FICCION BREVE (CUARENTA Y OCHO)

Varios Autores

ÚLTIMO ACTO

Julio Carabelli - Argentina


Al despedirse, el mago desapareció.





DISTRACCIÓN

Julio Carabelli - Argentina


Le dije: "Tengo hambre", sin darme cuenta. De haber sabido que ella se pondría tensa me hubiera callado la boca y ahora almorzaría carne tierna.



Julio Carabelli vive en la ciudad de San Miguel de Tucumán, Argentina, aunque nació en Buenos Aires en 1940. Sus cuentos, poesías y ensayos han sido publicados en diarios y revistas literarias de Buenos Aires, del interior y del exterior del país, también traducido al inglés, al portugués y al italiano. Es co-fundador del Grupo Literario y Editor "Además" y del Grupo "Poesía Peregrina". Fue secretario de la Fundación Argentina para la Poesía. Participó en el staff de las revistas NEXO LITERARIO y BARATARIA. Es colaborador de LA LUNA QUE..., director de la revista literaria ARTES, BECAS & CONCURSOS y de LETRARTE (Encuentro Internacional y Congreso Nacional de Escritores, 1998 en Tucumán y 1999 en Mendoza). Organizó el Café Literario "Café y Letras" en la SADE Central y colaboró con el Café Literario "Poetas de la Plaza" de San Miguel de Tucumán. Junto a LA LUNA QUE... organizó la Primera Tourneé Poética por La Rioja, Catamarca y Tucumán. Es autor de tres obras de teatro y de algunos monólogos teatrales (uno llevado al cine). Actualmente dirige el Ciclo Café Literario del Centro Cultural Eugenio F. Virla dependiente de la Universidad Nacional de Tucumán, un taller literario personalizado y la edición de una colección de poesía para una editorial nacional.



TIEMPO

Ricardo Manzanaro Arana - España


El profesor Moore había inventado un dispositivo para enlentecer el tiempo. Puso en marcha el mecanismo. Pronto se dio cuenta de su error. Pasaron veinte años con él en la misma posición hasta que transcurrió el primer segundo. E iba a tardar minuto y medio en desactivar el enlentecedor.


Ricardo Manzanaro Arana nació en San Sebastián, España, en 1966. Es médico y se ha dedicado a la estética. Es asistente habitual -desde su fundación hace trece años- de la Tertulia de ciencia ficción de Bilbao. Mantiene un blog de noticias sobre ciencia ficción y hasta ahora ha publicado varios relatos, algunos impresos y otros en webs. Este año 2008 lleva la administración de los Premios Ignotus.

Hemos publicado en Axxón: INVOCACIÓN (160), MUTACIÓN (165), DEBATE ELECTORAL (186), RECUPERACIÓN (186), ORGANIZACIÓN (192), SEMINARIO DE ERGONOMÍA (196)



CIRCO

Rolando Revagliatti - Argentina


El hombre ocupa el área ocre de la pista. La mujer, el área aceituna. El hombre, debajo de una mesa liviana. Cerca y silencioso, un enanito disfrazado de enanito de jardín. El haz del "buscador", quieto, lo ilumina. Se enloquece. Se pasea por el área ocre. Se detiene en el hombre: Romeo, el italiano. Habrán de imaginárselo: candor.

—Estaba helado. Yo puedo. No me faltaba demasiado para consumirme, desde luego. Pensé: soy un caracol derretido.

Los acomodadores, acomodan. El público se llena la boca con pochoclo. El hombre da vueltas.

—Para llevar sólo lo que necesito, ahora que confirmado sé que puedo, ¿cómo supone usted o cualquiera que quiero seguir prefiriendo seguir recluido debajo de esta mesa?...

El hombre gime. El enanito amortigua un profundo bostezo. Otras luces se encienden.

La mujer porta cofia, grandes aros, fantásticas pestañas y camisón transparente, acampanadísimo. Ciento treinta metros de largo; y con muchas y pequeñas pesas en el ruedo. No usa ropa interior. Muslos. Globos pesados. En una cama allá a lo alto, a lo muy alto, sublime. A la cama (tobogán) se sube o se baja (o se bajaría) por una escalerilla. Cubierta por una sábana, la mujer resopla, emite chasquidos.

—¡Si no quiero a todas las personas!... Y ya sé que no soy una princesa. Pero quiero vivir. Vivir... esta vida. —Llama:— Claudio... —Se destapa la cara. Como si lo tuviera a su lado:— Claudio. ¿Pensás en mí?... Claudio.

