SERENDIPIDAD

Carlos Devizia y Héctor Horacio Otero

Argentina

Radha Kund, el lago sagrado de la consorte de Krishna, Radha Rama. El lugar más bendito del universo, alimentado por todos los océanos y ríos del mundo.

Mis pies tantearon tímidamente el agua helada. Sentí que la frescura glacial del espejo de agua ascendía por mis extremidades inferiores. El frío invadía todo mi cuerpo ganando las alturas del mismo, y el agua era como una garra maleable e informe queme tiraba hacia el interior del lago.

No me resistí; deseaba el contacto con el líquido. Una especie de líquido amniótico en el que podía flotar sin miedo a ahogarme, sólo que no estaba en el vientre de mi madre sino dentro de una representación holográfica. Pero, ¿había diferencia? Supongoque para muchos no...

La música circundante era una apropiada raga Bibhas para ser tocada (y escuchada) en momentos de calma, en el instante preciso en que los rayos del sol comienzan a asomarse. En este caso, los rayos eran producto de una hábil combinación de láseres,cibernética, escaneos y animación en tres dimensiones, pero a los fines prácticos cumplía perfectamente con su función. Estaba seguro de que si tomaba a alguien que hubiese perdido el sentido, y lo despertase conectado a esta cámara holográfica, el sujetorealmente creería estar contemplando los dominios de Dios. Tan cierto como afirmar que es verdaderamente difícil distinguir al bien del mal, y a un Dios verdadero de los falsos dioses que intentan corrompernos a diario.

Los sonidos del sarod se filtraban a través del agua y llegaban a mis oídos. La tabla, ejecutada por un virtuoso invisible, se entremezclaba con el sitar y, aunque mis tímpanos estaban llenos de agua, lograba hacerse un espacio para que susgolpeteos rebotaran contra ellos.

Nadé desnudo en las aguas heladas hasta que puñaladas de frío sobre mi carne dieron paso a un confortable entumecimiento. Tembloroso y jadeante logré salir y echarme al suelo.

Mis ojos recorrieron el paisaje fantástico que rodeaba el lago. Una vegetación extraña y hermosa circundaba el lugar, el follaje adquiría más tonalidades de verde que las que alguna vez imaginé que pudiesen existir. Entre el follaje, la luz amarillentadel sol creaba representaciones abstractas, tan bellas como efímeras. En efecto, un viento simulado movía las hojas y las ramas, creando una constante danza de luces y sombras. Animales mitológicos se desplazaban de un extremo a otro de la cámara (...odel universo entero). Hasta el más insensible de los hombres quedaría extasiado ante tanta perfección. ¿Quién había creado semejante belleza? Seguramente no Dios y sí un equipo de diseñadores de imagen, ilustradores, músicos y animadores.


Ilustración: Valeria Uccelli

A la raga se había incorporado un bansuri, que dibujaba líneas melódicas sobre la base hipnótica que marcaban la tabla y el tambura. El ritmo se asemejaba al inicio y al fin de la vida. Principio y Fin...Y nuevo principio... Alfa y Omega...Una incesante rueda que se retroalimentaba constantemente. El final no siendo final sino un nuevo comienzo.


Habiendo perdido la noción del tiempo, noté en algún momento que todo a mi alrededor desaparecía y era reemplazado por una miríada de luces blanquecinas que me enceguecían, obligándome a cerrar los ojos. Nadie en realidad participaba de una representaciónholográfica por la representación propiamente dicha; eso era sólo una excusa. La verdadera razón era pasar el tiempo de adecuación previa y posterior en un no-lugar. Si el Concejo Memético reconociera explícitamente esto, estaría admitiendo quela realidad que administra resulta opresiva para la población. Pero todos sabemos que el placer de no ser localizable ni pasible de registro de ningún tipo es el primero de los así llamados Derechos Tácitos. Todas las acciones de nuestra vida son filmadas,cualquiera puede localizarnos en todo momento. Y sólo los no-lugares nos dan el espacio y el tiempo para estar a solas con nosotros mismos y es por esto que se han convertido en un negocio tan floreciente. Para ser más explícitos, los seres humanosno amamos, no comemos, no satisfacemos necesidades fisiológicas, no estudiamos, no morimos si no estamos frente a una cámara. Y aunque esos ojos no-vivos hechos de cristal no puedan entrar en nuestro pensamiento, he llegado a la conclusión de que ellono es necesario. Nos inhiben de pensar. Por eso, algunos buscamos los no-lugares. Esos instantes de intimidad inviolable que todavía conservamos y que algunos aún valoramos.

En esta oportunidad, recordé la muerte de mi padre. Su agonía inútil, el irremediable deterioro, la falta de dignidad de su fin, la última noche que lo acompañé en el hospital a requerimiento explícito del cuerpo médico. Dicen que hace mucho tiempo seutilizaba morfina en los enfermos terminales. Cuando yo era pequeño recuerdo haber escuchado que se la había reemplazado por heroína. Ahora se utilizaba una sustancia azulada de nombre impronunciable pero igualmente inútil al alcanzar el último umbraldel dolor. ¿Quién habrá decidido que el sufrimiento había sido ya suficiente? Un enfermero piadoso, tal vez. Los párpados me pesaban terriblemente luego de un duro día de trabajo y todo se me confundía; subrepticiamente alguien se encargó de que la provisióndel calmante pasara de ser dosificada a libre. Increíblemente, sumergido en la novela que estaba leyendo, no me llamó la atención. Un sopor me invadió mientras comenzaba a escuchar esa respiración tan especial que preanuncia el fin; aún sabiéndolo, seguísin querer aceptar qué estaba ocurriendo. ¿Quién puede olvidar esa respiración una vez que la ha oído? ¿Quién cree haber comprendido la vida sin haber visto morir a alguien? Luego vino la certificación médica del deceso y pasado el shock, verloasí, con la boca y los ojos abiertos, en una mueca de horror obsceno. Nada hay, nada bello ni trascendente en la muerte, perded toda esperanza.

Abandoné esos pensamientos al tiempo que una bandada de aves azules con crestas violáceas volaba por encima de mi cuerpo, un arco iris de infinitos colores se desplegaba en el horizonte. Intentaba compenetrarme con el paisaje y con sus sonidos, porqueésa era la otra razón por la que uno elegía un no-lugar. La abstracción total, la necesidad de ver sin ver, de crear párpados en los oídos, de no sentir nada. La necesidad de vaciar el cerebro de imágenes e ideas que atormentan o intranquilizan.

Y la música progresaba, al jod le había seguido el jhala, con su tempo más vibrante y ahora estaba en pleno gat, el momento de la improvisación, del virtuosismo. El momento en que el intérprete canaliza los pensamientos de Dios y losconvierte en notas audibles. El tiempo en que nuestra alma es tocada por algo sublime y sobrenatural. Cuando hombre y universo son uno solo...

...Y sin embargo no... No pude conectarme con ese cosmos y ser parte de él. Estiré mi mano y desactivé la representación. Abrí los ojos despacio y sentí las perlas de sudor frío que cubrían mi frente. Perlas que, poco a poco, se transformaban en pequeñoshilos de transpiración descendiendo por mi rostro. Mi cuerpo, lentamente, volvió a pertenecerme y el hormigueo típico del final de una representación me fue abandonando. Sonidos provenientes del exterior de la habitación comenzaron a herir mis tímpanos.Era imposible detenerlos, aún con las paredes aislantes que forraban el cuarto. Eran los ruidos de la calle, de los vehículos, de las publicidades electrónicas. Era el mundo moderno que vociferaba agresivamente. Ya no estaba en el no-lugar, estabade regreso. A mi alrededor sólo pude contemplar un departamento oscuro en un mundo frío, insensible y real.


Las luces se atenuaron en forma paulatina. Me incorporé y me vestí, morosamente, colocándome la máscara sobre la cara y los tanquecitos a la espalda, maldita alteración de la homeóstasis. Desde lo alto de la estación del monorriel, Megabaires se veía comouna alfombra gigante compuesta de destellos opacos donde los rascacielos cual estalagmitas interrumpían con su fluorescencia la monotonía de la cuadrícula original. Los últimos Duunviros habían hecho un buen trabajo de replanificación urbana (bueno especialmentepara ellos que engrosaron sus bolsillos y que no estaban condenados a vivir aquí); la empresa había sido faraónica, acorde a la tradición nacional. Claro, esto sucedió antes de que La Red se hiciera cargo de todo y las fronteras se borraran para siempre.Pero eso es historia pasada y a nadie le importa ya.

