LAS ZONAS

(Cuento clásico)

Alfredo Julio Grassi

Argentina

"No puedo creer en la existencia de furtivas transiciones cuánticas
en la experiencia humana. Debe haber una zona donde lo totalmente inexplicable
se une a lo que entendemos como un hecho normal."

(Henry Margenau, ESP in the Frameworks of Modern Science)


Descendió de la astronave. Inmaculado. Sereno. Hermoso como un dios antiguo. El comandante de la primera misión solar extragaláctica. Su mirada paseó benévola por encima de los representantes de la Federación Tierra que corrían para darle la bienvenida. El objeto alargado que llevaba en la diestra era una pistola láser. El extremo se apoyó en su sien derecha y un haz micrométrico de luz altamente concentrada traspasó su cabeza, ante el gemido angustioso de la muchedumbre que lo había ido a recibir. Luego, sin preocuparse por el orificio que iba de un costado al otro de su cráneo ni por la sangre que manchaba su rostro, echó a andar en medio de la gente, que aterrada se abría para darle paso. La pared que rodeaba el astropuerto pareció no existir ante su paso. La atravesó intangiblemente y se perdió en las luces ajenas de la Tierra.

Inmaculado. Sereno. Hermoso como un dios antiguo. Inhumano.


MORIR PARA IR AL CIELO

Todo es gris. Todo es rojo. Todo es violáceo. Todo se hace incoloro y vuelve a ser rojo. Pero no era así. No debía ser así. La posición del electrón no es siempre la misma pero no cambia de posición con el tiempo. Está en movimiento constante pero está inmóvil. Puede pasar simultáneamente por tres orificios ante él, pero no pasa en ninguna dirección. ¡Qué dolor de cabeza espantoso! Debo abrir los ojos y me cuesta hacerlo.

—¿Un poco de sangre, señor? ¿No tiene un poco de sangre? ¡Se lo ruego! ¡Por favor! —La voz es un susurro obsceno. La mano de pordiosero, escuálida, lívida, se extiende hacia mi rostro. La piedad que me embarga es absoluta. La mujer me mira con sus inmensos ojos violáceos. Como el cielo de otoño. Como el aire de la noche. Como la luz tenebrosa que nos baña. Me inclino hacia ella y sus labios se distienden para mostrar dos afilados colmillos muy blancos. Que no duelen ni lastiman. Es voluptuoso. Volptuoso. Voltuoso. Volspo. Vso...

Muero gritando.

MORIR PARA IR AL CIELO. MORIR PARA IR AL CIELO. MORIR PARA IR AL CIELO.


Sí, abuelita. Todas las noches rezaré al Ángel de la Guarda para que me ampare. En vida y en muerte será mi guía. Morir para ir al cielo, abuelita.

Gris. Rojo. Violáceo. Incoloro. Rojo.

¡Ave César! ¡Los que van a morir te saludan!

El sol hiere mis pupilas y me fuerza a entrecerrar los ojos cuando salgo a la arena del circo. El corto y ancho gladio y el redondo escudo me prestan una seguridad que no experimentaba sin ellos. En la ergástula, pequeña, sin aire puro, creí morir. Pero ahora es distinto. Ella estará allí, mirándome combatir. Y no podré perder frente a esos ojos violáceos, profundos, velados por las largas pestañas. Mataré a mi adversario, que ya se acerca con su tridente y su red preparados para el combate. ¡Idiota! ¡Yo no puedo morir!

¿O sí? ¿Qué es este dolor profundo? El tridente. El "retiario" me lo ha clavado cuando alzo el rostro para mirar una vez más el sol dorado. No es justo. Porque moriré. No quiero morir, pero moriré igual, mi sangre derramada sobre la sedienta arena del circo romano. Mientras aquellos ojos violáceos me miran, me miran, me miran.

¿Morir para ir al Cielo?

¡MORIR PARA IR AL CIELO!


Gris. Rojo. Violáceo. Incoloro. Rojo...

