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“Jamás hacemos la labor que imaginamos que tenemos que

hacer, nunca nos damos cuenta del secreto esplendor de

nuestras intenciones”

H.G. Wells. Experimento de autobiografía (1934)

 

 

1

 

Un autor clásico es como un espejo: todos los lectores miramos nuestro propio rostro entre sus letras. De allí la diversidad de lecturas interpretativas y de las valoraciones que tuvo y tiene H.G. Wells, ese londinense que nació en el año de 1866, en un hogar de clase media baja, fue aprendiz de sastre y gracias a su precocidad intelectual ganó una beca y pudo ser alumno de T.H. Huxley quien le enseñó las bases científicas de la biología, las implicaciones filosóficas de la teoría de la evolución de Darwin y le inoculó, para siempre, la virosis del agnosticismo.

Tuvo admiradores y detractores, amigos y enemigos, como cualquier hombre que pasa por la vida ejerciendo su libre albedrío. Su obra es descomunal y desigual. Hoy pocos leen al Wells de la edad adulta y de la vejez, con sus novelas realistas decimonónicas, sus tramas psicológicas y policíacas, sus libros de historia, sus ensayos políticos y de futurología, sus artículos periodísticos. Atrás quedan, también, sus famosas polémicas con Julio Verne y con Henry James. Un Verne millonario, famoso y viejo, que irritado por la lectura de su novela Los primeros hombres en la luna (1901), donde Wells inventó la cavorita para llegar al satélite, se refirió a él con desdén: “Yo utilizo la física. Él inventa… él construye un metal para eliminar la ley de la gravedad. A ver, enséñenme ese metal”. La respuesta de Wells no se hizo esperar: “Verne es un popularizador de la técnica a corto plazo”. En realidad lo que pasó es que ellos vivían en mundos físicos distintos: Verne realizó una obra dentro de las coordenadas de la física newtoniana y Wells fue uno de los primeros en atisbar, de manera intuitiva, el futuro universo físico de Einstein.

Con Henry James la confrontación fue más agria y personal. James entendía la literatura como un arte puro superior a la vida, donde la sutileza y la elaboración milimétrica de los personajes requería de un autor con sensibilidad aristocrática, de alto vuelo intelectual y de estilo brillante. Acusó a Wells de escribir de manera chapucera, con vulgaridades gratas al mal gusto popular y con personajes ligeros y contradictorios. Wells le replicó que para él la vida estaba primero que el arte de la literatura y que, precisamente, cuando la vida lograba ser atrapada y cristalizada, dentro de una obra de ficción, era cuando dicho texto se hacía un libro indispensable para la humanidad.

Detrás de la discusión de James se encontraba su repudio al hombre que fue Wells: sus escándalos sexuales, su vitalidad física, sus orígenes humildes, sus creencias socialistas, su crítica a la hipócrita atmósfera de la sociedad victoriana de la época. Es decir, lo contrario que fue Henry James: solterón, solitario, casto, conservador, monárquico, de clase social alta. Gracias a sus poderosas influencias James intentó ridiculizar y amilanar al joven Wells y se atrevió a escribirle lo siguiente: “Me siento incapaz de aproximarme a su obra, y ni siquiera notó que lo desee o que pueda llegar a desearlo… bajo la luz de ninguna óptica de la crítica literaria, para estatuir ninguna clase de juicios, comparaciones o conclusiones; de hecho, no comparto ni puedo compartir con usted ninguna relación estética o literaria”. La contestación de Wells fue inesperada y rotunda. Escribió una novela, llamada Boom, donde satirizaba a James mediante un personaje escritor: fatuo, obeso y pequeño que se vuelve un preciosista del estilo porque en el fondo sabe que ha perdido la fe en la verdadera literatura. De hecho, Wells hizo deslizar, agazapado, el venenoso comentario que hizo Thomas Hardy de la obra de James: “Ha desarrollado un estilo asombrosamente cálido para no decir nada, eso sí, mediante frases interminables”. La ferocidad intelectual de Wells cuando tuvo disputas fue, también, el reconocimiento a sus dos mayores influencias literarias: Jonathan Swift y Voltaire.

En una brumosa tarde londinense, de agosto de 1946, J.B. Priestley expresó en el funeral de H.G. Wells, muerto a los setenta y nueve años de cáncer, que: “él fue el gran profeta de nuestro tiempo”. Pero las contradicciones interpretativas al valor de su obra y de su prosa abundan. El gran poeta T.S. Eliot reconoció que algunos fragmentos de sus primeras novelas le merecían un puesto de honor en la historia de la poesía inglesa. Sin embargo, el gran crítico norteamericano Harold Bloom en su controvertido libro El Canon occidental, la escuela y los libros de todas las épocas (1994) ni siquiera lo menciona. En español, por el contrario, Borges lo ha canonizado al afirmar en un ensayo titulado El primer Wells que: “De la vasta y diversa biblioteca que nos dejó, nada me gusta más que su narración de algunos milagros atroces: The Time Machine, the Island of Dr Moreau, The Plattner Story, The First Men in the Moon. Son los primeros libros que yo leí; tal vez serán los últimos… Pienso que habrán de incorporarse, como la fórmula de Teseo o la de Ahasverus, a la memoria general de la especie y que se multiplicarán en su ámbito, más allá de los términos de la gloria de quien los escribió, más allá de la muerte del idioma en que fueron escritos”.

