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Archivo de noviembre 2009

(Especial para Axxón) – blogs.clarin.com/mdossantos/


Los primeros animales en la Tierra poseían simetría radial, como las anémonas y las medusas. Como es obvio, se necesitaba un nuevo tipo de diseño para que la selección natural pudiese desarrollar animales más evolucionados. Naturalmente, las estructuras locomotoras (patas, alas, aletas, piernas) eran imposibles de lograr en sujetos radiales, por lo que un nuevo concepto entró en vigencia: la simetría bilateral.

Para conseguirlo, se incrementó en una unidad la cantidad de capas de tejido presentes en los embriones y la forma de los organismos cambió en consecuencia. Los animales de simetría radial nacen a partir de dos capas de tejido embrionario —se los llama biblastos a consecuencia de ello—, y los que tenemos simetría bilateral nos originamos en base a tres —triblastos—.

De todos los animales triblastos y bilaterales, los más antiguos y primitivos son los gusanos planos. El origen de los Platyhelminthes no está claro, si bien hasta 1999 se creía que fueron fruto, como otros muchos grupos zoológicos, de la gran diversificación de especies conocida como «Explosión del Cámbrico», ocurrida hace unos 540 millones de años. Sabemos que tal explosión fue enorme, ya que la mayor parte de los grupos actuales (pila) se encuentran ya presentes en el registro fósil del período inmediatamente posterior a ella.

Sin embargo aproximadamente hacia el cambio del siglo, el biólogo molecular español Jaume Baguñà puso en marcha un proyecto de investigación que comprendía al grupo más primitivo de los gusanos planos: los Acelomorpha, pequeñísimos gusanos marinos tan poco evolucionados que carecen de cavidades internas, de ahí el nombre del phylum.

El científico quería saber si acelos era contemporáneo de los demás gusanos, porque la ausencia de cavidades corporales sugería que era mucho más antiguo. El trabajo se basó en la ley biológica que expresa que las mutaciones de los genes se producen a una tasa constante. De este modo, si se analizan las mutaciones de un mismo gen en dos especies diferentes, viendo cuál es la diferencia actual entre ellos y, por lo tanto, calcular con bastante precisión cuánto hace que se separaron entre sí a partir de un antepasado común.

Para evaluar la divergencia entre Acelomorpha y sus demás parientes, Baguñà y sus colaboradores eligieron la secuencia que compone el gen 18S rDNA, porque ya había sido secuenciado en muchos otros grupos animales, incluyendo los demás platelmintos aparte de los acelos.

La comparación de la secuencia de nucleótidos de 18S rDNA confirmó lo que el español sospechaba: la diferencia entre el gen en los acelos y los otros platelmintos era tan marcada que no podían, de ninguna forma, haberse originado simultáneamente en la Explosión del Cámbrico. Acelomorpha, pues, es un phylum que estaba ya presente en el Precámbrico. Este período abarca desde la formación de la Tierra (hace 4.600 millones de años) hasta el comienzo del Cámbrico (- 570 millones). Sabemos que la vida se originó hace 1.400 millones de años, lo que deja un amplio margen para especular cuándo aparecieron, exactamente, los acelos.

Los gusanos planos, en consecuencia, están aquí desde el comienzo mismo de la vida en la Tierra, y la escasez del registro fósil de tiempos tan remotos deja campo libre a quienes deseen ponerle al debut de este grupo la fecha que gusten.

Es decir que han tenido al menos 600, 700 o 1.000 millones de años para evolucionar, y este es el motivo de que contemos hoy con más de 20.000 especies de gusanos planos.

 

 

Los platelmintos (una vez retirados los Acelomorpha, que, gracias a los descubrimientos expuestos más arriba, han sido clasificados como phylum aparte) se dividen en cuatro grupos llamados Clases: Turbellaria (que incluye a las planarias), Monogenea (parásitos de peces y anfibios), Trematoda (parásitos de distintos animales, incluyendo al hombre) y Cestoda (endoparásitos de vertebrados). Los monogéneos se diferencian de trematodes y cestodes en que aquellos infestan a una sola especie que les sirve de huésped, mientras que los ciclos vitales de las dos últimas clases exigen más de una: parasitan a una especie como larva y a otra cuando son adultos. Algunos trematodes, incluso, necesitan de un tercer huésped en cierta fase de su desarrollo.

