Revista Axxón » La canción de Maguerra, Alejandro Alonso (Novela, parte 10) - página principal

¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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<<< [VIENE DE LA PARTE 9 ]

 

 

 

Oblivion

 

 

9. Las voces del mar

 

DENVER, Colorado (AP) — ¿Recuerdas ese maravilloso día en que Bugs Bunny te abrazó en Disneylandia? Un estudio presentado el domingo muestra cabalmente cuán fácil puede ser inducir memorias falsas en la mente de algunas personas.

Más de un tercio de los sujetos de estudio recordaron ese momento en el parque temático —imposible porque Bugs no es un personaje de Disney— luego de que el investigador plantara la memoria falsa.

—«Researchers: It’s easy to plant false memories», CNN.com/Health, 16 de febrero de 2003

 

Triste Johnson «escuchó» el trueno que se propagaba por el Mar de Scholl. Lo percibió con todo su cuerpo, no sólo con los legos. No venía de ninguno de los frentes, sino de abajo.

El mar temblaba.

Los Johnson habían discutido el plan extensamente. Los doctores del espacio habían cartografiando el territorio real para de ubicar las esponjas en los lugares adecuados, y el «coro de sirenas», integrado por doctores del tempo y magos, había ensayando los ecos falsos hasta que resultaron convincentes. Triste había pedido formar parte de ese coro para hacer de enlace con los otros grupos.

A su debido tiempo, centenares de vástagos infértiles habían atacado al clan Jensen por la retaguardia. Ahora le tocaba a Triste Johnson y a su grupo esperar al enemigo y encauzarlo hacia las trampas de vacío, entonando el canto de sirenas. Vástagos y «sirenas» habían sincronizado los ábacos temporales antes de separarse y mantenían una densa comunicación telegráfica.

Las trampas estaban listas.

Pero algo inesperado había sucedido.

Los sondeos complejos del grupo de sirenas no mostraban Jensen. Los Jensen estaban detrás y en otra cota de navegación, emitiendo poderosos arcos voltaicos para despejar la ruta de huida. A la vanguardia de aquella embestida, y muy por debajo de esa cota, Triste sondeó cardúmenes de cumpas, lo cual era virtualmente imposible. Los cumpas eran criaturas de superficie, nunca navegaban tan profundo… A menos que los Jensen los hubiesen domado. O asimilado.

—¡Cumpas Jensen! —gritó en todas las armónicas de la Canción, y los despejadores, domadores, magos y doctores del tempo comenzaron a dispersarse.

Un pequeño grupo de Johnson logró ascender varios peldaños antes de que el cielo cayera sobre ellos. Los cardúmenes de cumpas arrasaban todo a su paso, provocando virtuales trampas de vacío bajo las posiciones del clan. Toneladas del polvo se desmoronaban sobre los magos, despejadores y domadores, quebrando decenas de canales de backup. El aplastamiento no afectaba a los cumpas, que eran criaturas planas y extraordinariamente resistentes, pero devastaba las filas del clan Johnson.

La invasión se les había vuelto en contra. Una Maguerra táctica, en la que las víctimas se volvían atacantes. Triste entendió mejor la postura de los TEGidos que habían enviado a Charles Johnson al campo minado Jensen.

Pero era tarde.

Algunos despejadores, los que sobrevivieron a la caída, se lanzaron al frente para trenzarse literalmente con los Jensen, cuerpo a cuerpo. Varias facciones de magos y doctores del tempo se regruparon a los flancos de la avanzada Jensen y comenzaron un nuevo canto de sirenas. El campo de batalla comenzó a curvarse. No porque estuviera desmoronándose varios maxlongis más adelante, sino a causa de la magia aparente del canto de sirenas.

La avanzada Jensen se estrechó en una suerte de improvisado desfiladero. Los despejadores Johnson los sorprendieron en ese punto. Pero a esta altura, ninguno de los combatientes estaba seguro de su posición ni del tempo de la Canción. Comenzaron a flipar en plena lucha.

Otros Johnson intentaron retroceder hacia el nido para emplazar una última defensa. Triste y Landrú estaban en ese grupo, junto con algunos domadores y doctores del tempo que comenzaron su propio canto de sirenas para curvar el campo de batalla e inducir a los cumpas a regresar.

Y hasta cierto punto lo lograron.

Algunos cumpas embistieron la última defensa Johnson, empujándola hacia sus propias trampas de vacío, pero el grueso del cardumen regresó hacia el campo de batalla y el nido Jensen.

En pleno desbande, Triste asumió la jefatura de su grupo de sirenas. El Mar de Scholl caía una vez más sobre los canales de backup.

—¡Retirada! —emitió—. El Mar se está desmoronando.

Todos sabían eso. También sabían que si lograban imitar la vertical linoide —con un ateté arriba y otro abajo— la resistencia al aplastamiento sería mayor.

Triste temía que la única forma de escapar al Gran Silencio era, precisamente, violando la prohibición de ascender a la Superficie. No había mucho de donde elegir: trocar un silencio conocido y final, por otro probable y desconocido.

Eligió la Superficie y el Gran Silencio probable. Al menos podría sondear el pulso de Maguerra y conocer su naturaleza. Informarle que el Clan Elegido estaba por sucumbir.

—¡Hay que subir a la Superficie!

Escaló el Mar de Scholl aceptando la oportunidad que le brindaba aquella salida incierta, anhelando el Gran Silencio probable.

Y ese silencio llegaría, pero no como Triste esperaba.

 

 

El sol entraba muy oblicuo por la ventana enrejada de la enfermería. La sombra carmesí de Lucio parecía crucificada en el piso de madera, atravesada por lanzas verticales y horizontales.

La sombra había muerto, pero el Lucio de carne y mente todavía se aferraba a algo que estaba más allá de la enfermería y del hotel.

Favaloro lo encontró así: como una estatua de coral, petrificado por la pena y el asco. Lucio le había contado, todavía manchado por la mácula de semen y la indignidad. Los ojos hinchados y sin lágrimas, las manos y los labios temblorosos, el alma y la voz quebradas. Pero Favaloro se resistía a reconocer el estado de alienación de su colega.

—Vattuone, dejáte de joder. ¿Cómo podías saberlo?