 

En este ensayo mi relectura de Wells pretende enfatizar en los denominados, por él mismo, como sus “romances científicos” y los cuales pertenecen al Wells joven que ayudó a fundar, sin consciencia de ello, la moderna literatura de Ciencia Ficción. Sobresalen las que he querido llamar sus más valiosas semillas de la imaginación: La máquina del tiempo (1895), La isla del doctor Moreau (1896), El hombre invisible (1897), La guerra de los mundos (1898), Cuando el dormido despierte (1899), Los primeros hombres en la luna (1901), El alimento de los dioses (1904), Una utopía moderna (1905), En los días del cometa (1906) y La guerra en el aire (1908). Después, con excepción de su maravillosa novela corta El país de los ciegos (1911) a la cual le debe tanto El ensayo sobre la ceguera (1995) de Saramago, su obra tomó los otros rumbos que ya mencioné al principio.

 

 

2

 

¿Cuál es la fascinación de La máquina del tiempo? De hecho, Wells no fue el primero en imaginar viajeros en el tiempo. Samuel Madden publicó Memorias del siglo XX (1728), en donde un ángel de la guarda viaja al año de 1998 y roba valiosos documentos. Edward Everett Hale escribió su sátira social Manos abajo (1881) en la que un viajero del tiempo va al pasado y genera alteraciones en distintos episodios bíblicos. Pero la novela más conocida es la divertida sátira político-social Un Yanki en la corte del rey Arturo (1889) de Mark Twain, en la que su protagonista, luego de un fuerte golpe en la cabeza, despierta en la Inglaterra del siglo VI, en tiempos del mago Merlín. Se ha pensado que la diferencia radica en que Wells fue el primero en utilizar una máquina para el viaje temporal y no métodos mágicos o de pura fantasía. Sin embargo, eso no es tan cierto, pues el español Enrique Gaspar y rimbau publicó, en París, su novela El Anacronópeto (1887) en la cuál su personaje, de nombre Sindulfo García, doctor en ciencias exactas, construye una máquina que viaja al pasado y le permite conocer a Cervantes, desembarcar con Colón en América e ir al reinado de Pedro el grande. Además, se explica que la máquina funciona con electricidad y que se viaja al pasado porque “el tiempo es la atmósfera”. Este argumento lo tomó Enrique Gaspar de sus lecturas de Camilo Flammarion, quien había escrito de viajes a las estrellas, a la Luna y a Marte.

Claro está que Wells no debió conocer la narración de Gaspar y la propia máquina que él describe en su novela no tiene una explicación técnica de su funcionamiento. Pero lo que hace que la obra de Wells inaugure la literatura moderna de ciencia ficción es la nueva comprensión que tiene el viajero de lo que es el tiempo. El personaje reune a sus invitados y les dice que la realidad posee cuatro dimensiones, tres planos espaciales y el plano temporal, y que: “no hay diferencia entre el tiempo y cualesquiera de las tres dimensiones del espacio, salvo que nuestra conciencia se mueve a lo largo de ellas (.) los hombres de ciencia saben que el tiempo es únicamente una especie de espacio”. En 1895 ningún hombre de ciencia sabía, ni había soñado siquiera, que el tiempo absoluto de Newton se podía convertir en una dimensión temporo-espacial relativa. Esta intuición sólo fue utilizada en la ciencia cuando Einstein publicó su Teoría especial de la relatividad en 1905. Entonces, ¿tuvo Wells una intuición de poeta al plantear su personaje que el tiempo era la cuarta dimensión y que se podía viajar a través de ella? Se puede demostrar que esta idea había sido pensada y desarrollada antes en dos artículos que escribió, en 1891, para una revista inglesa de nombre Fortnightly review. El primero se tituló The rediscovery of the unique y el segundo The Universe rigid. En estos textos plantea Wells, de manera detallada, la existencia de una dimensión espacio-temporal en el universo. En su autobiografía acepta que a él se le ocurrió esa concepción del tiempo, pero que, quizá era una idea “que estaba en el aire”.

Más allá de su modestia, le hubiera bastado a Wells esta única hipótesis desarrollada en su novela para figurar como el padre supremo de la literatura contemporánea de Ciencia Ficción. Sin embargo, La máquina del tiempo tiene otro elemento fundamental: la asimilación de los alcances biológicos y antropológicos de la teoría de la evolución de Darwin. El protagonista viaja al lejanísimo año 802.701 porque Wells sabía que una especiación del ser humano no podía darse, en teoría, antes. La existencia de los Morlocks (cuyos antepasados fueron obreros condenados a vivir en los sótanos de las ciudades) y los Eloi (cuyos antepasados fueron la clase alta capitalista y ociosa) sólo se podía dar luego de un lento proceso de selección natural.

Pero también está implícita en la novela la herencia lamarckiana de los caracteres adquiridos, para explicar algunas de las transformaciones físicas de ambas subespecies. Por ejemplo, El viajero se da cuenta que los Morlocks han perdido la capacidad de contraer el iris al exponerse a la luz, porque se han adaptado a la permanente oscuridad del fondo de la tierra. Es decir, una situación ambiental ha producido un cambio genético en la estructura del ojo. Los primeros darvinianos aceptaron la teoría de Lamarck, pero luego con el redescubrimiento, a principios del siglo XX, de las leyes de la herencia genética de Mendel la teoría de Lamarck fue proscrita de la teoría de la evolución. Se aceptó, entonces, que las especies evolucionaban sólo por selección natural y por mutaciones genéticas favorables a la adaptación pero producidas por el azar. Un lector de la novela de Wells, que fuese un conocedor de la actual teoría de la evolución, podría decir que desde el punto de vista científico-biológico La máquina del tiempo ha envejecido y ha sido superada.

No obstante, las investigaciones de Eva Jablonka y Marion J Lamb en su libro Epigenetic inheritance and evolution. The Lamarckian Dimension. (1995) han revolucionado de nuevo la teoría evolutiva. Los experimentos más recientes, con las células troncales, permiten afirmar que la explicación más novedosa de la evolución de las especies incorpora al darvinismo un complemento neolamarckista. Es decir, de manera sorprendente, la base biológica expuesta por Wells en La máquina del tiempo vuelve a ser vigente a comienzos del siglo XXI.

