¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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Argentina

Mi voluntad fraguó la cabaña en medio de una selva tan espesa como ilusoria. En la galería que da al frente, sólo dos sillas y un brasero: se calienta una pava de agua.

Mi luna ilumina tanto que hasta parece real. Los aromas de la noche —en mi reino cada día es una noche— invaden la cabaña. Invitan a la charla, a la confesión junto al fuego, mate de por medio.

Y aquí estamos, el viejo Mané y yo. Yo, deseando que ésta sea una noche distinta, la noche que desde siempre he buscado. Él, sobrecogido por la culpa, el dolor, la vergüenza. Y también está el tiempo, ese capricho que los mortales se imponen a sí mismos.

—”La memoria…” —me dice Mané, como recitando, como sorprendido de sus propias palabras—. “La memoria es una mujer indiscreta que trabaja a reglamento”.

—¿Y éso a qué viene, Mané?

—¿Qué? —salta como si lo hubiese pescado en un descuido.

—Usted acaba de decir algo sobre la memoria.

—¿Sobre la memoria, m’hijo? ¿Y yo qué sé? Yo no dije nada.

—Bueno, Mané, no hay problema. ¿Quiere otro mate?

Me mira medio indignado.

—¿Acaso dije “gracias”? Servite otro… Amargón, nomás.

—´Tá refrescando, ¿no? —digo, como para cambiar de tema.

No me responde. Escapa de la silla y apoya los codos en la baranda del balcón. Suspira. Al mirar la profundidad de la “selva”, se arregla mecánicamente el jopo. A pesar de la edad, se le mantiene rebelde.

—Si no me hubiera cegado el alma… —dice de golpe, dejándome con el mate a medio camino—. ¿Ya terminaste con los amargos?

—No, Mané, aquí va otro.

—Siento que me acechan, ¿sabés? Desde abajo lo siento. Hace tiempo que lo veo venir. ¿Por qué no me morí todavía?

—No le habrá tocado —digo con intención—. Quizá deba terminar algo antes de irse. ¿Usted qué piensa?

—Algo que está agazapado me investiga. Eso pienso. Quiere metérseme muy adentro —Mané se toca el costado de la cabeza y enseguida el pecho y cierra los ojos—. Aquí —dice—, aquí mismo. Desde abajo. “Soy el frío que sin proponérselo avanza hacia el sol que muere”.

—Epa. ¡Qué poético! ¿De dónde lo sacó?

—”Soy la negrura que sin esfuerzo oscurece esa parte de tu alma”. —De pronto abre los ojos y me mira, como tratando de entender, de saber dónde está—. No sé de dónde me vienen las frases, m’hijito. Es como que tengo que decir algo… y lo digo nomás. Pero no preguntés de dónde salen.

—¿De dónde salen?

—Si hasta se me caen del buche palabras difíciles que ni conozco —dice, sin hacer caso de mi insolencia—. Gracias.

Y me entrega el mate.

—¿Tan pronto “gracias”? —Me esfuerzo por no rugir de impaciencia—. La pucha, la pava todavía está caliente. Es una lástima.

Agarro el mate y arrojo la yerba en la tierra. No me gusta tomar solo.

—Es la noche —me dice.

—”De” noche, querrá decir.

—No. Quise decir lo que quise decir: hoy es la noche. —Levanta los brazos hacia la luna, que asoma por detrás de las copas de los árboles—. Por fin la presiento —termina en un suspiro.

—Oiga, Mané, se me está poniendo un poco dramático.

—”Así como adentro es afuera” —dice, impostando la voz.

—Mire, Mané, si va a empezar a hablar cosas que no se entienden, mejor me las pico.

—Es que sos vos el que no entendés. Ya te dije que me vienen palabras que no conozco y las tengo que decir. Si no, se me atragantan. Es que siento algo dentro de mí. No sé. No entendés. ¿Y los amargos?

—Pero si acaba de decirme “gracias”. ¿Qué le pasa hoy?… A ver, ¿qué es lo que no puedo entender?

—Todo.

—¿Todo?

—Nada.

—Ah, bueno, ya es suficiente. —Amenazo con levantarme—. Mejor me voy.