 

Escólex de un cestode. Obsérvense las ventosas

 

Pero este mes nos interesan, específicamente los cestodes.

Cestodes, (del griego «en forma de cinta») comprende más de 4.000 especies primitivas, todas ellas parásitas. Las más representativas de ellas son las tristemente célebres tenias.

Los cuerpos planos de estos animales están formados por segmentos, conocidos técnicamente como proglótides o metámeros, que pueden considerarse, en sí mismos, como un organismo completo, autosuficiente y autorreplicable. El cestodes completo, entonces, admite ser descripto como una simple colonia lineal de proglótides. Los cestodes solo han ocupado su tiempo evolutivo en adaptarse perfectamente a la vida parasitaria, y la mayoría de ellos son especialistas en parasitar a sus dos especies correspondientes, y a ninguna otra. Otros parasitan a varias, pero siempre tienen sus dos preferidas.

 

Bazo humano con la cavidad dejada por los cestodes (quiste hidatídico)

 

No poseen intestino ni ningún otro tipo de sistema digestivo, carecen de aparato circulatorio y de órganos de la respiración. Absorben los alimentos directamente del intestino del huésped a través del tegumento, y lo mismo hacen con el oxígeno. Tampoco presentan ano.

Los cestodes poseen una «cabeza» llamada escólex, donde existen varias ventosas y ganchos que le permiten fijarse a la mucosa intestinal. La sujeción implica un esfuerzo consciente del cestodes, por lo que los medicamentos utilizados para eliminarlos consisten esencialmente en un somnífero. El gusano se duerme y sus ganchos y ventosas se sueltan, administrándose a continuación una fuerte purga que lo arrastra al exterior.

Los proglótides crecen desde el extremo cefálico; esto significa que los más cercanos a la cabeza son los más recientes, aumentando en madurez conforme nos alejamos del escólex.

Los proglótides son hermafroditas completos. Cada segmento posee testículos y ovarios, incluso un pequeño pene llamado cirro. El proglótide puede fecundarse a sí mismo, fecundar o ser fecundado por otro proglótide del mismo cestodes, o por un cestodes ajeno. Esto garantiza un aporte constante de genes «limpios», evitando la endogamia, y explica el gran éxito evolucionista de este grupo zoológico.

 

 

Una de las especies de cestodes que implica un mayor peligro sanitario es Echinococcus granulosus. Su huésped natural (para el gusano adulto) es el canino, y abunda en perros, coyotes, chacales y lobos. Cuando se encuentra en estado larvario se aloja en las ovejas, completando de este modo un ciclo de vida extraordinario por lo perfecto y preciso. Piénsese bien: el gusano adulto, dentro del cánido, deposita los huevos en el terreno. La oveja come el pasto e ingiere los huevos, que en su interior se transforman en larvas. Otro cánido devora a la oveja, tragando los tejidos infectados, y el ciclo recomienza.

 

 

Sin embargo, el equinococo, como los demás cestodes, puede producir también infestaciones secundarias o accidentales en otras especies aparte del perro y demás cánidos y las ovejas. Estas incluyen marsupiales, roedores, cabras, caballos, vacas, ciervos, alces, primates y el hombre.

Los equinococos se cuentan entre los más pequeños de todos los cestodes, ya que miden solo entre 3 y 5 mm. En el gusano adulto, el escólex posee cuatro ventosas y entre 28 y 50 ganchos de fijación dispuestos en dos filas. Luego viene un cuello corto y delgado que da paso al cuerpo o estróbila, formada por solo tres proglótides. La más distal es la que está en condiciones de reproducirse, y por ello se la llama proglótides grávida. Normalmente contiene entre 500 y 800 huevos, que serán expulsados con la defecación del perro o lobo.

 

Imagen radiológica de TAC de un cerebro humano con un quiste hidatídico. Obsérvese la clara forma en 'bola de billar'

 

La infestación, pues, puede llegar al hombre de dos maneras: mediante la ingestión de verduras mal lavadas que contengan los huevos, o mediante la carne de animales (vacas, ovejas, cabras, caballos) infestados.

