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Distopía fáunica
Sobre Interludio, interlunio, de Ercole Lissardi, y su lugar en el canon uruguayo de Ciencia Ficción
por Ramiro Sanchiz

En su artículo "El carácter político de la ciencia ficción uruguaya" (Axxón 160), el narrador y crítico Pablo Dobrinin elabora un índice cronológico de novelas de autores uruguayos cuya inclusión a la CF resulta más que clara. Incluye, por ejemplo, Guía para un universo, de Natalia Mardero, presentado como ciencia ficción por la propia autora y el sello editorial que la publica, además de obras —en lo que podría pensarse uno de los aportes más interesantes del artículo— de Horacio Quiroga y el urbanista visionario Francisco Piria, junto a nombres más conocidos por los lectores rioplatenses de CF como ser Roberto Bayeto, Gabriel Mainero, Carlos María Federici o Claudio Pastrana. Pero también incorpora a su lista (que puede ser leída además como una suerte de protocanon) la novela Evangelio para el fin de los tiempos, de Ercole Lissardi (1950); esa inclusión (y una exclusión implícita) es el tema de este artículo.

Lissardi comenzó a escribir en la década de los 90, publicando su primer libro —la compilación de relatos Calientes— en 1995, siguiendo novelas como Últimas conversaciones con el fauno, El amante esplendido y Aurora lunar, que lo consagrarían como el mayor (quizá el único) exponente de la erótica en la literatura uruguaya contemporánea. El libro citado por Dobrinin apareció en 1999 y combina la tónica Lissardiana de erótismo/pornografía (sobre este tema este autor ha escrito sendos ensayos sosteniendo, en una síntesis apresurada, que la mencionada dicotomía es histórica y obedece a pautas culturales vinculadas a la permisividad, la represión y el rol social de la literatura, presentando la cuestión erotismo-o-pornografía como un pseudoproblema cuya salida es definir el arte erótico como la representación el deseo y el pornográfico como la representación del coito, sin que una cosa excluya necesariamente a la otra) con una trama que, a simple vista (en función de su parecido con novelas como El martillo de los dioses y Cuando los mundos chocan, o las películas Impacto profundo, Armaggedon y similares) podría parecer de CF: es detectado (de un día para el otro, hecho improbable que el libro recoge como un argumento más sobre lo absurdo de la situación) un asteroide de masa similar a la de Luna cuya trayectoria asegura una colisión devastadora. La fecha de la catástrofe es calculada con un mínimo margen de error y divulgada al mundo entero. Evangelio, que oscila entre el diario del protagonista y su narración en primera persona de los hechos, elabora un estudio fascinante sobre las reacciones a nivel social esperables ante este "fin del mundo" y, además, una suerte de inversión nietzscheana de valores de nuestra sociedad como el matrimonio y la monogamia a favor de un pansexualismo abierto que se revela como la opción más "natural" (si bien Lissardi usa esta palabra con mucho cuidado) dadas las circunstancias. Esa lectura posible es seguramente la transitada por Dobrinin; sin embargo, una visión alternativa (sugerida ante todo por los dos núcleos de significado —verdaderos atractores de lecturas— presentes en el título) nos permite otras posibilidades. Primero, la lectura alegórica, en la que el "fin de los tiempos" es asimilable a la culminación del primer milenio y su angustia apocalíptica, pero también al fin de la antigüedad y la célebre decadencia del Imperio Romano, que no pocos han comparado a los tiempos que nos viene tocando vivir (¿una suerte de posthistoria o limbo de la fracasada civilización moderna occidental en espera de...?). Y segundo, el uso del término "evangelio", que abre una perspectiva religiosa en la que la novela, teniendo en cuenta ante todo su final, se convierte en fantasía —quizá mejor sería hablar de realismo mágico a la Salman Rushdie, Gabriel García Marquez o el J.G.Ballard de los años 80—. Recordemos que, etimológicamente, "evangelio" significa "buena nueva" (en el nuevo testamento, la de la resurrección del dios hecho hombre de los cristianos), y está claro que la "prédica" Lissardiana —mejor dicho, de su personaje/narrador— a favor de una sexualidad más abierta y libre luce su carga de aire fresco, de renovación definitiva para una cultura aquejada —parafraseando a Freud— de más de un malestar. Ahora bien: pasada la mitad del libro, esta opción de lectura se vuelve demasiado clara para ignorarla: las diversas estaciones de la "pasión" cristiana van cobrando su peso en el texto, que gana en espesor de significados, en niveles de interpretación. Asimismo, esto esta apoyado por las reiteradas referencias a la música (una constante en la obra de Lissardi, particularmente en su primer período), en este caso a composiciones sacras de Beethoven (la monumental Misa solemnis) y al contemporáneo Arvo Pärt, que marcan una presencia de segundo plano, una suerte de banda sonora que aporta una gran dosis de significados.

