YUSTY

Antonio Mora Vélez

Colombia

I

Yusty parecía un juguete de felpa cuando estaba dormido sobre uno de los sofás de la sala. Tenía una pelambrera de color café con vetas grises y unos ojitos saltones, verdes, rodeados por sendos círculos negros que daban la impresión de ser unas gafas al natural. El día que se me enroscó en el cuello por primera vez —y de eso hace ya diez años, aproximadamente— sentí como si una serpiente peluda me hubiera atacado por la espalda. Así de largo era, más largo que un perro salchicha de la antigüedad.

Ocurrió en una de las cacerías simuladas que hacíamos de año en año, por la época del deshoje. Ese día, en medio de un calor cenital en pleno valle del Alto Sinú, Yusty correteaba por entre la hojarasca con sus hermanos de grupo. Yo avanzaba, pistola en mano, siguiendo la senda que marcaba con su espada láser, el capitán del safari.

Habíamos salido a un descampado de la selva y los homínidos de la raza de los yusty, alterados por nuestra presencia, habían optado por guarecerse detrás de los troncos caídos, bajo el abundante follaje de las laderas o en el fondo de las cuevas que servían de refugio a los animales silvestres en las frías noches de lluvia.

En el descampado decidimos prender el fuego y organizar las tiendas a su alrededor. Los cánones de la cacería decían que el fuego ahuyentaba las fieras, pero nosotros, que sabíamos que ya no existían fieras en la zona, hacíamos uso del fuego más por tradición que por prevención. En verdad, las noches en el campo no eran buenas sin fogata. Como en los viejos tiempos de los sufíes, acostumbrábamos a cantar, a danzar y a beber, alrededor del fuego, en el campo o en la playa; una de esas hermosas costumbres que aún persisten entre nosotros y que nos mantienen atados, con el hilo del recuerdo, al milenio pasado, llamado del terror.

Me acompañaba DZ3Y, mi compañera; ambos acostados, juntos, alrededor del crepitar de las llamas; viendo el enjambre de estrellitas fugaces y el humo que se elevaba hacia lo alto de la noche. El capitán del safari nos había anunciado que veríamos pasar varios sputniks a esas horas y que podríamos, incluso, captar las señales de audio de varios de ellos. Mirábamos absortos el cielo despejado, mientras las virutas encendidas de la pira enmarañaban el paisaje inmediato.

Recuerdo bien que le decía a DZ que el arte natural seguía marcándole la pauta a la técnica, y que los pintores electrónicos no podrían jamás lograr un arrebol como el de esa tarde.

Todo ocurrió de manera imprevista. Yo sentí el crujir de las ramas y me levanté.

Yusty salió del bosque que bordeaba el cascajal, dio dos o tres saltos y cayó sobre mis espaldas, enroscándose en el acto en mi cuello y dejando su carita pícara justo enfrente de la mía, presentándose de ese modo y originando así la hermosa relación que narramos en este texto.

—¡Hola, soy un yusty! —dijo. Entonces sonrió y dejó ver una bien cuidada hilera de dientes como de castor, los cuales utilizaba en el consumo de sus vegetales preferidos, vale decir, de zanahorias, remolachas, plátanos y rabanillos.

—¡Al suelo! —le grité asustado. Más por lo inesperado del percance que por el temor al animal, que no tenía razón de ser, dado que los yustys son como niños, buenos y juguetones, y tiernos como una canción de cuna.

Yusty entornó sus ojitos y sintió que había hecho lo que no debía y todo por ser como Epimeteo lo había decidido al día en que, según el mito, repartió a todos los animales sus diferentes potencias y maneras de ser. DZ, asustada también de primer momento, notó que el yusty había sufrido una conmoción con mi grito y lo recogió entre sus brazos.

—Pobrecito —dijo— está temblando de susto.


