EL ESPEJO

Gustavo Daniel Cabretón

Argentina

El edificio se elevaba frente al sitio donde yo solía aparcar, una construcción de cinco pisos, antigua y de paredes descascaradas. En ese punto me detenía a esperar la llegada del autobús. La fachada color ocre acentuaba su imagen añeja. Las ventanas simétricas, carentes de balcones, se asemejaban a grandes y oscuros ojos. A pesar de su imponencia y senectud nunca antes me había percatado de su presencia; hasta que observé la ventana; hasta que vi al hombre...

No recuerdo en qué momento comencé a percibirlo allí, gris y lejano, olvidado, logrando una simbiosis casi perfecta con el lugar, cuerpo y alma, ser y obra.

Él parecía mirarme. Deduje en mis observaciones que se trataba de un hombre. No podía determinar sus facciones a esa distancia —ocupaba el ventanal del tercer piso— pero la postura encorvada, el sombrero gris como su ropa, su porte casi caballeresco, me llevó a conjeturar que se trataba de un hombre. También presumí que me observaba desde su barricada y que seguramente haría deducciones sobre mi vida, como yo falseaba la de él. Por el solo hecho de gastar su tiempo apoltronado en ese marco rústico e inerte, inferí que era viejo. Un retrato color sepia.

Con el tiempo esa imagen fue convirtiéndose en una obsesión para mí.

A veces llegaba a la parada del bus media hora antes de su partida y allí me quedaba, contemplando esa figura estática.

Los días feriados de igual modo acudía a la cita y me detenía a mirar el ventanal. Cambiaba los horarios los fines de semana para lograr alguna vez ubicar la tronera del tercer piso vacía; pero él se mantenía siempre en su lugar. Mi vista, fatigada de escrutar, imaginaba raras formas... locos desatinos. Llegué a pensar que se trataba de un retrato gigante. No había hora del día en que no pensara en él... era una nota inconclusa en mi vida... era mi locura, mi epitafio, una macabra manía... y estaba dispuesto a librarle una batalla silenciosa y casi grotesca.

Una gélida y solitaria noche invernal llevé a cabo mi primera estrategia para tratar de minar su perseverancia. Con esa idea, salí furtivamente de casa y me dirigí al lugar señalado para nuestro encuentro. Eran las dos de la mañana. La quietud y la ausencia reinaban sobre las cosas.

Me ubiqué en el mismo lugar de siempre, frente a la fachada del edificio. La casa dormía. Los ventanucos tenían sus párpados caídos. La tenue luz de una farola castigaba la mansión con su aliento mortecino. La cerrazón nocturna jugueteaba con la escena. Mi alma solitaria en esa inmensidad lóbrega se estremecía de espanto. Sonreí, él no estaba. Después de tanto tiempo, él no estaba. Me había anotado una pequeña victoria, o eso creía.

Mi sonrisa, muy pronto, se trastocó en pánico. Primero fue un destello imperceptible, un disparo, un relámpago paseándose por el interior del caserón; luego fue la luz, inundando su ventana, mi ventana, nuestra ventana, al principio con timidez, más tarde con vigor.

El resplandor intentó devorarme.

El temor era sofocante. La excitación hacía nido en mi estómago.

Y apareció. Y lo vi. En el marco de la tronera, ahora resplandeciente, se recortó inconfundible la figura de mi enemigo.

No lograba entender qué hacía yo allí. Qué pesadilla o qué realidad tenebrosa estaba transitando. Mi imaginación iba más allá de la razón.

La noche era nuestra. Yo, en mi parada, con la vista clavada en la siniestra abertura y él, en la ventana, inmóvil, tedioso.

Como negro y cansino péndulo, levantó y abanicó uno de sus brazos. Después de tanto tiempo de explorarnos, casi con morbosidad, era la primera vez que ejecutaba un movimiento pronunciado. Había descubierto algo más que una silueta.

Era yo. Era él. Era la noche. Algo me consumía las entrañas. Quería huir, pero no, sentía curiosidad, necesitaba llegar al final.

Un flash luminoso se derramó desde la ochava del edificio. La puerta principal se encendió, pero nadie emergió de la oquedad ambarina de sus labios. Entreabrió sus fauces. Sus dientes relucían bajo el pajizo fanal.

