CUATRO SEGUNDOS Y ALGO MÁS

Miguel Bordino

Argentina

Al terminar la visita a la Sala, me dirigí al doctor Ludwig:

—Doctor, ¿le parece que almorcemos juntos?

—Pero claro, mi estimado doctor Frías, hay un par de cosas que me gustaría discutir con usted.

Nos dirigimos a la cafetería del hospital, donde servían un almuerzo aceptable a precio muy razonable. Una vez efectuado el pedido, observé una vez más a quien había sido mi profesor y hoy era un respetado y veterano médico y le comenté:

—Excelente el diagnóstico en la Sala 12.

Ludwig asintió con la cabeza, y dijo:

—Ha puesto el dedo en la llaga, estimado colega. Desdichadamente el diagnóstico es excelente desde el punto de vista médico, pero a ese pobre hombre no le quedan ni dos semanas de vida. Ese tipo de cáncer es fulminante. A propósito, de eso quería hablarle. Ese hombre es un pintor extraordinario, he visto algunos de sus cuadros y son excepcionales, pero, claro... su pintura no es abstracta ni moderna, es un pintor de la vieja escuela y, como usted ya sabe, toda esa experiencia artística, el manejo del pincel, todos esos conocimientos, se perderán en unos días.

Hizo una mueca y continuó:

—Muchas veces me he preguntado si no debería cambiar de especialidad, máxime teniendo en cuenta que antes de estudiar medicina me recibí de ingeniero electrónico.

—¿Y a qué le gustaría dedicarse, doctor Ludwig? —pregunté interesado.

—Tal vez le suene extraño, pero lo que acabo de decirle sobre ese pintor tiene mucho que ver con mi idea de dedicarme a buscar la manera, precisamente, de que no se pierda esa experiencia, ese bagaje, ante la inminencia de la muerte física.

Quedé sorprendido ante sus palabras. ¿Qué querría decir Ludwig? Ante mi silencio, él continuó su explicación.

—Casi todo el mundo cree que los seres humanos tenemos un alma o espíritu y que no se extingue al morir el cuerpo. También cree que esas almas serán juzgadas y terminarán en los cielos o en los infiernos, según se hayan comportado durante su vida.

Hizo una pausa y tomó un sorbo de bebida.

—Naturalmente, yo no puedo creer que todo ese manojo de conocimientos termine arrumbado, quemándose en un infierno térmico, o aburriéndose en la perpetua contemplación de otro espíritu, en un supuestamente fresco cielo. Si el alma existiera, repito, si existiera, me inclino a creer que permanecería por un tiempo a la espera de que alguien se apoderara de ella y retuviera esos conocimientos para otras generaciones; o, si eso no ocurriera, se degradaría velozmente y se disolvería en el tiempo y en el espacio hasta desaparecer por completo. Lo cual sería una verdadera lástima. —Y terminó la frase con un profundo suspiro.

—Es sorprendente, doctor, desconocía su interés por estos temas. Entonces usted cree en el alma.

—No se trata de creer o no; usted, como yo, es un científico, y los científicos no creemos: comprobamos, verificamos, medimos, hasta que tenemos la certeza, y partir de ahí aceptamos la existencia de algo. Con respecto a lo que usted llama alma, no estoy seguro, no sé si hay un alma o no, sólo lo tengo como hipótesis de trabajo. Ah, por otra parte, en realidad, yo ya le puse un nombre a ese conjunto de experiencias y habilidades que se pierde con la muerte. Lo he llamado "hálito", porque la palabra "alma" no me satisface.

—Yo prefiero "alma" —respondí—, pero no tiene importancia. Entonces significa que ya ha avanzado algo sobre el tema.

—Sí, mi querido doctor, ya comencé a esbozar una teoría sobre cómo capturar el hálito en el momento preciso en que se produce la muerte física.

