¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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CANADÁ

Shyla Cleary levantó la vista de la olla de sopa de lentejas cuando su marido, Ryin, entró en el diminuto apartamento. Lo estudió con cuidado, buscando un rayo de esperanza. Siempre se daba cuenta de cómo le había ido durante el día en cuestión de segundos después de su llegada a casa. Ryin carecía de artificios, era un analfabeto en subterfugios, un hombre demasiado honesto para su propio bien. Vivía en la superficie de la conciencia, cerca del corazón. Otro mal día, advirtió ella. Los gruesos labios de él tenían una expresión adusta; su frente, de abatimiento. Tenía la piel muy oscura, incluso para ser negro, y su cabello largo camuflaba su expresión, pero su postura lo decía todo: encorvada y a la defensiva. Mentalmente, ella veía su cuerpo perfecto, debajo de la camisa andrajosa y el mameluco deslucido: una estatua de ébano y músculos firmes construida para el placer, su ángel de la medianoche. Se aferró a esa visión imaginada como a un talismán.

—¿Viste lo que ofrecen ahora por los riñones? —dijo él, desde lejos. Para dar énfasis, sacudió una hoja impresa de notifax, sosteniéndola en alto como si fuese evidencia de la corte para un jurado que, quizás, nunca leería la letra chica—. Ojalá me hubiera quedado con uno, como tú. Ahora sería rico.

Sacudió las rastas enredadas con tristeza y se dejó caer en la mullida silla reclinable, cubierta con una ajada manta gris. Se enjugó las mejillas perladas de sudor con el brazo fornido. Otro mal día.

Shyla hundió la mirada aún más en la olla de lentejas que estaba revolviendo sobre la hornalla. El piso de linóleo se sentía pegajoso bajo sus pies descalzos; debajo de la túnica traslúcida, le corrían gotas de transpiración. La temperatura se había mantenido en treinta y ocho grados desde hacía días; un calor asesino, abrasador, que cocía el asfalto de la ciudad como una asadera.

—Los riñones siempre han sido una buena inversión —respondió ella, mientras se frotaba el vientre como protegiéndolo, tanteando los bordes, tan conocidos, de las cicatrices. Sentía la mirada de Ryin en su abdomen sin siquiera tener que mirarle el ojo azul cristalino y el parche ocular negro. A veces, imaginaba que el ojo que le faltaba podía verla con más claridad que el verdadero, que podía ver su corazón, su cerebro, revelando todo. Deseaba que Ryin se pusiera un ojo falso, una esfera muerta, y que se deshiciera del parche de plástico negro. Pero no: él estaba esperando encontrar un implante a su medida, con lente telescópica e infrarroja, y no quería conformarse con menos. Para él, el parche era el símbolo de los días mejores por venir, una puerta abierta al futuro esperanzador. La pobreza era sólo un inconveniente transitorio en la carrera hacia el éxito; era la vida, calentando motores en la línea de largada.

—¿Crees que es momento de vender? —preguntó Ryin, con un aire tan deliberadamente casual que resultaba obvio que era fingido. Pellizcó la tela de jean azul, deshilachada, que le rodeaba la rodilla derecha.

—Pienso que no —respondió Shyla, con una despreocupación igualmente forzada—. Tal vez cuando el mercado llegue a su pico.

Por fin, Ryin le sonrió y asintió, completando el ritual: sus suposiciones compartidas habían quedado reforzadas con muda elocuencia. Cuando miras de frente a la desesperación, nunca te atreves a mencionar su nombre.

Shyla sirvió sopa de lentejas en tres cuencos de plástico rojo.

—¿Listo para cenar? —preguntó, y señaló con la cabeza la arcada que conducía al dormitorio.

Ryin colocó la hoja de notifax sobre la caja de embalaje que tenía delante y fue cansinamente hasta el dormitorio para buscar a Kitrel, su hijo; dos años de edad y ya era el orgullo de la familia, ya estaba empezando a hablar, a entender.

—Hola, papi —exclamó una voz cantarina con feliz inocencia.

—Hola, Kit —le respondió el mayor como un eco. Había un rastro de inexpresivo agotamiento detrás de la fachada paternal—. La cena.

—Al revés, papi.

—¿Al revés? ¿Cabeza abajo?