Lucio no respondió. Favaloro se acercó, dando un amplio rodeo, y apoyó la mano en el hombro de su colega.

—No mataste a nadie. Te hiciste una paja… ¿Y qué? Ni siquiera sabés si Isabel Sarli es tu vieja.

El brazo de Lucio se dirigió raudo al pecho de Favaloro. Lo tomó de la bata y lo alzó en vilo.

Los cardúmenes arrasaban todo a su paso, provocando virtuales trampas de vacío bajo las posiciones del clan Johnson—gritó Lucio—. Toneladas del polvo se desmoronaban sobre los magos, despejadores y domadores.

—Pará, loco… ¿Qué… te pasa?

Favaloro apenas podía articular palabra.

Triste entendió mejor la postura de los TEGidos que habían enviado a Charles Johnson al campo minado Jensen.

Favaloro se retorció y terminó propinando una tremenda patada en el estómago de Lucio. El gigante lo soltó, pero apenas acusó el golpe. Ninguno de los reflejos naturales ante el dolor parecía operar en Lucio.

Uno de los enfermeros, el mismo que había diagnosticado a Lucio la noche de su neumonía, corrió para asistir a Favaloro.

—¡Llamá a los muchachos y traéme una jeringa de Halopidol! —gritó el doctor, arrojándole las llaves del armario—. ¡Rápido!

El enfermero corrió hacia la puerta, mientras Favaloro trataba de controlar a Lucio.

—Escucháme bien. Estás en la enfermería. ¿Oís?

Lucio avanzaba y recitaba. En su mente, tan sólo una decena de Johnson habían llegado a la Superficie. El resto estaba atrapado bajo varios maxlongis de polvo. Algunos ya habían caído en el Gran Silencio Final. Otros estaban maltrechos, y pronto serían alimento para cumpas.

—Acá la tiene, doctor —jadeó el enfermero.

—Vamos a ver cómo se la damos…

Otros dos enfermeros llegaron y rodearon a Lucio, listos para lanzarse sobre él. Detrás, Becé y Kepler entraron en la enfermería. Becé observó la escena y entendió.

—Esperá, hermano —le dijo a Favaloro—. Se van a lastimar. Dejáme a mí.

—Está delirando. Tiene un pie acá y otro en Johnsonsbaby —aclaró Favaloro.

Kepler se puso a espaldas de Lucio y escuchó el mantra. Cuando Lucio no recitaba, cantaba «La Maguerra» en voz baja.Kepler intuyó alguna clase de conexión y probó una nueva aproximación al problema.

—Pronto habrá un eclipse —dijo.

Lucio se volvió hacia el astrónomo. Bajó los brazos.

El astrónomo le tendió la mano. Lucio se agitó.

El mar se está desmoronando—emitió Lucio—. ¡Hay que subir a la Superficie!

—Un eclipse, Lucio —dijo Kepler sonriendo—. La Canción se desvanece, la guerra se detiene. Todo se vuelve estéril y silencioso.

Lucio cerró los ojos. Como si esa ceguera efímera y voluntaria fuese capaz de imitar la otra, la que provocaba el eclipse en Johnsonsbaby.

¡Es tan nítido que aturde! —susurró Lucio.

Con un solo gesto, tomó la mano de Kepler y lo arrastró hacia el pasillo del pabellón tres, abriéndose paso entre los enfermeros.

¡Es tan nítido que aturde! —gritó.

Los dos recorrieron a los tropezones el trayecto hasta la rotonda. Nadie parecía dispuesto a detener al gigante.

Kepler le hizo señas a los demás para que no intervinieran. Becé, Favaloro y el enfermero los seguían a prudente distancia.

—Maguerra-Maguerra uh-uh. Maguerra-Maguerra uh-uh. Maguerra…

Llegaron a la reja que daba a la rotonda.

—¿Adónde se dirigen? —apremió un portero.

Tenemos que regresar al nido —respondió Lucio con impaciencia—. Los cardúmenes van hacia allá.

Kepler asintió y, desde atrás, Favaloro y Becé hicieron lo mismo.

El portero abrió las rejas y los acompañó hasta el portón que daba al exterior.

Salieron.

Tres porteros, y otros siete doctores y maestros se unieron a la caravana.

La mano de Kepler comenzó a palidecer, pero el astrónomo soportaba el dolor estoicamente.

—Maguerra-Maguerra uh-uh. Maguerra-Maguerra uh-uh. Maguerra…

Rodearon los pabellones y llegaron a la puerta del invernadero sin mayor novedad. La caravana ya tenía una veintena de huéspedes que murmuraban y miraban con incredulidad al gigante y a su barbado rehén.

La puerta del invernadero se abrió. Entraron.

Kepler creyó oír un segundo mantra. Venía de la zona de los hidropónicos y sonaba afeminado. Lucio hizo silencio, como rindiendo pleitesía a la otra voz.

—Maguerra-ah. Maguerra-ah. Maguerra… Mmm…Isabel…

Al llegar a las bateas, Kepler vio un portero arrodillado, una cápsula del tiempo y recortes desparramados por todo el piso de baldosas. El hombre sostenía un afiche que mostraba una mujer desnuda cubriéndose las partes íntimas.

¿Qué pretende usted de mí…? —dijo el portero imitando la voz de la mujer del afiche—. ¿Otra vez? ¿Es que ustedes no tienen madre?

Se estaba masturbando, por lo que no advirtió la llegada de los demás.

—¿Otra vez? ¿Es que ustedes no tienen madre…? —repitió el portero.

Lucio soltó la muñeca de Kepler y avanzó hacia el onanista. Con una sonrisa de beatífica paz, tomó una pala ancha y la estrelló contra la cabeza del portero.

Fue lo que todos vieron: el doctor Vattuone rompiéndole el cráneo a un portero. No advirtieron que la víctima estaba descalza, ni que el uniforme le quedaba grande y estaba sucio.

Landrú soltó el afiche y cayó de bruces.

Mientras caía, y aún al borde de la inconsciencia, Landrú Johnson repetía el mantra. Como si las pulsaciones de la Canción pudieran mantenerlo conciente.