 

 

Los huevos del equinococo, una vez llegados al tercio superior del intestino delgado humano, se rompen y liberan a los embriones del gusano, llamados hexacantos por poseer solo seis ganchos en el escólex. Con estas herramientas los cestodes se abren paso a través de la mucosa y luego de la pared intestinal, donde buscan un vaso sanguíneo venoso que conduzca a la vena porta. Allí, la misma presión mecánica de la circulación los arrastra hacia el hígado, que puede filtrarlos reteniéndolos o dejarlos pasar.

 

Ejemplar de Ecchinococcus granulosus

 

Ya alojados dentro de los capilares del hígado, los embriones se agrupan y comienzan a crecer: en seis horas sextuplican su tamaño. Esta bola llena de parásitos se denomina hidátide y la enfermedad que produce, hidatidosis.

A partir de la formación de la hidátide, el proceso se lentifica, para pasar a medir, a los cinco meses del ingreso, una esfera de medio centímetro de diámetro. El tejido hepático, a su vez, reacciona ante la agresión formando alrededor de la hidátide una membrana de tejido conectivo llamada adventicia. La suma de la hidátide más la adventicia constituye lo que conocemos como quiste hidatídico.

Si, por el contrario, los hexacantos logran sortear el filtro hepático, recorrerán las venas suprahepáticas y luego la cava hasta la aurícula y el ventrículo derechos, y desde allí, por la arteria pulmonar, se ubicará en los pulmones.

Es en el hígado y en los pulmones donde el parásito se encuentra, por lo tanto, con mayor frecuencia. Sin embargo, a veces se lo halla en el corazón izquierdo o en otras localizaciones más atípicas.

 

 

La hidatidosis es una enfermedad muy grave y sumamente destructiva. Solo es posible imaginarse lo que se siente al tener, dentro de órganos vitales, quistes esféricos de gran tamaño repletos de gusanos vivos.

 

Vesículas hidatídicas en el interior de un ratón

 

Los síntomas suelen ser severos, y se deben principalmente a la compresión mecánica de los órganos afectados por parte del quiste, por complicaciones quísticas en sí mismas o por una reacción inmunológica del organismo contra las proteínas del gusano. Esta última circunstancia provoca crisis de urticaria que, a pesar de ser la mejor indicación de la hidatidosis, suelen ser desestimadas por el facultativo. El resto de los síntomas, como se comprende son fáciles de confundir con un cáncer o cualquier otro tumor. Hay dos criterios diagnósticos definitivos: uno de ellos es la imagen radiológica en forma de bola de billar, extremadamente infrecuente en los tumores pero siempre presente en la hidatidosis. La restante son los tests de anticuerpos para el gusano. Ambas son específicas y brindan un 100% de certeza diagnóstica.

Si esto no se hace, los quistes pueden reventar. Son particularmente impresionantes las explosiones de quistes hidatídicos en el pulmón. Si bien rara vez estos estallidos son mortales, puede imaginarse el espectáculo: grandes vómitos de sangre, entre los que se expulsan membranas del quiste, pus, líquidos y, —sí, aunque suene espantoso— gusanos.

El único tratamiento de esta desgraciada enfermedad es la cirugía.

 

 

Dejemos por ahora al gusano patógeno para concentrarnos en el segundo protagonista de nuestra historia.

A mediados de 1854, llegó al Hotel de Inmigrantes una matrimonio gallego que provenía de Vigo: Alejandro Posadas y Josefa Martínez. Enamorados de esta tierra y de las interminables inmensidades de las pampas, se establecieron en la ciudad de Saladillo, donde tuvieron a sus seis hijos.

El segundo de ellos recibió el mismo nombre que su padre, que se dedicó al comercio en la frontera del indio y luego se convirtió en productor agrícola.

Así, Alejandro Posadas hijo se crió como hombre del campo hecho y derecho. Solo a los ocho años de edad conoció la gran ciudad.

