¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

1.

Estábamos en el restaurante, en la calle principal de Ayacucho.

—¿Qué pasa, amor? —le pregunté a Maribel, extrañado.

Mi señora dejó resbalar de sus manos la empanada de carne, que cayó en el plato. Estaba petrificada, los ojos inmensos fijos por sobre mi cabeza. A su lado nuestro hijo Gastón, de siete años, miraba en la misma dirección.

—¿Papá…? —musitó él con temor, aferrándose con ambas manos del borde de la mesa.

Entonces me di cuenta de que a mis espaldas todo el local, colmado de gente debido a la Fiesta del Ternero, acababa de sumirse en el silencio.

Nuestra mesa se ubicaba junto a una de las ventanas y antes de abrir la boca vi pasar un auto a toda velocidad, tocando la bocina furiosamente.

A mi lado la pequeña Nati, de cuatro años, se había parado en su silla y también miraba hacia el salón.

—¿Pero qué…? —giré la cabeza.

Todo el mundo observaba el inmenso televisor ubicado cerca del techo, en el fondo del local. La imagen era una panorámica estática de una gran ciudad con rascacielos; no era Buenos Aires.

Y sobre la urbe flotaba una gigantesca esfera de luz.

De atrás de la parrilla apareció el asador, todo de blanco con un gran delantal, arremangado y empuñando su tenedor choricero. Miró la pantalla silenciosa, frunció el ceño contrariado y le arrebató el control remoto a uno de los mozos, que estaba como hipnotizado. Apuntó y subió el volumen al tope, sin que se escuchase nada. Por alguna razón ningún periodista comentaba la increíble imagen, o bien la transmisión tenía problemas de sonido. El parrillero miró el control un segundo, ubicó el botón que buscaba y cambió el canal.

Apareció una mujer con el rostro alterado en un estudio de televisión, y en un recuadro una panorámica similar a la anterior. Los parlantes estallaron a todo volumen con la voz angustiada y desesperada de la periodista:

—…DE PRONTO SOBRE LAS MÁS IMPORTANTES CIUDADES DE ESTADOS UNIDOS. ¡PODRÍAN SER EXTRATERRESTRES, EL APOCALIPSIS O DIOS SABE QUÉ…!

Mientras me tapaba los oídos espantado, una mujer se levantó y abrió la boca, muda. Pero gritaba. El poderoso televisor neutralizaba cualquier otro sonido y a su concierto, antes de que el aterrado asador atinara a accionar el control remoto, el restaurante se convirtió en un pandemónium.

 

2.

A la tarde nos hallábamos de vuelta en la estancia.

Después de media hora, Maribel pudo comunicarse al fin con el Hospital Municipal en Ayacucho.


Ilustración: Ferrán Clavero

—Papá sigue estable, sin novedad —me informó después de colgar.

—¿Y qué esperabas? —le increpé— ¡Si acabamos de verlo! ¿Para qué llamaste? Y con este quilombo todo el mundo estará ahora hablando por teléfono; no sé cómo conseguiste línea.

Ella reflexionó un momento y volvió a levantar el tubo con rapidez.

—Voy a llamar a mi hermana a Buenos Aires para saber si están bien.

Colgó un segundo después muy contrariada, golpeando el aparato.

—Me da ocupado.

—No te preocupés, están bien —traté de tranquilizarla—. Aquello es en Norteamérica, y además no sabemos qué…

—¡No me digás que no me preocupe! —estalló ella furiosa.

Sentí que el calor me subía al rostro. Pero di media vuelta y me fui al living. ¿Qué más podía decir? ¿Acaso yo no estaba tan asustado como ella?

En el sofá, los niños seguían la transmisión en vivo y en directo del noticiero.

—¡Y apaguen esa porquería! —conminó Maribel desde la cocina, a los gritos.

Tomé el control y cambié a un canal de dibujitos. Luego busqué mi sombrero y las llaves de la camioneta.