—Maguerra-uh. Maguerra-uh…

Ya en el piso, 563 giró trabajosamente, para ver qué lo había atacado. La sangre manaba rítmicamente de su nariz y de su nuca. Con cada borbotón, el púlsar se atragantaba, se ahogaba, tartamudeaba.

Lucio eclipsó el último cielo que vería Landrú en este mundo. Levantó el pie y lo descargó contra la garganta de 563.

El mantra murió en los labios del loco.

Becé fue el primero en reaccionar. Empujó a Lucio e intentó revivir al portero. Favaloro lo siguió.

Kepler observó la escena, paralizado por el terror y por una revelación.

Landrú salvó a Lucio.

Nunca supo si lo había dicho en voz alta. Ya no importaba.

 

 

Limón dice: Mis legos languidecen. La Superficie no es como el mar; no tiene voz, ni desea tomar la mía. No responde. Es como una tremenda esponja que absorbe todos los ecos de la Canción. El silencio es tan nítido que aturde. ¿Por qué Maguerra no canta? ¿Por qué se esconde ahora que podemos conocerlo en esencia, con nuestras escamas desnudas? Dijo.

Simón dice: Aférrate a tu marcapasos, Triste Johnson. Maguerra se estaba deteniendo, pero existía, y mientras existía había esperanza. Dijo.

Limón dice: ¿Qué es la esperanza? Dijo.

Simón dice: Ahora Maguerra está muerto, prematuramente muerto. Nosotros lo matamos. No hay esperanza. Dijo.

Limón dice: Muerte, esperanza… ¿Qué son? No te entiendo, Landrú. Dijo.

Simón dice: El Gran Metrónomo es insondable, sino no sería. Cuando estás a punto de percibirlo en toda su esencia, se esconde o muere. Para nosotros es igual. Es la Gran Ausencia, el Oblivion definitivo, el final. Dijo.

Limón dice: No tiene por qué ser nuestro final, tenemos marcapasos. Y tampoco es el final de los cumpas. Ahora están librados a su propia voracidad. Dijo.

Simón dice: Es verdad. Tenemos que regresar al nido. Los cardúmenes van hacia allá. Dijo.

Limón dice: Podemos usar los telégrafos para avisar. Dijo.

Simón dice: No podemos, los telégrafos se desmoronaron con el mar. Dijo.

Limón dice: Nunca podremos llegar al nido antes que los cumpas. Dijo.

Simón dice: Por la Superficie. Si tenemos suerte y no morimos primero. Dijo.

Limón dice: ¿Morir? ¿Qué significa, Landrú? Dijo.

Simón dice: Muerte, esperanza… ¿Es que no puedes recordar los conceptos antisincrónicos? Dijo.

Limón dice: Mientras tengamos un marcapasos, la muerte no tiene sentido. Dijo.

Simón dice: Precisamente esoes la esperanza. Dijo.

 

 

Lucio estaba ciego.

Cuando abrió los ojos sólo pudo distinguir un espeso abismo negro, tachonado de destellos platinados. Los destellos no existían: sólo eran un espejismo de los nervios ópticos. Razonó que ya no podía ver. Tampoco podía oír más allá de los sonidos que él mismo provocaba.

Estaba frente a la Gran Ausencia, el Oblivion definitivo. Ni siquiera la muerte podía rescatarlo de aquella prisión imperecedera.

—Todavía tengo mi marcapasos —dijo en voz alta, para que el sonido de su voz lo tranquilizara—. Maguerra-uh. Maguerra-uh…

Las tinieblas improvisaron un coro de sublimes ecos maguérricos que golpearon con extraordinaria nitidez el ateté frontal de Lucio. El abismo devolvía el mantra con su propia voz. Y esa voz era hermosa. No había armonía más deseada que la del nido.

La canción electromagnética vibraba con cegadora claridad en el cerebro de Lucio: un púlsar ubicuo que iluminaba las estancias de aquel purgatorio impiadoso.

El eclipse había terminado.

—Justo a tiempo para evitar que los cumpas ataquen el nido —dijo Lucio.

El sondeo había revelado que Lucio estaba encerrado en un cubo. Estaba dentro de una figura perfecta.

Eligió un vértice y navegó hacia él.

—Siga cantando —dijo Pitágoras—. Sin la Canción no tienen esperanzas.

Lucio siguió cantando. Pero ese canto estaba en una cota muy por debajo de la Superficie. A esa profundidad podía evolucionar sin afectar sus otras funciones.

—Algunos ya están aprendiendo a vivir sin la Canción —explicó Lucio.

—Eso significa poco, doctor. Si usted deja de cantar, morirán unos cuantos menos. Usted decide.

—¿Y por qué yo?

—¿No es obvio? Usted mató a su dios, ahora se ha convertido en dios.

Lucio se puso de pie y navegó hacia otro rincón de la habitación. La esquina que había elegido estaba cerca del zambullo.

—Yo no soy dios, ni nada que se le parezca.

Pitágoras hizo un largo silencio. Lucio pensó que se había marchado. Cuando estaba por llamarlo, el viejo habló gravemente.

—No puede ser un niño toda su vida, doctor. Debe hacerse cargo de aquello que ha destruido.

Lucio meditó durante algunos maguerra-uhs esa idea. Tenía sentido.

De pronto le faltó el aire. Como si todo el peso de Johnsonsbaby descansara sobre sus hombros.

—Yo… Su dios se estaba masturbando con Isabel Sarli. ¿Qué habrías hecho vos?

—Si Isabel Sarli fuera mi madre, que no lo es, lo habría matado.

—¿Qué insinuás? ¿Que esa mujer no era mi vieja?

—La mujer del afiche era una actriz de cine. Es morena, y convengamos en que está físicamente bien dotada. Con los años podría haberse transformado en una matrona grande y pesada. Su madre es una anciana pálida y delgada. Algo no coincide, ¿no lo cree así, doctor?

—¿Lo maté por nada?

—Yo no diría eso. Todo tiene una razón de ser, por retorcida que sea. Además…

—Además, ¿qué?

—Se masturbaba por su culpa, doctor —sentenció Pitágoras—. Usted está en el principio y en el final de esta desagradable historia.

—No entiendo.