 

Bazo humano recién extirpado. En el extremo izquierdo, el quiste hidatídico

 

Educado por la Compañía de Jesús en el Colegio del Salvador en Buenos Aires, Alejandro dio muy pronto muestras de lo que era capaz. Como sus estudios secundarios se habían complicado por causa de una enfermedad, el joven de 17 años cursó el cuarto y el quinto años en forma simultánea, porque su ilusión era ingresar a la Facultad de Medicina, lo que logró en 1888. Alumno de celebridades como el microbiólogo Wernicke y el anatomista Naón, sin haberse recibido aún rectificó un mal diagnóstico de cáncer sobre un joven soldado. Cuando este murió a consecuencia de unas raras lesiones nodulares en la piel, Posadas, con el auxilio de su maestro, le realizó la autopsia, descubriendo que se trataba en realidad de una micosis. Escribió a continuación un artículo («Un nuevo casos de micosis fungoidea con psorospermia») mientras que Wernicke hacía lo mismo en Alemania (Über einen Protozoenbefund bei mycosis fungoides). Reprodujo la enfermedad en animales inoculándoles muestras tomadas del cadáver del soldado, y poco tiempo después otros investigadores identificaron al organismo causal: Coccidioides immitis. Hoy conocemos a este mal como Enfermedad de Posadas-Wernicke. Ayudante del doctor Ignacio Pirovano, Posadas se recibió con diploma de honor en 1894.

Tras un brillante paso por la práctica hospitalaria en numerosos nosocomios, entre los que se destacó el viejo Hospital de Clínicas, alumno de Udaondo, el joven profesional decidió especializarse en la cirugía experimental, creando, a partir de las ideas del cirujano francés Edmond Delorme, la técnica llamada «cirugía endocavitaria», que impedía el neumotórax. Esta técnica hizo avanzar la cirugía torácica más de un cuarto de siglo en un solo año. A poco de desarrollarla, Posada se percató de que acababa de inventar la técnica ideal para la extracción de quistes hidatídicos de pulmón, y la presentó a través de una tesis que daría la vuelta al mundo: «Cirugía del pulmón en lesiones asépticas: toracoplastia temporaria y parcial para la extirpación de los quistes hidatídicos de pulmón».

 

El Hospital de Clínicas en 1883, año de su construcción

 

Lamentablemente, el fin estaba cerca: Posadas comenzó, en 1899, a notar los síntomas de su propia enfermedad pulmonar y se autodiagnosticó correctamente tuberculosis. Viajó a Europa buscando ayuda, pero no la consiguió. También visitó los Estados Unidos porque estaba enfermo, además, de reumatismo, pero tampoco los norteamericanos pudieron solucionar sus padecimientos.

En 1902, Posadas comprendió que ya todo estaba dicho. Viajó a París, donde el eminente cirujano falleció el 21 de noviembre. Tenía tan solo 31 años, y había desarrollado toda su trascendental carrera profesional en solo ocho.

En su funeral, el anciano doctor Etienne Lancereaux, descubridor de la función del retículo endotelial, dijo textualmente: «He venido a rendir homenaje a uno de mis más insignes colegas».

Los restos de Posadas fueron repatriados y descansan hoy en el Cementerio de la Recoleta.

 

 

Posadas fue el modelo del cirujano de excelencia. Durante toda su carrera realizó ocho operaciones al día, entre las ocho de la mañana y la una de la tarde, tres veces por semana. Muy a menudo hacía colocar dos camillas en el mismo quirófano, y pasaba de una a otra para ahorrar tiempo.

Increíblemente, en las operaciones de Posadas no se veía sangre alguna. Su discípulo José Arce, testigo presencial de miles de sus cirugías, dijo: «Operaba con una elegancia difícil de imitar. Sus largos y delgados dedos parecían producir la hemostasis al tomar contacto con los tejidos, de tal manera que era escasa la sangre que se veía en sus operaciones. Casi no usaba las tijeras. Procedía a la diéresis invariablemente con el bisturí. No recuerdo haberlo visto jamás disecar con el dedo».