Tratando de dejar la nostalgia atrás, subí al transporte colectivo de alta velocidad. El magnetismo debía haber quedado reservado a las brújulas y los actos de magia, pensé; permanecer en algo que levitaba y a la vez se desplazaba siempre me revolvíael estómago, más aún que en el caso de los ascensores. Suerte que mi casa se encontraba a pasos de donde me bajé. Entrar a ella (bendita atmósfera controlada) y arrojar la máscara y los tanquecitos sobre el futón constituía una única acción, alcanzandouna perfecta coordinación por la práctica habitual. El ritual continuó con los zapatos, lanzados en dirección contraria, sin utilizar las manos para sacármelos, sólo los propios pies. Observé orgulloso el fruto de mi trabajo de los últimos meses: todosmis cuadros de arte fractal, productos de mi destreza digital, colgados en las paredes. Tal vez nadie los comprará nunca. A veces sentía ganas de rebanarme una oreja, sólo para ver qué ocurría.

Mi estancia no era precisamente un lago sagrado, era más bien un pequeño esquife que pugnaba por no naufragar en las aguas del infierno. Alrededor de mi apartamento florecían otros cubículos indignos de la gente que los habitaba. Ruidos y contaminaciónsonora que herían los tímpanos. En el ambiente se mezclaba el llanto de martillos neumáticos, vehículos aéreos, anuncios publicitarios móviles y todo tipo de artilugios inventados para proporcionarnos una vida mejor. Lo más probable es que todos elloshayan sido inventados por gente sorda, de otro modo no me explico el por qué de tanto ruido. En ese momento, otra vez, pero esta vez en el mundo real, me acordé de mi padre. Él tocaba el oboe en la orquesta de un teatro lírico. Solía sentarse a practicarescalas en un pequeño jardín que teníamos en una casa en las afueras. Menor armónica, mayor mixolidia, menor eólica, menor bachiana, etc. Primero en do, luego en fa, luego en si bemol, y así sucesivamente siguiendo el círculo de quintas descendentes, mipadre practicaba cada una de las escalas que conocía. Luego venían las notas largas, tratar de mantener un sonido estable fijo en una nota, sin variaciones y luego, por el contrario, matizarlo desde pianíssimo a fortíssimo y viceversa. Luegolas técnicas, staccato, doble staccato y... los trinos. Me detengo aquí porque en ese momento, cuando mi padre practicaba los trinos, surgían de la nada pequeños pájaros que moraban en los árboles del jardín. Chingolos y calandrias. Gorriones y cabecitasnegras. Se asomaban tímidamente y parecían responder a los trinos del oboe con los suyos propios. Esos sonidos se grabaron en mis oídos y no han podido borrarse, así como tampoco las lágrimas de mi padre estampadas a fuego en mis retinas. Lágrimas de emoción.Jamás gozaba tanto como en esos momentos. Él había llegado a ser el solista de la prestigiosa orquesta que integraba, pero nunca un aplauso, una excelente crítica en una revista especializada, una soberbia performance en el teatro, habían podido ni siquieraacercarse a esos momentos de improvisación junto a la naturaleza.

Lágrimas que nada tenían que ver con las de mi padre pugnaron por brotar. ¿Cuánto hacía que yo no escuchaba la melodía de un oboe? Peor aún, ¿cuánto hacía que yo no escuchaba el canto de un pájaro?

El aturdidor gong que anunciaba la hora exacta en la gigantesca pantalla de plasma suspendida frente a mi departamento, en el edificio de enfrente, me devolvió al presente.


Encendí el wall-screen e hice zapping hasta detenerme en un noticiero.

Los informativos eran conducidos por animaciones en 3D, ya no se usaban periodistas de carne y hueso, no sólo por razones económicas sino porque además todos ellos habían dejado de ser creíbles. En busca de rostros más honestos para transmitir las noticias,se había recurrido a los programas de modelado y animación 3D. Lo cierto es que las noticias eran generadas por los mismos periodistas carentes de credibilidad que antes las presentaban, con lo cual nada cambiaba en el fondo. Pero al menos en la forma,los rostros ideales e irreales que poblaban las pantallas eran más atractivos para los espectadores.

Una rubia descomunal que sólo podía existir gracias a una feliz acumulación de píxeles, hablaba en ese instante:

"... cerca de la ciudad de Puerto Madryn, en lo que fuera la antigua República Argentina, una veintena de ballenas francas quedó varada en la playa. Rescatistas y voluntarios hacen lo posible por salvar aunque más no sea a algunas pocas de ellas. Las probabilidadesson escasas..."

Gigantescos leviatanes azulados ocupaban la arena cercana al mar. La marea había bajado y ellas habían quedado a merced del sol que consumía sus pieles lentamente. Un helicóptero del noticioso captaba desde el aire la escena, en la que una parte viva denuestro mundo iba muriendo, apagándose de a poco.

Me senté a la mesa, corté unas rodajas de pan y abrí un frasco de mermelada.

El logo del canal apareció dando volteretas hasta centrarse en el wall-screen y luego imágenes morbosas de gente auto flagelada hirieron mis retinas. La rubia digital lo explicó todo:

"... miembros de la secta del "Pasaje", que tiene adeptos en todo el mundo se auto-agredieron hasta morir. Sucedió en Auckland, en la antigua Nueva Zelanda. El profesor Kaneshiro Kazuaki, especialista en sectas nos explicará algo más sobre este grupo",aclaró la presentadora con una voz que podía haber pertenecido a un ángel, pero que no era más que una elección apropiada de armónicos por parte de un ingeniero de sonido.

Un japonés de unos 65 años apareció en el wall-screen. Esta vez sí era una persona real, ya que era un entrevistado. (Siempre quise saber cómo combinaban las figuras digitales con las de carne y hueso.)

Kaneshiro explicó:

—El "Pasaje" es un grupo altamente ramificado. Tiene delegaciones en cada ciudad importante del mundo. Y cada tanto nos conmueve con episodios de este tipo. Podemos recordar lo sucedido en Shangai hace cuatro años, o el suicidio en masa en Raleighhace seis, como las catástrofes más importantes perpetradas por esta secta. Pero lo cierto es que, a intervalos regulares se han estado suicidando sus miembros durante los últimos diez años.

—¿Y qué los mueve a ello, profesor? —preguntó la rubia, al tiempo que el programa de animación movía sus facciones hacia una expresión de interés.

—Ellos creen que el mundo está corrompido, comenzando por ellos mismos. Por ello se someten a una especie de entrenamiento en el que intentan prepararse para una vida mejor. El "Pasaje", es un pasaje a otra dimensión. La preparación, que generalmentelleva varios meses, comienza con la purificación del alma. Una vez alcanzada ésta, viene la purificación del cuerpo. Según ellos sólo hay un líquido capaz de "limpiar" el físico de sus pecados.

El profesor hizo una pausa dramática y yo reparé en que no había podido ingerir bocado desde que comenzara la nota. La rebanada de pan se había quedado, sostenida por mi mano derecha, a unos quince centímetros de mi boca, que estaba abierta con expresiónidiota, asombrada ante lo que informaba el noticioso.

—"A buen entendedor pocas palabras" dice el refrán —prosiguió Kaneshiro—. Ese líquido es la sangre.

Otro silencio.

Ese hombre sí que dominaba los tiempos dramáticos.

—Entonces se flagelan y cubren sus cuerpos con la propia sangre, para desangrarse hasta morir. En el momento en que ya se han purificado, han encontrado el "Pasaje" a una dimensión mejor.

Un ruido en mi estómago me hizo apagar el televisor, y la rodaja de pan, por fin entró en mi boca, saciando mi hambre. No quería pensar en esa gente que se agredía a sí misma, pero no podía evitarlo. Es que en una época tan desesperanzada la gente buscabala paz en cualquier lado, incluso en el suicidio. Épocas como ésta eran un caldo de cultivo ideal para las pseudo-religiones.


40.000 años atrás. El Outback. Un aborigen australiano caminaba en medio de la noche. Sostenía en su mano izquierda un palo hueco de eucaliptos de más o menos un metro con cincuenta de largo. Lo había encontrado luego de días de búsqueda. Pero no una búsquedadesesperada, sino todo lo contrario, una exploración hecha con la convicción de quien sabe que para encontrar algo simplemente debe tener paciencia. "Si quieres algo, no lo busques", ése era el tipo de búsqueda. El hombre trepó a un nido de abejas y tomóun poco de cera. Sólo lo necesario, su intención no era dañar a las abejas sino crear un instrumento con el que podría honrar al universo, participando de ceremonias sagradas para su gente.

Cubrió la embocadura del palo hueco con la cera y esperó. Nuevamente la paciencia...

A su debido tiempo, llevó el palo a su boca e hizo vibrar sus labios, y con ellos, vibró el universo. Las estrellas bailaron una danza luminosa, el viento nocturno se arremolinó festivo, los ojos del aborigen se regocijaron con la noche, su cuerpo se sacudíaespasmódicamente, y el hombre y la noche hicieron el amor. Ya no tenía un trozo de madera en sus manos. El hombre y la naturaleza, trabajando juntos habían creado un instrumento musical.