Del dormitorio salió un chillido vibrante que llenó el pequeño apartamento de vida, de esperanza. Ryin entró, cargando a Kitrel sobre sus hombros, y el niño le dio una palmada a la arcada, por encima de su cabeza, como le encantaba hacer. Shyla puso los tres cuencos sobre la caja de embalaje de madera y, con cuidado, sirvió agua esterilizada en tres vasos de plástico. Leyó rápidamente la hoja de notifax y la tiró al suelo con un movimiento de mano; los precios se habían disparado otra vez… la población gris, los ancianos, clamaban por recursos que eran escasos. Puso el suplemento para donantes de sangre de Ryin junto a su cuenco y atrajo la única silla reclinable que tenían más cerca de la mesa para que él se sentara. El suplemento vitamínico se entregaba sin cargo a todos los donantes que cumplían con el cronograma completo. Shyla, ligeramente anémica, sólo podía vender sangre una vez por mes, entonces no le correspondía. Trajo una despojada silla de madera desde un rincón de la cocina y se sentó. Clavó la vista en la enorme cápsula de color púrpura y se preguntó cómo hacía su marido para tragársela.

Ryin acomodó a Kit en su banqueta, se sentó en la silla reclinable, frente al niño, y ambos sonrieron, padre e hijo. La misma sonrisa, los mismos labios, la misma nariz, aunque la piel de Kit era notoriamente más clara; era un mulato de piel cremosa, como Shyla. El cabello del niño iba a ser grueso y lacio como el de su madre… nada de rastas. Excelente cabello para transplantes, evaluó ella y, con aire ausente, se tocó la nuca desnuda, de donde le habían extraído los folículos. Si dejas crecer el pelo de más arriba y no ves, ni siquiera notas la ausencia, pero sabes, recuerdas… y, sin embargo, las cuentas sin pagar, como señales de desvío, bloquean el camino por donde debes avanzar, obligándote a girar, a dar vueltas, en busca de una ruta alternativa. Baila, mujer, baila y cántanos algo, perra barata.

La sopa de lentejas tenía gusto a cartón mojado, tan insulsa como el día, pero Shyla no se atrevió a pronunciar la queja obvia, el sonido que sólo podía generar complicaciones, perturbaciones, quizás una rotunda confusión. “Nos tragamos los problemas en silencio”, pensó Shyla, deseando que pudieran digerirlos en un limbo tranquilo, donde no los afectaran, donde no pudieran volverse en su contra súbitamente e inutilizarlos. En silencio, fijó la mirada en el empapelado mientras comía, sintiéndose aún más culpable, atrapada en su propia quietud, porque otra vez se le habían terminado las especias. El empapelado era gris, con unos desteñidos capullos de color fucsia y espirales entrelazadas de enredadera. Por encima de la silla reclinable había un garabato hecho con crayón azul, una diagonal que ascendía de izquierda a derecha y que se repetía erráticamente. Al principio, Shyla había intentado lavarlo, pero el estampado del papel se borraba más fácilmente que el crayón, dejando aberraciones de color parduzco parecidas a manchas de Rorschach. Le había dado unas nalgadas a Kit por ese garabato de crayón y se había sentido mal desde entonces. Ahora, el recordatorio volvía a acusarla… era la primera obra de arte del bebé.

—¿Hoy pintaste algo? —preguntó Ryin, contemplando la enorme cápsula de sangre que estaba junto a su cuenco.

—Terminé otra tela para la serie Dragones en Ámbar—le dijo Shyla con agradecido orgullo—. Tobías quiere verla lo antes posible.

Ryin hizo una mueca.

—Sabes que lo único que quiere ese viejo cretino es meterse en tus calzones.

—¡Ryin! —exclamó Shyla y, rápidamente, se volvió hacia Kit—. ¿Terminaste, mi amor? ¿Quieres ir a jugar con tus bebés de peluche?

Bajó al niño al suelo y lo vio alejarse con su andar inestable.

—Bueno, es la verdad —dijo Ryin con una expresión descarada que traicionaba su intención de defenderse.

—Claro que es la verdad, pero al menos me compra las pinturas.

—Daría lo mismo si se las regalaras.

—Ryin.

—Está bien, perdona. Pero ¿cuánto tiempo puedes tenerlo atrás? No va a conformarse para siempre con un poquito de teta de vez en cuando. Tarde o temprano, saldrá con un “aguántate o cállate”.

—Ya hablamos de esto hace siglos, querido.

—Lo sé, lo sé. Es que he logrado mantenerte fuera del mercado carnal tanto tiempo… —Levantó la cápsula púrpura y se la puso en la lengua. Llevó un vaso de plástico a sus labios. Bebió, se ahogó, tragó, se tomó toda el agua.

—¡Ajjj, pis ciudadano! —De un golpe, volvió a poner el vaso sobre la áspera superficie de madera—. Ya ni siquiera podemos comprar agua buena.

