¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ESPAÑA

Cuando el vehículo policial se detuvo, la medianoche imperaba como un dios antiguo.

En el sereno cielo de diciembre podían verse las estrellas, destacando como purpurina esparcida en un vasto mantel negro.

Habían parado en un descampado, en medio de la nada, junto a un camino agrícola que distaba un kilómetro de un polígono industrial alejado de la capital. Los faros del coche eran la única luz artificial en aquel terreno, y su haz blanquecino bañaba varias decenas de metros de terreno árido. Muy lejos, podían distinguirse en el horizonte los edificios arracimados en la ciudad, como una orgía de luciérnagas copulando.

Tomás, el policía que estaba en el asiento del copiloto, gruñó antes de abrir la puerta. Era un hombre corpulento. Su rostro feo e hinchado por la comida rápida mostraba un profundo desagrado por quien transportaban en el asiento trasero, detrás de la mampara. Bajó primero el pie derecho a tierra. La suela de la bota Swat crujió al aplastar las piedrecillas. Después se ayudó a salir aferrándose con ambas manos al chasis del vehículo. Parecía un enorme gorila de pecho plateado saliendo del interior de una cueva.

Hacía frío. Mucho frío. El ordenador del coche marcaba dos grados bajo cero y un viento lacerante estremecía la noche. El conductor, David Arosta, un policía de la última promoción, dejó el motor encendido y salió con el rostro serio, situándose detrás del veterano.

Tomás se colocó junto a la puerta trasera derecha del vehículo y, tras un bufido, abrió la puerta.

En el interior había un niño. Tenía poco más de once años, aunque en su mirada despierta se adivinaba la agudeza propia de los chavales que viven en la calle.

—Baja, hijo de puta —conminó el agente.

El niño salió del vehículo con bastante agilidad, mucho más rápido de lo que lo había hecho Tomás e incluso su compañero. Ambos sabían que si el chiquillo echaba a correr, no lograrían alcanzarlo. Claro que esta vez miraban con tanta seriedad al pequeño delincuente, que parecía que pudieran llegar hasta el final. Por eso, Ismael, hijo de los Putrescu Garmendia, residentes en una parcela de la calle Salillas, tenía miedo por primera vez a la policía.

Ismael pertenecía a una larga estirpe de traficantes y chorizos procedentes de los montes transilvanos, aunque asentados hacía varias generaciones en la península. A los seis años, el chiquillo robó su primer ciclomotor. A los nueve ya había prendido fuego a cuatro coches y hurtado en medio centenar de comercios, siempre en horas nocturnas. A los diez comenzó a ayudar a sus primos a transportar las papelinas envueltas en papel de plata, sirviendo de enlace entre dromedarios y almas venidas a menos. Pero la policía vestida de paisano, que acechaba todas las noches en vehículos sin distintivos, acabó por hartarse de su impunidad. El mismo Tomás había cogido al menor con las manos en la masa en dos ocasiones, con sendas bolsitas de las que el niño había jurado que eran harina para su tía, la panadera. Desde luego, el crío era una de las jóvenes promesas del barrio. Al paso que iba, pisaría el talego al día siguiente de cumplir la mayoría de edad, por más que el Código Penal perdonase sus pecados anteriores. Pero Tomás no estaba dispuesto a esperar tanto tiempo.

—Ahora vas a cavar —dijo el corpulento policía, sacando una pala del maletero del coche y tendiéndosela al niño.

—¿Qué? —inquirió el chaval, mirándolo con los ojos desorbitados.

—¡Que caves, coño! —ordenó Tomás, ofreciendo esta vez la pala con los brazos en tensión.

Ismael la asió. Le resultó muy pesada al principio y dejó caer la cabeza de hierro en el suelo. Después, haciendo un esfuerzo, la levantó unos centímetros del suelo y trató de incrustarla en la tierra con un golpe seco. Con ayuda de un pie, pudo hundir más la pala. Así comenzó a cavar.

—Apaga el motor, compañero —pidió Tomás al joven Arosta, sacando de su funda la linterna con la que comenzó a alumbrar al pequeño.

Arosta, algo aturdido por el comportamiento del veterano, apagó el motor. Las luces y el ronroneo del vehículo se extinguieron. En la oscuridad podían distinguirse las tres sombras en torno a la linterna. Una de ellas cavando penosamente en el suelo árido. Las otras dos expectantes.

—¿Por qué estoy cavando? —inquirió Ismael, resoplando por el esfuerzo que le arrancaba cada palada.

—Porque me sale de los huevos —respondió Tomás—. ¿Recuerdas la vez que me hiciste correr detrás de ti por toda la calle Villalpando? ¿Recuerdas, mocoso de mierda?

El policía se acercó con una horrible mueca de furia en los labios. Ismael comenzó a temblar. Arosta nunca había visto así al muchacho, pese a que ya se había topado con él en una docena de ocasiones en solo un mes. Con el pelo alborotado, extremidades delgadas y la tez pálida característica de los Putrescu, ese chico resultaba ser todo un demonio. Esa maldad contenida podía intuirse normalmente si se le miraba a los ojos. Aunque ahora era diferente. Por primera vez, Ismael parecía temer lo que le iba a suceder, y eso había permitido evolucionar la expresión de su mirada hasta aparentar una imagen más cándida.

