EL EXTRAÑO CASO DEL SEÑOR WILSON

Carl Stanley

Argentina

Hacía un par de meses que había terminado el curso de detective privado. Sentado en el sillón de la pequeña y flamante oficina, leyendo el diario, esperaba ansioso mi primer caso.

Debo admitir que dos meses de espera, y el dinero que debía, a estas alturas hacían que me sintiera impaciente y en parte descorazonado. Los avisos publicados en el periódico informando sobre mis servicios no resultaban muy onerosos, pero se mezclaban con muchos otros, tal vez de investigadores conocidos o con más experiencia.

Una mañana, mientras dormitaba de puro aburrido nomás con mis piernas descansando sobre el escritorio, un leve carraspeo me sacó de mi sopor.

Abrí los ojos de inmediato intentando despabilarme, a la vez que bajaba mis piernas del mueble, y lo vi parado justo frente a mí.

Mi primer cliente.

—Buenos días —dijo con voz muy leve.

—Buenos días tenga usted ¿señor...? —respondí.

Se trataba de un hombre de unos cincuenta años, vestido con su traje de color negro ciertamente antiguo, y con un sombrero del mismo color sobre su cabeza. Lucía impecable. En su mano derecha sostenía un elegante maletín de cuero.

Me miró fijo por un instante y luego dijo:

—Espero que pueda usted ayudarme.

—Estoy a sus órdenes.

—Wilson, Thomas J. Wilson. Necesito de sus servicios como investigador privado.

—Perfecto, caballero, usted dirá qué problema tiene y yo trataré de resolverlo de la mejor forma y lo más pronto posible —dije, mostrando una amplia sonrisa. La alegría de mi primer caso me embargaba—. Por favor, tome asiento.

—No, estoy mejor de pie —respondió enseguida.

Se produjo un silencio de más de un minuto mientras yo esperaba que aquel individuo de aspecto sumamente pulcro y antigua vestimenta hablara sobre su problema. Por fin, luego de mirar de un lado a otro mi reducida oficina, se decidió:

—Sospecho que mi esposa me engaña.

—Ahh, un caso de infidelidad —respondí de inmediato.

—Exactamente.

—¿Y usted quiere que investigue y reúna las pruebas del hecho, verdad?

—Así es.

—Bueno, no hay problema. Debe darme algunos datos, el nombre de su esposa, su dirección, y si dispone de alguna fotografía reciente. Debo identificarla —dije, listo para tomar la información que aquel hombre me diese en una libreta de notas sobre el escritorio.

—Lamentablemente, no dispongo de una fotografía reciente de ella en este momento, pero puedo darle los datos que usted requiera.

—Bien, bien. Ustedes viven juntos, por supuesto; dígame su dirección.

—Calle Carruthers 615. Su nombre es Elizabeth.

—¿Por qué presume usted que lo engaña?

—Tengo serias sospechas de ello. Sus extrañas salidas... y algunas cosas más.

—¿Como cuáles?

—Últimamente me ignora, no me dirige la palabra, siempre sale y no sé a dónde va. Por eso pienso que se encuentra con alguien... un amante tal vez.

—¿No ha intentado seguirla?

—No, mis obligaciones de trabajo no me lo permiten, viajo constantemente en avión a Lisboa.

—Comprendo, comprendo; tiene negocios que atender en Portugal.

—Así es.

—Bueno, esto es sencillo. Mis honorarios son de setenta y cinco pesos diarios más gastos. ¿Está de acuerdo?

—Me parece bien.

Me quedé esperando a que él me dijera cómo iba a pagarme, cosa que luego de un minuto de silencio comprendió, y dijo:

—Disculpe usted, no me había percatado. Usted mismo deberá retirar su paga, yo le diré dónde. Tomará el importe de esta investigación. ¿De acuerdo?

Aquello sonaba raro, pero era mi primer caso y me hacía falta el dinero.

—Totalmente. Diga usted, señor Wilson...

—Bien, deberá ir a la calle Riverside 1416. Hay una llave oculta bajo una tabla de la escalerilla del porche, más precisamente del último escalón. Se encuentra dentro de una bolsita de plástico, para su protección. ¿Entiende, verdad?

—Sí, sí, por supuesto.

—Bueno, ingrese en la casa y diríjase hasta el piso superior. La primera puerta de la derecha conduce al dormitorio principal; en el rincón junto a la ventana hay una tabla en el suelo que puede retirarse, pues está floja. Es un escondrijo y allí encontrará el dinero. Tome lo necesario.

Mientras anotaba en mi libreta, todo aquello me parecía demasiado extraño.

—¿Quedó todo claro? —preguntó Wilson.

—Sí, muy claro. Pero luego, cuando tenga la evidencia, ¿dónde y cómo me comunico con usted para entregársela? Con seguridad no querrá que sea en su casa. Debe darme un teléfono donde llamarlo.

