CICLOS

Eduardo J. Carletti

Argentina

A Ana María Shua


La luz del amanecer estampaba sombras sobre la pared del frente del vagón.

—Hoy sí que no tengo ganas... —le protestó Adriana al aire.

Aunque estaba rodeada de figuras inmóviles, algunas erguidas como si la miraran, nadie respondió.

Hacía tiempo que hablaba sola y que nadie le respondía.

Se acomodó en el asiento. Era confortable pero no era una cama. Extrañaba su cama.

Estaba en el vagón pullman. El tren tenía otros dos pero de camarotes. Se había sentido tentada varias veces de irrumpir en uno de ellos, desalojar el ocupante de la cucheta, adueñarse del lugar y acomodarse con placer en las sábanas ajenas.

No se animaba.

Aunque no les encontrara explicación, las cosas parecían tener un orden y una causa. Le daba mucho miedo cambiar algo en esa escena.

Caminó entre los pasajeros, la mayoría con sus asientos en posición de dormir y arrellanados bajo mantas. No hubo saludos. Ni un solo rumor.

El silencio era parte fundamental de aquella atrocidad. Cuando estaba oscuro abría sus sentidos como le habían recomendado en el yoga, para relajarse. Y le hubiese gustado escuchar esas respiraciones rítmicas y profundas de alguien dormido, al borde de convertirse en ronquidos.

No le hubiese molestado que roncaran, ni de noche ni de día.

Pero ellos estaban como paralizados.

Adriana pensaba que habían muerto, pero había muchas cosas que no coincidían con sus conocimientos: no se corrompían, no emitían olores, y si no estuviesen rígidos —y Adriana sabía que eso sólo ocurría en una parte del proceso cadavérico— deberían desplomarse.

Todos estaban igual desde hacía mucho tiempo, y ya era evidente el polvo que se juntaba sobre ellos. No se había animado a tocarlos.

Tras los vidrios, el paisaje reseco de la Patagonia corría a gran velocidad. Adriana lo conocía muy bien.

El sol se asomaba entre las nubes, casi sobre la cola del tren y de su lado derecho. Debía acercarse bien al vidrio para verlo. Se ponía del otro lado, al frente del tren, donde la locomotora continuaba disparada, rugiendo sin cesar.

Adriana arrancó con su rutina. Cuando fue al baño, probó la puerta exterior del vagón. Cerrada. Como las otras decenas de puertas y ventanillas en todo el tren.

La puerta hacia la locomotora tampoco se podía abrir.

Miró su reloj. Ese viaje inconcebible llevaba largo tiempo. Ya no se sentía capaz de medirlo.


A pesar de todo, avanzaba con el cuento que le debía a su editor. Ella solía escribir en papel, así que no se sentía tan incómoda como alguien acostumbrado a la computadora.

Escribió una línea.

«Era como un pescador en Las mil y una noches, pescado él de repente por algo más poderoso, desesperado al hallarse ante ese genio que le imponía un sensación de horror.»

Se aburría.

Se sentó frente al pelirrojo, en uno de los pocos sitios del vagón donde había un asiento libre. Enarboló la hoja como una espada y le espetó el texto en la cara.

Solía leerle sus cuentos cuando estaba vivo.

El pelirrojo no la miraba, pero sin embargo, de repente él dijo: «Me persigue, no sé por qué. En cambio a Ricardo lo adora, y el tipo en realidad se la pasa haciendo chistes, tocando como si fuera una trompeta con los labios y haciendo malabarismos por la oficina. Es gracioso, pero no trabaja. No trabaja nada. Yo trabajo todo el tiempo, ya no sé qué hacer para que me salgan mejor las cosas y conformarlo, y me persigue. Lo peor es que corre el rumor de que van a echar gente, y me dijo Laura que yo soy el primero de la lista. ¿Me compro un libro de chistes? Sí, ya sé, ahora es tarde. Con mi hermano era igual, él es el simpático. Alguna vez quise hablarlo, pero él me dijo...»