El enanito, con disimulo, mira hacia las gradas. El público mastica pochoclo. Un león ruge, lejos. Ella sigue:

—Una foto mía no la tiene que tener un... Un navegante, sí. Un diplomático, sí. Alguien que me merezca. Me da una cosa cuando fantaseo... Me suaviza toda. Tu amor me vivifica. ¿Soy como de terciopelo? Como que me astillaría por un parpadeo descontrolado.

El enanito carraspea. El público traga pochoclo. La mujer:

—¿En qué estás pensando, malo? Malo-malo. Sergio Sebastián. Eso sí. Es justo lo que me pedís. A mis pies y con cara de que me comprendés. ¡Ay, cómo me estimula saber que estás en alguna parte! Podés, entre los dedos podés besarme. ¡Ay, cosquillas! —Saca un brazo—. Vos no sos Alejandro, Arturo. Sos azafrán, un soldado templado, un soñador. Me voy a bajar de acá y vas a ver. Sí, sí, corré. No vale que me llamés a los gritos. No soy una mujer para gritar. ¡Y además no quiero a todas las personas!... Soy para apreciar. Una joya de mucho valor. Aunque esté decaída, desmemoriada. —Intempestivamente, como si alguien la tocara:— ¡Roberto!... —Saca el otro brazo—. A ver... —Hunde la cara en la almohada—. ¡Toda mi vida! ¡Toda mi vida, Roberto, si te sirve! Oigo palabras y como un aliento. Olas que vienen y ¿¡qué hago con la espuma!?, decime. —Se recompone. Queda destapada hasta la cintura—. Un poco de recato es necesario. Y perfumes. Fragancias del Oriente Medio. O bien, del Trópico de Aries. Una tiene su lugar en la historia. En la historia trasquilada. Su lugarcito. En la historia trasquilimocha. Su propio lugar.

El hombre, absorto, en éxtasis. El enanito se adormila. Los acomodadores tantean sus bolsillos. La mujer:

—Como un clavo en la pared. Como un pez en el agua. Como un geranio en el florero. Como una pluma en el capuchón...

Al público le causa gracia.

—Como un murciélago en el aire. Como una bala en el tambor. Como un olor en la pituitaria... —También a ella le causa gracia lo que dice—. ¡Como un antropófago en la olla! ¡Como un hombre en el anzuelo! ¡¡Como un plato con mierda en el ojo de una aguja!! —Se destapa más. Se recompone—. ¡Aaaaaahhhhhhh!...

El público ríe. Los acomodadores se van. El enanito se desmorona. El hombre arrastra la mesa en dirección a la mujer. Serenata:

—Yo te quiero explicar

que soy tu zona más querida:

el área de la mansedumbre,

el eslabón perdido,

el tornillo que cayó

del avión de tu inconstancia;

ámame como a los repollos,

escuálida mujer frontal,

yo puedo, yo puedo, yo puedo,

yo solo no puedo tanto,

¡yo puedo más con vos!...

La mujer saca una pierna de abajo de la sábana.

—¿Es verdad? ¿Es verdad, Gerardo? ¿Qué late? ¿Qué late acá?... ¿Es cierto, Ignacio? ¿Cierto-cierto? ¿Así?... No es fácil aceptarme. ¡No es nada fácil para mí! Quiero abandonarme. Torcerme los tobillos... Suavizarme. ¿Quién no lo querría?...

—¡Yoooooo lo querrííííaa!... —dice el hombre. Y para sí:— Espero todo todavía...

El público, serio. Nadie come. Otra vez el rugir del león.

—¿Es verdad, opaco? —dice la mujer—. ¿Me clavarías un puñal amoroso?... ¿Me eyacularías la luna?... ¿Me serías completamente pernicioso? ¿En qué parte tuya... podría verme reflejada?...

El hombre asoma medio cuerpo de entre las patas de la mesa.

—¡Soy oído por fin!... ¡Soy oído por alguien más que yo! Mi casa es clásica y es leve. ¿Debo habitar yo?... —Advierte dónde ha quedado la mesa. La desliza hasta volver a cubrirlo—. Recién creía que sí...

La mujer saca la otra pierna de debajo de la sábana. Se arregla el camisón.

—Oscar-Eugenio-Miguel-Matías-David-opaco-opaco.

El hombre llega con su mesa al pie de la escalerilla.

—No, no, no. Sí. Yo sí. No, no. Ay, sí, sí, sí.

La mujer se incorpora.

—Yo puedo —dice el hombre.

—Sí —dice la mujer.

—Yo existo —dice el hombre.

La mujer toma el ruedo del camisón. Arroja pesas y camisón.

—Sí —dice.

—Yo existo, carajo —dice el hombre.

La mujer cubre con su camisón al hombre y su mesa. Una carpa.

—Sí —dice.