—No es necesario. Yo me comunicaré con usted.

—Descríbame brevemente a su esposa, entonces.

—Es rubia, muy bonita, tiene cuarenta y cinco años. Un metro setenta de estatura y ojos verdes, cabello largo sólo un poco más allá de sus hombros.

—¿Vive alguien más en la casa? Digo, otra persona con la cual pueda yo confundirla.

—No. Mis hijas no estarán allí.

—Bien, creo que eso es todo por ahora —dije, mientras me ponía de pie y me disponía a despedirlo.

Wilson ahora estaba en silencio. Había agachado algo su cabeza, como apesadumbrado. Deduje que probablemente le resultaba incómodo y en parte bochornoso exponer aquel problema a un extraño. Pero en aquel caso yo era el profesional que podía ayudarlo y pensé que aquel hombre no debería sentir vergüenza alguna, como cualquiera que se desnuda frente a un médico para que éste lo revise.

—No debe usted sentirse mal al confiarme su caso, señor Wilson. Soy un profesional y sepa que ninguna información trasciende los límites de esta oficina... —comencé a decir mientras daba media vuelta y me paraba a observar hacia el exterior junto a la ventana— ... nada de lo que me confía saldrá de mí, además...

De pronto volteé y me encontré hablando con nadie; mi cliente se había retirado sin aviso. El señor Wilson había desaparecido sin siquiera saludarme. Entendí de inmediato cómo debía sentirse aquel hombre mayor al confesarme la infidelidad de la esposa que amaba. Lo comprendí y justifiqué plenamente su momentánea y descortés actitud.

Pero, en fin, ya tenía mi primer caso y estaba muy contento y dispuesto. Un simple seguimiento.

Con suerte resolvería todo y tendría las pruebas en una semana o tal vez un poco más, si resultaba cierto que aquella dama lo engañaba. Y si no, en parte me alegraría por mi primer cliente.

Al día siguiente desempolvé mi cámara fotográfica, los binoculares, y tomé una libreta de apuntes. Primero iría a recoger parte del dinero de la paga donde me había dicho Wilson y luego iniciaría mi tarea.

Luego de media hora en automóvil, arribé a la dirección que me había dado, Riverside 1416. Para mi total sorpresa, comprobé que la dirección correspondía a una casa de dos pisos, totalmente abandonada.

¿Habría algún error en los datos que me había suministrado? No, la dirección coincidía con la que había anotado, y además recordaba muy bien lo que me había dicho. Por fortuna poseo buena memoria.

La casa estaba casi en ruinas, y por su aspecto hacía ya muchos años que estaba deshabitada. En un tiempo debía haber sido hermosa, según mostraban algunos restos de blanca pintura ahora totalmente descascarada. Los yuyos estaban crecidos y el aspecto general de la vivienda era calamitoso.

"Menudo lugar tiene este hombre para ocultar su efectivo", pensé. "Se arriesga demasiado a que cualquier ladrón o algún ocasional indigente penetre en la casa vacía y halle el dinero oculto".

Entonces, por un momento, me detuve a pensar.

¿Puede ser cierto que este tipo Wilson haya ocultado una suma importante bajo el piso de una vivienda deshabitada? ¿No se tratará de alguna pesada broma concebida por alguno de mis amigotes?

De todas maneras, en aquel momento no existía otra opción más que seguir adelante y averiguar la verdad.

Traspuse la puertita cancel del cerco perimetral de la casa y me detuve frente a su puerta principal, donde una destartalada escalera de cuatro escalones formaba parte del porche de entrada.

Por un momento pensé que, si alguien me veía dentro de aquella propiedad, bien podía llamar a la policía y ellos detenerme por invasión ilegal; sería todo un embrollo justificar mi presencia allí.

Miré hacia todos lados por precaución, y luego procedí a meter la mano, buscando la llave bajo la tabla del cuarto escalón, según mi cliente había indicado.

La madera estaba media podrida y en el lugar había un hueco. Sólo rogaba que no me picara algún insecto venenoso o mordiera algún roedor al invadir sus dominios.

Luego de escarbar un par de minutos, y cuando estaba por desistir, convencido de que se trataba de una mala broma, encontré la bolsita plástica, totalmente llena de tierra y restos de madera corroída; creo que fue realmente una casualidad que la hallase.

A todas vistas se trataba de una llave de emergencia que no se usaba, y vaya a saber cuánto tiempo llevaba oculta en aquel escondrijo. Munido de ella, abrí con cierta dificultad la puerta principal y me introduje en la casa.

El olor rancio de moho y humedad era muy fuerte. El interior se hallaba en penumbras, debido a que casi todas sus ventanas estaban cerradas y la poca claridad que penetraba desde el exterior lo hacía malamente a través de vidrios opacados por la tierra acumulada.