II

Apenas unos días después de ese episodio, Yusty acompañó a mi hijo IK3 a su primera excursión académica. Todos los años, los niños del país viajaban a algún lugar del mundo que tuviera algún interés prehistórico. Esta vez sus profesores habían decidido hacer la gira por las tierras peruanas con el objetivo de estudiar de cerca las piedras grabadas de Ocucaje y las líneas de Nazca. Las primeras, según ellos, conformaban una bien documentada biblioteca que tenía más de ochenta millones de años y en la que constaba la existencia de una raza humana que fue contemporánea de los grandes saurios.

En el motel escolar del pueblo, profesores y estudiantes decidieron esperar las primeras horas de la mañana siguiente para abordar el metro que los transportaría a Ocucaje. Esa noche, en el cuarto 126 de mi hijo, éste, el yusty y dos o tres amiguitos más, iniciaron un interesante juego de preguntas y respuestas.

—¿Qué es un bosón Z? —preguntó IK, iniciando el juego.

—Una partícula subatómica transmisora de la fuerza débil —le respondió C2J, una linda pecosita de escasos once años.

—¿Quiénes descubrieron la forma helicoidal de los genes? —preguntó ella.

—Wilkinns, Crick y Watson, en 1953 —respondió V2P, el mayor y más espigado del grupo—. ¿En que año se construyó el primer Láser? —preguntó enseguida.

—En 1960 —repostó EYG y carraspeó, como era su costumbre, cada vez que respondía acertadamente.

EYG iba a preguntar para que respondiera SQW pero Yusty, al parecer molesto, les increpó por la orientación temática y metodológica del juego.

—¿Porqué respuestas simples y en ciencias? —les dijo—. ¿Es que acaso las humanidades no merecen ser tenidas en cuenta?

Esa noche, los jóvenes estudiantes reunidos en la pieza 126 del amplio y cómodo motel escolar supieron, gracias al yusty, que los seres inteligentes éramos parte de un ser total y superior que moraba en otro plano de la realidad y hacia el cual tendíamos; aprendieron también que las formas superiores de relación necesarias para la consumación del plan, el Amor y la Solidaridad, eran códigos de la vida inteligente. De modo que el homo cibernético no tenía otra alternativa distinta que la solidaridad si no quería morir en el torbellino periódico de las grandes masas.

Al día siguiente, en un descanso durante el recorrido hacia las cuevas de Ocucaje, Yusty daría una demostración fiel de su condición al exponer su vida para salvar a los excursionistas. Un giroscopio particular les seguía a baja altura y era maniobrado en forma temeraria por su piloto, como si éste quisiera de ese modo asustar o entretener a los muchachos. Yusty, ese extraordinario ser de apariencia lemur y de inteligencia fuera de serie, y de cuya historia me siento en parte responsable, se percató del peligro que corrían todos y se lanzó en veloz carrera hacia adelante para llamar la atención del giroscopista; antes les dijo a los excursionistas que se detuvieran a observar lo que él hacía.

Hoy todavía, después de casi diez años, IK3 no consigue una explicación lógica para el caso. Lo cierto fue que Yusty supo, intuyó, vio, imaginó o dedujo un desperfecto que mandaría el aparato a tierra en cuestión de segundos; y así fue. Al correr no hizo sino estimular la temeridad del piloto, quien se fue detrás de él, y casi le cae encima con su vehículo —cien metros adelante del grupo escolar— de no haber sido por el viraje súbito de 90 grados que hizo Yusty en el último instante, para caer en el fondo de una acequia. El piloto, como es de suponer, quedó inservible, y el giroscopio quedó completamente destruido. IK me refirió después que una vez se repuso del shock corrió al encuentro de Yusty y lo encontró agitado pero consciente.


III

Yusty decía que el poema titulado La Ardilla, compuesto por uno de los últimos poetas del segundo milenio, había sido escrito pensando en él. Y no estaba del todo equivocado porque, si bien el poema data desde mucho antes de él nacer, quien lo escribió trató de retratar la vivacidad de una de las últimas ardillas residentes en el zoológico de la ciudad Cúpula. Y las ardillas, valga la aclaración, son como yustys encogidos y sin pensamientos.

