BURROS MÁS VELOCES QUE LA LUZ

Javier Goffman

Argentina

1.

Cuando Fabián Cabeza se cruzó a Mariana Pereyra, ella iba de la mano de otro, apenas entrelazando los dedos; qué manera rara de caminar, no había presión en el contacto. El gesto podía atribuirse a mutua confianza, libertad partidaria, repulsión encubierta, etc. Cabeza se quedó helado en la vereda, queriendo hablarle pero para qué, la cereza del postre había sido puesta. Castigo del azar, destino, o providencia. Mariana no lo vio, o lo ignoró olímpicamente.

Al otro día, lunes precedente al temporal que inundaría el país, Cabeza no podía -ni quería- empezar la semana. Por momentos, daba vueltas en la cama. Inmediatamente después, ya estaba de pie frente al inodoro intentando orinar. Entonces Mariana abría la puerta, se agachaba, y arengaba al pito: "¡Usted puede, mi loli lolis! ¡Vamos, mi loli lolis! ¡A mear...!"

El despertador rompió la ilusión, pero siguió dormitando. Se bañó, se vistió, agarró el portafolio y salió sin desayunar. Bajó del primero a la planta baja, saltando de a dos escalones. Quería obviar el "cómo va", "y... tirando", "qué clima pesado", etc. Genara Bolurelli impedía el paso, limpiando el vidrio de la puerta de entrada.

—Buen día —murmuró Cabeza. Ella no contestó, ni lo miró. Siguió firme en su tarea, con los ojos desorbitados—. Permiso... —Cabeza metió llave, evitando rozar a la vieja. Ella dio un paso atrás—. Gracias. —Abrió.

Rumbeó hacia la avenida. El policía le decía algo al barrendero; enfrente, un portero baldeaba la vereda. Cabeza vio venir a una veterana con su perro; con gran habilidad saltó al cordón, apurando el paso, sin caer a la cuneta ni pisar las baldosas. Mientras el perro dejaba un regalo ahí nomás, pisó la calle, cruzó Belgrano en verde esquivando taxis vacíos y siguió derecho; al pasar el supermercado murmuró, "quevelocidá", justo cuando el coreano apostado en la entrada decía "buen día", o más bien, "buenlía", rápido y sin soplar. Cabeza no se detuvo.

—Qué tal —atinó a contestar.

Y esto es lo remarcable. En ninguno de los numerosos supermercados coreanos del barrio solían tener semejante deferencia con él, muchísimo menos si sólo pasaba caminando. Atendía el negocio aquella cajera coreana tan bonita, Sayaka. Cabeza siempre entonaba su profunda voz de "hola", y "gracias", hasta ayudaba con las monedas, pero ella nunca se había atrevido a mirarlo a los ojos, nunca jamás.


2.

Genara Bolurelli limpiaba y limpiaba la misma parte del vidrio, una y otra vez. Mano derecha, girando en círculo (no es una redundancia), de arriba bajando por la izquierda, subiendo por la derecha, lentamente, vuelta a la izquierda y bajar, repitiendo el ciclo rumbo a la eternidad. En parte por estar senil (pero también por el exceso de lavandina en el balde), Genara sentía llover colillas de cigarrillo. Había sucedido en el patio del fondo, más de dos años atrás, cuando levantó un encendedor del suelo y funcionaba. Gritó y gritó, hasta que el vecino recién llegado, salió al balcón.

—¿Se le cachere el encendedore? —preguntó Genara, en aquella mezcla híbrida de tano-castellano.

Cabeza cometió el error de contestar que sí. La vieja empezó a pedir encarecidamente que no le tiraran las "colicha de cigaricho", qué gente maleducada, como la pareja de al lado, que cómo puede ser, y "hay que baldeare, tuto el día baldeare como una descosida, gente del Señore, y mi marido cuéh está postrato en una sicha de rueta..."

—Cómo puede ser, cómo puede ser —coreó él—. No, no fumo, señora. El encendedor es... para el calefón.

Ahí empezó todo, porque Cabeza debería haberse lavado las manos. Había olvidado el miserable encendedor en la cama, sobre la colcha. Cuando la sacó de un tirón, el encendedor voló por la ventana. Aprovechó la oportunidad para recuperarlo, pero Genara Bolurelli sospechó algo raro, malo, incluso siniestro; desde el punto de vista de la senilidad mal envejecida podía ser una simple mentira, o algo peor: drogas, muchas drogas, sexo, demonios, extraterrestres, malo, malo, malo, todo junto y revuelto, como la lavandina del balde que la drogaba dos años y pico después. En aquellos dos años y pico, se le había ido la vida, su marido en "sicha de rueta", ya no estaba en "sicha de rueta", y ni siquiera estaba, con toda la fuerza literal y metafísica que implica la afirmación. Su hijo Santino Bolurelli, había ido a parar al hospital después de caer desde el balcón de Cabeza en circunstancias nunca aclaradas, algo que no contribuyó a mejorar relaciones entre la planta baja y el primero. Genara golpeó la puerta de Cabeza muchas veces más, con grandes acusaciones, desde putear a romper vidrios. Nadie parecía notar los graves problemas de los vecinos, del edificio, de las goteras del baño, de las expensas, o las colillas que llovían, de las voces, voces en la noche y de día, que le hablaban, a ella, la insultaban, le decían "sucia, borracha, puta", y demás sutilezas.

Seguía escuchando después de haber desparramado el contenido del balde en la vereda. Genara Bolurelli no se drogaba con pegamento, ni tenía por costumbre esnifar posibles pérdidas de gas, ni siquiera tomaba la clásica copita de vino tinto para el corazón. Siempre una señora abnegada, con el balde y el trapo, la lavandina, el amoníaco, respirando esos líquidos, sus vapores y consecuencias, elevándose a un estado de conciencia que superaba todos los parámetros de senilidad posible, saltando del pasado al presente, entrando en uno de los tantos futuros. Era como vivir en el país de las hadas, todo podía pasar, todo se confundía, la biblia y el calefón eran un poroto al lado de eso.


3.

Cabeza recorrió el centro, barrios adyacentes y no tan adyacentes de nuestra Buenos Aires, haciendo malabarismos con sus pies, sin pelota, entre baldosas, cordones y personas, la mayoría a evitar excepto aquellas señoritas de lindas figuras, lo único que entretenía el recorrido y sus propios reproches, los mismos de ocho o nueve meses. Repartía sobres, ejecutaba trámites bancarios, impositivos. Era el individuo X, el que no entiende nada de lo que hace, sólo espera. Espera en una fila, con un número, en una silla, a veces sin silla o sin número, y no necesariamente en ese orden. La constante, el período de eternidad previo a enfrentar el mostrador durante el cual el individuo entiende que para eso ha sido lanzado a la existencia: presentar papeles que califican a tal o cual persona o cosa de: Razón Social, Persona Física, Persona Jurídica, Simiotributista, Súper Contribuyente, Pequeño Contribuyente; en fin, una infinidad de combinaciones disparatadas.


Ilustración: Walter Rodríguez

Absolutamente nada tenía sentido para Fabián Cabeza. Tampoco para las aplicadas personas físicas que preparaban aquellos papeles, pero alguien tenía que encargarse de engrasar los engranajes que mantenían nuestra desquiciada sociedad en funcionamiento. Hasta que acordáramos inventar un sistema práctico, no existía nada mejor que la política del sinsentido, había que hacerla funcionar. Aquellas interminables filas aportaron a la educación del protagonista, quien para matar tiempo leyó, leyó, leyó. Tanto leyó que en un momento indeterminado de la espera decidió hacerse escritor. En Argentina, desarrollar cualquier rama del arte equivalía a trabajar de otra cosa, vivir del aire, ser un vago de mierda, etc. Cabeza cantaba los blues desde hacía años con escasa repercusión. Imaginó que, quizás, si aprendía a escribir bien podía combinar literatura y música, salvarse de la burocracia, dedicar la vida a ser un vago de mierda. Entonces, la clave residía en escribir la novela precursora de la literatura argentina para el siglo XXI, y meterle blues al argumento, soñó Cabeza: "Ah, ¡qué manera gloriosa de escaparle definitivamente a esta fila de mierda...!"

Eso era él, en resumen, un tipo dueño de una existencia mínima y solitaria en la puerta de una serie de eventos improbables a ojos de cualquier ser humano común y corriente que vuelve corriendo a casa a ver qué pasó en Gran Hermano, o para ir más lejos en el patetismo: sucesos definitivamente imposibles para quien afirma que la Tierra es plana más allá de toda duda (basta con ver el horizonte para comprobar que el mundo es, en efecto, tan plano como una línea recta).

Aquel húmedo y pegajoso lunes volvía de trabajar. No tuvo mejor idea que pasar por el supermercado. No vio al tipo de la mañana. Compró un jabón, un paquetito de queso rayado y una botella de whisky nacional bastante decente; estaba de oferta. Atendió la cajera coreana, tan bonita, de pelo lacio y negro. Pasó cada producto por la lectora, primero el whisky. Lo separó en una bolsa. Cabeza intuyó que pondría dos bolsas, algo que nunca pasaba con la cerveza, pero el whisky valía trece pesos. Se adelantó, agarró una y la abrió justo cuando ella estaba por hacerlo. Casi como ofrecerle una flor. Dos manos más le permitieron no tener que hacer equilibrio metiendo una bolsa dentro de otra. "Si fuera marciana", pensó Cabeza, "tres o cuatro tentáculos le harían justicia en el manejo de bolsas..." Ella sonrió. Por primera vez, sus ojos se encontraron.

—Gracias —dijo Sayaka, pronunciándolo perfectamente.

—De nada.

—Dieciséis con cincuenta.

Pagó justo. Volvió a casa.

El Beto Yirzik —guitarrista muy amigo mudado a Bersovia—, visitó Buenos Aires la semana anterior y organizó una fecha en un pub de San Cristóbal. Cabeza cantó de invitado. Al bajar del escenario, Yirzik le presentó a Gricel, su prima. La chica caía justo en el promedio. Cada dos o tres meses una mujer solitaria iba a ver un show de blues. Entonces, Cabeza iba, iba, e iba. Estuvo tantos años sin ir, ir, e ir, que, cuando fue, fue, y fue, aprendió a digerir la clase de rechazos inobjetables que guían a la sabiduría del acierto. De ahí a forjar el carácter, un solo paso.

La llamó por teléfono, haciendo gala de su mejor sentido del humor.

—¿Así que sos abogada? —preguntó.

—Estoy estudiando.

—Qué bien. Cuando me denuncien por acoso sexual, ¿puedo llamarte?

—No, no... en realidad, estudio derecho penal.

—Querida, no te conviene. No va a llevarte a ningún lado... excepto al diván, claro. En cambio, divorcios o infidelidades, ahí está el rock & roll. ¿No te gustaría estudiar un caso de separación por lanzamiento de cenicero...?

—Nunca lo había pensado.

—Permítame asesorarla, qué le parece el viernes...

—El viernes está bien... —aceptó inocente, entre risitas, dando por sentado que trataba con un ciudadano normal de tendencias artísticas pintorescas pero perfectamente compatibles con la vida laboral y de pareja; nada de andar cortándose la oreja a lo Van Gogh, esas cosas quedan bien sólo en los museos.


4.

"Esto merece celebrarse", pensó Cabeza. Sacó hielo, sirvió el whisky. Dio un buen trago y chasqueó los dedos, murmurando con voz ronca:

—Estoy de vuelta, ¡oh, sí! I'm back in business, baby! I'm back, blues is back, I'm the blues and I got a lot of blues everydayyy... (¡Estoy de vuelta en el negocio, nena! Estoy de vuelta, blues está de vuelta, yo soy los blues y tengo un montón de blues todos los díiiiaaaas...). En la radio anunciaban un acto del intendente Tilinman para el... Justo Cabeza puso play en la casetera: Otis Spann, el pianista, primo de Muddy Waters; al rato un armoniquista; se sirvió otro vaso, bien cargado; más tarde armó un porro escuchando a Billie Holiday y se encerró en el baño a fumar. Estuvo yendo y viniendo un par de horas, de pie, llenando y vaciando, tomando asiento, echando humo, escuchando distintos músicos. En algún momento se acostó y entró en la vigilia: "La nariz de Gricel es como de zanahoria, pero qué carita dulce, cuerpito de nena, qué edad tendrá. Sabía que volvería, sabía que volvería..."; entonces el paisaje cambió a una vereda de su propio barrio, pensó que si estudiaba para abogada debía ser un bocho; levantó la vista y vio a Mariana. La calle era la de siempre. Ahí estaba, Cabeza enterrándose vivo, "quiero invitar otras chicas". Ella tomó un taxi, perdida sin saber a dónde ir...

Despertó con dolor de cabeza. Intentó recordar qué había hecho antes de dormirse. Pegó un vistazo al reloj. Las veintidós. Después de orinar, chequeó llamados telefónicos. Ningún mensaje.

