¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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CANADÁ

Simone miró con atención a través de la ventana delantera de la casa, deseando estar vestida. Había llegado el hombre del jardín, perturbando la calma de su formal aunque exclusivo vecindario. Salió y dio un portazo, como siempre. Aun a través de las paredes podía oír el rechinar de los parlantes de la radio. ¡Maldito hombre! Pero Simone no estaba de humor para apurarse y al menos su césped después se vería bien.

A pesar de que el servicio era caro incluso para sus estándares, la gente que mandaban de ese sofisticado departamento dejaba algo que desear.

De golpe, incapaz de controlar el impulso, abrió la puerta y asomó su cabeza torpemente. “¡Señor! ¡Señor! ¡Señor Fred!” gritó, pero al parecer el hombre no la podía oír. Cerró la puerta taciturna, bastante segura de que el tipo no habría tenido el descaro de ignorarla sin más. Con otra mirada a través de la pequeña abertura, lo contempló mientras se disponía a trabajar. Después la señora de la casa volvió a su toilette; esa rutina matinal influía mucho sobre su estado de ánimo de cada día.

Afuera, Fred, como siempre, ignoró las etiquetas adhesivas rojas pegadas en todos los tanques y equipos. Había sido un pulverizador autorizado durante diez años. Todos habían pasado por interminables reuniones de seguridad cuando los habían contratado, y una vez al año en primavera, poco antes de que la estación comenzara. Las tonterías usuales; no lo beba, no lo meta en sus ojos, ese tipo de cosas. No lo aplique directamente sobre la piel. No lo aspire, pensó con una triste mueca de disgusto. En este trabajo no había forma de salvarse de recibir algunos químicos y esas cosas encima de uno cada tanto; simplemente no había manera de evitarlo. Gracias a Dios, no era estiércol líquido de cerdo o alguna otra antigüedad de ese tipo. Ayer Fred se había salpicado la entrepierna, y el día estaba frío y ventoso, categóricamente desagradable. Por suerte guardaba un mameluco limpio en el camión, enrollado debajo del asiento.

Lo que le estaba aplicando al parque de los Wheatley era el último furor entre los clientes de los suburbios, que le daban una alta prioridad a sus ringleras de césped. De hecho, algunos podían ser poco razonables y esperar que el pasto tupido llegara hasta la base de un árbol, algo prácticamente imposible debido a la sombra y a la falta de lluvia. Algunas de estas personas se enloquecían por los parches de césped del lado seco, a sotavento, de sus casas. Fred no iba a ir ahí todos los días para regarlo. El propietario de la casa tenía que hacer algúntrabajo.

Dio un respingo cuando lo escuchó en la radio otra vez. Lo estaban pasando cada veinte minutos esa semana.

Baytown era un mercado pequeño y el tiempo de transmisión en la radio se había abaratado después de la recesión.

“Nanobots, nanobots, estamos felices,

“Cómprenos una vez, y trabajamos gratis,

“Nanobots, nanobots en su césped,

“Matamos a todos los insectos y sus huevos,

“Se acabaron las hierbas malas en un día soleado,

“¡Nanobots, nanobots, servicio completo!”

“Cómprelos una vez y nunca tendrá que volver a desmalezar o a rociar su césped”, concluyó la voz del anunciante, mientras la música se desvanecía. Fred Thorsen no se podía sacar ese loco jingle de la cabeza. Cuarenta y tantos años, padre soltero de dos niñas pequeñas, tenía una imagen mental bonita y naïve de una criatura con forma de cápsula, con seis patas doblemente articuladas, y un par de lentes en el extremo frontal. Diminutas, mecánicas, automatizadas, con ondulantes antenas de aspecto curioso. Sí, mandíbulas curvas para agarrar, y alguna clase de aguijón en el extremo dorsal. La noción de que estaban construidas con estructuras delgadas como moléculas era de limitado interés para Fred, bebedor de cerveza, consumidor de fútbol y póker por TV. Acababan de lanzar su campaña radial de primavera, y el camión que Fred tenía asignado sólo podía recibir la emisora AM local, porque la antena estaba fuera de servicio. Los muchachos de la tienda decían que esas cosas eran tan pequeñas que podían andar reptando por tus vasos sanguíneos y nunca notarías la diferencia. Era sólo un producto para Fred. Éste no era el mejor trabajo del mundo, pero era el único que tenía. Cuando la compañía compró la franquicia se suponía que iban a cambiar por brillantes tanques de metal, especialmente refrigerados para mantener fuera el calor y la luz del sol. Bueno, esos tanques eran muy caros. Simplemente, no lo hicieron: los dueños eran demasiado tacaños o demasiado estúpidos. No era problema de Fred si las cosas salían mal o algo así. Como sea, parecían funcionar bastante bien hasta ahora, y si los clientes estaban felices, Fred también lo estaba.