Se interrumpió como un equipo de audio desconectado por una llave, y dejó correr unos segundos de silencio.

«... No entiendo de qué me hablás», concluyó, inexpresivo.

—El genio —explicó Adriana— es una especie de demonio de Arabia que gozaba al asumir diversas formas para dañar al hombre. Un efrit. Es por eso que el personaje está horrorizado. Me gusta el juego de palabras que usé en esa frase, "pescador pescado". Es como que representa el fin del poder, o en todo caso el límite del poder, lo que te pasa cuando sos superado por algo más fuerte que vos.

Esperó, pero no hubo respuesta.

Siempre era así.


La incursión a la cocina proveyó bocadillos para todo el día. No era de comer mucho. Se sentó en el comedor, en una mesa que estaba libre. Cada una de las otras tenía, además de los primorosos manteles y las copas llenas de polvo, su grupo de maniquíes.

Había de todo: los que estaban bebiendo un café, con el pocillo colgando de la boca y las manos en pose, los que miraban por las ventanillas, los que quebraban interminablemente un panecillo, los que escribían la misma letra hasta el infinito.

Ahí se notaba más el efecto. Adriana no sabía decir qué efecto, pero alguno había.

Un efecto que deja a la gente congelada en el tiempo... ¿Cómo se llama?

—¿Cómo se llama un efecto que deja a la gente congelada en el tiempo? —preguntó.

Una rubia con cara amarga y anteojos negros que estaba en la mesa ubicada más hacia el extremo de la cocina contestó casi sin ganas:

«Puede ser, puede ser. Pero a mí me parece que habría que sacarla a patadas. No me parece que le quepa nada más suave. Me ignoró la vez pasada, se sentía la reina con el micrófono en la mano. Es una lesbiana asquerosa, y si es así de torcida en esas cosas no puede ser buena en nada de las otras. Es una cuestión de efecto, ¿no?»

—¿Pero cómo se llama el efecto? —repitió Adriana fastidiada. La rubia miraba hacia afuera... ¿Al paisaje tras la ventanilla?

No hubo respuesta.

Tampoco insistió.

Comió en silencio sus pasteles recalentados. Y bebió el vaso de leche tibia que se había preparado. Las hornallas del tren eran eléctricas; aprender a usarlas no le había costado mucho esfuerzo. El único problema era esquivar al cocinero y su ayudante, detenidos en un paso de ballet en el peor lugar de esa cocina con espacios tan breves.

La siguiente página que escribió Adriana estaba cargada de descripciones puras que sin embargo lograban que el lector identificara las personalidades de sus protagonistas.

Adriana se sentía buena en eso.

Durante dos horas tachó y agregó, releyó, y luego marchó con su bloc de hojas a la tercera estación de su vía crucis del día.

Entre el segundo vagón de pullman y el comedor estaban los camarotes. De los que habían quedado con las puertas abiertas, Adriana tenía uno preferido. Allí estaba sentada una mujer frente al paisaje, reinando en el limitado espacio con su cabello negro y enrulado y sus enormes ojos marrones. Notó que el sol le daba de pleno en la cara. Se sintió tentada de quitarle los lentes a la rubia y traérselos a su amiga.

No debía tocar nada.

Le leyó el texto.

Luego de unos minutos de silencio, la mujer contestó:

«Sí, los hombres manejan el mundo con prepotencia, aunque no sé, parece que ésta es una cosa más mítica que real. Mirálo a mi marido, hace siempre lo que yo quiero. Está detrás de mí, atento.» El marido estaba en el asiento del frente, dormido sentado y con expresión plácida, como la de un bebé. «Es a mí que me parece que los hombres son poderosos, ¿puedo echarle la culpa a ellos, entonces, de las actitudes prepotentes? Nosotras los elevamos a pedestales, nosotras creemos que ellos pueden. Muchas veces nos importa mucho que puedan, así que los alimentamos. Creo que muchas de nosotras creemos que son como dioses, incluso que estarán siempre allí, con sus manos fuertes, listos para auxiliarnos. Y sin embargo, mi papá se murió. ¿No es increíble?»