—¿No es obvio? Usted desordenó la cápsula. Cuando Landrú fue a revisarla, se encontró con que no estaba como él la había dejado. Era un dios obsesivo. Seguramente había una razón para que el afiche estuviera en el fondo de la caja. Mientras el loco acomodaba, encontró el afiche. Es hombre, ya sabe, y está más allá del tratamiento que aplican los Janki. Usted es responsable de la muerte, y también de ese acto tan… deplorable. —Pitágoras cambió el tono—. Así que déjese de proyectar la culpa y asuma las consecuencias. ¿No fue usted el primero que se masturbó?

—Sí —respondió Lucio avergonzado.

—Entonces cante.

Lucio recordó las palabras del mago ritmosonante.

—Pero el púlsar se está frenando —dijo.

—No necesariamente, doctor. Puede ser un fenómeno cíclico.

—¿Cómo es eso?

—Un denso cúmulo de asteroides está girando en órbita alrededor del sistema binario de Lux y Maguerra. Cada cierto tiempo pasa cerca del púlsar y deja un disco de acreción.

Pitágoras hizo una pausa, tal vez para comprobar que Lucio podía seguir su explicación.

—Seguí —instó Lucio—, no me la hagás difícil.

—Es simple, doctor. Al aportar materia en el sentido de giro, se genera una fuerza tangencial que contrarresta momentáneamente la desaceleración. Así, en períodos cíclicos que duran decenas y decenas de generaciones johnsons, el púlsar acelera primero y desacelera después. Dentro de muchos viajes redondos, todo el cúmulo terminará precipitándose sobre el púlsar o sobre Lux. Hasta ese entonces, el púlsar mantendrá su giro.

Lucio repasó mentalmente el sistema astronómico que le proponía el maestro. No lo comprendía del todo, pero entendía vagamente a qué se refería. Palabras como «acreción» y «órbita» formaban parte del vocabulario que usaba Kepler. Pitágoras parecía saber de qué hablaba.

Recordó a Scania haciendo girar la pelota en la punta del dedo índice. Comprendió que la mano libre, que cada cierto tiempo daba un nuevo impulso tangencial a la pelota, cumplía la misma función que el cúmulo de asteroides. También recordó la salva de aplausos que Cervantes y Picapiedra habían ejecutado. No había correspondencia entre los ritmos.

—Si es como vos decís —dijo Lucio lentamente—, si el metrónomo se acelera y desacelera, entonces no hay una relación directa entre las unidades del ábaco corporal y las unidades del calendario astronómico. Por ejemplo: en un momento, un ciclo durará 224.000 maguerra-uhs, pero algunas generaciones después podría tener sólo 200.000 ó 250.000 maguerra-uhs.

—Es verdad. La duración objetiva de los maguerra-uhs cambia, y por lo tanto varía su relación respecto de las rotaciones y traslaciones, que se mantienen constantes. Pero para eso están los doctores del espacio y el tempo. Cada veinte generaciones hacen algunos ajustes.

—¿Cómo los afecta psicológicamente? —preguntó Lucio.

—Hay generaciones veloces, y generaciones lentas. ésta es una generación lenta. Esa alternancia contribuye a sedimentar la memoria en diversas capas, no siempre accesibles, que están sintonizadas por frecuencias maguérricas diferentes. La memoria johnson no es perfecta, como Triste Johnson comprobó al tomar contacto con el marcapasos.

Lucio se sintió sobrepasado por semejante cantidad de revelaciones.

—Para que este complejo sistema siga en pie —continuó Pitágoras—, sólo hay que hacer una cosa…

—¿Qué tengo que hacer? —preguntó Lucio, repentinamente sumiso pero a la vez lleno de esperanza.

—Siga cantando, doctor. Hasta que el infierno se congele.

Maguerra-uh. Maguerra-uh. Maguerra…

 

 

La primera comida llegó dos pedígitus y dieciséis dentis después. El trueno metálico de la caja entrando por la abertura de la puerta le señaló a Lucio que, inequívocamente, lo habían trasladado al agujero. Tanteó el bowl de aluminio, todavía tibio, tomó la cuchara y probó. Arroz, verduras. Agua en una botella plástica. Una manzana de postre.

Se apresuró a comerlo. Hacía frío y cada caloría parecía imprescindible.

Ocho pedígitus después tocaron la puerta. él respondió con un golpe y retiraron la bandeja. Sólo se quedó con el bidón de agua.

—Lucio, ¿estás ahí?

Era la voz de Triste Miliki.

—Sí… Mis felicitaciones a los cocineros del pabellón uno, segunda sección.

—Lucio, tengo que hablar con vos. Están pasando cosas. —Triste parecía preocupado—. ¿Vos echaste a correr el plan?

—¿Qué plan? —preguntó Lucio.

—Ernesto Guevara, ese plan.

—Hablé con Morfeo Espéculo, que seguramente habló con Cervantes.

—¡Mierda! Bueno, ahora tengo que dejarte, pero después te cuento.

—¿Qué pasó?

—Mataron a otro portero —dijo Triste en tono lúgubre—. Parece que estás haciendo escuela… —Triste hizo una pausa. Lucio presintió que había algo más—. Raptaron a Tiresias otra vez. Lo dejaron peor que antes. Favaloro no les quiso dar la droga, así que le pegaron hasta que inventó algo que los confundiera.

—¡Hijos de puta! No tenía idea. Pensé que los contis se iban a quedar en el molde después del rumor de que los porteros se habían cansado de ellos.

—Parece que los porteros les tienen miedo. Están así desde que mataste al primer portero. ¿Por qué lo mataste?

—No era portero. Era un tipo que se escondía de los porteros, y estaba loco. Se llamaba Landrú.

—¿Landrú? ¿Como el johnson? —Triste se mantuvo en silencio por algunos segundos. Luego preguntó, o más bien afirmó—: Es un nombre que le pusiste vos.

—Tenía un número. El tipo no sabía cómo se llamaba. Pero no era portero. Fue el que se robó las cápsulas de los contis. Creo que el loco enterró todas esas cápsulas, recitaba de memoria los recortes.

Landrú salvó a Lucio—recitó Triste.

—¿Qué?

—Es lo que dice Kepler. Que el loco te salvó. No sé de dónde lo sacó.

—Yo tampoco. Ese loco no podía salvar a nadie.

—Sin embargo cantaba «La Maguerra», como hacés vos. Te oí.

