¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

El flotador del inodoro de mi nave no alcanzaba a cerrar el paso del agua y, por lo tanto, el tanque se rebalsaba, empapándome el piso del baño. Y yo, que a los trabajos de plomería les huyo, ignoré el problema hasta que se hizo francamente insoportable. Entonces me armé de valor y me dispuse a arreglarlo. Que no lo haya logrado se debió, principalmente, a las repetidas y violentas colisiones entre la llave inglesa y la mochila del inodoro que dejaron como saldo un enorme géiser helado en el lugar donde el finado sanitario solía encontrarse.

Así que, cuando estaba a mitad de camino entre Çtrô-§ßµö y Frod Egreb y Frod Egreb1, tuve que salirme del hiperespacio muónico porque me agarró una cagadera inaguantable. Busqué el primer planeta con atmósfera de oxígeno en el sector y aterricé en un descampado.

Y ahí estaba, vaciando plácidamente mis intestinos sobre unos yuyos púrpura cuando frente a mí apareció una especie de cavernícola. Un rostro como de rata o de mono, ojos naranja fosforescente, largos cabellos turquesa, orejas en punta, piernas de cabra, vestido con una tosca túnica de piel y blandiendo un enorme garrote.

—No temas. Yo vengo del Cielo, con paz en mi corazón —dije—. Vine del Hogar de los Dioses en mi Carroza Voladora, de Poderosas Alas, que me llevan hasta la estrella más lejana, hasta donde duermen los cometas.

—¡La puta! —exclamó— ¿Es que no hay una civilización en todo el Universo que sea un poco original? Todos lo mismo: “Soy el hijo de los Dioses, vengo del Cielo, lalalalalá”. ¡Como si fuésemos boludos porque no pasamos más allá de ser paleocultivadores!

—¿Eh? ¿Acaso han tenido contacto con otras civilizaciones del Cosmos?

—¡Por supuesto! Vos debés de ser la especie Nº 3.459.867.917 que nos visita en los últimos cincuenta milenios. Y todos con la misma cantinela. ¿No tienen a alguien que les escriba un nuevo guión para el primer contacto?

—Bueno, de hecho, hay uno para cuando se contacta con una raza de tecnología más sofisticada y, básicamente, dice que los hemos estado vigilando y que no estamos satisfechos con la manera como están destruyendo el planeta, etcétera, etcétera.

—Tampoco es muy original que digamos.

—Y encima es mentira. No hay un planeta tecnológico que no sea un desastre ecológico.

—Eso les pasa por no hacer como nosotros, que nos conformamos con lo indispensable para vivir felices y dignamente. Y todo gracias a la Sabiduría de nuestros Ancestros. Cuenta la leyenda que cierto día, en el comienzo de los tiempos, cuando el mundo aún no era el mundo, nuestros Ancestros se reunieron en asamblea. Quien primero habló fue Parasankar, el de los ágiles brazos. Dijo Parasankar: “¡Ea, amigos! Hemos evolucionado de la bestia salvaje según las leyes de la selección natural y, a partir de hoy, nos hemos convertido en la primera especie inteligente del planeta”. A lo que Horeakar, el de las broncíneas trenzas, repuso: “Deberemos entonces, oh Parasankar, semejante a un dios, comportarnos como tales y comenzar a desarrollar una Civilización”. “Así deberá ser hecho”, terció Baramuskar, el de rosáceos dientes, “pero deberemos ser cautelosos, ya que el Progreso ilimitado trae consigo enormes cantidades de venturas pero también igual número de calamidades”. “Tus palabras son sabias, oh Baramuskar Setunkárida,” respondió Horeakar, el de los ojos color del tiempo, “y he pensado que no deberíamos avanzar más allá de un sistema feudal”. “¡Calla, insensato!”, interrumpió Sladekar, de anchurosas grebas. “Un sistema feudal consiste en una confusa estructura piramidal en la que se entremezclan diferentes instancias jurídicas y abundan las alianzas plurales, las soberanías asimétricas y los enclaves anómalos. Considero que sólo si nos mantenemos en el estadio de cazadores-recolectores podremos ser felices, además de alimentarnos con una dieta rica en proteínas y baja en colesterol”. A lo que Horeakar repuso: “Pero ser cazadores-recolectores implica que deberemos ser nómades y tú sabes, oh Sladekar, el de parietales lóbulos, que es poco probable que la escritura aparezca en tales sociedades. Porque supongo que no negarás los beneficios de una cultura letrada”. “Tienes razón, Horeakar Horeakárida”, convino Sladekar. “Quizás convenga descubrir la agricultura, la cría de animales y las máquinas simples. Aunque, claro, esto significaría, a la larga, la creación de ciudades-estado e, incluso, la aparición de imperios.” “Entonces, oh melenudos Noorlingas, amigos, no se hable más”, concluyó Parasankar, el de equilibrado juicio. “Nuestra especie no se desarrollará más allá de un comunismo primitivo, en el que se combinarán todos los beneficios de la vida de los cazadores-recolectores con las virtudes de las primeras civilizaciones agrícolas, y nuestra cultura se apoyará en el mito y la tradición oral. ¡Seremos paleocultivadores!”. Dicho esto, nuestros Antepasados sacrificaron doce flexípedes bueyes en honor de Nesokia, el dios de los múltiples padres, y celebraron un banquete en el cual las copas siempre desbordaron de purpúreo vino y sabroso hidromiel.