Se apagan las luces. El público llora, grita, patalea. Las lágrimas derramándose por las gradas son despejadas con rotundos secadores por personal de boletería. El público lanza sus sombreros a la pista. Se encienden las luces y el hombre y la mujer no agradecen las efusiones. El enanito, ya lo dijimos, sinceramente, duerme.



Rolando Revagliatti nació el 14 de abril de 1945 en Buenos Aires, Argentina, ciudad en la que reside.

LIBROS PUBLICADOS: Entre 1988 & 2008, varios de ellos a través de los sellos Libros del Empedrado, Filofalsía, La Luna Que, Recitador Argentino: Obras completas en verso hasta acá, De mi Mayor Estigma (si mal no me equivoco):, Trompifai, Fundido Encadenado, Picado Contrapicado, Tomavistas, Propaga, Ardua, Pictórica, Desecho e izquierdo, Sopita, Leo y Escribo, Del Franelero Popular, Ripio, Corona de Calor (poesía); Las piezas de un Teatro (dramaturgia); Historietas del Amor, Muestra en Prosa (cuentos y relatos); El Revagliastés (antología poética). Casi todos cuentan con ediciones electrónicas disponibles gratuitamente en numerosas bibliotecas digitales.

Hemos publicado en Axxón Madre Bañando a su Hijo (175)

SITIOS WEB:
http://www.revagliatti.com.ar
http://www.revagliatti.net
http://www.youtube.com/rolandorevagliatti



NOTICIA

Ricardo Manzanaro Arana - España


La noticia circuló con celeridad por el ciber-espacio, llegando en pocos instantes a la Unidad de Recepción de Información. Inmediatamente el Ordenador Central mandó las órdenes de activación a la Unidad de Redacción de Noticias, la cual elaboró el texto que relataba lo sucedido.

Asimismo se transmitieron indicaciones a los satélites, para que tomaran fotografías de la zona donde había ocurrido. Las imágenes se recibieron poco después.

Con la noticia en su versión definitiva, la Unidad de Publicación la incluyó en la web, y simultáneamente las impresoras localizadas en cada kiosco comenzaron a escupir decenas de ejemplares con la edición especial.

El robot vendedor salió de su cubículo en el kiosco y proclamó la noticia, mientras agitaba un ejemplar: "Última hora. Una catástrofe nuclear acaba con la vida en la Tierra".

No se vendió ni un ejemplar.


Ricardo Manzanaro Arana nació en San Sebastián, España, en 1966. Es médico y se ha dedicado a la estética. Es asistente habitual -desde su fundación hace trece años- de la Tertulia de ciencia ficción de Bilbao. Mantiene un blog de noticias sobre ciencia ficción y hasta ahora ha publicado varios relatos, algunos impresos y otros en webs. Este año 2008 lleva la administración de los Premios Ignotus.

Hemos publicado en Axxón: INVOCACIÓN (160), MUTACIÓN (165), DEBATE ELECTORAL (186), RECUPERACIÓN (186), ORGANIZACIÓN (192), SEMINARIO DE ERGONOMÍA (196)



EL CONCIERTO

Juan José Tena - España


Miraba la hora de vez en cuando. Begoña llevaba bastante retraso. Además, esperar nunca había sido su fuerte. Ya había retirado las entradas en la taquilla del Auditorio para ganar tiempo. El concierto empezaría dentro de breves minutos y si Begoña no llegaba se lo iban a perder. Tampoco es que fuera una tragedia, porque él no era un gran aficionado a la música clásica. Levantó la vista de nuevo y la vio llegar.

Hola, Pedro. Siento el retraso, pero era imposible pillar un taxi esta noche dijo Begoña con una sonrisa.

Claro, claro, ya veo que vienes preocupadísima porque casi nos perdemos el concierto.

Seguro que si nos marchamos de aquí no lo sientes demasiado dijo riendo Begoña.

No me tientes respondió con sorna Pedro.

Entraron en el Auditorio y se sentaron en sus butacas. En el concierto se interpretarían obras para piano de Chopin. El concertista era un reconocido pianista rumano, famoso por sus excentricidades, por lo que había trascendido el ambiente cerrado de la música clásica para convertirse en una celebridad de los medios de comunicación. Por eso esa noche era todo un acontecimiento social y conseguir entradas había resultado muy difícil. Pedro las había conseguido en un sorteo por Internet en el que se había apuntado en el último momento, casi sin pensar. Cuando se enteró que había ganado lo comentó en la oficina y más de un compañero le dijo lo mucho que envidiaba su suerte. Se suponía que muchos famosos y políticos de primera fila iban a acudir al concierto. El premio eran dos entradas, así que llamó a su amiga Begoña, que era más aficionada que él a la música clásica, para que lo acompañara. Por lo menos sería una forma distinta de pasar la noche del sábado.