Sus palabras me impresionaron, y lamenté que en ese momento el mozo nos trajera la comida, pues el doctor Ludwig cambió de tema mientras almorzábamos. Al concluir, me propuso continuar la charla en su consultorio. De modo que una vez ubicados en sendos sillones, me animé a comentar:

—Creo que antes que usted muchas personas trabajaron sobre la idea de controlar el espíritu, mejor dicho, el hálito, como usted dice. Aunque no es similar, su idea me recuerda a Frankestein.

Me interrumpió con un gesto de desagrado y señaló:

—La diferencia entre el doctor Frankestein y yo es que él pretendía insuflar el hálito en carne muerta, y yo pretendo capturar el hálito partiendo de carne viva. Por si no está al tanto, hubo seudo científicos que aseguraron haber comprobado una diferencia de peso en agonizantes al momento de expirar. Claro que, más tarde, se supo que no eran más que falsedades para ganar notoriedad. No pienso que el hálito tenga peso, pues en ese caso sería facilísimo comprobar entonces su existencia; no, más bien pienso que es algo formado por energía de una índole difícil de comprender pero que, una vez identificada y comprobada, podría idearse algún sistema de almacenamiento de esa energía, o hálito o alma, como usted quiera llamarlo.

Sonrió y, entusiasmado, continuó:

—Imagínese, poder conservar las experiencias, habilidades, conocimientos de gente como Thomas Edison, o Albert Einstein, por ejemplo, sin hablar de innumerables artistas, pintores, escultores, músicos —se detuvo unos instantes—. ¿Sabe usted que soy aficionado a la música de jazz? Imagínese tener a mi disposición el arte de un Duke Ellington, o un Benny Goodman, o un Louis... ¡ah, Louis, cómo quisiera tener a Louis Armstrong!

En ese momento, comencé a pensar que el doctor Ludwig podía estar afectado por alguna perturbación mental, pero no me atreví a interrumpirlo.

—He avanzado en varias hipótesis y creo que pronto podré tener algunas conclusiones para analizar; si le parece, lo tendré al corriente. Ahora —vaciló—, ahora debo descansar unos momentos —dijo con voz más pausada.

—Por supuesto, doctor —respondí, incorporándome—. Por mi parte debo volver al laboratorio. Gracias por su charla, ha sido muy interesante.

Y me despedí con un apretón de manos. Mientras iba camino al laboratorio, fui reforzando mi idea de que Ludwig, más que sufrir de algún ligero trastorno emocional estaba, posiblemente, loco como una jaula de grillos. En ese momento traté de imaginarme cómo medir el grado de locura de una jaula de grillos, pero sólo pude esbozar una sonrisa antes de entrar a mi lugar de investigaciones.

No volví a ver a Ludwig por más de una semana, y realmente tampoco tenía interés en buscarlo, cuando de repente me topé con él en uno de los pasillos del hospital. Tan pronto me vio, se acercó y me dijo:

—Mi querido Frías, debo decirle que voy por buen camino. Estoy a punto de desentrañar la naturaleza de esa bendita energía del hálito.

—Me alegro mucho, doctor, usted es un investigador nato, pero...

—¿Pero qué? —respondió Ludwig, mirándome fijamente.

—Bueno... —atiné a decir—, tal vez ese estudio signifique algo como tratar de igualar a Dios...

Me interrumpió sorpresivamente.

—¡Dios...! Qué dice, mi estimado colega. Si Dios realmente existiera, y si hubiéramos sido criados a su imagen y semejanza, deberíamos tender a la perfección, ¿verdad? Entonces, Dios se pondría muy contento si nosotros descubriéramos la naturaleza del hálito y pudiéramos aprovecharlo. Debería felicitarnos. Por otra parte, si Dios no existiera, ¿cuál sería el problema? Personalmente me inclino por la segunda posición, como ya se habrá dado cuenta. Conque deje de lado esos remilgos y piense como científico.

—Doctor Ludwig, tengo una formación religiosa, pero respeto sus ideas. Por favor no deje de contarme sobre sus avances.

