Revista Axxón » La canción de Maguerra, Alejandro Alonso (Novela, parte 9) - página principal

¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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<<< [VIENE DE LA PARTE 8 ]

 

 

Ni Fleming, ni Bosco ni Borges regresaron.

Los huéspedes estaban acostumbrados a que, cada tanto, desapareciera algún compañero de pabellón. Asumían que había cumplido su condena, que ya estaba listo para volver a la sociedad.

Los socios del Club de los Sábados tenían otra teoría. Para ellos, algunos huéspedes morían a manos de los contis o los peones, en una suerte de guerra intestina que los porteros avalaban. Como era de esperar, los contis ganaban la batalla. Al igual que los peones, usaban la fuerza bruta como herramienta de poder. Pero mientras que los peones descargaban esa fuerza contra los árboles del bosque, los contis la empleaban contra otros huéspedes.

Para Lucio ambas tareas eran igualmente inaceptables, pero odiaba más a los contis. Personal de contingencia era un eufemismo bastante funcional. La realidad era otra: los porteros necesitaban los brazos de los contis porque jamás se ensuciaban sus propias manos.

Pero los contis estaban desatados. Lucio los había visto. Jugaban una ruleta rusa, usando como revólver la mente debilitada de Tiresias.

Y los huéspedes desaparecían, casi imperceptiblemente.

No eran los únicos. Varios socios del Club sospechaban que algunos huéspedes eran ascendidos a porteros y trasladados a otros hoteles, o a otras ciudades, previo tratamiento.

Rehabilitados, reciclados, canonizados.

Becé sostenía que la única forma de permanecer inmaduropara ese ascenso era resistir la aceptación. La inconformidad era como una extensa veta férrica que los protegía de ser detectados por los porteros. En cuanto te dabas por vencido, ellos te canonizaban.

Lucio no lo creyó hasta que vio cómo se llevaban a Fleming a la rastra.

Fleming era un soldado de Dios, pero sin ejército, sin misión, sin la Palabra. Su religión era el pragmatismo. Hacía lo que había que hacer para mantenerse a flote.

En el fondo, el gran doctor estaba conforme, satisfecho, seguro de sí… vencido.

Con el tiempo, Lucio se recuperó. René Favaloro e Isabel Sarli lo cuidaron amorosamente. Los socios lo visitaban con frecuencia.

No les dijo nada sobre 563. Necesitaba resolver su situación con Landrú antes de revelarles su presencia.

Ahora que Fleming había desaparecido, la enfermería estaba en manos de Favaloro y su escáner de mano.

Durante uno de los pocos momentos de lucidez, Lucio había pensado o soñado con aquel escáner. Formaba parte de una extraña trilogía simbólica: el escáner de Favaloro, el gato de Landrú y el libro sagrado de Fleming. No pudo descifrar el significado y pronto lo olvidó.

Los socios habían decidido que aquél era un buen día para declararlo Sábado. Un sol sorprendentemente cálido entraba por las ventanas, bañando el pasillo central de la enfermería y ambas hileras de camas. En tales circunstancias, los pacientes se quejaban poco.

Lucio se sentía mejor y en poco tiempo le darían el alta.

Se reunieron alrededor de la cama.

Favaloro propuso abandonar Johnsonsbaby y los otros accedieron para no perder otro socio.

—Damos por abierto el debate —dijo Becé—. Borges, ¿cuál es el…?

En ese instante Becé notó la ausencia del bibliotecario y se le llenaron los ojos de lágrimas. Triste Miliki apoyó la mano sobre el hombro del tequi. El estrabismo disimulaba su tristeza: Lucio no lograba adivinar si el alyar miraba el piso, o si por el rabillo espiaba la actividad de las otras camas.

—¿Qué le habrán hecho al viejo? —dijo el alyar.

—Nada bueno —respondió Kepler—. Si no hacemos algo nos va a pasar lo mismo.

Todos se volvieron hacia Tiresias. El cocinero parecía ajeno a todo. Le habló a sus zapatos:

—No sé qué dije, no me acuerdo mucho.

Scania, Cervantes y Picapiedra también bajaron la mirada: el equivalente de silbar con las manos en los bolsillos y mirar las nubes con afectado disimulo.

Las visitas a Lucio, durante la convalecencia, habían mezclado los grupos. No era la primera vez que los tres pacientes de la terapia solar asistían al Club, pero apenas estaban superando la timidez. Lucio los miró y pensó que todos eran buenos candidatos. Sobre todo Cervantes, ahora que Borges había desaparecido.