Llevaban un rato charlando y haciendo bromas sobre los asistentes, en particular sobre algunas damas de la alta sociedad que parecía que habían acudido a una recepción de la reina de Inglaterra en lugar de a un concierto, cuando por fin apareció el maestro, un hombre ya anciano, muy delgado y que tenía una larga melena blanca. Todo el Auditorio prorrumpió en un fuerte aplauso, al que Pedro se sumó, más por compromiso que por entusiasmo. El maestro recibió los aplausos con una inclinación de cabeza, se sentó en su banqueta y comenzó a tocar. Las notas fueron fluyendo, llenando con la belleza de su sonido el Auditorio. Para su sorpresa, Pedro comprobó que no le estaba resultando aburrido como había temido, así que se relajó, cerró los ojos e intentó disfrutar de la música.

De repente sintió un tremendo ruido, una capa de sonido envolvente y atronador que le hizo abrir los ojos con el corazón desbocado por el sobresalto. Intentando recobrar el aliento miró a Begoña. Para su asombro parecía tranquila, concentrada en la interpretación del pianista. El resto de los espectadores tampoco mostraba reacciones extrañas. No podía comprender que nadie se quejara de ese estruendo.

¿Qué es ese ruido? preguntó Pedro a Begoña.

Begoña lo miró extrañada y se puso el dedo en los labios para indicarle que guardara silencio. Algunos de los espectadores más cercanos giraron, mirándole irritados por hablar en medio del concierto.

Pedro comenzó a asustarse. Podía entender que el ruido proviniera de un fallo de la megafonía de entrada al Auditorio o de alguna obra en construcción cercana, pero no entendía la tranquilidad con que se lo tomaba la gente. El concertista seguía con sus manos encima del teclado del piano, tocando, y el público parecía disfrutar de la música. Durante un segundo, Pedro pensó que estaba soñando o que se había vuelto loco. Junto al ruido atronador escuchaba alaridos de miedo y dolor, gritos de pánico y agonía de una multitud desesperada, que ya no sabía si estaban dentro de su cabeza o existían en la realidad. Notó que le faltaba el aire, y una profunda angustia le impedía respirar bien.

¿Te encuentras bien? preguntó en susurros Begoña al ver la expresión de angustia de Pedro.

No pasa nada, voy un momento al baño contestó en voz baja Pedro, a punto de desmayarse.

Begoña lo miró preocupada e hizo ademán de acompañarle, pero Pedro, con un gesto, le indicó que no pasaba nada: no quería ponerla nerviosa, cuando probablemente dentro de un rato habría superado esa extraña e inquietante experiencia.

Por fortuna estaban casi pegados al pasillo y pudo salir sin causar molestias excesivas, aunque notó más de una mirada de reproche cuando se encaminaba hacia la puerta de salida. Caminó por el pasillo desierto, hacia el baño. Entró en el aseo y se lavó la cara. Cuando se miró al espejo vio que estaba pálido y las manos le temblaban de forma incontrolada. El ruido dentro del servicio de caballeros seguía siendo insoportable. Sentía en su cerebro y en sus entrañas los alaridos, el rechinar de dientes, los gritos de agonía de un grupo de personas sumidas en el terror más absoluto, como ganado maduro para el sacrificio. Incapaz de soportarlo más fue a la taza y vomitó, presa de incontrolables espasmos. Después cayó al suelo y quedó encogido en posición fetal, llorando y temblando. Al cabo de un tiempo, que no supo si fueron segundos, minutos u horas, el ruido que lo torturaba cesó. El miedo continuaba, sobre todo porque le aterraba haber sufrido un brote psicótico, pero se encontraba un poco mejor. Se recompuso la ropa, se aseó como pudo y salió del baño. Cuando volvía a la sala de conciertos sintió un impulso y se paró a mirar por una de las ventanas del pasillo. En ese momento vio como el avión cambiaba el rumbo y se acercaba al Auditorio a gran velocidad. Supo que era cuestión de dos o tres segundos que el avión llegara. No había tiempo de avisar, ni de pedir ayuda, ni de despedirse de Begoña. Sólo podía contemplar la belleza de la noche estrellada antes del fin.


Juan José Tena, nacido en Valencia, España, es aficionado a la literatura, el cine y la música. Escribe relatos de literatura fantástica y poesía. Se pueden ver sus trabajos en sus dos blogs, La poesía posee y Textos secretos. Este es su primer cuento publicado en Axxón.