Arosta habría terminado con aquello. Ya era más que suficiente. El chico había recibido su pequeño susto, su merecido. Quizás ahora aprendería a respetar a los demás. No era necesario ir más allá, pero sabía que Tomás deseaba hacerlo. Y Arosta no se atrevía a contradecirle. Conocía el mal genio de su compañero.

—¿Quién te ha dicho que pares de cavar? —gruñó Tomás propinándole un puntapié al muchacho en la espalda. El niño cayó al suelo. Una lágrima furtiva parecía asomar en su mirada.

Ismael volvió a coger la pala e insistió en su labor. Apenas había cavado un hoyo de tres palmos de profundidad.

—¿No crees que te estás pasando? —le susurró Arosta a su compañero.

Pero Tomás no le escuchó y siguió insultando al pequeño, regalándole un bofetón cada vez que abandonaba el mango de la pala.

Transcurridas tres largas horas, Tomás ordenó a Ismael que se detuviera. El hoyo estaba terminado. Metro y medio de profundidad. El pequeño resollaba con la pala en la mano. Sus rodillas apenas podían tenerlo en pie.

Entonces Tomás se acercó al agujero, de forma de sus botas quedaron a la misma altura que la cabeza del muchacho.

—Descálzate y dame tus zapatillas —dijo desde arriba.

—¿Qué pretendes? —preguntó Arosta.

El joven obedeció sin rechistar. Sabía que una nueva queja conllevaría otra bofetada o muchas más paladas en la tierra, de manera que se limitó a desatar los cordones para darle a Tomás lo que reclamaba.

—Ahora ponte estas bridas en las muñecas —instó el veterano policía lanzándole unos cordones tan efectivos como el mejor de los grilletes.

—No —respondió el joven.

—¿Cómo dices?

—No me las pondré —dijo Ismael—. Quieres matarme, ¿verdad?

—Nadie va a matarte si te portas bien, estúpido —rezongó Tomás, aunque desenfundó su arma con la mano libre. Montó la pistola con un rápido movimiento y apuntó al chico a la cabeza.

—¿Qué coño haces? —exclamó Arosta, mirando a su compañero con una mezcla de miedo e incredulidad. ¿Verdaderamente pensaba acabar con la vida del chiquillo? Si era así, no estaba dispuesto a permitirlo. Como policía no podía permitir ese crimen. Como persona, tampoco. Estaban yendo demasiado lejos.

—Ponte las bridas y cíñetelas fuerte—ordenó Tomás.

Ismael miró a ambos policías con perplejidad. Intentó buscar la respuesta en Arosta, pero éste desconocía igual que el niño la dirección que iba a tomar el asunto. El chico tuvo que obedecer y tensó al máximo las bridas. Una vez le demostró al policía que le resultaba imposible liberar sus manos, empezó a lloriquear desde el fondo del hoyo.

—¿Qué me vas a hacer, cabrón?

Tomás esbozó una sonrisa siniestra.

—Veremos si descalzo, cansado y maniatado eres tan ágil —explicó.

El veterano se giró hacia su compañero.

—Ya podemos irnos.

—¿Y qué hacemos con él? —preguntó Arosta señalando al chiquillo.

—Lo dejamos aquí —dijo Tomás—. Mañana por la noche volveremos a por él. Ahora regresamos a la comisaría.

—No podéis dejarme aquí, tengo mucho frío, por favor —suplicó el chico.

Tomás lanzó una carcajada tan fuerte que parecía que el manto de estrellas devolviera el eco.

—Seguro que es la primera vez que pides algo por favor, ¿eh, chaval? —dijo—. Mañana por la noche vendremos a buscarte y te dejaremos libre.

Después le dijo a Arosta que se marchasen. El policía recién licenciado, aunque receloso, optó por seguirle la corriente a su compañero.

Segundos más tarde, el vehículo policial encendía las luces y se alejaba por donde había venido. El pequeño Ismael se quedó allí, en el hoyo excavado por él mismo, pidiendo ayuda a gritos. Al principio intentó zafarse de las bridas mordisqueándolas. Necesitaba deshacerse de ellas antes de que llegara el alba y el sol lamiera su piel macilenta. Pero sus dientes no eran suficientemente afilados. Todavía no. Intentó trepar por la pared de tierra con las manos maniatadas, algo que le resultó imposible y terminó con las escasas fuerzas que le quedaban. Sólo le restaba esperar, aguardar lo irremediable. En unas pocas horas el sol brillaría y su miserable existencia sería la más breve de todo su linaje.

 

—¿Y si alguien lo encuentra? —inquirió Arosta, mientras conducía con la vista fija en la calzada.

—¿Quién va a pasar por ahí? —preguntó Tomás—. Casi nadie circula por esos caminos agrícolas. Y aunque lo hagan, no se van a asomar a cualquier hoyo que vean a lo lejos.