Otra cosa son las implicaciones sociológicas de la teoría de Darwin en la novela. Como lo ha señalado Darko Suvin, en su libro Metamorfosis de la Ciencia Ficción (1984), Wells plantea un resultado contradictorio a lo esperado por los primeros darvinistas sociales victorianos. El filósofo Spencer acuñó la expresión “la supervivencia de los más fuertes” para justificar que los aristócratas y los capitalistas sometieran a condiciones infrahumanas a los trabajadores y los pobres de Inglaterra. Pero Wells imagina que la evolución conduce a los resultados opuestos: los pobres, los débiles del capitalismo, se convierten en los Morlocks; que son los victimarios de los antiguos ricos, los Eloi, que se han vuelto el alimento, “el ganado” de los Morlocks. El viajero lo explica, pienso que con ironía, en términos espencerianos: los ricos lo tenían todo y su inteligencia e iniciativa se fue atrofiando hasta llegar a estos Eloi, bellos y estúpidos, que están a merced de los astutos y monstruosos Morlocks. A pesar del socialismo de Wells la novela no es un panfleto porque estas dos subespecies humanas son decadentes y la humanidad del futuro ha logrado “suicidar la inteligencia”.

El patético futuro de La máquina del tiempo es una bofetada a los ideales del progreso científico y social que se respiraba en Occidente a finales del siglo XIX y que Verne encarnó tan bien en su saga de “Los viajes extraordinarios”. Además, el pesimismo se hace apocalíptico cuando el viajero se adelanta treinta millones de años y llega a una “playa terminal” donde el sol está muriendo y sólo existe una especie de animal con forma de balón y tentáculos que se arrastra por una arena desierta. Esta imagen recuerda la hipótesis del Big Bang y la muerte entrópica del universo. Pero también lleva a los lectores a visualizar una de las consecuencias potenciales de la teoría evolutiva de Darwin: la especie humana es contingente y nada garantiza que sigamos existiendo en el universo del futuro. Si Dios ya no está para garantizar el milagro de la perpetuidad de los seres humanos, la ciencia tampoco ofrece seguros de inmortalidad o de progreso infinito a la especie.

 

El final abierto de la novela, cuando el viajero del tiempo no regresa nunca de su nueva aventura temporal, estimuló a cientos de escritores a adueñarse de la temática y la han continuado o recreado con diversa fortuna. Los viajes en el tiempo se han convertido en un filón para la ciencia ficción y en un reto para los físicos y los astrofísicos. Existen, fuera del futuro, viajes al pasado, a universos paralelos y a universos alternos (las denominadas ucronías). Los mejores ficciones de viajes al futuro son, de acuerdo con mi parecer, Crepúsculo (1948) de J.W. Campbell, donde el viajero se desplaza siete millones de años al futuro y encuentra un mundo gobernado por las máquinas; El planeta de los simios (1963) de Pierre Boulle, donde el viajero encuentra una Tierra dominada por los simios y en la que los seres humanos son sus esclavos; y la continuación directa de la novela de Wells: Las Naves del tiempo (1995) de Sthepan Baxter, que utiliza en su trama al mismo viajero de la novela de Wells, en lo que se conoce como: “Ciencia Ficción recursiva” (utilizar personajes o situaciones de novelas precedentes e incorporarlos a la nueva trama).

Los más convincentes viajes al pasado son, entre otros, Los cazadores de Lincoln (1958) de Wilson Tucker, donde existe una corporación denominada “Los investigadores del tiempo” que viajan a la época del presidente Abraham Lincoln a conseguir documentos del pasado; Pobre pequeño guerrero (1958) de Brian Aldiss, donde existe una empresa de turismo de viajes en el tiempo que vende paquetes que incluye la caza de dinosaurios; Proyecto Mastodonte (1962) de Clifford D. Simak, donde mandan una expedición para ir a las minas de uranio de la prehistoria antes de su desintegración nuclear; o Los hijos de nuestros hijos (1974) del mismo Simak, que imagina un éxodo a nuestros tiempos de la humanidad futura, por un peligro invisible e inexplicado, como un refugio de supervivencia de la especie; El último día de la creación (1981) de Wolfang Jeschke, donde viajeros provenientes del futuro, en crisis energética, hacen incursiones al medio oriente para extraer las reservas petroleras; y la excelente y voluminosa novela El Libro del día del juicio final (1992) de Connie Willis, que imagina a cronohistoriadores que van a la Europa del siglo XIV, durante las epidemias de Peste Negra. Pero, para ello, previamente se cauterizan la nariz y son operados de la apéndice.

De los viajes a mundos paralelos existen obras de gran calidad, o interés, como Lo que el tiempo se llevó (1953) de Ward Moore, en la que la guerra civil norteamericana fue ganada por el sur, pero un cronohistoriador viaja, cambia el curso de la batalla de Gettysburg y el norte gana en otro nuevo mundo; El fin de la eternidad (1955) de Isaac Asimov, donde se realizan modificaciones permanentes del pasado que generan diversos futuros en universos paralelos. Uno de los señores del tiempo dice: “La historia que enseñan a los temporales se modifica con cada cambio de la realidad. Desde luego ellos no se dan cuenta. Dentro de cada realidad, su historia es la única verdadera”. Sin embargo, como le pasó a los Eloi, la modificación de los pasados para evitar errores o catástrofes hace que esas humanidades pierdan su impulso evolutivo; Mundos del imperio (1962) de Keith Laumer, que son una serie infinita de Tierras paralelas con modificaciones históricas mínimas; Aristóteles y el arma de fuego (1972) de L. Sprague de Camp, donde una expedición temporal va a la Grecia clásica para enseñarle el método científico al filósofo Aristóteles.

