DIVULGACIÓN: Una increíble civilización extinta

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Los Antiguos


por Marcelo Dos Santos (especial para Axxón)
blogs.clarin.com/mdossantos/

Si usted ha leído la novela de Stephen King “The Stand” (traducida al castellano como “La Danza de la Muerte” en su versión censurada y como “Apocalipsis” en su edición completa), tal vez no haya entendido la referencia a la mítica ciudad de Cibola, Siete-en-Una, la Ciudad de los Dioses. Uno de los personajes, un pirómano psicótico llamado “Trashcan Man” (el “Hombre-Tacho de Basura”) recorre el desierto del sudoeste norteamericano enloquecido por el sol y la sed buscando esa ciudad inexistente, a la que al final confunde con Las Vegas.

Esta oscura inclusión en la trama narrativa tiene un profundo asidero legendario e histórico, que, analizado convenientemente, nos guiará hacia uno de los misterios más asombrosos de los Estados Unidos.

 

La guerra civil entre dos facciones de la aristocracia visigoda española se resolvió de la peor de todas las formas posibles: los partidarios del rey Agila pidieron ayuda a los musulmanes del norte de África, los que, ni cortos ni perezosos, comisionaron al general Tariq ibn Ziyad para invadir la península. Tariq desembarcó en Gibraltar el 30 de abril de 711 al mando de 7.000 hombres y derrotó a los visigodos en Guadalete, abriendo así el camino a la conquista árabe de todo el territorio hispánico. Tras las tropas de Tariq llegaron numerosos apoyos comandados por Abu Abd ar-Rahman Musa ibn Nusayr ibn Abd ar-Rahman Zayd al-Lajmi (conocido por todos simplemente como Musa). Musa atacó España con 18.000 hombres frescos y motivados, dispuestos a completar la ocupación del territorio entero. En 712 se adueñó de Carmona, Sevilla y Medina-Sidonia, para poner sitio, finalmente, a la ciudad de Mérida. La heroica resistencia de sus murallas duró más de un año, para caer, rendida por el hambre y las privaciones, el 30 de junio de 713.

 

Tariq el Conquistador

 

Aquí termina la historia registrada y comienza la leyenda, que nos llevará en un asombroso periplo hasta una de las más increíbles civilizaciones de que se tenga memoria.

 

El relato cuenta que, durante el sitio de Mérida, siete obispos de la ciudad decidieron huir para no ser capturados o muertos por los musulmanes. Ante la inminente caída de la ciudad, los religiosos tomaron las obras de arte y riquezas que pudieron rescatar y fugaron hacia el oeste, justo a tiempo para escapar de la matanza y de la ciudad arrasada.

Según la leyenda, los siete obispos navegaron hacia el poniente hasta llegar a un lugar desconocido (no perdamos de vista el hecho de que faltaban casi ocho siglos para el descubrimiento de América) donde fundaron siete espléndidas ciudades plenas de riqueza, arte y bienestar. En esta leyenda se encuentra el origen de El Dorado, de la Ciudad de los Césares y de las demás míticas ciudades embaldosadas de oro que los conquistadores españoles buscaron sin éxito durante cientos de años.

 

Así, el emperador Carlos V comisionó en 1527 al Adelantado Pánfilo de Narváez para dirigirse a Norteamérica y conquistar tanto territorio como le fuese posible. En un viaje plagado de problemas y contratiempos (tardó nada menos que diez meses en cruzar el mar), Narváez desembarcó en la península de La Florida en abril de 1528. Luego de muchos actos de salvajismo contra los aborígenes y para evitar su venganza, se hizo a la mar hacia el oeste para tratar de seguir la costa sur de lo que hoy son los Estados Unidos y llegar a México para obtener la protección de Hernán Cortés. Pero sus canoas naufragaron en el delta del Mississippi y toda la expedición se ahogó, a excepción de cuatro hombres. Las decisiones de Narváez fueron tan erradas que, aún hoy en día, se llama “pánfilos” a las personas de escaso cacumen y poco raciocinio.