—Muy interesante —dije, mientras me limpiaba el culo—. No te jode que deje el sorete aquí, ¿no?

—Y…, algo puede afectar al equilibrio ecológico pero, bueno, qué se le va a hacer. Mientras no vuelvas está todo bien, fierita.

—Entonces, adiós y buena suerte.

—¡Ah! ¿Te puedo pedir una cosa?

—Decí.

—Si podés publicar en La Gaceta Universal que los Noorlingas no queremos más visitantes del espacio. A menos, claro está, que vengan con un speech nuevo.

—Así lo haré.

—Gracias. Fue un gusto conocerte.

—Igualmente.

Volví a mi nave y me elevé por los aires, hacia el espacio, rumbo a Frod Egreb, donde, después de instalar un nuevo inodoro y entregar el cargamento de mermelada, hice lo que no haría ni el más inexperto cadete de la Academia Astronáutica de Zeimakimugo (que, por si no lo saben, tiene la fama de ser la peor de todo el Universo): ¡Compré un mapa!

Sí, ya sé, no parece nada grave. Lo que pasa es que los frodegrebitas consideran un arte el perderse y, por lo tanto, además de que todas las calles de sus ciudades son contramano, fabrican mapas que parecen correctos aún en un análisis minucioso pero que, sin embargo, están completamente equivocados.

Y yo, como un idiota, lo había olvidado. Así que, cuando emergí del hiperespacio cosmotrófico luego de un viaje de doce horas a warp quince, en vez de llegar al planeta Aletrax Ti Kragari me encontré quién sabe dónde, probablemente tan lejos que la palabra “volver” perdía todo significado. Pero, por las dudas, le pedí a la computadora que calculase, por el viejo método scout de cuadrangulación isolateral de pulsares gamma, las coordenadas de donde estábamos, no fuera cosa que “volver” siguiese queriendo decir volver.

Al pedo fue el cálculo. Cinco segundos habían pasado cuando supe con certeza que estaba en pleno territorio nebokroeta, que estaba rodeado por veintisiete naves armadas y que la única manera de escapar era abandonando este valle de lágrimas. Por eso, cuando en la radio escuché la voz que me decía “Nos va a tener que acompañar” no dije ni pío, cosa que, por otra parte, no es extraña ya que jamás hubiese dicho pío, aún si me lo pidiesen de rodillas y con una valija llena de dóblares paregóricos.

Los nebokroetas me condujeron a un edificio mal iluminado, húmedo y sórdido, de paredes despintadas y pisos de goma azul francia, a través de pasillos estrechos con puertas cerradas detrás de las cuales se oían gemidos de dolor, hasta que fui arrojado a una habitación en penumbras. Quién sabe cuánto tiempo estuve escuchando cómo las ratas se comían a las cucarachas o viceversa. Lo cierto es que, de repente, una jauría de fotones atacó a mis ojos y se hizo la luz.

Cuando recuperé la vista me encontré con un nebokroeta que debía llenar de espanto aún a sus temibles compañeros.

—Así que usted es Ignatz Niemand —gruñó, mientras un chorro de baba volaba de sus fauces hasta mi rostro.