Se aprestaban a engullirme ante el menor descuido. La esfinge jugaba con mis miedos, con mis deseos irrefrenables de ingresar al lugar; el terror me lo impedía.

Arriba, en el ventanal, la imagen apoyó sus dos manos en el vidrio y movió su cabeza hacia delante. El sombrío cuerpo pretendía atravesar el cristal y volatilizarse hacia la mansedumbre nocturna. Flotaba en el éter, lánguido y perverso. Se alargaba y contraía lentamente. Comprendí que no podía desprenderse del vetusto edificio. Un cordón imaginario lo sostenía asido al ventanal. Atrapado en su útero, calcinado de paredes terrosas, estaba tan preso como yo.

El horror se fue disipando y la puerta de la residencia se cerró mansamente, tragando bocanadas inertes de brisa nocturna. La sombra volvió a su cubil y yo emprendí el regreso. El frío cubría de escarcha la madrugada. Estaba cansado.

La mañana golpeó mi rostro. Me descubrió ojeroso y expectante instalado frente al albergue. El sol parecía un tímido crisol amarillento emergiendo entre nubes, árboles y caseríos. La gente se ocultaba en sus abrigos. El infierno comenzaba a abrirse.

El autobús se detuvo en la parada, levantó su carga y siguió con su rutina. No subí. Hoy era el día. Miré hacia la ventana. Sabía que estaba allí.

Finalmente el momento había llegado. Por él yo no tenía vida. Mi prometida era tan sólo un recuerdo y el trabajo, una rutina agobiante.

No lograba recordar cuánto tiempo hacía que no visitaba a mis padres, ni a mis amigos. Mi rostro era la máscara del abandono y la locura. Fumaba más de lo debido y el temblor en mis manos crecía día a día.

Quería terminar, arrancarlo de mi mente.

Crucé la calle y encaré el portón del hospedaje. Una vieja aldaba de bronce, castigada por el tiempo y el abandono, resistía aún el progreso. Algunos pulsadores de plástico, una pequeña bocina... rastros de vida.

Me detuve frente al pórtico. No hubo necesidad de pulsar ningún botón, ni de tañer el badajo herrumbrado, la puerta se abrió tímidamente allanando mi tempestuoso camino.

Mosaicos gastados y sin brillo conducían por un corto pasillo hacia una amplia escalera. Adornaban el túnel dos rústicas y ornamentadas puertas, una a cada lado de la galería.

Un persistente cansancio agobiaba mis sentidos, me dolían las piernas y los brazos caían a ambos lado del cuerpo como pesadas vigas. A medida que avanzaba, el letargo se hacía más pronunciado. Parecía conocer el camino. Un guía imaginario dirigía mis pasos por el corredor hacia la escalera. Las paredes azafranadas creaban una atmósfera trágica.

No miraba los detalles. Extenuado y extrañamente vencido me dejaba transportar por el lugar.

El silencio era atronador. Las puertas cerradas. Las luces encendidas. Ni una voz ni una radio ni un niño correteando, nada... sólo mis pisadas rompían la monotonía gris; carcelero de una tumba.

Inducido por ese extraño conocimiento del sitio llegué hasta el cuarto de la esfinge. La única puerta abierta de todo el lugar estaba allí, frente a mí. No sentía temor, sólo curiosidad y desgano. Sin más protocolo ingresé a la sala. El aroma que envolvía el recinto se plegó a mis sentidos como la fría brisa de la mañana. Me parecía familiar.


