TU ALMA SE ENCONTRARÁ A SÍ MISMA SOLA

Cristina Enriqueta Chiesa

Argentina

"Tu alma se encontrará a sí misma sola
En medio de oscuros pensamientos de las piedras de las tumbas.
Nadie entre toda la multitud espía en tu hora de secreto"

E. A. Poe.

Había algo en el aire. Esa cosa imprecisa, frutal, indefinida de las noches de noviembre.

La calle se extendía como una promesa, iluminada más por la luna llena entre los árboles que por el débil resplandor del foco que cruzaba con su hilo de vereda a vereda.

Un hombre avanzaba con las manos en los bolsillos y su camisa, movida apenas por el viento leve, semejaba una antorcha encendida en el centro de un claro.

Avanzaba lento y desaprensivo como un transatlántico en un río lunar, y su cara era la de alguien dispuesto a afrontar cualquier maravilla imprevista.

No se asombró, por lo tanto, cuando la mujer apareció delante de él, sonriéndole como si lo hubiera estado esperando.

Había un olor sofocante a glicinas y jazmines, un tufo dulce y picante como de vino caliente, y si alguno de los dos hubiese hablado, las palabras sin duda hubiesen quedado suspendidas como gotas de la asfixiante telaraña de sombras.

La mujer de negro le hizo una seña casi imperceptible, un gesto con los dedos para que el hombre se acercara.

Él obedeció, estirándose como la sombra de un mástil sobre el agua. Y cuando estuvo cerca, ella le tomó la mano y le ciñó la cintura. Después, comenzaron a danzar. No había un alma, el mundo parecía haberse muerto, y sin embargo desde algún lugar —o en ellos mismos— alguien cantó con un sonido antiquísimo.

Era una música humilde y gentil, un tono suave y también compacto, algo que se le pegaba al hombre en los oídos y le entraba en los huesos pidiéndole un hospedaje perpetuo.

Tuvo una extraña sensación de vértigo, y tan ensimismado estaba en el sonido, y en los blancos dientes de la sonrisa que lo enlazaba, que no se dio cuenta de que en realidad sus pies ya no tocaban el suelo.


Ilustración: Valeria Uccelli

Dieron vueltas y vueltas, a cinco, diez, veinte metros de altura. La mujer apenas si lo rozaba, sólo lo miraba y la luz lunar ponía líquido dentro de sus ojos claros, como en una pecera. Al hombre, mientras tanto, se le habían dibujado en el rostro y en la boca unos trazos solemnes, como en un objeto sagrado. Para él parecía estar todo en su sitio. Miraba hacia abajo e iba descubriendo los misterios largamente presentidos de los altillos, los ojos titilantes de las cocinas encendidas, sábanas tendidas como luminosas señales, la voz de una mujer que hablaba con un niño, estrellas chorreantes como duraznos maduros: el lenguaje fragante y milenario de la noche, pleno de redondeces como una hembra madura y sabia invadiéndolo desde abajo con su abrazo ancestral.

El hombre gimió como si soñara que lo estaban estrangulando, entonces descendieron un poco y delicadamente, se sentaron sobre las ramas de un gran eucalipto.

A la sombra del follaje, él escuchó por segunda vez las voces, y eran ahora como piedras de colores arrojadas en una corriente increíblemente clara, tocando con suavidad los repliegues de su cabeza, y en los gestos de la mujer las voces comenzaron a enseñarle esos dominios: las venas verde pálido que bajo la piel de las hojas murmuraban anunciando ya el verano, el olor a canela y manzanas de las ramas, la ardiente nobleza del acerado tronco, vástago de vástagos de bosques inmemoriales, el nombre antiguo de las nieblas y las lluvias que lo habían alimentado, los restos de imperiales nidos, mensajes y signos grabados por viejos seres ya muertos que bajo la tierra alentaban una savia solitaria y única.

