ALCIDES

Carl Stanley

Argentina

Me hallaba yo felizmente casado hacía dos años, un próspero industrial que en el transcurso de los últimos cinco había visto acrecentarse a pasos agigantados la respetable fortuna que había heredado de mi fallecido padre.

No tenía casi problemas y era muy feliz, con mi buen pasar económico, que sin pecar de mentiroso o exagerado podía tildarse de opulento.

Pero la naturaleza del ser humano es bien complicada, vive en pos de la felicidad sin saber muy bien dónde se encuentra, busca y rebusca por doquier menos en el lugar donde él mismo está.

Treinta y cinco años tenía yo cuando, obedeciendo a una caprichosa decisión, se me antojó realizar una excursión al aire libre. Algo que no había llevado a cabo nunca en toda mi vida.

Se trataba de una de aquellas cosas que le quedan a uno en el tintero, y que tarde o temprano debe realizar para sentirse bien consigo mismo.

Nunca faltó oportunidad a lo largo de mi vida para realizar alguna excursión de ese tipo, pero siempre, y arguyendo excusas tontas, había evitado hacerlo, siempre poseído por infundados y exagerados temores a lo malo que pudiere ocurrirme.

Mi fértil imaginación me hacía ver mordido por una serpiente venenosa, despeñado por un barranco o arrastrado por las tumultuosas aguas de un rápido en algún ignoto río, al cual me había precipitado luego de una trágica caída.

Un buen día, ante la inútil protesta de mi esposa y de mis asociados en las finanzas, decidí dejarlo todo durante un par de semanas y partir hacia las montañas, totalmente solo.

Cargué una mochila con lo necesario en el baúl de mi automóvil y emprendí el viaje hacia lo que esperaba fuera un feliz encuentro con la naturaleza, bien lejos del mundanal ruido.

Había escogido las sierras de Green Valley por su singular belleza y, con más razón, por su escaso turismo en aquella época del año.

Así, luego de un día y medio de hermoso viaje, dejé mi lujoso y moderno automóvil en un antiguo parador, donde cuidarían de él hasta mi regreso, y partí con mi mochila al hombro en feliz caminata.

En realidad, para no mentir, no se trataba de una zona muy despoblada que digamos, pues según había observado en el mapa, existían varias pequeñas localidades, no distantes entre sí más de cincuenta kilómetros. Además, había una buena cantidad de carreteras, otros caminos de tierra secundarios y varios riachos donde, según decían, abundaba la pesca. Media docena de pequeños lagos completaba aquel maravilloso edén para aquel que desease una temporada al aire libre.

Mi primer día de marcha, debo admitirlo, resultó bastante agotador, a pesar de mi buen estado físico, pues obviamente no estaba acostumbrado a una travesía tan larga. Por la tarde armé mi pequeña tienda de campaña en las cercanías de uno de esos riachuelos de cristalinas y frescas aguas. Pero mi felicidad se vio colmada al lograr capturar una gran trucha con mi equipo de pesca portátil. Asé el pez a la luz de la luna.

Antes de irme a dormir, contemplé durante largo rato, extasiado, aquel universo repleto de estrellas que en medio de aquella soledad me mostraba la grandiosidad de la naturaleza.

Aquella noche dormí plácidamente, como nunca.

Desperté muy temprano en la mañana para prepararme un aromático y exquisito café. Todo era perfecto, y además, todo sucedía como si desde que me encontraba en esos parajes lo que percibían mis sentidos se hubiese magnificado en intensidad y en belleza. Tal era así que por un momento lamenté no haber tomado la decisión de emprender aquella aventura mucho tiempo antes, o por no haber realizado excursiones similares cada tanto a lo largo de mi vida pasada.

Había estado ciego, o fui un verdadero estúpido.

Por todas esas razones, me hice la firme promesa de repetirla en un futuro cercano, en solitario, con mi amada esposa, o con quien quisiese acompañarme.

En los cinco días siguientes visité tres pequeñas localidades, pintorescas y dotadas de una tranquilidad sobrecogedora, con sus amables pobladores y su paisaje de belleza natural.

Para el séptimo día, y hoy lo recuerdo muy bien, tomé por un camino lateral, un desvío que partía del sendero que estaba transitando. No sé si fue por mi curiosidad, acrecentada por el deseo de saber hacia dónde conducía, ya que no figuraba en el mapa, o simplemente porque así lo quiso el destino.

Luego de unas dos horas de firme marcha, habiendo ya recorrido casi diez kilómetros, me detuve a descansar un rato sentado sobre una gran roca. Encendí un cigarrillo y comencé a pensar seriamente en volver sobre mis pasos, pues al parecer aquella vía no conducía a ninguna parte.

¿Dónde desembocaría el estrecho camino?

¿En alguna localidad que no figuraba en mi mapa?

¿Tal vez en algún rancho agricultor o ganadero?

—Vaya uno a saber —dije en voz baja.

Cuando estaba a punto de regresar por donde había venido, la simple y mera curiosidad, y un empecinamiento de último momento, me acicatearon a continuar por aquella senda.

Otras dos horas de marcha sin llegar a ninguna parte en concreto aumentaron mi intriga, por lo que, en vez de desistir, me empeñé aún más en continuar en aquella dirección.

De pronto, a poco más de cien metros de donde me había detenido a encender otro cigarrillo, logré divisar un cartel que asomaba en un recodo próximo.

Eché a andar y me detuve al llegar al pie del mismo.

No era muy grande en dimensiones, con un fondo de color blanco donde unas letras rojas decían: "ALCIDES".