—Se lo llevaron de una pestaña —dijo Scania—. Me mandaron a buscar a Borges para certificar un cambio de nombre. Pude ver cómo se los llevaban. En el pabellón de los mediadores era de madrugada…

—¿Quién cambió de nombre? —interrumpió Becé, tal vez para apartar la imagen de Borges arrastrado por los contis.

—Martín Fierro. Dice que ése no es nombre de peón.

—¿Y qué nombre se puso?

—Charly García. Cree que García es un apellido serio, respetable.

—¿No había un maestro que se llamaba así?

—No sé —respondió Scania amargamente—, se llevaron a Borges antes de poder verificarlo.

Kepler dio vuelta su silla, que quedó con el respaldo al frente.

—¿Vamos a hacer algo? —dijo.

Becé lo miró durante un instante, pero no dijo nada.

—¿Alguien recuerda la última vez que hicimos algo contra los porteros? —insistió Kepler.

—Eso también lo han suprimido de nuestros recuerdos —explicó Cervantes—. Nos condicionan. De todos modos, sugiero que no hablemos demasiado sobre esa cuestión. Pueden oírnos. Están en la puerta de la enfermería.

Todos se volvieron hacia la puerta, pero allí no había nadie.

Lucio señaló la salida trasera. Los demás asintieron.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Becé, bajando la voz.

—Pasé por el invernadero. Los he visto de camino a la enfermería.

Lucio se acomodó en la cama y levantó la mano para pedir la palabra.

—¿Qué pasó con las mujeres?

—¿A qué viene esa pregunta? —dijo Kepler.

—Está obsesionado —explicó Triste.

Lucio le dirigió una larga mirada a Tiresias. Evidentemente había comentado con Triste Miliki la obsesión de Lucio por las mujeres. Aun en silencio, el oráculo gritaba sus verdades.

El rubio lucía ojeroso, imposiblemente pálido y un poco más delgado. Como había dicho Favaloro, estaba exhausto física y emocionalmente. Al progresivo deterioro de sus neuronas, se sumaba la culpa.

Los demás esperaban un comentario de Lucio.

—La única mujer que veo por aquí es Isabel Sarli —se justificó—, y sé que es una alucinación.

—¿Quién es? —preguntó Scania, súbitamente interesado.

—Mi vieja.

—Me suena ese nombre. ¿Estás seguro?

—Sí.

—Las mujeres están en otro hotel—aclaró Becé—. O, mejor dicho, estaban.

—Yo no lo recuerdo —dijo Lucio—. ¿Por qué no me acuerdo de las mujeres?

—Porque llegaste después —explicó Kepler.

—¿Por qué llegué después? —preguntó Lucio.

—Porque cometiste el crimen después, y te juzgaron después —señaló Kepler, silabeando cada palabra como si le hablara a un chico.

—Eso no es verdad —saltó Benjamín Cisco—. Lucio no mató a nadie.

—Violé y maté a una alumna de mi clase de Biología —dijo Lucio secamente—. Soy un asesino.

—Yo no creo que hayas matado a nadie —insistió el negro.

—Yo sí.

Cisco torció la boca en señal de desagrado. Lucio no le prestó atención.

—¿Alguno de ustedes las vio? Las mujeres, digo…

—¿Verlas? —sonrió Becé—. Hicimos bastante más que verlas.

—En bolas las vimos —rió Scania socarronamente—. ¡Mi madre!

—Aquí donde me ven, le di masita a una portera —dijo Kepler.

—¿Estás seguro? —preguntó Becé—. En cueros son todas iguales.

—Ella me dijo que era portera, no hablaba mucho. Las porteras también tienen necesidades. O tenían…

—¿Y cómo fue hacerlo con una portera? —preguntó Lucio.

—Es raro. Vos sabés que esa mujer tiene poder para mandarte una temporada al agujero, o algo peor, y sin embargo está ahí, sumisa, deseándote. Y el poderoso sos vos. Es muy… estimulante.

—¿Cómo sabés que era una portera? —insistió Becé.

—Me lo dijo ella. ¿Qué estás insinuando?

—Nada, hermano. Pero yo le dije a una mujer que era portero. Eso parecía excitarla. Ella debe creer que hizo el amor con un portero. Para colmo, aquella vez tenía el pelo un poco más largo. Era convincente.

Kepler se puso pálido. Quiso responder la provocación de Becé, pero las palabras se le atravesaron en la garganta y se quedó mudo y acongojado.

—En el hotel nada es lo que parece —dijo Lucio.