En todas las reuniones familiares, Yusty declamaba "La Ardilla". Le gustaba el poema y lo actuaba. Hacía entre él y los versos una tal identidad, que era como si el poema, por medio de su personaje, se interpretara a sí mismo. Decía: "... El rumor de la tierra / la voz de la ceiba/ y el viento que filtra / el color de la aurora/ La ardilla se asusta/ la luz se estremece/ el césped se agita/ y la tierra llora/ .../ La lente se pierde hacia otros caminos/ la luz se refugia/ detrás de las flores/ La ardilla se asoma/ se esconde/ se asoma / buscando el recuerdo/ del Dios que la acosa.../".

Eran los años de la reflexión y de la alegría. La hermosa tierra suramericana de entonces abandonaba la prehistoria política y el oscurantismo y declaraba, por intermedio de la presidencia colegiada, su determinación de hacer parte del súper estado que las Naciones Unidas de Occidente habían conformado para encarar el reto del fundamentalismo islámico.

Yusty era firme partidario de la integración. Un día en el que departíamos en la terraza de mi residencia, acompañado de mis amigos intelectuales —entre los cuales recuerdo a R2B, el famoso politólogo— expuso su tesis del Estado mundial como peldaño de la conciencia humana en su ascenso hacia el Ser Total del cual todos somos partes.


IV


Collage de Graciela Lorenzo Tillard

Nuestro yusty era aún muy pequeño cuando lo adoptamos. Los yustys viven en los bosques hasta que son adultos y un habitante de la ciudad los adopta, pero el nuestro fue un caso excepcional, tal vez por su precocidad intelectual y su acelerado crecimiento. Llegó a nosotros a la temprana edad de siete años. Pero los yustys tienen una fabulosa capacidad de adaptación y aprenden con mucha mayor rapidez y facilidad que el más inteligente de los hombres de ayer. Por esto no fue difícil que se integrara a nuestra familia y que asumiera rápidamente su rol de yusty. A los pocos días de estar entre nosotros, ya acompañaba a IK al colegio virtual, recogía la correspondencia del e-mail y retiraba las píldoras de energía de la tienda sectorial. Al mes, manejaba los tableros de mando de la casa y grababa los videos, según los gustos, y nos tenía listos los paquetes de información media hora antes del almuerzo. No había cumplido los cincuenta días cuando le suturó a IK con el equipo Láser de primeros auxilios, una pequeña herida que se hizo en un pie. Y ya entrado en confianza, nos declamaba en las noches frías poemas ecológicos, de amor y épicos que acompañaba con el sintetizador.

Conviene precisar que lo mejor que le puede ocurrir a un yusty suelto es ser adoptado, ya que, filósofos y hedonistas por naturaleza, le tienen pavor a las preocupaciones materiales. Los yustys jamás han construido una fábrica o una ciudad, no obstante que pueden aprender los conocimientos teóricos y técnicos para hacerlo. O viven en una residencia humana, y se amoldan a la rutina de sus dueños, o viajan durante algún tiempo por el campo hasta que deciden morir. Pero en casa son eficientes y laboriosos, como si hubieran sido hechos para manejarlas.

A un yusty jamás se le olvida que debe desconectar el intercomunicador; como tampoco el encendido de los colchones térmicos, o de las pastillas contra los insectos durante el sueño. Poseen casi todas las virtudes de los robots mucama de principios de este siglo pero con algo que aquéllos no tenían: sentimientos. Los yustys son humanoides y como tal bastante cercanos a nosotros en materia de comportamiento. Se parecen también a los androides de primera generación, pero mientras tales androides eran fríos y extremadamente lógicos, los yustys exhiben una gama de emociones y sentimientos, con no pocas aficiones al arte y a la imaginación. Sólo que, mientras en el campo escriben sus poemas en las hojas de las cabinas telefónicas y los dicen acompañados con el laúd, en la casa prefieren utilizar el procesador de palabras y el sintetizador.

La casa inteligente, nuestro hábitat, transforma a los yustys. Sueltos dicen:

—Nada como vivir en paz con la naturaleza.