—Por fin he llegado al pueblo de Alcides —dije por lo bajo.

Estaba por retomar la marcha por aquel camino, que presuntamente conducía hasta ese pueblo, cuando advertí que a un lado de aquel cartel se erigía un pequeño trípode de un metro de altura, pintado en negro, y en cuya cúspide se hallaba emplazada una base circular de unos veinte centímetros de diámetro. Sobre ella se hallaba fija una flecha, cual la aguja de una brújula.

La curiosidad hizo que me acercara, para descubrir que en aquella base, dividida en cuatro sectores, estaba escrito:

TE QUEDARÁS / NO TE QUEDARAS / TE QUEDARÁS / NO TE QUEDARÁS.

Sonreí al pensar en la ocurrencia de su creador y decidí echar a girar la flecha para ver qué me tocaba en suerte.

Por fin, y luego de varias vueltas, se detuvo indicando "TE QUEDARÁS".

—Entonces me quedaré —dije en voz alta, para luego agregar sonriendo—: Al menos por hoy.

Eran un poco pasadas las doce del mediodía y comenzaba a sentir las quejas de mi estómago vacío, lo cual hizo que apurara el paso. Tenía toda la intención de comer algo en una cantina o posada que pudiese encontrar en aquel ignoto pueblo.

Minutos más tarde transitaba por lo que supuse se trataba de la calle principal. El lugar no tenía nada de nuevo, muy similar en aspecto a otros lugares pequeños que había visitado en esos días. A simple vista, luego de andar unas cinco cuadras, pude estimar que se trataba de una pequeña población, a lo sumo de diez calles de largo por otras seis o siete de ancho; no más que eso.

A mi paso recibí el saludo amable de algunos lugareños que deambulaban a pie o en bicicleta. Así, luego de unos minutos, me detuve un instante para preguntar a un hombre de unos sesenta y tantos años que barría el frente de una barbería:

—Disculpe usted, caballero, ¿podría indicarme un buen lugar donde comer algo?

El tipo me miró y sonrió, enseguida respondió:

—¡Ah! ¿Un forastero, eh? Continúe usted dos calles más y sobre la derecha encontrará el bar de Angie. A propósito, ¿encontró ya dónde alojarse?

—No, esteee, pienso almorzar, dormir un poco y por la tarde probablemente me marcharé.

—Ahhh, entiendo... pero si va a quedarse, yo tengo una vivienda desocupada que con gusto le rentaré. Además le diré que a orillas del lago hay un par de playas hermosas, y a sólo cinco minutos de caminata desde aquí. Sé que apreciará tomar un poco de sol o tal vez darse un baño.

Pensé en lo que me había dicho y le respondí que tal vez lo viera luego. De todas maneras, continué hasta la pequeña taberna, propiedad de la tal Angie.

El lugar era pequeño pero muy pulcro y bien arreglado, una barra con taburetes para cinco personas y unas diez mesas con sus respectivos grupos de sillas alrededor. Allí seis despreocupados parroquianos, en dos grupos de tres, bebían y charlaban alegremente.

Al verme ingresar al local, sus miradas se volvieron hacia mí con un no disimulado asombro. Me pareció escuchar que uno de ellos susurraba:

—Miren, uno nuevo...

El resto de lo que dijo no pude percibirlo con claridad, dado el bajo volumen de su voz, evidentemente para que yo no me percatara. Pero era algo así como:

—¿Qué le habrá...?

Resté importancia al hecho y me acomodé en la barra. Enseguida, proveniente de una puerta detrás, apareció una mujer cincuentona, que al verme agrandó sus ojos y mostró una amplia afable sonrisa.

—¡Muy buenos días, forastero! ¿Qué desea tomar o comer?

Devolviéndole la sonrisa le respondí:

—Desearía comer algo. No sé qué puede ofrecerme... Y además tomaré una cerveza.

—Le aclaro, caballero, que todo lo que usted puede comer aquí es auténticamente casero y también la cerveza. Tenemos huevos con tocino, jugosa carne a la plancha, verduras frescas en ensaladas, pasteles de carne y jamón, puré de papas...

—Humm, la verdad todo eso suena exquisito. Comeré huevos con tocino y un poco de puré de papas, pero la cerveza prefiero que sea comercial.

Y concluí diciéndole la marca que yo prefería.

—Lo siento caballero, pero toda las bebidas son caseras... Créame que son muy buenas, míster...

—Aldridge, Jim Aldridge. Está bien, tomaré una cerveza casera —respondí.

De todas maneras probaría algo nuevo y... ¿qué tan malo podría llegar a ser?

Almorcé opíparamente, y a decir verdad, la cerveza era de verdad muy buena, tal como lo había mencionado Angie.

Dispuesto ya a retirarme, solicité la cuenta por lo consumido y ella preguntó:

—¿En moneda local o en dólares?

La pregunta me resultó un tanto desconcertante y absurda, pero enseguida respondí que abonaría el importe de mi almuerzo en dólares; por lo que ella dijo:

—Siete con cincuenta.

Le alargué un billete de diez, indicando que se quedara con el cambio.

Luego, enfilé hacia el pequeño lago local, guiado por un par de carteles que indicaban el camino. Caminata de por medio, al llegar, me eché despreocupadamente en la muy pulcra arena de una de las playas a la orilla, donde me quedé profundamente dormido, pues cuando desperté ya eran casi las cuatro y media de la tarde.

En aquel momento, decidí de repente marcharme de aquel sitio para continuar mi travesía. Desanduve el camino hasta el lago y desde allí el camino que conducía hasta Alcides, pasando por su cartel de bienvenida con la extraña ruleta a su lado.