Las Ucronías son universos alternos que no tienen relación con otros mundos paralelos, pero donde se desarrolla una línea histórica diferente a la del autor. En la construcción de la estructura narrativa de una ucronía se parte del siguiente interrogante: “¿Qué habría ocurrido, si lo que ha sucedido realmente hubiera sucedido de otra forma?” Ucronías clásicas son El hombre en el castillo (1962) de Philip K Dick, en la cual la Segunda Guerra mundial fue ganada por Alemania y los países del eje, y la ciudad de San francisco está dominada por los japoneses. El protagonista es un escritor de Ciencia Ficción que escribe una novela donde ganaron los aliados porque el I Ching se lo revela; También está Pavana (1968) de Keith Roberts, que me parece superior a la novela de Dick, donde se nos muestra una Europa dominada por la inquisición, la contrarreforma y la prohibición de las prácticas científicas en pleno siglo XX, debido a que ante el asesinato de Isabel I la armada invencible española venció a Inglaterra en el siglo XVI.

 

Pero existe un legado todavía más interesante de La máquina del tiempo de Wells y consiste en la estrecha relación entre la imaginación literaria y la experimentación científica. Por un lado, los viajes al futuro ya no sólo son posibles en el universo de Einstein, sino que ha sido demostrado su experimento imaginario, mediante relojes atómicos y aviones supersónicos, que cuando la velocidad de un objeto se acerca a la velocidad de la luz, la masa crece hacia el infinito y el tiempo se dilata. Esta velocidad permite avanzar en el tiempo y la gravedad retarda el tiempo. Por tanto, los relojes avanzan más rápido en el espacio que en la tierra. Con viajes más largos a velocidades cercanas a la velocidad de la luz podrían pasar en la tierra décadas, o siglos, pero para los viajeros sería sólo un puñado de años. El físico J. Richard Gott, en su libro Los viajes en el tiempo y el universo de Einstein (2003), ha hecho el siguiente cálculo: si quisiéramos visitar la Tierra en mil años “sólo tenemos que subir a una nave espacial, viajar hasta una estrella que se halle a una distancia algo inferior a quinientos años luz y regresar a nuestro planeta, moviéndonos en ambos trayectos a una velocidad igual al 99,995 % de la de la luz. Cuando estemos de vuelta, la Tierra será mil años más vieja, pero nosotros sólo habremos envejecido diez años. Tal velocidad es posible; en nuestro acelerador de partículas más potente conseguimos que los protones viajen aún más deprisa”.

De otro lado, algunas ideas de escritores de ciencia ficción han estimulado a los científicos contemporáneos a realizar investigaciones teóricas, y también hipótesis científicas han sido utilizadas para construir novelas de viajes en el tiempo. Es decir, el estrecho nexo entre el Wells de la cuarta dimensión de La máquina del tiempo y el Albert Einstein de las teorías de la relatividad sigue persistiendo en el desarrollo actual de la temática. Por ejemplo, Campbell inventó el término de “hiperespacio”, en un cuento de 1934, para referirse a un espacio de más dimensiones en el cual nuestro espacio tridimensional se halla de alguna manera doblado y arrugado, como un “universo de la puerta de al lado”. El científico Michio Kaku ha desarrollado el concepto de Hiperespacio, en el campo de la astrofísica, y está convencido que nos permitirá los viajes en el tiempo al pasado y además ayudará a establecer una teoría de la unificación de todas las fuerzas universales.

El científico Wheeler aportó una variable a este hiperespacio al hablar de los “Agujeros de gusano”, que serían conductos de “superespacio” con pequeños agujeros negros cuánticos que conectan cada parte del espacio con todas las demás partes. Es decir, de esta hipótesis nace el concepto de “deslizamiento temporal” que fue aprovechado por Carl Sagan para escribir su novela Contacto (1985). La protagonista, la astrónoma Arroway, viaja a la estrella Vega, de la constelación de Lira, gracias a un plano de una nave que le mandan los extraterrestres para ir a través de un Agujero de gusano. Lo interesante es que Sagan le pidió al físico Kip Thorne que intentara hacer plausible este viaje de su personaje que se introduciría por un agujero negro en la Tierra y que saldría por otro agujero negro ubicado en el planeta Vega. Thorne ideó la teoría física de ese túnel temporo-espacial y mostró que no sólo servía para viajar en el espacio, sino también para hacer viajes al pasado. Para mantener los agujeros abiertos y que el viajero no sea aplastado, Thorne utilizó el concepto de “materia exótica” que pesa menos que la nada y mantiene abierto el túnel. Él está convencido que en pocas décadas, con el desarrollo tecnológico, estará en capacidad de diseñar un agujero de gusano que viaje al pasado. Pero la gran novela Pórtico (1976) de Frederich Pohl ya se había adelantado a Sagan y Thorne y allí está descrito un agujero de gusano para viajar en el tiempo, muy similar al modelo teórico de Thorne.

Por último, la hipótesis de los taquiones, que son partículas que se mueven a una velocidad superior a la de la luz, propuesta en 1973 por los físicos Roger Clay y Philip Crouch, le sirvieron al escritor y también físico Gregory Bendford para escribir la que considero como mejor novela contemporánea de viajes y comunicaciones en el tiempo: Cronopaisaje (1980); en la cual científicos, ubicados en el año 1988, mandan mensajes taquiónicos al año 1962 para advertir del colapso ecológico a que llegará el planeta, si no se reorienta el desarrollo tecnológico. Con esta novela se llega a un punto muy alto en el tema que fundó Wells, pues es el equilibrio entre una literatura de gran calidad narrativa y una estructura argumental de impecable solidez científica.