—”Soy aquél que en la noche de tu vida te consigue para siempre” —dispara el viejo.

—¡Uy, cómo estamos! Chau, Mané, nos vemos mañana.

—No me dejés —me dice, alzando la mano como para retenerme—. No me dejés solo, y menos en esta noche. Estas cosas que digo me vienen solas.

—Es que usted está con un humor extraño. Y las cosas que dice le vendrán solas, pero son medio raras, viejo.

—Sí, ya sé, estoy loco. Loco además de viejo.

—No ponga palabras en mi boca. Usted será viejo, pero no loco. Lleva algo adentro que no quiere compartir, porque se le hace que nadie va a creerle. Pero usted no está loco.

—¿Qué sabés vos? “La perseverancia es a la inspiración como la razón a los sueños”. Yo sí estuve loco.

Me quedo quieto en la silla. Esas frases que dice Mané me dan la pauta: esta noche no será igual a las anteriores. Lo presiento. Sí, lo “presiento”: hay momentos en que no puedo saberlo todo.

—¿Cómo que estuvo?… —le digo.

—Loco, sí. Y ciego también. Ciego del alma.

—¡Pero ya se curó!

—¿Y vos qué sabés?

—Bueno, viejo, desahoguesé de una buena vez. Si lo suyo es un dolor del espíritu, sé que lo más conveniente es compartirlo.

—Puede ser. Yo era tan joven. ¡Tan estúpidamente joven!

—¿Quiere que prepare otros amargos, Mané? El brasero todavía tiene bastante fuego.

—Meta.

Me tomo mi tiempo. Le doy espacio al viejo para que se abra a sus recuerdos, a su historia. Sus ojos van adquiriendo un brillo distinto. Es como si por fin la energía renovadora que irradio para la puesta en escena lo estuviera alcanzando. Como si el peso de lo que lleva en el corazón se desplegara: la flor al calor del sol, la abeja libando de su néctar. Y yo soy ese sol, y también esa abeja.

—Listo —digo, cebando—, deje que tome el primero.

—Pa´ los boludos, je.

—Sí, pero a mí me gusta. Hasta le siento el sabor de mi tierra.

—¡Mi tierra…! La pucha si estuve ausente de mi tierra. Al sentirme viejo y sin fuerzas, debí volver a mi pago. Pero no pude enfrentarme a él… No pude ni puedo.

—¿A él? ¿De quién me habla, che? ¿De su pago?

El viejo Mané hace un ademán como si espantara una mosca.

—No pude ni puedo —sigue, sin prestarme atención—. “La tierra te presta la vida, con tal de que se la devuelvas más sabia”.

—Eso sí que lo entiendo.

Hago que, a lo lejos, chille un caribú. Mané me mira. Los ojos son como cristales a los que se les encendió un fósforo desde atrás.

—¿En serio que me entendés eso?

—Sí, ¿qué hay? No es ninguna ciencia.

—¿Creés en Dios? —pregunta de golpe. La voz se le ha vuelto nerviosa.

—Creo que hay algo. No sé si es uno o miles, pero algo debe de haber, ¿no? ¿A usted qué le parece?

—¡Exacto, exacto! No hay uno, hay miles. Algunos poderosos, otros no tanto.

Es lo que yo decía: Mané ya está a punto.

—Bueno, no sé qué contestar —le digo, para darle pie—. ¿Usted cómo lo sabe?

—Conocí a uno. A un dios. A un dios de verdá.

—Epa, esa sí que está buena. ¿Cómo conoció a ese verdadero dios?

Se levanta Mané. Lo noto inquieto, como avergonzado. Sin embargo parece rejuvenecer a medida que su determinación avanza. Mira a lo lejos, como buscando algo en la oscuridad de la selva.

—”Llegar es empezar de nuevo” —Mané se da vuelta y me mira a los ojos—. A través del amor —me dice.

—Otra vez se me puso poético. Y sí: uno cuando se enamora de veras, cree ver a Dios en todas partes. Hasta en una flor, mire lo que le digo.

—Vos no entendés… yo lo vi con estos ojos. Vi a un dios, como te estoy viendo a vos ahora. Si hasta hablé con él.