—Me voy al pueblo de nuevo a ver cómo anda todo por allá. Andá a saber qué va a pasar con la Fiesta ahora.

—Bueno —asintió mi mujer. Y antes de que yo abriera la puerta, agregó—: Voy a carnear el lechón para la cena.

Me detuve en seco.

—¿No lo guardábamos para tu cumpleaños?

—Cambié de idea. —Maribel tomó el gran cuchillo de la cocina—. Vamos a disfrutarlo hoy.

Sentí un escalofrío: ¿ella estaba suponiendo que no llegaríamos a esa fecha?

—No —repliqué, con un involuntario temblor en la voz—; yo me voy al pueblo y no quiero que dejés a los chicos solos.

—No te pregunté —me desafió ella, saliendo por la puerta trasera.

Cinco minutos después, desde el fondo de la chacra donde teníamos los animales de corral, llegaron los apagados chillidos de agonía del animal sacrificado. Los niños se levantaron del sofá y vinieron a la cocina.

—¿Vamos a comer el lechón hoy? —preguntó Gastón con la cara iluminada.

Me agaché y los abracé, tratando de sonreír.

—Sí, hijitos, hoy comemos el lechón…

 

3.

Luque, el gerente de la estación de servicio, apoyó el codo en el mostrador y la frente en la mano, cerrando los ojos.

—Qué querés que te diga, Juan —expresó con voz cansada—. Ahora, esto es un quilombo. En la radio anunciaron que se suspende todo: el cierre de la Fiesta de mañana; el lunes los bancos y la administración pública tienen asueto; tampoco hay clases. Vos me pedís consejo. Hasta que no se sepa qué carajo va a pasar allá…

El pequeño televisor de la cafetería mostraba las mismas imágenes del mediodía. Las esferas luminosas seguían allí flotando sobre las grandes metrópolis norteamericanas, sin señales de actividad.

—Son etés, y vienen en son de paz —sonrió la chica de la caja junto a Luque—. Si no, para qué van a estar ahí quietos tanto tiempo. Si quisieran invadir, lo primero sería barrer todo con sus rayos láser.

Luque la miró con reprobación.

—Pero —objeté yo— tampoco es muy tranquilizador que aparezcan así de prepo sobre tu cabeza; qué pasa si los ataca la Fuerza Aérea. Primero tendrían que haberse comunicado desde el espacio. Ahora, ¿por qué sólo en Estados Unidos?

—Qué sé yo… —Luque tomó el control remoto, al ver que la pantalla se volvía azul con el cartel de NO SIGNAL—. Esto parece como en las películas, siempre pasa todo en Nueva York. —De pronto pareció alarmado— ¡No serán los mismos yankis pelotudos que anduvieron experimentando con los universos paralelos y se les fue al carajo!

—¡Mmmm…! —medité, más alarmado y confundido que antes—. Si es así, preferiría que fueran los rusos, atacando con un arma secreta nueva… ¡por lo menos así alguien humano tiene el control de la guerra!

Ahora fue la chica la que me miró a mí con reprobación.

—No soy creyente —Luque seguía pasando canales, pero sin suerte— y supongo que no será el Juicio Final de Dios, pero… Juan, yo te diría que, por las dudas, vayás haciendo acopio de mercadería y gasoil. A ver si encima tenemos desabastecimiento acá en Argentina por un quilombo de ellos allá en la otra punta del mundo.

—Sí, podría venir a cargar un par de tambores con la camioneta —reflexioné—. Y encima con mi suegro internado… ¿Se cortó el satélite?

Luque pareció recordar algo.

—Che, avisáme cuando Don Gregorio esté mejor para ir a verlo. Pobre Maribel, cómo debe estar, ¿no? —Se dio por vencido y dejó el control en el mostrador—. No hay caso con el cable, se cortó.

—También Internet —agregó la chica señalando la computadora, mientras manejaba el mouse sin resultados.

Luque se volvió sorprendido a mirar la pantalla informática con el cartel NO SE PUEDE MOSTRAR LA PÁGINA.