—Pero a lo mejor era—dijo Cervantes.

Kepler giró mecánicamente la cabeza, como atraído por la voz del viejo. Lo miraba con una extraña intensidad.

—Las analogías también son engañosas —dijo Cervantes—. Que le haya pasado a Becé no significa que también le haya pasado a usted.

El astrónomo recuperó poco a poco la compostura. Finalmente pudo hablar.

—Estoy seguro de que era una portera.

—¿Las traían acá? —preguntó Lucio.

—No —aclaró Picapiedra tímidamente. Lucio se volvió hacia él: la terapia solar parecía haber obrado maravillas sobre su dolencia estomacal y sobre su aspecto general. El joven primal siguió hablando, más animadamente—: Nos llevaban al otro hotel. El que puede verse en lo alto de la ciudad, justo delante del glaciar. Aparentemente lo evacuaron hace un tiempo, después de que el glaciar arrasó con un ala.

Cervantes se inclinó hacia adelante y los demás se acercaron para oír mejor.

—No lo han reparado —dijo—. Yo pensé que lo reconstruirían, pero no.

—Antes se veía más movimiento —admitió Becé frunciendo el ceño—. Uniformes nuevitos, medicamentos, repuestos, comida más variada…

—La última remesa de medicamentos fue bastante escasa —acotó Favaloro—. Y antes de ésa… No sé, pasó mucho tiempo. Seguro que los medicamentos están vencidos. El jarabe que le dimos a Lucio no le hizo efecto. A lo mejor los tenían almacenados en alguna parte y nos vendieron que llegaban provisiones nuevas…

Lucio carraspeó.

—¿Las volvieron a ver? —preguntó—. Las mujeres, digo.

—No —respondió Picapiedra—. Tengo ganas de verlas, a lo mejor se me para. Pero no me preocuparía demasiado. No necesito sexo, sólo quiero estar cerca. Dejarme consolar por una mujer. No me importa si es portera, o huésped, o ciudadana…

—¿Una o muchas? —preguntó Triste Miliki. La sonrisa y la mirada estrábica hacían que la insinuación pareciera más perversa aún.

—Una sola —respondió Picapiedra—. No sé cuál, me alcanza con que sea amorosa, trabajadora y comprensiva.

—Probablemente muchos de nosotros hayamos tenido mujer e hijos —apuntó Becé—. No es raro que extrañemos nuestra familia.

Lucio quiso contarles que a él sólo le quedaban su padre y su madre, que su novia lo había abandonado después del juicio. Pero se contuvo a tiempo, esa historia no era real.

O sí. A fin de cuentas, como decía Cervantes, el pasado podía ser modelado a voluntad.

—Lucy me dejó después del juicio.

Los demás lo miraron con curiosidad.

—¿Cómo lo sabés, hermano? —preguntó Becé—. ¿La recordás?

—Yo sé. No recuerdo, pero sé.

Kepler volvió a girar la silla y se recostó sobre el respaldo, con los pies sobre la cama de Lucio.

—Estamos esquivando el bulto —dijo—. La pregunta es si vamos a hacer algo para evitar que nos chupen. Como chuparon a Borges y a las mujeres.

Cervantes sonrió.

—Podemos hacer algo. Lo que mejor saben hacer ustedes, los socios del Club.

Triste Miliki lo miró perplejo. El viejo se le acercó al oído y dijo algo en voz muy baja, señalando las camas y la puerta trasera. Miliki levantó una ceja.

Cervantes estaba sentado al lado de Lucio, quien tiró de la manga del viejo para que le contara a él también. Cervantes no le llevó el apunte. Estaba fascinado con el proceso que había desatado. Triste se lo dijo a Benjamín Cisco, y Cisco se lo contó a Becé. Triste se levantó de su silla y se lo contó a Scania, mientras que Cisco se lo decía a Kepler y Becé hablaba con Picapiedra. Picapiedra se lo dijo a Favaloro y Kepler se acercó a Lucio y le susurró al oído:

—Un rumor.

Al mismo tiempo, Cervantes le decía desde el otro costado:

—Inventen una historia.

Lucio giró la cabeza y midió la estatura de William Cervantes, esbozando una sonrisa de incredulidad. No dijeron nada. El silencio y la intensidad de las miradas tenían más significado que las palabras, repentinamente vulnerables ante el oído indiscreto de los porteros.

—Yo tengo un personaje para esa historia —dijo Lucio al oído del viejo—. El doctor Ernesto Guevara.

 

 

Terminada la reunión, los socios del Club se desbandaron.