—Qué raro. Habrá sido aterrador, no quiero ni imaginarme. ¿Le quiso hacer daño?

—¿Él a mí? ¿Tan luego? No. Fui yo el que se lo hizo.

—¿Usted? —digo, y no puedo reprimir una sonrisa—. Disculpe, Mané, pero me resulta difícil de entender cómo una simple persona puede dañar a un dios.

Me mira, pero no sonríe conmigo. Un par de lágrimas le asoman de los ojos legañosos. Se cubre la cara con las manos. Lo dejo quebrarse tranquilo. Mis pacientes tanteos están dando frutos.

—De la peor manera posible —dice, entre sollozos.

—Bueno, cálmese. Los dioses tienen su poder para que nada ni nadie les haga daño. Ya se habrá repuesto el tal dios.

—¿Repuesto? ¡No, no puede ser!

—¿Otro amargo, Mané?

Se sienta. Agarra el mate sin mirarme. Aunque no está abatido, se nota que le pesa algún misterio que, intuyo, está a punto de revelarme. Hace tiempo que lo espero venir a mí. Digo:

—Cuénteme, no me deje con la espina.

Da tres chupadas, dos cortas y una larga, y me devuelve el mate. Se reacomoda en la silla y se le da por hamacarse. En sus movimientos delata más decisión.

—Yo era muy joven —dice, tomando aire después de un suspiro—. Cazaba en la selva y vendía los cueros en el poblado. Era un…

—… un buen cazador. Me lo contó mil quinientas veces, Mané.

La cara se le crispa. De tener a mano su machete…

—Dejame terminar, gurí —dice—. No me interrumpás. Una vez me agarró la noche en medio de la espesura. Fue raro, porque me cuidaba mucho de eso. Si hasta la luna estaba como nunca: en cuarto creciente alumbraba igual que llena. Volvía con pocos animales para mi rancho, pensando que ni para el tabaco me iba alcanzar. Fue cuando la vi. Sola y desnuda la vi, a orillas de un riacho. Mojándose los pies… —Mané se levanta y se apoya en la baranda de tronco pelado. Me contengo para no cortarle la inspiración—. Hacía más calor que de costumbre —sigue hilando—. Dejé las presas y me quedé embobado, mirándola. Al fin ella se dio cuenta de mi presencia, y de un salto se cubrió tras unos arbustos. No pude reaccionar. Al ver que no la perseguía, salió de entre el verdor. Y más linda que antes. Como… más desnuda, ¿sabés? Tanto me aflojó las piernas su sonrisa que casi me caigo. Me reí de mi estupidez. Ella pegó dos saltos y estuvo a mi lado. También se rió. Muy desnuda, la piel brillante, los ojos me invitaban a la luz de la noche.

«Me saqué la ropa y nos tiramos al agua. Jugamos como chicos. Riéndonos de cualquier cosa, pero sin hablar. De golpe se subió a la orilla y se recostó en la hierba.

Mané hace un alto y se pasa la mano por el pelo. Le alcanzo un amargo, sin hablarle. Me lo devuelve y me mira, pero no es a mí a quien está mirando. Tiene los ojos bien abiertos, pero sólo los dirige a su interior. Por fin se decide a seguir.

—Un viento suave me trajo el aroma de su sexo. Llegué a la orilla, y como una bestia salvaje trepé sobre su cuerpo y la poseí una y otra vez. Al principio temí lastimarla. Pero ella, jamás lo habría sospechado yo, era muy fuerte. Respondía con furia a cada una de mis arremetidas —el viejo resopla ante el recuerdo, la respiración se le vuelve más rápida—. Nos revolcamos por la selva sin que nos importara nada. Gruñimos, nos mordimos saboreando cada herida. El amanecer nos encontró aún sedientos de la furia de un sexo más allá de lo salvaje. Y entonces… —Mané, los ojos turbios, pega un puñetazo a la baranda. Calla.

—¿Y entonces? —lo animo.

—Y entonces…

El viejo niega con la cabeza, se frota los brazos.

—¿Y entonces, Mané? —mi tono es ahora de conminación.

—Cuando el sol la tocó, ella se retorció como si la hubiesen quemado.