La semilla imaginativa de La maquina del tiempo ha dado origen a extensos y fuertes bosques literarios y científicos de la temática y aunque el propio Wells fue escéptico, y en la actualidad físicos como Hawking no creen en la posibilidad real de viajar en el tiempo, otros como Paul Davies, Richard Gott, Kip Thorne y Ronald Mallet están convencidos de que se logrará viajar al futuro y al pasado. De hecho, Mallet a propuesto un nuevo tipo de máquina del tiempo, que utiliza energía luminosa en forma de rayos láser para doblar el tiempo, y ha postulado que en menos de una década existirán viajeros temporales.

En el mundo físico de Newton el viaje al futuro era imposible, pero en el mundo físico de Einstein y de Wells el viaje futurista ya es una realidad. El viaje al pasado parece ser plausible desde el punto de vista de la física einsteniana, pero es ilógico y paradójico para el pensamiento filosófico occidental. Por ello, el viaje en el tiempo, en todas las direcciones, será consistente y posible cuando comprendamos la física de la gravedad cuántica y desarrollemos una nueva filosofía para la reversibilidad. Es decir, para asimilar la frase que Einstein le escribió en una carta de condolencia, un mes antes de su propia muerte, a la familia de su amigo Michele Besso y que hoy la sentimos como un auténtico Koan de filosofía Zen a punto de ser revelado: “Se me ha adelantado un poco en dejar este mundo. No significa nada. Para nosotros, los físicos que creemos en nuestra ciencia, la distinción que se establece entre pasado, presente y futuro no es más que una terca y pertinaz ilusión”.

 

 

3

 

La Isla del doctor Moreau es la novela fáustica de Wells y un homenaje hipertextual al Frankenstein de Mary Shelly. El doctor Moreau y sus experimentos quirúrgicos para crear animales humanizados, por medio del dolor, representa el científico poseído de la soberbia del superhombre creador que desea igualar a los dioses de la naturaleza. Los objetivos de sus experimentos no tienen que ver con el progreso de la humanidad, sino con la autosatisfacción de su intelecto superior y con el deseo de transgredir todos los límites éticos y técnicos, impuestos a los individuos por las reglas de la civilización. De allí que se haya refugiado en una isla solitaria y cuando el visitante Edward Prendick le reclama, que sus “monstruos manufacturados” son investigaciones inmorales, él le contesta con altanería: “Hasta hoy nunca me han preocupado los aspectos éticos del asunto. El estudio de la naturaleza hace que un hombre se vuelva, al menos, tan desprovisto de conciencia y de remordimientos como la naturaleza misma”. La respuesta de Moreau, que no conoce los sentimientos de la compasión y de la solidaridad, anticipa al doctor Mengele y sus discípulos experimentando, en el campo de concentración de Auschwitz, con sus conejillos de indias humanos en nombre del conocimiento puro.

La obsesión de Moreau es el estudio de “la plasticidad de las formas vivientes” y esta temática tiene en la actualidad una importancia biológica y ética crucial. Wells fue inexacto en el instrumento que eligió: la vivisección; pero no en la perspectiva inminente de la creación de quimeras humanas-animales por medio de la manipulación genética de las células troncales embrionarias. Algunos investigadores han comenzado a implantar células troncales neuronales humanas en embriones de ratón, pollo, conejo y vaca. Los resultados han mostrado que el tejido neural se ha fusionado con el cerebro de los animales, pero en todos los casos han destruido estas quimeras en fase temprana. La razón aducida para hacer este tipo de experimentos ha sido el de conocer mejor la estructura y el comportamiento de las neuronas humanas, utilizando modelos animales por la limitación ética de usar humanos para este tipo de protocolos.

La posibilidad, así sea remota, de que esta clase de experimentación termine generando criaturas quiméricas nos debería estimular a la prudencia. Además, creo que una pregunta es necesaria: ¿Está justificada, en este momento, la investigación del tejido neurológico mediante la creación de quimeras ante el riesgo potencial, así sea mínimo aunque con certeza nadie lo sabe, de producir criaturas que incorporen las cualidades del pensamiento humano? Las implicaciones de esta situación son tan peligrosas que podrían abrir la puerta a un futuro posthumano, donde las nuevas especies creadas en el laboratorio terminarían, incluso, imponiéndose.

¿No será qué, además del interés económico por patentar estos linajes celulares quiméricos, se encuentra subyacente a las indicaciones científicas ese lado inconsciente, oscuro y titánico de la hybris que también poseyó Moreau? Pienso que el fantasma de Moreau ronda de nuevo con estas investigaciones de células troncales y la creación de quimeras humanas-no humanas. Lo incierto de los resultados científicos esperados, unido al potencial peligro de crear quimeras con capacidad cerebral humana, ameritan una moratoria que nazca de la propia comunidad científica y esta seria una decisión razonada que nada tiene que ver con ideologías anticientíficas o con creencias religiosas. De nuevo, otra semilla imaginativa creada por Wells en 1896 tiene, ciento once años más tarde, una vigencia científica extraordinaria.