Al pasar junto a él, sonreí pensando en cuál habría sido, en realidad, la idea del creador de aquella tonta ruletita.

—Vaya a saber —me dije.

Un par de horas de marcha sostenida hicieron que me detuviera a descansar por un momento; sentándome al costado del camino, y próximo a una curva que estaba un poco más adelante.

Estaba disponiéndome a encender mi cigarrillo, que ya sostenía entre los labios, el tercero en aquel día, cuando divisé una mancha blanca que sobresalía de la curva ahí adelante.

Me puse de pie de inmediato, pues quería negar lo que estaba viendo. Troté apurado y lo más rápido que pude con aquella pesada mochila sobre mis hombros, hasta que llegué a la curva, sólo para comprobar mis sospechas.

El cigarrillo cayó de mis labios y mi boca quedó abierta en un gesto de perplejidad absoluta.

Me hallaba frente al blanco cartel que anunciaba con sus rojas letras "ALCIDES".

¡¿Cómo es esto posible?!, dije para mis adentros.

Qué endemoniado rodeo había dado sin darme cuenta. No podía haber errado tanto la dirección en que marchaba. Me resultaba imposible y tremendamente desconcertante encontrarme de nuevo en la entrada de aquel pueblucho, pero por desgracia así era, ni más ni menos.

Maldije el tiempo perdido y, girando con rabia sobre mis pies, comencé a caminar en dirección contraria, esta vez valiéndome de la brújula que traía conmigo.

Lo que más llamaba mi atención era que no había otras sendas, caminos laterales, o bifurcaciones que pudiesen haberme confundido para llevarme de nuevo hasta aquel lugar. Nada.

Dos horas más tarde el sol se ocultaba, pero aún así decidí avanzar un poco más, con la esperanza de llegar a la carretera principal y al sitio donde nacía aquel camino que desembocaba en Alcides.

No tuve mayor problema en continuar mi marcha en medio de la noche, pues la luna llena brillaba en todo su esplendor. Ni siquiera tuve necesidad de utilizar mi linterna.

Al cabo de media hora más, y cuando doblaba uno de los tantos recodos, me detuve en seco.

Ante mí, y a sólo unos treinta metros, se erguía de nuevo el dichoso cartel blanco con sus letras rojas.

Lancé un insulto a viva voz y me tomé la cabeza con ambas manos. No sabía qué rayos estaba sucediendo. ¿Me habría extraviado debido a la oscuridad? No, eso resultaba imposible, el camino era uno solo y no cabían dudas.

¡Llegar al mismo lugar luego de cuatro horas de marcha no representaba algo normal!

Estaba más que confundido, y no hallaba una explicación lógica; por lo que, cansado como me encontraba, armé con rapidez la tienda de campaña a un lado del cartel y, enfundado en mi bolsa de dormir, decidí que lo mejor sería dejar todo para el día siguiente.

Desperté como a las nueve de una mañana radiante de sol, sin una nube en el azul y diáfano cielo. Me desperecé estirando mis brazos y mis piernas, dejando por el momento de lado el tema de que estaba anclado en aquel sitio desde el día anterior, y me preparé un poco de café caliente. Para eso hice un pequeña fogata con ramas secas a la orilla del camino.

Bebía de a sorbos aquel elixir pues supuse que despejaría un poco mi mente, mientras contemplaba aquel maldito nombre de Alcides.

Vaya nombre con que te han bautizado. ¿Quién habrá sido? ¿Tal vez el fundador?, pensé por un momento.

Cuando terminé mi café, acompañado de un par de galletas, recogí mis pertenencias y partí de nuevo alejándome, o simplemente tratando de hacerlo. Alejarme de aquel pueblucho de mala muerte y que ya comenzaba a odiar. Además, y como era de esperarse, no tenía la más mínima intención de regresar a él.

Algo que me resultaba por demás de extraño era el simple hecho de que no había visto transitar en lo absoluto ni un solo automóvil o algún otro vehículo, ni siquiera un ocasional caminante.

Cuando dos horas más tarde arribé al mismo sitio de entrada a Alcides, casi sufro un colapso.

Estuve a punto de desmayarme y mi corazón se aceleró. En ese preciso instante supe que lo que estaba ocurriendo era algo sobrenatural; no sabía por qué ni cómo, pero algo extraño sucedía conmigo y con aquel maldito sitio.

Comencé a pensar que era obra de extraterrestres, como recordaba haber visto en algún film, o que tal vez yo había traspasado, y vaya a saber cómo, un insólito portal hacia otra dimensión.

Mi ahora acalorada mente trataba de explicar lo inexplicable a través de una cantidad de ideas fantasiosas que acudían repentinamente a ella.

Luego de cavilar un rato, decidí que lo mejor sería entrar de nuevo en aquel pueblo y tratar de resolver el entuerto de alguna forma lógica y coherente, si es que la había.

Ingresé por la calle principal, y desde allí en adelante comencé a observar con cuidado, tratando de registrar hasta el más mínimo detalle en mi mente de todo lo que mis ojos veían.

Un poco más tarde, y como si nada ocurriera en realidad, me hallaba en el bar de Angie, acuciado por la sed, bebiendo una cerveza casera bien fría. La mujer me atendió con simpatía y cortésmente, como si nada pasara e igual que la vez anterior. Sin embargo noté que me observaba bastante, como esperando a que yo dijese o preguntase algo.

Por supuesto, no lo hice.

Otros parroquianos que allí había también me observaban más de lo normal, para mi gusto. Por fin Angie rompió aquel tenso silencio que se había producido en algún momento y dijo:

—¿Y, que tal? ¿Le gusta nuestro pueblito?