Volvió al baño. Abrió las canillas de la bañadera. Se desvistió. Puso la ducha y entró sin fijarse si estaba fría o caliente. Empezó a enjabonarse, patinó, cazó la cortina casi cayéndose y se le piantó el jabón. Patinó el otro pie, justo apoyó una mano en la pared. El jabón ya no estaba. Revolvió la cortina. Quizá había caído entre los pliegues, pero no. Puteó, pensando que era un jabón de glicerina recién comprado. Buscó detrás del lavatorio, bidet, inodoro, tampoco. Se le escapó de las manos para el lado de la cortina, dentro de la bañadera. Menos mal que la cortina no se rompió, la patinada podría haber resultado fatal. Tenía que estar en uno de esos pliegues. No encontró nada. Agarró el otro jabón e intentó reproducir la escena de la patinada. Cada vez que se piantó el jabón, cayó dentro de la bañadera.

Terminó de enjuagarse. Cerró canillas, se secó pensando en los agujeros negros y soltó una carcajada; "un agujero negro se tragó el jabón. No, no. Perdón, el agujero negro nace de una estrella gigante moribunda que, en su último acto de rechazo a la muerte estelar, colapsa sobre sí misma convirtiéndose en un punto infinitamente pequeño e infinitamente denso que traga toda la materia atraída por su poderosa gravedad, gravedad que ni siquiera, ¡ni siquiera!, deja escapar la luz. Si un agujero negro anduviera cerca, ya me habría chupado a mí, al edificio, a la ciudad, al planeta entero.

Y probablemente a todo el Sistema Solar".


5.

La escena tuvo, tiene y tendrá lugar fuera del universo conocido, en un espacio-tiempo distinto. Nuestro modelo de universo en expansión no aplica su política ahí. Para empezar, la velocidad de la luz es de diez kilómetros por hora. Cualquier carro tirado por un burro de nuestro propio universo estaría en condiciones de alcanzar la velocidad de la luz, o incluso superarla. Podría dar vuelta el principio de acción y reacción, conseguir masa infinita -negativa-, volver al pasado (que podría estar en el futuro; el tiempo no tiene por qué funcionar para "adelante"), etc. Albert Einstein lo soñó con espejos, trenes, aviones, cosas por el estilo, un tipo muy imaginativo, pero naturalmente uno no vive pensando qué estarán haciendo nuestros amigos del universo paralelo mientras baldea la vereda, insulta al vecino, o se escarba la nariz. No, señor. Nada de lo que le sucedió, sucede, o sucederá está pasando en el momento que usted lee esto. En realidad, no existen. Son probabilidades en la mente afiebrada de algún físico o matemático engripado. O chispazos en el cerebro de Fabián Cabeza después de perder el jabón. Estos seres, sus vidas, muertes, no influyen en la tristeza ni en la alegría de nadie. Y a ellos no les importa que no nos importe. No imploran la ayuda del saber humano que los salve de la perdición. No vigilan los cielos buscando relucientes carruajes tirados por burros más veloces que la luz: simplemente no existimos.

Hubo, hay, o habrá vida en uno de esos mundos. Alguna clase de inteligencia desarrollada en los restos de un planeta que habitaron varias docenas de seres sin nombre, grandes pelotas con agujeros tipo queso gruyere y tres largas extremidades en forma de tentáculos, bastante útiles para un universo así. Una mente en una de esas pelotas en particular creyó descubrir la manera de salvar su mundo del agujero negro que se abalanzaba sobre el planeta. Desarrolló unas matemáticas que habrían hecho a Einstein reventar de envidia, por mencionar otra vez al genio más famoso. Usted quizá no sepa qué significa E=mc2, y muchísimo menos se le ocurrirá elevar "mc" al cuadrado, pero a menos que sea ignorante, reconocerá en cualquier revista la foto de Albertito Einstein, pelo canoso y revuelto, gran bigote, ojos tristes. Tanto él como la pelota en particular de nuestra historia entendían una cosa: cada agujero negro desemboca en su correspondiente hermanito blanco que no necesariamente está ubicado en el mismo universo. Su función es liberar la materia que el negro chupó, probablemente hecha puré, o en forma de energía.

Lo que puso a la pelota en particular muy por encima de aquel alemán estúpido es que aplicó sus matemáticas a un sistema práctico. Construyó una máquina de fusión sobre cuyo funcionamiento nadie puede testimoniar, y se hizo injertar un aparato en las tripas, a modo de control remoto. Con todo esto, creó su pequeño agujero negro personal, uno muy modesto. En casa, al alcance de sus tentáculos.

Podría decirse que intentó regularlo como quien regula el calefón.


6.

El intendente Manuel Tilinman, Jefe de Gobierno de la ciudad autónoma de Buenos Aires, murió una vez sepultado cuando una instalación turística en el nordeste argentino se derrumbó sobre su cabeza. Hubo que rescatarlo de entre los escombros, pero lo resucitaron enseguida. Verlo enyesado y roto ayudó a mejorar su imagen, no sólo en Palermo y Recoleta donde ya lo conocían, sino también en los barrios humildes que frecuentaba nomás en época de elecciones. La foto suya, encamillado, intentando sonreír, exhibiendo en alto su único dedo no fracturado (un pulgar, precisamente), y la frase "son tiempos difíciles para todos, no sólo para mí", fue mucho más que un detalle cosmético. Tilinman pretendía la reelección. Con ese objetivo entre ceja y ceja, permaneció enyesado más tiempo del que necesitaba.

Le costó caro.

Durante su gestión se enrejaron todas las plazas, arreglaron algunas veredas sin fijarse si estaban rotas y clausuraron cada boliche de música en vivo que no cumpliera la normativa, para poder redactar otra normativa que permitiera clausurar a los que sí cumplían la normativa previa.

Ocurrió durante un acto en Puerto Madero. Se ayudó con las muletas para llegar al estrado. Saludó con una mano, relajando la axila en el apoyo; justo apareció un jabón de glicerina bajo la punta de la muleta y patinó.

Se fue de boca al suelo.

—Es un acto de justicia poética —sentenció el candidato de la derecha frente al periodismo, justo antes de desatarse una lluvia torrencial de bolsas de basura.

—Qué pasa con la seguridad, doña Rosa —se quejó Coco Ciruela al día siguiente, por televisión—. Pagamos los impuestos a tiempo y a dónde van... —subió el tono con la elocuencia propia de un opinólogo experimentado—: ¿A dónde van los impuestos? No se puede caminar por la calle sin que la secuestren, roben, violen o sepulten bajo toneladas de abono. O pisa un jabón, ¿y a quién demanda...? ¿A la municipalidad? —El decorado desapareció—. ¿Ven...? ¿Qué tiene que decir el presidente?


Ilustración: Walter Rodríguez

En aquel estado de desintegración transcurrió la semana de los argentinos. Genara Bolurelli baldeaba la vereda, desaparecía el trapo y "quévachere, quévachere, roban, roban, qué pueden querer del trapo de piso, qué pueden querer", le dijo a la vecina mientras Cabeza bajaba de a dos escalones, murmurando "buenas noches", y se iba sin esperar respuesta.

—No le digo, no le digo —dijo Genara—, mal corriere se hace lotario, otario ahí donde lo vere. Mala persona, male aprendido.

Cabeza apuró el paso, pensando en comprar un ramo de jazmines. No sabía si era temporada. Llegó cinco minutos tarde con una rosa:

—Una rosa —dijo Gricel; la recibió sonriendo—. Gracias.

—No hay de qué —Inclinó la cabeza a modo de reverencia—. ¿Qué tal la semana?

—Bien, ¿y la tuya?

—Bastante bien. La vida del cadete, de lunes a viernes. Mañana voy a cantar. ¿Tomamos algo?

—No conozco ningún lugar.

—Hay un bar en la esquina. —Fueron ahí.

Pidieron cerveza; llegó con maní y palitos. Cabeza estaba relajado y así lo pareció; tuvo mucho cuidado de no arrebatarse: beber poco a poco, un maní cada tanto. Gricel no tardó en compartir esos problemas cotidianos, pequeñas confidencias, intercalando disculpas como "yo sé que esto puede parecerte pesado", para recibir réplicas tipo "qué va a parecerme pesado, si quiero conocerte..."

—Estoy por empezar un trabajo nuevo, para qué voy a hablarte de problemas laborales.

—Saqué cátedra... —Cabeza dio un sorbo a la cerveza—. Decime, ¿te gusta leer?

—Claro.

—¿Qué?

—Causas, expedientes, me apasiona todo eso. En realidad, no tengo tiempo para otra cosa, pero... —se interrumpió. Tomó aire de golpe y estornudó. Resopló, estornudó otra vez, repitió varias veces. Sin amagar, ni aguantarse.

—¿Estás bien?

—No es nada —aseguró, sonándose la nariz. Respiró profundamente—. Siempre me pasa. Cada vez que bebotch... ¡chissss...!!

—¿Cerveza?

—No... soy alérgica al alcohol.

—¿Existe eso? —Desvió la mirada, hacia la barra. Sobre la mesera, flotaba un gato. Se refregó los ojos. El gato desapareció. Sintió una punzada en la boca del estómago—. Tengo que ir al baño —murmuró, levantándose.

Se acercó a la mesera:

—¿Tenés un gato? —preguntó. No hubo respuesta. Cabeza apoyó un codo en la barra. Espió detrás del mostrador—. ¿El baño?

—Ahí —señaló una puertita adornada con el cartel de un pequeño Freud.

—Gracias... —murmuró. Entró y fue directo al lavatorio—. Pero vi a un gato.

Abrió la canilla, se lavó la cara. Observó su reflejo en el espejo: cejas muy alzadas, ojos bien abiertos, cualquier gesto inocente diluido en aquella mirada maniática.


7.

La pelota en particular cree que nada de lo que hace funciona. Tantas ideas, tanta maquinaria, no alcanzan para justificar una existencia. Las dos pelotas de alrededor emiten una atmósfera de respeto y no es suficiente. Nunca es suficiente. Podría graficarse la escena con frases hechas, "nuestro colega carga el mundo sobre los hombros", pero la pelota en particular no tiene hombros. Tampoco las demás. Un reaccionario sin muchas luces reclamaría el bautismo, o por lo menos darles nombre. La raza no hace uso de la opción, cosa que puede parecer inverosímil al lector humano —en caso de haberlo. A las pelotas les parecerá más raro que millones de animales cubiertos con atuendos ridículos (o sea, ropa) pululen incansables por sus ciudades hormiguero sin percibir la sensibilidad mental de tantas criaturas compañeras: cada humano civilizado exhibiendo un certificado numerado que prueba su existencia terrenal, ¡ridículo...!

Nuestra pelota en particular fue separada desde su concepción, y ya en la más tierna rugosidad se la alentó a hacer, hacer en el amplio sentido del término práctico y mental. Se le trasmitió "conseguirás todo lo que te propongas", y nunca consiguió nada. Tantas ideas, tanta maquinaria, un mundo alrededor, y nada. No puede comunicarse, mucho menos modificar el universo.

—Parece que es todo —piensa una de las pelotas entristecida, motivo particular de dolor para la pelota en particular. Siempre ha querido unirse físicamente a ella. Es pareja formal de la pelota amiga, sin embargo, la atracción mutua se manifiesta, de una forma u otra.

—Ya no hay tiempo —piensa la pelota amiga, percibiendo el conflicto de la pelota en particular. No el conflicto del agujero negro a punto de tragarse el planeta, ni el conflicto de la máquina que debería permitirles atravesar el agujero negro personal, portal cósmico, túnel cuántico, pónganle el nombre que prefiera o no le dé ninguno. Han llevado y traído materia de un lado a otro, y viceversa, todo esto para terminar acumulando una cantidad de objetos sin ninguna utilidad práctica: media docena de trapos de piso, cincuenta y tres bolsas de residuos repletas (la mayoría devueltas oportunamente en señal de buena voluntad), tres botellas de Pulói vencidas, el decorado del programa "Coco Ciruela Presenta" y treinta paquetes de salchichas con las que no consiguieron alimentar a un gato macho, ni entablar ninguna clase de comunicación, ni con el gato ni con las salchichas. La presión del aire no es apropiada para el animal, cosa que a la pelota amiga le es indiferente. Su pensamiento apunta al sentimiento concreto de la pelota en particular y puede traducirse de la siguiente manera: "ya no vas a poder robarme la prenda, pata de lana".

—Van a entrar —piensa la pelota en particular, volviendo al asunto principal.

—¿Resistiremos? —pregunta la pelota del deseo.

—¿Para qué? —cuestiona la pelota amiga—. Cuando tiren la entrada, se acabó. No sé qué es menos malo: morir en los tentáculos de estos fanáticos o caer en el ojo de Dios.

—Prefiero el ojo de Dios, es más rápido —decide la pelota en particular, al tiempo que derriban la entrada y ahí están: los súbditos y el tentaclusef.


8.

"Los puentes Einstein-Rosen son soluciones para las ecuaciones de la teoría general de Einstein en cuanto se aplican a los agujeros negros", pensaba Cabeza, esperando el colectivo 53. Un reloj solitario marcaba las veintidós en la esquina de San Juan y Jujuy. Refrescaba por primera vez en el año, "pueden desembocar en otro universo. Son cosa muy común, en teoría. Mantener un agujero de gusano requiere materia con densidad de energía negativa y presión negativa mayor que la densidad de...", llegado al punto olvidó el resto, o dudó si lo había enunciado bien.

Empezó a lloviznar.

Pasó un rato largo hasta que llegó. Bajó por el fondo, toda abrigadita:

—¿Hace mucho que esperás? —preguntó.

