¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

Nicolás despertó angustiado por una pesadilla de la que no recordaba nada. En el baño descubrió que tenía un ojo lloroso, legañoso y algo achinado. Buscó en el botiquín las gotas que se ponía en casos como este y las aplicó en el ojo enfermo y, para prevenir, en el sano también.

No tenía mucho que hacer esa mañana. Encendió la computadora y ejecutó: Inicio: Programas: Juegos: Pinball. 3D Pinball: cadete espacial apareció en la pantalla. Presionó “F2” para comenzar el juego.

Un ruido lo sobresaltó. Miró los vidrios de la ventana que aún vibraban. Supuso que se trataba de una de las explosiones esporádicas realizadas en las canteras, demasiado cercanas para su gusto. Echó un insulto al aire y se dispuso a jugar.

Otra vez el estruendo.

En esta oportunidad, sin embargo, el suelo tembló, apenas. “¿Un terremoto en el pueblo?” se preguntó, incrédulo, preocupado. Se levantó y salió de la casa; hacía un día hermoso. Lo sorprendieron el silencio y la quietud que reinaban en la cuadra, siempre bulliciosa los sábados por la tarde. Salvo eso, nada fuera de lo común.

Ya entraba, cuando volvió a oír el ruido y a sentir el temblor bajo sus pies, ahora todo con mayor nitidez. Miró en diferentes direcciones, hasta que lo encegueció un resplandor. Recuperado, le llevó un tiempo entender qué estaba pasando. Por la ladera de las canteras descendía una esfera enorme, plateada, brillante. Cada vez se acercaba más y más al pueblo. Finalmente pegó un gran salto, sobrevoló un campito de soja, y cayó sobre las primeras casas, a dos cuadras de Nicolás. El impacto sacudió la tierra con brusquedad y el muchacho quedó despatarrado por el suelo. La esfera rodaba en su dirección.

Consiguió ponerse de pie, a pesar del asombro, y echó a correr. En la esquina se detuvo. Observó cómo la bola demolía la casa del vecino de enfrente, cruzaba la calle y destruía también la suya, como maquetas de cartón. Al menos lo tranquilizó saberse fuera de su trayectoria… O eso creyó por poco tiempo, porque el extraño objeto regresó al medio de la calle, se detuvo y, luego, comenzó a moverse hacia Nicolás.

—Esto no puede ser… —dijo, mientras reemprendía la huida.

Al principio consiguió una buena ventaja sobre su perseguidora, pero a medida que pasaba el tiempo, él iba agotándose y ella adquiría mayor velocidad. A su paso el pueblo quedaba destrozado, como si en verdad hubiese habido un terremoto. Nicolás no entendía por qué el monstruo esférico lo perseguía, por qué las calles se hallaban vacías, por qué no despertaba de una buena vez si, como suponía, no era más que una pesadilla.

Pensando estas cosas se distrajo, no vio el pozo, tropezó y cayó. Giró, sin poder levantarse a causa del dolor paralizante, sintiendo que no había escapatoria. Cuando la sombra de la inmensa esfera plateada ya lo cubría, alguien tiró de él con fuerza y lo apartó del camino.

 

Turbado aún por el golpe, se levantó. La bola había pasado sin detenerse y no se veía por ninguna parte de… ¿su pueblo? No, ciertamente ése no era el suyo; de hecho, no había ningún pueblo. Estaba parado a orillas de un río caudaloso, de aguas cristalinas, que atravesaba un bosque. Eso era todo lo que podía ver.

—¿Estás bien, Armon? —una voz dulce—. Ese Troll casi te atrapa.

¿Armon? ¿Troll? Nicolás no comprendía qué carajo estaba pasando. Giró y pudo verlo; rubio, esbelto, sonriente, orejas puntiagudas: un elfo, sin dudas.

—Sí, estoy bien, Lem —dijo, y se sorprendió de hacerlo.

—Será mejor que nos pongamos en marcha. Tenemos que llevar a esas personas —señaló a dos mujeres y un anciano— hasta Ronex, la Ciudad Sagrada. Propongo cortar camino por el bosque.