—Sí, es muy bonito —respondí haciendo una mueca.

Un poco más tarde abandoné el bar de Angie y, más adelante, me detuve en la acera para observar a un vecino que continuaba lavando prolijamente su automóvil, y que yo había observado al llegar.

Me acerqué y estirando la mano me presenté:

—Jim Aldridge.

El hombre, que tendría unos cincuenta y tantos años, interrumpió su tarea y me echó una mirada de arriba a abajo, luego estiró enseguida la suya para darme un efusivo apretón mientras, con una sonrisa, decía:

—John Peltier. Es un verdadero placer, señor Aldridge.

—Hermoso automóvil tiene usted, míster, un poco viejo pero muy bien cuidado. ¿Lo usa a menudo?

La última pregunta debió caerle como un balde de agua fría. Detuvo con brusquedad la labor que había recomenzado hacía unos segundos y, mirándome fijo y serio, me respondió escuetamente:

—No mucho.

Luego de aquel cambio repentino en su expresión me pareció que tenía la intención de agregar algo más pero se arrepintió. Luego continuó con su lavado, sin siquiera mirarme nuevamente a la cara.


Ilustración: Daniel Erazo

Continué mi caminata hasta salir de Alcides por el extremo opuesto al que había ingresado, pasé junto a parcelas de cultivos varios donde los pobladores se encontraban trabajando arduamente. Luego, tomé por un estrecho camino de tierra y anduve por más de una hora; por fin, atravesé un hermoso y tupido monte donde me detuve para echar un vistazo a mi mapa.

Con sorpresa descubrí que aquella zona realmente no existía en él, o al menos no figuraban detalles u otra información gráfica que indicara la existencia de un pueblo.

Continué mi marcha durante una hora más, y luego de atravesar otro monte de árboles, pude divisar más adelante, y para mi total sorpresa y desazón... nuevamente Alcides.

Créanme si les digo que me pasé el resto de aquella terrible jornada entrando y saliendo por distintos caminos, pero retornando siempre e inexorablemente a aquel maldito lugar.

Cuando cayó la noche, recurrí al hombre que había encontrado la primera vez que había ingresado a Alcides, y que me había ofrecido alojamiento. La barbería ya había cerrado sus puertas, sin embargo él se hallaba aún en la entrada del negocio.

Cuando me vio, esbozó una sonrisa.

Me acerqué y le dije:

—¿Me recuerda usted? He decidido aceptar su oferta de lugar para alojarme.

—¡Cómo voy a olvidarlo! Venga, acompáñeme, le gustará, y además el precio será muy accesible, míster... A propósito, mi nombre es John Collins.

—Jim Aldridge —dije, presentándome.

La vivienda a la que me condujo se trataba de una casa pequeña pero muy agradable, prolijamente arreglada, con un jardín en su frente donde lucían su colorido unas flores muy bonitas, además de un patio trasero con un par de árboles de mediano tamaño.

Allí pase la noche y por la mañana siguiente, luego de ordenar un poco mis ideas, decidí salir a recorrer el pueblo en forma mucho más exhaustiva. La única librería del lugar no tenía mucho que ofrecer, pero al menos pudo proveerme de papel y lápiz. Así, con estos dos elementales utensilios, me propuse trazar un detallado plano del pueblo y sus inmediaciones. Ello, suponía yo, me permitiría evaluar una posible ruta de escape del siniestro sitio. Pues más que una salida, ahora lo consideraba realmente un escape de vaya a saber qué poder o fuerza misteriosa que se empeñaba en retenerme.

Por la tarde examiné el plano que había dibujado con prolijidad y detalle, para simplemente descubrir que era un plano común y corriente. Sólo que todas las entradas o salidas, que ya había recorrido, se perdían en la nada para luego retornar a Alcides. Era como si dieran una gran curva para luego volver al punto de partida, ingresando de nuevo en el poblado en una dirección distinta.

Al siguiente día decidí intentar otra vía de salida.

Esta vez, decididamente no tomaría por un camino o una senda, sino que marcharía en una dirección determinada, atravesando montes, pastizales o lo que fuera. La lógica me decía que si no perdía el rumbo, orientado por mi brújula, lograría al fin salir de ese pueblo.

Así lo hice; escogí la dirección norte y comencé una ardua y dificultosa travesía, sin apartar, por supuesto, la vista de la aguja de mi instrumento de orientación.

Pero muy a mi pesar y luego de muchas horas de penoso andar, creo que alrededor de seis en dos intentos diferentes, mis pasos me condujeron de nuevo a Alcides.

Regresé a la casa que había rentado, donde comencé a gritar desaforadamente, presa de un descontrolado ataque de ira y nervios, hasta quedar casi mudo por la ronquera.

¿Qué era lo que sucedía?

¿En qué endemoniado lugar me encontraba atrapado?

¿Sería obra de algún ente?

¿Tal vez obra de Dios, y de cuya existencia siempre tuve dudas, y ahora Él me daba una lección de aquella manera cruel?

No lo sabía.

Cuatro días más tarde ya conocía a muchos de aquellos pobladores y había ensayado más de una docena de caminatas por distintos rumbos, buscado huir, pero sin lograr nada en absoluto. La gente que allí vivía se abastecía, obviamente, con lo que ellos mismos producían, pues observé que ningún producto, de la índole que fuera, entraba ni salía de Alcides.

Es más, al parecer nada de nada entraba ni salía.