—Pero el chico podría gritar y llamar la atención…


Ilustración: Pedro Belushi

—Escucha —lo interrumpió el veterano con un movimiento tajante de la mano izquierda—, sé que no estás nada de acuerdo con lo que he hecho. Pero ese puto crío necesitaba un buen escarmiento. Si lo encuentra alguien antes de que nosotros regresemos mañana, mejor para él. No hay pruebas de lo que hemos hecho. Sería su palabra contra la nuestra. Nadie podría acusarnos. Después de todo, el chico estará bien. Y si mañana nos lo encontramos jodido con una pulmonía, mejor. Mejor para nosotros y para todos aquellos vecinos que han sufrido sus gamberradas. Así aprenderá.

—Sigue sin gustarme —rumió Arosta. Desde luego, esas prácticas no tenían nada que ver con los protocolos aprendidos en la academia policial.

—En cualquier caso, recuerda que lo hemos hecho los dos —añadió Tomás.

Esta última frase hizo perder la concentración al conductor, que desvió la mirada de la carretera.

—¿Qué coño estás diciendo?

—Tú pudiste impedírmelo —explicó Tomás, mostrando un rostro triunfal—. Es así de fácil. Como se te ocurra decirle algo a nuestros superiores, o a algún otro, te meto un tiro por el culo. Recuerda que vamos los dos en el mismo coche. Somos un equipo, joder.

La conversación se eclipsó con el último comentario, y el resto del camino de regreso lo pasaron en completo silencio. Solo la emisora policial chasqueaba de vez en cuando para solicitar la presencia en algún lugar de la capital.

 

Aquella mañana, tras terminar con su jornada laboral nocturna y regresar a su piso de alquiler, Arosta no durmió bien, pese a bajar completamente las persianas y ponerse tapones en los oídos. Pensó en todo momento en lo que podría haberle ocurrido al chiquillo, arrepintiéndose por no haber impedido el abuso. No podía fiarse de la palabra de su compañero. Recordó el cañón de la pistola apuntando el cráneo del pequeño ladronzuelo, y le dolió la cabeza de tanto darle vueltas. ¿Seguro que Tomás pensaba liberar al chiquillo? ¿O tenía pensado liquidarlo? Decidió regresar antes de que alcanzara la noche y a Tomás se le ocurriera continuar con la tortura.

Llegó en su vehículo particular. Eran las cinco de la tarde cuando alcanzó el descampado donde habían obligado al niño a cavar el foso. Estacionó al margen del camino agrícola. Prefirió no adentrarse en el campo con su coche. Las piedras y baches podían arruinar los amortiguadores que tan poco le importaban cuando conducía en un vehículo policial.

Se acercó andando al hoyo. Recordaba exactamente su situación. Cuando lo tuvo al alcance de la vista, se acercó con cierto sigilo. Quizás el chico estuviera durmiendo en su interior. Tal vez hubiera tenido mejor suerte y un agricultor lo hubiera liberado a primera hora de la mañana. Nadie gritaba pidiendo ayuda. No se escuchaban sonidos en su interior.

Cuando lo encontró, no pudo detener el vómito de la comida del mediodía. En el fondo del hoyo yacía una figura extraña. Una especie de animal calcinado por el impacto de un rayo o algo semejante. Parecía un murciélago de proporciones grotescas, algo mayor que un perro de presa. Tenía unas alas membranosas quebradas y retorcidas, como si hubiera fallecido después de soportar un gran dolor. Junto al cadáver, Arosta descubrió los restos indemnes de las bridas que Tomás le había obligado a ponerse al hijo menor de los Putrescu. Eso le provocó un escalofrío tan hondo que sus rodillas flaquearon, y a punto estuvo de caer al agujero junto al despojo carbonizado.

Decidió coger la pala apoyada en la pared del foso. Con ella tardó casi una hora en devolver la tierra al hoyo, enterrando el cadáver. Nadie debía descubrir lo que sus ojos habían visto. Después metió la pala en el maletero de su coche y se alejó de aquel maldito lugar, persignándose por primera vez en muchos años. No volvería a patrullar durante las noches.

 

 

Óscar Bribián Luna nació en Huesca (España) en 1979. Actualmente reside en Zaragoza. Diplomado en Administración de Empresas por la ESAE (Escuela Superior de Administración de Empresas) y Diplomado en Relaciones Laborales por la Universidad de Zaragoza. Fue director de la revista literaria Oxigen desde enero de 2002 hasta agosto de 2006. Es miembro de la Asociación Española de Escritores NOCTE y de la Asociación Aragonesa de Escritores (AAE). Este relato forma parte de su antología Mentes Perversas publicada por Mira Editores en 2009. Su página web está aquí

 


Este cuento se vincula temáticamente con EN DEUDA CON EL BARROCO, de Ricardo Acevedo E., ESCENA DE VAMPIRISMO, de Diego E. Gualda, CRIATURAS DE LA NOCHE, de Diego E. Gualda, EL BAILE DE LAS VÍCTIMAS, de Carlos Gardini

 

Axxón 205 – febrero de 2010
Cuento de autor europeo (Cuento : Fantástico : Fantasía : Vampiro : Autoritarismo : Maltrato infantil : España : Español).

 

 


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