OJOS

Eduardo M. Laens Aguiar

Uruguay

Juani era un niño muy especial.

Eso decían su madre y su padre en cuanta conversación social involucrara el tema de los logros alcanzados por los hijos.

Eso decían sus tíos y primos, a espaldas de los padres de Juani, temerosos por ciertas reacciones del niño, desconfiados de sus actitudes, recelosos de sus miradas ácidas, con esos ojos de un color miel claro que gritaban actitudes contenidas.

Eso decían sus maestros, en busca de una definición que no resultara ofensiva y fuera bastante ambigua como para que satisficiera a los padres.

Eso decía Vilma, su nana, que lo vestía, bañaba y lavaba su ropa desde su nacimiento. Y tal vez era quien con mayor sinceridad y aprecio lo decía.

Juani no hablaba, sin que esto implicara que fuera mudo. Es que prefería arreglárselas solo, en su mundo, antes que importunar a los demás. Se sentía distinto, aislado de su entorno. Muchas de las cosas que despertaban el interés de sus padres, sus primos, sus compañeros, sus vecinos, le parecían absurdas, irrelevantes, superficiales.

Su mente divagaba y cavilaba acerca del sentido de las cosas, preguntándose el por qué de todo e intentando descifrarlo por sí solo.

No tenía poderes ultraterrenos, no era en exceso inteligente ni sabio, en cierto modo tenía los mismos temores y curiosidades que cualquier niño de cinco años, sólo que los expresaba de un modo particular.

Desde su ostracismo desplegaba miradas directas, felinas, ante las inquisiciones de sus padres, maestros o tutores. Negaba a menudo los ofrecimientos que le hacían y aceptaba reticente aquellos que coincidían con sus necesidades.

Desde que tenía tres años recorrieron médicos, psicólogos, psiquiatras y profesionales de terapias alternativas. Sin éxito en ninguno de los campos, el esfuerzo e interés de los mayores por el comportamiento que el menor desplegaba fue disminuyendo, tal vez resignándose. Con el tiempo, fue relegado a su aislamiento, sin importunarlo demasiado.

Sin faltar a sus obligaciones escolares, ni comportarse de forma impropia, pronto dejó de ser el centro de la atención o siquiera una preocupación.

Fue su Nana quien lo descubrió sentado a los pies de la cama, asintiendo a un rincón vacío de la habitación. Inclinaba levemente la cabeza y afinaba la mirada, como queriendo entender palabras mudas que nadie decía.

Lo comentó con la madre de Juani, quien eligió la explicación del amigo invisible como solución al evento. De hecho, hasta se alegró de que al menos tuviera un amigo, aunque fuera imaginario.

Aquella fue la única vez que Vilma pudo verlo conversando con "los ojos", como él había decidido llamar a la entidad que aparecía en la oscuridad de su habitación, representada por dos latentes puntos, ardientes y brillantes como brasas.

Algunas veces le hablaba en un idioma que Juani no comprendía, pero en la últimas apariciones había comenzado a sembrar en él ideas que jamás se le habían ocurrido, ideas que le despertaban sentimientos extraños, potentes, dolorosos.

Observaba con mayor detenimiento a sus padres durante la cena. Atento a las triviales conversaciones, podía oír entre líneas otras intenciones, muy distintas a las dichas. Su silenciosa manera de ser le permitió escuchar sin ser oído, observar sin ser visto, y así conocer muchas verdades y grandes mentiras de quienes convivían con él.

En poco tiempo dedujo, y luego creyó ciegamente, que "los ojos" lo sabían todo; pero no se lo decían directamente, sino que le recomendaban a quién mirar y cuándo escuchar, para luego diseccionar dichas actitudes en traiciones, vilezas y perfidias.

Juani aprendió a aborrecer, a repugnar, a despreciar, a odiar. En el silencio de su mente fueron sembradas muchas dudas y fue exhortado a investigar por sí mismo acerca del dolor, el miedo, la muerte.

Cuando algún compañero de colegio lloraba con sinceridad por un golpe, a veces propinado por él mismo, buscaba con su mirada ambarina aprender de esas lágrimas, incluso tomándolas en sus dedos y sorbiendo el salado sabor del dolor.

En casa de una de sus tías, alejado de las miradas inhibidoras de los mayores y de la ruidosa presencia de sus primos, se encaramó sobre la pecera que adornaba la sala de estar para tomar, uno por vez, a los peces que en ella vivían. Con pétreo semblante se deleitó durante horas en ver cómo los animales boqueaban desesperados el aire que los asfixiaba. Sintió cómo uno a uno dejaban de vivir en sus manos, atento a ese instante, esa bisagra que unía la vida con la muerte, el sufrimiento con la redención.