 

Alejandro Posadas

 

Era capaz de generar en sus discípulos la misma pasión y el mismo ardor que sentía él. Y era consciente de que ser cirujano no era operar. Solía arengar a los alumnos diciendo: «Los malos cirujanos no estudian. No estudian, y en Cirugía, créanme, confunden intencionadamente cirujanos con operadores. Pero operador es cualquiera, pues la habilidad se adquiere y hasta el gallego que limpia el anfiteatro sabe operar. Cirujano no es cualquiera. Requiere estudiar mucho. No concibo a ciertos cirujanos que van a operar aceptando el diagnóstico y las indicaciones que les han hecho los médicos. El cirujano debe saber hacer el diagnóstico. El cirujano debe diagnosticar. El cirujano debe saber medicina».

Continúa diciendo el ya citado Arce: «Los cómo y los porqués lo obsesionan. Aspira a que todo le sea demostrado, y procede con el criterio simplista pero seguro de quien exige, en cada caso y siempre que sea posible, la verificación experimental».

Sus discípulos dilectos, Enrique Finochietto, Pedro Chutro, Rodolfo Roccatagliata y el mismo Arce manejaron la cirugía argentina durante treinta años, y ninguno pudo olvidar jamás a su maestro, que murió tan joven, dejando una impronta trascendental y sumamente influyente en todas las generaciones que siguieron.

 

 

Antoine Lumière era un conocido pintor retratista de la ciudad de Besançon, en Francia. En determinado punto de su carrera, decidió abandonar la pintura para dedicarse a la fotografía familiar, y en esta disciplina educó a sus dos hijos Auguste y Louis, que pronto comenzaron a ayudarlo a llevar el negocio. Entre los tres convirtieron a su empresa en líder de la industria de la manufactura de placas fotográficas a nivel europeo.

 

Los hermanos Lumière

 

Habiendo visto en una exposición el kinetoscopio de Edison, y sintiéndose fascinado por aquella verdadera «fotografía en movimiento», Antoine pidió a sus hijos que buscaran la forma de reducir el aparato y de mejorar el procedimiento… lo cual, como sabemos, lograron en breve lapso.

Un año más tarde, en 1895, Louis Lumière construye en Lyon el primer proyector y la primera cámara filmadora de cine, y filma la primera película cinematográfica de la historia: la salida de los obreros de su fábrica.

Su hermano abandonó el cine para dedicarse a la biología, pero Louis continuó trabajando y llegó a producir las primeras cámaras en color y el primer proceso de cine estereoscópico.

 

 

El gran competidor comercial de la casa Lumière era un industrial francés llamado Léon Ernest Gaumont. Habiéndose inicado como comerciante en cámaras fotográficas, Léon intuyó el desarrollo de la industria cinematográfica, y en 1897 comenzó el desarrollo de proyectores y cámaras para este fin, montando además un negocio de exhibición como habían hecho sus archienemigos. Ya en 1902 había patentado su Chronophonographe (proyector cinematográfico con el sonido sincronizado de un disco fonográfico de Edison), y se hallaba luchando por la supremacía con los famosos hermanos y con la casa Pathé.

Unos de los grandes distribuidores mundiales de las máquinas Gaumont eran los socios fundadores de la Casa Lepage, que casualmente quedaba en Buenos Aires: el belga Henri Lepage y el austríaco Max Glücksmann. Junto a ellos trabajaba un joven francés, Eugène Py, que pasaría a convertirse en el tercer protagonista de nuestra historia. Py, nacido en Carcassonne, Languedoc, en 1859, llegó a Buenos Aires en 1880, y se destacó en las ventas y operación de los equipos de Gaumont, especialmente las cámaras Elgé. Sus patronos le tenían suma confianza, a tal punto que lo invitaron al debut del Cinématographe Lumière ofrecido en el Teatro Odeón el 28 de julio de 1896.

Enterado Py de tres pequeños cortos filmados en las calles de Buenos Aires por el alemán Federico Figner, registró, al año siguiente, un breve film denominado «La bandera argentina», de pocos segundos, donde se ve flamear la enseña patria.

 

Eugène Py

 

Hizo muchas otras películas, las que ayudaron a ganarle el título de «padre de la cinematografía argentina». Desde «La Revista de la Escuadra Argentina» hasta «La visita del General Mitre al Museo Histórico», pasando por una entrevista al aviador brasileño e inventor del avión Santos Dumont, que registra el primer blooper del cine mundial. Un curioso se interpone entre Py y su sujeto, y finalmente recibe un escupitajo en la cara por parte del iracundo camarógrafo francés.