—Sí, pero no importa. Los sábados disminuyen la frecuencia —puso un brazo alrededor de su cintura—. ¿Tenés frío?

—Un poco. ¿Vivís lejos?

—Siete cuadras.

Agarraron por Alberti. Calle oscura para el lado de San Cristóbal, especialmente si llueve. Caminaron esquivando las baldosas flojas y rotas; en un momento Cabeza comentó: "el peligro de meter la pata en el charco no es nada comparado con la posibilidad de que nos trague un agujero negro". Gricel se quedó mirándolo, muda.

—¿Tenés hambre? —Contó cinco segundos de silencio total, tragó saliva y fue como si crujiera una articulación. Ella contestó, mirando para otro lado. No pudo oírla—. ¿Qué...? Justo pasó un coche. No te escuché.

—¿Sos sordo?

—Perdón —pidió, abochornado—. Tengo problemas cuando hay ruido de fondo. Si estamos en... un boliche, por ejemplo, no puedo mantener una conversación.

—O sea que de ir a bailar, ni hablar.

—¿Para qué? Hace diez años escuchaba mejor, igual no entendía nada. Aparte, era muy tímido. —Buscó el llavero con la mano libre, tanteando en un bolsillo—. Llegamos... —faltaba media cuadra—. La puerta iluminada.

Metió llave sin errarle a la cerradura, abrió y la invitó a pasar. Subieron en silencio, Gricel desabrochándose los botones de la campera. Apenas entraron, se la sacó:

—¿Dónde la pongo? —preguntó.

—Dámela —contestó, dando un portazo sin querer. La agarró y la colgó en el perchero—. Ésta es mi mansión —hizo un ademán con una mano—. Cocina y living en el mismo lugar.

Miró alrededor:

—Chico —dijo.

—Vivo con un amigo, El Diego. Músico también, se fue de gira al sur. —Había dejado los fideos en el colador. Agarró una olla limpia. Los pasó ahí. Desparramó la salsa a lo bestia; pensaba más en la sobremesa que en la cena y encendió una hornalla—. Tengo que calentarlos. ¿Te gusta la salsa con azúcar?

—Mi abuela siempre le pone.

—¿Y está bien?

—No sé.

—Funciona mejor con azúcar —aseguró. No porque lo creyera, nomás para mandarse la parte. Sabía cocinar tres o cuatro cosas, pero le salían bien. Sirvió la mesa, abrió el vino. Comieron poco. Ella terminó su plato, amagando con estornudar antes de cada bocado.

—La comida, aprobó —murmuró, sonriendo.

—Y todavía no me viste lavar los platos... —replicó él, acomodándose junto a ella.

Se fundieron en un beso, o en muchos. "No estoy apurado", pensaba él al tiempo que la ayudaba a levantarse, intentando conducirla rumbo a la habitación. Pasaron junto al baño y, en la neblina de la calentura, Cabeza pronunció la frase que empezó a pudrir el rancho:

—Hay toallas limpias. —Puteó en silencio—. Ésta es mi habitación, balcón, cama... —encendió el velador.

—Se ve de afuera.

—La persiana funciona bien —aseguró, yendo hacia Gricel.

La rodeó con los brazos. La besó. Poco a poco, fue deslizando las manos rumbo al trasero. Casi casualmente, se recostaron, o más bien la recostó.

—¿No tenías un show con tu banda?

—No, no. Me invitó un amigo a cantar unos temas en el Custuraque Club, pero nada formal... —dudó unos instantes, buscando una excusa—. Afuera es noche y llueve tanto.

Gricel se liberó. Tomó distancia.

—¿Vos qué querés? —preguntó.

—Quiero hacerte el amor.

—Sos muy directo.

—Sí.

—Está bien, pero no quiero ir más allá.

Por supuesto, no era el "más allá" de un bar lejano y mal ubicado, se refería al "más allá" concreto de no dejarse desvestir. Terminaron en el Custuraque Club y a ella no le gustó. Un reducto nada acogedor situado a orillas del Riachuelo, la clase de tugurio al que no conviene llevar señoritas dulces y perfumadas, alérgicas al alcohol; el show tardó más de una hora en empezar, saltaron chispas de un amplificador en mal estado, los vasos estaban sucios, las luces quemadas.

Volvieron en el 53. Gricel siguió de largo. Cabeza llegó a casa intentando convencerse de que no la había hecho tan mal, podía arreglarse. Al entrar al baño, su precaria convicción se deshizo lo mismo que una tira de papel higiénico en la furia del remolino: las toallas limpias ya no estaban.


9.

¡Señor, a qué magnitudes insondables para el espíritu inquisitivo del hombre se elevan los sueños de las pelotas! Qué grandes son sus utopías, creencias, cuántas expectativas eran reducidas a la nada. Todas esas promesas, amores eternos, odios inquebrantables, se hundían inexistentes en el barril sin fondo de un agujero negro. Y dónde están los jinetes humanos cabalgando sus burros más veloces que la luz, dónde están los hermanos Wright inventando el avión, qué fue de la perrita Laika y su agonía en nombre de la conquista espacial. Por qué debería cambiar algo el humo de las chimeneas, el ruido de las olas golpeando las piedras, o Shakespeare hablándole a las mariposas con alas y sin sueños desde el cuerpo de un hombre con sueños y sin alas. Es imposible describir, no existe recurso estilístico en este universo que permita definir, la carga de sensaciones que experimentan nuestros vecinos antes del final.

—Cuando sentimos tanto dolor —piensa el tentaclusef, señalando el techo con los tentáculos—, podemos encontrar una sola explicación: su amor. Tanto padecimiento, por amor. Detrás del sufrimiento, en el núcleo de todo ese dolor, hay amor. —Orienta sus numerosos agujeros de queso gruyere en dirección a la pelota en particular—. No le tengan miedo al amor. Ante la eternidad, dejémonos abrazar por su amor. Y en el fondo del dolor, va a enraizarse la esperanza.

Permanece inmóvil, tentáculos en alto. El más grande de todos. Sólo una pelota rivaliza con el tentaclusef. No en cuanto a tamaño, sí en todo lo referido a agujeros tipo queso gruyere. Tiene más y son mayores, ojos de bordes finos y superficie rugosa, ven más allá de lo que un hombre común está dispuesto a imaginar. La pelota del deseo siempre ha pensado que le dan un aspecto triste.

—Tengo injertado el control en mi encefaloploc —advierte la pelota en particular. Entre ellos y el tentaclusef, aparece una sombra del tamaño de un agujero tipo queso gruyere. Aumenta hasta alcanzar el diámetro de una pelota. Los súbditos retroceden:

—No le tengan miedo al amor —repite el tentaclusef, pastoralmente.

"Yo les voy a dar amor", piensa la pelota en particular, e intenta controlarse.

—Tentaclusef, a menos que me amputen el encefaloploc, sigo en contacto con la central del generador —La sombra aumenta de tamaño—. Esta sombra es nuestro propio agujero negro doméstico. O llámelo ojo de Dios personal, pero de dios no tiene nada. Estoy aprendiendo a usarlo. Más tarde, puedo explicarle su funcionamiento. Ahora déjeme terminar los ajustes y podremos mudarnos a un universo compatible. —Se detiene. La mente en particular no cree en nada sobrenatural, pero lo piensa, inevitablemente—: ¡Viviremos para continuar la historia del ojo de Dios!

—¿Cómo se atreve? —piensan varias pelotas, escandalizadas, tapándose los agujeros con los tentáculos.

—No tengan miedo de ver —interviene la pelota amiga—. Bajen sus tentáculos, nuestros pensamientos son suyos. El ojo de Dios está sobre nosotros. Quienes quieran venir, que vengan.

—No se va nadie —se opone el tentaclusef.

—¿Por qué no? —pregunta la pelota del deseo, conociendo perfectamente la respuesta.

—Porque no podemos desperdiciar nada de amor. —El tentaclusef se cruza de tentáculos—. Y percibo mucho amor. Unámonos en el amor y entreguémonos al consuelo.

—¡Te voy...! —prorrumpe la pelota amiga, y se lanza contra el tentaclusef.

—¡Quémenle los ojos! —reclaman los súbditos, innecesariamente. El tentaclusef es más grande, más fuerte, y tiene mucho amor para dar. Golpea, golpea y golpea.

—Ayúdalo —pide la pelota del deseo.

En el centro de la sombra, un agujero negro infinitesimal impide que la luz escape. La sombra duplica su tamaño y sienten el tirón:

"No soy yo solo", piensa la pelota en particular. "El agujero negro central... el ojo de Dios, está por tragarse todo. Terminó la espera".

Los súbditos no se mueven, pendientes del castigo aleccionador que el tentaclusef propina al sacrílego. Tanta es la caridad del santo líder, tanta su nobleza espiritual, tanta entrega al acto maravilloso de dar, que olvida por completo la posibilidad de recibir. No ve a la pelota en particular que toma carrera y le cae encima con toda la fuerza de su propio peso.

"¿Quién puede ver mejor?", piensa nuestro héroe, golpeando a tentaculazo limpio. "¿Dónde está Dios ahora?"

La respuesta no tarda en llegar. El techo se quiebra, el suelo y las paredes también. Un silbido ahogado escapa de los súbditos. La pelota del deseo alcanza a su amor herido en un último abrazo. Justo antes de la oscuridad, dos pelotas caen en la sombra.


10.

Y en Argentina llovió copiosamente hasta el jueves siguiente. Con la puntualidad de cada año, se inundaron provincias enteras. Buenos Aires, también. El intendente Tilinman, desde su cama en la Clínica Privada Estatal, acusó al candidato del presidente de organizar escuadrones tapa-desagües bajo logística de la SIDE para perjudicarlo en la elección. Podría parecer descabellado -su cabeza de huevo lo patentaba empapelando las paredes de la ciudad- pero Tilinman había trabajado en la SIDE y nunca dejó de colaborar, dicho elípticamente. Conocía el presupuesto que manejaba la agencia de inteligencia del estado aunque no se lo dijeran. Nada que ver con la CIA, no. Poco cine, aventuras modestas, pero muchos agentes de la SIDE cooperaban con otras agencias; de vez en cuando un empleado entraba en tratos con la central propiamente dicha y entonces era otra cosa: podían voltear gobiernos, imponer agendas, jugar con armas, arrancar información, amasijar puntos para amenizar la velada, todo estaba permitido, elípticamente hablando. Hasta hacer la guerra. Pero cuando Galtieri dijo, "si quieren venir que vengan, nosotros les presentaremos batalla", fue muy concreto; los que tenían la sartén por el mango pensaron, "estos gauchos se fueron al carajo", y pasó lo que pasó. Más de veinte años después, el jefe de gabinete y el ministro del interior firmaron una servilleta no oficial redactada personalmente por el primer mandatario, quien nunca jamás imaginó el rumbo imprevisto que tomaría su directiva.

Aquella tarde nefasta empezó por teléfono. Cabeza, desde el lunes, venía pasando buena parte del tiempo en la calle, entre la lluvia, chupando un frío que no correspondía a la época del año.

Llamó a Gricel. Conversaron, él presintiendo que algo andaba mal. Por supuesto, si todo hubiera estado bien, habría pensado que no. La invitó a un show el fin de semana, en un restaurante fino, pero la respuesta fue lapidaria.

—Mirá, no lo tomés a mal. De verdad que salir no me despierta nada, ¿entendés? Conseguí un laburo nuevo y tengo una cena con mis compañeros. Estoy tratando de hacerme un lugar, pero igual no me pasa nada con vos, no me dice nada.

Cabeza podría haber aceptado la derrota con dignidad, pero no.

—Bueno, pucha. Tengo un montón de cosas buenas; si vos no sos, será otra... —murmuró herido—. Aparte, no entiendo. Canté para vos y no te despierto nada; seguro que todos esos expedientes, esos casos que estudiás... seguí con eso si eso te dice algo, realmente estás muy mal...

Ella tardó en reaccionar:

—Ah... me agredís.

—No, para nada. Seguí con eso, evidentemente estás lo bastante vacía como para que tus expedientes sean suficiente.

—Creo que los prefiero...

—Es justo lo que te digo.

—Chau.

—Ojalá nos veamos en mejores circunstancias...

Gricel no le dio tiempo a despedirse. Lo dejó solo, con el sonido de "ocupado" y las venas de las sienes latiendo furiosamente. "No soy el mismo", pensaba Cabeza, deambulando del balcón a la ventana de la cocina. Observó la botella de whisky junto a la heladera. Otra, vacía. Que no hubiera más, escapaba a su entendimiento. "¿Cuándo se vació y por qué tan rápido?", pensaba, sacando los brazos por la ventana. Ya no llovía. Escuchó a la vieja cantando "O sole móvile", a viva voz, cascada y grave. Interrumpió el vibrato y dijo, "tuto se inundó, tuto". Cabeza oyó la ventana cerrarse y un portazo fuerte. Después, la puerta de calle. Espió por la mirilla. Agarró las llaves, abrió, cerró la puerta, saltó el charco, bajó la escalera tamborileando sobre la baranda, más abajo sorteó los canales del pasillo.

Salió sin patinar.


11.

—Al dejar el gas abierto malgastamos dinero y derrochamos energía —sentenciaba la voz del spot publicitario, tan seria como grave—, energía que las empresas argentinas necesitan para seguir creciendo, y así poder crear más empleo...