Esta lectura está apoyada además por elementos argumentales que, claramente, la apartan de la CF. Hacia el desenlace de la novela, por ejemplo, el protagonista/narrador se convierte en un mesías (recordemos las referencias a la pasión) que salvará a la humanidad estrellándose contra el asteroide (al que se bautiza Dies irae) en virtud de los "poderes" que asume, la posibilidad de levitar primero, de volar después, de sobrevivir al vacío del espacio, etc. De más está decir que estas habilidades del protagonista son irreconciliables con muchos paradigmas vigentes de Ciencia Ficción, volviendo más cómoda (menos difícil de justificar, digamos) su vinculación a una literatura de sesgo fantástico o realismo mágico.

La inclusión de Evangelio para el fin de los tiempos a un canon o listado de novelas de CF uruguayas se vuelve, entonces, aventurada. Esta es la inclusión que pretendíamos cuestionar en este artículo (el tópico de la levitación o el vuelo aparecen, por ejemplo,en novelas recientes que lindan lo fantástico, como ser Mr.Vértigo, de Paul Auster o Los versos satánicos, de Salman Rushdie).

Pasamos ahora a la mencionada exclusión. Entre las novelas de la década de los noventa de Lissardi (1998, concretamente) aparece Interludio, interlunio, para muchos su obra de mayor peso conceptual y artístico. Nada en su portada (o su título) parecería vincularla a la CF o lo fantástico; sin embargo, la lectura de los primeros capítulos nos pone en contacto con una narrativa ambientada en una realidad alternativa: Montevideo finisecular que ha sobrevivido a una importante crisis social fragmentando la sociedad en dos grupos, los señores, dueños de los medios de producción, la tecnología y la alta cultura, y los esclavos o "cretinos", confinados en guetos y privados de derechos y comodidades, incluyendo la palabra impresa y la música. La novela cuenta la relación entre uno de los "señores" y su esclava, hacia la que comienza a desarrollar una obsesión primero sexual y luego de compleja afectividad. El impulso de conocerla profundamente, de entender sus motivaciones y sus conductas (algunas misteriosas a los ojos del "señor") se convierte en una verdadera investigación por momentos detectivesca, que incluye una visita (un verdadero descenso) al gueto o las "zonas" en las que residen los "cretinos". En la trama social propuesta por la novela, los "señores" funcionan como una suerte de superhombres nietzscheanos, postmorales, plena realización de la "voluntad de poder"; la sociedad que han erigido, suerte de sistema pseudofascista que se resquebraja al mirarlo atentamente, excluye de toda forma artística o cultural a sus esclavos; de ahí la sorpresa del protagonista al descubrir que su "cretina" posee una sensibilidad musical exquisita y es capaz de tocar el violín con una pasión y un acierto musical arrolladores, de hecho entendiendo a la música como forma de resistencia. Esta investigación llevada a cabo por el protagonista sobre su esclava encuentra un eco en otra gran obsesión: los últimos cuartetos de cuerda (op. 127-135) compuestos por Beethoven en su sordera, considerados por la historia de la música como sus obras más inaccesibles e instrospectivas, rescatados del olvido por los músicos de vanguardia de principios del siglo XX.