El sonido era grave e interrumpido, diez minutos, veinte, una hora, el hombre no sabía cuánto ni le importaba. Cuando sus oídos se llenaron completamente del sonido, cuando sus pulmones se purificaron y cuando su vista contempló hasta la última estrelladel firmamento, el hombre cerró sus ojos... y entonces vio el universo. Vio las superficies de todos los planetas del cosmos, sintió a través de su aparato respiratorio, la respiración de todos los seres del universo. Tuvo pulmones y branquias al mismotiempo, y finalmente... vio el lugar en donde confluyen todas las aguas... vio Rhada Kund...


Mi hijo May no se encontraba allí y, como era previsible, no había dejado una nota. Podía estar en una isla desierta en medio del Pacífico, así como en medio del Mar Muerto. Y por supuesto, jamás dejaba dicho dónde estaría. Pero, bueno, para mi pesar (ysupongo que para el suyo también) nuestra comunicación se reducía a monosílabos. Un intercambio de más de tres palabras era algo para agendar y no olvidar.

Adolescentes; lástima que mi padre nunca había escrito un diario explicando cómo logró soportarme y sacarme adelante a esa edad. Ahora, ya no puede contármelo. Yo no era precisamente un derroche de emociones. Nunca me había gustado malgastar vocabloscuando los silencios fuesen suficientemente claros.

De todos modos, no entendía el por qué de mi asombro. En estos tiempos oscuros los humanos no nos comunicábamos, ni con nuestros hijos, ni con la naturaleza, ni siquiera con nuestros enemigos (ya nadie tenía amigos). En esta última circunstancia habíamáquinas lo suficientemente eficientes para hacer el trabajo sucio por nosotros.

Y en este caso, no era sólo uno más de los múltiples progenitores delegantes, sino aquel que decidió asumir la responsabilidad de paternar. Devolví el chip que había utilizado en mi reciente experiencia holográfica a uno de los gabinetes del escritoriode mi hijo, no sin experimentar cierta culpa por la violación de su intimidad. De cualquier modo, mi labor detectivesca había sido un fracaso, si bien eso no compensaba mi falta de ética ni me hacia sentir mejor. Seguía sin entender cabalmente en qué cosarara andaba últimamente y la razón de su extraño comportamiento. Me tranquilizaba, al menos, que sus experiencias holográficas tuviesen que ver con lo místico y no, como estaba en boga en estos días, con las tan publicitadas orgías digitales. Desde quela mayoría de edad había sido establecida a los once años, cualquier chico se consideraba un hombre y podía acceder a perversiones virtuales que mi cansada mente no era capaz de imaginar.

El querer ayudarlo era la única justificación que podría haber llegado a esgrimir por mis actos si alguien me los enrostrara. El querer ayudarlo y además comprenderlo. La ironía más grande de nuestros tiempos era que en la época de la comunicación, elser humano se iba aislando progresivamente. Podíamos estar en menos de tres horas en las antípodas del mundo, y podíamos contactarnos instantáneamente con cualquier persona que viviera en la otra mitad del planeta, pero no podíamos entablar una conversacióncon alguien que habitara bajo nuestro propio techo. Para peor, los jóvenes manejaban un lenguaje cada vez más reducido. La experiencia de ver hablando a dos adolescentes era decididamente frustrante. Una misma palabra significaba una veintena de cosasdistintas y para personas como yo, entrados en cierta edad, era imposible descubrir cuáles eran esos significados. Y mucho menos, cómo hacían los adolescentes para descubrirlo. Lo cierto es que las culpas eran compartidas, cuando la generalidad de losalumnos se ha convertido en mala, es porque sus maestros lo han sido.


Sobre su cama yacía la pequeña tablilla que contenía los manuales electrónicos utilizados en su escuela. Se encontraba aún encendida y en la pantalla de plasma brillaba un texto clásico que todos hemos memorizado en algún momento. Un pasaje de "RevoluciónMemética", escrito por un romántico que consideraba a la Historia un género literario y no una ciencia. No pude evitar sentarme entre las sábanas desordenadas y las almohadas dispersas para darle una releída, más por nostalgia que por otra cosa.


Cuando La Red cobró conciencia de sí misma y (con el manifiesto propósito de obtener el "bienestar general") logró dominar directamente la totalidad de los ejércitos robóticos, los gobiernos del mundo se desplomaron como castillos de naipes. Los intentosde La Resistencia por destruirla fueron inútiles y vacilantes; aunque hubieran resultado exitosos - y aclaremos que distaron de serlo-, destruir La Red en medio de un deterioro ambiental sin precedentes y con la terraformación marciana aún en pañales equivalíaa terminar con nuestra propia subsistencia. La historia oficial asegura que lo que luego ocurrió fue algo similar al descubrimiento de la penicilina, que se trató de un mero accidente. Sin embargo dice una leyenda urbana (obviamente inverificable peromuy extendida) que un memeticista cinéfilo que ostentaba un cargo de responsabilidad en el Instituto Mundial de la Ideósfera, se encontraba aislado en su cubículo de trabajo, partícipe de la depresión y abulia general que preanunciaba el Apocalipsis dela humanidad. Habría sido entonces que, luego de ver la película original sobre un relato de H.G. Wells, se habría dirigido a los gritos de "justicia poética" hacia el recinto donde se encontraba la supercomputadora en la cual residía la intrared donde,como formas de vida artificial, interactuaban todos los conceptos que habían podido ser identificados a lo largo de muchísimos años de investigación para deleite de los sesudos profesionales que los observaban. Había sido tan sencillo como ingresar lasclaves correspondientes y luego dispersar las ideas a través de su navegador personal de La Red. Cuando los encargados de seguridad del Instituto llegaron, se dice que ni se molestaron en detenerlo pues la Caja de Pandora ya había sido irremediablementeabierta. Cierta o no, esta historia ilustra muy gráficamente sólo una de las explicaciones posibles de lo que luego sucedió y analizaremos en detalle a continuación. La Anarquía de los Memes cuando comenzaron a controlar La Red, Las Guerras Esquemáticasentre facciones del Ejército Robótico Terráqueo al mando de los diversos Meme-Complejos rivales entre sí, la consecuente sublimación de la violencia a partir de la corporización nanobótica de los Conceptos y el inicio de La Lucha de Ideas, el triunfo delos Meta-Memes y el eventual establecimiento y hegemonía del Memético.


Para cualquier habitante de nuestro mundo, esto tenía un sentido claro e indiscutible. Durante siglos creímos en la falacia de jugar a ser dioses. Nuestra humanidad creció utilizando verbos como "crear", que hoy en día son carentes de sentido. Pensamos,durante evos, que nuestra mente era una fábrica inagotable de conceptos y tendencias nuevas. Pero de repente, en un momento determinado, el ser humano comprendió que sólo era la antena de una manifestación superior. Toda idea o pensamiento existía perse, y los que la expresaban, simplemente estaban canalizándola. Todos hemos tenido alguna vez la sensación de dejá vu al ver a alguien expresando una idea que en algún momento rondó por nuestra mente y no dejamos salir al exterior. Todos hemossentido la frustración de ver plasmadas por otros, maravillas que se nos ofrecieron gentiles y lozanas como mujeres desnudas y que nosotros no aprovechamos. Es que las ideas viajan de un lugar a otro, buscan un huésped que las alimente y las dé a conocer.La diferencia entre un genio y un hombre ordinario está en esa capacidad de absorber y transmitir dichas ideas. Para decirlo de otra manera, un genio es un hombre altamente receptivo que logra interpretar esas ideas -esos memes- que se le presentan y lograhacer algo creativo con ellos. Un mediocre es alguien que es visitado por una miríada de ideas vivas a las que deja pasar y al poco tiempo olvida. O peor aún, cuando ve que esas ideas vivas han visitado a otro huésped más receptivo, simplemente se lamentadiciendo:

"Pensar que eso podría haberlo hecho yo..."

Por supuesto, este descubrimiento era equiparable a haber entendido que el sol no era el centro del universo, o que la tierra no era plana ni se apoyaba sobre cuatro tortugas gigantes. Toda una cosmovisión egocéntrica y antropocéntrica se derrumbaba. Nosotros,los reyes de la creación, los más sabios del universo, aquellos que decidíamos sobre las bestias y las plantas, nosotros, el ombligo del mundo, no éramos más que una antena que captaba ideas ya existentes.

El gobierno de la Tierra, en un esfuerzo por dominar la situación, había creado el Concejo Memético, un grupo de cráneos con cierta receptividad (o no, según se mire) que intentaba encauzar la nueva cosmovisión. Desde el inicio, seguramente influenciadaspor memes contrarios y en pugna, se crearon dos corrientes netamente determinadas y marcadamente opuestas. La primera era, si se quiere, más combativa e intentaba reflotar lo que ellos llamaban "la independencia del hombre". Intentaban rebelarse contralos memes y contra el Universo entero, creaban ruido, máquinas, distracciones, drogas y cualquier otro tipo de cosa que alejase al ser humano del contacto con los memes. Era algo así como subir el volumen para no escuchar lo que había detrás. Demás estádecir que ésta era la tendencia predominante entre los integrantes del Concejo. Los seres humanos tienden a gritar cuando alguien les susurra la verdad al oído.