 

Griffin, el personaje albino del Hombre Invisible, es el prototipo del “científico loco” que desea conquistar al mundo y convertirse en el dueño del universo. En cierta forma Griffin es una versión caricaturesca del trascendental doctor Moreau y al ser publicada la novela en la famosa revista Amazing Stories de Hugo Gernsback, quien en 1926 acuñó el término de Science fiction, dio origen a la imagen del “investigador chiflado” que pobló la literatura popular de Ciencia Ficción y que luego pasó al cómic y al cine. Sin embargo, Griffin también ha sido interpretado de diversas maneras. Borges en el prólogo a la novela dijo que: “su hombre invisible es un símbolo, que perdurará mucho tiempo, de la soledad”. Paul A Cantor, en su luminoso ensayo The invisible man and the invisible hand, refiere que la invisibilidad del personaje es una feroz crítica política de Wells a la metáfora económica de “la mano invisible”, que regularía las injusticias del libre mercado del capitalismo, propuesta por Adam Smith en su famoso libro La riqueza de las naciones (1776). Mientras la “mano invisible” de Smith es sinónimo de orden y progreso social, el hombre invisible de Wells es un monstruo de egoísmo y caos.

Esta era la novela, de sus “romances científicos”, más fabulosa de Wells y a pesar de que Griffin le explica a su colega, el doctor Kemp, que su descubrimiento científico se basa “en rebasar el índice de refracción de una sustancia sólida, o líquida, hasta lograr alcanzar el del aire en lo que a fines prácticos se refiere”; nadie se tomó en serio la posibilidad tecnológica de la novela y de allí las lecturas simbólicas, metafóricas y analógicas de su invisibilidad. Sin embargo, para asombro de todos, en el año 2006 el físico inglés John Pendry, investigador del Imperial College de Londres, utilizó la nanotecnología para crear “metamateriales”; los cuales se caracterizan por poseer un índice de refracción negativo y cuando los rayos de luz inciden sobre ellos, se difractan en dirección opuesta al del rayo incidente. Lo anterior permite que un objeto sea invisible a los ojos humanos, como un efecto óptico. Pendry ha expresado que esto tendrá aplicación militar y que los primeros objetos para ser camuflados serán los aviones de combate. Wells nos tenía reservada otra gran sorpresa para sus lectores del siglo XXI y las palabras que Griffin susurra con amargura a Kemp, cuando se siente desesperado y a punto de ser linchado por los ciudadanos del pueblo de Iping, resuenan distinto y con tono profético esta noche, de junio de 2007, en la que estoy escribiendo. “La invisibilidad, en resumen, sólo sirve para dos casos. Es útil para escapar, es útil para matar”.

 

La guerra de los mundos es la novela más famosa de H.G. Wells y todas las versiones cinematográficas son de ínfima calidad. Quizá porque la invasión de los marcianos, con esas descripciones de pulpos marinos que luego dieron origen a los típicos extraterrestres monstruosos de ojos brotados, predominó y mimetizó a la estructura científica sobre la cual se afirma la trama narrativa. Señalo dos aspectos: la idea darviniana de la competencia entre dos especies por un nicho ecológico y la noción de memoria inmunogenética de la especie, que le da plausibilidad médica a la muerte de los marcianos invasores a manos de las bacterias terrestres.

De otro lado, la crítica al imperialismo británico y europeo que hizo Wells es explícita en ese fragmento de la novela que sigue teniendo un valor actual: “Antes de juzgarles con excesiva severidad debemos recordar que nuestra propia especie ha destruido completa y bárbaramente, no tan sólo especies animales, como las del bisonte y el dido, sino razas humanas inferiores (.) ¿Somos tan grandes apóstoles de la misericordia que tengamos derecho a quejarnos porque los marcianos combatieron con ese mismo espíritu?” Lo de “inferiores” es un signo de la influencia de Galton, el padre de la eugenesia, en el pensamiento de Wells, a pesar de su conciencia social y política. De hecho, uno de los puntos antipáticos de sus obras es la descalificación evidente que hace de los negros, los japoneses y de los chinos. Incluso, la mayoría de los personajes sirvientes (por ejemplo, Asano de Cuando el durmiente despierte) son japoneses.

La guerra de los mundos fue otra semilla imaginativa que ha generado el subgénero literario del contacto con civilizaciones extraterrestres, que no debe ser confundido con las seudociencias de la ufología o la cientología, el cual puede ser clasificado en cuatro grandes grupos y donde destaco sus más notables ejemplos narrativos:

1- El extraterrestre como enemigo o seres dañinos (Tropas del espacio (1959) de Robert Heinlein y Los Genocidas (1965) de Thomas Disch).

2- El extraterrestre como inteligencia superior y protectora (El fin de la infancia (1953) de Arthur C. Clarke, Descenso a la tierra (1970) de R. Silverberg, Una canción para Lya (1974) de George R.R. Martin, Contacto (1985) de Carl Sagan).

3- El extraterrestre como ser simbiótico con lo humano o como igual diferente (Crónicas marcianas (1950) de Ray Bradbury, El corazón de la serpiente (1962) de Yefremov, El palacio de la eternidad (1969) de Bob Shaw, La guerra interminable (1976) de Joe Haldeman). Y

4- Extrañas Inteligencias alienígenas no antropomórficas (La nube negra (1957) de Fred Hoyle, Solaris (1961) de Stanislaw Lem, Los propios dioses (1973) de Isaac Asimov, Cita con Rama (1973) de Arthur C. Clarke).

 

 

4

 

Existe un tercer prototipo de científico en la obra de Wells. Cavor, el inventor del metal antigravitatorio cavorita, de Los primeros hombres en la luna. El profesor Redwood y el señor Bensington, los creadores de la sustancia heracleoforbia que produce un crecimiento gigantesco, de El alimento de los Dioses. Los tres están obsesionados con la gloria personal y con la fama. Esos motivos psicológicos los lleva a querer realizar sus experimentos sin tener en cuenta los riesgos sociales de sus descubrimientos. En especial Redwood y Bensington, por encima de los conflictos éticos o de los beneficios reales para la humanidad, producen y experimentan con “el alimento de los dioses” para lograr figurar en la revista Nature y ser reconocidos por sus colegas y por la ciudadanía.