Juani buscó siempre el momento oportuno para comprobar las verdades que "los ojos" le decían, de modo de no ser culpado o castigado jamás.

Aprendió lo que era la sangre, matando a cada uno de los seis cachorros que tuvo la perra de la casa. Creó conflictos que costaron el puesto de trabajo de varios empleados, entre ellos Vilma, acusada de robo.

Dejó en evidencia los amoríos de su madre, mirando con ojos ávidos la golpiza que recibía luego de manos de su padre. Con puños apretados y nudillos blancos repitió, en la soledad de su habitación, cada uno de los embates que había observado en la sala de estar, imaginado los impactos contra la humanidad de su madre.

"Los ojos" nunca lo abandonaron. Por el contrario, con el devenir de los días se presentaban más a menudo, hecho del que Juani llegó a depender, al extremo de decepcionarse si una noche el visitante sombrío no aparecía.

Con el pasar de los años, el matrimonio de sus padres se convirtió en una fachada social debajo de la cual se escondía un inestable mundo de odio, ira y furia; donde encarnizadas escenas de violencia familiar eran desplegadas para un único espectador. Disfrutaba embelesado de cada una de esas escenas de la tragedia doméstica que planeaba con precisión.

Pero "los ojos", y su propia sed de experiencias, le pedían expandir su coto de exploración. Animado por su juventud e incitado por su tutor invisible, Juani perfeccionó sus conocimientos con más pruebas de campo, aprovechando las libertades que la desatención paternal le brindaban.

A los diez años asesinó por primera vez a una persona, siendo la víctima un descarriado que dormía en un terreno baldío que quedaba de camino a su colegio. El pobre diablo estaba en tal estado de embriaguez que no ofreció casi resistencia, hecho que decepcionó bastante a Juani, pero mucho más a "los ojos". Sin embargo siguió golpeando al mendigo con una madera que encontró en el lugar, aun después de que el cuerpo dejara de tener siquiera espasmos musculares, atento a las marcas, cortes y heridas que cada ataque producía.

A partir de aquel episodio, la escalada de experimentos fue multiplicándose de forma exponencial. Alguna que otra vez fue objeto de sospechas por estas felonías, pero su carácter, en apariencia retraído, y el apellido que portaba, fueron cartas suficientes para eximirlo de las acusaciones.

A los doce años ocurrió un cambio importante. Dejó de ver a "los ojos", pero nunca de oírlos. Esa voz, baja, profunda, ponzoñosa, lo acompañaba día tras día en sus quehaceres. En cierto modo los sentía más cerca de él y, si alguien hubiera estado junto a su cama por las noches, tal vez hubiera visto un resplandor rojizo en su mirada dorada. Había dejado de sentirse solo, o mejor dicho, reemplazó el vacío social que su vida pedía por aquellos momentos de comunión con "los ojos".

Sus padres perdieron varias amistades y escalafones sociales, culpa de las mentiras que se esforzaban por tejer, pero que por alguna extraña razón siempre se derrumbaban, dejando a la vista un matrimonio vacío de amor, sinceridad y respeto. De hecho, si alguien hablaba de Juani, era sólo para compadecerlo por la familia disfuncional en la que le tocaba vivir. Lo que había hecho de sus padres era, a ojos de la gente, un aliciente para su singular comportamiento.

Pero a él todo esto lo traía sin cuidado. "Los ojos" lo desafiaban constantemente a buscar nuevos límites, a intentar nuevas proezas en aras de la verdad. De su verdad.

A los trece años de edad sedujo a una compañera de clase, y bajo el influjo del amor adolescente la pervirtió de tantas maneras como "los ojos" propusieron. La abusó, humilló y expuso, sexual y psicológicamente, transformándola en un despojo de la niña que era y de la mujer que sería. También descubrió que la muerte, llevada a cabo por manos de otro, no dejaba las mismas recompensas.

El experimento terminó con la muchacha en un internado psiquiátrico de menores, lugar al que fue de visita algunas veces, escondiendo su regocijo en una máscara de piedad.

Su error, en esa época, fue, como debía ser, un pecado de juventud; la impaciencia de siempre vivir al límite, de tensar al máximo la cuerda del destino.

Una noche, desbordado por las riñas hogareñas de sus progenitores, en las que ya no encontraba atractivo alguno, decidió ponerles fin.