Lucio apoyó la oreja en la puerta de metal. Triste hablaba cada vez más bajo.

—¿Qué insinuás? —preguntó Lucio.

—Que, a lo mejor, Morfeo no es el único que puede plantar ideas mientras los demás duermen, o agonizan. ¿Seguro que no lo conocías de antes?

—Seguro. Me trajeron acá por haber violado y matado a una alumna de la clase de Biología.

—Eso dicen los porteros. Vos no mataste a nadie, Lucio.

—Ahora sí. Andáte.

Triste se marchó sin agregar palabra.

 

 

Lucio soñó o alucinó el bosque de lengas y ñires. El sol estaba muy bajo en el horizonte, y el cielo hacía juego con el dorado-carmesí de las hojas. El viento zumbaba entre las ramas más altas, pero en ese zumbido se colaba la maniática letanía de 563. Hablaba bajo, y de cosas que Lucio no podía entender del todo.

Se califican en cerradas y expuestas —dijo el loco—. Calme el dolor dando un analgésico suave si el accidentado está consciente. Si presenta heridas con salidas de hueso, lávelas y coloque un apósito o paño limpio. El hueso no se debe tratar ni tocar. Si hay sangramiento realice primeros auxilios. En caso de fractura expuesta inmovilizar con tablillas si la fractura es en extremidades. Cuide que las tablillas sobrepasen las articulaciones superior e inferior. Traslade en posición horizontal a un centro médico.

El loco le tocaba la pierna, y la pierna le dolía.

Traslade en posición horizontal a un centro médico—repitió el loco.

—No puedo —dijo Lucio—. Dejáme en paz, Landrú. Estoy enfermo.

—Landrú cayó en Maguerra —recitó el loco sin cantar—, qué dolor, qué dolor, qué pena…

El loco soltó la pierna, se levantó y contuvo la respiración. El zumbido se arremolinaba sobre Lucio y 563 con perversa inteligencia, tenía densidad. No era el viento. Se expandía por el bosque de la misma forma en que el café se derrama sobre la superficie lisa de una mesa: avanzando, jugando con la ósmosis en una servilleta de papel, esquivando y empapando los obstáculos hasta rodearlos. Pronto el enjambre los alcanzaría, y detrás llegarían ellos.

Lucio los oyó. Elloscantaban a coro, mitigando el zumbido. Tuvo la sensación de que ya los había escuchado antes. Lo asaltó el miedo. Se imaginó a sí mismo como una cucaracha huyendo de un enjambre de avispas.

Después de la caída de Buenos Aires—recitó el loco, imitando la entonación del un locutor radial—, los soldados norteamericanos avanzaron sobre las posiciones argentinas en la Patagonia, según los informes de nuestras agencias. A su paso reclutaron numerosos adherentes, que se sumaron a otros que llegaron desde Chile. Las tropas avanzan entonando un himno neutro, que aparentemente forma parte de la acción piscológica… MagWar-MagWar uh-uh. MagWar-MagWar uh-uh…

Aquella canción menor estaba cada vez más cerca, pero antes llegarían las avispas. No tenían aguijones ni buscaban poner sus huevos en algún anfitrión herido: tenían ojos y podían reconocer a los fujitivos por el rastro de calor. Decenas, tal vez cientos de miembros del enjambre compartían percepciones y sacaban conclusiones acerca de la ubicación de la presa, en una suerte de estado de deliberación permanente. Una inteligencia colectiva, insustancial y densa como el zumbido.

Y la cucaracha no podía caminar.

El loco lo apremiaba:

Traslade en posición horizontal a un centro médico. Traslade en posición horizontal… Con carácter de urgente.

—¡La puta que te parió, Landrú! Duele…

Los soldados norteamericanos avanzan sobre las posiciones argentinas en la Patagonia, según los informes de nuestras agencias —repitió el loco.

Lucio se dejó llevar. El loco lo ayudó a ponerse de pie y avanzaron. El zapato del pie lastimado había quedado atrás.

A los pocos metros estuvieron a punto de tropezar. A Lucio le resultaba difícil coordinar el avance.

El loco cantó.

Maguerra-uh. Maguerra-uh…

El cuerpo de Lucio recordó y caminó al ritmo del mantra. Le confortó la cadencia de aquella canción menor diferente, pero a la vez de la misma naturaleza que la que entonaban sus perseguidores. Ambos mantras competían en eficiencia. Lucio deseó que sólo fuera eso, un torneo de canciones menores, pero sabía que no era así.

Avanzaban despacio, pero el loco no le permitía detenerse.

Estaban a unos cincuenta metros de la entrada de un refugio subterráneo, cuando las primeras avispas cayeron sobre ellos. El loco lo arrastró al agujero y súbitamente dejó de cantar.

Lucio se desplomó.

Las avispas se quedaron fuera del agujero, registrando con precisión los movimientos de los fugitivos para que otros pudieran observar a través de aquellos ojos. Eclipsaban el sol del poniente, pero sólo eran el preludio de los que venían detrás.

El loco vigilaba en silencio. Ahora podía verlo: Landrú vestía una chaqueta marrón con un distintivo de guardaparques en la manga derecha. La ropa le quedaba exageradamente grande. Lucio tuvo un lúcido déjà vu. 563 acostumbraba tomar los uniformes de los demás como pago por los favores prestados, o tal vez fuera la miserable rapiña del sobreviviente, o un trofeo de guerra después de vencer a su enemigo. Esa chaqueta le pertenecía a Lucio.

Ni biólogo ni profesor: Lucio era guardaparques.

La suciedad y los desgarrones de la chaqueta eran patéticos testimonios de los meses que ambos habían pasado en el bosque huyendo de los yanquis.

Lo iban a capturar. Era el final.

El loco le puso una mano en el hombro, como si con ese gesto le dijera aquí estarás bien. Le besó la frente y abandonó el refugio espantando las avispas con la mano.

Lucio lloró.

Luego oyó la orden perentoria emitida por el megáfono, ramitas que se quebraban por decenas, arbustos que flameaban al paso de los soldados yanquis. Voces en inglés que ya no cantaban.

La adrenalina y la impotencia consumieron las últimas fuerzas de Lucio. Su cerebro flipó a Oblivion.