—Así será, colega, pronto tendrá noticias mías. —Y se fue, no sin antes estrechar mi mano.

Dos días más tarde, me llamó por el interno para decirme:

—Frías, es necesario que hable con usted Es algo de mucha importancia ¿Podré verlo en el laboratorio?

No pude negarme y lo cité a las seis de la tarde.

Llegó antes, a eso de las seis menos cuarto, pero no lo hice esperar: hubiera sido una descortesía de parte de un joven con cuatro años de egresado hacia un médico veterano como era Ludwig.

Nos sentamos y de inmediato comenzó:

—Usted puede ayudarme, es necesario idear una forma de conservar el hálito. Sólo falta eso, mi querido doctor. Ya sé qué es —dijo sonriendo—, era más fácil de lo que imaginaba. Si usted supiera...

Atiné a preguntar:

—Pero, ¿es que ya descubrió la naturaleza del hálito?

—Claro, claro, mi estimado Frías, eso acabo de decirle. Pero no perdamos el tiempo, ya sé todo, sólo me falta dónde guardar esta energía.

Sus palabras me aturdieron y permanecí en silencio unos momentos. O Ludwig estaba en lo cierto y había descubierto algo sorprendente, o estaba loco como una cabra. Volvió a mi mente la imagen de una cabra loca, que deseché de inmediato, y contesté:

—Pero, doctor Ludwig, ¿cómo podría ayudarlo? Yo no sé cómo guardar energía, sólo soy un médico que trabaja en tomografías, análisis... yo...

—Nada —cortó Ludwig—, usted sabe más que yo, ¿o cómo registra sus tomografías, sus ecografías?

Intenté explicarle que en las tomografías se registraban rayos X, y que en las ecografías se observaba el rebote de ondas ultrasónicas, pero no me dejó terminar.

—Y bien, de eso le hablo, joven. Si usted puede registrar rayos X y ultrasonidos, podemos buscar la forma de observar, y guardar —dijo en tono más alto— todo el registro del hálito.

—¿Registro? ¿De qué registro me habla, doctor? —pregunté exasperado.

—Usted no entiende. El hálito es algo complejo. Es como una cadena de hechos, o experiencias, o cosas que no puedo comprender por ahora, pero sí puedo decirle que cuando una persona muere, hay algo así como una exhalación, que no es física, que demora cuatro segundos y cuarenta y seis centésimas desde el principio al fin. Ahí está, ¡sale del cuerpo, doctor Frías! Sin peso, es energía pura, y tiene mucho que ver con sonidos inaudibles. Fíjese que se han descrito muchos casos de perros, gatos y otros animales que efectúan gestos y movimientos extraños en el momento de la muerte de sus amos. Todo cuadra a la perfección. Sólo necesitamos guardar el hálito... pero ¿dónde? ¿Dónde, por mil demonios?

Y Ludwig se tomó la cabeza entre las manos, permaneciendo un rato en esa postura. En tanto, mi mente trabajaba febrilmente para tratar de entender lo que había dicho el viejo médico. Inicialmente, me resistía a creer que hubiera descubierto algo, pensé que sólo era su imaginación, y así se lo iba a señalar, cuando levantó su cabeza y me dijo:

—Usted no me cree, es lógico, pero va a creer. Tendrá que estar presente cuando alguno de los varios agonizantes pase al otro lado, mi querido colega. Y verá, y creerá.

Y levantándose de su sillón, se dirigió a la puerta y salió del laboratorio, dejándome con mil preguntas sin respuesta.

Al día siguiente decidí que Ludwig no estaba en sus cabales y que estaba perdiendo el tiempo al prestarle atención, y continué con mi trabajo habitual, que fluctuaba entre el diagnóstico por imágenes, es decir, radiografías, ecografías, tomografías, resonancias, etc., y el laboratorio de toxicología.

Unos días después atendí el teléfono y escuché la voz trémula del doctor Ludwig.