Lucio se sentía feliz: un proyecto, algo en qué encauzar la energía que no fuera la tarea de la enfermería o lo que los porteros le ordenaban.

Meditó sobre los pasos a seguir.

Y empezó a roncar.

—Doctor, no se duerma. ¿Cómo está?

Alguien lo llamaba desde la cama de la izquierda.

—Doctor Vattoune…

Lucio se dio vuelta. Reconoció al instante el perfil del tequi vendedor de nombres.

—¡Fangio! ¿Qué hace acá?

—Una cagadera de aquéllas. Y antes una gripe. —Fangio se acomodó mejor—. Doctor, quiero que me pague el nombre. ése que no quiere usar…

—¿Quiere otro nombre a cambio? —preguntó Lucio.

—No, quiero que me cuente. Becé me dijo algunas cosas, pero no quiere soltar prenda. Cuénteme cómo va la cosa, qué decidieron.

Lucio sopesó el pedido de Fangio. Se encogió de hombros y ensayó su mejor cara de no sé de qué me está hablando.

—¿Ya comenzó la guerra? —insistió el tequi.

Lucio dudó.

—Están en los preparativos —dijo lacónicamente.

—Cuénteme…

—No podemos hablar mucho, nos pueden escuchar los porteros.

—A ellos no les interesa el mundo de los johnsons. No se preocupe.

Lucio sonrió. Era la última persona en todo el hotel de quien hubiese esperado semejante respuesta.

—Expulsaron a los TEGidos de la asamblea —admitió Lucio, repitiendo lo que Pitágoras le había comentado en la entrada del agujero—, pero no dudan de su lealtad al clan.

—Es razonable —meditó Fangio—. Después de todo, lo único que querían era un poco de información estratégica para el clan. Lo mandaron al muere al pobre Charles, pero el fin justifica los medios, ¿no?

—Fueron imprudentes. Charles se les escapó de las manos… De los legos, quiero decir.

—Sí, es cierto —concedió Fangio—. Un error de cálculo fatal.

—Están preparándose para invadir el nido Jensen —añadió Lucio—. Todos los pabellones están colaborando.

—¿En serio? —Fangió sonrió, deslumbrado por la novedad—. ¿Cómo se preparan los habílegos? Son fabulosos…

—No sé, es secreto.

El tequi no se conformó con esa respuesta. Estaba excitado. Se acostó de espaldas, escrutando pensativamente las vigas del techo

—No es difícil adivinar… Veamos… ¿Trampas de vacío?

—¿Qué utilidad podrían tener? —preguntó Lucio, apoyándose en un codo para ganar un poco de altura—. Habría que llevar a los Jensen hasta las trampas.

—Tiene razón, doctor. —Fangio chasqueó la lengua—. ¿Legonarios?

—Legona… ¿Un invento de los domadores?

—Más o menos. —El tequi se asomó al borde de la cama—. Hace un tiempo, los domadores, los habílegos y los doctores del tempo fabricaron una especie de autómata. Usaron legos y un ateté embrionario. Lo programaron con medio centenar de submelodías básicas. Ya sabe: avanzar, esquivar, cavar, cortar… Deben tener unos mil.

—Con doscientos alcanzaba —protestó Lucio.

—Los envían un par de ciclos antes de invadir, para desenterrar los linoides del nido Jensen. Son pequeños y resistentes. Están preparados para soportar el calor y la presión de las profundidades, cerca de la corteza. ¿Qué le parece, doctor?

—¡A la mierda con la seguridad perimetral!

—Exacto. ¡Cuénteme más!

Lucio dudó.

—Los habílegos están engarzando unas armaduras aislantes, porque los Jensen atacan con descargas eléctricas.

—Sí —admitió Fangio—, lo aprendieron de los Jameson. Ya sé.

—Y cinturones de castidad. No se olvide de eso…

—Por supuesto, doctor. Pero me preocupa cómo harán para dirigirlos hacia las trampas de vacío y las trampas disociativas… Tenemos trampas disociativas, ¿no?

—Tenemos. No se qué utilidad reportarán, pero tenemos. Para guiar a los Jensen, están los magos ritmosonantes y los doctores del tempo: tienen un arma secreta.

Lucio hizo una pausa que a Fangio le resultó interminable.

—No me deje así, doctor. Largue, cuénteme…

—Antes necesito un favorcito —dijo Lucio.

—Lo que quiera.

—Necesito que…

Lucio se levantó y habló al oído de Fangio.