Los cuatro sobrevivientes de la expedición fueron Álvar Núñez Cabeza de Vaca (más tarde descubridor de las Cataratas del Iguazú), Alonso del Castillo Maldonado, Andrés Dorantes de Carranza y un esclavo africano apodado Estebanico (este último fue el primer africano en pisar Norteamérica). Consiguieron alcanzar la costa y, a pie, en un terrible viaje que duró la friolera de ocho años, atravesaron todo el sur de los Estados Unidos, cruzando los estados norteamericanos de Louisiana y Texas y los mexicanos de Nueva León, Coahuila, Durango y Sinaloa. El épico viaje culminó cuando el cuarteto arribó a la ciudad de Culiacán, en la costa occidental de México, muy cerca del Mar de Cortés.

 

Álvar Núñez Cabeza de Vaca

 

Al llegar a la aldea española, relataron que al cruzar el Río Grande se habían encontrado con nativos cazadores de bisontes, que los alojaron y los trataron bien. Estos nativos habían hablado de grandes ciudades llenas de improbables riquezas ubicadas más al norte, y los conquistadores de inmediato asociaron esta opulencia con los siete obispos expulsados de Mérida. El nombre de una de estas ciudades era Cibola, fundada supuestamente por uno de los religiosos fugitivos.

 

Vista la avidez de los españoles por el oro, se comprenderá que de inmediato comenzó la búsqueda de la evasiva Cibola. El virrey español comisionó entonces al franciscano Marcos de Niza para que buscara y encontrara a la dorada ciudad. Este, inteligentemente, llevó como guía al esclavo Estebanico. Juntos exploraron el estado de Sonora y parte de Nuevo México, donde el africano fue asesinado por los nativos. Niza continuó buscando, para luego regresar a México afirmando haber vislumbrado una ciudad “más grande que Tenochtitlán”. Todos creyeron que había encontrado Cibola, por lo que enseguida se planeó una nueva expedición. Su jefe fue en esta oportunidad el salmantino Francisco Vázquez de Coronado, que, llevando a Marcos de Niza como guía, atravesó México, Arizona, Nuevo México, Texas, Oklahoma y Kansas. Como era de esperar, no encontró a Cibola, pero sí repitió relatos de los indios Hopi y Zuñi acerca de una gran ciudad tallada en roca pero ahora abandonada, que había sido construida por sus antepasados. Los Navajo llamaban a esa civilización desaparecida “Anasazi” (“Los Enemigos Antiguos”) pero los Hopi y Pueblos consideraban a ese término afrentoso, y preferían denominarlos sencillamente “Los Antiguos”.

 

Las actuales teorías del poblamiento temprano de América establecen que el Hombre llegó a nuestro continente hace mucho más que los 14.000 años que consideraba la anterior (y casi abandonada) teoría del poblamiento tardío. Ya hemos discutido el poblamiento de Norteamérica en otro artículo. Los actuales conocimientos indican que ya había humanos sedentarios viviendo en el actual territorio estadounidense hace 20 o 30 mil años. El Hombre de Kennewick y la cultura lítica de Clovis (entre muchos otros hallazgos) son prueba suficiente de esta afirmación.

 

Marcos de Niza

 

Los cazadores y recolectores norteamericanos debieron volcarse a la agricultura y por tanto al sedentarismo al extinguir mediante la caza las especies de las que se alimentaban, principalmente camélidos, desdentados y proboscídeos prehistóricos: mamuts, megaterios, etc.

El cambio climático que siguió a la glaciación de Würm (desde hace unos 80.000 años hasta hace 10.000) determinó que el sudoeste norteamericano se volviera cálido y seco, adquiriendo el aspecto desértico que observamos hoy.

 

 

El cultivo del maíz, introducido en la región hacia el siglo VIII a.C. por los Teotihuacanos, Zapotecas y Aztecas, prácticamente resolvió los problemas alimentarios de los pobladores originales y les permitió establecerse, cultivar y producir culturas y civilizaciones complejas como la de Clovis y la que nos ocupa, los ya mencionados Anasazi.