—Frías... doctor Frías... venga inmediatamente a la Sala nueve. Es importantísimo —y cortó la comunicación.

Eran las siete y media de la tarde y ya estaba por irme a mi casa pero, a pesar de una voz interior que me decía "No pierdas el tiempo", me dirigí a paso vivo hacia la sala nueve, que estaba a unos cien metros del laboratorio. Antes de llegar, apareció Ludwig en la entrada y, acercándose a mí rápidamente, me tomó del brazo y me empujó, literalmente, hacia la puerta, mientras murmuraba:

—No hay tiempo que perder. Venga, ojalá no sea demasiado tarde.

Y me condujo dentro de la sala hacia una de las camas, que estaba protegida por cortinas, de modo de aislarla visualmente del resto de los pacientes.

Una vez dentro de ese pequeño ámbito, pude observar a un hombre flaco y pálido, con los ojos cerrados y que respiraba con dificultad, y al doctor Ludwig que manipulaba un aparato y unos cables que estaban conectados al moribundo, pues ese hombre parecía estar en su etapa final. Observando con mayor cuidado, comprobé que Ludwig estaba utilizando un electro encefalógrafo portátil, y noté que algunos de los cables pasaban por otro aparato, algo rudimentario, antes de conectarse al registrador de ondas cerebrales.

—Vea, mi querido doctor, tengo un encefalógrafo conectado a este hombre. Vea sus ondas, y observe también que aquí hay otro medidor —dijo, señalando el extraño aparato que ya había notado—. Esto es un amplificador de ultrafrecuencia capaz de registrar cosas que ni siquiera yo comprendo plenamente, diseñado y armado por mí. Como puede ver, está interpuesto entre el cuerpo y el electroencefalógrafo. Debe observar todo con mucho cuidado y sin perder detalles, ¿me comprende?

Asentí con la cabeza y prosiguió:

—Este hombre está en estado terminal y nada puede hacerse para salvar su vida, ni siquiera para prolongarla. Morirá en unos minutos, y usted podrá ver que algo se escapa, algo sale, y cuando usted comprenda que estoy hablando en serio, me ayudará. ¡Sí, me ayudará a buscar cómo conservar ese hálito! Sí, sé que usted lo hará, observe...

Ludwig me iba señalando cómo se registraban las debilitadas ondas cerebrales del agonizante. Yo sabía que, en el momento de la muerte, la actividad cerebral cesaba por completo, así que sólo quedaba esperar que eso ocurriera.

Transcurrieron unos minutos sin que cruzáramos palabra, cuando Ludwig me aferró el brazo y susurró:

—Ahora va a ocurrir... observe... —y señaló el papel que continuaba registrando variaciones en las ondas básicas del cerebro de ese pobre hombre—. Fíjese, en un momento las ondas cesarán, excepto la beta. Vea, ¡ahora! —gritó, mientras apuntaba al registrador, y oprimía un botón. Pude observar claramente cómo las agujas se detenían, menos la que marcaba las ondas beta, que comenzó a registrar una onda distinta, con muchas diferencias de amplitud, durante unos segundos, hasta que finalmente quedó inmóvil.

—¿Ha visto? Ahora, ¿me cree? —El doctor Ludwig me miraba sin parpadear.

—Reconozco que he observado algo extraño. Esa onda beta no responde a nada conocido.

—¡Es que no es una onda beta! —bramó Ludwig—. ¡Eso fue el hálito, y está aquí, vivo, existente, sin cuerpo! Y se perderá sin remedio en unos segundos si no lo capturamos y conservamos adecuadamente.

Ludwig se sentó y se tomó la cabeza entre las manos, agotado por los acontecimientos. Me acerqué y le puse una mano sobre el hombro y, sin saber exactamente por qué, aunque creí vislumbrar algún motivo en mi mente. Decidí ayudarlo, y le dije:

—No se preocupe, doctor, voy a ayudarlo. No sé cómo, pero vamos a conservar no uno, sino muchos hálitos. Cuente conmigo.