—¿No será su cabeza la quemada? Digo… ¿Cómo es posible que la queme tanto un débil rayo matutino?

—Soltó el abrazo con que me aferraba —siguió diciendo el pobre, sin prestarme atención—. Y quiso huir, pero no pudo.

—Esa sí que es una experiencia, viejo. Tómese otro amargo para que no se le seque la lengua. Es hermoso lo que me está contando, Mané. Hermoso y extraño. Hasta puede decirse que es mágico, además de hermoso y extraño. A pesar de la ferocidad, creo entrever que hubo algo más que sexo violento. O, mejor dicho, sexo salvaje, como le gusta decir a usted.

Me mira. Se seca las lágrimas con la camisa, que enseguida se quita. La arroja al suelo. Se rasca, incómodo, los brazos.

—Fue salvaje —dice, y noto reconvención en su voz—. Pero no violento —Mané se queda pensando—. Porque había algo más.

—¿Algo más? —pregunto adelantando la cara, exagerando mi interés.

—Sí: había amor.

—Pero si usted ni la conocía. Ni sabía quién era, ni cambió una sola palabra con ella.

—Sí, ya sé. ¡Pero tenés que creerme! El más sublime amor que pueda llegar a sentirse. Eso fue lo que yo viví, lo único que todavía mantiene viva a esta carne seca. Después de ella, no pude siquiera acercarme a otra mujer. Ninguna fue igual para mí. Nada fue igual para mí.

—Está fatigado, Mané, debe descansar.

—No. Dejame. Esta es la noche. Lo sé, lo presiento. “Las hojas de las copas más altas nos observan con altivez, pues desconocen su destino”.

—Muy poético.

—Y muy cierto, m’hijo.

—Y muy cierto, sí. ¿Otro amargo, Mané?

Afuera, las luciérnagas se perciben esquivas entre las sombras. Nos llega el aroma de árboles más cercanos, en los que la luna se derrama.

“Bien”, me digo a mí mismo, cautivo de la belleza que emana de mi voluntad: no es malo de vez en cuando celebrar las dotes creativas de uno. Levanto la pava y repito el convite.

—Bueno, cebate otro verde… —Mané vuelve a sentarse en la silla, se queda unos segundos en silencio, recapitula y sigue rascándose. Debe ya sentir aquello. Al fin, la mirada se le enciende y prosigue—. Cuando se dio cuenta de que era completamente de día, se echó a llorar. Y lloró de una manera que me desgarró por dentro. Me acerqué para consolarla, pero me mostró los dientes y gruñó. Retrocedí dos pasos, sin darme cuenta. Ella lloró de nuevo, de seguro al ver mi cara de terror. Esta vez dejó que yo la consolara. Se abrazó a mi pecho y lo limpió con lágrimas.

«Fatigado, me pesaban los rigores del amor. —Mané dispone los brazos como si sostuviese a alguien, contempla con ternura el vacío de la noche. Sus labios insinúan un beso imaginario—. No lo pensé más y la cargué hasta mi choza. Quise darle de comer, pero ella sólo bebió agua. Dormimos hasta la noche, “su izquierda sosteniendo mi cabeza y su derecha abrazándome”.

Cantar de los cantares, me digo, complacido. Capítulo 8, versículo 3. Muy apropiado.

—Sentí que me despertaban —sigue Mané—. La luna saludaba desde las rendijas del techo, y mi compañera me tiraba del brazo para que me levantase. Me eché algo a la boca, lo bajé con unos tragos. Ella no quiso nada. Salimos a la noche y enfilamos hacia la espesura. Yo no podía explicarme por qué no tenía miedo. Pero, sobre todo, no podía explicarme por qué veía de noche casi como si fuese de día.

—No me diga que puede ver en la oscuridad —digo, extendiendo el brazo hacia la negrura de la “selva”.

—Ahora mismo —Mané saca pecho, me divierte su actitud— podría yo dejar la cabaña para adentrarme entre el follaje sin tropezar ni con la más pequeña de las raíces.

Él se exalta, convencido de lo que dice. Podrá ver muy bien de noche, pero no creo que pueda llegar muy lejos si sale de la cabaña. Porque esta cabaña no está en donde él cree: la cabaña soy yo y la selva soy yo, como así también soy yo la noche y el viento y el rumor de los animales y los aromas y la luna.