—Quiero que convenza a Morfeo Espéculo de unírsenos al Club de los Sábados.

Fangio lo miró.

—¿Para qué, doctor?

—Un secreto a la vez.

—¿Tengo que elegir?

—Sí.

Fangio no dudó.

—Quiero saber más de esa arma secreta. Cuando se enteren los muchachos del taller, van a delirar.

 

 

Lucio se reintegró al trabajo el mismo día en que por primera vez oyó hablar de Johnsonsbaby fuera del Club.

Favaloro lo había enviado a la cocina, para atender las quemaduras de un primal. Alberto Olmedo tenía un par de ampollas en el dorso de la mano derecha, pero no se quejaba. Después de drenar la ampolla y aplicar hielo, Lucio lo envió a la enfermería para que Favaloro le aplicara un regenerador.

Mientras hacía las curaciones, oyó a sus espaldas que dos cocineros ya habían comenzado la guerra.

—Fueron muy ingeniosos —decía uno de ellos, grueso y de rostro porcino. Se llamaba Alejandro «Gato» Dumas. El primer nombre lo había agregado después de hablar con Borges, que le había asegurado que el personaje se llamaba así—. Enviaron un grupo de despejadores infértiles a través del campo minado Jensen para atacar por la retaguardia.

—Pero el nido está protegido —decía otro, morocho y aindiado, que Lucio no conocía—. Hay un bosque de linoides.

—Sí, pero ya no. Desenterraron la cerca usando legonarios. Desenterraban cinco de cada siete linoides.

—¿No se dieron cuenta?

—No, porque no dominan la pulvicultura tanto como los Johnson. Son bastante primitivos.

Lucio regresó a la enfermería y le contó a Favaloro lo que había escuchado.

—No tenía idea —admitió Favaloro de mala gana—. ¿Qué está pasando?

—Le conté a Fangio sobre la guerra. Creo que contaminé el mercado de nombres.

—¿Y eso cómo afecta nuestro plan?

—No lo afecta, creo. Sólo lo demora. Hasta el final de la guerra.

Favaloro ladeó la cabeza y apretó los labios.

—Decíme una cosa, Vattuone. ¿Johnsonsbaby existe? —El médico se atajó—: No me malinterpretes, yo estaba ahí cuando lo creamos. Lo recuerdo bien. Pero a veces dudo.

—Yo creo que sí existe —respondió Lucio—. El púlsar existe, el planeta existe, el satélite existe.

—Eso no prueba nada —dijo Favaloro, a punto de dar por terminada la conversación.

—Kepler dice que hubo una serie de circunstancias por las cuales el mensaje de los johnsons llegó hasta nosotros.

—¿Cómo es eso?

—Para borrar nuestra memoria seguramente usaron nanopulgas. Las tenemos ahí, en el cerebro. Las pulgas funcionan con señales de radio. Los radiotelescopios apuntan a Maguerra y están ahí afuera, siguen funcionando.

Una sombra recorrió el rostro de Favaloro. No parecía capaz de articular palabra.

—Por otra parte —siguió Lucio—, Kepler dice que algo pasó con el campo magnético de la Tierra. Como en Johnsonsbaby, creo. Me habló del cinturón de un cantante de rock famoso, pero no le entendí. En definitiva, dice que la Tierra es más permeable a las radiaciones, a cualquier señal electromagnética que llegue del espacio. Nosotros también tuvimos nuestra Maguerra. Por eso no hay aves ni mariposas y el bosque está tan raro.

Favaloro se rascó la mejilla. Con la misma mano se masajeó la sien derecha. Seguía sin hablar.

—Kepler es el único que recuerda —insistió Lucio—. Kepler sabe de estas cosas…

—Gracias, Vattuone.

Favaloro abandonó la enfermería con prisa por alejarse de aquella postal desquiciada. El escáner había quedado sobre su escritorio.

 

 

El comedor del pabellón cinco parecía más chico que el del pabellón tres, pero eso era arquitectónicamente imposible. Tal vez lo distinto estuviera en la gente. Era más corpulenta. Gritaba, se movía más.

En el pabellón cinco todo era más denso, ruidoso y heterogéneo.

Lucio no desentonaba, ni en tamaño ni en ánimo. Se había colado entre los peones buscando más historias sobre la guerra, pero lo que encontró fue una camaradería férrea y bullanguera que le pareció fascinante.