Ludwig se incorporó y, cosa extraña en él, me abrazó y luego estrechó mi mano entre las suyas, mientras balbuceaba:

—Gracias, gracias, mi querido Frías, usted compartirá todos los méritos. —Volvió a mirarme a los ojos y dijo—: Le propongo comenzar mañana, le explicaré qué tipo de energía podría causar que mi amplificador reaccione de esa manera, y juntos buscaremos el camino... el camino para almacenar el hálito. Ahora voy a retirar las conexiones y dar aviso del deceso. Mañana nos veremos.

Al otro día comencé a analizar el funcionamiento del amplificador de Ludwig, aunque la electrónica nunca había sido mi fuerte. Partimos de la base de que el encefalógrafo, gracias al amplificador, había registrado una onda desconocida. Ludwig me explicó el circuito, pero en algunos aspectos dudaba y reconocía que no entendía bien por qué había realizado algunas conexiones. Le pregunté si la ocurrencia de esa onda de cuatro segundos y cuarenta y seis centésimas no podría ser producto de su amplificador, sin necesidad de hálito alguno, pero me demostró —por medio de varias pruebas— que eso era imposible. Continuamos, entonces, elucubrando qué tipo de energía podía generar el comportamiento del registrador, entendiendo que en algún momento producía energía eléctrica suficiente para activar la plumilla de las ondas beta.


Ilustración: Valeria Uccelli

A fines de mayo, tres meses y medio desde el día de mi primera observación, y luego de registrar nueve hálitos —todos de cuatro segundos y cuarenta y seis centésimas— habíamos comprendido, por fin, qué clase de energía era la que se escapaba del cuerpo en el momento de la muerte. Estábamos a un paso de almacenar un hálito; de hecho, ya habíamos capturado uno, pero lo habíamos perdido en cinco minutos, al fallar un aspecto de la envoltura que, por supuesto, no era física —en el sentido de un frasco con tapa, sino que se trataba de una verdadera envoltura energética— cuya naturaleza, así como la del hálito, no me es posible hacer pública.

Fue en esa época que Ludwig me preguntó si yo podría prepararle algún tipo de droga que sedara a los pacientes agonizantes para lograr una transferencia más perfecta del hálito. No me costó desarrollarla pues hacía meses que venía trabajando con la etoxicianina, un compuesto de mi creación —que aún no había dado a conocer— que actuaba como un sedante sin mayores consecuencias en dosis normales, aunque era letal en dosificaciones mayores.

También habíamos convenido que, dada la enorme magnitud de nuestro descubrimiento, no sería posible darlo a conocer al mundo, al menos por el momento.

Muchas de nuestras reuniones las celebrábamos en su casa, para no despertar la curiosidad de la gente del hospital; Ludwig me había dado la llave de entrada para que pudiera usar la computadora en caso de su ausencia.

Recién iniciado el invierno logramos el primer éxito, que no fue sino el primer paso. Pero ya teníamos un hálito, originado en un hombre que se dedicaba a tallar artesanías en madera.

Por mi parte, mi conciencia se debatía entre la experimentación científica y mis ideas religiosas, que pesaban bastante. Sentía que nos estábamos metiendo en terrenos peligrosos.

Pero, más allá de mis dudas, mis ansias científicas me impulsaban a proseguir y logramos capturar varios hálitos más en el curso de unos meses. Para entonces, Ludwig había hecho otro descubrimiento extraordinario: conectando el amplificador de ultrafrecuencia al revés lograba traspasar el hálito a su propio cuerpo, cosa que me demostró un día, poniéndose a tallar un pedazo de madera que, en pocos minutos, se transformó en una hermosa estatuilla.

Mientras lo miraba asombrado, sacó una guitarra debajo de su escritorio y se puso a tocar el Concierto de Aranjuez sin falla alguna.

