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ESTADOS UNIDOS

Había una vez una niña muerta que vivía con los otros zombis en las cavernas bajo el puerto de Tabat, en la ciudad que está debajo de ese pueblo costero, la ciudad que no tiene nombre. Hace miles de años, el Mago Sulooman hundió la ciudad, los edificios y todo lo demás, en las profundidades de la tierra y le quitó su nombre, a causa de un desaire que nadie excepto su fantasma recuerda. Allí la vida continúa.

Algunos muertos se rinden al sueño, creyendo que no tiene sentido fingir una agenda para cada día. Unos pocos, sin embargo, pasan sus días de la misma manera en que los pasaban cuando estaban vivos.

Las únicas cosas realmente vivas en la Ciudad de los Muertos son las elegantes ratas con pieles de color plata que se deslizan a través de sus calles como sombras invertidas. Un día como cualquier otro, una rata se dirigió a la niña muerta.

Su nombre era Zuleika, y tenía el cabello y los ojos oscuros, y apenas olía a tumba porque cada tarde se bañaba en el río que fluía silenciosamente bajo su ventana.

—Cásate conmigo —dijo la rata. Estaba erguida sobre sus patas traseras, su cola enroscada prolijamente alrededor de sus pies.

Ella fingía tomar el desayuno. Una vasija humeaba sobre la mesa. Se sirvió una deliberada taza de chocolate antes de hablar.

—¿Por qué debería casarme contigo?

La rata le echó una mirada.

—De seguro —admitió— hay más en esto para mí que para ti. Tener una novia de tu talla incrementaría la mía, por así decirlo. —Se rió suavemente, alisando sus bigotes con una garra.

—Me temo que debo declinar —contestó Zuleika.

Dejando que la rata se consolara con unos bollos, entró en la sala donde su padre estaba sentado leyendo el mismo periódico que leía todas las mañanas, con negros rectángulos por páginas.

—He recibido una propuesta de matrimonio —le dijo.

Él dobló su periódico y lo puso a un lado, frunciendo el ceño.

—¿De quién?

—De una rata, ahora mismo. En el desayuno.

—¿Qué espera? ¿Una dote de queso?

Recordó que no le gustaba mucho su padre cuando estaba viva.

—Le dije que no —explicó.

Él tomó su periódico otra vez.

—Por supuesto que se lo has dicho. Nunca has estado enamorada y nunca lo estarás. No hay cambios en esta ciudad. Ciertamente, sería la destrucción de todos nosotros. Cierra la puerta cuando salgas.

 

Ella se fue de compras con una canasta tejida con los juncos blancos que orlaban los bancos del río.

Al pasar entre los puestos apiñados tocaba las telas que yacían en montones: terciopelo somnoliento y blando, satén acuoso, gamuza tan suave como la oreja de un ratón. Todas en tonos de negro y gris, los blancos entre ellas eran como luz de luna desechada. La rata se sentó sobre el borde de la mesa.

—Puedo mantenerte bien —dijo—. Tripas de pescado de las dársenas de Tabat y carne podrida de sus callejones. Te traería los restos de las cosechas del huerto: albaricoques aplastados y duraznos podridos, manzanas marrones como el hueso y chatas como los pechos mustios de una vieja. Te traería trozos de cuero de la curtiembre, remojados en una sopa de mierda de paloma y agua hasta que estén tan blandos como la carne.

—¿Por qué yo? —preguntó ella—. ¿Te he dado alguna razón para suponer que aceptaría tus avances?

Él se tironeó de los bigotes, avergonzado.

—No —admitió—. Te vi bañándote en el río, y vi el toque iridiscente que dora tus miembros, como rollizos quesos blancos flotando en el agua. Sentí un deseo tan fuerte que me oriné encima, como si mis huesos se hubieran vuelto líquidos y fluyeran fuera de mí. Debo hacerte mi esposa.