—Nena, ojalá que tu idea de que son marcianos amigos y no el Fin del Mundo sea verdad —dijo al fin, con voz de ultratumba—; ojalá.

 

4.

Al otro día, después de dejar dos tambores más de gasoil en la estancia, volví a Ayacucho para comprar mercadería en el mayorista. A pesar de ser domingo el predio se encontraba atestado de gente angustiada y presurosa. Ya anochecía cuando pude al fin pasar por el hospital a buscar a Maribel y los niños.

—¿Cómo va tu papá? —le pregunté, echando un vistazo al interior de la sala de terapia intensiva.

Mi esposa me abrazó.

—Está mejor. El doctor Corrales me dijo que lo van a pasar a terapia intermedia.

—¿Ves? —le sonreí—. Tu viejo es fuerte como un toro. A ver si con esto aprende de una vez que ya no está en edad de andar arreando el ganado.

Intenté que esto último sonara como una broma, pero ella seguía angustiada.

—¡Es que es tan cabeza dura! —protestó, con la voz quebrada—; toda su vida fue así. Parece que no le importara; se le anda riendo a la muerte en la cara…

—Bueno, bueno, tranquilizate —la interrumpí, tratando de que sus expresiones no asustaran a los niños más de lo que ya estaban con todo el batifondo de las luces ultraterrenales.

Se había hecho muy tarde, y decidimos pasar la noche en el departamento que teníamos en el pueblo. A pesar de que el lunes estaría todo parado, no quería esperar para comprar otros elementos que mi creciente temor me hacía ver como necesarios: medicamentos de todo tipo… y municiones para las armas que teníamos en el campo.

Se habían cortado las comunicaciones con Estados Unidos, y los noticieros argentinos ya comenzaban a recibir informes de luces similares sobre China…

 

5.

—¿Y de todo esto que me cuentan, hace cuánto…? —preguntó mi suegro desde su cama, con un ojo medio cerrado.

—Casi tres semanas —le dije, parado junto a mi señora—. Empezó todo justo en plena Fiesta del Ternero, en marzo; usted todavía estaba inconsciente.

—¿Y cómo es que nadie me dijo nada después? —reprochó, aún débil—. Y en esta habitación no te ponen ni un televisor siquiera.

—El médico había dicho que no era aconsejable, por tu estado —le explicó Maribel—. Pero ya que te enteraste igual con las conversaciones de las enfermeras, ni remedio.

Don Gregorio hizo una sonrisa burlona. Tan cínico como siempre, mi suegro.

—Je, mirá de lo que me estaba perdiendo. Se fue todo a la mierda ¿no?

—Algo así —le dije con acritud—. Hay continentes enteros de los que ya no se sabe nada. Cualquier día de éstos llegan a Sudamérica. La gente está enloquecida, aún con el Estado de Sitio; la cana y los milicos están a mil. Sólo queda esperar, o rezar. El Arzobispado llamó al arrepentimiento y a esperar la Voluntad Divina orando.

—Estamos todos listos —parecía feliz con la idea, el muy cretino—. Sólo hay que esperar, como decís vos; esperar a que nos lleven al matadero y de ahí al infierno.

Mi mujer se levantó y salió de la habitación llorando.

Miré furioso al viejo y le di la espalda para irme. Pero me detuve en la puerta.

—Ah, me olvidaba —dije, siempre de espaldas—. Su amigo Luque, el de la estación de servicio; la semana pasada lo mataron; unos locos que no le creyeron que no tenía más nafta; violaron a la cajera y le prendieron fuego a todo, estaban del tomate. Por suerte Gendarmería los hizo bosta sin misericordia. Pensé que usted debería saberlo, para que después no se entere escuchando conversaciones ajenas. Nos vemos mañana, suegro, que pase buena noche.

 

>6.

Transcurrió un mes.

Cuando llegamos con la camioneta una mañana temprano, vimos en el techo del hospital a dos uniformados pintando.

Las campanas de la iglesia tocaban a rebato.