MOLINOS DE VIENTO

Claudio Biondino - Argentina


Pensativo iba el buen Sancho sobre su rucio, fantaseando con la ínsula que Don Quijote le tenía prometida, cuando vio, de pronto, de veinte a treinta gigantes que se alzaban frente a ellos. Se detuvo, espantado, y habló así a su amo:

—No pase adelante, vuestra merced, que unos malvados gigantes se empeñan en cortar nuestro camino por este rumbo.

—¿Qué gigantes? —preguntó Don Quijote.

—Aquellos de los brazos largos, que hacen fieros gestos hacia nosotros.

—Los que tienes por gigantes, hermano Sancho, son molinos de viento; y los que tomas por largos brazos no son más que aspas.

—¡Pues a fe mía que algún hechicero ha de haberle nublado el entendimiento, señor, porque son gigantes éstos que se oponen a que avancemos por el camino!

—Si tienes miedo —dijo el de la Triste Figura, riendo de las palabras de su escudero—, ponte en oración mientras yo paso entre estos inofensivos molinos.

Avanzó así Don Quijote, hasta que un gigante tomó al valeroso caballero con una mano y lo arrojó al suelo con todas sus fuerzas, acabando con su vida. Sancho vio entonces a los gigantes volverse molinos, que mudaron luego en chimeneas humeantes; después, en enormes máquinas devoradoras de hombres; más tarde, en torres monstruosas que brillaban al sol como espejos infernales.

—El mejor de nuestros trucos —le dijo una voz risueña desde las torres— es hacer pasar gigantes por molinos, para confundir a los quijotes que salen a combatirnos; hoy en día, ya no prestan atención a las voces de los sanchos. Y ahora entra en la torre, campesino, que ya no hay sustento en este mundo más que el que aquí te daremos, si nos sirves de por vida.

Aterrado y cabizbajo, Sancho se despidió de su rucio y avanzó callado, entre pucheros y lágrimas, hacia las fauces del gran monstruo espejado, cuyos hermanos habían cubierto ya toda la tierra hasta el horizonte.



Claudio Biondino nació en 1974, es antropólogo y vive en Buenos Aires. Siempre le interesó la literatura fantástica y en especial la ciencia ficción, pero por distintos motivos nunca tuvo demasiado tiempo para dedicarse a este tipo de lecturas.

Hemos publicado en Axxón: INSEGURIDAD (160), EL TESTIGO (161), JUEGO DE LUCES (162), LA PRIMERA TENTACIÓN (168), LAS RELIQUIAS (169), LA NUEVA REVELACIÓN (170), LOS CIEGUITOS (171), MENSAJES EN EL VIENTO (177), AZUL MARINO (180), LA PALABRA PRIMERA (192)



CUOTA DE AVERÍAS

Ricardo Manzanaro Arana - España


Poco después de llegar a su domicilio, Ramón recibió la visita de un Inspector de Averías. Le habían pillado. Tenían registrado un bajísimo número de averías causadas por él. Ramón adujo que se había despistado, que tenía mucho trabajo en el hospital. No sirvió de nada. El inspector le espetó que eso no le eximía de cumplir sus deberes con la sociedad.

—¿Qué pasaría si usted dejara de tener enfermos en su consulta? Los ciudadanos hacen el esfuerzo de cumplir con su cupo de enfermedades para que usted tenga trabajo. Por tanto, su deber cívico es esforzarse para tener el número de averías estipulado.

Le anunció que debía alcanzar la cuota de averías asignada a él en un plazo de dos meses. Si no, sería denunciado. Ramón se mesó los cabellos pensando en la cifra que debía cumplimentar. Las iba a pasar canutas.

Como todo el mundo, Ramón nunca había pensado que le iba a tocar un inspector de averías y por tanto no cumplía con su cuota de accidentes automovilísticos leves para dar trabajo a los talleres de carrocería; no se acordaba de descargarse los virus que estropeaban el ordenador con el fin de que no hubiera tanto informático en paro; o no contraía los catarros necesarios para cumplir la cuota de consumo de medicamentos.

Pero los inspectores existían y a él le había tocado la china.

Ramón compró manuales que enseñaban a estropear electrodomésticos sin joribiarlos definitivamente, pero le resultaron demasiado complejos. Entonces no tuvo más remedio que asistir a un cursillo acelerado de "Provocación de averías", y así, por ejemplo, pudo llevar el televisor a reparar tres veces en quince días, y de esa manera apuntar sendas cruces en la cartilla.

Gastó buena parte del sueldo en dispositivos que pinchaban las ruedas del coche cada pocos kilómetros o enchufes que aseguraban el cortocircuito.

Incluso recibió la visita de un individuo que le ofrecía certificados de averías falsos, aparentemente idénticos a los oficiales, a cambio del correspondiente desembolso. Ramón lo rechazó por miedo a que lo pillaran.