—Sí, ese soy yo.

—El famoso Ignatz Niemand…

—Bueno, no es para tanto. Usted sabe que la fama es puro cuento.

—Puede ser. Puede ser. Pero en su caso no es tan así, ¿no es cierto?

—No, no es cierto.

—¡Cómo que no es cierto! ¡Si es bien sabido que usted es un ideólogo del Caos!

—Bueno, acepto que soy un poco desordenado, que dejo la ropa tirada por el piso y que hace como una semana que no lavo los platos, pero de ahí a llamarme ideólogo del Caos me parece un poquito exagerado.

—¿Acaso insinúa que usted no tiene nada que ver con los rebeldes de Potëmkax?

—¿Con quiénes?

—Vamos, no se haga el idiota. Usted lo sabe muy bien.

—¿Sé muy bien qué?

—Usted sabe de qué le hablo.

—No sé si lo sé.

—¿Y cómo sé yo que usted no lo sabe?

—Porque si usted supiera lo que yo sé, probablemente no sabría lo que yo no sé. Pero como no sabe lo que sé entonces seguramente sabe lo que no sé.

—Me gustaría saber por qué usted sabe que yo no sé lo que usted sabe.

—Porque si yo no supiera que usted no sabe lo que yo sé entonces debería saber que yo sé lo que usted no sabe.

—¡Quién sabe!

—Yo no, se lo puedo asegurar.

—Ya me había dado cuenta.

—Entonces me da la razón.

—Para nada.

—Pero si usted me está diciendo que sabe que no sé.

—¡Yo no estoy diciéndole eso!

—¿Entonces, qué me está diciendo?

—No sé.

—¿Ve? Me lo acaba de decir.

—Así no vamos a ninguna parte, estimado Niemand.

—Por supuesto. Para ir a alguna parte es necesario moverse y, que yo recuerde, hemos estado quietos por horas.

—Bueno, si pensamos que el planeta gira sobre su eje y rota alrededor del sol, el sol gira en la galaxia y la galaxia se mueve en el universo, técnicamente a alguna parte estamos yendo.

—¿De qué se queja entonces?

—Principalmente, de mi suegra, pero no creo que eso le interese.

—Sin embargo, me interesa. Cuente, cuente.

—Ya hemos hablado demasiado de la vieja bruja.

—Nunca es suficiente.

—¡Yo digo que sí y es sí!

—Más le vale. Jodida sería su vida si cuando dice que sí es no, cuando dice blanco es negro, alto es bajo, langostino es camarón…

—¡Quiere callarse!

—Creo que no hay nada en el mundo que desee más.

—¡Pues no le voy a dar el gusto! Dígame si no fue usted quien dijo “El semen derramado jamás será negociado”.

—No, no lo dije.

—¿No lo dijo?

—No. Lo escribí.

—Es lo mismo.

—Disculpe mi ignorancia pero creo que existe una diferencia entre decir y escribir.

—¿Le parece?

—Sí. Y aparte, ¿qué carajo tiene que ver una frase que escribí totalmente borracho en un mingitorio de Sirot Rezed hace más de ocho años con la rebelión en Potëmkax?

—¡Como si no supiese que a partir de esa consigna el vil Vlagobir Tchernokozij escribió toda su obra subversiva!

—No, no sabía. Y pido disculpas si mi pecado de juventud ha causado problemas. Realmente no fue mi intención.

—Sus intenciones no importan, Capitán Niemand. Lo que aquí interesa es que usted es culpable.

—¡Soy inocente!

—Mire, usted es culpable y si me dice lo contrario lo mando a matar.

—¿Y si no le digo lo contrario?

—Igual lo mando a matar. Usted es culpable de la rebelión en Potëmkax y eso se castiga con la muerte.

—Entonces, ¿qué sentido tuvo este interrogatorio?

—Ninguno. ¿Acaso usted pensó que lo tenía?

—La verdad que no.

—Bien. Bien. Así me gusta. Nos vemos mañana en el paredón de fusilamiento.

Dicho esto volví a quedar sumido en la oscuridad. Así permanecí por otro buen rato hasta que la puerta se abrió y entró un guardia.

—¿Qué? ¿Ya amaneció? —dije.

—¡Shhhh! ¡Callate, gil! —susurró entre dientes, mientras se sacaba el casco nebokroeta que cubría su rostro. ¡El guardia era idéntico a mí!