Adriana no quería hablar de eso.

—Decíme qué te pareció lo que te leí.

Silencio.

Silencio...

Saludó y se levantó. Por el camino probó las puertas, pero estaban atascadas, prisioneras del mismo efecto congelador. Los pestillos ni siquiera giraban un milímetro.

Llegó a su vagón y a su asiento justo unos minutos antes de su comprobación diaria. Se acomodó.

Frente a la ventanilla pasaban interminables arbustos achaparrados, globosos, llenos de espinas, de color gris que por instantes, como por error, recordaba el verde.

La polvorienta tierra estaba cubierta de piedrecillas y no había árboles. Seguía igual durante kilómetros y kilómetros.

Adriana podía reconocer una piedra al paso, una piedra verde, semitransparente, que yacía solitaria en el interminable desierto. No estaba allí sola, claro. Tenía alrededor millones de piedras grises. Pero ésta era verde, y a Adriana le parecía solitaria.

Cada vez que volvían a pasar por ese lugar se sentaba allí para reconocerla.

Y allí estaba.

Era como una amiga que la saludara al paso, y sin embargo casi deseaba no verla más, porque eso significaría que habían abandonado el ciclo.

Había perdido las esperanzas.


Entre las ciento veintipico personas que viajaban en el tren había por lo menos cinco oídos u oyentes que le gustaban. A ellos les leía lo que escribía. Uno era el pelirrojo, otro era flaco y con una barbita incipiente, una era alta y desgarbada, vestida como una chica de tapa de la época del pop-art, otro era canoso y con cara de ministerio.

Luego estaba su amiga del camarote.

Para la tarde eligió al de la barbita. Le leyó el texto, que concluía con:

«Su gracia era autónoma, absurda, inabarcable. Ella era reina, una reina que había decretado el fin de esos objetos y había declarado el derecho absoluto de la mujer a utilizar autónomamente sus cuerpos y decidir sobre ellos.»

El joven no estaba dormido, fijaba sus ojos hacia delante, hacia el vagón cine, y su mirada imitaba —probablemente sin querer— la de un cachorro golpeado y malquerido.

El joven estuvo en silencio largo rato, pero luego habló:

«Mi padre era como ciego a todo, no porque no lo supiera; lo ignoraba a propósito, lo borraba. Mi padre era eso, un decreto continuo. Todo era como él decía, como él pensaba, como él quería. Yo estaba desesperado, estaba perdido. Mi madre me quería ayudar, pero lo que me decía me parecían más que nada pavadas. Salí de casa destrozado. Corrí. Encontré un cartel de publicidad con la cara de Marilyn Monroe, la golpeé con los puños hasta que me lastimé. Y como quería olvidarme de todo, me fui al quiosco ése y me compré cuatro sobrecitos. Amanecí meado, tirado en una vereda de la avenida, al lado de un Mercedes de lujo que acabada de estacionar: La chapa todavía estaba caliente».

Adriana dijo: —Tu padre era una bestia, y tu madre una muñeca de trapo.

El muchacho no contestó.


A la noche, como siempre, esperó hasta último momento para acomodarse a dormir. No quería cerrar los ojos y que su mente se pusiera a cavilar sobre todo eso. Quería que sus ojos se cerraran solos cuando cayera rendida.

El sonido de hierro sobre hierro de las ruedas era constante. En otras ocasiones hubiese sido arrullador, pero para Adriana, que aún tenía la esperanza de que el tren se detuviera —por haber agotado el combustible o porque algo o alguien lo ordenara—, el sonido se había vuelto sinónimo de condena.