La otra vertiente, por el contrario, consideraba más sano, aceptar nuestra nueva condición, intentar armonizar nuestro espíritu con el del universo entero. Después de todo, si las ideas vivas existían para ser canalizadas, alguna conciencia cósmica lasestaría creando. Y en modo alguno ello disminuiría la importancia del hombre, al contrario, ninguna transmisión es posible sin una buena antena receptora y emisora. Esta corriente luchaba contra los prejuicios y los preconceptos y, fundamentalmente, contrael egocentrismo de quienes se han creído la joya de la creación, sin serlo.


Dejé la tablilla en su lugar. Me dirigí a la sala de estar y presioné el botón encargado de retirar la enorme cortina. Recordé otra tablilla, un soporte púrpura cubierto por un relieve de multiplicidad de arabescos dorados entrelazados, que me había sidoentregada por un solemne mensajero que me despertó una medianoche, acompañado por un ruidoso cortejo de soldados androides (creo haber dicho que las máquinas se encargaban de juntar la mierda que esparcíamos). Abrí tambaleante y con los párpados pegadospor lagañas. Sin sonreír, me extendió el pequeño artefacto y dijo:

—Es un mensaje del Concejo; se me indicó que debo esperar un "Sí" o un "No" por respuesta.

Le cerré la puerta en las narices y malhumorado me desplomé en un sillón. ¿Cómo habían podido localizarme en mi exilio voluntario aquí en el finis terrae? Recordé fragmentos de mi discurso de renuncia a la Presidencia del Instituto de Altos Estudiosen Ciencias Sociales:

"La Ciencia Social ha sido una compañera de viaje, durante un trecho, pero ya ha quedado atrás. Todavía, cuando nostálgicamente vuelvo la cabeza, puedo ver algunas de las altas torres que divisé en mi adolescencia y me atrajeron con su belleza ajena alos vicios carnales. Muchos pensarán que ésta es una traición a la amistad, cuando es fidelidad a mi condición humana. De todos modos, reivindico el mérito de abandonar esa clara ciudad de las torres - donde reinan la seguridad y el orden- en busca deun continente lleno de peligros, donde domina la conjetura, el Arte".

Los cerebritos se quedaron mirándome atónitos. No esperaba que reconocieran la paráfrasis de la cita original y sonrieran. Al menos esperaba una acusación de plagio en los días subsiguientes, pero las gacetillas fueron sucintas. Como ya he explicado, hastalos sabios pecaban de ignorantes. Evidentemente, mi sentido del humor fue demasiado sutil; tendría que haberles dicho:

"Estoy harto de sus camarillas, de sus mezquindades, de sus ruegos por prebendas, de los golpes bajos, de las injusticias, de la mediocridad, de olvidar el para qué estamos aquí".

Ellos no me habrían escuchado, simplemente se hubiesen contentado con pedirle al operador de audio que cancelase mi micrófono. Y yo, francamente, no me sentía con ánimos de convertirme en un moderno caballero de La Mancha y luchar contra molinos de vientocuyas paletas se encargaban de propagar la incomprensión, la comodidad y el facilismo. Entre ellos, me sentía como un celacanto en medio de un grupo de peces dorados. Era, sin dudas, una especie del pasado atrapada en el presente. Lo que ni ellos ni yonos dábamos cuenta en ese momento era que el último celacanto vivió libre hasta que lo asesinaron; los peces de colores, en cambio, sólo sobreviven al calor de una pecera. En el fondo, me estaban dando la razón, sin saberlo.

"Y ahora, esto", pensé, en medio de esa sorpresiva noche, revolviéndome en el sillón, "otra vez al ruedo". Fue entonces que salí nuevamente y sin decir palabra asentí frente al emisario. No había pasado una hora cuando llegó la flotilla de constructoresy en tiempo récord instalaron el tanque de agua en una de las paredes de mi sala, ocupando el espacio de un depósito de chucherías contiguo. Los recuerdos se desvanecieron cuando escuché el ruido característico que indicaba que se había replegadototalmente la pesada tela; el acuario lucía esplendoroso y en medio de él flotaba Quimera.

Ella era un delfín, o un ser humano, o ambos. ¿Por qué nos empeñamos en poner rótulos? Homo sapiens (yo), Inia geoffroyensis (ella)...

El tanque, su hogar, era un habitáculo cristalino, sus paredes vidriadas y circulares permitían que nos viésemos el uno al otro, a través del agua y del aire. El cubículo tenía una apropiada forma de placenta (los ingenieros intentaron una justificaciónteórica sobre el asunto; hablaron de vectores, durezas, resistencias y un montón de cosas más; para mí, lo cierto es que un meme juguetón determinó la forma). Ella, como todo cetáceo nadaba desnuda en su pileta artificial. Yo, por mi parte, muchas vecesme presentaba sin ropa delante del tanque. Para mí era cómodo andar desnudo en mi casa, y teniendo en cuenta que ella era sólo un animal, no iba a inhibirme.


Los primeros suicidios de cetáceos no habían llamado la atención; era un fenómeno que ocurría de vez en cuando y no se podía hacer frente en los medios de prensa al amarillismo de los anuncios acerca de los cambios en la composición de la atmósfera, dela salinidad de los mares, de la temperatura, etc. Cuando el popularmente conocido "Síndrome de los lemmings" llegó a primera plana, ya era tarde. Las ballenas comenzaron a ser consideradas como la conciencia de Gaia y como con todas las conciencias, pocoslas habían querido escuchar. Quimera era más bella que una delfín común y no sólo porque yo considerara que me perteneciera. Su medio cerebro humano y sus implantes cocleares facilitaban la comunicación y luego de haber convivido con algunos de los suicidasrescatados, tal vez pudiera darnos la respuesta que todos buscábamos; tal vez en ella residiera nuestra última esperanza. Ya había dejado de cuestionarme por qué habían recurrido a mí en vez de a un biólogo marino; es posible que ellos ya hubieran fracasado.

—Para mí está muy claro. Ellos te necesitan —aseveró mi ex-esposa.

—¿De qué estás hablando? —me asombré.

—Se dieron cuenta de que tenías razón. Defenderán en público sus teorías mientras les sea posible, pero saben que están equivocados.

—¿Y por qué no lo admiten? —pregunté ingenuamente.

—No pueden. No es fácil cambiar de rumbo repentinamente. No sería bueno, ni para ellos ni para la sociedad que los escucha. Intentarán capear el temporal y entonces verán si pueden sostener su postura o si, por el contrario, deben rendirse.

—La gente como ellos nunca se rinde. Y lo peor es que creen que eso es una virtud.

—Lo sería en otros —aseguró mi ex-mujer.

—Sí, pero no en ellos. En los integrantes del Concejo Memético sólo significa profundizar en una creencia errónea que no beneficia a nadie (excepto a ellos, por supuesto). Mientras no entiendan que Gaia es una realidad, mientras no acepten que losmemes son la manifestación del universo que se canaliza a través de nosotros, simples pero necesarias células en el cuerpo cósmico, ninguna esperanza habrá para la humanidad.

Me encolericé durante este parlamento, no sólo porque tenía razón sino porque:

—... lo peor de todo es que yo los ayudaré...

La madre de mi hijo me miró comprensiva y dijo, sin decir, lo que yo necesitaba en ese momento. Ella sabía que no los ayudaba por devoción ni en busca de un perdón que posiblemente obtendría. Simplemente trataba de evitar que todo se fuera al carajo. Laalteración homeostática, los desbalances en Gaia, los suicidios en masa de ballenas y delfines eran sólo el comienzo, lo que vendría sería seguramente peor. Y tal vez, irreversible... El hombre había jugado durante mucho tiempo el juego de la divinidadsin conocer las reglas y sin estar capacitado para ello. Y ahora estaba pagando el precio.

Con mi ex-esposa hablamos, luego, sobre nuestro hijo, no sabía todavía por qué me había separado de ella, cuando era la persona con quien mejor podía comunicarme. Más aún, nadie me conocía como ella. Tenía un conocimiento cabal y preciso de los más inaccesiblesy recónditos sitios de mi alma. No, realmente no entendía por qué, desde hacía varios años, ella vivía en una casa y yo en otra. Eso sí, jamás, ni siquiera por un segundo, dudé acerca de esto. Estaba, y aún estoy, convencido de que las cosas debían serde este modo y no de otro.

Si bien ella me conocía, no podía decir lo mismo con respecto a Max. En su caso, ella era tan ignorante acerca del interior de nuestro hijo como yo. Ambos sabíamos que el color de su cabello era de un verde agua (mi hijo siempre parecía estar a la moda),sus ojos eran violeta y que medía un metro con cincuenta y cuatro centímetros. Podíamos describir puntualmente su ropa y hablar horas en relación a su contextura física. Pero no podíamos decir una palabra sobre su interior, es decir, podíamos hablar deél como un crítico que describe una obra de arte, pero no como el pintor que la ha concebido. Nada sabíamos de él...