Ya habituados al quehacer de una casa, afirman que lo mejor del mundo es manejarlo todo desde un tablero de barras y botones o con células fotoeléctricas. No habían transcurrido todavía los seis meses del ajuste, que eran de ley para lograr la aprobación comunal de adopción y nuestro yusty ya daba señales de querer quedarse entre nosotros. Nos encontrábamos ad portas de un gran festejo: el día de la fraternidad universal, el cual celebrábamos, como casi todos los habitantes del planeta, con una cena en familia y a la que invitábamos a dos o tres vecinos. Estábamos en la ultimación de los detalles de la reunión (escogencia de los invitados, electro tarjetas, menú, ambientación, etc) y Yusty insistía en que fuesen los esposos CT6 y M8, por la afinidad artística e intelectual existentes entre ellos y nosotros.

—Me gustan los M8 —decía— porque son imaginativos. Hablar con ellos es hablar de temas interesantes, además, saben producir la música electrónica. Los CT6 son joviales y simpáticos. No han leído el Kibalión pero son artistas de la cerámica y la jardinería, y preparan un guacamole delicioso.

Después de haber definido el menú y la ambientación ("Música sideral de JMJ tomada del centro de TV ambiental", del gusto de IK) y de haberle enviado a los esposos CT6 y M8 las correspondientes tarjetas de invitación por el computador local, le toqué el tema de sus dos formas de vida.

—Nosotros no dejamos de ser lo que somos, simplemente nos adaptamos. Para un yusty la vida es compleja, pero no tiene porqué complicarnos a nosotros. Estar en el hábitat de los hombres implica un reto y es parte de nuestra misión. Nos limitamos, es verdad, pero le ayudamos a entender al hombre que la ciencia se hizo para servirse de ella y para vivir la vida. Así de fácil —me dijo


V

A ningún yusty le gusta que le pregunten por su origen. Están tan convencidos de su carácter mesiánico que no admiten, ni siquiera como probable, la conjetura de que pudiesen tener como origen un experimento de laboratorio. Tampoco creen en la tesis de la mutación producida por una explosión nuclear a fines del siglo XXI.

Mientras los científicos humanos se devanan el cerebro intentando diferentes teorías acerca de la génesis de los yustys, éstos dicen que "para el caso da lo mismo haber sido el fruto de un accidente o de un plan de conservación de la vida inteligente en el planeta. Lo importante y concreto es que tenemos la clave para hacer que el hombre sea feliz y eterno", dicen. Nuestro yusty no se cansaba de repetir que el hombre era un ser incompleto y que le faltaba el medio para alcanzar la fase de la perfección; ese medio eran ellos, los yustys.

Esa noche de la fiesta, Yusty nos narró las etapas del viaje hacia las altas esferas espirituales. Nos contó que todos los seres evolucionan y tienden hacia la fusión con la divinidad y que el alma es el vehículo portador que nos hermana con la armonía cósmica, con el principio rector inmanente que mora en la interdependencia de todos los cuerpos.

Los yustys, sobra decirlo, dicen ser los portadores de ese mensaje de salvación, más exactamente de espiritualización, que hará posible la conversión del hombre moderno y su salto hacia la comunión con el cosmos divino, del cual provenía.

Son como mensajeros de las estrellas con la responsabilidad de evitar que la línea humana de la evolución se frustre por tercera vez en La Tierra, tal y como ocurrió con la civilización de las tres lunas y con la mucho más antigua que existió por la época de los dinosaurios.

—Hoy —dijo Yusty en el momento del brindis—, no va a ser una catástrofe sideral ni un accidente en el manejo de la energía, como en los casos anteriores. El fin de la humanidad vendrá como consecuencia de la automatización que convierte al hombre en un animal peor que los gigantes mitológicos que devoraban a sus propios hijos.

Después de esa afirmación, no sobra decirlo, nos quedamos pensativos un rato, recordando los años de la dependencia biológica y reflexionando en el porvenir de nuestros modernos chips neuronales y en las posibilidades que éstos abrían al pensamiento.