Estos personajes de Wells son tan frecuentes en el ámbito de la ciencia real contemporánea, que han dejado de ser picarescos y, más bien, son un retrato de cómo la inteligencia profunda puede convivir con la banalidad emocional.

De otro lado, pienso que la novela sobre la luna de Wells irritó a Verne no por el invento de la cavorita, si no porque su obra es una parodia de los “viajes extraordinarios” del escritor francés. De hecho, cuando Bedford, el dramaturgo fracasado que acompaña a Cavor, le pregunta al científico que si irán a la luna como lo hicieron los personajes de Julio Verne, una voz narrativa en tercera persona contesta: “Pero Cavor no leía novelas”. Además, recordemos que Verne no se atreve, en nombre de la coherencia técnica, a dejar que sus personajes se posen en la superficie del planeta en su Viaje alrededor de la luna (1865).

Sin embargo, en medio del juego paródico de Wells en esta obra, termina mostrando a la comunidad de los selenitas como un sistema, en apariencia, socialista. En el cual “el gran lunar”, que posee un cerebro gigantesco, manda de manera absoluta sobre cada habitante, y como en un hormiguero la sociedad está dividido en castas y cada individuo hace una única labor especializada, porque ha sido condicionado en su mente y mediante cirugía corporal. Se ha visto en esta descripción de la sociedad lunar al Wells socialista, miembro de los fabianos ingleses, que en su crítica al capitalismo consumista de su época reivindica, a través de Cavor, la superioridad intelectual, social y moral de los selenitas sobre los humanos. Pero creo que no es así.

En realidad la sociedad selenita pintada por Wells es una versión comunista, en la que un gran dictador decide por los demás. El libre albedrío no existe y la aparente satisfacción de los ciudadanos es un mero reflejo de su docilidad programada. De hecho, de aquí tomó Aldous Huxley su idea de las clases sociales genéticas, manipuladas desde su etapa embrionaria para ser felices, de su antiutopía Brave New world (1932). De igual manera, los selenitas escogidos para guardar el conocimiento de todos en sus cerebros, porque no existían bibliotecas, es el origen de los “hombres-libro” de otra conocida distopía, Fahrenheit 451 (1953) de Ray Bradbury.

Cuando, varios años después, Wells entrevistó a Lenin y a Stalin quedó en evidencia que para él, socialista moderado que defendía por encima de las ideologías a los individuos, el comunismo era tan nefasto como el capitalismo. De hecho, Wells fue un furibundo anticomunista, antifascista y anticapitalista. Incluso, su socialismo es contradictorio y conformado por distintas ideas, en apariencia incompatibles, pero eso lo hace muy interesante como escritor de otra de sus temáticas en las cuales también sembró poderosas semillas imaginativas: me refiero a la construcción de distopías y utopías. La sociedad distópica la abordó en su novela Cuando el durmiente despierta y la sociedad utópica en un extraño texto, donde imita el modelo narrativo de la Utopía de Tomás Moro y Los diálogos de Platón, titulado Una utopía moderna.

 

Cuando el durmiente despierta cuenta la historia de Graham, un ciudadano de mitad del siglo XIX, que entra en un estado comatoso, de manera espontánea, y despierta doscientos dos años después en la megalópolis en que se ha convertido Londres. Los adelantos tecnológicos son asombrosos: trenes bala, aviones gigantescos, aeroplanos, medicinas revitalizadoras, cirugía de trasplantes, etcétera. Pero él se da cuenta que estos beneficios de la ciencia son para unos pocos privilegiados, que la mayoría de los ciudadanos son muy pobres, y habitan los inmensos y sucios sótanos de la gran ciudad.

Descubre que él es dueño de las riquezas de la mayor parte del mundo y que un grupo de políticos, administradores de las industrias, han gobernado al planeta en su nombre. Un mundo banal donde el dinero y la acumulación de objetos son el único aliciente para vivir. Una sociedad donde “la ciudad se tragó a la humanidad” y las personas que pueden pagarlo solicitan los servicios de la eutanasia cuando llega la vejez. Existe la Compañía Laboral que ha instaurado una nueva forma de neoesclavitud: paga a los pobres su trabajo con bonos de comida y dormida transitorias. La Tierra se ha convertido en un gigantesco hotel, con millones de habitaciones, que le pertenece a la Compañía. La cual abolió las fundaciones sociales sin ánimo de lucro, para que los pobres no se acostumbren a la vagancia.

En esta sociedad no hay escritores, si no artistas del corte de pelo; las ciudades del placer y la libertad sexual se combinan con la cirugía psíquica para lograr la estabilidad del sistema. Existe un ministerio que elabora la publicidad y la información de los periódicos, y en las calles hay altavoces que suenan a todas horas, susurrando consignas a favor del grupo que maneja al mundo. Graham expresa, con ironía, que: “el mundo ha cambiado. Como si la gangrena hubiese tomado posesión de él y hubiera robado a la vida todo lo que vale la pena de poseerse”. La distopía que nos presenta Wells es la de un sociedad capitalista banalizada, donde la tecnología y la publicidad están diseñadas para estimular el consumismo de sus ciudadanos. Pero, de otro lado, las diferencias socioeconómicas de la población han creado esos millones de neoesclavos trabajadores, que están al servicio de las máquinas en fábricas subterráneas donde no entra nunca el sol. De hecho, estos obreros del Londres del siglo XXI serán los ancestros de los futuros Morlocks.