Mi ex se despidió de mí, no sin antes echar una mirada al tanque en el que Quimera jugueteaba y daba vueltas como un trompo. No pareció gustarle el animal del tanque, pero no dijo nada. Se limitó a hacer un gesto torvo. Se puso su abrigo, los respiradoresde rigor y luego de despedirse salió a la calle.


No podía sacarme a Max de la cabeza; qué ingrato resulta en general ser padre. Vivir con un adolescente es vivir con un extraño. Replicación de ropa y cosméticos teatrales que parecían sacados de un catálogo del Terror, una nota del laboratorio del colegiodiciendo que había estado sintetizando clandestinamente alucinógenos desaparecidos hace siglos, el chip con el holograma de la inmersión mística - obtenido en el mercado negro y naturalmente no apto para menores. ¿Qué quedó del niño al que acompañabaa sus partidos de aéro-fútbol ? Debo admitir que no era lo suyo. Ni lo mío, a decir verdad. Al entrar en la pubertad, uno enfrenta una decisión: o se uniforma o se diferencia. Y yo había optado por la patria de la diferencia... Los nerds y los freaks eran mi gente, no esos cuadrúpedos que gritaban desaforadamente frente a cada gol e insultaban a todo lo que se les viniera en gana. Y aquí, creo conveniente hacer una aclaración, yo no me había convertido en nerd producto de una decisión o simplementecomo los que reniegan de la uniformidad reinante sólo para calzarse el uniforme de lo alternativo. Yo era diferente, como lo es cada ser humano, sólo que la mayoría lo negaba y lo escondía, y yo no lo hacía.

Tal vez ése había sido el principio del fracaso deportivo de mi hijo; la falta de convicción con la que yo representaba mi papel de padre amante de la competencia y del deporte, conciente de la traición a mí mismo por el mero hecho de permanecer en eseámbito. Bueno, la pera nunca cae lejos del peral, no puede culpársele. Tuvo que haber sido un sajón quien dijo que la vida en la sociedad moderna es la vida profesional. Latino al fin, nunca lo creí. Pero, sin embargo, con pragmatismo concedí que el trabajodistrae de las frustraciones cotidianas, sobre todo de aquellas inherentes a la crianza de la prole. Eso ocurrió con las primeras entrevistas con Quimera, que fueron algo duras, tal vez por el tenor de mis preguntas.


Comencé por lo básico. En el caso de los cetáceos, ¿se trataba de suicidios altruistas, egoístas, fatalistas o anómicos? ¿Eran fruto de un exceso o déficit de integración del individuo al sistema o del sistema en sí mismo? Quimera, a través del parlantede la computadora, me hablaba en tono monocorde de la Entropía, del Caos y yo no entendía qué me quería decir.

—Tal vez pudiésemos comenzar hablando acerca de los suicidios en masa —dije.

Ella se revolvió incómoda en su tanque.

—No es cuestión de hablar —sentenció ella—. Se trata de saber si vas a intentar comprender. Yo voy a contarles algo que ya saben y que no quieren aceptar. ¿Por qué se suicida un ser humano?

No respondí. Y ella prosiguió:

—Alguien podrá decir que puede ser por problemas amorosos, por frustraciones laborales, por sueños no cumplidos, por noticias o reveses que no pueden aceptar. Sin embargo, todo se engloba en dos palabras: armonía y comunicación.

—Armonía y comunicación. ¿Con quién? ¿De qué forma?

—Obviamente una bestia no tiene esos problemas. Un humorista del siglo veinte y veintiuno dijo que un gato para vivir debía ser gato, que un tigre para vivir debía ser tigre, que un delfín para vivir debía ser delfín, en cambio, un hombre para vivirdebía ser ingeniero, tornero, electricista o cualquier otra cosa.

No pude evitar esbozar una sonrisa. Se suponía que yo era el ser superior y ella el animal. De todas formas todavía no lograba entender cómo podría detener las alteraciones de Gaia, manteniendo este tipo de conversaciones.

—Si el humano sólo se preocupase por ser humano, la naturaleza no se lastimaría a sí misma —concluyó Quimera.


Cuando me retiraba a investigar las notas que había tomado, entendía aún menos. Tampoco sabía bien si ella comprendía lo que yo estaba preguntando. A veces me sentía muy solo y los días seguían pasando.

Luego de esas primeras sesiones, mi confusión aumentaba. Se suponía que hablaríamos del por qué de los suicidios de cetáceos y terminábamos hablando acerca de los suicidios humanos, que por cierto en esta época habían alcanzado un grado notable de sofisticación.Aún así, con Internet de por medio y formas novedosas de encontrar la muerte (con y sin dolor), la sensación seguía siendo la misma. No debía haber nadie más solo que un suicida. Tal vez ello explicaba por qué la humanidad no atinaba a comunicarse.

Me recosté desnudo sobre la cama, desde la cual veía el tanque. Pensé en mi ex-mujer y no pude reprimir una erección. A pesar de que ya no estábamos juntos, me seguía pareciendo una mujer hermosa y deseable. En ese momento, me di cuenta de que, desde eltanque, se veía mi cama y, tal vez fue mi imaginación, pero hubiese jurado que en el rostro de Quimera se esbozaba una mueca cercana a una sonrisa. No... no podía ser, ella hablaba pero seguía siendo un animal, ¿qué podía saber ella sobre las necesidadesde un hombre?


Eran las cinco de la mañana. Hacía varios días que no veía a Max. Aunque no estaba preocupado, esto no era extraño y nos sucedía con frecuencia. Sus horarios y los míos no coincidían casi nunca. Yo intentaba consolarme creyendo que su educación iba a reportarlebeneficios algún día. Me repetía hasta el cansancio que un buen colegio era algo necesario.

—Pero, ¿a qué precio? —me había preguntado Quimera en una ocasión.

No sabía cómo lo lograba, pero siempre terminábamos llevando la conversación al lugar a donde ella quería. Así le hablé de mi ex-mujer, de mi hijo, y yo seguía sin sonsacarle nada y aumentando mis noches de insomnio.

Lo cierto es que cuando sonó el videófono pensé que por una vez, mi hijo habría tenido la delicadeza de decirme en dónde estaba. Pero no... era uno de los parásitos del Concejo:

—¿Sabes qué hora es? —pregunté indignado.

—No te preocupes por la hora. El Concejo está nervioso. Necesita soluciones. Hace dos semanas que hablas con ese pescado y todavía no tenemos ningún resultado.

Mi interlocutor estaba realmente nervioso, pero aunque él no estuviese de acuerdo, yo pensaba que no era mi culpa y no estaba dispuesto a hacerme cargo de su intranquilidad.

—Yo no dije que los obtendría. Ustedes me buscaron a mí. Estoy haciendo todo lo posible.

—Entiendo... pero vas a tener que obtener algún resultado pronto. En estos últimos días las cosas se están precipitando.

—¿Hubo algún otro suicidio de cetáceos?

—No, pero la naturaleza se comporta de forma extraña. Un bosque de cerezos en Japón, que en esta época tendría que estar cubierto de flores blancas, perdió repentinamente todas sus hojas. En sólo cuestión de un par de horas, todos los árboles se transformaronen ramas secas desprovistas de follaje. En Islandia, las aguas han comenzado a calentarse progresivamente y ha iniciado un lento deshielo. Lento pero inexorable, si no encontramos una solución... Hubo un reporte proveniente de Tanzania acerca del comportamientoinusual de un grupo de licaones. Comenzaron a devorarse entre sí... ¿sigo?

—No, está bien —contesté resignado—. Intentaré hacer algo.

Cuando apagué el receptor, me desplomé sobre la cama con la cabeza entre las manos. "Intentaré hacer algo", pero, ¿qué?

¿Por qué Gaia se manifestaba de ese modo? Si los humanos éramos los causantes de todo, ¿cuál era el objeto de esa auto-agresión? Para peor, mi compañera del tanque seguía rondando en divagaciones filosóficas sin darme algo concreto sobre lo cual trabajar.