Extraje una pequeña linterna que llevo siempre en el bolsillo de mi chaqueta, y comencé a escrutar el interior.

Comprobé que se hallaba vacía, sin muebles o artefactos. Sólo una araña de hierro pendía del techo en la sala de entrada, cubierta por millones de hilos de telas de araña, valga la redundancia.

—Esto está abandonado hace diez años al menos —dije en voz baja.

Por un momento me detuve, pensando que en realidad era parte de algún complot. ¿Pero de qué tipo? Hasta ahora todo había sido como el tal Wilson me había dicho.

Luego, comencé a subir por la escalera para llegar al primer piso. Los crujidos que emitió me hicieron temer que en algún momento se desarmaría, sufriendo yo un accidente.

Un minuto después, ya en el dormitorio y según me había dicho Wilson, hallé sin mucha dificultad la tabla floja del piso; la levanté de inmediato para toparme con un envoltorio doble de envases de nylon sujetos por una gruesa banda de goma, que en cuanto intenté quitar se deshizo totalmente.

El corazón me dio un vuelco cuando vi lo que contenía aquel paquete.

Un voluminoso fajo de billetes de cien y un antiguo reloj de oro de bolsillo en cuya tapa, al abrirla, descubrí una vieja fotografía de Wilson y de la que presumiblemente era su esposa, ambos muy jóvenes. Tomé mil pesos de aquel fajo, y luego guardé el resto junto con el reloj en el mismo envoltorio y en el sitio donde lo había hallado.

Cogí lo que consideré más que suficiente; si aquel trabajito resultaba de menor costo, le devolvería a Wilson la diferencia. No deseaba regresar de nuevo a aquel lugar a retirar otra suma.

Al día siguiente, muy temprano en la mañana, decidí permanecer dentro de mi automóvil y vigilar desde escasos cincuenta metros la casa de la calle Carruthers 615.

Llevaba cerca de dos horas, y bastante café bebido, que me había provisto dentro de un termo junto con algunas galletitas, cuando una mujer que se ajustaba a la descripción de Elizabeth Wilson salió de la casa en compañía de otra mujer de bastante edad y canos cabellos.

Tomé los binoculares para ver más detalles, no me quedó luego ninguna duda de que se trataba de ella.

Minutos más tarde, los dos mujeres ascendieron a un automóvil estacionado frente a la casa y partieron. Yo, por supuesto, comencé a seguirlas a una distancia prudencial.

Un buen rato después, y luego de un largo trayecto, se detuvieron frente a otra vivienda, descendieron del vehículo e ingresaron en ella.

Otra vez, y siempre desde el interior de mi automóvil, comencé una nueva guardia para observar al detalle los movimientos de la mujer en cuestión. Pero contrario a todas mis expectativas, estuve hasta avanzadas horas de la tarde sin que lograra captar algo relevante.

Aquel primer trabajo resultaba tedioso, aburrido, y por demás de incómodo. Había bajado de mi automóvil incontables veces a estirar las piernas; aunque siempre alerta a cualquier movimiento de personas que entrasen o saliesen de la casa.

Nada ocurrió hasta la noche, cuando un automóvil de nuevo modelo, color negro, llegó e ingresó en el garaje.

Un hombre portando un maletín descendió de él y penetró en la vivienda. En aquel momento decidí que debía por lo menos averiguar, en parte, al menos, qué ocurría adentro.

Hasta el momento no sabía quién era la mujer entrada en años que acompañaba a la que yo había identificado como Elizabeth Wilson, como tampoco la identidad del cuarentón que había arribado minutos atrás.

Ya había oscurecido y me deslicé por los alrededores, atisbando lo mejor que pude por las ventanas que me fue posible.

Corría el riesgo de que alguien descubriese mi presencia y alertara a la policía, confundiéndome con un ladrón al acecho que merodeaba el lugar. Pero debía cumplir con mi trabajo, y si algo ocurría, daría explicaciones. De todas maneras, tenía cómo justificarlo y, por supuesto, mis credenciales de detective privado en orden.

En un momento dado, y al acercarme a una de las ventanas, descubrí a la presunta Elizabeth Wilson, a la mujer de avanzada edad y al caballero que había llegado un rato antes, cenando en torno a la mesa de un amplio comedor.

Pero lo que más me dejó intrigado y sorprendido fue que en un extremo de aquella mesa se hallaba sentado el mismísimo señor Wilson.

¿Quién era la mujer mayor? Seguramente la madre de Elizabeth.

¿Quién era el hombre cuarentón que había llegado después?

No lo sabía, pero lo averiguaría pronto.

En vista de la presencia del señor Wilson, decidí retirarme de la escena; no tenía objeto quedarme a observar e informarle luego algo que él ya sabría.