Pasado un tiempo, sus pobladores no tuvieron reparos en charlar amablemente conmigo; pero apenas trataba de indagar de forma sutil qué era lo que allí sucedía, cambiaban de tema o simplemente interrumpían de repente la conversación y se despedían apurados, se alejaban de mí. Casi todas las veces alegaban haber olvidado que tenían que hacer tal o cual cosa importante.

Mirando el plano que yo mismo había dibujado, advertí que Alcides tenía una pequeña estación del ferrocarril; incluso había pasado frente a ella sin darle importancia en aquel momento.

Me di una palmada en la frente y exclamé:

—¿Cómo pude ser tan, pero tan estúpido?

Hacia allí me dirigí de inmediato.

Se trataba de una prolija edificación a todas vistas antigua, pero en perfecto estado de conservación, con sus paredes de ladrillo color marrón y su techo de tejas rojas a dos aguas.

Un corto corredor atravesaba el edificio justo en la mitad, y conducía desde la parte que daba al pueblo hasta el andén, por donde pasaban los rieles.

¿Cómo pude haber sido tan idiota de no percatarme?, pensé.

Atribuí el hecho de no registrar la existencia de aquella estación a mi calenturiento frenesí por huir a toda costa de aquel lugar.

Una vez allí, casi corrí hasta la pequeña ventanilla de la boletería que daba hacia el andén y las vías. Me detuve, y con mis nudillos golpeé ansiosamente el vidrio.

Enseguida apareció un anciano algo adormilado, que con seriedad me preguntó:

—¿Qué es lo que se le ofrece, señor?

Lo miré fijo y le dije:

—¿Hacia dónde puedo viajar desde aquí?

—El único servicio es hasta el parador de Junction River.

—Bien, bien, ¿y a qué hora pasa el tren —pregunté con ansiedad.

—A las once de la mañana, aproximadamente —respondió el anciano.

Sonreí de buena gana y una loca euforia se apoderó de mí. Tan fuerte era que no dejé de reír y sonreír, con la apariencia de un enajenado.

El boleto me costó trece dólares y, luego de retirarlo, tomé asiento en el único banco que había en el lugar, a esperar con impaciencia el arribo del tren que, por lo que presumía, me sacaría de aquel sofocante sitio.

Eran las once y diez y yo aún esperaba.

Cuando comenzaba a pensar que el tren no arribaría nunca a aquella estación, y que todo era un cruel y triste engaño, justo a las once y veinte, cuando ya me dirigía hacia la boletería dispuesto a tomar del cuello a aquel anciano timador con el propósito de que me brindara explicaciones, a mis oídos llegó, sobresaltándome, el conocido silbato.

No podía creerlo, pero estaba ocurriendo.

El pequeño convoy, compuesto por una negra y antiquísima locomotora a vapor, su vagoneta depósito de carbón y dos vagones de pasajeros detrás, arribó traqueteando para detenerse en medio de sibilantes chorros de vapor.

No podía dar crédito al maravilloso suceso, y dudaba ya que estuviese ocurriendo en realidad. Mis ojos lagrimeaban, y hasta saludé emocionado al conductor que se asomaba fuera de su máquina, quien, al igual que el empleado de la boletería, era otro canoso anciano.

Subí y me acomodé en uno de los asientos del primer vagón.

No había pasajeros además de mí, algo que me llamó poderosamente la atención, por lo que me puse de pie y me desplacé hacia el siguiente.

Nadie.

Yo era el único en ambos vagones.

Esto es muy raro, pensé.

Por fin, y luego de una espera de diez minutos, el tren comenzó a moverse, luego de que la locomotora emitiera un par de pitidos anunciando su partida.

Media hora más tarde, cuando yo estaba terriblemente ansioso por llegar al lugar llamado Junction River, el tren disminuyó la marcha y se detuvo. Intrigado, me asomé por la ventanilla, y con tremenda alegría pude leer un negro y alargado cartel donde con letras blancas decía "Junction River".

Bajé apresuradamente y a los tropezones de aquel vagón, embragado por una emoción inimaginable. Había descendido sobre el pedregullo del terraplén de las vías y junto a aquel cartel.

Pero allí no había nada, sólo una larga hilera de pinos bien recortados. Pensé en ese momento que era probable que, por un error involuntario de mi parte, hubiese descendido del lado opuesto a la estación del ferrocarril.

Cuando el tren al fin partió, observé que frente a mí sólo había otra interminable hilera de árboles, nada más.

Estaba en medio de la nada. ¿Podía ser cierto?

Crucé las vías corriendo, desesperado, hasta casi chocar del otro lado con un cartel de chapa bastante más pequeño y bastante oxidado que decía:

"PARADOR JUNCTION RIVER

DISFRUTE USTED DE ESTE MAGNÍFICO

LUGAR DE DESCANSO Y DE SU

HERMOSA PLAYA JUNTO AL RÍO"

Maldije en voz alta. En mi apuro por abandonar Alcides no había preguntado al anciano de la boletería qué era ese lugar llamado Junction River.

Ahora sabía que sólo era un parador. De todas maneras, al rato decidí que no debía hacerme tanto problema, pues al menos había abandonado el endemoniado pueblucho y ahora, desde donde me encontraba, podía dirigirme hacia cualquier otra parte.

Decidí cruzar una línea de setos por un sendero que encontré más adelante y, siguiendo por el mismo, luego de un corto trecho, llegué a orillas de un río de aguas transparentes donde yacía una desierta y hermosa playa de arenas blancas.

Nada más. Ninguna persona a la vista.

A la fresca sombra de un árbol, comí unas galletas que traía en mi mochila, y que entre otras cosas eran las últimas. Luego reemprendí la marcha.

