pestilencia, y luego una avalancha espantosa desde las laderas boscosas cubría los cadáveres de las calles, dejando sin sepultar sólo el templo de Artemisa, en lo alto de un pico, donde Cleis, la vieja sacerdotisa de la Luna, yacía fría y muda con una corona de marfil en su cabeza plateada.



He dicho que desperté de repente y alarmado. Durante un rato, no supe si dormía o estaba despierto, ya que aún resonaba estridente en mis oídos el sonido de las flautas, pero cuando vi en el suelo el frío resplandor de la Luna y los contornos de una ventana gótica enrejada, supuse y comprendí que estaba despierto y en el castillo de Kilderry. A continuación oí que un reloj daba las dos en algún remoto rellano de abajo, y ya no me cupo ninguna duda. Sin embargo, seguían llegándome aquellos aires distantes y monótonos de flautas, aires salvajes que me hacían pensar en alguna danza de faunos en la lejana Maenalus. No me permitían dormir, así que sin poder contener mi impaciencia salté de la cama y di unos pasos. Sólo por casualidad me acerqué a la ventana norte a contemplar el pueblo silencioso y la llanura que llega al borde del pantano. No me apetecía contemplar el paisaje, ya que quería dormir; pero las flautas me atormentaban y necesitaba mirar o hacer algo.

¿Cómo podía sospechar lo que iba a ver?

Allí, a la luz que la Luna derramaba en la amplia llanura, se desarrollaba un espectáculo que ningún mortal podría olvidar después de presenciarlo. Al son de unas flautas de caña que resonaban por todo el pantano, evolucionaba en silencio, misteriosamente, una multitud confusa de figuras que se balanceaban, girando con el mismo frenesí que danzarían en otro tiempo los sicilianos en honor a Deméter, bajo la Luna de la cosecha, junto a Cyane. La ancha llanura, la dorada luz de la Luna, las oscuras sombras agitándose y, sobre todo, el sonido monótono de las flautas, me produjeron un efecto casi paralizador; sin embargo, en medio de mi terror, observé que la mitad de estos danzarines maquinales e infatigables eran los braceros a quienes yo creía dormidos, mientras que la otra mitad eran seres extraños y etéreos de blanca e indeterminada naturaleza, aunque sugerían pálidas y melancólicas náyades de las fuentes encantadas del pantano. No sé cuánto tiempo estuve contemplando el espectáculo desde la ventana de mi solitario torreón, antes de caer en un vacío sopor del que me despertó el sol de la mañana, ya muy alto.

Mi primer impulso, al despertar, fue contarle todos mis temores y observaciones a Denys Barry, pero al ver que el sol entraba ya por la enrejada ventana del este, tuve el convencimiento de que todo lo que creía haber visto carecía de realidad. Soy propenso a ver extrañas fantasías, aunque jamás he sido lo bastante débil como para creer en ellas. Así que en esta ocasión me limité a preguntar a los braceros, pero se habían despertado muy tarde y no recordaban nada de la noche anterior, salvo que habían tenido sueños brumosos de sones estridentes. Este asunto de la música de flautas espectrales me atormentaba sobremanera, y me pregunté si los grillos habrían empezado a turbar la noche antes de tiempo, embrujando las visiones de los hombres. Más tarde, ese mismo día, vi a Barry en la biblioteca estudiando los proyectos para la gran obra que debía empezar al día siguiente, y por primera vez sentí vagamente aquel temor que había impulsado a los campesinos a marcharse. Por alguna razón desconocida, me produjo miedo la idea de turbar el antiguo pantano y sus oscuros secretos, y me representé visiones terribles bajo las tenebrosas profundidades de la turba inmemorial. Me parecía una imprudencia sacar a la luz estos secretos, y empecé a desear tener algún pretexto para abandonar el pueblo y el castillo.

Llegué incluso a hablarle a Barry de este tema; pero cuando se echó a reír no me atreví a continuar. De modo que guardé silencio cuando el sol se ocultó con todo su esplendor tras los montes lejanos y Kilderry resplandeció, completamente rojo y dorado, en una llamarada portentosa.