Sayaka pasaba el dulce de membrillo por la lectora, Kabuto lo embolsó: "El gobierno de este país es ineficaz", murmuró. Sayaka replicó, "la gente votó", y siguió en castellano, "son siete con cincuenta". La señora con el nene pagó justo, cejijunta. Tomó la bolsa, agarró al nene de la mano y prácticamente lo arrastró afuera, esquivando a Genara Bolurelli: "entra agua por tuto lato, el de arriba, rompe ledifitcio, rompe tuto, apropótsito". Sayaka y Kabuto murmuraron "buenas tardes" al unísono. Genara asintió con la cabeza, sintiéndose comprendida. Al menos en su mente. Nadie nunca le entendía nada, mucho menos los coreanos. Simulaban entender, cosa que la reconfortaba. Un cliente contento son más latas de arvejas en el chango. Cuando Cabeza entró al boliche y la vio, una mueca de disgusto le cruzó la cara, se le hincharon las venas del cuello. Recuperó la compostura inmediatamente, dijo "buenas tardes", con toda firmeza, dejando en claro que saludaba. Siguió de largo sin esperar respuesta. Intentó silbar una base de blues, pero justo por la radio empezó una canción. Se le mezclaron las melodías y chifló fuera de tono.

Buscó el whisky de oferta. No lo encontró. No había más. Se negó a aceptarlo, pensando que habían cambiado los productos de lugar. Revisó las góndolas vecinas entre otras botellas, y nada. Fue a la caja, frustrado, sin saber qué hacer, consciente de que estaba adentro. No se animaba a irse sin comprar nada, no fuera que creyeran las calumnias de la vieja y pusieran en tela de juicio su buena voluntad. El tono de desconfianza era igual en cualquier idioma. Cabeza agarró un paquete de arroz e hizo fila detrás de Genara, que no había ido de compras, nomás necesitaba quejarse. Sayaka lo miró de reojo. Cabeza enarboló el arroz, sintiéndose un chino más, cosa que la habría ofendido de no haber estado absorta en el monólogo de Genara Bolurelli.

—Disculpe —interrumpió Cabeza—, ¿ya no hay más whisky de oferta?

Genara siguió hablando, pero Sayaka agradeció la intervención con una leve inclinación de cabeza. O asintió por otra cosa. En aquel momento de total confusión se produjo el primer encuentro del ser humano con una inteligencia alienígena, y no pudo ser en peores circunstancias: Sayaka y Kabuto escuchaban la prédica de Genara Bolurelli sin captar ni la mitad, al tiempo que Sayaka intentaba interpretar la pregunta de Cabeza. Cabeza no entendió algo que Kabuto dijo en su idioma precisamente para no ser entendido y la vieja siguió hablando sin preocuparle nada excepto su perorata. Cabeza sonrió al reconocer la canción de la radio, La Balsa, compuesta por Litto Nebbia y Tanguito a pocas cuadras de ahí, en el bar La Perla del Once, muchos años atrás. Sayaka captó la sonrisa y fue repentino. Sus miradas se encontraron. Todo podría haber sucedido y de alguna manera sucedió en ese instante eterno, unos ojos asiáticos y otros verdes se disolvieron en nada. Habría sido suficiente excusa para llevarlos a la cama en un arranque de lujuria desenfrenada, pero el oficio, cajera, trabajo, cliente, y un universo a punto de romperse, atentaron contra el destino:

—No hay más... —alcanzó a contestar Sayaka.

Sintieron un estruendo profundo, tan grave como repentino por ser ahí mismo, dentro del negocio. Al instante siguiente era demasiado tarde, Kabuto movía un pie dando muestras de vida, sepultado bajo los tentáculos de una pelota con agujeros tipo gruyere, pero la otra pelota había caído de lleno sobre Genara Bolurelli.


12.

"Estaba en mi etapa posterior de ameba regenerándome", piensa la pelota amiga, "y en el sueño de la vigilia los descubro en la central, juntos, haciendo mucho más que trabajar. Por una vez en tu vida reaccionaste; 'no me importa nada, amo a esta pelota', pelota que siempre concordó con cada pensamiento tuyo, tanto en el sueño como en la realidad..."

La pelota en particular, sopesa el comentario, intuye que los sentimientos de la pelota del deseo han influido inevitablemente en el sueño. Debería haber sabido que, más allá de todo acuerdo, la pelota del deseo siempre prefiere desacordar, pero ya no existe, nunca ha existido. No la siente, tampoco a los demás. No percibe los forcejeos con el tentaclusef, ni sus pensamientos. Le había faltado el respeto al líder. Desde que el ojo de Dios fue lo suficientemente notable para imprimir su oscuridad en la claridad del día o la fosforescencia de la noche, ninguna otra pelota había osado confrontar sus ideas con las de la máxima autoridad, dueña de toda verdad y fundamento.

"El agujero negro central como fin en sí mismo...", piensa un tentaclusef joven e impetuoso en aquel discurso memorable, preparando a las masas para lo inevitable. Por aquel entonces, la pelota en particular apenas podía sostenerse sobre sus propios tentáculos, pero la idea de un único final posible no le gustaba nada, más teniendo en cuenta que el suceso tendría lugar en algún momento del futuro próximo, durante su propia vida. "No conocemos razones, sí sabemos qué será, amadas pelotas..."

—Nos va a hacer pelota —articuló Kabuto en criollo, anestesiado por la morfina. Conocía muchas expresiones coloridas y las pronunciaba correctamente de tanto escuchar a empleados o clientes: hijo de puta, qué día de mierda, estoy hecho pelota, chupame un huevo, etc. De haberse tratado sólo del inmenso tentáculo purulento que le cayó encima todo habría sido paz y euforia. Pero ningún calmante aliviaría el dolor de tantas pelotas compañeras perdidas para siempre. Sus pensamientos ya no estaban.

—Esas putas pelotas están hechas mierda como un huevo —dijo de un tirón, ignorando el significado de la frase. Sonrió satisfecho, e intentó silbar alguna clase de melodía ante la mirada impávida de camilleros y curiosos. Cabeza tomó nota de la sonrisa y de la melodía, al tiempo que tironeaba de un tentáculo junto a Sayaka y otros voluntarios. Arrastraron las cosas fuera del local, para ventilar. El olor nauseabundo era muchísimo peor que el del Riachuelo en verano, cuando treinta o cuarenta grados de sensación térmica hacían que el mismo lodo pretendiera escapar de sí mismo.

El camión frigorífico no tardó, llegó antes que la ambulancia. Nadie lo encargó, nadie quiso hacerse responsable de haberlo encargado, ni antes ni después del incidente. Estacionó en doble fila, detrás frenó una camioneta Traffic blanca de la que salió una docena de señores apretujados, vistiendo uniformes de barrenderos. Cargaron las pelotas al camión y se fueron como vinieron. Cuando llegó el periodismo, los testigos ansiosos por aparecer en cámara sólo dijeron estupideces o se limitaron a referencias tales como "yo no vi nada pero la mamá del nene me comentó que a la vieja de abajo la aplastó una cebolla gigante". Ningún espectador real se habría sentido en condiciones de declarar, muchísimo menos después de ver a los paramédicos, intentando reanimar a Genara Bolurelli durante quince minutos.


13.

Los teléfonos celulares tomaron imágenes, algunas bastante buenas. Cualquier ciudadano desinformado podría haberlas confundido con tubérculos o pulpos de patas lengua. No dieron muestras de vida. El camión frigorífico desapareció sin dejar rastro. Lo mismo la camioneta repleta de barrenderos. Al rato, el suceso pasó a formar parte del pasado inmediato dando lugar a toda clase de interpretaciones. Las imágenes de las pelotas con agujeros tipo queso gruyere fueron emitidas muchas veces por televisión, subidas a internet, etc. Hubo que dar explicaciones. El ministro del interior puso la cara: "las fotos son falsas", afirmó, "una maniobra para desviar la atención. Sabemos de buena fuente que hubo un atentado, le tiraron el muerto al presidente"; presidente que no se decidía a ir por la reelección o declinar la candidatura en favor de la primera dama. Cabe suponer que el destino del país no se reducía a una discusión de alcoba, el matrimonio presidencial tenía la decisión bien tomada pero pretendía ganar tiempo a fin de acumular poder, considerando las reelecciones posibles que venían con un matrimonio sólido, siempre y cuando el aparato peronista oficiara de consejero matrimonial. Bajo semejante perspectiva el ministro del interior, funcionario sin paciencia para las repreguntas pero notable estratega del desentendimiento, declaró durante dos o tres minutos que "testigos fabuladores en busca de publicidad... el coreano se auto-inflingió heridas... lo de la señora mayor fue una desgracia lamentable... la derecha armó el operativo... no sabemos cuál de todas las derechas... se investigará hasta las últimas consecuencias, los responsables caerán bajo el peso de la ley". Dejó que preguntaran, pero atendió a la más fácil: "¿El candidato a presidente será señor o señora?". Sonrió solapadamente, bajo el frondoso bigote que acentuaba sus facciones de perrote gordo y cachetudo, "corresponde que el presidente y la primera dama resuelvan la cuestión, cualquiera sea la decisión final, vamos a estar apoyándolos porque es lo mejor para el país..."; entre varias preguntas más directas eligió la que le sonó a parábola o antinomia nomás por tener palabras complicadas: "¿cuenta la derecha con logística para atentar contra PYMES de empresarios asiáticos?". Contestó: "Lo del supermercado coreano fue planeado por grupos organizados en Balvanera...", y arriesgó, "podrían haber colaborado elementos infiltrados de la mafia coreana...". Se mordió el labio superior (gesto que pasó inadvertido bajo el bigote), no tenía forma de fundamentar nada. Dos gotas de sudor le patinaron la frente. "Mañana mismo desmiento", pensó, a punto de derrapar.

—¿Qué relación tiene la mafia coreana con las cebollas gigantes?

—Ninguna. Las cebollas gigantes no están, no tienen entidad.

—Se habla de escuadrones de barrenderos en una Traffic blanca...

—Seamos solidarios. Los vecinos tienen la obligación de denunciar a cualquier barrendero sospechoso para que los organismos pertinentes tomen cartas en el asunto.

—¿Hay probabilidades de un segundo atentado?

—No —cortó secamente, y acabó la conferencia.

"Qué le decimos a la familia de Genara Bolurelli", pensó Cabeza, apagando el televisor. No sentía nostalgia, pero muerta la vieja el hijo menor quedaba al mando, y no sólo estaba loco, también era lo bastante joven para ser peligroso. Cuando al vecino de al lado se le corrió un poco la pintura amarillo patito de la medianera, Santino Bolurelli le pasó por encima medio balde color ladrillo muerto, nomás para no dejarse avasallar. Una bomba a punto de estallar. Con la madre fallecida en semejantes circunstancias podía conseguir un arma y dispararle a todo el mundo. No le faltaba experiencia. Precisamente, en ese momento pasaba algo en el hall del edificio, no se dio cuenta antes por el volumen de la TV...

Y sonó el timbre.

El del portero eléctrico no, el timbre de la puerta, interruptor de cada acción y pensamiento. Un escalofrío de terror le recorrió la espalda: había alguien del otro lado. Abrió, aguantando la respiración.

Justamente era Santino Bolurelli:

—Nadie vino a decirme nada por el fallecimiento de mi mamá —se quejó—, ni el gobierno, ni los vecinos. Yo estoy sin un mango, esto no se va a quedar así; tengo que hacer el velorio abajo, llamar a los diarios, cómo puede ser. Podría venir un rato, en memoria de la vieja...

Cabeza largó aire. Asintió con la cabeza. Murmuró "un minuto", y fue a calzarse las zapatillas. Bajó con el corazón palpitando a martillazos, reclamándole un pecho fuerte que tener que andar latiendo a los codazos contra el pulmón izquierdo.

Encontró un pobre cajón al pie de la escalera. La vieja acostada, vestida con pollera y franela como si hubiera fallecido baldeando la vereda. "Habría sido morir con las botas bien puestas", murmuró estúpidamente ante el llanto de la nieta. Bordeó el féretro, vio la puerta de calle abierta de par en par. "Me mando o no me mando", dudó, sintiendo los nervios adheridos a las paredes. No por Genara Bolurelli hecha un fiambre, el problema eran las personas vivas. Demasiadas, demasiadas alrededor. Salió, respirando hondo. Se llevó una mano al cuello, buscando el pulso. Intentó con el pecho. Notó un bulto, sobre el corazón. "¿Eso es normal?", pensó, con el estómago anudado, y sangre en la boca. Un ventarrón le dio de lleno en la cara, escuchó "¡Está moviéndose! ¡Está moviéndose!", pero no se animó a entrar.


14.

—En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas. Dijo Dios: "Haya luz", y hubo luz. Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó Dios la luz de la oscuridad, y llamó Dios a la luz "día" y a la oscuridad la llamó "noche". Y atardeció y amaneció... —leyó en voz alta Genara Bolurelli, pronunciando cada palabra en perfecto castellano—. No fachiere dil ochio dil señore —retomó en su propio idioma, alzando una ceja, incrédula. Nadie dijo nada. Ni los periodistas.