Todos estos pensamientos pasaron por la mente de Fred mientras perdía tiempo sacando guantes y embudos, llaves mecánicas y latas de aceite del gran depósito que estaba al costado del camión. No necesitaba ninguna de esas cosas, pero si uno terminaba su trabajo antes de tiempo, le encontraban otro manojo de órdenes y entonces seguramentellegaría tarde a cenar. Fred tenía un par de comidas Salisbury congeladas y listas para servir, para comer en un plato, no en bandejas de papel metalizado brillante. Con un par de Black Label fríos, una cena que cualquier hombre podía desear. La verdad, a Fred le gustaban esas cenas.

Cada desquiciado viernes tenía que asistir a las reuniones obligatorias de ventas, que incluían café y donas, además de charlas motivadoras genuinamente estúpidas. Cada semana, uno u otro departamento tenía que presentar un sketch, una sátira, o algún tipo de número cómico. Los payasos tocando el banjo habían sido representados hasta el cansancio. Al departamento de Atención al Cliente le tocaba el turno en dos semanas. Fred experimentaba una enfermiza sensación de temor ante esta perspectiva. La gerencia de la compañía quería que fueran como una gran familia feliz. “Una atmósfera hogareña en el trabajo”. Estaba en su declaración de objetivos. Mientras desenrollaba la manguera de aire para cargar los tanques del aplicador, una linda fuente de energía verde para los cabezales distribuidores rotatorios, reflexionó por decimoséptima vez que quería salirse. Nadie lo había cuestionado nunca, pero el aire se comprimía con electricidad, que venía del mismo lugar de donde venía todo.

A pesar de toda la charla científica y de alta tecnología, después de un tiempo era uno de los trabajos más aburridos del mundo. Los nanobots eran el resultado de décadas de investigación científica, reconoció, levantando el ancho tapón del tanque de plástico blanco semitransparente. La lechada o “aplicación”, como se la llamaba en la jerga de los cuidadores de césped, lucía y olía igual que siempre. Tenía su habitual color oliva apagado o verde musgo, y el tranquilizador aroma a humus fresco, mojado, flotó en el aire hasta las ventanas de su nariz. Solamente había un levísimo asomo de fermento.

Todo parecía estar bien cuando abrió las válvulas y enganchó la bomba. Llenó el tanque de la unidad remota hasta el borde. Esta cuenta, la de los Wheatley, tenía un frente de setenta y cinco metros, y estaba compuesta de al menos una hectárea de césped pulcramente mantenido, que se extendía detrás de la larga casa horizontal de ladrillos marrones, engañosa en sus líneas bajas, pero que debía tener veinticinco metros de fachada y el tamaño de una catedral en el interior. Una vez se le había permitido permanecer de pie en el vestíbulo, y una bastante imperiosa señora de la casa le había dado un vaso alto de limonada, como si quisiera probar que los plebeyos nunca estaban lejos de su corazón o de sus pensamientos.

Sí, ella probablemente reza por mí. Se rió con la idea. El aplicador automatizado se movió hacia el extremo de la rampa del remolque, mientras él lo guiaba con cuidado con el dispositivo de control manual infrarrojo, no muy diferente al de la unidad de control remoto de un modelista. Podía hacerlo ir a cualquier lado y aplicar casi cualquier cosa. El estrepitoso sonido de rango medio de sus bombas y rotores quebraba la tardía quietud de mayo. Fred bajó su protección auditiva, agradecido por los nuevos cascos livianos que la compañía les había suministrado ese año.

Al llegar a la esquina más cercana del parque detuvo la máquina después de un cuidadoso alineamiento. Se remangó la camisa, la temperatura estaba subiendo con rapidez. Así es la cosa, pensó, rascando ociosamente un lugar irritado en su antebrazo izquierdo, y continuó meditando. A primera hora de la mañana hace un frío del infierno, después te empieza a sudar el trasero. Tomando el control de encima de la cubierta de la unidad del aplicador, Fred puso manos a la obra y comenzó a llevar la máquina de acá para allá, dando vueltas y vueltas en el amplio parque de los Wheatley. La picazón de su brazo izquierdo persistía. Probablemente un mosquito de principios de estación, pensó el cuidador de césped, y no le prestó más atención al asunto. Había olvidado por completo el hecho de que, al ducharse esa mañana, había notado un parche rosado bastante grande, el comienzo de una erupción en el muslo izquierdo. Un buen puñado de Gold Bondhabía aliviado esa comezón. El pobre Fred no lo sabía pero ya era un hombre muerto. Los nanobots estaban construidos con moléculas orgánicas e inorgánicas. Para poder reconocer organismos, las nano-computadoras que hacían las veces de cerebros estaban basadas en modelos orgánicos. Tenían que ser capaces de oler las presas y de diferenciar entre el pasto y las hierbas malas. Para poder auto-replicarse como buenas maquinitas de von Neumann, habían sido diseñadas para propagarse, anidar y empollar a su descendencia. Y era crucial que no mutaran bajo el calor excesivo del sol, con los rayos que se filtraban a través del plástico translúcido de los tanques de estilo antiguo. Expuestos demasiado tiempo al calor del día, sus pequeños nano-cerebros habían empezado a trastornarse y sus apetitos normales habían cambiado hasta el punto de que eran capaces, e incluso estaban ansiosos, de derribar una pieza de caza mayor.