Nunca sabré con seguridad si los sucesos de esa noche ocurrieron en realidad o fueron una ilusión. Por cierto, trasciende cuanto imaginemos sobre la naturaleza y el universo; sin embargo, no me es posible explicar de forma normal la desaparición que todos conocemos, cuando aquello terminó. Yo me había retirado temprano, lleno de temor, y durante bastante rato no pude conciliar el sueño en el inusitado silencio de la torre. Reinaba una gran oscuridad, pues aunque el cielo estaba claro, la Luna, muy menguada, no aparecería hasta altas horas de la noche. Tumbado en la cama, pensé en Denys Barry y en lo que pasaría con ese pantano cuando amaneciera, y sentí un deseo casi frenético de salir a la oscuridad de la noche, coger el coche de Barry, huir corriendo a Ballylough y dejar esas tierras amenazadas. Pero antes de que mis temores cristalizasen en una acción, me había quedado dormido y contemplaba en sueños la ciudad del valle, fría y muerta bajo un sudario de sombras tenebrosas.

Probablemente fue el estridente sonido de las flautas lo que me despertó, aunque no fueron las flautas lo primero que advertí al abrir los ojos. Estaba tendido de espaldas a la ventana del este que dominaba el pantano, por donde se elevaría la Luna menguante, de modo que esperaba ver que se proyectara una claridad en la pared que tenía enfrente, pero no la que efectivamente se reflejó. Un resplandor incidió en los cristales enfrente, aunque no era el resplandor de la Luna. Era un haz rojizo, penetrante, terrible; penetró por la gótica ventana e inundó toda la cámara de un esplendor intenso y ultraterreno. Mi inmediata reacción fue extraña en semejante momento, pero sólo en la ficción se comporta el hombre de manera dramática y previsible. En vez de asomarme al pantano para averiguar cuál era el origen de esta nueva luz, mantuve apartados los ojos de la ventana, completamente dominado por el pánico, y me vestí atropelladamente con la vaga idea de escapar. Recuerdo que cogí el revólver y el sombrero, pero antes de que todo terminase había perdido el uno sin haberlo disparado y el otro sin habérmelo puesto.

Poco después, la fascinación del resplandor rojo se impuso a mis terrores, me acerqué a la ventana del este y me asomé, mientras gemía el sonido incesante y enloquecedor de las flautas, propagándose por el castillo y por el pueblo.

Sobre el pantano había una riada de luz resplandeciente, escarlata y siniestra, que brotaba de las extrañas y antiguas ruinas del islote. No me es posible describir el aspecto de dichas ruinas: debí de volverme loco, porque me pareció que se levantaban incólumes, majestuosas, rodeadas de columnas, con todo su esplendor, y el mármol de su entablamento reflejaba las llamas y traspasaba el cielo como la cúspide de un templo en la cima de una montaña. Sonaron las flautas estridentes y comenzó un batir de tambores, y mientras observaba aterrado, me pareció distinguir oscuras formas saltando, grotescamente recortadas contra un fondo de resplandores y de mármoles. El efecto era tremendo, absolutamente inconcebible, y allí habría seguido, contemplando indefinidamente el espectáculo, de no haber sido porque la música de las flautas, a mi izquierda, aumentaba cada vez más. Presa de un terror no exento de un extraño sentimiento de éxtasis, crucé la habitación circular y me asomé a la ventana del norte, desde la que podía verse el pueblo y la llanura inmediata al pantano. Allí mis ojos se volvieron a dilatar ante un prodigio insensato, como si no acabase de apartarme de una visión que superaba la pálida naturaleza, pues en la llanura espectralmente iluminada por el resplandor rojizo desfilaba una procesión de seres cuyas figuras no había visto más que en las pesadillas.

Medio deslizándose, medio flotando en el aire, los blancos espectros del pantano se retiraban lentamente hacia las quietas aguas y las ruinas de la isla en fantásticas formaciones que sugerían alguna antigua y solemne danza ceremonial. Sus brazos se balanceaban traslúcidos, guiados por los sones detestables de las flautas invisibles, llamaban con ritmo misterioso a una multitud de campesinos que oscilaban y les seguían dócilmente con paso ciego, insensatos y pesados, como arrastrados por una voluntad demoníaca, torpe aunque irresistible. Cuando las náyades llegaron al pantano, sin alterar su dirección, una nueva fila de rezagados, que se tambaleaban como borrachos, salió del castillo por alguna puerta al pie de mi ventana, cruzó a ciegas el patio y la parte del pueblo que se interponía, y se unió a la serpeante columna de labriegos que andaban ya por la llanura.