El río, el bosque, Lem… Comenzó a recordar. ¿Sería posible? Semanas atrás había jugado una partida de rol donde él era un paladín, Armon, que junto a Lem tenía que trasladar a ciertos nobles antes de que el Hechicero los alcanzara. El diálogo reciente era idéntico al de aquella vez. Si todo seguía el mismo curso, entrarían al bosque con sus protegidos para terminar encontrándose con el Hechicero y…

No, debía cambiar el rumbo de los acontecimientos, debía advertirle a Lem que lo mejor sería seguir río abajo, aunque el camino fuese más largo. Sin embargo:

—Me parece buena idea —dijo.

Evidentemente, no podía cambiar nada, así que se internaron en el bosque.

Nicolás dudaba si encontraría una explicación para lo que le estaba sucediendo. La posibilidad de que se tratara de un sueño se había ido rodando junto a la esfera gigante; esto se trataba de otra cosa. Ahora se hallaba dentro del cuerpo anabolizado de un guerrero noble que defendería hasta las últimas consecuencias las vidas de sus protegidos.

—¿Qué es eso? —preguntó Lem. Todos se detuvieron en seco. El elfo tenía muy buena vista.

—Yo no veo nada —dijo Nicolás/Armon.

—No. Fue un ruido… —Lem giró lentamente, mirando cada árbol, analizando cada sonido del bosque, tensando la cuerda de su arco. —¡Ahí! —dijo al fin, y disparó una flecha.

Era el Hechicero, un hombre alto, cubierto con una capa negra y capucha de igual color que sólo permitía vislumbrar el fulgor de sus ojos rojos. Con un leve gesto desvió el proyectil.

—Saben que no pueden escapar de mí, imbéciles —afirmó con voz cavernosa—. Ahora entréguenme a las mujeres y al anciano. No me obliguen a usar la fuerza.

—¡Eso nunca, Hechicero! —se oyó decir Nicolás, y se maldijo a sí mismo —. Lem, llévatelos. Yo entretendré todo lo que pueda a este brujo.

Esto era lo que había intentado evitar. No existía forma alguna de que él venciera al Hechicero, y le quedaba poco tiempo de vida.

El elfo huyó con los tres. Se escuchó una carcajada profunda, escalofriante.

—Eres iluso, paladín. Jamás podrás interponerte en mis planes. La realidad es una red compleja, vastísima, imposible de aprehender para una criatura tan simple como tú. —A medida que hablaba, el mago negro se hacía cada vez más grande. El corazón del joven, en cambio, empequeñecía—. Sólo debes conformarte y aceptar los roles que te toca jugar; si lo piensas demasiado, enloquecerás. Mejor disfruta… Nicolás.

Oír su nombre lo aterró, lo confundió aún más.

—Esto no estaba en el juego… —dijo.

—¿Y tú qué sabes? —contestó el otro. Luego, con rapidez asombrosa, se quitó la capa inmensa y la arrojó sobre el muchacho. Él trató de escapar, pero el manto lo alcanzó.

Todo se puso oscuro por breves segundos. Cuando la luz regresó, Nicolás entendió que nuevamente había cambiado de realidad.

 

Estaba en un parque, sobre el que se apretaba una noche densa; apenas algunas tímidas luminarias amarillas se atrevían a desafiarla. Varias personas se hallaban diseminadas por allí. Sus rostros lucían tensos, temerosos. Así también el de la muchacha que se encontraba junto a él. Quiso interrogarla para saber qué era ese lugar, pero ella pareció no escucharlo; permanecía quieta, mirando hacia delante, observando a los otros.

Apartados del grupo, dos ancianos jugaban ajedrez, concentrados en el tablero e indiferentes a las personas que, como estatuas de carne y hueso, adornaban el parque. Ambos irradiaban una extraña luminosidad de sus cuerpos; parecían habitar otro plano de la realidad.

El viejo de las piezas negras movilizó su caballo, eliminando una torre. En ese preciso instante, Nicolás vio que un hombre de estatura mediana, vestido de negro, extrajo del bolsillo de su pantalón una navaja, apenas visible entre los dedos. Caminó en diagonal, con pasos firmes, decididos. Eludió a un sujeto que se interponía en su trayecto y se aproximó a otro, más alto que él. Cuando ya no hubo más distancia entre ellos, le apuñaló el vientre, reiteradas veces, hasta que la víctima cayó al suelo, donde agonizó hasta morir.