—¿Qué, todavía no se enteraron? —nos dijo con nerviosismo uno de los policías del nuevo puesto de control que cortaba la calle—. En la madrugada apareció una esfera sobre Buenos Aires y se cortaron todas las comunicaciones; la Capital quedó aislada.

—¿¡Cómo que en Buenos Aires?! —exclamó Maribel, horrorizada.

—No se sabe nada —continuó el agente, aferrando su fusil como si fuera su hijo—, ni de la población ni de las autoridades nacionales.

—Pero… ¿son extraterrestres o qué? —le pregunté azorado.

—No se sabe nada —repitió—. Hay que escuchar los comunicados oficiales. Se organizó una nueva Comandancia Militar en Córdoba, asumiendo plenos poderes. Están movilizando todas las fuerzas hacia Buenos Aires.

Mi esposa abrazó a los niños.

—Acaban de declarar el Estado de Guerra —concluyó el policía, y señaló con timidez la terraza del hospital—. Están pintando una cruz roja para ataques aéreos…

Bajó la vista, como avergonzándose por ser el portador de las malas noticias.

Contemplé, incrédulo, el techo del hospital. Las autoridades militares estaban cumpliendo reglamentariamente los procedimientos establecidos para una hipótesis de conflicto armado. Y ello incluía esas cruces para que aviones enemigos terráqueos no bombardearan los centros hospitalarios, tal como lo ordenaba la Convención de Ginebra para todos los gobiernos de este planeta.

Mientras, la Iglesia de Nuestra Señora de la Purificación se iba llenando de fieles desesperados.

 

7.

Cuarenta y ocho horas después no hubo más comunicados de la Comandancia, y se interrumpió el contacto con Córdoba y cualquier otro punto del país.

Cuando también se cortó la energía eléctrica en toda la región, Maribel me rogó que fuera a buscar a su padre al hospital, a pesar de que aún tenía para algunos días más hasta que le dieran el alta definitiva.

Por la Ruta 29 me crucé con veloces vehículos cargados hasta el techo, que desde hacía dos días venían transitando desde el norte, huyendo rumbo a la Patagonia o a cualquier lugar que pudiesen suponer alejado de la ominosa presencia sobrenatural; todos los que podían se alejaban, aunque en verdad nadie tenía información concreta sobre qué estaba ocurriendo de bueno o de malo allá.

En Ayacucho mismo varios cargaban desesperados sus coches preparándose para escapar. Nosotros habíamos decidido atrincherarnos en la estancia, donde teníamos de todo para sobrevivir un buen tiempo; esperaríamos allí hasta que supiésemos a ciencia cierta qué era lo que se venía. Y entonces… bueno, ya veríamos.

Que Dios perdone nuestros pecados. O que Dios nos proteja.

El hospital estaba funcionando con el generador de emergencia para cubrir las necesidades mínimas. Tuve que subir hasta Internación por las escaleras, poco iluminadas por los tubos fluorescentes de emergencia. ¿Cuánto podía durar el generador? ¿Acaso alguien creía que el servicio eléctrico del Interconectado Nacional se iba a reestablecer?

El doctor Corrales estuvo de acuerdo en darle el alta a Don Gregorio antes de tiempo, dadas las circunstancias. Con un rostro sombrío, me recetó los calmantes que necesitaría hasta que se restableciera totalmente.

—Y en una semana que venga a verme —dijo con un hilo de voz—. Habrá que… seguir un programa de ejercicios físicos; para que vuelva a estar en forma…

Pensé que se iba a desmayar.

Demoré bastante en trasladar a mi suegro hasta la salida del edificio, bajando las escaleras peldaño a peldaño. Lo cargaba con uno de sus brazos sobre mis hombros, mientras que la enfermera Patricia, la que vivía en el mismo edificio de nuestro departamento, me ayudaba del otro lado. El pobre viejo se quejaba con cada movimiento.

Cuando hice arrancar la camioneta, me di cuenta de que la enfermera se había quedado parada en la vereda, mirándome.