A veces la mujer se detenía, y con los mismos movimientos vegetales le tocaba las mejillas, los párpados, la boca. Otras se quedaba mirándolo largamente como si viera a través de él innumerables historias olvidadas, y era ese mudo código el lenguaje más veraz de un amor venido de lejanas praderas y erguidas piedras contra el crepúsculo.

Él se dejaba llevar por ese viento como un estandarte desplegado.

Oscuramente presentía que esa mujer le estaba diciendo cosas muy viejas, cosas guardadas durante un infinito e incalculable millón de años, y que él había sido el elegido, porque por alguna extraña razón que aún no comprendía, lo habían estado esperando detrás del fondo de la noche atemporal.

Las voces se volvieron a agitar como un lento abanico de plumas: "Ahora que buscas el recuerdo de tus años de infancia, los que partieron, los que se perdieron en el sueño en las tumbas marinas; ahora que ansías ver los cuerpos que amaste inclinándose sobre las ramas secas de los plátanos, allí donde se detuvo el rayo desnudo de sol, donde un perro brincó y un latido estremeció tu corazón. Es tiempo de que partas. Es tiempo de que partas".

Entonces el hombre no pudo más y se sintió secretamente herido de muerte. Un hilillo color esmeralda se le escurrió por los labios y le manchó la boca, y deseó con todas sus fuerzas abandonarse a la súbita paz de los muertos bajo la tierra, pero la mujer de negro le sonrió con el gesto de quien ve algo bueno en las barajas y tomándolo delicadamente, lo depositó otra vez sobre la calle.

Cuando lentamente abrió los ojos, ella sacaba de un oscuro bolsillo un objeto y, ciñéndole la mano, lo depositó en el hueco tembloroso. Algo pequeño y liso, algo tibio como la piel de un niño. Luego, cerrándole los dedos y apretándolos levemente, le condujo la mano hacia el pecho de él. Le indicaba de esa forma que lo que le estaba dando debía guardarlo allí, porque era algo oculto, algo que ahora le pertenecía al hombre, y que era incomunicable.

Con dedos que ahora eran fríos, la mujer volvió a tocarle la cara, con ojos raros lo abarcó. Después, retrocediendo y sin dejar de mirarlo, fue alejándose. La oscuridad prendió una hoguera en sus negras ropas y se la chupó.

El hombre se quedó mirando largo tiempo sin parpadear. Alrededor de su cabeza sintió incrustarse por última vez las enredaderas de voces pálidas y el humo de leñita seca. Hubiera querido extenderse todo a lo largo de la calle embrujada como un muerto en un estuche de hojas crepusculares, o gritar algo para romper el olor secreto y nuevo de las flores en la noche.

Pero estaba allí, sin saber qué hacer, solo e inmóvil, mirándose la mano cerrada.

Cuando por fin se decidió, abrió los dedos, y sobre la palma vio el pequeño círculo que brillaba como un ojo ciclópeo y vacío a la luz de la luna.

En el anillo había grabada una puerta y en la puerta un nombre. Y aunque no pudo distinguirlo, supo que se parecía mucho al nombre desconocido de sus días, y que, del otro lado de la noche, alguien esperaba el tiempo y el lugar para poder decírselo.



Cristina Enriqueta Chiesa nació en Rosario, Argentina, en 1957. Siempre le gustó escribir, sólo dos veces ha publicado: un artículo sobre Raúl Gustavo Aguirre, un poeta de la vanguardia argentina, en la revista italiana UOMINI E FATTI, y unos versos en la revista de Cultura de la Municipalidad de Rosario.


Este cuento se vincula temáticamente con EXPRESO INFINITO, de Matías Barberis (187), CUATRO SEGUNDOS Y ALGO MÁS, de Miguel Bordino (193) y EL LADO OSCURO, de Guy Hasson (166)


Axxón 195 - marzo de 2009
Cuento de autor latinoamericano (Cuento: Fantástico : Muerte : Encuentro : Tránsito : Argentina : Argentina).

            

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