 

 

Los golpes despertaron a Lucio. Al principio no supo si eran truenos o detonaciones del ejército yanqui. Se preguntó si ya habría anochecido, si los yanquis le habían reparado el hueso quebrado, si tenía los ojos vendados. Y, a pesar de las preguntas, cuando logró despabilarse ya no recordó nada o casi nada del sueño en el que había sido capturado.

—¿Estás ahí? ¡Lucio!

Otra vez Triste Miliki.

—Sí. ¿Adónde querés que me vaya?

—Es Tiresias…

Lucio se abalanzó contra la puerta.

—¿Qué le hicieron?

—Se suicidó.

Las piernas de Lucio se aflojaron. Se sentó en el piso, junto a la puerta. Apretó los puños.

¿Cómo fue? ¿Quién lo encontró? ¿Dijo algo antes de suicidarse? ¿Podríamos haberlo salvado…?Las preguntas se aglomeraron en el cerebro de Lucio. Funcionaban como un embalse que contenía la ira y el dolor. Pero para contener las emociones tenían que quedarse ahí, irresolutas, coaguladas al borde de la formulación.

Triste abrió la trampilla por la que introducían la bandeja con alimentos y metió la mano. Lucio cerró los ojos para no quedar deslumbrado. La mano de Triste tanteó en todas las direcciones, pero no encontró nada. Mientras lo hacía, las luces y las sombras jugaban burlonamente sobre el rostro de Lucio.

—¿Seguís ahí? —susurró Triste.

—Sí.

Los dedos de Triste se movían rítmicamente, como si fueran ellos los que hablaban.

—Se colgó del techo, Lucio. En su cuarto.

Lucio Vattuone permaneció en silencio.

—Tengo que irme. En un rato te traigo la comida.

La trampilla se cerró con un chasquido y Triste se fue.

Hubo un instante, un pedígitus tal vez, del que Lucio no tuvo conciencia. Sus dedos se perdieron en las irregularidades de la puerta de la celda de aislamiento. Los dedos tanteaban, percibían, pero la mente no registraba.

Después la Canción regresó tenaz, salvaje, impiadosa.

Las lágrimas de Lucio se secaron antes de desbordarse. Una ira sorda le congelaba la sangre, lo obligaba a cerrar los puños y a mantener apretadas las mandíbulas. Le resultó fácil perderse en esa furia monolítica. Se quedó mirando fijamente el abismo, hasta que los ojos se rebelaron y lo obligaron a parpadear: arena en lugar de lágrimas.

 

 

Viajes redondos: cero. Estaciones: cero. Temporadas: cero. Ciclos: cero. Corpus: tres. Dentis: cinco. Pedígitus: cinco. Manus: dos. Maguerra-uhs: dos y contando…

Lucio no volvió a dormirse, al menos no profundamente. Desde el momento en que Triste le había hablado del suicidio de Tiresias, habían pasado poco más de veintiocho horas. Tres comidas, seis visitas, siete porteros muertos.

Pitágoras le había contado con lujo de detalles el panorama bélico en Johnsonsbaby. El clan Johnson intentaba recuperarse del revés de la Batalla de los Legonarios, y los Jensen habían regresado al nido para evaluar daños.

Lucio imaginó el campo de batalla. Paradójicamente, el enfrentamiento había hermanado en el Gran Silencio a Johnson y Jensen: cuerpos enredados y sin filiación, corazas vacías que los cumpas habían dejado a la deriva del Mar de Scholl, legos que ya no respondían a ningún clan. La propia existencia de Segundo Jotajota había profetizado lo que ahora mostraba el campo de batalla: los restos de unos y otros congregados como un colosal híbrido silencioso e inerte.

Triste Miliki le había dicho que los peones y los contis estaban asediando a los porteros. A veces los mataban, a veces no.

—Tres desaparecieron en el bosque —le había dicho Triste Miliki—. Becé me dijo que les cavaron trampas de vacío. Cuando los porteros cayeron, los rociaron con veneno del invernadero. Estaban medio desmayados. Los enterraron vivos.

—¿Qué está pasando? —había preguntado Lucio.

—No los queremos, Lucio. Todo era una mentira, como decía Becé. El loco que mataste tenía enterrados varios aparatitos, de esos que usan los porteros. Entre Becé, Cisco, Cervantes y dos peones aprendieron a usarlos. Está lleno de información sobre nosotros. Ya identificaron a Kepler. Parece que era astrónomo nomás, y se llamaba Luis Goldberger. Vivía en Ushuaia, y tenía mujer y un hijo cuando lo encerraron. Kepler no es culpable de nada, Lucio. Somos inocentes.

Lucio dio un golpe en la puerta.

—¡A mí no me importa quién era antes! Sacáme de acá, Triste. Se van a olvidar de mí. —Volvió a golpear la puerta—. Voy a terminar como los porteros del bosque…

—Tranquilizáte, Lucio. Estamos en eso. No nos olvidamos. Los porteros todavía tienen el poder, pero falta poco.

 

 

Viajes redondos: cero. Estaciones: cero. Temporadas: cero. Ciclos: cero. Corpus: cuatro. Dentis: cero. Pedígitus: uno. Manus: seis. Maguerra-uhs: uno y contando…

Cuando se cansó de golpear la puerta, Lucio se acostó en el suelo de piedra y se relajó. Probablemente le sangraran los puños, pero su alma estaba más liviana; como si los músculos, antes tensos, se hubieran deshinchado y le dejaran espacio para estirarse.

Nadie había acudido. Triste y los otros habían decidido enterrarlo, pero sin el beneficio del veneno.

Envidió a los porteros del bosque.

Pitágoras se acercó, arrastrando las sandalias. Era el último deudo, y el único, que visitaba la tumba de Lucio.

—Siga cantando, doctor. Mientras cante, ellos tendrán esperanzas.

—Si lo sabré yo…

—Lo digo en serio, doctor. Mantenga la cordura, le queda poco.

—¿Qué pasa allá afuera, viejo? Contáme…

—Parece que los huéspedes por fin encontraron los portales. Están comenzando la evacuación.

—¿Y me van a dejar acá? —preguntó Lucio con repentina urgencia.

—Así es. Abandonado a sus propios medios, que no son muchos. Ya le queda poco.