Uno de los peones levantó una guitarra. El instrumento atravesó el salón de un extremo al otro. Lo recogió un viejo encorvado, de abundantes cejas, barba y bigotes canos, que Lucio reconoció como Patricio Rey. El carcamal también llevaba una boina blanca y sucia, que se acomodó con ambas manos antes de tomar el instrumento, como si fuera un sombrero de ala ancha. Los finos dedos de Patricio arrancaron una melodía lenta, melosa, embriagadora. Su voz de serafín se abrió paso entre los murmullos. Era como un manantial cristalino que se derramó en los ojos de Lucio.

 

Yo era un Tubby

que andaba solo

en una ciudad pesada.

Hasta que un día

encontré una Tubby

y quiso que la acompañara…

 

Cuando la balada terminó, Lucio se secó las lágrimas y le dedicó toda su atención al guiso, antes de que se enfriara. Aplaudió cuando todos aplaudieron e hizo percusión con los cubiertos cuando Patricio Rey arrancó con la pegadiza «Bananita Dolca». En la despedida, el viejo arremetió con una milonga.

El estribillo decía:

 

Venga del aire o del sol,

del vino o de la cerveza,

cualquier dolor de cabeza, Don Juan,

lo quita con un Geniol.

Hágame usted caso a mí

y calmará su dolor.

Podrá volver al vinito, al tomar

tan sólo medio Geniol…

 

Joe Scania se había sentado frente a Lucio, y ahora discutía con otro peón los pormenores de la Batalla de los Legonarios.

—Eso de desviar a los Jensen hacia las trampas no me convence —decía Scania—. ¿Cómo hacen?

—No sé. Dicen que los magos y los doctores del tempo tienen un arma secreta.

—¿Un arma sec…? —Scania dejó los cubiertos sobre el plato y se limpió la boca con la manga—. Yo no escuché nada de armas secretas.

—No sé, es lo que dicen por ahí.

Scania se volvió hacia Lucio.

—¿Vos sabías algo?

—Se lo escuché decir a los tequis —mintió Lucio—. Hablaban de un arma secreta.

—¿Qué es?

—Preguntále a ellos.

Scania se levantó y se internó en el bosque de sillas, mesas y espaldas. Por un momento lo perdieron de vista, pero luego reapareció, trayendo a Juan Domingo prácticamente a la rastra. El muchacho pertenecía al pabellón tequi y además era «extranjero», o por lo menos eso acusaban sus ojos rasgados y su piel amarilla. Era bajo, cabezón y hablaba con un acento por momentos hermético. Juan Domingo había colaborado en la reparación de una sierra industrial de los peones, y lo habían invitado a participar del almuerzo.

—¿Qué sabés del arma secreta? —apuró Scania, después de ceder el asiento a Juan Domingo.

—Muy ingeniosa —dijo el tequi—. Los habilegantes hicieron mar esponjoso. Disipadores melódicos para sorber ecos de socios club Jensen.

—Pero los ritmosonantes y los doctores…

—Sí, sí. No apure, hombre. Disipadores. Cantan Jensen, pero no hay eco. Entonces magos Johnson cantan canto de silicio. Perdón, sirenas de silicio. Más o menos.

—¿Canto de sirenas?

—Eso.

El extranjero sonrió satisfecho.

—¿Qué es? —preguntó el otro peón.

El japonés apartó los platos y las jarras.

—Este plato ser nido Jensen. Acá, el vaso ser linóleos arrancados, ataque viene de acá. De vaso.

—Sí, te seguimos —dijo Lucio.

Juan Domingo tomó dos cuchillos y levantó la mirada buscando otros. Los peones de esa mesa dejaron de comer y le entregaron media docena más (unos pocos tuvieron la previsión de limpiarlos con migas de pan) para que el tequi le diera más realismo a la representación.

—éstos ser del club Jensen, huyendo. —Juan Domingo puso migas de pan frente a los cuchillos Jensen—. éstas, esponjas melódicas. Absorben eco. No voz de mar. Ciegos.

Colocó una serie de tenedores intercalados entre las migas esponjosas.

—Coro de sirenas Johnson. Los magos de tiempo y doctores ritmónicos cantan, imitan voz de Mar de Scholl. Dibujan mapa diferente de lo que es. Jensen desvían.

Scania pasó una mano por la superficie de su cráneo rapado. Estaba sudando.

—Los Jensen están perdidos —dijo.

—No están —replicó Juan Domingo.

—¿Cómo es eso?

—Contis dicen que no estar perdidos. Ellos saben.

Scania le tomó el brazo a Lucio.

—Tenés que averiguar más. Nosotros no podemos.

Lucio tragó en seco. Todavía recordaba la sonrisa de Charles Atlas pidiéndole a sus secuaces que secuestraran a Borges y a Bosco.