Hasta aquí, la novela podría asimilarse al tipo de escritura practicada por un autor de narrativa general que "toma prestados" elementos de la tradición distópica de la CF, por ejemplo El cuento de la criada (1985) de Margaret Atwood, o las secciones 5/7 de El atlas de las nubes (2004), de David Mitchell; lo que vuelve singular —y un notorio aporte tanto a la CF como a la narrativa general— a Interlunio interludio, desde esta perspectiva de lectura, es el sutil proceso que hermana, página a página, al mundo de la novela con el nuestro. El lector va "reconociendo" pautas o paralelismos, de un modo creciente. Al principio las referencias "en común" de nuestro mundo y la realidad alternativa (qué, desde una lógica de CF podría pensarse —esta es, claro, una hipótesis entre muchas posibles— como una ucronía cuyo punto de divergencia podría ser rastreado a la década de los 70s y la crisis social y política representada por el advenimiento de la dictadura militar) están enraizadas en un pasado ya distante: Beethoven y sus intérpretes, biógrafos y exegetas, pero poco a poco este pasado va acercándose al lector, apareciendo menciones a las dos guerras mundiales, a la literatura de la primera mitad del siglo XX, trepando gradualmente hacia los años sesenta a través de referencias cinematográficas y musicales (Jimi Hendrix, por ejemplo, en un pasaje que toma como tópico el virtuosismo musical). Este proceso opera en el lector a modo de reconfiguración de lo ya leído: empiezan a resonar las localizaciones urbanas como si se tratase de ecos en las experiencias del lector; las "zonas" de los "cretinos", por ejemplo, coinciden con las áreas de pobreza y miseria de Montevideo; las referencias al pasado inmediato de los personajes (ciertas infames "cacerías" de cretinos, por ejemplo) concuerdan en la cronología con las numerosas violaciones de los derechos humanos perpetuadas por la dictadura militar, tocando, claramente, puntos sensibles del imaginario uruguayo y rioplatense. El efecto es análogo al de la famosa escena de la autopista en El hombre en el castillo, de Philip Dick: el mundo ficticio y el "nuestro" parecen vincularse, extrañamente, y el lector siente que el universo de la ficción se ha ensanchado y, de alguna manera, contiene al suyo propio, transfigurado pero reconocible —dolorosamente reconocible, cabría añadir...—

Esta revisión de la propuesta de nómina o canon hecha por Dobrinin en el artículo citado culmina con la inclusión de Interlunio, interludio al ámbito de la CF uruguaya, reemplazando a Evangelio para el fin de los tiempos, que, como hemos visto, es más asimilable a otras tradiciones de lo fantástico (quizás aproximándose al Levrero de Los carros de fuego o El alma de Gardel). De hecho, si pensáramos en un canon post años 90 de nuestra Ciencia Ficción, está claro que las obras que debemos incluir forzosamente son Interludio, interludio, En la tierra donde viven los dragones, de Roberto Bayeto, Guía para un universo, de Natalia Mardero y Eldor, de Pedro Peña. Es curioso que, de estos nombres, sólo uno es asimilable a la tradición más "deliberadamente" cienciaficcionera; en otras palabras, sólo uno —Bayeto— de los autores nombrados se presenta a sí mismo como un escritor "de Ciencia Ficción", con conciencia —historia y militancia— de género. Lissardi, en el otro extremo, sólo ha tocado la CF en la novela mencionada, y acercado a lo fantástico en el Evangelio, mientras que el resto de su producción adopta formas de lo "costumbrista", de la novela-ensayo y la novela policial, especialmente en su Trilogía sobre la Infidelidad (2007-2008), que comprende las novelas Los secretos de Romina Lucas, Horas-puente y Ulisa. Mardero, presentando su texto como "CF uruguaya del siglo XXI", utiliza al género como un elemento más de un amplio catálogo de cultura pop posmoderna; Peña recrea las escrituras de Bradbury y Tolkien en la creación de un mundo alienígena que, por momentos, suena un poco naive al ojo del lector hardcore de Ciencia Ficción (al formado en las escuelas de Frank Herbert, Orson Scott Card y Ursula LeGuin, digamos), pero que asimila una notable riqueza de imágenes y búsqueda de un efecto poético.

A modo de conclusión: es en gran medida la intención de este artículo resaltar la importancia de Lissardi para la CF uruguaya; no sólo por los méritos (que son muchos) de su novela Interludio, interlunio, sino porque, en gran medida, su figura marca uno de los límites del abanico de este género en el Uruguay contemporáneo.



Bibliografía implícita

Bayeto, Roberto, "En la tierra donde viven los dragones", en Asimov's número 20, Madrid, 2005

Dobrinin, Pablo, "El carácter político de la ciencia ficción Uruguaya", en Axxón, número 160, Buenos Aires, 2006

Lissardi, Ercole, Evangelio para el fin de los tiempos, Montevideo, Fin de Siglo, 1999

                         Interludio, interlunio, Montevideo, Fin de Siglo, 1998

Mardero, Natalia, Guia para un universo, Cauce, Montevideo, 2004

Peña, Pedro, Eldor, Banda Oriental, Montevideo, 2006


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