Entretanto Yusty consumió un poco de guacamole con tortillas que le brindaron los CT6 y se quedó mirando hacia el bosque, por la ventana, seguramente pensando en esa otra vida de libertad que los yustys abandonan cuando deciden mudarse, con fines pedagógicos, a la casa de alguna familia androide de cuarta generación como nosotros...



Antonio Mora Vélez nació en Barranquilla, Colombia, en 1942, estudió la secundaria en Montería y la carrera profesional de Abogado en la Universidad de Cartagena. Trabajó durante veinte años en la Universidad de Córdoba como docente, Secretario General, Decano de Educación y Jefe del Departamento de Humanidades. Reside en Sincelejo desde 1993 y se desempeña como Vicerrector de Bienestar Universitario, Director de la Revista Institucional y miembro de la Junta Directiva de la Corporación Universitaria del Caribe (CECAR), institución de la cual es Miembro Fundador. En reconocimiento a su labor literaria el diario El MERIDIANO de Montería lo escogió como uno de los personajes del siglo XX en el departamento de Córdoba y "The Internacional Writers and Artists Association" con sede en Bluffton, Ohio, USA, le otorgó un pergamino por su contribución al humanismo desde la literatura.

Es ampliamente conocido como escritor de ciencia ficción en su país. Ha publicado los libros de cuentos Glitza (Ediciones Alcaraván, Bogotá, 1979), El juicio de los dioses (Casa de la Cultura, Montería, 1982), Lorna es una mujer (Centro Colombo Americano, Bogotá, 1986), Lorna is a woman (Colombian Cultural Center, New Delhi, 1990) y La Duda de un Ángel (Ediciones e-books de CECAR, 2000) siendo éste el primer libro electrónico que se edita en Colombia. Ha publicado también el libro de ensayos Ciencia Ficción: el humanismo de hoy (CECAR, Sincelejo, 1996) que fue reproducido en México y los poemarios Los caminantes del cielo (CECAR, Sincelejo, 1999) y El fuego de los dioses (Ediciones CECAR, Sincelejo, 2001). Ha sido antologado varias veces. Destacamos la antología internacional Joyas de la Ciencia Ficción (La Habana, 1989) y en la cual figura al lado de los mejores narradores del género en el mundo y la antología colombiana Contemporáneos del porvenir: Primera Antología de la Ciencia Ficción Colombiana (Bogotá, 2000) y en la cual el antologista René Rebetez le reconoce su condición de precursor de la ciencia ficción colombiana. Ha ganado varios premios de literatura y su nombre figura en The Encyclopedia of Science Fiction de John Clute y Peter Nicholls (New York, 1995, página 696). Sus cuentos y poemas han sido traducidos y publicados en revistas impresas y electrónicas y en suplementos literarios, nacionales y del exterior. Axxón publicó su libro Los caminantes del cielo en el número 105.

Hemos publicado en Axxón sus poesías: LOS JINETES DEL RECUERDO (127), APOCALIPSIS XVII (127), LA HOJA QUE SE MUERE (127), ¡QUÉ GRAN DESPERDICIO! (127), SATURNO (127), ATLÁNTIDA (127), LA ESFINGE (127)

Hemos publicado en Axxón sus ficciones: IOD EL ÚNICO (146), THRILLER (160)

Hemos publicado en Axxón sus artículos: "1984" Y EL PODER DESPÓTICO (132), FAHRENHEIT 451: LA NOVELA DE LA LIBERTAD (165), LA ENTROPÍA Y EL HOMBRE (168), EL MAR EN LA CIENCIA FICCIÓN (168), ARTHUR C. CLARKE Y LA ODISEA DEL HOMBRE (183)


Este cuento se vincula temáticamente con LÁPICES LACRIMALES, de Pedro Félix Novoa Castillo (159), ESA PROFUNDA SOLEDAD, de Francisco Costantini (175) y LA REVOLUCIÓN DEL PÓNIATAN, de Martín Cagliani (183).

Axxón 191 - noviembre de 2008
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico : Ciencia ficción : Androide : Criatura : Colombia : Colombiano).

            

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