 

Siguiendo un rebaño que se les había escapado, dos rancheros del pueblo de Mancos, Colorado, alcanzaron lo que hoy es el Parque Nacional de Mesa Verde, una aislada altiplanicie de 1.900 metros de altura muy similar a los tepuyes sudamericanos. Los dos hombres -Richard Wetherill y Charles Manson- pudieron visualizar con incredulidad desde la cima, una enorme ciudad ubicada en la base de los acantilados. Descendiendo rápidamente, exploraron los edificios y comprendieron que en ese sitio había existido una avanzada cultura metropolitana, completamente opuesta a los grupos de nativos americanos nómades y cazadores de bisontes. Era el 18 de diciembre de 1888.

 

Mesa Verde

 

La congregación más grande de edificios fue bautizada por los accidentales descubridores como “Palacio del Acantilado” y, aún hoy, sigue maravillando a quienes la ven por su perfección, estilo y belleza.

Preguntados los indios Navajo acerca de quiénes podían haber sido sus constructores, respondieron, como hemos dicho, que ellos los llamaban “Enemigos” (Anasazi) y que habían desaparecido hacía mucho, mucho antes incluso de la llegada de los hombres blancos. Los indios Pueblo, que se consideran a sí mismos descendientes de los Anasazi, prefieren llamarlos sencillamente “Antiguos”.

Sin saberlo, los dos rancheros habían descubierto, posiblemente, la ciudad de la cual los nativos habían informado a Cabeza de Vaca y sus compañeros, tal vez las ruinas comparables a Tenochtitlán que Marcos de Niza había vislumbrado como un espejismo en la lejanía.

Cibola había pasado a ser, pues, una impresionante realidad.

 

Otra vista de la Cibola real

 

Las ruinas de Mesa Verde fueron conocidas por los abórigenes norteamericanos desde siglos atrás, y ello explica las referencias que recibieron acerca de ellas los conquistadores españoles. Pero el hombre blanco también las había visitado antes de la llegada de Wetherill y Manson. Existen pruebas irrefutables de que, 15 años antes que ellos, el explorador minero John Moss investigó las ruinas, así como también existen imágenes de 1874 tomadas por el fotógrafo William Henry Jackson y un informe del año siguiente efectuado por el geólogo William Holmes. Estas averiguaciones llevaron a proponer una investigación seria del desierto del sudoeste para buscar ruinas, la cual nunca se efectuó hasta después del reporte de los dos pastores.

 

Las ruinas Anasazi como las vio Wetherill

 

Como la de la mayor parte de las ruinas importantes, la de los Anasazi de Mesa Verde fue una historia de saqueos y expoliación: poco después del descubrimiento de Manson y Wetherill, nuevas y aún mayores ruinas de ciudades se encontraron en los alrededores, y los pobladores del condado de Montezuma y de la aldea de Mancos tomaron la costumbre de retirar de allí cerámicas y otros artefactos para venderlos por pocas monedas a los turistas. Llegaron incluso a voltear paredes y a demoler pisos para buscar nuevas habitaciones no saqueadas todavía.

 

La tumba de Wetherill, en el Cañón del Chaco, entre las ruinas

 

Viendo la devastación que llevaría a la pérdida completa de los restos, la familia de Wetherill llegó a un acuerdo privado con la tribu Ute (de la que deriva el nombre del estado de Utah), en cuyo territorio se encontraban las ruinas, para que ellos impidieran el saqueo. Los Wetherill, por su parte, rescataron todas las piezas que pudieron y se las vendieron a la Sociedad Histórica de Colorado y a varios coleccionistas privados. Aunque espuria (lo hicieron por dinero) esta actitud en realidad preservó muchos restos que se hubieran perdido de otro modo. Richard Wetherill reorganizó su granja ganadera como centro turístico, se convirtió en un verdadero experto en los Anasazi, y pasó el resto de su vida trabajando como guía y baqueano para los visitantes.

 

Poco a poco, los periodistas y los escritores comenzaron a interesarse en las impresionantes ruinas Anasazi, y a formular múltiples preguntas: ¿Quiénes habían sido los pobladores de las gigantescas ciudades en los riscos? ¿Por qué se habían extinguido?