Pero no podía contarles. No podía negarse.

 

 

Decidió hablar con Morfeo Espéculo. El anestesista tenía más llegada con los contis. Además, Lucio quería hablarle de otras cosas.

Lo encontró en un patio triangular, al costado del andén ferroviario, participando de la terapia solar. Durante la convalecencia, Picapiedra y Cervantes habían iniciado su propia versión de la terapia, supervisados por Favaloro. Lucio no se sorprendió. En el hotel, las cosas parecían tener vida propia. Cada propuesta, cada idea, se reproducía hasta volverse plaga. Como los conejos y los castores en el bosque.

Los pacientes de la terapia estaban en ronda, pasándose la pelota. Cervantes decía:

—Es como una luna girando en derredor de su planeta… Maguerra-uh, Maguerra-uh…Una luna de talco blanco y fluido…

Apenas advirtió la llegada de Lucio, Espéculo pidió permiso para abandonar la ronda. Cervantes levantó la vista, identificó a Lucio y autorizó al anestesista.

Al trotecito, Espéculo recorrió una veintena de metros. Llegó jadeando.

—¡Doctor! Me alegro de que esté bien. La tuvo jodida por lo que me contaron.

—Gracias, Morfeo —respondió Lucio, sorprendido de que el anestesista lo tuviera tan presente.

—Yo también quería hablar con usted —admitió Espéculo—. ¿Saben algo de Borges y Bosco?

—No. —Lucio desvió la mirada—. No creo que sepamos de ellos por mucho tiempo. Hablemos en voz baja.

—Sí, claro.

El anestesista se frotaba las manos, pero no hacía tanto frío. Parecía impaciente por preguntar. Lucio no lo interrumpió.

—Doctor, ¿decidieron algo? Fangio me comentó que estuvieron discutiendo el tema. él nunca supo de qué hablaban, pero yo quiero saber. Por eso acepté formar parte del Club.

—Ya sé —dijo Lucio—. Usted era muy amigo de Donald Bosco, ¿no es cierto?

—Sí. Me siento tan… impotente.

—En realidad, usted es el único que puede hacer algo.

Morfeo alzó una ceja en señal de incredulidad.

—¿Le parece?

—Sí, Morfeo. El Club necesita sus servicios.

—Estoy dispuesto. Díganme qué, cuándo y dónde.

—¿Se anima a inventar un rumor?

—Yo…

Lucio se acercó al anestesista.

—Es fácil. Lo que queremos es predisponer a los contis y a los peones contra los porteros, y ver qué pasa.

—¿Qué tengo que hacer?

—Los contis y los porteros tienen accidentes, accidentes graves, que requieren cirugía…

—Sí, lo sigo.

—Y esas cirugías llevan anestesia. La gente es muy vulnerable cuando está bajo los efectos de la anestesia…

—El tiopental es un hipnótico —completó Espéculo—. Si yo les digo algo, va a quedar ahí, en el inconsciente.

—Exacto. Para cubrir nuestras huellas, sólo tenemos que inventar un personaje. El doctor Ernesto Guevara. Yo compré ese nombre.

—¿No lo relacionarán con usted?

—Yo no estaré ahí.

Espéculo caminó en círculos para sopesar la idea.

—Son bastante paranoicos. El rumor tendría que ser algo como… —Morfeo frunció el ceño. Gesticulaba con las manos para darle forma a la idea—. Como que los porteros quieren sacarlos del medio. Que la captura de Bosco y Donald fue la gota que rebalsó el vaso.

Lucio sonrió, gratamente sorprendido.

—Esa idea es brillante, Morfeo. ¿Sabe imitar voces?

—No puede ser muy difícil con un tipo que está saliendo de la anestesia.

—Espere unos días a que lo de la guerra se asiente, y déle para adelante. Cada uno de nosotros hará algo por reforzar esa idea.

—Le voy a decir a Cervantes cuando la ronda termine. Gracias, doctor.

Lucio se despidió alzando la mano y se dirigió al invernadero. No sabía por qué había elegido esa dirección, pero comenzó a caminar rítmicamente, animado por el nuevo proyecto y por «La Maguerra» que cantaban los participantes de la terapia solar.

Cuando ya no pudo oír las voces de la ronda, entonó él mismo la Canción.