—¿Lo ve usted, doctor Frías? Ahora verá más... también tengo a un profesor de náutica... —casi gritaba Ludwig ante mi rostro estupefacto, en tanto se plantaba frente a mí y declamaba—: El rumbo verdadero es aquel determinado por el rumbo compás más o menos la declinación magnética más o menos el desvío del compás. El metacentro de una embarcación...

Mientras Ludwig continuaba su perorata, comprendí que era un genio, y que había logrado lo que se había propuesto. Con mi ayuda, era cierto. Pero, básicamente, él había ideado todo, y ahora estaba usando los hálitos de otras personas que habían muerto. Por momentos sentí deseos de vomitar, pero mi formación científica los reprimió. Era extraordinario, era el descubrimiento más importante de toda la historia científica en cualquier época. Y yo había participado en ese acontecimiento.

Cuando Ludwig se cansó de hablar de navegación, le dije:

—Lo felicito, doctor, es usted un verdadero científico. Y creo que ahora sí debería dar a conocer este sensacional descubrimiento al mundo para que la humanidad pueda beneficiarse almacenando experiencias, conocimientos... pero también deberíamos considerar los aspectos éticos...

—¿Pero qué dice? —interrumpió Ludwig a los gritos—. Usted no sabe lo que dice... ¿Cómo voy a divulgar esto? ¿De qué ética me habla? Esto que es mi obra, mi sueño. No, doctor Frías, nadie sabrá nada hasta que yo pueda acceder a los conocimientos que busco.

Sus palabras me cayeron mal y me exasperé, contestando de mala manera al viejo profesor.

Discutimos por varios minutos, hasta que decidí retirarme y dejarlo solo con su logro.

La negativa de Ludwig a hacer público el descubrimiento hizo que nuevamente las ideas religiosas inculcadas desde pequeño volvieran a mi conciencia. Al mismo tiempo, la ira por haber trabajado tanto tiempo y quedar ahora a un costado iba carcomiendo mi mente y comencé a sopesar la idea de denunciarlo en público. Finalmente desistí y me dediqué a mi trabajo.

No volví a verlo por varios meses. Ludwig seguía en el hospital y yo me imaginaba qué estaría haciendo. Un día una de mis empleadas me comentó la tragedia ocurrida esa madrugada.

—Qué lástima, doctor. Ese ómnibus que volcó en la Panamericana con todos esos músicos.

—¿De qué músicos me habla? —pregunté.

—De una banda de jazz. Los han traído aquí; por ahora hay un muerto y los demás están heridos.

—¿Dónde están? —dije casi a los gritos.

La empleada me miró asombrada y atinó a decir:

—En la sala nueve con el doctor Ludwig...

Algo cruzó mi mente como un rayo. Debía impedir que esos heridos cayeran en las manos de Ludwig. Salí corriendo hacia la sala nueve.

Al llegar vi a Ludwig y otros médicos recibiendo la información dada por el médico de guardia. Me quedé escuchando y pude constatar que había cinco personas heridas, de las cuales dos estaban con pronóstico reservado, aunque no demasiado graves, y tres se encontraban prácticamente fuera de peligro. En cierto momento Ludwig me vio y se dirigió a mí como si me hubiera visto uno o dos días antes, me saludó con afecto y siguió su camino.

Regresé al laboratorio y, más tarde, al completar mis tareas decidí volver a la sala nueve. Mi sorpresa fue grande cuando me encontré con dos de mis colegas quienes, con mucho respeto pero con firmeza, me impidieron el paso, informándome que el doctor Ludwig había dispuesto el aislamiento de los heridos para no afectar su evolución.

¡Evolución! En ese momento supe cual sería la evolución de esos pacientes. Tan luego una banda de jazz, en manos de Ludwig. A esa hora ya no había nadie en la dirección del hospital pero, a la mañana siguiente, fui directo a ver al director, a expresarle mi sorpresa por no poder informarme sobre esos pacientes.