—Disculpe la interrupción, Mané. Tómese otro mate y siga nomás, que lo suyo con la guaina se pone interesante.

—Poco a poco, una bruma nos envolvió y nos envolvió, hasta que ya no pudimos ver más allá de nuestros brazos. Ella vino y se me abrazó a la cintura. Sentí la vegetación que me rozaba, y de pronto me encontré en una cueva alumbrada por antorchas.

—¡La Salamanca! —arriesgo en voz baja y tono misterioso.

—Eso pensé yo —dice Mané santiguándose—, si no fuera porque no había olor a azufre. Me quedé parado, mirando como un opa —ahora observa la noche, los reflejos de la luna sobre la fronda, como si allí hubiera una voz que lo llamase—. No entendía de dónde había salido una cueva en medio de la selva. Ella agarró mi mano y me tironeó. Es que me pesaban las tabas. A medida que nos metíamos, la cueva se iba engrandeciendo.

—¿Agrandando, Mané?

—Eso quise decir. Y se veía una luz a lo lejos. Pronto llegamos a esa luz…. y era el final del camino. Me dio la impresión de estar dentro de una iglesia.

—La pucha —digo—. Una iglesia…

—Una iglesia que se abría entre las rocas, sí. Cebame otro amargo, que tengo el garguero seco. No sé qué me pasa.

—¿No quiere que traiga un vinito, encima?

—Sabés que ya no chupo… —Mané sonríe, ladino—. Ya no.

—Bueno, Mané, no es para tanto. Aquí va otro verde. Siga nomás. Siga.

El viejo respira hondo antes de continuar. Cada vez se rasca más y más. Me arrebata el mate con esa seguridad que tienen los hombres cuando están por dar todo de sí.

—En medio había una piedra que brillaba mucho —dice por fin atropellándose con las palabras.


Ilustración: SBA

—¿En medio de la iglesia, Mané?

—Te dije que parecía una iglesia, no que lo fuera. Y más que piedra, una roca era aquello. Y grande —Mané abre los brazos desmesuradamente, como quien busca abarcar un enorme objeto—. Y parecía que tenía una luz adentro, de tanto brillo. Cuando nos acercamos y pude verla mejor, que medio nos encandiló, descubrí que en los costados la roca tenía caras.

—¿Caras? ¿Caras, como de gente?

—No, caras como las caras de un dado. Seis, conté. No supe qué podría querer decir eso.

Ha llegado el momento. Digo:

—Y si no entendió ni medio, ¿por qué recuerda tanto a aquella piedra, viejo?

Mané se lleva la mano al pescuezo, es como si le costase tragar. Se levanta.

—Es que allí lo vi —dice sin mirarme, con una voz que nunca yo le había oído—. Encumbrado en lo más alto de la piedra lo vi: el jaguar más grande y lustroso de todos los jaguares grandes y lustrosos que he visto en mi larga vida. ¡Que experiencia no me falta —se envara Mané—, vos lo sabés de sobra! Cuando se dignó a bajar los ojos hacia mí, descubrí una inteligencia que me observaba. “Hija mía, has vuelto”, dijo el jaguar, y me parece estar oyéndolo. “Salud, padre”, le dijo mi amada, con la cabeza gacha. “¿A qué se debe la forma que tomaste para visitarme?” Ella agachó aún más la cabeza. Y contestó: “Ha sucedido una desgracia”.

Mané respira hondo, ya ni me mira. Se rasca sin cesar. Esta es la noche, ahora estoy seguro.

—Deje, Mané, le está cayendo para el carajo todo esto. Mañana la seguimos, ¿quiere?

—No, que no puedo parar de contarte. Es como si hubiese tenido la lengua seca toda mi vida.

—Aquí va otro antes de seguir.

Toma el mate mecánicamente, le da dos chupadas cortas y una larga y me lo devuelve sin mirarme. Él sólo quiere seguir contando:

—El jaguar se alzó sobre sus ancas y me estudió de arriba a abajo. Me aterrorizó verlo saltar, pero al mismo tiempo no podía dejar de admirarlo. Fue hasta donde estaba ella y frotó la cabeza contra su vientre. “Cuéntame, hija —le gruñó—: ¿qué fue lo que sucedió?”. “¡Me enamoré del hombre, Padre, y dejé que los rayos del sol me tocaran!”.