Otras noches ya había intentado aguantar hasta el momento en que el tren cambiaba de sentido. Para hacer eso tenía que detenerse, y si se detenía ella lo disfrutaría, porque sería la ruptura más fuerte de ese ciclo. No podía imaginar algo más jubiloso: el tren deteniéndose.

Porque eso era un ciclo. De algún modo había quedado atrapada —ella sola, porque estaba sola, a pesar de los cuerpos— en un lazo cuántico... Y sólo lo llamaba cuántico porque estaba de moda, ya que el nombre que más rápido surgía de una mente angustiada era "infernal".

Ella prefería no decir infernal. Todos tenemos nuestras culpas y cuando se acerca el barquero éstas debe ser como puñales que se retuercen.

Por la noche, fuera de las ventanillas y siempre al borde de su visión, se asomaban cosas. Es posible que los otros habitantes del tren —sus compañeros muertos—, que estaban con los ojos perdidos en las ventanas, mirasen esas cosas.

Eran meros vislumbres. Fugaces. Ella no quería observarlas, porque eran idénticas a las figuras de sus pesadillas. Había visto en sueños durante largos años a esos hombres y mujeres tremendamente gordos, inflados como globos, sin facciones, negros y brillosos como la piedra que usaban los indios para hacer flechas. Ahora los soñaba casi cada noche.

A veces se vislumbraban en la oscuridad los suaves resplandores de pueblos ubicados a cierta distancia. Se veían vacíos. Muertos. Secos. Y por fuera de ellos vagaban esas figuras, con los pies en puntillas y flotando en el aire, como si no les gustara tocar el polvo del suelo.

Pueblos típicos, con las mismas casitas de techos de chapa, los mismos galpones, molinos, tranqueras, alambrados y árboles ralos. Pero habían dejado de ser comunes. Sus colores parecían mutados, como si las casas y las calles estuviesen en negativo, aunque no el blanco en negro de las radiografías, sino con una solarización demente, oscura y sin lógica.

Y los movimientos —si es que había alguno— eran submarinos, lentos, de flotación, como ahogados por una atmósfera de polvo.

Adriana no sabía cuáles de esas cosas las había visto en el viaje y cuántas eran soñadas.

¿Sería cierto lo que le había parecido ver, que las mujeres a veces llevaban niños apretados contra esos globosos pechos, pero cabeza abajo? ¿Tendrían los hombres, como parecía en los infructuosos instantes de sus vislumbres, bultos grandes como perros colgando de las entrepiernas? ¿Era cierto que los niños mayores tenían las manos unidas en un solo bulto amorfo, como atrapadas por grilletes policiales de carne?

Ella había tenido un novio hiperracional que se reía de sus pesadillas, que le decía que los sueños surgían de conexiones azarosas que hacían las neuronas para equilibrar sus estados electroquímicos.

La había dejado porque ella no hacía las cosas tal como él las esperaba, dictadas por su lógica newtoniana.

Ella era azarosa. Y él odiaba que lo fuera.

Por la noche, las figuras parecían establecerse en las ventanillas a mirarlos, fijas a los vidrios como polillas gigantes. La densidad aumentaba en algunos momentos, quizás porque estaban pasando por algún pueblo, quizás no. Se pegaban a los cristales como si estudiasen con atención dentro de peceras, o en vitrinas de museo, viendo qué les pasaba a esas formas rígidas de los asientos, encerradas por el tiempo y el espacio.

O quizás la miraban a ella, porque era una rareza.

Todo era puro vislumbre... o sensación. No los podía ver, en realidad. Las sombras globosas se pegaban al vidrio cuando no estaba mirando directamente. Si ella giraba la vista para ver qué había allí, ya no estaban. A veces descubría que la ventana estaba cegada con esa persiana de aluminio que tienen los trenes y se usa para evitar el sol.