—Pero, doctor Frías, usted sabe que el Jefe de Sala es el doctor Ludwig, un profesional con tantos años de experiencia. Imagínese, si él ha tomado esa decisión por algo será. Hay que respetar los cargos, Frías —dijo, mirándome con cierto grado de reproche.

Estuve a punto de contarle la verdad, y explicarle que esos heridos morirían sin remedio, que Ludwig se había convertido en un criminal. Pero me retiré sin contestar y volví a la sala nueve, sólo para enterarme que dos de los heridos habían fallecido a la madrugada.

Sabía lo que ocurriría, pero el miedo me paralizaba. Esos días fui y vine en forma errabunda, atendiendo como pude mi trabajo y verificando cómo, en menos de una semana, toda la banda de jazz había pasado a mejor vida. Mejor dicho, a la vida de Ludwig, pues no dudaba que sus hálitos habían sido cuidadosamente almacenados por este asesino, ya que estaba seguro de que había utilizado la etoxicianina de mi invención.

Pedí una licencia por dos días, en los cuales me recluí en mi casa, cuestionándome, preguntándome a mí mismo cómo un hombre, un médico con un pasado de más de cuarenta años de trabajo honesto podía rebajarse al crimen, al asesinato premeditado de cinco hombres, tan sólo por conseguir sus conocimientos.

Volví a mi trabajo y me aislé de Ludwig, y de cualquier otra cosa. Así pasaron dos meses o algo más.

Un día, por casualidad, me enteré de que el doctor Ludwig había renunciado a su cargo una semana después de mi pedido de licencia, comunicando que se retiraba de la profesión para disfrutar de un merecido descanso. El enfermero que me hizo el comentario me señaló que Ludwig visitaría el hospital el viernes siguiente.

Ese día estuve esperándolo, y después de saludar a muchos de sus ex compañeros se acercó y, tomándome del brazo, me susurró:

—No deje de venir a visitarme, Frías. ¿Qué le parece mañana a la tarde, tal vez las seis o seis y media?

—Por supuesto, doctor, allí estaré.

—Gracias por venir —me contestó.

—No... el agradecido soy yo —repuse, observándolo a los ojos.

Al día siguiente cumplí mi palabra, llegué hasta su casa y Ludwig, luego de recibirme cordialmente, hasta se permitió convidarme con un vaso de vino oporto antes de mostrarme lo que sería una extraña experiencia.

Me hizo pasar a una sala que nunca había visto antes, parecía un estudio de grabación. Era, en realidad, un estudio de grabación, como me explicó Ludwig unos instantes después. Se veían varias sillas, sobre cada una de las cuales había distintos instrumentos: una trompeta, un trombón, un clarinete, una guitarra. Cerca, un piano y, a su costado, una batería completa. Seis instrumentos, que formaban una típica banda de jazz.

Entonces Ludwig tomó el clarinete y sin ningún esfuerzo comenzó a ejecutar un hermoso solo sobre la base de un tema de blues. Luego lo dejó y se acercó al piano, tocando con mucho sentimiento un tema de jazz: sonaba perfecto, brillante. Se incorporó y, acercándose, me dijo:

—¿Qué le parece? Lo mejor está por llegar. Me he tomado el trabajo de grabar instrumento por instrumento por separado y, de esa forma, una vez que compilo todas las grabaciones individuales, ¡suena una banda completa, Frías!

Ni una palabra sobre cómo había adquirido esos conocimientos musicales. Le hice una velada referencia:

—Estos habrán sido los músicos que fallecieron...

—Ah, sí —dijo—, una lástima, estaban muy mal, usted sabe, el corazón, ese órgano tan sensible y a veces falla. Qué se va a hacer, justo cinco músicos. Qué pena.

—Pero usted tiene seis instrumentos...

—Claro, al guitarrista lo tenía de antes.