Genara volvió de la muerte y a los quince minutos leía libros de ciencia en vivo y en directo. La maniobra para tirarle el muerto al presidente acababa de fracasar. Primer caso de resurrección documentada, porque Genara Bolurelli no era un fakir, ni tenía la disciplina del yoga tan desarrollada como para aguantarse quince minutos de electroshock sin pestañear, volver a respirar un día después, ¿y dónde estaba el daño cerebral por falta de oxígeno? Hablaba claramente su lengua nativa, su otra lengua nativa y su lengua adoptiva no nativa.

Kabuto apareció en la entrada del hall, murmuró algo e irrumpió intempestivamente, rengueando con ambas piernas. Corrió al camarógrafo de un empujón y se plantó frente a Genara Bolurelli. No habló, ella tampoco. Nomás se miraron fijo. La abuela, mentón alzado, mandíbula temblequeando. El coreano, expresión afilada y triste. Cabeza vio venir a Sayaka y entró con cara de nunca haber salido. Ella fue directamente por Kabuto, lo agarró de un brazo, recriminándole; él se soltó y salió por sus propios medios, seguido a respetuosa distancia por su amiga, pariente o novia. Cabeza dudó un instante preguntándose cuál sería, qué relación correspondía, y salió de nuevo. Trotó veinte o treinta metros; justo el semáforo de Belgrano cambió a verde, cerrándoles el paso. Los alcanzó, pero llegó envarado. Eligió la peor manera de abrir el diálogo.

—Whisky... ¿de oferta? —articuló.

Aquella pregunta habría supuesto una broma de mal gusto en cualquier circunstancia. El coreano murmuró algo, lo repitió varias veces. Sayaka, se cubrió la cara con las manos y rompió a llorar. Su amigo, pariente, concubino, etcétera, se mantuvo estático, mirando con ojos vacíos. No intentó consolarla. "Ésta es la mía", pensó Cabeza. La chica se sonó la nariz. Murmuró algo así como "Negocio cerrado". El semáforo cambió a rojo, pero ni Kabuto ni ella se decidieron a cruzar. Cabeza la tomó de la mano y dio el primer paso.

—Negocio cerrado —repitió. Señaló a Kabuto—. ¿Familia?

—No.

Hermano no era, tampoco parecía amante, o novio. Ni ex. Cruzaron la avenida. Subieron a la vereda y Sayaka puso distancia, soltó la mano ansiosa de Cabeza y se secó las lágrimas. "Una actitud muy asiática", pensó él, que no era hombre de mundo, todo lo contrario. Revolvió en los bolsillos, sacó un papelito y lo ofreció:

—Invitación... invitación —dijo—. Canto blues. Blues, música. En todo caso, podrían venir a ver... —Permaneció quieto, con el volante en la mano, hasta que ella lo tomó—. Música, ayuda a superar el trance. Está la dirección. Invitación.

Sayaka leyó, o intentó leer. Asintió con la cabeza.


15.

No habría sido Cabeza sin discutirle, pero para qué ir a un pub en San Isidro donde todo salía un ojo de la cara, para ver a quién, qué podían conversar; se fumó un buen porro y reivindicó su falta de prejuicios; las personas eran estúpidas independientemente de raza, credo, estrato social, preferencias sexuales, etcétera; y él era el peor, consciente de su propia insignificancia e incapaz de hacer nada para remediarla.

Recuperó el temple al rato. La acompañó y conoció a sus amigas. Hasta intervino con dos o tres comentarios ingeniosos, característicos de quien sabe ubicarse.

Pero la reconciliación propiamente dicha llegó en la cama:

—Nunca sonreís, dame una sonrisa —pidió Mariana, con voz de nena. Tenía esa mirada infantil que provocaba erecciones reiteradas en cualquier adulto que creyera en la existencia de chicas mayores de veinte años con alma de colegialas en jumper. Cabeza soltó una carcajada feroz, ella gritó, e intentó esconderse entre las sábanas—. Me recordás mucho a papá —murmuró más tarde. Él no preguntó por qué. No tuvo oportunidad de conocerlo. Se había suicidado, combinando alcohol y pastillas.

—Mari... —murmuró.

Despertó bruscamente, de un timbrazo. Pensó, "no me levanto una mierda", pero siguieron los timbrazos. Miró el reloj, nueve de la mañana. Era sábado, ¿quién rompía las pelotas? Resultó ser la vieja de abajo. Se había teñido el pelo color bordó y usaba un pañuelo atado en la cabeza; la punta de los nudos parecían antenas. Revoleaba un palo de escoba.

—Señora Bolurelli —dijo Cabeza, enronquecido.

La vieja golpeó el suelo con la punta del palo.

—Usté deje la palabra sutcia, deje la palabra.

—¿Eh?

—Escuché. Escuchere bene. Escuché muy bien. No televisione, ni radio. Yo sé qué es usté: pone la vochiere, canta presto fuorcho, y sucia, borracha... puta —le costó putear, tuvo que darse cuerda con el palo.

Cabeza reaccionó:

—¿Se da cuenta? Ayer resucitó y hoy ya está acusándome. A la noche hago la suplencia de un cantante que se atragantó con la comida. Quiero dormir. —Cerró la puerta.

Volvió a acostarse, bien despierto. Dio vueltas en la cama pensando en la canción, "Hoy puede ser un gran día y mañana Navidad". Recordó la escena del papelito. No era la primera vez que invitaba a una cajera de supermercado. Otras habían agradecido la invitación, sin aprovecharla jamás.

Se levantó.

Agarró dinero y salió, atento a los pasos de los vecinos. Enfiló rumbo al supermercado coreano con la esperanza de que estuviera abierto; quizá la cajera recordara el papelito. A la distancia, vio la persiana baja. Alguien leía un libro, sentado en la vereda. El coreano. Era una sorpresa encontrar a alguien leyendo en la vereda, todavía más sorprendido quedó al ver de reojo la tapa. El Aleph, de Jorge Luis Borges. Frenó a pocos pasos. "María Kodama debe sentirse orgullosa", pensó.

—¿Le gusta leer? —interrumpió.

No hubo respuesta.

—¿Lee a Borges? —insistió.

—No —contestó Kabuto sin levantar la vista del libro.

—Pero... El Aleph. Es de Borges.

—No.

—Cómo que no.

—No.

El Aleph es el último cuento, cuando llegue me cuenta. —Intentó ver por qué página iba. Kabuto se puso de pie. Agitó el libro abierto en el aire y emprendió la retirada. Ya no rengueaba.

—Beatriz... —recitó, ronco. Levantó la voz—: Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida —y gritó—: ¡Beatriz perdida para siempre...! Soy yo, soy... —no completó la frase. Tiró el libro ahí nomás, sin detenerse. Dobló la esquina. Cabeza tardó un rato en levantar el libro y rumbear hacia la panadería.


16.

La hipótesis del complot agarró vuelo aquel mismo sábado, muy movido políticamente para ser fin de semana. El jefe de gabinete declaró que el incendio en la mueblería era otro ejemplo de "grupos de tareas nucleados en Balvanera". El intendente, ni lento ni perezoso pese a seguir internado, replicó que "el gobierno pretende sacar rédito político de dos hechos aislados".

Al principio nadie tomó en serio la hipótesis del atentado. Después del incendio surgieron las primeras dudas. Si a nadie se le ocurrió pensar que las cebollas gigantes podían ser animales de un mundo perdido para siempre, muchísimo menos imaginaron que el rastro latente de las mentes que intentaron darle un sentido a la inmensidad de su propio cosmos estaba encerrado en dos frágiles cuerpos, humanos e individuales. Sucedió en Balvanera, barrio cosmopolita si los hay, dominado por aquella misteriosa fortaleza en la frontera más cercana al río: el Congreso, cocina del destino político de la Nación, legislativamente hablando. Que no es decir mucho, pero la arquitectura del boliche resultaba formidable.

Cabeza caminó veinticinco cuadras hasta el fino restaurante donde haría la suplencia del desgraciado cantante atragantado con la comida. Llegó al mismo tiempo que los contratistas, The Zorroloco Brothers.

Zolón y Zóngoro entraron al boliche, a los abrazos con el dueño y empleados, hacían chistes y eran simpáticos con todo el mundo. Cabeza los detestaba, especialmente cuando Zolón le palmeaba la espalda y pedía:

—Fabi, ¿me ayudás con los sobres? —Y más que cualquier favor odiaba que lo llamaran Fabi, naturalidad fingida nomás para encajarle los sobres a repartir en cada mesa cuyas propinas serían divididas por los Zorroloco a gusto personal y familiar.

Pasó la primera tanda; en el intervalo vio a Zóngoro sentado junto a una veterana bien mantenida, por lo menos físicamente. Cabeza eligió la mesa de al lado y tomó asiento. La saludó, resultó ser Jenny, de Chicago. La mina se olvidó de Zóngoro, que no entendía un pomo de inglés y apenas tenía vuelo intelectual para intentarle al castellano. Se levantó contrariado, la cara endurecida, como quien usa el calzoncillo muy ajustado y le aprieta un huevo. Murmuró algo, acariciándose el pelo engominado.

Jenny cantaba y parecía conocer de blues. Su mejor amiga era la novia de James Cotton. Cabeza le preguntó cómo se sentía ser la mejor amiga de la novia de James Cotton. Ella forzó una risa, nomás para seguirle el tren. Cabeza se descubrió pensando en la cajera coreana: rompió a llorar frente a un desconocido, toda su fragilidad expuesta. Dio por sentado que no vendría, pero miraba de reojo la ventana esperando encontrarla, intercalando "yéahs" o "ahás", sin tener idea del rumbo que agarraba la conversación. La gente pasaba y entre tanta gente apareció una cabellera morocha. La vio de espaldas, el pelo ondulado. Dio media vuelta y entró. No era Sayaka. Vestía vaqueros rotos, campera de jean y calzaba botas negras puntiagudas. Cabeza la reconoció enseguida: Daniela, la sobrinita del coronel Quiñones.

Agitó una mano, saludando.

—Hola —dijo Daniela, acercándose—. No sabía que venías.

—Ni yo —replicó él—. Hola.

—¿Cuándo toca tu banda?

—El viernes que viene.

—Qué bueno.

Daniela llevaba dos o tres años subiéndose a los escenarios. Los Zorroloco la invitaron a cantar. Le dio la espalda al público justo cuando la aplaudieron. Al final del show, Daniela y Cabeza se sentaron juntos. Zolón aprovechó la oportunidad para interrumpir:

—Fabi, ¿me das una mano con los sobres? —preguntó.

—Todo bien pero es tu fecha, hacete cargo —contestó Cabeza, de mala manera. El tipo le lanzó una mirada furibunda, algo así como "te mataré hijo de puta", enseguida volvió al gesto jovial propio de una propaganda de yogur.

Cabeza aprovechó la pizza, la cerveza y no insultó a nadie. Daniela acababa de cumplir dieciocho años. Brindaron a solas.

—¿Jugás al pool? —preguntó ella.

—Hace mucho que no juego, en una época tenía puntería. ¿Conocés algún lugar?

—Un bar cerca de mi laburo, en Sarmiento y Uruguay.

—Eh, casi mi barrio. Vamos.

A los cinco minutos ya estaban en la calle. Bajaron por Humberto Primo, rumbo a Paseo Colón. Al llegar a la avenida vieron venir un 64, Cabeza dijo "corramos" y aprovechó para tomarle la mano. Cruzaron. Sacó boletos, ofreció el asiento de la ventanilla.

—Te veo cantar desde que tenía doce años —aseguró Daniela—, en el Especial.

—Ahí empecé.

—Una vez quisiste marcar el final de la canción y te caíste sobre el amplificador.

—Tuve muchos accidentes en el escenario.

—Bajaste el brazo como tirando de la cadena, te fuiste para atrás. El amplificador casi se va al suelo.

—Te traía tu tío.

—No es mi tío. Siempre fui con él a todos lados. Ahora se encarga de elegir las bandas en el Especial, pero estamos peleados.

—Me llamó para hacer una fecha. Fui a arreglar, el dueño nuevo quiso cobrarme cien pesos por tocar...

—Una vergüenza —secundó ella. Unos amigos suyos estaban trabajando en el Especial, la semana anterior habían ido y no los dejaron tocar, qué falta de respeto. Quería armar su propia banda, pero laburaba de mesera en un bar, tarde y noche. Trabajaba mucho, siempre corta de tiempo. Casi no veía a su familia. La vio jugar nerviosamente con el cierre de la cartera. Se quedó mirándola. Ella dejó de hablar y entonces la besó.

—¿Me besaste para que me callara? —preguntó después.

—No quería que rompieras la cartera.

Volvieron a besarse.

—Tenés un aro en la lengua —dijo él.

—Es un piercing. También tengo tatuajes, bajemos acá.

—Bueno.

Caminaron hasta el bar. Las mesas de pool estaban todas ocupadas. Se sentaron, tomaron una cerveza. Cabeza sacó birome y agarró una servilleta.

—Voy a pasarte una canción —dijo—, es de Otis Spann. Down to Earth. Significa algo así como, De vuelta a la Tierra: "Mirá ese gato, tenemos que bajarlo a la Tierra, me prometiste mujer que no amarías a nadie más..." —Escribió las dos primeras estrofas, pero se desocupó un pool.

Jugaron tres partidos. Cabeza perdió los tres.