Dos meses después, el inspector estampó el sello de "Conforme" en la maldita cartilla de averías de Ramón y éste quedó aliviado. Pero durante aquel agobiante periodo había crecido en su interior un resquemor y un odio atroces contra aquel sistema. Ideó una estrategia para vengarse. Y ahora iba a ponerla en práctica.


Interrumpimos el programa para comunicarles una noticia de última hora. La Policía ha desarticulado a la peligrosa banda conocida como "Los arregladores" y ha detenido a sus principales miembros, entre ellos, al jefe del grupo, Ramón Sota. Estos delincuentes penetraban en los domicilios y se dedicaban a arreglar las posibles averías de los electrodomésticos y otros aparatos, que luego no se podían llevar a reparar. En algunos casos llegaron a subsanar hasta veinte averías en una misma vivienda. Incluso se descubrió recientemente que introducían un dispositivo de su invención que optimizaba el rendimiento de los electrodomésticos.

Políticos de todos los partidos y líderes sociales han felicitado a las fuerzas de seguridad del Estado por detener a estos delincuentes que estaban poniendo en grave riesgo a la economía del país.


Ricardo Manzanaro Arana nació en San Sebastián, España, en 1966. Es médico y se ha dedicado a la estética. Es asistente habitual -desde su fundación hace trece años- de la Tertulia de ciencia ficción de Bilbao. Mantiene un blog de noticias sobre ciencia ficción y hasta ahora ha publicado varios relatos, algunos impresos y otros en webs. Este año 2008 lleva la administración de los Premios Ignotus.

Hemos publicado en Axxón: INVOCACIÓN (160), MUTACIÓN (165), DEBATE ELECTORAL (186), RECUPERACIÓN (186), ORGANIZACIÓN (192), SEMINARIO DE ERGONOMÍA (196)



FELIDAE

Héctor Horacio Otero - Argentina


Gatos embotellados, decía el encabezado del correo electrónico. Contenía fotos de la última moda en Japón: gatitos a los cuales les ablandaban los huesos por medio de drogas. Crecían adaptándose a la forma del frasco que los alojaba, respiraban por unos agujeritos del envase y eran alimentados a través de un sorbete.

Horrorizado, reenvié la denuncia a toda mi libreta de direcciones. Al rato recibí una respuesta de Adrián, mi amigo del barrio desde la infancia, es decir, desde mi más reciente infancia, desde la última vez que decidí renacer. Había impreso las imágenes a todo color para mostrárselas a su esposa, aunque posteriormente desistió, profundamente perturbado por la situación, y las arrojó a la basura. Yo tampoco podía quitármelas de la cabeza; mi analista me preguntó la razón y, antes de que pudiera contestarle, comenzó a decirme que el embotellado era yo, bla, bla, bla.

Volví esa noche a casa luego de dar mi clase de Historia y traté, inútilmente, de conciliar el sueño. Los gatos del baldío de enfrente, donde la pordiosera del barrio se acababa de mudar, chillaron toda la noche como niños desollados. Mala analogía, porque a Adrián y a mí nuestras madres nos decían siempre que esa cartonera se llevaba a los chicos malos a su basural y los devoraba. Pasaron los años y sin embargo, cada vez que la veía por la calle, trataba de evitar que me mirara con sus ojos ambarados.

Siendo padre, la anécdota no me resultaba graciosa, por lo que esa noche me levanté varias veces a verificar que mis hijos estuvieran bien. Al despuntar el alba logré dormirme, sólo para soñar que me encontraba en el Antiguo Egipto y que en el delta del Nilo la Diosa-Gato Bast me amenazaba con sus garras. En realidad, la mayoría de las veces los transdimensionales no soñamos, sino que percibimos la cercanía de nuestros congéneres, ocultos para los mortales.

En fin. Como la cantidad de felinos y el hedor a podredumbre de la carne cruda que ciertas nobles ancianas les arrojaban cotidianamente iban en aumento, formulé la denuncia en la Municipalidad, sin resultado aparente.

Adrián, que siempre tuvo un estilo más directo que el mío, discutió fuertemente con la mendiga. Una noche llegué a recordar que yo fui uno de los obreros que protagonizaron la gran matanza de gatos de la calle Saint-Séverin en París, en 1730, lo que me produjo un muy políticamente correcto y actual sentimiento de culpa.

Para la madrugada siguiente, los maullidos habían cesado. Se rumoreaba que alguien había envenenado a los gatos.

Un viernes, poco antes del amanecer, se escucharon gritos desgarradores y golpazos repetidos. Se hizo el silencio, y luego se oyeron las sirenas de la policía. Fui corriendo hacia la habitación de los chicos, pero ellos no estaban. Bajé desesperado: había una multitud. Una enorme gata completamente negra se cruzó en mi camino y me clavó sus ojos amarillos. Se le erizaron los pelos del lomo y luego escapó.