—No, no soy idéntico a vos —dijo—. Soy vos. En realidad, soy el Ignatz Niemand de mañana y vengo a salvarte.

—O sea que mañana no me fusilaron.

—No, porque a mí me salvó el Ignatz Niemand de pasado mañana cuando él era sólo el Ignatz Niemand de mañana y yo el de hoy, a él lo salvó el de pasado pasado mañana cuando éste último era el de mañana y el primero era el de hoy, al de pasado pasado mañana lo hab…

—Entiendo, entiendo.

—Ya lo sabía. Ayer yo dije exactamente lo mismo. Todo lo que vos digas ya lo dije yo.

—¿Entonces para qué hablamos?

—Para que vos mañana sepas qué decirle al Ignatz Niemand de ayer cuando pase a ser el de hoy.

—Ah. Claro. Si seré boludo.

—¡Pará cachito, que me estás insultando también a mí!

—¡’Tá bien, no te alteres! Salvame de una buena vez y listo.

En silencio abandonamos la celda, sigilosamente, por los pasillos, hasta que llegamos a un baño que parecía abandonado. Allí el Ignatz Niemand de mañana me dijo:

—Bueno, ahora yo me voy a la nave. Lo que tenés que hacer es esperar hasta que el centinela toque su clarín indicando que la hora de la ejecución está próxima. Entonces te metés en la quinta letrina y tirás setecientas noventa y cuatro veces la cadena. Así vas a poder retroceder en el tiempo y salvar al Ignatz Niemand de ayer cuando sea el de hoy y vos el de mañana. No te olvides. Clarín. Quinta letrina. Tirar setecientas noventa y cuatro veces la cadena.

—No te preocupes. No me voy a olvidar. La prueba es que vos estuviste acá para salvarme.

—Uno nunca sabe.

Agarró un bolso que estaba oculto detrás de un lavatorio y salió corriendo, dejándome solo en el baño, esperando el amanecer.

Cuando sonó el clarín me metí en la quinta letrina y tiré setecientas noventa y cuatro veces la cadena. Todo se puso patas para arriba, voló mierda por doquier, vi lucecitas de colores, sentí que me disolvía hacia adentro y perdí el conocimiento. Al despertar ya era de noche. A mi lado encontré el bolso que el otro Ignatz se había llevado. Dentro de él había un plano de la fortaleza, hecho por mí en el futuro, sin duda, y un uniforme de guardia nebokroeta. Me vestí y regresé sigilosamente a la celda. El Ignatz Niemand de ayer, que ya era de hoy, exclamó:

—¿Qué? ¿Ya amaneció?

—¡Shhhh! ¡Callate, gil! —susurré entre dientes, mientras me sacaba el casco. La sorpresa se pintó en su rostro cuando vio que yo era idéntico a él.


Ilustración: Pedro Belushi

—No, no soy idéntico a vos —dije, para calmarlo—. Soy vos. En realidad, soy el Ignatz Niemand de mañana y vengo a salvarte.

—O sea que mañana no me fusilaron.

—No, porque a mí me salvó el Ignatz Niemand de pasado mañana cuando él era sólo el Ignatz Niemand de mañana y yo el de hoy, a él lo salvó el de pasado pasado mañana cuando éste último era el de mañana y el primero era el de hoy, al de pasado pasado mañana lo hab…

—Entiendo, entiendo.

—Ya lo sabía. Ayer yo dije exactamente lo mismo. Todo lo que vos digas ya lo dije yo.

—¿Entonces para qué hablamos?

—Para que vos mañana sepas qué decirle al Ignatz Niemand de ayer cuando pase a ser el de hoy.

—Ah. Claro. Si seré boludo.

—¡Pará cachito, que me estás insultando también a mí!

—¡’Tá bien, no te alteres! Salvame de una buena vez y listo.

En silencio abandonamos la celda, sigilosamente, por los pasillos, hasta que llegamos a un baño que parecía abandonado. Allí le dije al Ignatz Niemand de hoy:

—Bueno, ahora yo me voy a la nave. Lo que tenés que hacer es esperar hasta que el centinela toque su clarín indicando que la hora de la ejecución está próxima. Entonces te metés en la quinta letrina y tirás setecientas noventa y cuatro veces la cadena. Así vas a poder retroceder en el tiempo y salvar al Ignatz Niemand de ayer cuando sea el de hoy y vos el de mañana. No te olvides. Clarín. Quinta letrina. Tirar setecientas noventa y cuatro veces la cadena.