Daniela llevaba encima más noches de pool que él en toda su adolescencia. Hicieron pareja contra dos italianos en estado calamitoso y los bailaron. Ganaron una cerveza, tomaron otra más. Todavía era de noche cuando se fueron.

—¿Dónde vivís? —preguntó Cabeza.

—En la Boca.

—¿El 37 te lleva?

—No. Tengo que tomar dos colectivos, uno hasta Constitución... ahora casi no vienen.

—Venite a dormir a casa —sugirió, medio en broma, medio en serio.

—Si querés, voy...

—Podrías ser virgen, vos.

—¿Parezco virgen? —Sonrió indiferente y miró para otro lado.

—Qué sé yo, de mujeres no sé nada. Son todas parecidas o diferentes, no voy a ser el idiota que resuelva la ecuación...

Justo vio un taxi y levantó la mano. Frenó de golpe. Subieron. "Vamos a Alberti y Belgrano", indicó Cabeza. El taxista aceleró a fondo, un poco apurado para la hora. Siguió de largo varias cuadras, agregando dos bajadas de bandera. No se dieron cuenta.

Frenó en un semáforo y Cabeza escuchó la melodía. "¿Esto ya lo viví?", pensó, atontado por los besos. Miró de reojo. Afuera, vio a un tipo en bicicleta.


17.

En el firmamento brillaban más estrellas que las que acostumbraba a ver, pero siempre había sido así. Con la vista clavada en el cielo, metió llave y abrió. Entró, atento a voces, señales. No había nadie, como debía ser. Silbó las mismas notas, en el tiempo preciso, el orden exacto. Agarró el bidón: quedaba la mitad. Ayer, con poco líquido había logrado una combustión notable, pero la energía que necesitaba liberar para conseguir su objetivo final requería de otra fuente, inalcanzable en aquel mundo.

Lo sabía.


Ilustración: Walter Rodríguez

No le importaba.

Sacó la bicicleta. Cerró todo.

Pedaleó hasta la mueblería. Roció el frente del negocio. Cuando quiso hacer fuego el encendedor se rompió. Tuvo que volver por fósforos. Al rato, era un experto en pedaleo, y cantaba bastante bien:

—Estoy muy solo y triste acá en este mundo abandonado... —entonó, poniendo garganta, pero también tripas corazón y huevos, de la misma manera que pedaleaba con la nariz. Fue hasta el cordón y frenó. Dejó la bicicleta tirada—... tengo una idea es la de irme al lugar que yo más quiera... —Destapó el bidón. Volvió a rociar el frente del negocio— ... me falta algo para ir pues caminando yo no puedo... —Revolvió los bolsillos, sacó la caja de fósforos— ... construiré una balsa y me iré a naufragar... —Agarró varios fósforos— ... Tengo que conseguir mucha madera... —Miró a través del vidrio empañado: todas bibliotecas de madera— ... tengo que conseguir de donde pueda... —prendió. Tiró caja y fósforos junto a la ventana. Hubo un fogonazo. Lanzó el bidón contra el vidrio, quebrándolo, y activando la alarma— ... Y cuando mi balsa esté lista partiré hacia la locura... —Levantó la bicicleta, y la montó cual jinete de burro.

Se fue como vino, cantando la misma vieja canción. Habiendo atentado contra la propiedad, modesto delito entre infinidad de crímenes, entre innumerables víctimas de la humillación, del hambre, del poder. Dos mentes encerradas en un solo cuerpo cruzaron la línea, confrontando las memorias de un universo perdido, con la realidad de éste, que es un quilombo.


18.

El taxista tomó nota de cada detalle, estacionado a mitad de cuadra. Cuando el coreano se alejó, salió del coche vistiendo campera verde. Sacó un escobillón del baúl y barrió la cuneta, a lo largo de toda la cuadra.

Dobló la esquina y siguió barriendo. Cruzó la calle, barrió la cuneta de enfrente. Volvió a cruzar, repitió el barrido. Siempre en la misma calle, sin llegar a cruzar la avenida Belgrano, poblada de mueblerías.

Tal parecía que nuestro barrendero no tenía un verdadero interés en barrer terreno virgen de limpieza ni se molestaba en levantar lo barrido. Quedaba la mugre amontonada en una esquina, a merced del viento, hasta que se decidía a mudar la montañita de basura a la otra esquina, nomás para entretenerse.

No habría podido pasar desapercibido un barrendero tan particular, pero la calle estaba desierta.

Repitió la rutina hasta el amanecer, cuando llegó el relevo. Un bigotudo de campera verde, un poco gordo. Comentaron algo, lo raro del clima, qué calor o qué frío. El primer barrendero entregó el escobillón, las llaves del auto y se fue caminando.

A las ocho de la mañana, un coche tipo remís paró en doble fila, a metros del edificio en cuestión. No trabajaba para la agencia. Bajó el hijo de la gallina. Tenía entre cuarenta y cuarenta y cinco años. Personaje de estatura estándar, pelo morocho. Cuando el barrendero le cruzó el escobillón, exhibió los dientes amenazadoramente, dejando en claro que ya casi no tenía. Ni siquiera llevaba puesta la dentadura postiza.

El barrendero lo vio entrar al edificio y murmuró:

—El gallito llegó al gallinero. —Le hablaba al mango del escobillón, que le contestó algo difícil de precisar entre la estática de tantos celulares, handys, woki-tokis y mangos de escobillón transmitiendo a lo largo y ancho de Buenos Aires. Nuestro barrendero dejó de barrer y rumbeó para la avenida, dobló en la esquina, ubicó el taxi a media cuadra, guardó la campera verde en el baúl, con el escobillón y subió al auto.

Ubicó el espejo retrovisor para verse el cuello de la camisa. Se anudó la corbata azul con la disciplina propia del soldado, después acomodó el espejo exactamente en la posición original. Bajó la ventanilla, apoyó un codo; le faltaba arremangarse las mangas, mandamiento un tanto redundante del artículo catorce bis del Código del Barrendero Inteligente, incluido en la ley secreta 23.443 H promulgada durante la última dictadura militar: se arremangó expeditivamente.

Sacó un cigarrillo de los Chorchill que tenía en el bolsillo de la camisa, agarrándolo con pulgar e índice. No lo encendió, nomás lo mantuvo entre las comisuras, moviéndolo de izquierda a derecha.

Tanteó en los bolsillos, buscó en la guantera. Salió del auto y abrió el baúl. Agarró la campera verde y revisó sin suerte. Cerró atrás. Se fijó debajo del asiento de conductor, por ver si habían dejado un par, pero nada.

—Qué boludo —golpeó el volante—, me olvidé los lentes de sol.


19.

Lo primero que vio Cabeza al despertar fue la cara inmensa del guitarrista tejano muerto en un accidente de helicóptero, Stevie Ray Vaughan, sombrero de ala ancha, pelo largo, sonrisa cómplice.

Daniela dormía, dándole la espalda. Se levantó sin hacer ruido.

Preparó un té. Vio el libro de Borges sobre una silla, lo agarró Y tomó asiento. Tardó un rato en decidirse a hojearlo. El Aleph: uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos, todos los lugares del orbe vistos desde todos los ángulos, todo el inconcebible universo en un solo lugar. Era una metáfora o algo por el estilo. Beatriz Viterbo había muerto una candente mañana de febrero después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo. Borges amó a esa mujer, pero no vio oportunidad de acostarla. Tuvo que conformarse con contemplar el Aleph, propiedad del primo hermano de la difunta. Ya entonces Borges andaba mal de la vista, bien podría haberse encontrado con los perturbadores destellos de un televisor. La fecha de la posdata correspondía al primero de marzo de 1943, ¿quién tenía televisor en esa época? Roberto Fontanarrosa intuyó que Borges habría sido encandilado por un calidoscopio, pero gambeteando la controversia metió su teoría en una historia y la atribuyó a un lingüista japonés.

Dónde coincidían todos los lugares con el tiempo y espacio preciso en que dos cebollas gigantes se materializaron de la nada en un supermercado coreano, ésa era una pregunta digna de ser contestada.

Cabeza podría haber empezado por preguntarle a Genara Bolurelli, pero desestimó la posibilidad forzadamente, resistiéndose a aceptar que la respuesta se encontrara bajo sus pies, separada por baldosas, revoque, caños y un par de metros de aire, alimentando al perro o echando al gato del sillón, discutiendo de metafísica con el mono loro enjaulado, o cantando "O sole móvile", investigando un mundo nuevo y cotejando ventajas o desventajas de ser perro, gato, mono loro, en contraposición a la existencia de los organismos bípedos, frágiles seres humanos, frutos de su árbol y carnes de su carne; todo enterrado en la mente de la vieja de abajo, una señora mayor cuyo presente variaba dependiendo del recuerdo.

Cabeza pretendía llegar al núcleo de la entidad en lo profundo de aquel cerebro arcaico. No podía -ni quería- entablar ninguna clase de comunicación con la anfitriona, Genara Bolurelli, pero era ella quien había muerto el jueves, era ella quien había caminado hacia la luz de la mano del Señor y presenciado la majestuosidad de la Creación; ella y nadie más que ella había estado ahí, junto a los serafines y seres queridos, todos unidos, todos tocando el arpa en armonía.


20.

—¡Dónde está la eternidad! —reclama el tentaclusef desde la profundidad del sueño—. ¡Dónde, dónde está! —ruge otra vez, apuntando sus tentáculos acusadores a ninguna parte.

El ojo de Dios no atiende por cuestiones estrictamente legales: ninguna deidad, sin importar qué tan todopoderosa sea, tiene jurisdicción sobre universos que no ha creado, no crea, o no creará; no dispone de sus apocalipsis, resurrecciones, libres albedríos, etc.

—Dónde está la salvacione... —murmuró ella, a un paso de la conciencia. El dios católico romano al que tanto había rendido culto durante su vida no supo qué contestar: No envió a Su Hijo, ni a ninguno de esos santos de morondanga que tenía revoloteando por ahí—. Dónde, dónde... —repitió, alzando la voz.

Se levantó, dándole vueltas a la misma pregunta. Imágenes de posibles salvaciones cruzaron su mente a la increíble velocidad de un rollo de película por cinco cuartos, prehistoria de toda animación: dos soldados fusilando a Mateozzi, entonces un barco, la costa atravesando el mar dulce, promesas de trabajo repletas de esperanza y salvación, nada, Perón, Evita; las vivencias alcanzaban el presente y se fundían con otra que Genara Bolurelli no reconocía, cielos rojos perdiéndose en un embudo negro.

Fijó rumbo al supermercado, todavía dentro del departamento.      Se puso el chal, agarró el chango, las llaves, y salió a la calle.

Emprendió la marcha. Llegar hasta la esquina suponía un esfuerzo monumental, especialmente los últimos pasos. Nada más cercano a la eternidad que la exasperante lentitud de Genara Bolurelli. El tentaclusef no ha esperado toda una vida para terminar comparando precios de góndola en góndola.

Lo sintió venir. Venía acompañado. Sólo ella percibió la mala intención, gracias al pañuelo anudado en su cabeza, reforzaba el electromagnetismo residual entre el lóbulo encefaloploc de las pelotas y el cuero cabelludo casposo de la señora Bolurelli. La parejita se adelantó a gran velocidad. El pelado mal educado de la mano de una nena. En primer lugar, Genara Bolurelli experimentó rechazo. Inmediatamente después, el tentaclusef toma las riendas de los recuerdos, si cabe la parábola para un extraterrestre que nunca jamás cabalgó un pony en la lejana Corleone; la imagen de un veterano tentaclusef apareándose con crías regeneradas de los cinco sexos de las pelotas pasó fugazmente por el campo visual de Genara Bolurelli. "Qué admirable, ser un bípedo lampiño que fornica con menores", piensa el tentaclusef en su idioma mental. Como líder religioso de su especie, aficionado a sodomizar pelotas por designio divino, la tarea de arrastrar un chango le parece imposiblemente ridícula, igual que la ropa. Lo asalta el impulso perentorio de arrancarse la franela, el chal, el vestido, pero Genara Bolurelli recuperó las riendas sin perder tiempo. Ella sí había montado burros, mulas, e incluso un pony en Corleone, y no caminaría desnuda por la calle, de ninguna manera.

—Estoy pensando en pedir que me cambien un franco al viernes —dijo la chica.

El bípedo lampiño apuró el paso exponencialmente, rascándose la cabeza, con el corazón golpeando a la velocidad de la luz. Ni Genara Bolurelli ni el tentaclusef alcanzaron a interpretar la prueba o truco que Cabeza creyó adivinar en el comentario. Cruzó la calle arrastrando a la chica de la mano. Esquivaron un taxi, o más bien el taxi los esquivó a ellos.

Genara se detuvo esperando a que cambiara el semáforo. El taxi frenó. Dio marcha atrás. El chofer bajó la ventanilla:

—Doña —dijo, con toda jovialidad—, hace rato que quería conocerla.


21.

Daniela lo repitió una, dos, tres veces. O Cabeza creyó escucharlo todo el día. Quizá lo imaginó. Ella había preguntado cuándo tocaba su banda, él contestó, "el viernes que viene".