Mi padre, sentado en el jardín, ejercitaba su arte con el oboe y practicaba una técnica conocida como "respiración circular". Durante una gira de conciertos por Australia había conocido el didjeridoo, un instrumento que usan los habitantes originales deese país, y que inmediatamente lo había cautivado. Sus sonidos graves y profundos, su misterio y su sencillez habían fascinado a mi padre. Lo curioso era que los aborígenes australianos no fabricaban el instrumento, sino que lo descubrían. Un hombre quequisiese expresarse con el didjeridoo se internaba solo en el Outback, y allí, en medio del silencio, en donde el sol llega a todos lados durante el día y en donde se contempla gran parte del universo durante la noche, buscaba minuciosamente unarama cuyo interior hubiese sido devorado por termitas. Un extranjero probablemente rompería miles de ramas hasta dar con una buena. Un nativo, en cambio, sabía cuál era la buena y aceptaba el regalo de la naturaleza, usando sólo esa rama en particular.La que le estaba destinada. Luego, con cera de abeja haría una boquilla y devolvería gentilezas al universo honrando ese instrumento. Los intérpretes de didjeridoo practican la "respiración circular" que consiste en inhalar por la nariz al tiempo que seexhala por la boca el aire que permanecía retenido en ella. De este modo, el intérprete tiene siempre aire y puede tocar sin interrumpir el sonido. Una respiración circular bien hecha garantiza la continuidad del sonido por una hora o más. Mi padre habíaaprendido esa técnica y la había adaptado al oboe. Minuciosamente investigaba todos los matices que podía dar a un mismo sonido, sin interrumpirlo. El fluir del sonido. El fluir de su conciencia. El fluir del universo...

Alfa y Omega... como en Rhada Kund...


El videófono volvió a sonar. Del otro lado de la línea, se dibujó un androide en la pantalla. Era uno de esos modelos que utilizaba la policía.

Me quedé esperando a que hablara, mi rostro sorprendido y mi atención puesta en él.

—¿Ése es el domicilio del joven Max Knoll? —preguntó el engendro mecánico, con voz fría y monocorde.

—Sí, aquí vive... soy su padre...

El silencio se hizo opresivo, no quería admitirlo, pero sabía que iba a recibir una mala noticia.

La máquina, programada para estas tareas, emitió algunas frases de comprensión que, proviniendo de ella, sonaban como una caricatura de sentimiento.

Tomé mis tanques y mi máscara y salí lo más rápido posible. Por el rabillo del ojo, miré a Quimera en su tanque, quien se revolvía agitadamente. Se había dado cuenta de que algo malo sucedía.

En otra ocasión no me hubiese permitido un aero-taxi, pero no tenía otra alternativa. Me dirigí a la parada más próxima y abordé uno de los vehículos.

El taxi se elevó del suelo e inmediatamente vi como los rascacielos parecían moverse a mi alrededor y se iban de foco.

Antes de subir al vehículo, ya había comenzado a llorar. Para cuando estábamos a mitad de camino mi llanto era incontenible.

El conductor, profesional en todo sentido, apuró la marcha y no hizo preguntas. Llegamos al hospital y le pagué, bajándome sin esperar el vuelto.

En la recepción del hospital me atendió otro androide (¡mierda, otro más!). Estaba cansado de hablar con máquinas, de ver sonrisas programadas, de escuchar frases que alguien había incorporado a una base de datos por medio de un procesador de textos.

—¿Puedo ayudarlo?

—Vengo a ver a un muchacho. Un chico que acaban de internar. Me avisó un androide de la policía. Su nombre es Max Knoll.

A pesar de mi impaciencia y mi rostro cubierto de lágrimas, el robot continuó a su ritmo. Insertó uno de sus dedos en una terminal frente a él y se conectó al sistema informático del hospital.

—Segundo piso, habitación 204 seño...

No esperé a que terminara. Me dirigí casi corriendo a los ascensores. Putas máquinas, cuando uno las necesita no funcionan. Subí las escaleras de a dos escalones. Ya no estoy para esto... Me quedé jadeando al tiempo que recuperaba el aliento.

201... 202... 203... 204. La habitación de mi hijo.

Estaba a punto de girar el picaporte cuando alguien lo hizo desde adentro.

Era un médico.

—Vengo a ver a Max...a mi hijo...

—¿Su hijo? Se hubiese preocupado antes por él...

No pude responder a su reproche. Jamás pensé que un médico podría hablarme así. El hombre se apartó y entré en la habitación. Oscura, helada... Lo mismo podíamos estar en el planeta Plutón como en la taiga rusa.

Mi hijo yacía golpeado y cortado sobre una cama.

Tubos de todos los tamaños ingresaban y salían de su cuerpo, transportando medicinas, sangre, orín, bilis, líquido linfático...

Y sin embargo... Y sin embargo Max estaba conciente.

No quise imaginar qué tan fuerte era su dolor y traté de que no hablara.

—Papá —se obstinó él—, yo... —El dolor le impidió continuar por un instante.

Yo acaricié su frente cortajeada y besé una de sus mejillas. Y con esto él pareció encontrar fuerzas para continuar:

—Papá... yo no sabía... nunca te dije... nunca... te... dije...

Y nunca lo haría. Mi hijo murió sin poder terminar su frase.

Era la segunda vez en muy poco tiempo que veía morir a un ser que amaba. Me quedé llorando con la cabeza entre las manos. Derrotado, aislado del universo, jamás había necesitado tanta paz para mi alma como en ese momento.

Los ojos de mi hijo habían sido cerrados por la mano piadosa de una enfermera. No pude tocarlo una vez que hubo muerto...

Intenté pensar en el momento exacto en que nuestra comunicación se había bloqueado y no pude precisarlo a ciencia cierta. Recordaba a Max sentado en mis rodillas, dando sus primeros pasos, diciendo sus primeras palabras. Lo recordaba, un poco menos ya,en la escuela primaria. Alguna vez había asistido a un acto escolar o a una reunión de padres. Pero mi memoria se hacía borrosa en este punto. Mi trabajo para el Concejo Memético, el puto trabajo que iba a garantizar una vida cómoda y segura para mi familia,era mi única remembranza de este período. De la adolescencia de mi hijo, no pude recordar un solo día...

Mientras dos personas envolvían el cuerpo en una sábana y se disponían a llevarlo a la morgue, el médico que tan mal me había tratado se acercó a mí. Pensé que su furia, cuyo motivo yo no podía entender, se habría disipado y que venía a consolarme.

—¿Todavía aquí? —preguntó con voz torva—. ¿No tuvo suficiente?

Sin poder hablar le pedí un poco de piedad con la mirada. ¿No le bastaba con verme destruido? ¿No entendía mi sufrimiento?

—Seguramente no tiene ni idea de lo que le pasó a su hijo. Es siempre igual. Antes me daba pena e intentaba comprender a las familias de estos tiempos. Pero ya no... No hablan con sus hijos y lloran cuando no los tienen... y lo peor de todo... elpobre muchacho no quería morirse sin decirle que lo amaba...

Al tiempo que decía esto, se volvió y se alejó, no sin antes escupir en un cenicero del pasillo.

Me quedé solo. Más solo que nunca. Realmente solo...

Luego supe el por qué de la ira del médico. Fue al leer el expediente del caso. Y también supe en qué andaba mi hijo. Rhada Kund. Todos queremos encontrarlo... y él también. Pero a su edad, sin diálogo y sin guía, cualquiera se confunde. Mi hijo no andabaen drogas ni en prostitución. El "Pasaje" había sido su perdición. Sus ausencias cada vez más prolongadas se debían a que había ingresado en la secta. Lo habían seducido con las promesas de lo eterno, de la paz y de la inmortalidad, pero sobre todo...lo habían escuchado (o habían fingido hacerlo). Para emprender lo que ellos llamaban el gran viaje, se habían lacerado los unos a los otros en una orgía de sangre. Al llegar la policía, de los cuarenta y siete miembros de la secta, sólo dos sostenían unavida efímera. Uno de ellos había sido Max. El otro había muerto antes de llegar al hospital.

Mi hijo no había encontrado Rhada Kund en este mundo...


Nos encontrábamos en el jardín de nuestra casa en las afueras. Mi padre, Max y yo. Era ése uno de los pocos recuerdos en que estábamos los tres juntos... y los tres felices. Max, era un chico de tres años y toqueteaba las llaves del oboe de mi padre, jugandocon él como si, en vez de ser un instrumento caro y valioso, se tratara de un pito de carnaval. Y mi padre, que era un obsesivo de su instrumento, sorprendentemente lo dejaba hacer.

"Un músico hace de un pedazo de madera y metal, un instrumento musical", había dicho, "un chico, en cambio, hace de ello, un juguete... y está bien que así sea".

Ese momento lo atesoro como uno de los más felices de nuestras vidas, Max bailando como una marioneta con sus hilos rotos, al tiempo que mi padre tocaba melodías infantiles en su instrumento. Ni el Concierto para oboe en Re mayor de Albinoni, ni la SegundaSonata para Oboe de Haendel, ni el Concierto para oboe y violín de Bach habían sido tan emotivos como los Frère Jacques que mi padre interpretó ese día y que mi hijo cantó una y otra vez.


Volví caminando a mi casa, despacio, bajo una lluvia fina y constante. No quería hablar con nadie. El cuerpo sin vida, tieso y lacerado que yo no había tenido el valor de tocar había quedado impreso a fuego en mis retinas. No sabía si alguna vez podríaapartar esa imagen de mi mente.

Cuando entré en mi casa y me deshice de mi traje para exterior, dejé las luces apagadas. Sólo un pequeño neón azul junto al tanque de Quimera permanecía encendido.