Era como si Espéculo, Cervantes y los otros estuviesen sintonizados con Lucio. Como si el púlsar rigiera las vidas de todos los que estaban en el hotel. Eso les daba un sentido de comunidad, del cual los porteros estaban excluidos. Los Janki tenían sus relojes de veinticuatro horas, sus calendarios lunares de treinta o treinta y un días, sus estaciones de tres meses, sus años de cuatro estaciones… Los demás tenían a Maguerra, con sus ciclos, temporadas y estaciones propios.

Lucio sentía que porteros y huéspedes vivían en el mismo espacio, pero no podían verse. Como si las dimensiones de unos y otros estuvieran superpuestas, pero ajenas entre sí.

Maguerra-uh, Maguerra-uh…

Las paredes del invernadero se habían transparentado, dejando a la vista una miríada de verdes y morados en distintas tonalidades. Las puertas se abrieron en el preciso instante en que Lucio decía «¡uh!».

El invernadero estaba desierto.

Lucio recorrió sistemáticamente la ruta hacia la batea de hidropónicos. Unos pasos llamaron su atención. Alguien salía por la puerta.

No llegó a verlo.

La presencia de un extraño lo devolvió a la realidad. ¿Para qué vine?, se preguntó.¿Qué extraño gato estoy persiguiendo ahora?

Recorrió el invernadero para asegurarse de que no habría otras sorpresas. Entonó el mantra una vez más.

«La Maguerra» lo llevó hasta la baldosa floja. «La Maguerra» lo hizo arrodillarse. «La Maguerra»levantó la baldosa.

Allí estaba la cápsula del tiempo de los contis, abierta, llena de papeles. Por esa cápsula habían chupado a Borges y a Bosco. Por esa cápsula habían torturado a Tiresias y habían doblegado a Fleming.

Lucio levantó la caja y la revisó.

Descartó unos recortes del Selecciones de Reader’s Digesty fotos que mostraban un obelisco quebrado desde la base, aplastando lo que parecía una bandera celeste y blanca.

La revista Tío Landrú estaba un poco más abajo, sin las tapas. También vio otros recortes de diarios y páginas de libros sueltas.

En el fondo de la caja, pudo ver fotos más grandes y brillantes. Cine.

Sin recordarlo con precisión, supo que afuera, más allá de los límites del hotel, había algo llamado «cine». Que los ciudadanos podían ver películas que contaban historias de la vida real, o simples ficciones, incluso ficciones imposibles como las que inventaba el Club.

Una mujer morocha, bien dotada y absolutamente sensual, lo provocaba desde un afiche. Estaba desnuda sobre la hierba, pero se cubría pudorosamente las partes íntimas.

Su rostro no mostraba pudor. Al contrario.

Detrás de la chica, un caballo encabritado daba a la escena un toque salvaje, excitante.

Por primera vez en mucho tiempo, Lucio tuvo una erección.

La chica sonreía.

El saber que todavía podía excitarse actuó como afrodisíaco. El miembro de Lucio se humedeció.

No podía dejar de mirarla. De pronto, el invernadero era una pradera salvaje al atardecer, como la de la imagen.

Se sintió libre. Hasta el traje de huésped le molestaba.

Imaginó lo que haría con esa mujer si la tuviera cerca. Acariciaría esa piel lustrosa. Lamería sus pechos. Seguramente, ella se resistiría al acoso, pero él era lo suficientemente fuerte como para someterla. Era como un juego, una actuación. Una vez sobre ella, le separaría las piernas y la penetraría, como seguramente había hecho con su alumna de la clase de Biología.

Se introdujo la mano en los pantalones y comenzó a masturbarse.

Maguerra-uh, Maguerra-uh…

Intentó imaginarla vestida de colegiala. No pudo.

No importaba. Seguramente la había desnudado antes de violarla. La chica se había resistido, y al final le había gustado. Por eso sonreía.

Imaginó que sus propios gemidos de placer eran los de la mujer. Gemidos amortiguados, suaves ronroneos que marcaban el ritmo de las embestidas.

Maguerra-uh, Maguerra-uh…

La chica había muerto en éxtasis. Había abrazado el Gran Silencio Final como una bendición. La muerte era el único acto digno después de semejante placer.

Aun muerta me excita, pensó.

En la cima del placer, Lucio quiso saber más. Esa chica era real, tenía un nombre.

Con gran esfuerzo desplegó el afiche y bajó la mirada para leer los créditos de la película.

 

Isabel Sarli

FIEBRE

Un film de Armando Bó.

 

Eyaculó.

Se llevó la mano a la frente y su propio tufo sexual le provocó náuseas.

Vomitó.

Gritó.

Había violado y matado a su propia madre.

 

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