—¿”Padre”? ¿Le dijo “padre” al jaguar?

—”Padre”, como lo oye. Y el jaguar-padre se separó un poco y la miró con tristeza. “Hija, envejecerás como cualquier mortal”. “Ya lo sé, padre”. “¿A qué has venido, entonces?” —Mané gesticula, cambia de entonación para imitar las diferentes voces—. Ella se arrodilló frente a él. Y le dijo: “Quiero su bendición, Padre mío”. Entonces el jaguar me miró directo a los ojos con esos ojos, pero no sentí temor. “¿Es éste el hombre?”. Ella asintió. “Bien, te doy mi bendición. Vivirán en la tierra de los hombres, mas no tendrán demasiado trabajo para conseguir presas”. Hizo que nos acerquemos. Y nunca olvidaré sus palabras: “A partir de ahora, no he perdido a una hija sino que he ganado otro hijo”. Hundió su mirada en lo más profundo de mí. “¡Acércate más, mortal! Quiero mirar de frente a quien ha osado enamorar a mi hija”.

—Habrá tenido miedo, ¿no, Mané?

—Ya te dije que no tenía miedo. Me acerqué, y él me cruzó la garra derecha sobre el pecho, haciéndolo sangrar. Me dijo que, desde ese entonces y pase lo que pase, yo sería un hijo para él. Así comenzó una nueva vida. La caza era abundante, pero sólo nos hacíamos de lo necesario para comer. Desnudos, jamás nos topamos con otros hombres. Al principio quise cocinar lo que cazábamos, pero a ella no le gustaba. Comíamos, pues, la carne cruda, a la cual terminé por aquerenciarme.

—A ver si lo entendí, Mané: ¿usted se había juntado con la hija del dios de la selva?

—Bueno, sí. Aunque parezca increíble, así fue. Por lo menos hasta que llegó el día aquél.

—¿Cuál de ellos?

Me mira de nuevo a los ojos, urde una mueca que parece una sonrisa. Se le nota que está haciendo un gran esfuerzo.

—Una vez que regresaba más temprano que de costumbre, pues dos tarariras enormes casi saltaron del agua a mis manos, vi salir del rancho a un jaguar que nunca había visto. Al entrar noté a mi amada más alegre y dichosa que nunca. Me asaltó de inmediato y nos revolcamos como aquella vez en que nos encontró el sol. —Mané se rasca con ahínco, la piel se le despelleja—. Pero yo me quedé con la duda. Así que, cazara o no, me acostumbré a llegar cada vez más temprano. Y varias veces descubrí al jaguar saliendo del rancho. Varias veces. Ya la cosa no me gustaba.

—¿Y ella?

—Se ve que ella se dio cuenta, porque una vez volví bien temprano y no la encontré. Me volví loco de celos. Agarré el facón y me interné en la selva, decidido a encontrarla. No tuve que andar mucho. La hallé debajo de una higuera brava, la única de toda la selva. Recostada, la cabeza del jaguar descansando en su regazo, lo acariciaba amorosamente. Y él cada tanto la lamía. Vi todo negro. Hundí el facón hasta el mango en el hígado de la bestia, quería regalarle una muerte lenta y dolorosa.

—¿Y la infiel? ¿También le asestó una puñalada?

—A ella la cacé entre mis manos y le apreté el pescuezo hasta matarla. —Me muestra las palmas callosas y llora, llora desconsolado—. No hizo un sólo ademán para soltarse, ni siquiera procuró zafarse de mi puño. Me miraba… me miraba volviéndose más y más azul, y no pude comprender esa mirada. Aún hoy no puedo. Ella suspiró entonces por última vez, y yo me levanté borracho de locura y culpa. Había matado lo único que valía la pena en mi vida. Supe que no me lo perdonaría jamás. El jaguar todavía respiraba, pero le faltaba poco. Me arrodillé ante él y lloré.