 

Ruinas Anasazi en Dark Canyon

 

Los libros y artículos que se publicaron en esos días llamaron la atención del célebre mineralólogo sueco Gustaf Nordenskiöld (hijo del explorador polar Adolf Nordenskiöld), que realizó un relevamiento intensivo de las ruinas, herramientas, tumbas y artefactos existentes en el lugar. Pero cuando los pobladores locales (y los traficantes de antigüedades) se enteraron de que Nordenskiöld iba a llevarse muchas piezas para resguardarlas en un museo finés, fue arrestado acusado de “destrucción de patrimonio” y se lo amenazó con lincharlo. Solo mediante el auxilio del Gabinete norteamericano, que era consciente de la importancia de la tarea del escandinavo, se consiguió dejarlo libre. Hoy en día, la colección de objetos Anasazi que Nordenskiöld organizó en Helsinski es la más grande fuera de los Estados Unidos. Como los saqueos y las demoliciones en busca de joyas o cerámicas continuaron apenas ido Nordenskiöld, las autoridades norteamericanas convirtieron la zona en el Parque Nacional que vemos hoy el 29 de junio de 1906.

 

 

Hoy creemos haber determinado que los Anasazi son los ancestros de los actuales grupos conocidos en conjunto como Pueblos, que viven hoy -como lo hicieron antes los antiguos- en la región conocida como “Cuatro Esquinas”, la confluencia de los estados de Colorado, Nuevo México, Utah y Arizona. La terminología antropológica se refiere a los Anasazi como “Culturas Pueblo Antiguas” o simplemente “Pueblo Antiguos”. Los españoles llamaron “Pueblos” a estos aborígenes por razones obvias: eran los únicos en toda Norteamérica que construían villas o poblados sedentarios, al revés que sus vecinos que jamás abandonaron el nomadismo.

 

Las “Cuatro Esquinas”

 

Pero, claro que no siempre fueron pobladores de ciudades fijas y gentes sólidamente ancladas al terruño. Los antropólogos y arqueólogos dividen el poblamiento de las Cuatro Esquinas en nueve fases:

 

 

Cestería Anasazi

 

 

Petroglifos Anasazi

 

 

Turistas visitando las kivas

 

 

Luces y sombras en las ruinas

 

 

 

 

Áreas de influencia cultural de los Antiguos Pueblo

 

 

Para entonces, los Antiguos habían derivado en los más de 25 grupos Pueblo que existen actualmente, por ejemplo los Hopi, Acoma, Zuñi y Taos.

 

Wetherill y Manson jamás dudaron de que una civilización avanzada había existido en sus tierras: los artefactos y edificaciones lo demostraban. Pero quedaba aún por probar los motivos que habían permitido que los Anasazi se “civilizaran” o se hicieran sedentarios, agricultores y arquitectos.

 

Torre Anasazi. Obsérvese el parecido con los nuraghi sardos

 

La respuesta al misterio vino de los pilotes de madera de sus construcciones. La piedra de su albañilería provenía de las cercanas paredes de los riscos de Mesa Verde o del Cañón del Chaco, pero no hay árboles en las inmediaciones. El estudio de las vigas y columnas de las ciudades Anasazi demuestran que muchos de los árboles provinieron de bosques ubicados a más de 80 km de distancia, y, tomando en cuenta que los Anasazi no conocían el caballo ni la rueda, el método de transporte de esos grandes troncos permanece aún -y tal vez para siempre- en el misterio.

Pero los árboles están allí, y en la actualidad se puede aplicar sobre ellos una técnica llamada dendrocronología, que consiste en estudiar los anillos de los troncos para establecer el ambiente en el que creció el árbol con sus temperaturas, disponibilidad de agua y otros datos.

Y los resultados sobre los árboles Anasazi son sorprendentes. Sabíamos que hace unos 20 millones la zona de las Cuatro Esquinas era el fondo de un gran mar interior; luego, el terreno se elevó, el agua se fue y los cambios climáticos postglaciares convirtieron la región en un desierto reseco.

 

El risco abandonado

 

¿Por qué querría el hombre establecerse en un lugar tan inhóspito? Pues bien, los anillos de los árboles muestran siglos de sequía (cuando los Anasazi eran nómades) y un largo período de lluvias aproximadamente hacia el año 900, casualmente el momento en que los Anasazi decidieron girar al sedentarismo. De depender de la caza y la recolección pasaron a ser capaces de cultivar en gran escala. El desierto sudoccidental debe haberse convertido en un vergel. Y la lluvia se convirtió en su único sostén, norte y centro de la vida de los Pueblo.