Sin embargo, la crítica de Wells no es sólo al capitalismo salvaje, pues el personaje Ostrog, que recuerda a una mezcla de dirigente bolchevique y de nazi, levanta al pueblo en armas contra el grupo de los industriales, aprovechando la presencia de Graham, en nombre de la justicia social. Cuando llega al poder no cumple ninguna de sus promesas de reivindicación social y ante el reclamo del antiguo durmiente se revela su verdadero proyecto: el pueblo es y será siempre la materia prima para ser engañado, moldeado y “después de todo, como todos los reinados, mi reinado no es sino fe. Es una ilusión creada por la imaginación de los hombres”.

Esta novela de Wells es, para mi gusto, una de sus mejores obras y de aquí surgieron y se alimentaron la mayoría de las grandes novelas distópicas contemporáneas: Nosotros (1922) de Yevgeni Zamyatin, Un Mundo Feliz (1932) de Aldous Huxley, Kallocain (1940) de Karen Boye, 1984 (1949) de George Orwell, El maullido del gato (1952) de Kurt Vonnegut, Limbo (1952) de Bernard Wolfe, Mercaderes del espacio (1953) de Pohl y Kornbluth, Retorno de las estrellas (1961) de Stanislaw Lem, la trilogía: Mundo sumergido (1962), La sequía (1963), Mundo de Cristal (1966) de J. Ballard, Todos sobre Zanzíbar (1968) de John Brunner, la extraordinaria 334 (1972) de Thomas Disch, y Los Desposeídos (1974) de Ursula K. Le Guin, entre otras.

 

Una Utopía Moderna es la más filosófica de las obras de ciencia ficción de Wells. Dos personaje llegan, por medio de la imaginación, a un planeta que es idéntico a la Tierra pero donde se ha construido una auténtica utopía moderna. La estructura utópica de Wells es tomada de La República de Platón, pero con las siguientes variantes: la sociedad no es cerrada, sino abierta, gracias a la aplicación de las ideas de Darwin que le permiten al protagonista plantear la existencia de una “utopía cinética”, no como los antiguos modelos utópicos que eran estáticos, pues si la sociedad está en movimiento y en transformación constante entonces: “no construimos fortalezas, pero si buques que continuamente evolucionan”.

De otro lado, Wells muestra una especie de socialismo democrático de base, pero dirigido por una élite que denomina “samuráis”, que es una “nobleza voluntaria” conformada por adultos responsables que poseen distintas profesiones. Ellos juran actuar de acuerdo con el bienestar común y nunca favorecen sus intereses personales. Estos “samuráis” son equiparados a los “guardianes” de La República de Platón y a los antiguos miembros de la sociedad secreta de Los Templarios. Pero, por otro parte, la tecnología y los científicos, de una nueva Casa de Salomón como en La Nueva Atlántida de Bacon, son la garantía para el bienestar económico y corporal de los ciudadanos pues la máquina se ha usado “para liberar a los hombres de los trabajos enojosos”.

La nueva Utopía es un Estado mundial único, que ha superado las barreras artificiales de los países, y permite que los ciudadanos viajen por cualquier sitio que les apetezca. Se respeta la diversidad de opiniones en todos los campos y la libertad del individuo es el núcleo conceptual de la Utopía. Hay libertad religiosa y política. Existen cuatro clases de personas: los poliéticos, los cinéticos, los obtusos y los villanos. Los poliéticos son creadores mentales, los cinéticos eficientes trabajadores cuya imaginación no excede lo conocido, los obtusos son aquellos que imitan y son incompetentes, y los villanos son los que actúan pensando siempre en sí mismos y carecen de sentimiento moral.

Sin embargo, todos tienen derecho a existir y la utopía moderna se justifica desde la diferencia y no desde la uniformidad de pareceres. Pero los poliéticos son valorados como una especie de héroes que recuerda a la teoría del superhombre Nietzscheano. Además, en esta sociedad se defiende la eugenesia como forma de regular los nacimientos y no se acepta la esclavitud “porque hace injustos a los superiores. Con una raza realmente inferior sólo cabe hacer una cosa: exterminarla”. Es decir, en la utopía de Wells, a pesar de sus ideas socialistas, de su orden platónico, de su individualismo nietzscheano, de su perspectiva evolutiva darviniana, cabe también este pensamiento escandaloso que recuerda al Himler de la SS Nazi. Lo cual reafirma que el hombre Wells fue contradictorio y esa mezcla de sentimientos y de ideales, de prejuicios de caballero inglés victoriano y de liberalidad de bohemio de los bajos fondos de Londres, lo hacen desde el punto de vista de su narrativa un autor fascinante e inagotable, porque nunca escribió con la seguridad monolítica que sólo le es dada a los fanáticos, a los ignorantes y a los estúpidos.

 

Wells está más vivo, en este siglo XXI, que varios de nuestros escritores contemporáneos que todavía escriben, como decía Stendhal, “para nuestras abuelitas”. Además, la sorprendente vigencia de sus “romances científicos” me permiten proponer otra definición de “clásico”: es aquel texto que sirve para interpretar el futuro. Nuestro propio futuro visto con los ojos del viajero del tiempo, que ahora sabemos cuál es su nombre: H.G. Wells. Si la filosofía occidental, como se ha dicho, es un pie de página de la obra de Platón; también es válido decir que la literatura de Ciencia Ficción moderna es un pie de página de los “romances científicos” de Wells. Pero sus semillas de la imaginación también han crecido en los campos de la ciencia y parece que algunos investigadores quieren transformar sus novelas en realidades tecnológicas.

 

Imagino, en este momento, al joven Wells, proveniente del siglo XXIII, descendiendo de su máquina del tiempo en la biblioteca Nacional de Buenos Aires, en una tarde plomiza del 14 de marzo de 1956. Luego entra a la oficina del director y le ofrece un nuevo par de ojos, para que también aprenda a leer los ideogramas de la lengua china, y pueda ver El ciudadano Kane cuantas veces quiera.

 

 

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