Ningún arrepentimiento. Ninguna explicación. ¿Así funcionaría la mente humana después de un crimen? ¿Sin cargos, sin culpas?

Pero Ludwig me sacó de esas divagaciones anunciando:

—Escuche, escuche bien... esto es "Charleston Stomp" por la Ludwig One Man's Jazz Band. ¡Qué tal! ¡La Banda de Jazz Ludwig de Un Solo Hombre!

Y acto seguido conectó el equipo de sonido: una verdadera banda de jazz comenzó a sonar con mucho ritmo y muy buen afiatamiento.

Mientras Ludwig se inclinaba para ajustar algunos controles, aproveché para levantarme y acercarme a él e inyectarle, a través de la ropa, el contenido de la jeringa que había preparado cuidadosamente en mi laboratorio: una dosis de quinientas unidades de etoxicianina. Ludwig ahogó un grito y cayó como una bolsa de papas. En esa concentración, la droga era rápida y afectaba de inmediato al sistema nervioso. Ludwig, sin embargo, tardaría unos diez minutos en morir y en ese tiempo podría ver y escuchar, pero ya no hablar o moverse. Entonces lo levanté y lo acomodé en un sillón. Rápidamente saqué de mi portafolio una copia del amplificador de ultrafrecuencia y lo conecté al cuerpo inmóvil de Ludwig. Creí ver un gesto de horror en su mirada cuando iba adhiriendo los sensores. Unos instantes después utilicé otro juego de cables para conectarme al amplificador.

Acerqué su rostro al mío y le dije con calma:

—Nunca supiste que a mí también me gustaba el jazz.

Me pareció, entonces, que sus ojos se clavaban en los míos, pero eso no era posible, pues el tóxico ya debía haber anulado cualquier orden cerebral. Un minuto más tarde sentí una vibración en todo mi cuerpo, que duró unos segundos, y supe que todo había sido consumado. Tenía el hálito de Ludwig. La droga que había usado era indetectable aunque por supuesto no habría autopsia, pues yo certificaría su muerte por paro cardiorrespiratorio no traumático.

Tranquilamente, desprendí los cables, guardé el amplificador, tomé otro oporto y me senté al piano. Como por arte de magia comencé a tocar "Anything" y nuevamente la música me inundó por completo. Era maravilloso, increíble, y entonces comprendí por qué Ludwig no tenía remordimientos.

¡Cómo tenerlos! Hubiera matado a Ludwig cien veces si hubiese sido necesario para disfrutar como lo estaba haciendo en ese momento.

Por fin, soplé unas notas en la trompeta e hice sonar la guitarra y la batería. Entonces descubrí algo interesante: me faltaba un saxo tenor y un contrabajo. Y tal vez una tuba. A lo mejor podía suplantar al saxo por el actual clarinete, pero habría que probar.


Esbocé una sonrisa y pensé que ya tenía trabajo por un tiempo.



Miguel Bordino nació el 3 de febrero de 1938 en Buenos Aires. Es casado con dos hijos, cinco nietos. Tiene como aficiones la navegación a vela, la literatura en general (especialmente ficción) y la música (especialmente jazz). Es Técnico Mecánico egresado de la Escuela Otto Krause y tiene estudios de Ingeniería Química.

Fue el ganador del I Concurso Internacional Axxón de Cuento de Ciencia Ficción, Premio Axxón 2006, con el cuento Vendo máquina, publicado en el Anuario Axxón I.

Hemos publicado en Axxón: ESCARBADIENTE NATURAL (174), NUEVO PLANETA (174)


Este cuento se vincula temáticamente con EXPRESO INFINITO, de Matías Barberis (187), EL LADO OSCURO, de Guy Hasson (166) y LA GUARDIA NOCTURNA, de Carlos Enrique Abraham (149)


Axxón 193 - enero de 2009
Cuento de autor latinoamericano (Cuento: Fantástico : Ciencia ficción : Muerte : Hálito vital : Argentina : Argentino).

            

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