—Gracias —le dije intentando esbozar una sonrisa, para animarla.

Ella retrocedió vacilante, mirando a todos lados como si temiera que una gran bestia apareciese en cualquier momento para atacarla. Lo que me faltaba, un maldito ataque de pánico.

Tropezó y cayó. Abrí la puerta para salir a ayudarla. Patricia miró al cielo y gritó. Entonces noté cómo, en ese día nublado y oscuro, todo se iluminaba, como si las nubes hubiesen desaparecido de repente. Una ráfaga de viento huracanado proveniente de las alturas me golpeó.

 

8.

Ya es demasiado tarde para huir. A la inmensa esfera de luz que apareció sobre Ayacucho se ha agregado un campo de fuerza invisible que rodea toda la localidad; nos hallamos cercados.

Luego la luz se fue apagando, y pudimos develar al fin el gran misterio. La esfera se volvió negra; era metálica.

Era una nave alienígena.

Ahora Don Gregorio y yo estamos refugiados en un rincón de la habitación del departamento, esperando.

¿Qué estará pasando en la estancia?

De pronto, de la gran sombra descienden miríadas de vehículos voladores del tamaño de un camión. Se escuchan las balas de la policía y Gendarmería, el griterío atroz, vidrios quebrados, choques; cunde el caos mientras los invasores, con toda tranquilidad, recorren las calles succionando a la gente con un haz luminoso.

Ya anochece cuando vemos con horror que una nave desciende lentamente frente a nuestra ventana; los vidrios estallan hacia afuera dejando el marco limpio y despejado; la luz alienígena inunda el cuarto y antes de que alcancemos a tratar de huir hacia el pasillo interno del edificio, volamos por la habitación hacia las entrañas del vehículo, mientras siento que me es arrancada de la mano la pistola que llevaba conmigo desde hacía dos meses; también a mi suegro la extraña fuerza le quita el cuchillo grande y afilado para los asados que teníamos en la cocina, y que esgrimía con mano temblorosa; ahora aúlla de dolor ante el violento accionar sobre su cuerpo aún convaleciente.

En el interior del vehículo hay oscuridad, cuerpos apretujados, asfixia. Dura poco. Cuando se abren las compuertas la luz nos enceguece. Busco alrededor; allá, fuera de mi alcance, descubro a Don Gregorio en un rincón, inerte, desmayado o muerto. El suelo se inclina y nos vemos obligados a bajar en desorden, cayendo unos sobre otros, a una cinta transportadora que nos mete en un tubo transparente y flexible, tan estrecho que sólo cabemos de a uno en fila. A mi suegro no lo veo. No lo volvería a ver más. Pero detrás de mí descubro a Patricia, la enfermera; sigue con la misma vestimenta verde agua del hospital; su rostro ya no expresa terror; tal vez ya ha sido demasiado; no le quedan fuerzas ni para reaccionar al verme.

El lugar donde estamos, iluminado por una helada luz blanca, tiene el tamaño de un estadio de fútbol. Muy arriba en el techo abovedado, flota una inmensa esfera azul junto a una fila de grandes objetos tubulares rojos de formas zigzagueantes, seguidos de… una cabeza humana; una cabeza gigante, un rostro sonriente de rasgos orientales; si la cara alienígena es una imagen, una proyección holográfica o algo así, entonces los objetos rojos pueden ser letras y todo el conjunto un inmenso cartel.

Seguimos avanzando por el tubo, arrastrados por la cinta transportadora; allí adelante algo ocurre, porque aumentan de intensidad los llantos y gritos; hay un tumulto; entonces el tubo se subdivide y de pronto me siento impulsado hacia la izquierda. En el último segundo logro aferrar la muñeca de Patricia; pero las fuerzas son inexorables: ella me mira por un fugaz instante y es arrancada de mi sujeción para desaparecer por otro tubo lateral que se aleja del mío. Desesperado, doy manotazos al tubo tratando de romperlo, pero la goma o lo que fuere, después de ceder un poco, vuelve a su forma original sin que se advierta el mínimo daño; veo sí unas líneas de sangre en la superficie que acabo de golpear; mi mano está herida; no por el tubo; las uñas largas de Patricia me habían arrancado piel en su último desesperado esfuerzo y no lo había notado.