Ilustración: Pedro Belushi

Un ambiente sencillo, sin demasiados adornos y a media luz. Pequeño. Sobre un modular marroquí descansaban varios portarretratos vacíos, sin fotos, sin recuerdos, sin retazos de vida. Una mesa oval con un florero en su centro, cuatro sillas. Sobre un costado, un pequeño televisor, una radio. Una biblioteca atiborrada de libros, un almanaque en blanco y la abertura, esa que daba al cuarto, ese cuarto de mis delirios. Un ligero brillo dorado se colaba por la hendidura de la portezuela y envolvía con suavidad el entorno. Me acerqué a la entrada y, sin escudriñar demasiado, pasé al interior de la pieza. No hubo sorpresas, ni ataques imaginarios, ni bestias de pesadillas, sólo... una cama, una cómoda, un ropero, una mesa de luz y una silla. Sobre el respaldar de la silla, el sobretodo gris y en el asiento, un sombrero oscuro; la esencia de mi obsesión. Colgando de las paredes, portarretratos vacíos eran mudos testigos de mi presencia. Una rara fascinación me indujo a colocarme el sobretodo y el sombrero. Sonreí. Ya no sentía temor, sólo paz y tranquilidad. Observé sobre una de las paredes la ventana, ese ojo imaginario que había comenzado toda esta paranoia. Como dos seres que se buscan y se necesitan nos fuimos acercando el uno al otro, ella en su inmovilidad y yo en mi letanía... Algo me detuvo. Una percepción captada por el rabillo del ojo. El dormitorio había cambiado, su atmósfera, su luz, su vientre. No podía adivinar qué era, pero lo presentía.

La tranquilidad se había trastocado en incomodidad. Ya no me sentía tan seguro. El silencio era total.

Pasaron algunos tensos minutos, hasta que descubrí el cambio, los portarretratos poco a poco se cubrían de trazos, algunos sepias, algunos más coloridos, pero todos se decidían a hablar. Gritaban su historia. Me fui acercando a cada uno de ellos. Era extraño, no estaba tan lejos para no percibir los contornos, pero mi vista había disminuido en forma alarmante. Hasta me intuía torpe en mis movimientos. Las primeras imágenes me resultaron desconocidas pero a la vez familiares.

Estuve largos minutos recorriendo la habitación y sus ilustraciones, analizando esos rostros, esas voces calladas.

Cuando realmente comprendí lo que estaba viendo sentí flaquear mis piernas. Todo el peso del desgano cayó sobre mis espaldas. ¡Estaba frente a mi vida! Esas cuadraturas silentes descubrían mi existencia. Susurraban mi pasado. Un pasado que no había vivido, o no recordaba haber vivido. Esos lienzos me devolvían a mis hermanos, a mis viejos, a niños que no conocía pero que reconocía en sus facciones, en sus posturas, en sus sonrisas.

Fui transitando toda la casa. Los cuadros gritaban ahora. Retazos de tiempo cacheteaban mi rostro. Y ahí estaba yo, niño, adolescente, adulto, senil. Yo solo, siempre solo. ¡Me veía tan triste!

El último retrato. Cerca de la ventana de la pieza. Un rostro. Un rostro ajado por el tiempo. Un rostro extraño pero familiar. Un sombrero oscuro sobre un cabello escaso y canoso. Los hombros llenando el tapado gris. Un rostro, mi rostro. Tardé unos instantes en comprender que no era un cuadro sobre la pared, era mi cara en un espejo, un espejo cerca de la ventana.

(Primer final)

Me coloqué frente al ventanal y comencé a atisbar la calle. Vi la parada, mi parada. Parecía tan lejana. Un muchacho de pie en la acera me observaba. ¡Tan semejante a mí!... ¡O tal vez era yo!

(Final Alternativo)



Daniel Cabretón es docente de la EET Nº1 y de la EM 207 de Pehuajó e integrante del Grupo Literario Acuarela que edita la revista literaria EL UMBRAL DE LAS LETRAS. Nació en Las Flores, provincia de Buenos Aires, el 5 de junio de 1964 y se ha radicado desde muy chico en Pehuajó. Casado con tres hijos, edita el diario institucional de la EET Nº1 (PENSAMIENTO 21- año 1999). Además, la serie SEDUCCIÓN DE VIDA (2006), SEDUCCIÓN DE VIDA (2007), PORQUE TE QUIERO (2008) UNA ROSA, UN POEMA Y VOS...


Este cuento se vincula temáticamente con PAPÁ, de Yvaylo Ivanov (192), DR. MELTHER, MERCADER DE SUEÑOS, de Leonardo Montero Flores (185) y EL ÁGUILA TATUADA, de Víctor Conde (172)

Axxón 196 - abril de 2009
Cuento de autor latinoamericano (Cuento: Fantástico : Ciencia Ficción : Fantástico : Realidad Alternativa : Obsesión : Argentina : Argentino).

            

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