A pesar de la altura que me separaba, enseguida me di cuenta de que eran los criados traídos del norte, ya que reconocí la fea y voluminosa figura de la cocinera, cuyo mismo aspecto absurdo resultaba ahora indeciblemente trágico. Las flautas sonaban de manera espantosa, y otra vez oí el batir de los tambores en las ruinas de la isla. Luego, silenciosa, graciosamente, las náyades se adentraron en el agua y se disolvieron, una tras otra, en el pantano inmemorial; entretanto los seguidores, sin detener su marcha, siguieron tras ellas chapoteando pesadamente, y desaparecieron en un pequeño remolino de burbujas malsanas apenas visible bajo la luz escarlata. Y cuando el último y más patético de los rezagados, la cocinera, se hundió y desapareció en las aguas tenebrosas, enmudecieron las flautas y los tambores, y la cegadora luz rojiza de las ruinas se apagó al instante, dejando el pueblo vacío y desolado bajo el resplandor escuálido de la Luna, que acababa de salir.

Mi estado era ahora indescriptiblemente caótico. Sin saber si estaba loco o cuerdo, dormido o despierto, me salvó un piadoso embotamiento. Creo que hice cosas ridículas, como elevar plegarias a Artemisa, a Latona, a Deméter y a Plutón. Todo cuanto recordaba de los estudios clásicos de mi juventud me vino a los labios, mientras el horror de la situación despertaba mis más hondas supersticiones. Me daba cuenta de que acababa de presenciar la muerte de todo un pueblo, y sabía que me había quedado solo en el castillo con Denys Barry, cuya temeridad había acarreado este destino. Y al pensar en él, me embargaron nuevos terrores y me desplomé al suelo; aunque no perdí el conocimiento, me sentí físicamente imposibilitado.

Entonces noté una ráfaga helada que entró por la ventana del este, por donde había salido la Luna, y empecé a oír alaridos abajo, en el castillo. No tardaron estos gritos en alcanzar una magnitud y calidad imposibles de describir, y que aún me producen desvanecimiento cuando pienso en ellos. Todo lo que puedo decir es que procedían de alguien que había sido amigo mío.

En un determinado instante de esos momentos espantosos, el viento frío y los alaridos me hicieron reaccionar, porque lo que recuerdo a continuación es que corría por las negras estancias y corredores, cruzaba el patio y salía a la oscuridad de la noche. Me hallaron, al amanecer, vagando insensatamente cerca de BalIylough; pero lo que a mí me trastornó por completo no fue ninguno de los horrores que había visto y oído.

De lo que hablaba, cuando salí lentamente de las sombras de la inconsciencia, era de un par de fantásticos incidentes que ocurrieron en mi huida; incidentes que carecen de importancia, aunque me obsesionan sin cesar cuando estoy a solas en lugares pantanosos o a la luz de la Luna.

Mientras huía de aquel castillo maldito, bordeando el pantano, oí un alboroto; un alboroto corriente, aunque distinto a cuanto había oído en Kilderry. Las aguas estancadas, hasta entonces desprovistas por completo de vida animal, hervían ahora de ranas enormes y viscosas que cantaban sin cesar en unos tonos que no guardaban relación con su tamaño. Brillaban, hinchadas y verdes, a la luz de la Luna, y parecían mirar fijamente hacia el origen del resplandor. Seguí la mirada de una de ellas, muy gorda y fea, y vi la segunda de las cosas que me hizo perder la razón.

Extendiéndose directamente desde las extrañas y antiguas ruinas del islote lejano hasta la Luna menguante, percibí un rayo de débil y temblorosa luz que no se reflejaba en las aguas del pantano. Y ascendiendo por el pálido sendero, mi enfebrecida imaginación se representó una sombra delgada que iba disminuyendo con lentitud, una sombra vaga que se contorsionaba y debatía como si fuese arrastrada por demonios invisibles. En mi locura, vi en esa sombra espantosa un momentáneo parecido —como una caricatura increíble y repugnante—, una imagen blasfema del que había sido Denys Barry.