Ella miró a su alrededor al mercado que había visitado cada tres días desde que muriera; las mesas con mercancías que nunca cambiaban, que sólo reacomodaban sus elementos interminablemente. Luego miró a la rata.

—Puedes caminar conmigo —dijo.

La rata saltó dentro de la canasta y pasearon en silencio. Finalmente empezó a hablar.

Le contó de las ratas de la ciudad sin nombre, que han vivido tanto tiempo cerca de la magia que se les ha filtrado en la piel, los ojos, y hasta en sus mismas entrañas. Cómo han visto surgir y desplomarse sus civilizaciones a lo largo de los siglos, y cómo sus hechiceros y magos aprendieron magias astutas, sólo para que les fueran arrebatadas cada vez que volvían a caer en el salvajismo. Le contó cómo las ratas matronas de piel blanca gobernaban su actual sociedad, enviando a sus pretendientes a buscar comida para comer más y más, y ganar más y más peso social.

—Eso fue lo primero que me dio la idea —dijo—. Una novia humana tendría más peso que cualquiera de ellos. Pero luego, cuando te vi, me pareció un cálculo trasnochado y sin sentido.

Ella sintió una tibia emoción en algún lugar de su pecho. Pensándolo bien, se dio cuenta de que era una emoción que no había sentido antes de morir. En parte era interés, en parte intriga, en parte vanidad, y en parte otra cosa: una punzada de cariño hacia esta rata que prometía convertirla en su mundo.

 

—No hay discusión —dijo su padre—. Eso traería el cambio a la Ciudad.

—¿Y?

—¡Y! ¿Deseas destruir este lugar? Estamos atados por el hechizo del Mago… congelados en un momento en el que, muriendo porque no podemos cambiar, no morimos porque no podemos cambiar.

Zuleika frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—Es porque eres joven.

—Tú tienes apenas cuarenta años más que mis propios cinco mil trescientos doce. Seguramente, teniendo en cuenta los años que he vivido, puedo ser considerada como una adulta.

—Eso creerías, sí, si pasaras por alto el hecho de que siempre tendrás quince años.

La niña dio una patada contra el piso e hizo un mohín, pero los siglos pueden cansar incluso al padre más indulgente. Él envió por un Médico.

El Médico llegó con pasos ansiosos, porque los nuevos casos eran contados. Insistió en revisar a Zuleika de pies a cabeza, y la habría hecho desvestirse, de no ser por la protesta del padre.


Ilustración: Pedro Belushi

—Me parece que está bastante bien —dijo el Médico con tono desilusionado.

—Cree que desea casarse.

—Vaya, vaya —exclamó el Médico asombrado—. Bien, veamos. Amor. ¿Y desea que lo cure?

—Antes de que el contagio se propague o la conduzca a acciones que nos pongan en peligro a todos.

Zuleika no dijo nada. Sabía muy bien que no estaba enamorada de la rata. Pero la idea del cambio se había apoderado de ella como una fiebre.

El Médico cubrió su cuero cabelludo con una red de cables de plata. Unos imanes colgaban como extrañas cuentas entre cristales de ónix de medianoche y feldespato gris.

—Es un estímulo sutil —murmuró el Médico—. Y ciertamente el Amor no es una energía sutil. Pero, dándole el tiempo suficiente, funcionará.

Ordenó que Zuleika se sentara en una silla en la sala sin tocar la red durante tres días.

Los días pasaron lentamente. Zuleika mantenía los ojos fijos en la ventana, que enmarcaba un mundo sin cielo, sin sol y sin nubes. Podía sentir las energías magnéticas que tironeaban de sus pensamientos para un lado y para el otro, pero a ella le parecía que las cosas en conjunto permanecían igual.

Al tercer día, apareció la rata.

—Mi hermosa prometida —dijo, mirando hacia donde ella estaba sentada—. ¿Qué es esa cosa que te has puesto?

—Es un mecanismo para eliminar el Amor —contestó Zuleika.