Crucé el cordón policial casi sin aire y, gritando, entré en la prefabricada. El espectáculo era dantesco: gatos semidescompuestos colgados en las paredes cual altar pagano, bajo velas totalmente derretidas cuya cera los había parafinado. Nunca olvidaré lo que vi a continuación; ni siquiera pudo aliviar mi espanto que mi esposa apareciera en ese momento para decirme que los nenes estaban bien, que, desvelados, habían bajado a la cocina a comer algo. Más tarde no quise leer los artículos de los diarios sensacionalistas. Bastante tengo con imaginar lo que sintió Adrián mientras la Diosa lo arrastraba, tirando de una soga que le había puesto al cuello. Y, sobre todo, cuando vio sus estrujadas fotos de los gatos embotellados pegadas en las paredes y el serrucho y la maza junto al enorme recipiente de vidrio.


Héctor Horacio Otero nació en Buenos Aires en 1966. Estudió Historia en la Universidad de Buenos Aires. Publicó una novela corta juvenil de género fantástico, Aguada, el nacimiento de un guerrero (2004) y cuentos de ciencia ficción en diversos medios (CUÁSAR, ALFA ERIDIANI, NGC 3660, LUNATIQUE, etc.). Ahora tiene su propio blog.

Hemos publicado en Axxón: RÍO CHICO (179), LUPERCALIA (181), SERENDIPIDAD, en co-autoría con Carlos Devizia (188), EL FIN DE LA ANTIGUA RAZA, en co-autoría con Gonzalo Géller (191), LA CIUDAD SIN ESPERANZA (193)



EL ORIGEN DEL UNIVERSO

Carlos Almira Picazo - España


Pocas horas antes de recibir el Premio Nobel del Física, el profesor Yuri Orlov, de la Academia de Ciencias de la URSS, fue hallado muerto en su habitación del hotel Selma Laguerlof de Estocolmo. Se había suicidado.

Junto al cuerpo, como en una película policíaca, muy cerca de un charquito de sangre, había una carta. Algo más lejos estaba la pistola.

El Juez decretó el secreto de sumario, pero el escándalo ha traspasado las fronteras. Nadie fuera de un círculo de media docena de personas ha tenido acceso aún a la carta, pero su contenido, deformado, exagerado si se quiere, circula ya. La Agencia France Presse y la Agencia Reuter han adelantado alguna información de fuente fidedigna.

Por otra parte, la vida del doctor Orlov, un perfecto desconocido fuera del ámbito científico, no esconde ningún misterio: nacido en Moscú en 1891; de familia depurada por la Revolución y posteriormente rehabilitada; miembro del Partido desde 1919; doctor en Astrofísica por la Universidad de Leningrado en 1924; movilizado como reservista con el grado de capitán en 1941; condecorado por su participación en la defensa de Stalingrado, donde estuvo a punto de perder la vida; miembro de la Academia de Física de Moscú en 1957 y de la Academia de Ciencias de la URSS en 1961; Premio Nobel de este año por sus teorías sobre el origen del Universo.

Después de la guerra estuvo internado casi un año. Superado el bache, en un lapso de dos años desarrolló su teoría fundamental de "las Burbujas". Durante los años siguientes se limitó a completarla matemáticamente. El círculo de Kruschev se fijó en él y saltó de la oscura Universidad de Odessa a una cátedra en Moscú, y posteriormente a las Academias antes mencionadas.

No se le conocen desarreglos en su vida. Completamente entregado a su trabajo, no se casó ni tuvo aventuras de importancia. De su extensa familia, sólo le quedaba una tía con la que vivía cerca de Moscú. No bebía ni se drogaba, ni participaba, que se supiera, en actividades o grupos anti-soviéticos.

Las autoridades soviéticas, por cierto, ya han reclamado su cuerpo y, a falta de éste, han celebrado sus funerales con honores de Estado en Moscú. También han solicitado la carta al gobierno sueco. Por su parte, la Fundación Nobel ha decidido mantenerle el Premio a título póstumo y ha suspendido todas sus celebraciones en señal de luto.

Quienes lo han tratado en los últimos años coinciden en describirlo como un hombre alegre, incluso jovial, aunque algo quisquilloso y muy celoso y reservado con sus cosas. Su aspecto físico parece abonar esta impresión: más bien bajo, grueso, de facciones rotundas pero armoniosas. Con voz de contralto.

La clase de hombre a la que uno no le imagina enemigos.