Aunque fuesen sueños, o imaginaciones, ella les temía. Temía que entraran. Aunque significara una ruptura de ese encierro agobiador, no deseaba que entraran.

Se durmió.


El sol daba sobre la pared del frente del vagón. Bien, la pared que daba al coche-cine, no la del frente.

El tren viajaba en sentido contrario al de ayer.

Para Adriana, el tren circulaba marcha atrás a más de cien kilómetros por hora. Aunque lo de marcha atrás era una percepción de su cosecha personal: a veces le parecía oír la locomotora en el extremo contrario, como si la cambiaran. Hoy los asientos del vagón pullman miraban al revés con respecto al sentido de marcha y por eso la mayoría de los pasajeros estaban apuntando con sus caras hacia la cola del tren.

A Adriana le disgustaba viajar mirando hacia atrás. Tenía que aguantarse los días pares.

El sol salía casi sobre la delantera del tren, del lado izquierdo. Se pondría del otro lado, y atrás, en el horizonte que iban dejando.

Voy a seguir con el cuento, se dijo, pero no tenía ganas. Sólo sentía un gran cansancio, como si la alcanzara la vejez, o la decadencia. Aunque escapaba febrilmente de los espejos, sabía que se estaba marchitando.

Observó la piel de sus manos y notó las grietas. Lo mismo le parecía que ocurría en la piel de todos sus compañeros de viaje, aún los más jóvenes, pero no lo quería aceptar.

Se dirigió al canoso: —Quisiera discutir la frase sobre las necesidades del cuerpo de la joven.

Él estaba mirando a la ventanilla... con los ojos cerrados.

«Ese dolorcito, no sabés, es para matarse. Me molesta y me da miedo. Desconfianza. Valeria me dice que vaya al médico, pero yo lo dejo de un día para el otro. Tengo miedo de lo que pueda encontrar. Lo peor es que perdí la confianza en mí mismo. Ya no puedo darle como antes. Qué digo, no duro nada. Ella se esfuerza, pero cuando empezamos en serio, se me afloja. La frustro, y no se queja. Me da más miedo todavía. El dolorcito no está todo el tiempo, pero es suficiente para hacerme perder la confianza. Sin confianza, un hombre no sirve para nada...»

—No tienes que centrarte tanto en lo que no es más que una herramienta. La herramienta no es el hombre —protestó Adriana.

Pero sabía que estaba equivocada, y se sintió terriblemente sola. Él no le respondió nada, como si estuviese en desacuerdo.

No era raro que los hombres estuviesen en desacuerdo con ella. Ya lo sabía. No era muy afecta a llevarse bien con los hombres.

Y los hombres muertos eran peores. No había manera de extraerles una gota de nada, ni fluidos ni opiniones ni bronca.

Una vez más se le cerró la garganta, pero no quiso llorar. Las mujeres deben llorar, así son las cosas... por eso ella no quería. No hay nada peor que entrar en una clasificación estándar.

Prefería ser poco más que un zombi.

Se acercó a la chica pop-art.

Sabía que la chica miraba por la ventanilla, aunque no fuera fácil adivinarlo por los grandes anteojos redondos de cristal violeta que llevaba plantados frente a su cara, que para colmo se habían ido cubriendo, poco a poco, de ese polvo patagónico que impregnaba todo.

De todos modos, acuclillada en el pasillo, le leyó su texto.

El fragmento del cuento trataba sobre una mujer que luchaba por sus derechos.

La chica contestó:

«Mi madre compite conmigo, la muy tonta. Como si me importara. Y a mí no me interesan para nada mis amigos, no me interesa ninguno. Ella se pinta, se faja, escucha mis CDs, se va a gimnasia cuatro horas por día, anda en bicicleta, les hace caídas de ojos como si eso ayudara a superar los años que le cayeron encima.