Los pelos de los bigotes de la rata se tensaron y pareció complacido.

—De modo que ¿estás enamorada?

—No —dijo—. Pero mi padre cree que sí.

—Mmmmm —dijo la rata—. Dime, ¿cuál es el efecto de ese mecanismo si no estás enamorada?

—No lo sé.

La rata lo consideró, sacudiendo distraídamente su cola.

—Quizás tenga el efecto opuesto —dijo.

—Yo misma estuve pensando en eso. Efectivamente, siento más cariño hacia ti con cada momento que pasa.

—¿Cuánto tiempo más debes usarlo?

Sus ojos buscaron el reloj.

—Otra hora —dijo.

—Entonces debemos esperar y ver. —La rata olfateó el aire—. ¿Tu familia tiene bollos otra vez esta mañana?

—Estuve sentada aquí durante tres días; no desayuné.

—Entonces volveré en media hora, más o menos —dijo la rata y se retiró.

Una hora después, la puerta se abrió, y su padre y el Médico entraron. La rata, lamiéndose el hocico, se trasladó discretamente debajo de la silla donde, escondida por la falda de la niña, no se la podía ver.

—Bien, hija mía —dijo su padre, palmeándole la espalda mientras el Médico retiraba el aparato—. ¿Te sientes restablecida?

—Efectivamente, sí —contestó.

—¡Bueno, bueno! —El padre golpeó ruidosamente el hombro del Médico con aspecto complacido—. Buen trabajo, hombre. ¿Nos retiramos para hablar de sus honorarios?

El Médico miró a Zuleika.

—Quizás otro examen… —arriesgó.

—No hay ninguna necesidad —dijo el padre enérgicamente—. Con el Amor eliminado, todo está arreglado. Nuestra ciudad puede seguir como lo ha hecho durante el pasado milenio.

 

Cuando ya se habían ido, la rata se deslizó de abajo de la silla, y la miró.

—¿Bien? —dijo.

—No deseo casarme aquí abajo.

—Podemos abrirnos paso hasta la superficie y hacer nuestros votos en Tabat —dijo la rata—. Conozco todos los túneles y adónde va cada curva.

De modo que ella tomó una linterna de donde colgaba en el jardín, lanzando su débil luz sobre la pálida vegetación alimentada por la brujería en lugar de la luz del sol. Se encaminaron hacia la entrada del primer túnel, la rata sobre su hombro, y se dirigieron hacia la superficie. Detrás de ellos se escuchó un estrépito enorme.

—¿Qué fue eso? —preguntó la rata.

—Nada —dijo Zuleika—. Nada en absoluto, nunca más.

Continuó la marcha y detrás de ella la Ciudad sin Nombre siguió derrumbándose.

 

 

Título original: The Dead Girl’s Wedding March. Traducido por Graciela Lorenzo Tillard y Silvia Angiola

 

Cat Rambo es una escritora de ciencia-ficción y fantasía estadounidense. Ha sido co-editora de la revista Fantasy Magazine (http://www.fantasy-magazine.com) desde 2007. Sus trabajos aparecieron en Asimov’s, Weird Tales y Clarkesworld, y fueron traducidos al checo, hebreo, japonés, ruso y español. «La marcha nupcial de la niña muerta» se publicó originalmente en Fantasy Magazine en el año 2007.

 


Este cuento se vincula temáticamente con PERVIVENCIA DE LA PASIÓN ROMÁNTICA, de Manuel Torcuato Fernández Mesas, EFECTO BAGNA CAUDA, Laura Nuñez, MARIO Y EL GATO, Carlos Almira Picazo, LOS LOCOS, Daniel Avechuco Cabrera, EL ATAÚD USADO, Ada Inés Lerner Goligorsky

 

Axxón 206 – marzo de 2010
Cuento de autor norteamericano (Cuento : Fantástico : Fantasía : Brujería : Muerte : Zombies : Estados Unidos : Estadounidense).

 

 


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