La razón por la que le han dado el Nobel son sus teorías sobre el origen del Universo. A las demostraciones matemáticas ha añadido incluso una experiencia real con partículas de agua. Aunque los detalles sólo son accesibles a especialistas, la teoría es relativamente sencilla y puede resumirse así: antes de formarse, el Universo estaba compuesto de "vacío", es decir, de un tipo de energía que ya no existe, de la que salieron la materia, la energía y la luz que nosotros conocemos; este vacío se caracterizaba por una extraordinaria inestabilidad, al igual que el agua que, en determinadas circunstancias, permanece aún líquida por debajo de los cero grados centígrados: basta que un niño toque levemente su superficie cuando está en tal estado de sobrefusión para que inmediatamente todo un lago se congele. Fue precisamente la observación de este hecho común lo que llevó al profesor Orlov a formular su teoría sobre el origen del Universo.

Hechas las primeras investigaciones, el juez ha remitido a su homólogo del Tribunal Supremo en Moscú el caso. Cadáver y carta han viajado a aquel país y han desaparecido tras el telón de acero. La explicación oficial es: suicidio, posiblemente causado por una fuerte depresión nerviosa.

No obstante se ha sabido que la pistola era su antigua arma de capitán, y que la carta, al parecer breve y esclarecedora, llevaba ya redactada desde los días inmediatos al fin de la guerra, es decir ¡unos veinte años! La fecha viene a coincidir con la estancia de Orlov en la clínica de reposo de Odessa entre 1945 y 1946, de la que hemos hablado.

Ningún medio hasta la fecha ha puesto en duda la versión oficial. Se han deslizado aquí y allá algunas elucubraciones, se ha hablado mucho del profesor Orlov como científico, y eso es todo.

Eso era todo hasta que ayer, paseando por los puestos de viejo del Sena, encontré un tomito titulado: "Hazañas de la resistencia en Stalingrado". Me había olvidado del asunto cuando llegué al siguiente párrafo, sentado en un embarcadero ya casi a oscuras: "La noche del veintitrés de octubre de 1944 nuestro capitán se decidió, al fin. No quedaba una casa en pie en toda la aldea. Las avanzadillas de Von Paulus nos hostigaban día y noche, intentaban desesperadamente escapar antes del nuevo invierno. Esa noche nuestro capitán, Yuri Orlov, miembro del Partido, nos ordenó cruzar el río y quemar todo lo que no pudiésemos llevar encima."

"En cuanto caballos y hombres agitaron el agua, borrosos entre la oscuridad y la nieve, el río se congeló apresándolos como un cepo. El capitán se salvó al ir a caballo. Yo era el último rezagado en la orilla. Huí para que no me declararan desertor y me fusilaran aquella misma noche."

"Los alemanes debieron quedarse estupefactos ante aquella comitiva congelada en medio del río..."

La casualidad me había llevado a aquel libro y a aquel sitio. La casualidad llevó al capitán Orlov al río que lo volvería loco y le inspiraría su más famosa teoría científica.



Carlos Almira Picazo nació el 31 de mayo de 1965 en Castellón de la Plana, España, hace 42 años. Se doctoró en Historia por la Universidad de Granada. Y se dedicó sobre todo, a vivir de sus clases y a escribir: ensayos, novelas, cuentos y poesía. Así lleva desde mediados de los años ochenta. Hasta la fecha ha publicado: en papel, un ensayo sobre la dictadura del general Franco ¡Viva España! El nacionalismo fundacional del régimen de Franco (1939-43) (Editorial Comares, Granada, 1997); una novela heterodoxa sobre la vida y muerte Jesús de Nazaret, Jesuá (Editorial Entrelíneas, Madrid 2005); y en internet, una novela sobre el posible futuro de un país de América latina, imaginario, Todo es Noche (PROMETHEUS MDQ, #22 abril de 2007) y un centenar de cuentos y ensayos, en revistas como ADAMAR, AXXÓN, Ed. BADOSA, DESTIEMPOS, EL COLOQUIO DE LOS PERROS, CAÑASANTA, DIEZDEDOS, REMOLINOS, MAGAZINE SIGLO XXI, EL FANTASMA DE LA GLORIETA, REVESTIDOS, TIEMPOS FUTUROS, QUADERNS DIGITALS, LITERAE INTERNACIONAL, ARIADNA, LAS VOCES DE LA COMETA, etcétera. En la actualidad trabaja en una colección de cuentos y en una novela histórica sobre la antigua Roma.

Hemos publicado en Axxón: LOBO (175), EL ÁRBOL MALDITO (183), LA HIPOCONDRIACA (194)




Axxón 197 - mayo de 2009
Ilustrado por Valeria Uccelli
Cuentos breves de diversos autores (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Fantasía : Varios temas : Varias nacionalidades).

            

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