Transpirado y agotado, me desnudé, y entonces reparé en que el cetáceo me observaba con sus ojitos pequeños y juguetones. Sólo que ella parecía comprender mi pena, y su mirada no era alegre.

Reparé en mi desnudez y súbitamente sentí vergüenza. A pesar de no haber podido sonsacarle nada, había algo en Quimera que me impedía verla como a un "animal". No podía hacerlo ahora y no podría hacerlo en el futuro. Busqué una toalla y me cubrí.

Y ella, mi enigmática compañera de los últimos tiempos, habló:

—¿Qué te sucede? ¿Estás triste?

¿Cómo explicarle lo que sucedía? ¿Cómo explicarle por qué se suicidan los humanos? ¿Tenía razón ella cuando habíamos hablado sobre ello?

Armonía y comunicación.

Lo cierto era que, animal o no, debía abrir mi corazón ante alguien y entonces lloré, lloré como un chico, como un niño inocente (aunque distaba de serlo). Y, aunque yo no lo supe en ese momento, ése fue el principio de nuestra comunicación.

Pasaron los días y me refugié en mi trabajo. Extenuado y a punto de darme por vencido, recordé nuevamente a mi padre y su credo taoísta: "Si deseas encontrar algo, no lo busques". La vibración grave del didgeridoo se filtró de entre mis propios recuerdos,y de entre recuerdos ancestrales provenientes de una memoria común. "Los sonidos y las texturas se encuentran jugando, divirtiéndose, y haciendo que el instrumento sea una prolongación de uno (o viceversa). La tensión, el interés malsano, la búsqueda dela gloria sólo llevan al fracaso". Fue el momento en que decidí cambiar de estrategia.


Max tenía seis años, y todavía mojaba la cama por las noches. Lo habían visto varios médicos pero las cosas no se solucionaban. Ya no era un bebé y se avergonzaba, pensando en las posibles crueldades a las que sería sometido por sus compañeros de colegio,si llegaban a enterarse de su problema. En aquel tiempo yo trabajaba un promedio de doce horas diarias. Mi mujer, hacía, por su parte, lo suyo. En ese tiempo, no entendíamos que una nodriza robot no reemplazaba a los padres. Nos engañábamos pensando enque nos sacrificábamos por el futuro de nuestro hijo, un futuro que finalmente no llegó jamás. De más está decir, que fue en esa época cuando comenzaron los roces con mi ex-mujer. Roces que al final, tiempo después, concluyeron en una consensuada separación.Nunca entendí muy bien las causas, ya que ambos seguíamos sintiendo una atracción recíproca. Pero lo cierto es que sus protestas eran constantes, al igual que mi apatía. Siempre fui bastante reacio a entrar en conflictos. En cambio, mi ex tenía un carácterbastante más decidido que el mío. Si no podía comprarse un tapado que había visto en una vidriera, su cara de pocos amigos me hacía saber que mi idealismo conspiraba contra nuestros intereses económicos. Ciertamente, más de una vez, ante la posibilidadde un ascenso dentro del Concejo Memético, mi desacuerdo con la política que ellos propugnaban me había obligado a rechazarlo. Supongo que algunos somos más susceptibles que otros a los memes que propugnan la ética y la moral. Y somos una pésima antenapara captar los memes del pragmatismo.

Estaba con mi padre, era una noche fría y oscura. Con unas copas de más yo me desinhibía, en cambio mi padre se ponía sagaz. Le comenté sobre Max y sobre su problema.

"Cuando alguien está desesperado, trata de llamar la atención como puede", dijo mi padre, "un chico, se hace pis en la cama. Un adulto se suicida".


Habiendo encontrado una nueva forma de aproximarme al problema de Gaia, las cosas se facilitaron con Quimera. A partir de entonces comenzamos a conversar, a charlar realmente. Primero me contó su historia personal, acerca de cómo se sentía una aberraciónque no pertenecía a ningún mundo, brindándome además una pintura patética de cómo el hombre se creía con derecho a hacer y deshacer a su antojo con los demás seres de la Creación.

En cuanto comenzó a expresar sus sentimientos yo correspondí con los míos y con las cosas que sentía y vivía. Comencé a disfrutar de sus palabras, de su sensibilidad, de que me abriera las puertas de un mundo al que ningún humano había accedido antes.Disfruté su gracia, su agilidad, la perfección de sus formas. Me había enamorado irremediablemente.


Un día me levanté con la letanía habitual "No busques, encuentra". Entonces dirigí mi vista al gabinete donde había repuesto el chip holográfico, a la ropa estrafalaria dispersa, a la nota del laboratorio escolar; recordé las ausencias de Max, suhermetismo y todo cobró sentido. Esto me tranquilizó en parte, sólo en parte. Luego miré mis cuadros, recordé cosas que me había dicho Quimera y finalmente comprendí. Comprendí como nunca antes. No es que sólo hubiera encontrado la solución un problema,sino a todo lo demás.

Si un chico quiere llamar la atención, moja la cama.

Un adulto se agrede para despertar lástima, hasta se suicida.

El Universo se destruye a sí mismo.

No había más que decir, era la prueba de que yo había tenido razón, aunque eso no importase en realidad. Lo cierto es que Gaia nos estaba dando un mensaje claro. Como cuando un chico se moja y sus padres no lo escuchan. Si no abríamos nuestros oídos ysobre todo, nuestras mentes, Gaia se suicidaría...



Ilustración: Valeria Uccelli

La sala era fría, aunque no tanto como sus ocupantes. Rostros gélidos e impasibles, a tono con las paredes blancas de la habitación, me contemplaban inquisidoramente.

Era una sala de reuniones en la central del Concejo Memético en Oslo. Nos encontrábamos en ella, un grupo selecto de cerebritos quemados del Concejo, los más influyentes; mi ex-mujer, quien se había ofrecido a acompañarme y yo, una especie de cordero queintenta convencer a los matarifes acerca de lo erróneo de comer carne.

Del resultado de esa exposición dependería el futuro de la humanidad. Sólo había dos caminos posibles: aceptar definitivamente nuestro papel de células en el organismo universal, o rebelarnos contra ello y precipitar el fin del mundo.

Las miradas de mis examinadores no expresaban emoción alguna. No podría asegurar, incluso, si alguno de ellos parpadeó en algún momento, durante toda la exposición.

— ...Armonía y comunicación. Todo se reduce a ello. Por eso, estoy pidiéndoles, más aún, rogándoles que dejemos de lado nuestro egoísmo y nuestro supuesto bienestar. Gaia es una realidad, lo sabía antes de irme de aquí y todo lo que he vivido conQuimera terminó de confirmármelo...

Al mencionar a Quimera, mi ex-mujer se revolvió incómoda en su asiento. Yo no sabía si ella sospechaba acerca de mis sentimientos hacia la delfín, pero evidentemente, el cetáceo no era de su agrado.

— ...Comprenderán —proseguí— que no es tiempo para pensar en nosotros sino en nuestra posteridad. Seguramente podremos resistir un par de siglos más, como estamos. Pero lo cierto es que estamos asesinando lentamente al universo. Es inclusomás perverso que destruirlo mediante una guerra atómica, aunque igual de letal.

Los miembros del Concejo se pusieron de pie, una vez que hube terminado. Se me indicó que debía esperar en la sala mientras ellos se retiraban a deliberar.

Pasaron tres horas y veintiocho minutos. Mi cuerpo no podía amoldarse a la silla en la que estaba y se contorneaba buscando desentumecerse. ¿Qué era lo que tenían que pensar? ¿No estaba todo suficientemente claro? Me paré por millonésima vez, volví a sentarmey volví a pararme. Había intentado todo para hacer más llevadera la espera: música, crucigramas, una novela histórica, la contemplación del paisaje a través de la ventana, juegos en red desde mi computadora de bolsillo... pero nada podía desviar mi concentraciónde los hombres que se hallaban deliberando en la habitación contigua. Y nada podía atenuar mi nerviosismo. Había llegado allí, lleno de seguridad, con la idea de encontrarme con buenas antenas para el meme de la salvación y había esperado una reacciónpositiva e inmediata, incluso conociendo las mezquindades que habían guiado al Concejo hasta ese entonces. Pero, la salida a deliberar y las horas de espera estaban haciendo mella en mi espíritu...

Finalmente, la puerta se abrió...

Yo me levanté, pero una mano decidida me indicó, sin necesidad de ninguna palabra, que debía permanecer sentado. En cambio, fue a mi mujer a quien llamaron.

No pude reprimir mi asombro. Ella, en cambio, dejó su silla y se dirigió a la otra habitación.

Otros cuarenta y seis minutos.

Finalmente la puerta se abrió nuevamente.

Mi ex-mujer entró en la sala fría y cerró la puerta tras de sí. Nos quedamos solos.

—Ellos comprendieron —me dijo quedamente.