Título original: The Moon Bog
Traducido por Axxón, © 2008



Howard Phillips Lovecraft nació en Providence, Rhode Island, Estados Unidos, el 20 de agosto de 1890. Era hijo de Winfield Scott Lovecraft y Sarah Susan Phillips, quienes pertenecían a familias asentadas por largo tiempo en Nueva Inglaterra y por lo tanto apegadas a las costumbres, educación y fobias de la aristocracia local. Howard fue un niño enfermizo que se crió sobreprotegido y solitario y sólo se sentía a gusto en sitios extraños y sombríos, donde no estaba obligado al contacto con otra gente, lo que contribuyó a hacer de él un ser huraño y al mismo tiempo le sirvió para desarrollar una imaginación portentosa. Gracias a esa actitud se puso a salvo del -para él- terrible mundo real y se sumergió en las oscuras y nauseabundas aguas de los universos que creó. Ese aislamiento impulsó a Lovecraft a aficionarse a los libros, y la biblioteca de su abuelo materno resultó el lugar ideal. Sus lecturas, caóticas y enredadas, le permitieron descubrir a los clásicos a una edad muy temprana y lo precipitaron a un universo desbordado en el que él, un declarado ateo, podía jugar a ser Dios y crear las más extravagantes criaturas.

A los quince años escribió una obra que imitaba los cuentos de horror góticos y toda su adolescencia estuvo signada por su interés hacia los escritores del Siglo XVIII. Pero la muerte de su madre en 1921 y su precaria situación económica le impidieron dedicarse de lleno a la literatura, y se vio obligado a realizar tareas de corrector. Este trabajo menor fue, sin embargo, muy positivo ya que le permitió ponerse en contacto con un grupo de escritores, los mismos que más tarde formarán el "Círculo Lovecraft", como Robert E. Howard, Clark Ashton Smith, Robert Bloch, Frank Belknap Long, August Derleth, Henry Kuttner y E. Hoffman Price, entre otros.

En 1924 Howard se casó con Sonia Green, pero el matrimonio duró sólo dos años, y tras un breve periodo en Brooklyn, el escritor se radicó en Providence. Es allí donde al mismo tiempo se manifestaron con toda intensidad la soledad, la decadencia y la frustración que ya no lo abandonarían. No obstante, en este estado de ánimo logró crear sus obras más perdurables, ya que leer y escribir, siempre por las noches, era lo único que le hacía sentirse vivo.

En su obra se destaca la renovación que él, acérrimo conservador, produjo en el cuento clásico de terror gracias a un original enfoque narrativo y a la importancia que otorgó al clima y la tensión en sus historias, lo que por primera vez acercó el género oscuro a la ciencia ficción.

Las ficciones que le fueron publicadas en la revista WEIRD TALES a partir de 1923 no llamaron la atención en su época, tal vez porque era prematuro presentar a los lectores la idea de una humanidad primigenia que intenta recuperar el poder que alguna vez poseyó fusionada con una serie de tópicos del cuento gótico. No obstante, sus relatos de entidades innombrables, espíritus malignos y mundos oníricos donde la articulación entre el tiempo y el espacio está alterada, como aparece en los Mitos de Cthulhu, fue en realidad impulsada por los miembros de su "Círculo", ya que Lovecraft estaba lejos de sentirse convencido de lo que escribía y de hecho muchos de sus cuentos fueron publicados póstumamente. Es probable que sin el apoyo y el aliento de sus amigos el suicidio hubiera llegado antes que el cáncer...

Falleció el 15 de marzo de 1937, a los cuarenta y siete años de edad, a causa de un cáncer de colon que se negó obstinadamente a tratar.

Entre sus relatos más celebrados podemos citar La ciudad sin nombre (1921), El ceremonial (1923), Las ratas de las paredes (1923), En la cripta (1925), La llamada de Cthulhu (1926), Los gatos de Ulthar (1926), El color que cayó del cielo (1927), El caso de Charles Dexter Ward (1927), El horror de Dunwich (1928), El que susurra en la oscuridad (1930), En las montañas de la locura (1931), Los sueños en la casa de la bruja (1932), La sombra sobre Innsmouth (1932), y En la noche de los tiempos (1934).

A su muerte, Donald Wandrei y August Derleth, principalmente, recopilaron los cuentos dispersos o inéditos de Lovecraft y los publicaron en la editorial que fundaron: Arkham House. En 1975 Jorge Luis Borges dedicó en El libro de arena un cuento a la memoria de H. P. Lovecraft titulado There are more things.

Hemos publicado en Axxón: EL MODELO DE PICKMAN (85), EN LA CRIPTA (89), LA LLAMADA DE CTHULHU (165), EL COLOR QUE CAYÓ DEL CIELO (173).


Axxón 187 - julio de 2008
Cuento clásico de autor americano (Cuentos : Fantástico : Fantasía : Terror : Estados Unidos : Norteamericano).

            

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