Entendió lo que sucedía, y no se sorprendió demasiado. Advirtió que vestía de blanco. Poco a poco fue reconociendo los intérpretes humanos de cada pieza del tablero. El tipo de la navaja, por ejemplo, era uno de los caballos negros. Él, por el contrario, un alfil blanco. Intentó moverse, zafarse, huir… No lo consiguió. Ahora, su preocupación la constituían los movimientos de las piezas, pues su vida dependía de ello.

El viejo blanco analizaba la próxima jugada. Su mano huesuda pendía sobre el alfil que representaba a Nicolás. El muchacho se inquietó. Finalmente, la figura fue movilizada al casillero donde se posaba un simple peón. De inmediato él extrajo, para su sorpresa, una navaja. Se movilizó en diagonal, aproximándose a un niño de no más de ocho años que temblaba y tenía los ojos enormes y cubiertos por lágrimas: sabía que moriría. Nicolás intentó luchar contra la fuerza que dominaba su cuerpo y lo manejaba como si se tratara de un títere. Sin embargo, llorando también, se acercó a su víctima y le hundió varias veces el puñal, mientras por dentro suplicaba: “No, por favor… No quiero hacer esto”. El niño se desplomó, inerte.

Aturdido, dejó caer el puñal, hincó las rodillas en el suelo, y rompió en un llanto angustiante. Se preguntaba por qué al tiempo que observaba sus manos manchadas de sangre.

 

Varios minutos después comprendió que había recuperado el dominio de su cuerpo. Observó bien el paisaje que lo rodeaba y se dio cuenta de que estaba en la plaza de su pueblo. Se alegró, aunque no mucho, porque de inmediato el cielo, la tierra, la realidad misma comenzaron a agrietarse, con líneas que no parecían azarosas, sino deliberadas, recortando pequeños, pequeñísimos fragmentos. Furioso, levantó los ojos y escupió:

—¿¡Y ahora qué!?

Como respuesta, todos los fragmentos cayeron, se mezclaron y se dispusieron en una mesa cuyos límites no eran visibles. Entonces, y sólo por un instante, Nicolás creyó saber lo que ocurría, experimentó cierta familiaridad en el escenario que se le presentaba. Pero esta sensación se evaporó tan pronto como había aparecido, aumentado su desazón.


Ilustración: Ferrán Clavero

El muchacho se sentó en la silla que lo aguardaba en medio del salón y empezó a armar el rompecabezas. Supo, íntimamente, que debía colocar cada pieza en su lugar si quería recuperar su vida tal y como la conocía.

Al terminar —no podía medir el tiempo porque el mismo no existía donde se encontraba— se sintió exhausto. No estaba convencido de haber encajado bien todas las partes, pero ahora no tenía fuerzas para revisar todo el complejo, vastísimo entramado. Necesitaba descansar. Y se durmió.

 

Despertó angustiado por una pesadilla de la que no recordaba nada. En el baño descubrió que tenía un ojo lloroso, legañoso y algo achinado. Buscó en el botiquín las gotas que se ponía en casos como éste y las aplicó en el ojo enfermo y, para prevenir, en el sano también.

No tenía mucho que hacer esa mañana.

Encendió la computadora.

 

 

Francisco Costantini nació el 11 de mayo de 1983 en Mar del Plata, pero desde los ocho meses de vida ha residido en Batán (a diez kilómetros de “La Feliz”). Está terminando el Profesorado en Letras en la Universidad Nacional de Mar del Plata y se desempeña como docente de Lengua y Literatura en un colegio de su localidad. Participa en talleres literarios desde el 2005. Hemos publicado en Axxón: ESA PROFUNDA SOLEDAD, UN BREVE DESCANSO, LA DESGRACIA, JULIETA, SUSTANTIVOS, MIENTRAS DORMÍS, VIVO. Hemos publicado en Axxón sus artículos: VEINTICINCO AÑOS DE CUÁSAR: ENTREVISTA A LUIS PESTARINI

 


Este cuento se vincula temáticamente con ZETA, EL POETA DE LAS CON-SOLAS, de Juan Ignacio Muñoz Zapata, AVATAR, de Laura Ponce, PS3, de Erath Juárez Hernández, ESCAQUES TRES-D, de Carlos A. Duarte Cano

 

Axxón 206 – marzo de 2010
Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Fantasía : Mundos imaginarios : Juegos : Argentina : Argentino).

 

 


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