Mi expresión se tornó festiva, una alegría incontenible recorrió mi cuerpo desde un extremo a otro. No sé por qué pensé en el gat de la raga que había escuchado durante mi experiencia en la holocámara,el momento de la improvisación, del virtuosismo. Elmomento en que el intérprete canaliza los pensamientos de Dios y los convierte en notas audibles. El tiempo en que nuestra alma es tocada por algo sublime y sobrenatural. Cuando hombre y universo son uno solo...

...Y sin embargo no... El rostro de mi ex no correspondió a mi excitación y a mi alegría. Puso una de sus manos sobre mi hombro y comenzó a hablarme de lo mucho que me amaba, de que jamás había dejado de hacerlo y de que podríamos volver a estar juntos.

Entonces comprendí por qué nos habíamos separado. Recién entonces. Y también comprendí por qué nunca había dudado de que eso fuese lo correcto. Tuve la certeza de que nunca volveríamos a estar juntos.

Frases que ella había pronunciado en el pasado como: " Para mí está muy claro. Ellos te necesitan", o "Se dieron cuenta de que tenías razón", dejaron de tener sentido.

Al tiempo que intentaba abrazarme, mi mujer habló:

—Saben que tienes razón, pero no están dispuestos a admitirlo públicamente. Intentarán sobrellevar las cosas lo mejor posible.

—No se pueden "sobrellevar" las cosas esta vez —la interrumpí—. Esto es cuestión de blanco o negro. No hay lugar para los grises aquí. Uno está con Gaia o contra ella. En doscientos años, trescientos a lo sumo, el mundo dejará de existir.

—Lo saben —admitió mi mujer—, y yo lo sé. Pero no les importa, y a mí tampoco. Por favor —su mirada se tornó suplicante—, en dos o tres siglos no quedarán ni siquiera nuestras cenizas. Ése es un problema de los que vengan. Nosotrosno tenemos por qué pensar en el futuro, nuestro hijo ha muerto así que no tenemos la obligación de dejarle el mundo a nadie.

Su voz se tornó casi desesperada:

—El Concejo te ofrece un subsidio de por vida. No tendrás que trabajar. Podemos volver a vivir juntos. Recorrer el mundo. Tener lo que queramos. Vivir como nunca vivimos. ¿Qué tiene de malo si ellos sacan provecho? ¡Saquémoslo nosotros también! ¡Meimportan un carajo las generaciones futuras! Cuando Gaia termine de suicidarse, hará tiempo que estaremos muertos. Entiéndelo. Te ofrecen una fortuna sin necesidad de que trabajes para ganártela.

—Sí, lo entiendo —respondí.

Esta vez fue su rostro el que pasó de la alegría descontrolada a la decepción.

—No tendré que trabajar —continué—. Sólo debo callarme la boca...

Sentí tanta repulsión por ese ser al que alguna vez había amado que no tuve ganas ni siquiera de un beso de despedida. Giré sobre mis talones y salí de la habitación, inmutable ante los insultos de mi ex-mujer.


Volví a mi casa lo más rápido que pude, estaba desesperado por ver a Quimera. Sabía lo que debía hacer. Entré al departamento y una vez más ensayé el ya conocido movimiento de desprenderme de los tanques.

Me acerqué al intercomunicador, le grité eufórico a Quimera que siempre había sabido que los humanos no éramos más que parásitos en Gaia y huéspedes de las Ideas. Que había algo más grande por fuera y por dentro nuestro, más grande que nosotros mismos,que éramos parte de un plan. Mientras hablaba me desnudaba quitándome la ropa casi sin darme cuenta.


Rhada Khund la voz de mi hijo se confundió con la de mi padre los girasoles de Van Gogh la sonata para oboe de Haendel el sonido del didgeridoo filtrándose por entre las filigranas que dibujaba el sarod un aborigen australiano respiraba através de mis pulmones y yo lo hacía a través de las branquias de un pez prehistórico un celacanto nadando junto a un delfín un hombre desnudo amando al universo Bach un desconocido luthier de las Islas Marquesas Rembrandt mi arte fractal voces entremezclándosemis oídos escuchando todos los sonidos del cosmos mis ojos viendo todas las estrellas tocando con mis manos todo lo que fue y será tocado por todos los hombres Rhada Khund Arcadia la Atlántida el Paraíso recuperado mi padre hablando con la voz de mi hijorecitando poemas en esperanto sumerio francés selk'nam mi hijo cantando con la voz de mi padre en mandarín persa tok pisin volapuk y yo entendiendo todos esos idiomas y todas las lenguas del universo kanji hangul cirílico complejasecuaciones matemáticas que ante mis ojos se revelaban como inocentes problemas más sencillos que sumar dos y dos mi sangre corriendo junto al agua de los ríos la tabla sonando como un bombardino un saxofón alto desgranando notas con el timbre de una violada gamba todos los sonidos todos los colores los infrarrojos los ultravioletas todas las frecuencias todas las lenguas todas las ciencias todo el arte toda la música todos los seres amados Quimera mi padre Max todos los días de mi vida todos los días demi muerte la eternidad atrapada en un puño la célula y el cuerpo unidos la voz de Dios susurrándome al oído finalmente Rhada Khund...

Subí a los tropezones la escalerilla ante la mirada cómplice de Quimera (que ahora era también mi mirada) y me volví a sumergir; esta vez en el estanque, esta vez en agua real.



Carlos Devizia nació en Comodoro Rivadavia, Argentina, el 23 de mayo de 1968, y pasó gran parte de su infancia en diversos lugares de la Patagonia. Estudió diseño gráfico en la Universidad de Buenos Aires, y realizó algunos cursos de perfeccionamiento. Asistió al taller de modelo vivo de la Asociación Estímulo de Bellas Artes y durante muchos años fue alumno de un gran maestro de dibujo, el profesor Julio Jáuregui. Trabajó en el medio publicitario y editorial durante algunos años hasta que en 1993 se volcó a la actividad free-lance. Desde entonces realizó todo tipo de trabajos relacionados con la actividad gráfica (portadas de libros y compactos, tarjetas de Navidad y de salutación, ilustraciones interiores para libros, diseño de juegos, etc.), trabajando para muchas empresas, como la desaparecida Editorial Columba, Macmillan Heinemann ELT (ahora Macmillan Publishers), Mondragón, Editorial San Pablo, revista Magic Kids, etc.

En cuanto a la actividad historietística, estuvo ligado a algunas publicaciones locales, la más destacada es BUITRE, a cargo de Martín Larreategui y Luis Guaragna. Junto a Sergio Bonazzola, además, crearon la historieta Tierra de Elfos que alcanzó diecisiete capítulos en la revista MAGIC KIDS. Desde 2001 realiza trabajos para el exterior, para Greektown Casino, Spartacus Publishing, The Amazing Martian, Findlay Comic Press, Funky Ninja Comics (todos en EE.UU.), Aeon Press (Irlanda), Lunatique (Francia). También se puede ver su trabajo en la página del guitarrista japonés Ryo Kawasaki y en Kaboom (Estonia). Junto al gran artista Marcelo Carmona hizo trabajos para Division: Shadow (guión de Patrick Meaney), Lil Moxie (guión de David Watkins), Hard-Boiled (guión de Steve Earnhart). Una ilustración suya puede verse en la galería del sitio oficial de Boris Karloff.

Además del dibujo, incursionó en la literatura; dirigió un fanzine de ciencia ficción titulado ANIARA que alcanzó cinco números regulares y un especial. Escribió varios cuentos, notas y dos novelas, Lluvia de Luz y La Nave de los Espectros. Por ellas y por una serie de cuentos recibió menciones en concursos organizados por el C.A.D.D.A.N.

Es músico y su principal instrumento es el saxofón alto, aunque siente un amor incondicional por el clarinete también. Para sus proyectos musicales utiliza guitarras, teclados y el ordenador, entre otras muchas fuentes sonoras. En cuanto a su actividad musical, estudió con los talentosísimos Miguel 'Botafogo' Vilanova y Enrique Díaz. Actualmente y desde hace varios años estudia con el gran maestro Salvador Parrinello. Pueden ver más detalles en su sitio web personal, y uno dedicado al jazz; y en los blogs Cuatro para mí y en Limo.

Héctor Horacio Otero nació en Buenos Aires en 1966. Estudió Historia en la Universidad de Buenos Aires. Publicó una novela corta juvenil de género fantástico, Aguada, el nacimiento de un guerrero (2004) y cuentos de ciencia ficción en diversos medios (CUÁSAR, ALFA ERIDIANI, NGC 3660, LUNATIQUE, etc.)

Hemos publicado en Axxón:RÍO CHICO (179)


Este cuento se vincula temáticamente con"EL ROSTRO DE GAYA", de Yoss (175) y"GUANTES BLANCOS", de Guido Eekhaut (177)


Axxón 188 - agosto de 2008
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico : Ciencia Ficción : Gaia : Fin del mundo : Argentina : Argentino).

            

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