Era obvio que me había mentido al decir que debía abordar un vuelo hacia Lisboa, por lo que estaría ausente. A menos que hubiese ido y vuelto en tiempo récord, cosa que no resultaba posible.

Ya de regreso a mi oficina, tracé un plan de acción, que consistía en averiguar quién era el hombre que cenaba con la familia, quién era la mujer mayor y quién vivía en aquella casa del 5789 de la calle Arrow. Por supuesto que de poder comunicarme con mi cliente lo hubiese sabido de inmediato, pero era imposible por ahora, hasta que él se comunicase conmigo de nuevo.

Por la mañana del día siguiente logré indagar, a través de la guía telefónica, que la casa de la calle Arrow pertenecía a un tal Michel N. Morrison, con seguridad el hombre cuarentón de la noche anterior. Deduje que se podía tratar de algún pariente o amigo que había invitado a los Wilson a cenar.

Los dos días subsiguientes vigilé la vivienda de la calle Carruthers 615, donde habitaban los Wilson, pero sólo comprobé en varias oportunidades la presencia de la mujer mayor. De Elizabeth Wilson, ni rastros.

¿Sería posible que se mantuviera allí dentro sin asomarse siquiera?

Dos días más transcurrieron sin que lograra verla salir de aquella vivienda. Sin embargo, en un par de oportunidades observé al señor Thomas Wilson parado frente a la casa, con su mismo traje antiguo y su maletín en la mano.

Su actitud me resultó muy extraña en las dos ocasiones, ya que permaneció por más de una hora en el mismo sitio, estático y observando.

¿Qué se traía este tipo entre manos? ¿Planeaba algo que yo no me podía imaginar hasta el momento? ¿Por qué contratar a alguien para vigilar a su esposa? De ella no había tenido ni rastros en más de cuatro días, y además era evidente que él no se había ausentado como me había dicho que haría.

A todo esto, la única persona que iba y venía era aquella mujer que yo suponía hasta ese momento que era su madre.

¿Estaría enferma Elizabeth y su madre la cuidaba? Sí, esa era una posibilidad lógica.

Habiendo pasado una semana completa sin ocurrir ningún hecho que hiciese pensar que aquella mujer era infiel, decidí esperar, simplemente, a que aquel señor me visitase, e informarle sobre el resultado de mi investigación para terminar con aquel caso.

Por la noche del octavo día, luego de cerrar la ventana de mi oficina antes de marcharme, me topé con mi elegante cliente frente a frente.

En realidad me sobresalté bastante al no haberlo escuchado entrar.

—¡Ah, señor Wilson! Lo esperaba, tome asiento, por favor. Sabe usted, ya estaba por retirarme —dije, acomodándome en el sillón detrás de mi escritorio.

—Prefiero permanecer de pie —dijo con voz suave.

—Como guste. Bueno, debo informarle que su esposa no ha salido de su casa. Por supuesto que hasta este momento no ha podido serle infiel. Pero eso ya debe usted saberlo... — dije, haciéndole notar que sabía que él había estado en su domicilio recientemente, y no de viaje como él había pretendido hacerme creer.

—¿Por qué habría de saberlo?

—No ha viajado en estos días, ¿verdad? Como usted había programado, supongo.

—Viajo permanentemente a Lisboa, señor —afirmó.

Ante tal afirmación decidí cambiar el rumbo y pregunté:

—¿Quién es Michel Morrison de la calle Arrow? ¿Un amigo o un pariente suyo?

—¡Ah! Veo que ha investigado. Es mi yerno, el marido de mi hija Elizabeth.

—¿Y la mujer mayor que entra y sale de su casa?

—Pues no lo sé... —dijo. Luego, como pensando de quien podría tratarse, afirmó—: Tal vez usted haya visto a la madre de mi esposa, de visita.

—Mire, señor Wilson, a su esposa la he visto en una sola ocasión. Al que dice usted que es su yerno, también. Nadie entra y nadie sale de su casa a excepción de la que entonces, supongo, es su suegra.

—Yo no le he solicitado que vigile a mi suegra, sino a mi esposa, y cuando estoy de viaje, que es casi constantemente. ¿Me ha entendido usted? —Alzó el volumen de su voz y su rostro cambió de expresión.

—Sí, perfectamente. Lo que no quiero es robarle el dinero ocupándome en una larga vigilancia que vaya a saber cuánto tiempo más puede demandar.

—Usted vigílela el tiempo necesario, y tome el dinero que haga falta. ¿Lo halló, verdad?

—Está bien. Continuaré si usted lo quiere —dije, un poco enfadado. Luego agregué—: Excúseme un minuto.

Y me retiré al baño a orinar, pues mi vejiga estaba a punto de estallar.