»Me acuerdo que me pregunté en voz alta qué había hecho. El jaguar me miró con compasión y me dijo: “has matado a mi hermana, ambos somos hijos del mismo padre”. Ahí terminó todo para mí —Mané se derrumba en el suelo, pero el piso no cruje como lo haría la madera—. Tuve la idea de ir a esa especie de de templo del dios Jaguar… pero, ¿cómo llegar a aquella caverna? Ya en la choza, me cubrí con lo primero que encontré. Me llevé unas pocas pertenencias.

—O sea que ese dios Jaguar tenía dos hijos y usted se los mató. ¿Fue por eso que se escapó tan lejos, tantos años?

Mané asiente, la voz quebrada.

—¿Cómo enfrentarlo? —dice, apartando los ojos—. ¿Cómo explicarle?

Es mi turno de actuar. Desaparezco, sucesivamente, sillas, brasero, mate, cabaña. La noche queda, por el momento.

—¿Cómo explicarle? —digo—. “Cómo explicarme”, querrás decir. Y, como me lo estás explicando ahora…

Mané no se da cuenta de que la situación ha cambiado. Abatido, la comezón le marca ronchas por el cuerpo. Y no sabe que esto no es el fin, sino sólo el comienzo.

—¿Qué te pasa, Mané?

—Hace rato que siento que me pica todo, pero ahora me quema y… La luna se ha ido. Y la cabaña y la silla y el balcón. ¡Estamos en la cueva!

—No te asustés, Mané. Ya pasó lo peor.

—Es que… es que me… me están creciendo pelos por todos lados, y… y soy… ¡¿Qué me está pasando?!

—Te estás convirtiendo, hijo. Por fin has vuelto.

Mané ahora me ve como soy. Como soy realmente. Y el asombro lo desborda.

—¿Hijo? —dice, y las manchas doradas, más y más profusas contra su piel negra, se le confunden con el gesto de aceptación creciente—. ¿Me llamaste hijo?

—No te llamé, lo sos. ¿O te olvidás de mi promesa?

De tenerlas, Mané hubiese caído de rodillas ante mí.

—Nunca. Me prometiste que pasara lo que pasara, siempre iba a ser tu hijo.

—Bien, aquí estás. Desde que tus hermanos se fueron, la selva está desprotegida. Es tu deber de ahora en adelante.

Mané se queda quieto sólo un momento. Cierra los ojos y siente las nuevas fuerzas: un escalofrío punzante que se extiende hasta sus garras.

—Sí, padre —ruge.

Y de cuatro saltos sale de la cueva rumbo a la selva.

Su dominio, desde esta noche.

 

 

Ricardo Germán Giorno nació en 1952 en Núñez, ciudad de Buenos Aires. Es casado con dos hijos. Empezó a escribir a los 48 años, pero recién a los 52 decidió dedicarse a la literatura. Gracias a un trabajo continuo y tenaz, Ricardo Germán Giorno se supera día a día.

Es miembro activo de varios talleres literarios. Ha publicado cuentos de ciencia ficción en AXXÓN, ALFA ERIDIANI, NGC 3660, LA IDEA FIJA, NM, y un libro propio de relatos Subyacente Inesperado y otros cuentos (Alumni, Buenos Aires, 2004).

Su cuento Pulsante apareció en la antología Desde el Taller. Puede conocer más de este autor en la Enciclopedia.

Hemos publicado en Axxón: JINETES (163), SEOL bajo el seudónimo colectivo “Américo C. España” con Erath Juárez Hernández, David Moniño y Eduardo M. Laens Aguiar (165), TANGOSPACIO, (168), ROBOPSIQUIATRA 10.203.911 (169), PAN-RAKIB (170), CERRADA (179), EL EFECTO TORTUGA (180), EL G (187), DEVENIR (194)

 


Este cuento se vincula temáticamente con EL ARGURO, de Ruth Ferriz, LA RE-EVOLUCIÓN DE LOS CHAMALEO D´OR, de Damián Alejandro Cés, LA JUNGLA MÁS ALLÁ DE LAS ESTRELLAS, de Ariel S. Tenorio

 

Axxón 207 – mayo de 2010
Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Fantasía : Leyendas : Seres fabulosos : Argentina : Argentino).

 

 


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