—No me pueden hacer eso…

—Pueden y lo harán, señor mío —dijo Pitágoras poniendo el acento en «lo harán»—. ¿Quién querría que un ser tan despreciable como usted, asesino de inocentes, violador y matricida, compartiera el nuevo mundo más allá de los portales?

—Nadie, supongo.

—Resígnese. ¡Cante!

Lucio se acurrucó en posición fetal. Trató de llorar, pero la impotencia era tan grande que ni siquiera eso podía.

De pronto, tuvo una súbita revelación.

—Si yo muero, el mundo que hay más allá de los portales se viene abajo. No hay más Canción. No queda nada.

Pitágoras dudó.

—No había considerado esa eventualidad.

—Dígales que vengan a buscarme. ¡Ya!

Pitágoras se fue. Lucio sonrió aliviado.

 

 

Viajes redondos: cero. Estaciones: cero. Temporadas: cero. Ciclos: cero. Corpus: cinco. Dentis: cuatro. Pedígitus: uno. Manus: seis. Maguerra-uhs: tres y contando…

El pestillo se destrabó con un estampido sordo. Al parecer, alguien había abierto la puerta de la celda. Lucio cerró los ojos para evitar que la luz del exterior lo deslumbrara, y avanzó hacia donde creía haber oído el ruido.

Abrió primero un ojo y luego el otro.

No había luces. El espacio más allá de la puerta era igualmente oscuro e insondable.

—Apagamos las luces para que no te encandiles, Vattuone.

Alexander Fleming estaba en la habitación.

—¿Ya te canonizaron?

—Sí. Pero supongo que no eligieron un buen momento. Están matando a todos los porteros. No quedan muchos.

—Sacáte el uniforme, te consigo ropa de huésped —apremió Lucio.

—No hay peligro, en la oscuridad no pueden verme. Sólo vos podés ver, y yo no lo llamaría visión. Cantá, Vattuone. Sacános de acá.

Maguerra-uh. Maguerra-uh…

Cada eco era como un golpe del cincel que ponía de manifiesto las salientes y profundidades del pasaje. Avanzó varios pasos aguzando el oído, tanteando las paredes.

—Podés volver al hotel, o regresar al nido —advirtió Flemming—. Ya estuviste en el nido. Ya sabés cómo es.

Lucio recordó el laberinto de barricas, los pasajes subterráneos, Tiresias…

—No se puede volver al nido —respondió Lucio—. Ya no sería lo mismo. Elijo el hotel.

—El hotel tampoco es el mismo.

Lucio se detuvo, cuidando de mantener alguna referencia de la dirección en la que avanzaba para no desorientarse.

—¿Cómo es eso? —dijo.

—Todo cambia, doctor. Todo se renueva. Vivimos tiempos veloces.

—Aún así, prefiero el hotel.

—Cantá, entonces. Avanzá.

Maguerra-uh. Maguerra-uh…

La voz del mar cambió.

La puerta del agujero estaba justo frente a Lucio y le devolvió un eco metálico, plano, sólido. Lucio tiró de ella.

Se abrió.

La puerta conducía al mismo infierno.

Las llamas amarillas y naranjas bailaban sin control, produciendo un humo denso y apestoso que salía de cada ventana del hotel. La humareda no tardó en alcanzar la garganta y el pecho de Lucio.

Tosió.

Los huéspedes corrían, alejándose del complejo. También se oían gritos que venían del interior de los pabellones.

Maguerra.

Fleming se había ido. O tal vez nunca había estado.

Sin saber por qué, Lucio llevaba consigo el cuenco de aluminio y la cuchara. Guardó la cuchara en el bolsillo y esgrimió en cuenco a modo de escudo.

Corrió hasta la puerta de seguridad de la enfermería. No porque tuviera especial afecto por ese lugar, sino porque sentía que para hacer borrón y cuenta nueva, necesitaba regresar ahí, al lugar de donde lo habían sacado. Como si allí estuviese su hogar.

La puerta estaba abierta.

Se asomó por el vano, pero el humo era demasiado denso. Alguien gemía, otros gritaban.

—¿Hay alguien? ¡Eh! ¡Conteste!

Lucio no sabía si los gritos venían de la enfermería o del pabellón que había más allá. Decidió arriesgarse.

Caminando tan agachado como le era posible, recorrió el pasillo que separaba las dos hileras de camas. Tanteaba para ver si quedaba alguien.

En la cuarta cama a su derecha tanteó unos pies desnudos e hinchados. Dio la vuelta y se acercó.

Era un portero. Parecía muerto.

Tenía el rostro y la cabeza vendados. Lucio dedujo que probablemente tenía alguna contusión severa en el cráneo. También tenía una cicatriz bastante grande bajo la nuez de Adán, como si lo hubiesen intubado.

Cuando estaba a punto de abandonarlo, el portero se movió y gimió.

Lucio apoyó el cuenco de aluminio sobre el vientre del portero y cargó el cuerpo en sus brazos. Avanzó hacia la salida de seguridad.

No podía agacharse, y el humo le producía náuseas.

La puerta se había cerrado.

Estúpido.

Apoyó al portero contra la pared y, usando el cuenco como guante de box, rompió de una trompada los azulejos del panel. Colocó el dedo del portero en el sensor. Al parecer, el sistema era a prueba de apagones. El escáner recorrió el dedo con irritante lentitud. Al final, la puerta permaneció cerrada.

El portero volvió a gemir. Lucio lo apoyó en el piso y buscó entre las ropas alguna llave, o algún arma de fuego para volar la cerradura.

Lo que encontró fue un dedo.

El portero era Landrú.

Aturdido por la sorpresa, repitió como un autómata la secuencia que le había visto hacer al loco el día de la canonización de Fleming. Evitó chupar el dedo.

El truco funcionó nuevamente.

Lucio cargó una vez más al portero y el cuenco de aluminio, y se apresuró a salir de la enfermería. A los pocos metros, volvió a respirar profundamente y a toser. Sólo cuando el aire frío le golpeó el rostro, se dejó caer.

—Creí… que de ésa no… salía —le dijo al loco, agitado.

El loco no respondió. Se agitó en el piso y él también tosió.

—Muy malo para los puntos de sutura —bromeó Lucio.