Al salir, Wilson ya no estaba. Otra vez se había retirado sin despedirse. Supuse que no le gustaba dar explicaciones. De esa forma complicaba mucho las cosas y además mentía descaradamente al afirmar que viajaba todo el tiempo. ¿Qué planeaba? ¿Tal vez asesinar a su esposa?

¿Con qué motivo querría involucrarme? ¿Para armar una coartada?

Mi vigilancia continuó por cinco días más, sin que sucediera nada importante. Sólo la madre de Elizabeth que entraba y salía de la casa y otra vez mi cliente parado en el frente de ella en algunas ocasiones, en lo que yo consideraba una pasiva y estúpida actitud observadora, dado que me pagaba a mí por realizar esa tarea.

Aquella situación se había vuelto tediosa y exasperante, por lo que decidí echar un vistazo a la casa de la calle Arrow, donde según Wilson vivía una de sus hijas, que calculé tendría veintitantos años, casada con un tipo mucho mayor que ella de nombre Michel Morrison.

En aquella casa descubrí que habitaban, aparte de Morrison, la que supuse era una de las hijas de Wilson, una bella joven de veintiuno o veintidós años, un jovencito de unos dieciocho años y otro de escasos quince. Pero lo que realmente me dejó sin palabras era que allí se encontraba viviendo la esposa de Wilson.

Primero supuse que estaba de visita, pero luego comprobé fehacientemente que convivía con su joven hija y su yerno. Con respecto a los dos jovenzuelos, aún no podía imaginar quiénes eran.

Unos días más pasaron y quedé totalmente pasmado por los hechos que constaté a través de mis binoculares, encaramado en un árbol cercano.

La esposa de Wilson compartía el dormitorio y por supuesto la cama con su yerno, el señor Morrison, mientras la joven Elizabeth dormía en otro cuarto.

Me sentí escandalizado. Había algo que yo no entendía del todo: se trataba de una familia de degenerados morales o pertenecían a alguna secta. Por un momento sentí lástima por el señor Wilson, al que consideraba un caballero muy correcto, y por fin comprendí su problema.

Antes de presentar un informe completo a mi cliente, y para cerrar mi investigación de forma definitiva, decidí aprovechar una oportunidad que se me presentó fortuitamente. Una propiedad cercana a la del señor Morrison estaba a la venta, más precisamente dos casas de por medio.

Me dirigí entonces a donde vivía aquella extraña gente y toqué el timbre.

Luego de un minuto la puerta se abrió y apareció la esposa de Wilson en persona. Con una sonrisa me dijo:

—¿Qué desea, señor?

—Usted sabrá disculparme, señora. Mi nombre es Gabriel M. Joyce, y he visto el cartel de venta en aquella propiedad casi lindera con la suya... —enseguida extendí mi mano y ella me la estrechó sonriendo— ... Usted sabe, los mejores para informar cómo es el barrio y la vivienda en cuestión, por... tal vez algún problema de plomería, electricidad, o de gas, son los vecinos. Ése es el motivo por el cual me atreví a molestarla, y desde ya le pido mil disculpas.

—No tiene por qué hacerlo, señor. Le comprendo perfectamente. Bueno, le digo desde ya que se trata de un vecindario muy agradable, tranquilo. Bastante pintoresco y arreglado, como puede usted comprobar. Hay un par de escuelas cercanas. ¿Tiene usted niños?

—No, por ahora no, pero con mi esposa pensamos tenerlos pronto... Esteee, ella está esperando —mentí descaradamente.

La buena mujer creyó mi historia y dijo:

—¡Ahh, que alegría! Lo felicito. Los hijos son lo mejor que puede ocurrirnos en la vida —concluyó, con la satisfacción dibujada en el rostro al pronunciar estas palabras.

—Veo que usted tiene hijos, por supuesto —sonreí.

—Sí, afortunadamente tengo tres, una hermosa hija de veintidós y dos varones, de dieciocho y quince años.

—Qué bien, qué bien —dije, mientras se me armaba una real confusión en la cabeza—. Hoy en día es duro mantener una familia tan grande. Es decir, hay que tener un buen empleo para ello, je, je —dije, dispuesto a seguir indagando.

—Sí, es verdad. A nosotros nos cuesta mucho, pero por fortuna mi esposo tiene un buen empleo. Si llegamos a ser vecinos ya tendrá tiempo de conocerlo, espero.

—Sí, por supuesto. Me encantará conocer al señor..

—Morrison, Michel Morrison es su nombre; el mío es Elizabeth.

Luego de escuchar aquellas palabras realmente estaba más confundido aún.

¿Casada con el yerno? Realmente no entendía nada en absoluto.

—Bueno, creo que ya he robado mucho de su tiempo, señora Morrison —intenté cortar aquella charla y despedirme; debía tomar un tiempo para replantearme un poco aquella situación.