—No te preocupes. No me voy a olvidar. La prueba es que vos estuviste acá para salvarme.

—Uno nunca sabe.

Agarré un bolso que estaba oculto detrás de un lavatorio y salí corriendo, dejándolo solo en el baño, esperando el amanecer.

Llegar a la nave no fue tan difícil. El plano que me había hecho era muy preciso e indicaba todos los peligros que podía encontrar en mi huida. Prendí los motores y salí cagando aceite. Ni bien estuve a distancia prudencial marqué las coordenadas correspondientes a Nebokroecia que figuraban en el mapa frodegrebita, así me aseguraba que iba a parar a cualquier parte menos aquí de vuelta, y entré al hiperespacio, deseando que el Ignatz Niemand que quedó abajo, él o cualquiera de los miles de millones que quedarán abajo, no se equivocase y esta vez se fuese a la novena ducha ni bien escuchase los disparos para abrir cuatrocientas setenta y nueve veces la canilla.

No se rían. Me conozco. Soy capaz de hacerlo.

 

 

NOTAS:

NOTA 1: El Archibebé de Çtrô-§ßµö me había pedido (o, mejor dicho, exigido, ya que le debía un favor desde el día en que impidió que me casase con la hija del Exolastrante Supremo de Xtrigonia Septentrional) que le transportase un cargamento ilegal de mermelada a Frod Egreb (la mermelada produce en los frodegrebitas el mismo efecto que los opiáceos en los humanos y las transaminasas en los arqanos menores), para su amigo N’ggh B’k’ký, un narcotraficante al que se lo acusa de ser alcalde de Laid O’Tizen, aunque todavía nadie ha podido probarle nada. VOLVER

 

 

Saurio nació en Buenos Aires en 1965. Dice estar preocupado por su futura muerte, lo que estimula en él la necesidad de aprovechar el poco tiempo que le queda dedicándose a cuanta arte, ciencia o religián se le cruza en el camino. Ha escrito dos novelas, El vacío del bostezo y La indiferencia de los peces, dos libros de poemas y uno de humor, Un libro al pedo y sostiene sitios de Internet: La Idea Fija (donde entre otras muchas cosas desarrolla su historieta Los cartoneros del espacio) y El Maravilloso Mundo de Saurio.

Hemos publicado en Axxón sus ficciones: NO ME PIDAS UN MILAGRO (147), LAS FRONTERAS SE HAN HECHO PARA SER CRUZADAS (149), BACH HA MUERTO (151), ¿QUÉ ES EL “SECRETARIADO CUÁNTICO”? (152), ¿QUÉ ES EL DOLFISMO ORTODOXO? (155), EL CAMINO DE WEESCOSA (155), LA PSICOSTASIA ENTRE LOS GRIEGOS (155), ¿DÓNDE QUEDARON LOS BUENOS MODALES? (157), ¿QUÉ ES LO QUE ESTÁ CONSTRUYENDO? (157),SER DE LUCES (158), (NO ALIMENTEN A LA) OSTRA, en co-autoría con Inmaculada Rumbau (162), PULPIFIXIÓN (168), NO ES PALABRAS (171), PELIGROS DE LOS REFRANES II (174), PELIGROS DE LOS REFRANES I (180), VAMOS AL BOSQUE, NENA (181)

Hemos publicado en Axxón sus artículos:¿DÓNDE NADIE HA IDO ANTES? (157), NO ES LO MISMO SER OSCURO QUE ESTAR PINTADO DE NEGRO (159)

Hemos publicado en Axxón sus traducciones: LA INTELECTUALIDAD LIBERAL, de Luke Jackson (Estados Unidos) (168).

 


Este cuento se vincula temáticamente con PIG BANG, de Saurio, UN CIERTO RIESGO, de Antonio Cebrián, EL VIAJERO, de José Luis Zárate

 

Axxón 203 – diciembre de 2009
Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Ciencia ficción : Humor : Contacto con Extraterrestres : Viajes en el Tiempo : Argentina : Argentino).


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