Se sentó a observar mejor el panorama.

Los tragaluces del pabellón uno estallaron y el fuego se asomó al tejado. El viento había disipado parte del humo, pero el griterío continuaba.

A unos cien metros de donde estaba Lucio, los presos se apretujaban en los vagones del trencito. No había tiempo de alcanzarlos: la locomotora ya estaba partiendo.

Un conti, indiferente a la partida de la formación, se acercó a Lucio corriendo.

—¿Estás bien? —dijo.

—Sí, gracias —dijo Lucio.

El conti sacó un arma de fuego. Lucio se atajó.

—¡Pudríte, cerdo yanqui! —gritó el conti, y descerrajó tres tiros sobre el pecho y la cabeza de Landrú.

Esta vez sí, Landrú estaba muerto.

En medio del aturdimiento, Lucio se preguntó si así sería la vida en el nuevo mundo que estaba más allá de los portales.

Mientras el conti ultimaba a otros dos porteros, Lucio Vattuone avanzó y, de un solo movimiento, desnucó al conti. El infeliz se deslizó graciosa y discretamente hacia el piso de piedra. Probablemente ésa fuera su última morada. Unos pocos carroñeros se darían un festín aún mayor que el del canguro.

Lucio levantó la vista. Muy baja, recostada sobre el horizonte en llamas, asomó la constelación de Orión.

Tal vez fuera un efecto alucinógeno inducido por el humo. Tal vez fuera la gloria mística de aquella figura estelar, más grande que él, que todos los pabellones juntos. Tal vez fuera su propia agitación. El caso es que oyó, o creyó oír, los latidos acompasados del corazón de Orión.

Maguerra.

 

 

Los socios del Club lo encontraron cuando ya despuntaba el alba. Lucio había pasado la noche al amparo de la colosal fogata, vagando por las inmediaciones del agujero y la estación ferroviaria. Rumiando los designios de una deidad lejana e indiferente.

En el grupo estaban casi todos: Cervantes, Becé, Benjamín Cisco, Triste Miliki, Scania, Picapiedra, Favaloro y Goldberger. Fangio y Juan Domingo también estaban ahí, y detrás llegaban otros que Lucio no reconoció en un primer momento.

—Fuimos a buscarte al agujero —dijo Triste—. Pero ya te habías ido. Becé insistió en que te siguiéramos buscando.

—Creí que me habían abandonado —confesó Lucio y las lágrimas se derramaron antes de que pudiera decir más.

—¿Cómo te íbamos a dejar, imbécil? —dijo Favaloro—. ¿Qué clase de club seríamos si abandonáramos a los socios?

—Estuvimos muy ocupados —se disculpó Becé—. Saboteando el generador, evacuando huéspedes, emboscando porteros, averiguando quiénes somos…

Lucio levantó la mirada, las lágrimas se evaporaron de su rostro.

—¿Y ya lo saben? —preguntó.

—Sí, más o menos —dijo Becé—. Aprendimos a usar los anteojos, y logramos transcribir una parte de la lista. Todo está en esta libreta.

Becé se la extendió a Lucio, pero el doctor no quiso tomarla.

—¿Otro mercado de nombres? —preguntó con ironía.

—Hay más de cien nombres que hemos podido rescatar —explicó Cervantes—. Nombres y algunos datos básicos. Pero sí, básicamente es otro mercado de nombres.

—Paso —dijo Lucio—. Ya tuve suficiente con el mercado de nombres.

Goldberger-Kepler se adelantó.

—Vamos al array de radiotelescopios —dijo—. Les prometí a los muchachos que les mostraría Maguerra. Después iremos al otro hotel, a ver qué podemos averiguar sobre las mujeres. Tenemos que alejarnos por si vienen refuerzos. Encontrar un refugio…

Lucio miró hacia atrás buscando el cuerpo de Landrú entre los restos del hotel. No logró hallarlo. Iba a contarles sobre el loco y el conti que había matado a mano limpia, pero decidió postergar la historia para más adelante. Para cuando se sintiera más seguro sobre quién era y en qué lo habían convertido.

—Apoyo la moción —sonrió Lucio.

Recogió el bowl de aluminio, que estaba tirado en el piso, y sacó la cuchara del bolsillo.

—¿Qué me miran?

—Comida no tenemos, hermano —dijo Becé.

—No importa —respondió Lucio esgrimiendo la cuchara.

Los socios del Club de los Sábados se fueron cantando al ritmo de un púlsar que estaba a mil quinientos años luz de la Tierra.

 

FIN

 

 

 

Agradecimientos

 

La exobiología de Maguerra fue creada en los una etapa temprana de la lista de correos de la revista electrónica Axxón, entre fines de 2001 y los primeros meses de 2002. Fue un desafío extraordinario: crear un extraterrestre creíble, no antropomórfico, y todo su entorno, llegando a una descripción somera de su psicología e incluso su sociología. Fue un proyecto grupal, con el vago propósito de, eventualmente, narrar una historia que se desarrollara en ese universo.

Es importante aclarar que en ese momento no existía Maguerra, ni existían los johnsons. El satélite se llamaba Pakk, el púlsar no tenía nombre —que yo recuerde— y los extraterrestres se llamaban genéricamente akkónidos. Sobre esas bases, poco más de un año después, empecé a construir una historia posible, ensanchando el universo por fuera del libreto original, pergeñanado conflictos, e incluso nuevas formas de percepción y entendimiento. Y también nomenclaturas nuevas que se ajustaran a la realidad del Club de los Sábados. Yo pude volar porque otros me prestaron un buen par de alas.

Participé con placer de esos intercambios, que a veces se prolongaban en el taller literario que hacíamos los viernes en la casa de Aníbal Gómez de la Fuente.

Mi agradecimiento entonces a quienes participaron de este proyecto: Eduardo J. Carletti, Diego Escarlón, Gustavo Villada, Sergio Mars, Jorge Korzán, Martín Brunás, Carlos Almirón, Omar Munárriz, Graciela Lorenzo, Fabián Labeau, Pamela / Ezcorpia (seudónimo), Aníbal Gómez de la Fuente, Daniel Vázquez, Mónica Torres y Abraham Inematov (entre los más activos).

 

Alejandro Alonso, 2009.


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