Pero ella continuó diciendo:

—No, ha sido un placer, señor Joyce. Mire, la casa es realmente muy hermosa y no tiene problemas de instalaciones de servicios, o por lo menos Emma no me los ha comentado nunca. Emma era la mujer que antes vivía allí, y éramos amigas.

—He visto muchas propiedades hasta ahora, pero francamente ésta es la que más me agrada —se me ocurrió de repente decirle.

—¿Ah, sí?

—Sí, la anterior que visité estaba en la calle... en la calle... Carruthers, sí, en la calle Carruthers, no me salía el nombre, je, je.

La mujer saltó de inmediato y como yo lo esperaba, enseguida dijo:

—¡No me diga, en esa calle vive mi madre! ¡Qué coincidencia!

—¡¿Su madre?! —exclamé, ahora total y definitivamente desconcertado.

La mujer me miró sorprendida ante mi reacción exagerada. Por desgracia, no pude evitar reprimir la sorpresa que me causó aquella afirmación.

—Sí, mi madre. Pero... parece usted sorprendido.

—No, no, es que es una gran coincidencia. —Sonreí, tratando de mostrarme lo mas centrado posible.

—Sí, ella vive en la calle Carruthers. Bueno, señor Joyce, está usted informado entonces.

—Señora, ha sido un verdadero placer charlar con usted. Mucho le agradezco y que tenga muy buenos días. —Le estreché la mano.

Me retiré con una total confusión en la cabeza y mil interrogantes por responder.

Entonces el señor Wilson vivía en la actualidad con su suegra, su esposa estaba casada con el que presuntamente era su yerno, ¿y tenía tres hijos, dos adolescentes y una joven de veintidós años? Nada encajaba en aquella cuestión.

Mi cliente me había mentido con alevosía y se burlaba descaradamente de mí. Su pretendida esposa se hallaba casada al parecer hacía muchos años o Elizabeth no era su esposa en realidad.

Pero si no era la mujer que vivía con Morrison en la calle Arrow, ¿quién era su esposa? ¿Acaso la anciana de más de setenta años que convivía con él en el 615 de Carruthers? No, esto último no era posible. Definitivamente resultaba importante reunirme con Wilson para aclarar bien y del todo las cosas.

Me sentía realmente furioso, engañado. Apenas apareciera el tipo le pediría explicaciones.

Una semana transcurrió sin que yo retomara aquel misterioso e incomprensible caso y sin que Wilson apareciera. No valía la pena continuar con aquella estupidez y además mi cliente, aunque no lo aparentara, era un tremendo mentiroso. ¿O tal vez un enajenado?

Pensaba cobrarle los honorarios y mandarlo de paseo.

Pero en vistas de que no aparecía por mi oficina, decidí sin más ir hasta su casa y sondear la situación. De todas maneras estaba en mi derecho de cantarle cuatro frescas por la tomadura de pelo de la cual me había hecho víctima.

Cuando llamé a la puerta de la casa, la señora que había ya observado decenas de veces me atendió enseguida.

—¿Qué desea, joven?

—¿El señor Wilson, está?

—No, no está. ¿Quién lo busca?

—Mi nombre es Joyce, señora. Debo hablar en privado con él, un asunto de negocios. Usted me entiende, ¿verdad?

La mujer sonrió vagamente y luego dijo:

—¿Algún problema grave?

—No, sólo debo aclarar algunas cosas con él. ¿Está presente... o está de viaje? —Mi paciencia se agotaba.

La mujer se puso seria de repente.

—¿Se trata de alguna broma de mal gusto?

Al escucharla, la miré sin entender. Casi respondo que sí, que se trataba de una broma de mal gusto y de la cual había sido yo la víctima.

—Si es así, usted disculpe... —dijo, y comenzó a retirarse para dejarme plantado y cerrar la puerta en mis narices.

—No señora. No se trata de ninguna broma, es un asunto serio —dije, poniendo énfasis y enarcando mis cejas.

—¿Qué edad tiene usted, joven? —preguntó.

—Treinta años, señora.

—Entonces usted no pudo haberlo conocido, pues era un chiquillo de sólo tres años de edad cuando él falleció. Insisto en que usted se ha confundido de persona, o se trata de alguna broma de muy mal gusto.

—Mire, señora, él...

De pronto quedé totalmente mudo.

—Joven, no debe estar hablando de mi esposo... o sea, usted se ha equivocado de persona.

—¿El señor Thomas J. Wilson, su esposa se llama Elizabeth, tiene dos hijas, Elizabeth y Helen?

—Joven, ¿quiere pasar? Creo que aquí hay una gran confusión. Venga, le invitaré con algo y dentro charlaremos más tranquilos.

Acepté ingresar en la casa y minutos después estábamos bebiendo ambos una taza de café, aquella anciana y yo.