Un comentario dicho al pasar que perfectamente podía ir a la pesca del clásico, "francamente querida: casémonos te amo"; a menor escala, pero sabía muy bien que así empezaba todo, cambiando un franco para ver el show. Después, salteaba la mitad de la película y derecho al altar, treinta y seis años de matrimonio, trabajo de oficina, hijos, discusiones, gritos, "se pasaron los fideos", "no le pongas sal", "ya no se te para", etc. Un neurótico, exceptuando sus propias sugestiones, capta poco de la realidad circundante incluso cuando sus sugestiones alteran la realidad misma. No es éste el caso: influyen poco y nada en la historia. A la noche, Cabeza fue a un bar del barrio San José de Flores, donde algunos músicos de blues se juntaban en lo que se denominaba Jam, o zapada. Tocar música sin ensayar. Cuando lo llamaron para subir al escenario, la vio entrar. Vino sola, pero no tardó en rodearse de músicos que respondieron a su sonrisa con sonrisas tan amables como la de ella. Daniela tomó asiento junto a otro. Cabeza hizo como que no la vio. Pasó el rato, tomándose un vino. Sin hablar con nadie.

A la vuelta, se durmió en el colectivo.

Abrió los ojos, ignorando dónde estaba. Pegó un salto. Caminó tambaleante hasta la puerta del fondo y pulsó el timbre. El colectivo frenó de golpe, él bajó. Miró alrededor. Estaba a pocas cuadras de casa. Emprendió el retorno. Se detuvo al ver una mueblería quemada en la vereda de enfrente.

Cruzó.

Las puertas no estaban, las ventanas no tenían vidrios. Nadie impedía el paso, pero adentro no había ni el más mínimo pedazo de escritorio, cama, o sillón; sólo sombras abandonadas, plantadas en las superficies frías: pisos, paredes, columnas, todas inundadas de negro, más negras que el carbón. Ni el más mínimo gris, ni rastros de ceniza; sólo negro, negro salpicando la vereda y absorbiendo techos, ventanas, corazones, negro, negro, negro.

Retomó la marcha.

Fijó la mirada en las baldosas, decidido a caminar sobre las que estaban firmes en el suelo, enteras, y esquivar las rotas o grises. Si un pie pisaba una baldosa fallada, daba dos o tres pasos hasta encontrar una igualmente mala, pero para el otro pie.

Así equilibraba la proporción. Si, por el contrario, pisaba una baldosa reluciente, entonces la próxima debía ser lustrosa también, reservada para el pie contrario. Sumido en la compulsión con que mantenía el paso, llegó al punto de esta historia donde convergen todos los puntos.

Escuchó una melodía, silbada con gran entonación, la misma canción de los últimos días. Se sumó, cantando la letra en un susurro. Cuando llegó a la parte de "tengo que conseguir mucha madera", apenas veía las baldosas. Levantó la cabeza. Distinguió a alguien, en la cuneta, montando una bicicleta. El coreano.

—¿No probó con Cortázar? —preguntó Cabeza, y exclamó: —¡Me parece que he querido nadar sin agua, me parece que he querido el vestido rojo de Lan sin Lan...!

Dos luces altas encandilaron la nube de humo. El taxi frenó frente a Kabuto. La mismísima Genara Bolurelli abrió la puerta del acompañante, empuñando una sartén. Bajó y se plantó frente a Cabeza. El chofer bajó también. Exhibió un arma, calibre veintitrés y medio:

      —Hoy viajamos todos gratis —anunció, refregándose la nariz, una nariz ganchuda imposible de soslayar. Apremió—: Adentro... —y tosió, golpeando el capó con el cañón.

Cabeza dio el primer paso, decidido a obedecer, pero Genara Bolurelli malinterpretó la iniciativa, y le encajó un sartenazo en la cara.


22.

Cabeza estaba sentado, casi cruzando las piernas. Un tobillo sobre la otra rodilla y sentía la falta de circulación, los pinchazos que se multiplicaban. Custuraque Band arrancó tocando rock & roll, Leticia dijo algo que le pareció bien y la sacó a bailar. Mariana estaba en el cumpleaños de una amiga. Sintió unos cachetazos: "Fáh, ésa besa como si fuera a arrancarte la boca", pensó.

Le vaciaron un vaso en la cabeza y abrió los ojos. Seguía sentado, casi cruzando las piernas. Un tobillo sobre la otra rodilla; se le había dormido el pie. Lo habían esposado, manos atrás. El tachero dejó el vaso sobre el escritorio, dio vuelta una silla y se sentó enfrente, apoyando los codos en el respaldo.

—¿Todavía le duele? —preguntó.

Cabeza tardó en reaccionar:

—Qué me dio.

—Drogas, muchas drogas.

Genara Bolurelli se veía muy tranquila, sentada con la sartén en la falda. El coreano estaba de pie, esposado, contra la pared.

—Lo invité a tomar asiento —aseguró el tipo—. Prefiere la pared.

—¿Pero por qué está esposado? —quiso saber Cabeza.

—No es responsable en el uso de la fuerza.

—Y a la vieja le permiten portar sartén.

—Bueno, sí, cocinó la cena.

—Cuánta confianza.

—Sólo necesita que la escuchen. Y que la lleven a almorzar a un buen lugar, Puerto Madero o Recoleta. Yo la invité y acá la tiene. Fijesé, se nos pasó por alto el Permiso de Sartén. Tenemos Licencia de Garrote, Palo, Fierro, pero la sartén se usa para freír. O en cacerolazos. Di por sentado que la señora Bolurelli era una ciudadana responsable en el uso de su sartén, y no me equivoqué. La usó con toda responsabilidad, descargándola sobre usted.

—Pero no hice nada malo, creo —murmuró Cabeza, a la defensiva—. Pago los impuestos antes del segundo vencimiento. Saco la basura a horario. Me encierro a fumar porro en el baño para no molestar a los vecinos. Cuelgo la ropa húmeda en el balcón y pongo un trapo en el desagüe, así no chorrea abajo.

—No, no, no —negó, rascando el respaldo de la silla con los codos—. Su archivo deja mucho que desear. Para empezar, sabemos que viaja de polizón en trenes, y hasta en subtes.

—¿Poliqué?

—Polizón. Viaja de colado. Como si esto fuera poco, cobra buena parte del sueldo en negro, y ni hablar de la música. Todo fuera de la ley. Si me permite, lo que a usted le hace falta, en primer lugar, es una factura. Hay que pagarle el IVA al estado. En Argentina, sin factura no se llega a ningún lado. Y número de CUIT. Cualquier perejil tiene CUIL, usted precisa un CUIT.

—Pero la evasión es lo que hace grande a este país... —replicó Cabeza, seguro de tener razón. Podían drogarlo, pero no conseguirían nublar una cosa: su mente, repentina como patada de burro. Argumentó—: Lo digo en sentido jurídico, deportivo, fiscal, alcohólico, etcétera. La evasión enreja plazas, arregla infracciones de tránsito. Transporta funcionarios de cuarta en avión y aprueba las concesiones que mantienen los trenes funcionando. Es lo que nos hace iguales a todos frente a todos, menos frente a la ley, claro.

El otro se levantó. Empezó a caminar de un lado a otro, la mirada clavada en el suelo.

—Me confirma precisamente lo que necesitaba saber —dijo—, y tenía miedo de averiguar: usted está decidido a ser irresponsable. Si sólo descargara la fuerza contra sí mismo, vaya y pase —agitó los brazos, exasperado—. ¿Por qué no ve el programa de Tilingo? Visite una de esas fiestas de música electrónica. Tómese doce pastillas, baile toda la noche. Me mandan a ponerle gente de vigilante en la fila del Banco Nación, porque no putea. Cómo puede ser. ¿Tiene idea cuánto aumentaron los gastos de logística en treinta años? Y para qué, para terminar vigilando a un pelotudo que no se queja. Todo el mundo putea. Nosotros dejamos que puteen. Que se la agarren con el que está en el mostrador. Pero usted, no. Abre el portafolio y saca un libro lo más pancho. El señorito prefiere leer. Quiere ser escritor. Es una amenaza para nuestra forma de vida, hasta cuando se queda en casa. —Detuvo el paso, a un paso. Se agachó, sobre él. Cabeza quedó helado, mirando fijamente los peludos agujeros de su desagradable nariz—. Qué se cree, hippie. Porque pinta de hippie, nada. En los setenta a ustedes los barrimos, no queda uno. Les va a tocar, eh, mañana se va a dar vuelta la tortilla, ya van a ver. Porque lo vieron al yanqui ése, al Búch. Ese Búch va a mandar a la CIA, va a mandar. Ya van a ver. Nosotros lo barremos, a usted. Hace de pollito desplumado, le firmo.

—Lo dirá porque soy pelado, me imagino —replicó Cabeza, frunciendo las cejas—. Pero tengo pelo donde hay que tener, puto.

El tipo le cacheteó la nuca:

—A otros los freí por mucho menos. No sabe lo que puedo inventar con dos cables pelados y una pinza de cejas. Pero para qué.

—No tiene las pelotas... —desafió Cabeza, intentando ponerse de pie.

—Sentadito —y lo empujó contra el respaldo—. Estoy atado de manos. Mal que mal, es una democracia. Porque si no, no trabajaría en un taxi. Sin embargo, me arreglo con poco. —Tomó aire, y articuló—: Ma-ria-na, Pe-rey-ra... —Cabeza abrió bien los ojos. El otro sonrió—. Mariana Pereyra, ¿no? O se cree que no sé. Puedo hacerlo padecer de nuevo, sin ponerle un dedo encima. Y para peor... —bajó el tono, misterioso—. Debería leer su carpeta. Ay, si supiera cómo está Mariana.

—Cómo está Mariana —repitió Cabeza, confundido—. Se volvió a enamorar. Nos cruzamos, caminaba por Corrientes. Iba de la mano de otro. Ni siquiera me vio.

El tipo soltó una carcajada.

—Cuál es el chiste.

—No es su problema... —rió entre dientes.

—Por favor —suplicó—. Me importa, sí.

—Entonces, sufra. —Fue detrás del escritorio. Abrió un cajón y metió mano. Sacó un paquete de cigarrillos; agarró uno—. Es toda la tortura que tengo para usted.


23.

El barrendero encendió su cigarrillo, satisfecho. Cabeza se quedó rígido, rumiando el comentario. Pensó, quizá, tal vez, por un instante, averiguar el paradero de Mariana de otra manera; pero cómo interrogar al interrogador, mejor salir vivo de ahí antes que nada.

Observó al barrendero, fumando indiferente: frente agrietada, pómulos de piedra, mentón rígido como Superman. Todo era áspero, excepto la nariz. No embellecía sus facciones, curtidas a sol y sombra de tanto andar con el escobillón al hombro. El cigarrillo se quemaba, pero no chupaba ni aspiraba, el humo acariciaba las fosas nasales, negándose a entrar. Para él, el acto de fumar suponía una actividad en la que dejaba implícita su naturaleza torturadora: que los otros se intoxicaran con el tufo.

—Cués falta... —quiso saber Genara Bolurelli.

Alzó una ceja:

—No soy responsable —contestó, dudando si había entendido.

Sonó una musiquita, de teléfono celular, la Marsellesa, lo tenía sobre el escritorio; atendió.

—Hola... ya vamos. —Cortó—. Están en el estacionamiento. —Desenfundó su arma calibre veintitrés y medio. Genara Bolurelli se puso de pie, atenta a cada movimiento. Cambió la sartén de mano, lista para la estocada. Cabeza, todavía mareado, tuvo alguna dificultad para levantarse.

El barrendero los guió por un pasillo. Llegaron a un garaje apenas iluminado. Otro barrendero, de bigote, vigilaba dos carretillas cargadas de desperdicios.

Desenfundó su arma.

Podrían haber sido carruajes de burros y el barrendero un héroe de leyenda, inmune al terror de los agujeros negros. Ni el mismísimo Homero se habría atrevido a garabatear semejante epopeya, pero el destino les reservaba un papel muy triste: unos olores emanaban, entre trapos y papeles de diario; la putrefacción inundaba cada pulmón. El barrendero de gran nariz se adelantó a los secuestrados y saludó al compañero:

—Buenas —dijo, sin dejar de apuntarles—. Qué olor.

—Se acostumbra —aseguró el otro—. ¿Qué dice?

—Y, acá lo que mata es la humedad. —Lo miró de pies a cabeza—. Che, vos estás comiendo mucho mondongo.

—¿Por qué lo decís?

—Estás más gordo.

—No, perdí los lentes de sol.

—¿Y qué tiene que ver?

—Los lentes de sol te hacen más flaco.

—¿Quién te dijo?

—Es cultura general. Lo mismo que salir en televisión, engorda.

—Pero si yo te vi sin lentes. Estabas más flaco.

—Ayer a la mañana los tenía, seguro. En algún bolsillo. Se me cayeron de la camisa, o de la campera. Ni me avivé. Cuando empecé a barrer, creo que los tenía. Cuando terminé, no.

—Este... —se rascó la nariz—. Los lentes de sol te hacen flaco si los llevás puestos. Te achican el contorno de la cara, es una ilusión óptica.

—El reglamento dice que...

—Yo sé qué dice el reglamento. Qué me importa, cualquier tachero parece agente de la SIDE.

—Pero las multas...