 

Extirpación de un quiste hidatídico

 

Pero lo que interesa a nuestra historia es su segunda película, filmada al año siguiente de «La bandera argentina».

 

 

La cuestión que nos ocupa fue un típico caso de estar en el lugar apropiado en el momento justo. Py conoció a Posadas en 1899, y el cirujano, que ya se había asombrado en el estreno de la película de los Lumière tres años atrás, comprendió las inagotables posibilidades del cinematógrafo para registrar hechos científicos. En su mente, el gigantesco científico argentino acababa de inventar el documental. Conversó con el cameraman francés acerca de sus ideas, y Py le aseguró que con poco dinero para material fílmico y un modesto estipendio para sí mismo, sería perfectamente posible registrar una de sus operaciones.

De modo que el médico lo contrató. A los pocos días debía realizar una extirpación de quiste hidatídico de pulmón mediante su nueva técnica de acceso torácica. La oportunidad era ideal, ya así quedó convenido.

 

Quiste hidatídico abierto para ver las vesículas, las membranas y, sí, los gusanos

 

El quirófano debió adaptarse. El desarrollo de la luz eléctrica en aquellos tiempos no era suficiente para impresionar las películas de baja sensibilidad que utilizaban las cámaras Elgé, de modo que la mesa de operaciones debió ser relocalizada y movida desde el centro del quirófano para colocarla junto a una ventana abierta, de modo que la luz natural impactara de lleno sobre el campo operatorio.

La operación da comienzo. Son visibles el doctor Posadas, sus dos asistentes, cirujanos Viale y Roccatagliata y el enfermero Ramón Vázquez. Posadas accede al tórax, diseca el pulmón y extrae el quiste hidatídico, con su membrana adventicia intacta (puede imaginarse el desastre de romper un quiste hidatídico lleno de gusanos sobre el campo operatorio) y lo retira… ¡en solo dos minutos!

 

Eugène Py en plena filmación con su Elgé

 

Los médicos trabajan solo con batas blancas de mangas hasta el antebrazo, sin barbijo, cofia ni guantes, tal cual lo marcaban los avanzados estándares de higiene quirúrgica de la época. Si el lector cree que operar con delantal pero sin estos elementos era criminal, debe saber que, en Europa, los cirujanos operaban directamente con su traje de calle.

Un año más tarde, en 1900, Py realizó la filmación de una segunda operación de Posadas, en este caso una hernia inguinal.

 

 

La película del quiste hidatídico fue exhibida cientos de veces a los estudiantes de la Facultad de Medicina, y finalmente archivada en los armarios del Hospital de Clínicas. Este hospital escuela había sido construido en 1883 en reemplazo del viejo Hospital de Hombres. Allí durmió la película de Py hasta 1975, en que el Ministro de Educación Oscar Ivanissevich logró que se promulgara una ley para su demolición y reemplazo por un edificio moderno.

 

Recorte periodístico que muestra a los obreros de la demolición y la estatua de Pirovano

 

Fue en ese momento en que, entre escombros y piezas de arte abandonadas en los obradores, el Dr. Florencio Sanguinetti, ex director de esa casa, redescubrió y salvó de la destrucción el negativo y todas las copias del primer documental de la historia de la Humanidad: la extracción del quiste hidatídico.

La Cinemateca Argentina ha determinado que se trata del film argentino más antiguo que se conserva, y las cinematecas belga y francesa lo reconocen como el primer documental del mundo, la primera película científica de la historia y la primera película de cirugía jamás filmada.

 

 

Entre las obras de arte que estuvieron abandonadas durante los años que duró la obra, consiguieron rescatarse el gigantesco monumento al Dr. Alejandro Castro (obra de Roberto Yrurtia), un grupo escultórico de Soto Avendaño, y la estatua del Dr. Ignacio Pirovano, que ocupaba una plazoleta central y que fue esculpida por Lucio Correa Morales.

El enorme busto que del Dr. Alejandro Posadas hiciera el artista Leguizamón Pondal, sin embargo, no tuvo tanta suerte: fue robado antes de su traslado y se ha perdido para siempre.