—Mire, sé que a lo mejor todo esto le parecerá ridículo. ¿Acaso su esposo no viste un elegante pero antiguo traje negro, sombrero, tiene cuarenta y cinco años más o menos y lleva todo el tiempo un maletín de cuero negro? Además constantemente viaja a Lisboa, según me ha dicho.

La mujer se tomó la cara con ambas manos y meneó la cabeza.

—¿Le ha dicho que siempre viaja a Lisboa?

—¿Es mentira acaso? —pregunté, mientras la mujer me contemplaba en silencio con evidente tristeza en sus vidriosos ojos—. Por lo que veo, entonces no es cierto lo de los viajes. ¿Acaso sufre de alguna alteración mental?

—Vuelvo a repetirle que mi esposo falleció hace veintisiete años. ¿Quién le ha dado su descripción? ¿Lo ha visto en alguna fotografía?

—Mire señora, él estuvo en mi oficina hace muy poco, un par de semanas apenas. Contrató mis servicios; soy detective privado y deseaba que siguiera a su esposa para ver si le era fiel en su ausencia, ¿me entiende ahora? Pero descubro que su esposa vive con un tipo llamado Morrison y que tiene tres hijos.

Decidí decir la verdad, total ahora que más daba.

—Espere joven, usted está totalmente confundido o realmente no entiende. Yo soy Elizabeth Wilson, esposa de Thomas J. Wilson y madre de Elizabeth, que está casada hace muchos años con Michel Morrison y tiene tres hijos que son mis nietos. Mi esposo falleció en un accidente aéreo hace veintisiete años en un vuelo a Lisboa que se precipitó al océano ¿Le quedó todo más claro, ahora?

—¿Ah, sí?¿Y entonces por qué hace unos días atrás estaban cenando los cuatro en esta misma casa, su hija, su yerno y Thomas?

—¿Cómo dice? Es cierto que cenamos, pero... ¿De donde sacó usted que estaba presente mi difunto esposo?

—¡Por favor señora, lo he visto con mis propios ojos desde esa ventana! Disculpe usted el hecho de que los espiara, pero es mi profesión.

La mujer se tomó la cabeza con ambas manos, alisándose el cabello en forma nerviosa, luego preguntó:

—¿Usted lo vio?

—Sí, sentado en aquel extremo de la mesa, usted estaba ahí, su yerno allí y la que dice que es su hija en ese lugar —dije señalando cada sitio en la mesa. Luego procedí a dar descripciones sobre cómo estaban vestidos ellos en aquella ocasión y otros detalles.

—¿Y dice que él fue a su oficina a contratarlo?

—Correcto.

—¿Y con qué pagaría sus servicios, con un pasaje al cielo?

—No, con dinero contante y sonante. Es más, ya he cobrado por mi trabajo.

—¡¿Qué me está diciendo usted, joven?!

—Él me dijo que concurriera a una vivienda que hoy se halla abandonada, en la calle Riverside 1416, debajo del último escalón recogiera una llave para la puerta del frente y luego retirara el dinero que fuera necesario para cubrir mis honorarios y demás gastos de debajo de una tabla del piso del dormitorio principal. En el rincón junto a la ventana. Además, junto con el dinero hay un reloj de bolsillo con una antigua fotografía de él con presumiblemente su... su esposa, ambos jóvenes.

La mujer se cubrió la boca espantada, luego se puso a llorar desconsoladamente.


Ilustración: Guillermo Vidal

—¿Entonces ha fingido su muerte, supongo? —pregunté con inocencia.

—No. Usted ha hecho tratos con un muerto, es decir, con un fantasma —respondió.

—¡¿Quéee?! —exclamé anonadado.

—Sí, joven. Usted lo ha visto con su aspecto antes de morir. Recuerdo que era muy celoso de mí y siempre desconfiaba; pensaba que yo podía engañarlo mientras él estaba de viaje, estaba obsesionado... pobre. Pero siempre le fui fiel. Si realmente se comunica con él, dígaselo. Puede que así descanse en paz...

Quedé helado, sin saber que más decir.

—Le... le traeré el resto del dinero y el reloj —dije con voz titubeante.

—¿Puede usted hacerme ese favor? Era nuestra vieja casa y aún es nuestra. Algún día la pondremos en venta. Es un recuerdo y nos hemos resistido a deshacernos de ella.

—Está bien, señora Elizabeth, tranquilícese. Yo ahora debo irme, gracias por el café y lamento todo esto.

—Usted no tiene culpa alguna, joven. —Sus ojos estaban enrojecidos.

Por la tarde estaba yo en camino a la calle Riverside 1416, no quería postergar más aquella cuestión, retiraría el reloj y el dinero y se lo llevaría a Elizabeth. Luego me olvidaría de aquel asunto, que ahora comenzaba a aterrarme.