Comencé a caminar siguiendo los rieles del ferrocarril en el mismo sentido en que había llevado su marcha el tren, esperando con ansiedad arribar a alguna población rural. No me importaba esta vez el tiempo que me demandase la caminata.

Por la tarde, y luego de cuatro largas horas.... arribé de nuevo a Alcides.

Ya en la casa que rentaba, me eché sobre la cama y comencé a llorar como un chiquillo. Mi voluntad y mis esperanzas de salir de allí se habían desmoronado, junto con mi ánimo. Se habían quebrado como un frágil palillo de madera.

Al siguiente día abandoné la casa en sólo dos oportunidades, ambas para comer en el bar de Angie y estrictamente durante el tiempo necesario que me demandó.

Mi cerebro navegaba en un mar de confusión y descabelladas ideas.

Pero por fin comprendí que debía serenarme y buscar una solución de forma tranquila y ordenada. Supe que no debía caer presa del pánico, pues mi inestabilidad emocional me conduciría inexorablemente al enajenamiento.

Un par de días más tarde, y habiendo recobrado bastante la serenidad, me dirigí a un edificio donde, según anunciaba en su fachada, funcionaba el ayuntamiento. Supuse que era el lugar indicado para recabar información sobre aquel endemoniado pueblo, sobre sus orígenes, y todo sobre su historia, si es tenía alguna.

Me recibió un señor mayor, quien dijo ser el alcalde. Con mucha amabilidad, arguyendo tener que marcharse por un asunto urgente, me invitó a pasar, e inexplicablemente me otorgó permiso para que yo mismo investigara lo que deseara. Sólo me recomendó que cuando concluyese dejara todo donde lo había encontrado. Luego se marchó sin más.

Encontré una biblioteca como cualquier otra, con gran cantidad de literatura de toda clase, una oficina de información con libros conteniendo actas de nacimiento y defunciones, otros libros con registros de obras de infraestructura y mejoras realizadas en el pueblo; nada más.

En determinado momento, me llamó poderosamente mi atención una pequeña puertita lateral. Luego de abrirla, producto de mi curiosidad, pude comprobar que conducía a un cuarto de paredes descascaradas, donde yacía una cantidad de cachivaches de todo tipo, apilados a diestra y siniestra.

Iba a retirarme, cuando no sé por qué rara intuición decidí investigar entre los trastos.

Luego de revolver un poco, descubrí un viejo cartel corroído y despintado con el nombre de Alcides. En un instante me di cuenta de que, con toda certeza, había sido retirado para ser reemplazado por uno nuevo; era lógico. Pocos minutos más tarde encontré otro, aparentemente más viejo que el anterior, y luego otro, y otro más, y así hasta que para mi sorpresa uno de ellos decía "ALSIDES".

El nombre estaba escrito con una "S" en el lugar donde debía haber una "C".

De improviso, escuché un extraño ruido detrás de mí y giré al instante, para ver de dónde provenía.

Se trataba de un hombre de alrededor de cuarenta años de edad que me observaba inquisitivamente, con un balde en una mano y un cepillo de cabo largo en la otra.

Entonces me apuré a decir, con la intención de que no sospechara que yo estaba haciendo algo malo:

—Ehhh... el alcalde me autorizó a investigar. Mi nombre es Jim Eldridge y soy nuevo aquí.

—Bien, no hay problema. Mi nombre es Jack Hollis y me encargo de la limpieza de los edificios públicos —contestó gentilmente.

Estaba a punto de retirarse cuando lo llamé para preguntarle:

—¿Sabe usted por qué este cartel dice "ALSIDES" y no "ALCIDES"? —Lo señalé.

—Según tengo entendido, ese viejo cartel estuvo colocado muchos años, hasta que se decidió que estaba mal escrito el nombre, y cuando hubo que reemplazarlo se procedió a escribir "ALCIDES" con la letra "C". ¿Alguna otra pregunta? —dijo el hombre.

—No, no. Está bien —respondí.

El tal Jack se retiró y yo continué revisando.

Pronto me topé con otro cartel aún más antiguo que los anteriores, y donde aún se leía a duras penas no sólo el nombre de ALCIDES mal escrito, sino que estaba de la siguiente forma:

"ALSI DES"

Aparentemente habían ido reemplazándose unos tras otros con el correr de los años, al volverse éstos inservibles. Sólo que este último parecía ser el más antiguo de todos. Llamó poderosamente mi atención la forma en que estaba escrito; por ello, lo llevé hasta que la claridad del exterior, que penetraba por una de las ventanas, lo iluminó plenamente.

No había nada extraño en él, sólo las extrañas separaciones, como si entre ellas faltasen algunas letras. De inmediato, decidí indagar sobre aquel hecho que despertaba mi curiosidad, por lo que me dirigí hasta el escritorio del alcalde. Rebuscando en uno de sus cajones hallé una poderosa lupa, con la que regresé para observar con más detalle la inscripción.

Un rato más tarde había reconstruido aquel maldito nombre y me hallaba mudo, asombrado; pero tal vez un poco más satisfecho por haber hallado la razón por la cual aquel endemoniado lugar se llamaba de esa manera.

Con ayuda de la lupa y un trozo de tiza, fui observando bien de cerca, marcando luego con ésta lo que aparentaban ser microscópicas huellas de pintura vieja.

El cartel, finalmente decía:

"SALSIPUEDES".

Deduje que bien justificado estaba el nombre con que estaba bautizado el pueblo, y que por cierto obedecía a una verdad irrefutable y absoluta, que desgraciadamente estaba viviendo en carne propia en aquel momento.