 

***

 

La señora Simone Wheatley oyó el ruido de un golpe a través de la pared de su vestidor privado. Brincó de la silla frente al tocador. Sujetando con fuerza la bata alrededor del cuello, la mujer tropezó al pisar una de las zapatillas andrajosas de Hank, que quedaban siempre en el mismo lugar cuando él terminaba de vestirse. Echó una mirada a través de las inmaculadas cortinas de nylon de la ventana del dormitorio de atrás, pero no pudo ver nada. Se arropó con una de las gruesas batas de baño de Hank y se dirigió hacia la cocina y la puerta trasera del comedor. Podía oír al hombre del césped ahí afuera. La nota distintiva del bonito robo-tractor que usaba estaba próxima a la casa. Abriendo la puerta del patio, se preguntó ociosamente si habría chocado contra un árbol, lo que significaba que tendría que tener una charla con él al respecto. Los esfuerzos en la decoración exterior de Simone habían sido recompensados recientemente con una Honorable Mención en el certamen anual de fotos de Maestros Jardineros, patrocinado por una guardería infantil de la zona. También había aparecido en la página cuatro de la sección Estilos de Vida del diario local. Todo un honor para ella. El hombre del jardín no se veía por ningún lado, y, desconcertada, contempló la máquina que, resoplando, se mecía y vibraba a medio metro de la pared de su dormitorio. Aunque todavía funcionaba, parecía estar en algún modo de pausa o lista para arrancar.

Haciéndose sombra sobre los ojos por el deslumbrante sol, miró a su alrededor. ¿Dónde diablos estaba el tipo del césped? Era difícil conseguir buen servicio en estos días.


Ilustración: Guillermo Vidal

Su atención fue atraída por un espantoso y resollante gemido, sollozos guturales y palabras incoherentes, que venían de atrás del garaje con capacidad para tres autos. Justo cuando estaba buscando una vara fuerte, un arma de algún tipo antes de ir ahí, los quejidos se elevaron en un crescendo. Simone dio un paso hacia atrás a través de la puerta abierta.

—¿Hank? ¡Hank! —ladró, esperando que su esposo se pusiera de pie más rápido que lo habitual… Dios, Hank se estaba volviendo tan lento y estúpido estos días.

Los espantosos gemidos del patio trasero le erizaron los pelos de la nuca. Un estremecimiento la recorrió de la cabeza a los pies. La ráfaga de miedo se convirtió rápidamente en cólera.

—¡Hank! —bramó, enfurecida. No hubo respuesta del otro cuarto, a escasos nueve metros de distancia. Repentinamente le llegó el ruido sordo de pasos en el césped húmedo, y saliendo precipitadamente de atrás del resguardo del garaje, lo que alguna vez había sido Fred Thorsen corrió a toda velocidad. Simone lo miró consternada, clavada en el lugar, hipnotizada por lo precipitado de la situación.

Fred cubrió unos veinte metros y golpeó con la cara el tronco del árbol más grande del parque, con un sonido pastoso, como un pegote de budín que cae del tazón al piso. Simone se quedó sin aliento cuando el hombre se desplomó en el pasto. La aturdió el hecho de que había rebotado. Notó su objetividad con una especie de horror, mientras el hombre yacía ahí, tan quieto, tan fláccido y tan plano, como si estuviera muerto. Nunca hubiera imaginado que un hombre pudiera rebotar de esa manera. El horror la dejó entumecida. Vagamente se dio cuenta de que estaba en shocky pensó que el hombre del pasto estaba muerto… ¡Oh, Dios!

—¡Hank! ¡Hank! —le gritó a su marido, que dormitaba en su silla en la sala de estar, con los diarios del día anterior y de esa mañana completamente desparramados en el piso alrededor de él.

 

 

Louis Bertrand Shalako vive en Canadá. Estudió Radio, Televisión y Periodismo en el College of Applied Arts and Technology de Sarnia, Ontario. Louis fue criado para montar bien, para disparar bien, y para decir la verdad siempre. Le gustan el ciclismo y la natación, y es un amante de los buenos libros. Vive con su anciano padre, que sufre de la enfermedad de Parkinson, en un pequeño bungalow del tiempo de la guerra lleno de libros, gatos y modelos de aviones. Se siente muy afortunado por haberse retirado temprano y tener la oportunidad de escribir a tiempo completo. Todavía tiene salud y eso es lo principal, según Louis.

 


Este cuento se vincula temáticamente con MI MALDICIÓN, MI PENA, de J. Javier Arnau, VIDA ETERNA, de Eduardo Cabral, UN MISTERIO URBANO EN ROSARIO, ARGENTINA, de Fabián Casas

 

Axxón 204 – enero de 2010
Cuento de autor norteamericano (Cuento : Fantástico : Ciencia-Ficción : Nanotecnología : Sociedad : Canadá : Canadiense).


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