—No hay. Quién va a labrar una infracción si nadie sabe diferenciar un taxista real de un barrendero encubierto. El código nunca funcionó, lo usaron para emplear ñoquis. Qué voy a andar identificándome por la calle, yo. Yo trabajo para el presidente, mirá... —se metió la mano libre en el bolsillo del pantalón y sacó una servilleta. La sostuvo, a la altura de los ojos. Leyó—: "De mi mayor consideración: En referencia a la ola de temporales que castiga la zona norte, sur, este, oeste y centro del país, con vistas a la elección de Jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires que se realizará el tres de junio del corriente año, y considerando el incumplimiento de las obras de saneamiento nunca planificadas que jamás se iniciaron, derivamos la partida de fondos número XXX correspondientes a dichas obras para reinvertirla en el programa de servicio Alumbrado, Barrido y Limpieza Ciudadana, CUIT número XX-XXXXXXXX-X, en pago de tareas por adornado de desagües y naturalezas muertas..." —Le mostró la servilleta.

—¿Quién firma?

—El jefe de gabinete y el ministro del interior.

—¿El presidente no?

—No. La rúbrica del documento corresponde a otros. Pero la letra es del presidente.

—¿Y vos cómo sabés?

—Lo que yo sepa no importa. Esta servilleta, presentada ante cualquier ente sin personería, tiene valor de documento legal.

Se la guardó en el bolsillo. Cabeza decidió intervenir, no sin antes dar un paso atrás, por las dudas:

—Perdón —dijo—. Ya que estamos, podría explicar qué significa adornar desagües y naturalezas muertas.

El barrendero sonrió, de buen humor:

—Usted lee libros y no lo interpreta —dijo—. Son eufemismos. El gobierno pretende adornar desagües para perjudicar al intendente en la elección. No se puede firmar un documento no oficial sin ser extremadamente claro en la redacción del mismo. Si un comentario elíptico impreciso es interpretado deliberadamente mal por el organismo fantasma pertinente, hay un vacío legal insalvable, por lo general resuelto mediante soborno, chantaje, y en última instancia, la muerte de los responsables no jurídicos. Una naturaleza muerta es latas vacías saliendo de una bolsa rota para tapar el desagüe, o cebollas gigantes en un supermercado coreano. El presidente, de puño y letra, nos proporcionó la herramienta no legal para reorganizar nuestra agenda. Ahora las cebollas son nuestras y la servilleta está en mi poder.

Se golpeó el pecho, orgulloso.

—¿Pero qué tienen las cebollas gigantes? —quiso saber Cabeza, al borde de la histeria.

El barrendero de bigote tanteó en una de las carretillas, entre los trapos. Aferró una frazada vieja, tironeó, y descubrió el bulto: una pelota de tres tentáculos, rugosa, con agujeros tipo queso gruyere, marcada por un tajo de metro y medio. De la herida brotaban vísceras, tripas, sustancia verde y una tostadora eléctrica.


24.

—¿Eso es una tostadora? —preguntó Cabeza. De repente, sin preámbulos ni arcadas, Kabuto se inclinó y vomitó. No tuvo tiempo de apuntar a un rincón. Lanzó el estofado ahí mismo, con tal fuerza que salpicó a los barrenderos.

—Qué hacés, chino bolú —se quejó el de bigote, mirándose los zapatos. Kabuto no contestó; doblado, intentaba respirar. El de nariz ganchuda, a quien, considerando su posesión de la servilleta, podríamos adjudicarle la jefatura de los barrenderos, agarró a Kabuto de los pelos y tironeó.

—Qué te pasa, sucio —dijo, sin levantar la voz—. Vos sos ésa, ¿no? O sos la otra. Alberto, destapála.

El de bigote tanteó la carretilla restante. Cazó varios trapos con una mano, corrió un almohadón viejo con el cañón y voilá: la pelota que faltaba, descuartizada, con uno de los tentáculos amputados, chorreando sustancia verde. Sin electrodomésticos.

El jefe soltó a Kabuto. Agarró dos trapos. Los usó como guante: tomó la tostadora con las manos, sin soltar el arma y la depositó en el suelo.

—¿No tiene alguna opinión? —quiso saber, dirigiéndose a Genara Bolurelli. Le apuntó a Kabuto—. Eran novios, ¿no? Dígame cómo arrancar la máquina, o le tiro al novio.

Genara no dijo nada.

—No creo que sepa usarla —intervino Cabeza.

—¿Usted sí?

—Bueno... —Cabeza se cruzó de brazos—. Nunca tuve una.

—¿Por qué no prueba?

El jefe empujó el aparato con un pie. Resbaló, chorreando líquido. Se detuvo frente a Cabeza:

—Está cubierta de baba —observó.

—Sangre verde. Límpiela.

—Necesito pan lactal.

—Estúpido. Qué tiene que hacer una tostadora dentro de un pulpo.

—Estos no parecen pulpos.

—Es que son pulpos de tierra —aclaró el de bigote, cañón en alto, situándose a la derecha del jefe, a un paso de Genara Bolurelli.

—Los pulpos son de mar —rebatió Cabeza, levantándose.


Ilustración: Walter Rodríguez

—Estos, no —negó el jefe—. Son calamares evolucionados. Los cagones del cambio climático tenían razón. En el futuro, el agua se evaporará. La humanidad, tal como la conocemos, no existirá. Quizá se extinga, o evolucione, no sé. Si estos pulpos son la especie dominante, no tenga ninguna duda que ganaron la guerra. El deber de cada hombre, mujer, niño, niña, es barrer todas las especies de pulpos sobre la faz de la tierra, o del agua, antes que se vuelvan contra nosotros. Son más grandes, fuertes, y tienen una máquina del tiempo. —Señaló la tostadora. Se plantó frente al coreano. Le puso el cañón en la sien—. Señor Kabuto, ¿va a decirme cómo funciona la máquina del tiempo?

No hubo respuesta.

—Pare la mano —pidió Cabeza—. ¿Qué máquina del tiempo, por favor?

—¡Y qué es! —exclamó el jefe. Una gota de sudor resbaló por su frente, cruzó el entrecejo y patinó la nariz, hasta la punta. Resopló—. Me va a decir que estos animales son extraterrestres. ¿Usted vio alguna nave espacial en la vereda del supermercado? No me joda, estos bichos vinieron con una máquina del tiempo.

—Pero qué culpa tiene el coreano...

—Es obvio. A la señora Bolurelli le cayó un pulpo encima. Estuvo muerta un día. Ahora lee la Biblia en perfecto castellano. Y el señor Kabuto quema mueblerías de noche. Recepción extra sensorial. Con el simple contacto del porrazo, los pulpos mudaron sus conciencias. —Desvió la mira, y disparó. El balazo, se estrelló en la pared del fondo—. ¿Cómo funciona la máquina del tiempo?

Kabuto dio media vuelta, mostrando las manos esposadas.

—Manos libles... —reclamó.

El jefe era diestro. Cambió el arma de mano. Sacó las llaves. Lo liberó. Dejó caer el llavero junto con las esposas a un paso de Cabeza:

—Viajamos a la prehistoria y masacramos a los pulpos —declaró el jefe—. O mejor, volvemos al 82, a las Malvinas. Agarramos a la Thatcher y le clavamos el mástil de la bandera en el culo. Ah, ¿te imaginás, Alberto, la gente en las calles, coreando los nombres de los generales que guiaron a la Nación en la gesta patriótica? —Empuñó el arma con la derecha. Acarició el gatillo, y le apuntó a Kabuto que seguía de espaldas—. A trabajar, chino. Cabeza, pásele su... tostadora. Despacio.

Cabeza la pateó, pero Kabuto no atinó a frenarla. Se detuvo a los pies del jefe. El coreano giró sobre sí mismo, enfrentando al barrendero. Miró a su izquierda: el subordinado lo tenía en la mira. Se agachó. Levantó la tostadora, chorreando. La ofreció al jefe, sin palabras, enseñándole la sangre. Sacudió el aparato y lo salpicó. El jefe olfateó el tufo, frunció la nariz y estornudó. Kabuto no lo pensó dos veces, alzó los brazos y le partió la cabeza con la máquina. El subordinado disparó bajo, tarde; su compañero ya había caído. Kabuto sintió la carne quemándose a la altura de la rodilla derecha, pero se mantuvo de pie.

—Mirá lo que hiciste —dijo el barrendero, señalando al jefe muerto—. Ahora te tengo que matar... —decidió, contrariado. No tenía ganas de asesinar a nadie. Se veía en la obligación, por cuestiones reglamentarias. Apuntó a la cabeza, pero no gatilló: Genara Bolurelli lo desnucó de un sartenazo.

Cabeza se agachó, agarró las llaves:

—Disculpen —dijo—. ¿Me darían una mano con las esposas?

El coreano le hizo el favor, ignorando la herida en la pierna y sin ninguna atención para con el tipo que acababa de matar; la vieja y él permanecieron un rato velando las pelotas descuartizadas. Cabeza no: observó, en la pared junto al portón, una serie de interruptores. Se acercó, los pulsó al azar. Apagó y encendió las luces, activó y desactivó la alarma. Al quinto intento, el portón empezó a abrirse.


25.

El complot para perjudicar al intendente fue tan exitoso que fracasó. Se cumplió el objetivo inmediato, Tilinman perdió la elección. Como suele ocurrir en estos casos, las marchas y contramarchas del operativo de inteligencia terminaron beneficiando a la derecha: el candidato más orientado en esa dirección usufructuó las bolsas de residuos enviadas oportunamente por las pelotas en señal de buena voluntad y subastó el contenido a precio de vidrio.

El centro de detención barrendero, un viejo estacionamiento de ochenta por treinta metros ubicado en el barrio de Saavedra, amaneció en llamas. Testigos declararon haber visto a un cartonero descargando bidones de las carretillas; coincidieron en señalar que era rengo y morocho, probablemente un negro cabeza de Villa Irusta. Los bomberos tardaron un rato largo en apagar el fuego. El techo se derrumbó. No encontraron restos de los barrenderos ni de las cebollas gigantes.

Otra servilleta, garabateada por la primera dama, oficialmente candidata a presidenta para las elecciones de octubre, determinó, de manera no oficial, el cese de las actividades de barrido y limpieza: los mangos de escobillón dejaron de transmitir. Pero, "en tanto y en cuanto el precio de la libertad represente la eterna vigilancia, con el objetivo de afianzar el bien común, promover el bienestar general, garantizar la paz, salvaguardar la convivencia pluralista, favorecer el intercambio democrático, nosotros, los representantes de las provincias unidas del Río de la Plata, redactamos, firmamos y decretamos, para el pueblo de la Nación Argentina, la correspondiente servilleta"; sentenció el documento filtrado a la prensa por -según declaró el ministro del interior al periodismo- "personajes siniestros del pasado al servicio de los intereses que tanto mal le han hecho al país". A la pregunta de si la firma correspondía a la primera dama, lo negó terminantemente: "que cómo la candidata va a andar firmando decretos en servilletas, con qué personería, sugerir semejante cosa es propio de un débil mental". Le echó la culpa a la campaña sucia y dio por terminada la discusión.

Fabián Cabeza amaneció físicamente el lunes, perdido en el domingo. Se levantó, se vistió, tomó un café bien cargado y salió a la calle, decidido a revelarle la verdad al mundo. En la puerta del edificio estaba la vieja, escurriendo un trapo en el balde:

—Buen día, señora —murmuró, como si nada hubiera pasado.

Genara Bolurelli lo miró con ojos desorbitados. No dio muestras de reconocerlo. Pasó junto a ella, oliendo las emanaciones del balde. Se encaminó, medio mareado, rumbo a Belgrano. A la distancia lo vio a Santino, enfrente y a los gritos.

—¡Vieja, el olor a lavandina se siente desde acá...! —Cruzó la calle a las puteadas. Algo le habían comentado las hijas sobre por qué se había ausentado la nona y la guita que había gastado en taxi para volver. Querían internarla en un geriátrico.

En la esquina, un barrendero barría el cordón. Cabeza tuvo mucho cuidado de no mirarlo. Cruzó, intentando no apurarse. Caminó la distancia que lo separaba del supermercado, desechando la posibilidad de volver a verlo abierto. Sobre la persiana, un cartel de cartón, pegado con cinta adhesiva, anunciaba: "Dueño alquila". Dejaba un teléfono.

Cabeza anotó el número, pero nunca llamó.



Javier Goffman nació el 12 de febrero de 1977 en Buenos Aires. A los dieciocho aņos publicó unos pocos cuentos en editoriales a las que él llama "de ésas con concursos", pero también nos dice que "afortunadamente, esos cuentos ya no existen". Sacó un cuarto puesto en otro concurso pero no le publicaron el cuento porque era extenso. No conoce a otros escritores ni está relacionado con el ambiente. Trabaja como cadete en un estudio de contabilidad y canta blues en una banda que se llama "El Ciego & The Ranas Criollas", que toca habitualmente en el circuito de Capital Federal.
Hemos publicado en Axxón: AMAZONAS DE LA MACETA (176)


Este cuento se vincula temáticamente con "EL MAYOR PODER (II)", de Guillermo Rothsche (177), "NO MÁS SOPA", de Jos&ecute; Altamirano (172) y "HÉROE, LA PELÍCULA", de Bruce McAllister (177)


Axxón 187 - julio de 2008
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico : Ciencia Ficción : Surrealismo : Mundos paralelos : Contacto extraterrestre : Argentina : Argentino).

            

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