¡No podía salir!

En los días siguientes, y durante un par de semanas, traté de huir a través de lo que consideré vías de escape alternativas. Pero todos mis esfuerzos resultaron siempre en vano. Inexorablemente.

Incluso intenté probar la suerte, girando como un enajenado, una y mil veces la extraña ruleta que yacía en la entrada del pueblo, también sin resultado. Al terminárseme el dinero que traía conmigo no tuve otra alternativa que buscar un empleo, y por suerte no me resultó difícil de hallar, ya que los integrantes de aquella comunidad, a la cual ahora yo pertenecía, solidarios entre sí en su desgracia de estar allí varados, no dudaban en brindarse ayuda mutua.

Así, con el tiempo escuché los muchos rumores que corrían de boca en boca entre sus habitantes. Rumores que se comentaban muy en secreto y a modo de leyendas. Pero todos giraban en torno a la manera de escapar, y de cómo algunos de sus habitantes, presuntamente, habían abandonado el sitio, pues de la noche a la mañana nunca más se había tenido noticia de ellos.

No faltaban historias que afirmaban que si no se hablaba del tema de escapar, o simplemente se olvidada uno de aquello, un buen día se lo lograba. Pero en todos los casos el misterio de por qué era imposible abandonar SALSIPUEDES o ALCIDES, como ustedes prefieran llamarlo, permanecía esquivo al conocimiento de sus moradores. Creo que muchos habían quedado atrapados al igual que yo, y otros, los más jóvenes, al parecer habían nacido en aquel pueblo. No puedo decirlo con certeza pues nadie me lo confesó abiertamente.

Luego de tres meses en SALSIPUEDES conocí a Caroline Baker, hermosa mujer de treinta años con la que estreché vínculos de amistad. No seré hipócrita con respecto a este tema, pues debo confesar que me sentía muy atraído hacia ella, y no precisamente con intenciones de ser su amigo.

Fue la única persona de aquel lugar con la que yo hablaba abiertamente sobre aquel espinoso tema, y pienso que para ella también yo era su único confidente.

Un buen día, una idea, que para ser honesto no sé si calificarla como descabellada o genial, acudió a mi mente. Pensé que era muy posible que existiera alguna línea, barrera o límite, que dividiera aquella zona; barrera infranqueable para sus pobladores pero de alguna manera penetrable para los del exterior. Pues yo había penetrado como si tal cosa. El quid de aquella cuestión era descubrirla, para luego buscar la forma de traspasarla, terminando así con aquella aterradora realidad que estaba viviendo y que día a día se tornaba más opresiva.

Pero para mi desgracia, por mucho que busqué y rebusqué durante los meses que siguieron a ocurrírseme aquella teoría, tampoco obtuve ningún resultado positivo. Sólo logré retornar cada vez al pueblo maldito, tan simplemente como había salido.

Un buen día, cuando llevaba casi un año de vivir prisionero y mis esperanzas de abandonar SALSIPUEDES casi se habían desvanecido, me hallaba yo sentado y meditando a un costado del camino, justo en la entrada del poblado, cuando de repente se acercó un joven con una voluminosa mochila sobre sus hombros, sin que yo advirtiera su presencia en un primer momento.

—Disculpe, míster... —su voz rompió el silencio de aquella tranquila mañana, haciendo que me sobresaltara.

Entonces, casi sin poder dar crédito a lo que mis ojos percibían, lo miré fijo por un instante y con voz temblorosa le pregunté:

—¿Tú... tú no vives en SALSIPUEDES, verdad?

—En ALCIDES, querrá decir, si es que al pueblo próximo usted se refiere —contestó con tranquilidad.

—¡Sí, sí, ALCIDES, o como diablos quieras llamarlo! —exclamé.

—No. No vivo allí, y es más, ni siquiera lo conozco —afirmó sonriendo.

El joven de unos veintitantos años, al verme tan nervioso, preguntó luego:

—¿Se siente usted bien?

Lo miré con fijeza y lancé la temida pregunta:

—¡¿Te has acercado al cartel?! ¡¿Has jugado a la ruletilla maldita?!

El muchacho debió pensar que estaba loco, pues sin decir más dio media vuelta y se dirigió hacia la entrada.

—¡Detente! —grité desesperado, y me puse de pie.

Al escuchar mi grito, el joven se detuvo en seco y se volvió con rostro temeroso.

—¡Por lo que más quieras... no entres en este lugar maldito y menos te acerques al cartel o a su ruletilla del demonio! ¡Gracias a Dios!

Él continuó mirándome fijo, desconcertado, lejos de entender lo que yo trataba de advertirle.

Percibí su confusión, por lo que le dije:

—No creas que estoy demente o algo por el estilo, sólo confía en mí. No te acerques a esa entrada, pues si en algo aprecias tu libertad, darás media vuelta y te marcharás de inmediato.

El muchacho no se atrevió a articular palabra, probablemente me vio aspecto de loco, pues dio media vuelta y comenzó a alejarse de allí. Fue en ese preciso instante cuando una luz iluminó la oscuridad de mi mente y se me ocurrió aquella loca idea.

—¡Espera! —le grité con toda la fuerza de mi voz.

El joven se detuvo en seco, y entonces en veloz trote lo alcancé de inmediato.

—Iré contigo... si no te molesta que te acompañe. Sólo por un trecho... Te prometo que no hablaré si tú no lo deseas —le dije sonriendo.

¡Si él sale, y yo estoy junto a él, entonces también saldré!, pensé.

Él me miró con cierta desconfianza, y asintió con la cabeza para luego decir:

—Está bien, por mí no hay problema.