Llegué poco después, ya anochecía. Cuando me paré frente a la casa, un temblor me recorrió el cuerpo. Toparme con el que ahora sabía se trataba del fantasma de Wilson me tenía realmente atemorizado.

Dudé por un momento, pero luego pensé que si no había tratado de hacerme daño antes, tampoco había razón para pensar que quisiera hacérmelo ahora.

Pero una vez dentro, el miedo volvió a apoderarse de mí. Estuve a punto de salir disparado hacia la planta alta, y a toda velocidad recoger el dinero y el reloj, para retirarme lo más rápido posible. No lo hice. Debía comportarme como un hombre valiente, con agallas, como todo un investigador privado.

Subí despacio por la crujiente escalera, mis ojos miraban hacia todos lados con desconfianza mientras mi corazón acelerado parecía querer salirse del pecho.

Las sienes me retumbaban y un intenso calor recorría mi cuerpo.

Tenía miedo, y no lograba controlarlo.

Por fin, retiré la tabla, cogí el dinero y el reloj y me dispuse entonces a salir de forma rápida e inmediata.

Pero cuando me puse de pie y volteé, ahí estaba el señor Wilson, parado frente a mí, mirándome con fijeza.

—Ah... ah... ah... —sólo salió de mi boca.

Ahora estaba temblando de forma descontrolada y temía que me diese un ataque.

—¿Y? ¿Qué averiguó? —preguntó con su suave voz.

En aquel momento estuve a punto de salir corriendo, en cambio dije:

—Na... na... nada, señor... Su... su esposa no lo engaña, señor Wilson, pude comprobarlo... pude comprobarlo... No dude de ella, señor...

—¿Está usted seguro? No lo parece.

—Mu... mu... muy seguro.

—¿Recogió su paga?

—Sí, pero... ¿le caería mal a usted que le llevase el resto a ella? Además del reloj de bolsillo... digo, a ella le vendría bien el dinero.

—No, pienso que no me molestaría. Estoy algo confundido Joyce, tal vez muy confundido y hay cosas que aún no comprendo y que me suceden a diario. ¿Sabe algo de eso?

—No, señor, no lo sé. Pero no se preocupe... todo se resolverá pronto.

Realmente me encontraba obnubilado, no sabía lo que él me decía y yo le respondía de forma ambigua.

—¿Usted cree?

—Sí, todo estará bien.

—En fin, si usted lo dice. ¿Pero está bien seguro que mi esposa no me engaña?

—Absolutamente seguro... absolutamente, Wilson.

Estaba traspirando profusamente y tomé el pañuelo de mi bolsillo trasero del pantalón para secarme la cara con manos temblorosas e inseguras.

Cuando volví la vista hacia el frente, el fantasma de Wilson había desaparecido, y entonces, aprovechando aquel momento, salí corriendo a la máxima velocidad que daban mis piernas, abandoné aquella casa y esperaba que fuese para siempre.

Al siguiente día entregué el dinero y el reloj a Elizabeth, quien lo agradeció e hizo que le contase todos los detalles desde el principio. Más tarde, la acompañé hasta el cementerio donde visitamos la tumba de su esposo, por supuesto vacía. Sus restos jamás habían sido encontrados.

En un momento dado, y mientras yo contemplaba el amplio parque donde se ubicaban miles de sepulturas, como a cincuenta metros de distancia divisé la inconfundible silueta de Wilson.

Estaba parado observándonos, estático, con el maletín en su mano. Aunque se me erizó hasta el último pelillo de mi cuerpo, evité alertar a Elizabeth, que junto a mí y con la vista fija en la lápida, vaya a saber en qué pensaba.

En un momento dado, y luego de permanecer mirándonos por unos minutos, el señor Wilson alzó una mano en un saludo y luego dio media vuelta para desaparecer entre las tumbas caminando con lentitud.

Nunca más volvía a verlo. Pienso, o mejor dicho creo, que ahora descansa en paz.

Corto tiempo después cerré la oficina de detective privado para siempre.



Carl Stanley (seudónimo) nació en Rosario, Argentina, hace más de cincuenta años; es amante del río Paraná y de las novelas de aventuras. Pasó su infancia entre el bullicio del centro y las islas frente a la ciudad, donde su padre tenía una cabaña a un par de cientos de metros del viejo faro de Rosario (hoy desaparecido). Su afición por la literatura novelesca lo impulsó a escribir sus dos primeras novelas, En la ruta del sol y Kram


Este cuento se vincula temáticamente con "El fantasma", de Adelaida Saucedo (161) y "El viajero", de José Luis Zárate Herrera (160)


Axxón 187 - julio de 2008
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico : Ciencia Ficción : Policial : Fantasmas : Argentina : Argentino).

            

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