Ellos... no sé si se dan cuenta, ¡los hombres son tan estúpidos! Claro que si se pone, como el otro día, una pollerita bien breve y abajo se le ven los portaligas, por supuesto que se van a excitar. Es una mujer grande para ellos, pero toda perfumada, vestida para que se la monten y largando feromonas como una gata...

A veces andan con el bulto, los asquerosos.

Te digo que hay días que me gustaría tirarla de un empujón sobre la cama y arrancarle toda la ropa. Seguro que si yo fuera hombre le encantaría, a la muy zorra, aunque sea su hija.»

Se quedó en silencio de repente.

Sí, sí. La soledad es infernal, pensó Adriana.

—No es bueno vivir sin la compañía que una desea... —le dijo, por decir algo, como para estimularla a seguir desenterrando obsesiones.

La chica no contestó nada.

De regreso al pelirrojo, con ciertas esperanzas de comunicación, se arrodilló a su lado, le leyó el cuento desde el principio y esperó en silencio. El pelirrojo nada. Hoy estaban todos más huraños que de costumbre.

Agobiada, dejó descansar la cara en el apoyabrazos. Unos segundos después levantó la vista y entonces notó que uno de los dedos del pelirrojo, que en esa posición le quedaba a veinte centímetros de la nariz, estaba pelado de tal modo que le asomaba un perfecto y blanquísimo hueso, como de museo. Sin poder evitarlo, buscó en el piso y vio que el trozo de carne estaba justo ahí, aplastado debajo de su rodilla.

No lo había notado porque llevaba medias de lana.

Parecía cualquier cosa menos carne. Un trozo de plástico, una pieza de modelo para armar, una goma de mascar aplastada y con huellas dactilares.

Se incorporó de repente, horrorizada. Su movimiento fue brusco. Sin querer, golpeó con el codo de su brazo derecho la cabeza de un viejo canoso que estaba del otro lado del pasillo, enfrente del pelirrojo. Vio que el globo del ojo izquierdo se desprendía, caía rebotando por las rodillas del viejo y empezaba a rodar por la goma acanalada del pasillo.


Ilustración: Fraga

Sin pensarlo, lo pisó para detenerlo.

El ojo estalló como una nuez seca y se expandió en miles de cristales bajo su pie.

Observó las demás figuras. Vio que ahora casi todos mostraban huesos expuestos. No se veían piezas de carne caídas en el suelo.

Cerró los ojos. El paisaje a los lados del pasillo era poco menos que infernal. Estaba rodeada de entes secos que se iban momificando ante su vista.

Se estaban deshaciendo.

Ella se podía mover y podía hablarles, como si fuera una privilegiada, una testigo señalada para el acontecimiento, pero estaba tan seca, cubierta de polvo y muerta como ellos.

No pudo llorar. Se quedó sentada junto a la ventanilla por horas, sin ganas de hacer otra cosa, desgajando a ratos alguna frase para escribir, vacía por dentro.

Los leves arañazos en el vidrio de las figuras de afuera ya no le interesaban. Esperaba obsesiva su encuentro diario con la piedra verde que, aunque ella no quería aceptarlo, poco a poco se veía más y más gris, como si se estuviese volviendo polvo.



Eduardo Julio Carletti nació en 1951 en Buenos Aires, Capital Federal de Argentina, pero se fue a vivir al campo a los 5 años, de modo que su vida está marcada por la vida tranquila, entre gallinas, tierra, pájaros e insectos. Una de sus más importantes obras, además de haber engendrado dos hijos, haber encontrado a la mujer de su vida y tener el más magnífico recuerdo de sus padres, pleno de amor y orgullo, es Axxón. Los demás datos se encuentran en una mini-biobibliografía que se publicó hace un tiempo en la revista A Quien Corresponda y que fueron reproducidos en la Enciclopedia.