La caminata se prolongó unas cuatro horas, y como era de esperarse, fuimos charlando durante casi todo el tiempo. Mi mirada estuvo siempre fija en él, porque temía que si la apartaba por un segundo, aquel joven se esfumaría ante mí por alguna misteriosa y desconocida causa.

Primero permanecí muy nervioso, pues esperaba que ocurriera algo raro; todavía no creía que la simple e ingenua solución diera resultado; pero luego me calmé y decidí que más me valía pensar en otra cosa.

Tuve así tiempo de relatarle mi aterradora experiencia, y entonces él comprendió, o por lo menos así lo creí, por qué yo había evitado que entrara en SALSIPUEDES, o ALCIDES, como mejor gusten llamarlo.

Por fin, tras unas horas de marcha, llegamos a la carretera, donde nacía el desvío hacia aquel lugar maldito. Con una alegría tremenda vi pasar de largo un par de automóviles. La simple vista de aquellos vehículos me estremeció hasta las fibras más íntimas. Reía y lloraba a la vez, y me embargó una felicidad nunca antes experimentada.

Por fin, luego de un rato nos separamos, pues le dije que debía descansar un poco y que además necesitaba permanecer a solas un par de horas.

Creo que aquel joven, desorientado, francamente nunca tuvo una buena idea acerca de mi cordura.

Nos estrechamos las manos y allí mismo él continuó por su camino, y yo me senté a un costado a fumar con tranquilidad un cigarrillo que amablemente me ofreció antes de irse. Hoy pienso que se alegró de liberarse de mi compañía.

No sabía dónde me encontraba o en qué dirección debía encaminarme, pero poco me importó en aquel momento.

Poco después regresé a mi hogar, causando tremenda sorpresa a todos, por supuesto en mayor grado a mi esposa. Mi imprevista aparición sin mochila ni pertenencia alguna encima, tanto tiempo después y cuando me daban por muerto, se trataba de un hecho extraño e insólito a la vez.

No quise narrar a persona alguna mis peripecias, nada en absoluto sobre lo que me había ocurrido, pues seguro terminaría mis días en un manicomio.

Así, pasaron diez años desde mi aterradora estancia en SALSIPUEDES.

De donde yo pude salir.

Un buen día, y cuando toda aquella odisea había quedado atrás, pero juro que no había sido olvidada, decidí regresar a aquel sitio para investigar a fondo, y no quiero que por esto me juzguen de loco, demasiado audaz o desafiante.

Claro está que tomé mis precauciones, tres amigos me acompañaron, mi esposa, y además dos automóviles de policía locales, que gustosos se ofrecieron a escoltarme al saber que les daría un buen dinero extra.

Poco más tarde, el cuerpo comenzó a temblarme cuando a través del parabrisas del automóvil vi el blanco cartel, ahora muy deteriorado, y que decía "AL SI DES".

El cambio en aquel nombre me produjo una gran intriga; pero lejos estaba yo de imaginar que más adelante, y al llegar, me encontraría con un pueblo abandonado, en apariencia hacía muchos, muchos años.

Descendí del automóvil mudo de miedo en medio de aquellas ruinas, sólo para escuchar que uno de los policías me decía:

—Este pueblucho está abandonado desde hace unos... yo diría cuarenta años, si mal no recuerdo.

Lo miré intrigado y pregunté de inmediato:

—¿Está usted seguro?

—Por supuesto. He nacido, y siempre he vivido, muy cerca de aquí —respondió sonriendo.

Solicité que por favor me dejaran solo, y comencé a recorrer sus abandonadas y polvorientas calles. Yodo lo que había eran edificaciones y casas en ruinas. Por último me dirigí hacia el cementerio y, sin saber muy bien por qué, pensé que encontraría en aquel lugar alguna respuesta.

Comencé a leer las inscripciones en las lápidas, y descubrí con horror algunos epitafios:

"Aquí yace Angie Williams" 1906 - 1956.

"Aquí yace John R. Peltier" 1898 - 1962. Fallecido en accidente automovilístico.

Pero mi corazón dio un vuelco, y casi se detuvo, al leer en una vieja y casi ilegible lápida blanca: "Caroline Giselle Baker" 1893 - 1934

No seguí leyendo pues era inútil hacerlo.

Salí de allí desconcertado y confundido, trepando con rapidez al automóvil, y ante el asombro de mis acompañantes, sólo dije:

—Vamos... no hay más nada que ver.

El resto del viaje de regreso permanecí encerrado en un total mutismo.

Nunca mencioné a persona alguna todos estos hechos, pero les juro que fueron ciertos y aún hoy, vívidamente los recuerdo.



Carl Stanley (seudónimo) nació en Rosario, Argentina, hace más de cincuenta años; es amante del río Paraná y de las novelas de aventuras. Pasó su infancia entre el bullicio del centro y las islas frente a la ciudad, donde su padre tenía una cabaña a un par de cientos de metros del viejo faro de Rosario, (hoy desaparecido). Su afición por la literatura novelesca lo impulsó a escribir sus dos primeras novelas, En la ruta del sol y Kram.

Hemos publicado en Axxón: EL EXTRAÑO CASO DEL SEÑOR WILSON (187)


Este cuento se vincula temáticamente con "RÉQUIEM PARA UN CITRÖEN", de Chelo Dona (177) y "RAZONES PARA NO PUBLICAR", de Gregory Benford (183)


Axxón 189 - septiembre de 2008
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico : Fantasía : Laberintos : Brecha espacio-temporal : Cinta de Moebius : Onírico : Argentina : Argentino).

            

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