¡Por Dios y por la Cruz! ¡Muerte a los infieles! ¡Viva el buen rey Ricardo... Ricardo Corazón de León! ¡Matad, que Dios perdona! ¡San Juan de Acre debe caer! Soy el primer caballero que asalta los muros. El primero que, aplastando sarracenos, abre paso a los Cruzados. Estoy seguro de vivir mientras todos mueren. Por la Fe. Por los ojos de ella, que desde algún sitio inverosímil me contemplan. Vivir. Vivir.

La saeta que se clava en mi cota de malla, penetra en mi pecho y atraviesa mi corazón canta otra cosa. La sangre gotea, sale a raudales. Caigo. La vida se va con cada latido del corazón que la agita. ¡Y yo no quiero morir! ¡El cielo es mi recompensa! ¡Y yo no quiero morir!

Pero nadie va al Cielo con vida.

morir para ir al cielo

Morir Para Ir Al Cielo

MORIR PARA IR AL CIELO

¡MORIR PARA IR AL CIELO!


El aire es azul. Azul intenso, imposible. La marcha sobre la arena candente es pesada, dura, inhumana. Pero marchamos y seguimos adelante. Tengo que llegar hasta ella. Impedir que la lleven más lejos. Que desaparezca en la inmensidad del desierto blanco, bajo ese cielo azul inverosímil. Los ojos de mujer me esperan. Una mirada violácea, increíble, insistente. Me espera.

El pistoletazo suena muy cerca de mi rostro. La bala golpea con fuerza colosal en mi frente. Penetra en mi cerebro. Lo destroza. Me mata sin remedio. Por supuesto. Para ir al Cielo hay que morir antes.


MORIRPARAIRALCIELOMORIRPARAIRALCIELO


La música, las hierbas aromáticas quemadas en torno, la silenciosa presencia de miles de adoradores. Todo me acompaña en mi ascenso por las escaleras del teocalli hacia el templete. Mientras asciendo, en cada escalón hago una etapa, saco una nota de una flauta de hueso y luego la quiebro. Las flautas son de tibias humanas y suenan dulcemente. "Estoy listo, padre", digo al sacerdote que espera ante el altar de piedra, frente a la estatua de Huitzilopochtli. "Bienvenido, hijo", me contesta él. Me acuesto. Y cuando el antiquísimo puñal de obsidiana baja ritualmente hacia mi pecho veo una vez más los ojos violáceos muy abiertos, muy grandes, muy bellos. Muero alegremente.


MORIR PARA IR AL CIELO


La sensación es tan placentera que realmente no cabe otro mundo para mí, excepto éste. Muelle, tibio, oscuro. Acogedor. El líquido que me rodea Impide que el daño me alcance. El mundo exterior —¿mundo exterior? ¿qué es eso?— llega vagamente con la sensación de profundo bienestar. De... ¡AMOR! No quiero salir de aquí. Quiero quedarme sin que pase el tiempo. Sin moverme. El cuerpo cómodamente flexionado en un arco, los brazos pegados a mis flancos, las manos apretadas en puños inofensivos, las piernas encogidas para ocupar menos espacio en este universo clausurado y tierno. Y no quiero salir de aquí. Pero la Fuerza es superior a mi voluntad de inercia. Inicio el Viaje. El breve, eterno, infernal viaje. Siento. Experimento. Sufro. Dolor. ¡Luz blanca, sonido! El Mundo. ¡Para entrar en el Mundo hay que nacer! ¡Primero morir para ir al Cielo! ¡Después nacer para entrar en el Mundo! ¿O es al revés? No importa. Luz y sonido me sacuden. Alguien, algo, me cuelga cabeza abajo. Siento un golpe seco. ¿Qué es esto tan desagradable? Yo. Soy yo mismo, que lloró mientras el aire penetra por primera vez en mis pulmones.