Hemos publicado en Axxón sus ficciones: EL CORTE FINAL (3), LA TRIPA DE DIOS (12), AL UNIVERSO NO LE GUSTA (20), DEFENSA INTERNA (36), EN LA ESCALA (36), LA MÁQUINA (134), MEMORIAS (142), SIN NOMBRE (146), OCÉANO (152), EDITOR (154), EL OLOR A ORINA (166), OPORTUNIDAD (168), AUTOMATIZACIÓN (174), SÓLO UN SEGUNDO (180), MICROSEGUNDOS DESPUÉS DEL BIG BANG (180)

Hemos publicado en Axxón sus artículos: ESPUMA ESPACIO-TEMPORAL (2), EXPERIENCIAS (4), EL THIOBACILLUS FERRO-OXIDANS (5), PARTÍCULAS FUNDAMENTALES (6), HIGHLANDER II: ¿EL FUTURO DE BUENOS AIRES? (Recopilación) (8), NANOTECNOLOGÍA (10), LOS FAROS DEL FIN DEL UNIVERSO (19), UN TÚNEL EN EL TIEMPO (20), RAREZAS COSMOLÓGICAS (21), LITERATURA PARA UNA SOLA VEZ (39), SEXTA EXTINCIÓN (47), ARQUEOLOGÍA MOLECULAR (47), NOTAS SOBRE CIENCIA Y TECNOLOGÍA (51), TECNOLOGÍA RISC: ¿QUÉ ES? (61), MEMORIAS CACHÉ (62), COMPETENCIA ACELERADA (63), CORDWAINER SMITH, FABULADOR (80), TECNONÚCLEO INTERNACIONAL (88), EL SEÑOR HORROR (89), EL LIBRO, EL MITO Y LAS FOBIAS (90), ¿EL LIBRO DE ARENA? NO, DE SILICIO..., en colaboración con J. Roger Morrison (90), LA DOBLE HÉLICE: EL FUTURO A LA VUELTA DE LA ESQUINA, en co-autoría con Tatiana Carsen (91), MÁQUINAS Y MONOS I (92), SUPERMAN EN METRÓPOLIS (94), ENTREVISTA CON PABLO CAPANNA (106), MÁQUINAS Y MONOS II (109), LA NANOTECNOLOGÍA: UN RÁPIDO PANORAMA (110), MÁQUINAS Y MONOS III: PRINCIPIOS Y FINALES (110), MÁQUINAS Y MONOS IV: LOS PERSONAJES (112), PÚLSARES: ESTRELLAS COMPACTAS (113), MÁQUINAS Y MONOS V: LA FICHA DE PERSONAJE (113), EL SOL (114), FORASTERO EN TIERRA EXTRAÑA (128), DUNE (131), MATADERO CINCO (133), LAS ESTRELLAS MI DESTINO (137), SOY LEGENDA (141), MIS EXPERIENCIAS CON DON ISAAC, contribución para "Una voz lúcida en la literatura fantástica hispanoamericana" preparado por la CPHDISC (180).

Ha participado en equipo en: ENTREVISTA A GUSTAVO -MOEBIUS- MOSQUERA R., con Carlos Daniel J. Vázquez (98), ENTREVISTA CON CARLOS GARDINI, con Alejandro Javier Alonso (109), ENTREVISTA CON ALEJANDRO ALONSO, con Laura Siri y Carlos Daniel J. Vázquez (120), AXXÓN ENTREVISTA A MIKE RESNICK, con Sergio Gaut vel Hartman, Norma Dangla, Claudia De Bella y Andrés Fernando Diplotti (162), ENTREVISTA CON BRUCE STERLING, con Claudia De Bella y Sergio Gaut vel Hartman (166)


Este cuento se vincula temáticamente con "LA TRIPA DE DIOS", de Eduardo J. Carletti (12), "ADANGÊLIÖN", de Leandro Vives (184) y "CRÓNICA DE UN VIAJE INÚTIL", de Mariano Carril (169)


Axxón 190 - octubre de 2008
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico : Mundos interiores : Tiempo circular : Argentina : Argentino).

            

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