Como siempre, desde sus tiernos cinco años, le pidió opinión y apoyo a "los ojos" y escuchó solícito las instrucciones que éstos susurraron en su mente. Su error, esa vez, fue no argumentar las recomendaciones que recibía, aún cuando una alarma sonaba en su cabeza.

Como imaginaba, el resultado no fue el esperado, ya que, si bien pudo concretar el objetivo primordial, la policía lo identificó de inmediato como principal sospechoso.

Los investigadores locales, que más de una vez lo habían tenido en la mira, cayeron con todo el peso de la ley sobre él, sedientos de venganza por tantos fracasos previos. La orden de captura no demoró en aparecer y su descripción fue distribuida a nivel nacional.

Por algunas semanas pudo escapar, migrando de hostal en pocilga, de suburbio en barriada. Pero siempre alguien lo recordaba, por extraño, taciturno, extravagante o antipático. Sus ojos amarillos eran una impronta imborrable en la memoria de todos los testigos y los investigadores siempre recibían una pista certera.


Ilustración: Graciela Lorenzo Tillard

Finalmente fue detenido en sus cortos, aunque fructíferos, dieciséis años.

Los peritos armaron con asombro y espanto el perfil psicológico del adolescente, basado en sus confesiones y pertenencias, halladas en el domicilio familiar y en el lugar de la detención. Lo entregaron a la justicia en medio de controversias y una exposición inmensa del caso en la prensa nacional.

Por este informe pericial supieron los jueces que el joven poseía un desequilibrio psicótico, pero que no podía —ni debía— ser definido como demencial.

También fueron informados de que poseía la sagacidad y la inteligencia de un adulto experimentado junto con una autoestima oscilante, con picos de egolatría y valles de inferioridad. Supieron que tenía los ojos de su madre y la nariz de su padre, guardados en una bolsa ensangrentada que llevaba consigo al momento de la captura.

El caso tomó relevancia internacional y marcó una grave tendencia. Juani fue el primer menor condenado a la pena capital, representada en la figura de la silla eléctrica.

Miles de personas manifestaron su conformidad y muchas más su repudio. El proceso adoptó debates morales, políticos y sociales. Igual cantidad de argumentos se esgrimieron a su favor y en su contra, pero ninguno pudo hacer cambiar la decisión del jurado, para ese entonces apoyado por el Estado.

Juani era malo y no se preocupaba por ocultarlo. Ofreció entrevistas a revistas sensacionalistas donde detalló escatológicamente varios de sus crímenes. Pidió no estar encapuchado al momento de la ejecución y el deseo le fue concedido.

La ejecución fue breve y, por decisión de la corte, realizada sin presencia de la prensa, sólo contemplada por miembros de la justicia involucrada en el caso.

La iluminación del recinto penitenciario falló varias veces durante la ejecución. Durante esos momentos de casi oscuridad todos los presentes vieron con claridad un destello rojo en sus pupilas de Juani, mientras éste convulsionaba mortalmente.

Algunos comentaron este singular fenómeno, pero finalmente concluyeron que había sido producto de la descarga eléctrica.



Eduardo M. Laens Aguiar nació el 20 de enero de 1979 en Montevideo, Uruguay, y vive en Argentina desde 1985. Casado y con un hijo, es Licenciado en Marketing. Escribe desde 2005, siendo sus géneros preferidos la narrativa conjetural y la ciencia ficción. Ha sido publicado en AXXÓN, REVISTA NM, ALFA ERIDIANI, EFÍMERO y el libro "Desde el Taller" del IMFC.

Hemos publicado en Axxón: ¿MALDAD? (157), KHUL YORIÚ (158), SIN VUELTA (163), SEOL, bajo el seudónimo colectivo "Américo C. España" que compartió con Ricardo G. Giorno, Erath Juárez Hernández y David Moñino (165), REVELACIÓN (168), LA CONCEPCIÓN (170), EL PANTANO (180)


Este cuento se vincula temáticamente con BURBUJA DE HUMEDAD, de Libia Brenda Castro R. (158), CAMBIO DE SUERTE, de Claudia Feld (178), CERRADA, de Ricardo Germán Giorno (179) y SUNNY ROSE Y EL VENDEDOR DE ESPEJOS, de Ariel S. Tenorio (178)


Axxón 193 - enero de 2009
Cuento de autor latinoamericano (Cuento: Fantástico : Terror : Demencia : Uruguay : Uruguayo).

            

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