Ahora atrás de mí viene un tipo de mi misma edad, con el rostro tan desencajado como debe estar el mío. Y al que me precede lo conozco; un compañero del secundario de otra división. Al parecer el nuevo reagrupamiento en distintos tubos no es arbitrario.

Allá enfrente, arriba, veo otro de esos grandes carteles tridimensionales; el globo azul y los signos extraños, pero la figura se presenta de otra manera; siempre con el rostro sonriente ahora aparece de cuerpo entero, desnudo y gordo como un luchador de sumo, recostado sobre una plataforma plana circular rodeado de objetos amarillos de forma irregular y caras planas, como grandes bloques de piedra angulosa, o como…

De improviso la cinta transportadora se termina y me desplomo. Pero antes de llegar al suelo unos poderosos brazos mecánicos me agarran por los tobillos, las muñecas y el cuello, deteniendo mi caída con brutalidad; siento un fuerte dolor en el hombro derecho: la articulación se ha descoyuntado.

Y de pronto ese olor.

Ese olor es conocido.

Sobre todo aquí en Ayacucho, todo el mundo sabe qué es ese olor; los que trabajamos en el campo lo sentimos todas las mañanas, cuando descargamos los camiones con ganado en…

Me debato horrorizado. Durante una fracción de segundo sé por qué los extraterrestres se aseguraron primero el dominio de Estados Unidos, el país con mayor índice de obesidad del mundo. Y en esos carteles tridimensionales el que aparece no es un alienígena, sino un humano terráqueo, imagen creada en una inimaginable agencia de diseño gráfico y publicidad interplanetaria.

Veo que un largo brazo metálico robotizado con un martillo en el extremo gira sobre su eje desde arriba y cae; recibo un golpe seco en la frente.

Un flash, oscuridad, espasmos, dolor, dolor, dolor… siento que cuelgo cabeza abajo, sujetado solamente por uno de mis pies.

Gastón. Nati. Maribel.

Todo se está desvaneciendo…

 

S.C. de Bariloche, Argentina, abril, junio-julio y octubre del 2008 (primera, segunda y tercera versión).

Agradezco a Eduardo y a todos mis compañeros del taller literario de esta revista, que colaboraron dedicadamente para que este cuento se convirtiera en lo que es.

 

Cristian Lintz de Bonín es argentino, nacido en Valdivia, Chile, el 21 de diciembre de 1968. Su vida ha estado signada por la palabra cambio: de ideología, de trabajo, de aficiones. De filonazi (bueno, era la adolescencia…) a trotskista; de Marx a Osho. De vendedor de churros a actor de cine y televisión; de crítico de cine a guardia vigilante… En el último año el viento ha llevado su pluma por los caminos del yoga, de donde logrará al fin su primer título profesional a fin de año, o eso cree. Asiduo lector de ciencia ficción desde la temprana adolescencia, se ha alucinado con Picnic Extraterrestre de Strugatski, se ha embelesado con Las doradas manzanas del sol de Bradbury y ha llorado con Flores para Algernon de Keyes. Escribió una nouvelle del género y ganó un premio local con un cuento no del género. Actualmente vive en Bariloche, Patagonia argentina

 


Este cuento se vincula temáticamente con LA PRIMERA MÁQUINA DEL TIEMPO… Y LA ÚLTIMA, de José Carlos Canalda, LA JUNGLA MÁS ALLÁ DE LAS ESTRELLAS, de Ariel S. Tenorio, NUTRICIÓN NATURAL, de Omar Barsotti

 

Axxón 203 – diciembre de 2009
Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Ciencia ficción : Invasión Extraterrestre : Depredación : Argentina : Argentino).


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