 

Recién en 1925, un fotógrafo y documentalista fue admitido a ver una ceremonia religiosa de los descendientes de los Anasazi, los Hopi. Nunca nadie había fotografiado ni filmado un evento así, que permanecía sin cambios desde tiempos prehistóricos.

 

Ruinas en el condado de Montezuma

 

El hombre se sorprendió al observar la ceremonia: numerosos danzantes llevando crótalos vivos, extremadamente peligrosos, danzaban con frenesí desafiando a la muerte. Finalmente, se metían los ofidios en la boca, y afirmaban que eran uno con la naturaleza y la tierra. Golpeaban el suelo con los pies para imitar el sonido del trueno, mediante el cual las nubes descargaban las lluvias bienhechoras. Las víboras vivían en el suelo, y solo ellas eran capaces de obligar a las nubes a soltar su carga, de ahí su presencia en la celebración.

 

Un joven Pueblo moderno en una ventana de las ruinas

 

Así que la lluvia ocupaba un lugar fundamental en la vida Anasazi. Pero el amor por el fenómeno que les daba vida no explica el porqué de su declinación y caída. O tal vez sí.

 

Luego de dos siglos y medio de lluvias sostenidas, los anillos de los árboles demuestran que la gran sequía antigua volvió a adueñarse de la región de Cuatro Esquinas. Un buen día, la lluvia desapareció para no regresar hasta el día de hoy. La ceremonia Hopi de la lluvia proviene probablemente de los intentos Anasazi de aplacar la furia de los Kachinas, que de dadores de vida parecían haberse convertido de repente en destructivos. Había que calmarlos a como diera lugar.

 

Pueblo Bonito

 

Muchos de los edificios existentes en Cañón del Chaco tenían más de cinco pisos de alto sin apuntalamiento externo, sostenidos solo por sus propias estructuras de madera, piedra y adobe. La aglomeración urbana más grande del lugar, llamada Pueblo Bonito, contiene nada menos que 650 viviendas.

El Cañón del Chaco en sí, de 24 km de largo y 300 metros de ancho, alberga doce complejos (no tan grandes como Pueblo Bonito pero casi), con un total de más de 300 kivas circulares, cuyas paredes se encuentran cubiertas de petroglifos, dibujos e inscripciones que no han sido descifradas.

 

Petroglifos

 

Entre los objetos encontrados (y, como ya hemos visto, muchos lamentablemente perdidos) se contaban exquisitas cerámicas, armas, herramientas y joyas. Y, en una habitación pequeña, una tumba común con 14 cuerpos humanos: un hombre y trece mujeres. El esqueleto del varón se hallaba cubierto de joyas con turquesas engarzadas, más de 400 de ellas. Las mujeres también estaban acompañadas de turquesas pulidas. El análisis de los restos demuestra que fueron ultimados a golpes de maza en el cráneo. Otras sepulturas muestran hechos similares.

 

 

La uniformidad en el sistema de los asesinatos prueba que se trató de una ceremonia religiosa, o al menos de un acto de barbarie organizado. Es impensable que se haya tratado de ejecuciones judiciales, porque no tiene sentido cubrir de ricos ajuares a los delincuentes muertos. Los fallecidos eran seguramente personajes de alto rango (un gran señor y su harén, por ejemplo), y posiblemente hayan sido sacrificados como ofrenda a los dioses de las lluvias. Acaso se trató de un sacerdote que no logró hacer llover. Tal vez un gobernante, al que el derrumbe del orden social producido por la sequía y las hambrunas subsiguientes condenaron a esta muerte cruel.

En 1997, una excavación en Cowboy Wash, Colorado, dejó al descubierto los restos de 24 personas muertas de forma similar, pero además descuartizadas y con evidencias de ceremonias caníbales. Cowboy Wash fue abandonado por los Anasazi simultáneamente con las demás ciudades.