NACERNACERNACERNACERNACERNACERNACER

DIEZNUEVEOCH0IETESEISCINCOCUATROTRESDOS UNO... C E R O


¡Lo hicimos, Dorian! ¡Lo hicimos! ¡Hemos salido del sueño inducido! ¡Estamos en otra galaxia... llegamos a NCG-3115! ¡Y no nos hemos vuelto locos, amor mío! ¡Los primeros seres humanos terrestres que abandonan el Sistema Solar y alcanzan otro Universo conservando la cordura! En el Centro Hiperespacial tenían razón. Bastaba condicionar nuestras mentes para que no se extraviaran con un viaje totalmente ajeno a cualquier experiencia humana previa..., para que las creencias ancestrales de la especie no se volvieran contra nosotros y nos aniquilaran. Siempre el hombre, desde las cavernas, supo que para ir al Cielo tenía que morir. Por eso durante este viaje hemos muerto cien veces, Dorian. En sueños inducidos y crueles, que nos mantuvieron con vida y cuerdos al despertar. ¿Verdad, Dorian? ¡Aquí estamos, querida mía! ¡La primera pareja humana que abandona la Vía Láctea, va a otra galaxia y sobrevive! ¡En el confín del universo extragaláctlco! Cuerdos, Dorian. Cuerdos. Cuerdos. Cuerdos. Curdos, Cuer...

MORIRPARAIRALCIELOMORIRPARAIRALCIELO

¡NADIE-ESCAPA-DE-LA-LEY!

¡HEMOS IDO AL CIELO: ESTAMOS MUERTOS!


La estaca clavada en el corazón. Los ojos violáceos muy abiertos, Dorian. Los colmillos apenas visibles, arruinando la forma perfecta de tus labios. Pero así acaban los vampiros, Dorian. Y no van al Cielo. Son expulsados. Y con ellos, sus víctimas.

Pero... ¿qué soy yo? ¿quién soy yo? ¿qué es yo? ¿por qué ese Conejo Blanco pasa frente a la inmóvil astronave mientras mira el reloj de bolsillo y musita cosas incomprensibles, espantosas, pisando estrellas, aplastando planetas, hundiendo galaxias?


MORIR...


COMUNICADO DEL CENTRO HIPERESPACIAL DE LA FEDERACIÓN TIERRA:

"Vistos los sucesivos fracasos de las cuatro expediciones extragalácticas tripuladas enviadas rumbo a la Galaxia NGC-3115, se aconseja suspender las experiencias mientras no sea posible descubrir la causa de la desaparición de las astronaves utilizadas. Cabe la posibilidad de fallas mecánicas, pero con casi absoluta seguridad el problema es generado por el factor humano y no por las máquinas. Es posible que el acondicionamiento mental dado a las parejas tripulantes no sea suficientemente adecuado. Tratándose de distancias infinitamente grandes, no es difícil que la mente humana, en su incapacidad para determinarlas y comprenderlas, cree su propio universo con leyes individuales, donde no actúen ni sistemas lógicos ni estructuras físicas generales. Es probable que el Hombre, alejado de su Universo natal, abandone su condición humana y pase a ser algo distinto. O simplemente, a no ser."


Descendió de la astronave. Inmaculado. Sereno. Hermoso como un dios antiguo.



Alfredo Julio Grassi, Santa Fe, 1925, es guionista, escritor, traductor poeta, cineasta y periodista. Nació en la localidad de San Vicente, provincia de Santa Fe, Argentina.

Comenzó su carrera en 1952 en la revista Bucaneros, y luego colaboró en las editoriales Columba y Récord, entre muchas otras, con numerosos seudónimos. Es autor de la tira "Dick, el Artillero", para el King Features, y de medio centenar de novelas policiales y de ciencia ficción. Ha escrito dos libros de ensayos: ¿Qué es la Historieta? y ¿Qué es la Argentina?

Durante los años cincuenta trabajó en la Editorial Acme, donde publicó numerosas novelas policiales en la Colección Rastros y dirigió la revista Pistas del Espacio (1957-1959), sucesora de la célebre Más Allá (1953-1957).

También cultivó la novela de cowboys y el comic de historietas.

Buena parte de sus relatos de ciencia ficción están reunidos en Y las estrellas caerán (Buenos Aires, M.E.S.A., 1967) y En la isla y otros relatos de fantasía (Buenos Aires, Junco, 1970), además de aparecer en varias antologías.


Axxón 189 - septiembre de 2008
Cuento clásico de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Argentina : Argentino).

            

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