 

Astrónomos geniales: una supernova estalló en la Nebulosa del Cangrejo en 1054 y los Anasazi la registraron en piedra en su situación exacta

 

Los Anasazi no consiguieron, pues, calmar la furia de los dioses. La lluvia se había ido para siempre, y los obligó a abandonar el Cañón del Chaco que había sido su hogar durante siglos, dejando al desierto sus ciudades, y desapareciendo para siempre de la historia.

Sin embargo, los restos de estas infortunadas personas han permitido establecer su relación sanguínea con los Pueblo modernos, a través del estudio del ADN.

 

La aerofotografía muestra la extensión de la red vial Anasazi, vasta y compleja. Algunos caminos interconectan los pueblos satélites entre sí, mientras que otros unen estos con las grandes viviendas excavadas en los riscos. En el centro cultural de Pueblo Alto (algo menor que Pueblo Bonito) se hallaron grandes montañas de basura Anasazi que incluian miles de piezas de alfarería. El estudio de los fragmentos y de otros dispersos ha demostrado que la cantidad de piezas y vajillas excedía en mucho las necesidades de la población local, lo que ha llevado a los expertos a concluir que se trataba de bienes exportables.

 

Un cometa visto por los Anasazi: una esvástica

 

Los petroglifos Anasazi son soberbios: el motivo más repetido es la espiral, que se encuentra prácticamente por todas partes. No hemos conseguido dilucidar si se trata de una representación estilizada de la serpiente dadora de lluvia, pero lo profundo de su significado se evidencia de muchas maneras. Una talla conocida como Espiral de Fajada, ubicada tras de tres monolitos gigantescos, recibe en su centro exacto un único rayo de sol en forma de línea, pero solamente al mediodía del 21 de junio, el solsticio de verano. Este solo hecho demuestra unos conocimientos astronómicos avanzados, absolutamente sorprendentes para una cultura del sudoeste estadounidense.

Las kivas parecen haber sido templos o sedes ceremoniales: la más grande y compleja de estas estructuras circulares (La Casa Rinconada) presenta solo una pequeña ventana de un lado y un nicho en el opuesto. Este nicho no recibe luz en ningún momento del año, pero a las 12 del 21 de junio un rayo de sol entra por la ventana y lo ilumina en forma directa.

 

Impresionante fenómeno

 

Es lógico que todo esto sea así: no es posible una agricultura avanzada sin un profundo conocimiento de las estaciones y la mecánica del Sistema Solar, pero aún así, la cultura Anasazi nos llena de un respetuoso temor a medida que la conocemos más.

 

El brutal cambio climático que destruyó a la cultura Anasazi se vio agravado por la erosión del suelo, un abuso de los árboles que produjo una grave deforestación, cambios culturales y, posiblemente, la hostilidad de los pueblos venidos del norte. El mismo período de sequía -y por parecidos motivos- aniquiló a la cultura de Tiawanaku, a orillas del Lago Titicaca, ubicado entre Bolivia y Perú.

Los estudios más modernos sobre los Anasazi establecen que no todos murieron ni fueron exterminados por los pueblos del norte. Si bien muchos sucumbieron a las enfermedades traídas por aztecas y españoles, un número no determinado bien puede haber emigrado a regiones con regímenes pluviales más benignos, como por ejemplo el valle del Mississippi.

 

Más viviendas en el risco

 

El ataque de pueblos enemigos queda demostrado por el hecho de que los Anasazi mudaron sus ciudades de las bases de los riscos a las cimas de las mesas alrededor de 1200. Esto solo podía tener sentido si ocurrió, primero, para poder observar mejor los alrededores y, segundo, para dificultar el acceso de un ejército invasor.

 

Así los Anasazi, los constructores de la mítica Cibola y otras ciudades legendarias, los pueblos que en Norteamérica lograron acumular un soberbio conocimiento astronómico, arquitectónico e hidráulico, comenzaron a difuminarse para desaparecer por completo.

Actualmente esa misteriosa pero espléndida cultura vive solo en la sangre de sus descendientes, los modernos indios de la nación Pueblo.

Tal vez nuevos descubrimientos y estudios sean capaces de traerlos de vuelta desde las nebulosas profundidades de la leyenda.


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