Shyla asintió sobriamente, viendo cómo las cicatrices que Ryin tenía en los brazos se movían con la flexión de los músculos. Una médula ósea excepcional, le habían dicho los médicos. Tenía un ADN puro en su tipo. Figuraba en el catálogo del banco de esperma y le habían pagado una cifra récord por un testículo, cinco años atrás. Ágil, musculoso, no demasiado velludo… tenía un cuerpo construido para el placer.

—¿Quieres que entremos en el armario? —susurró Shyla, sugerente—. Al menos nos tenemos el uno al otro. —Echó un vistazo a Kit, que jugaba en el suelo del dormitorio. El apartamento tenía sólo dos habitaciones, sin puerta divisoria, y un armario que era como un cuartito, con un inodoro pero sin lavabo, el único lugar donde marido y mujer tenían privacidad hasta que el bebé se durmiera.

—Doné hoy por la tarde —dijo Ryin con brusquedad—. Quizás después.

Sintiéndose castigada, Shyla se puso de pie y levantó los cuencos y utensilios, el rechoncho tenedor de bebé de Kit y su vaso antiderrame con una lengua que sobresalía de la parte superior.

—No te escapes tan pronto, dulce. —Ryin la detuvo con una suave caricia. Se levantó y la envolvió con sus poderosos brazos—. Hoy, otra vez, no pude conseguir trabajo en Servicios Temporarios —le confesó, hablándole en voz baja contra el cuello—. La fila apenas se movía y los agentes se lamentaban.

—Lo supuse —contestó ella, conformándose simplemente con volver a estar cerca de él y olerlo. “Feromonas… una especie de adicción química”, reflexionó. Era como una drogadicta que necesitaba una gota del sudor de su amado todos los días.

—La ciudad se está paralizando, cocinándose en su propio veneno. Hoy, incluso, había amplificados en la fila, buscando trabajo.

—Ya aparecerá algo —ofreció Shyla, con poco entusiasmo.

—Me quedé allá parado todo el día, como un campesino —continuó Ryin; su voz comenzaba a ahogarse, a quebrarse. Irritado al escucharse débil, continuó hablando más fuerte, casi gritando, dejando salir las palabras desde las profundidades de su orgullo masculino—. Salió el agente del gobierno, con su anotador y su sonrisa de plástico, y te juro que le hubiera limpiado el culo con mi diploma de graduación a cambio del sueldo de un solo día.

Shyla se apretó más contra él, sintiendo su estremecimiento, la agitación de su torso. No se atrevía a retroceder para verlo llorar una vez más. Por favor, Dios, ahora no, hoy no.

—Va a morir, Shyla. No podré salvarlo.

Instintivamente, el cuerpo de ella se puso rígido. Dejó caer los cuencos y vasos al suelo y empujó a su marido hacia atrás.

—¡Basta! ¡Nunca más vuelvas a decir eso! Por el amor de Dios, puede escucharnos, Ryin.

Rápidamente, Ryin bajó la cabeza para secarse la única mejilla húmeda con la tela raída del hombro de la camisa. Su parche brillante y liso lanzaba miradas duras, de acero. Una dicotomía.

Shyla bajó la voz y le dio la espalda al bebé.

—El médico dijo que falta mucho para que necesite un transplante de riñón. Años —siseó—. Puede que bajen los precios. —”O tal vez conservaré el que me queda hasta que él crezca lo suficiente para usarlo”, pensó, consolándose en secreto.

—Tenemos que irnos de la ciudad, mi amor —masculló Ryin, mientras recuperaba precariamente el equilibrio—. En este guiso químico se nos queman las tripas.

—Si pudiera vender algunas pinturas… —aventuró Shyla.

—Claro. —Ryin asintió, sin fe. Se agachó para recoger los cuencos del suelo—. Hoy estuve buscando ópticas —dijo, mientras llevaba los enseres de la mesa hasta el lavabo esmaltado, montado en la pared—. Mirando escaparates, buscando hardware como un amplificado. Había liquidación en Visión Futura.

“Sí”, se dijo Shyla, “el futuro aún está allí fuera, prometiendo solaz, sugiriendo infinitas posibilidades. Las cosas podrían mejorar. Hay que aguantar un poco más. Aguantar un día a la vez”.

—¿Te molesta terriblemente tener un solo ojo? —preguntó.

—No, sólo mataba el tiempo. Se pierde un poco de percepción de las profundidades, pero no parece haber mucha diferencia, a menos que seas artista plástico o algo así.

Una punzada de culpa por su pasatiempo estereotipado. Una esposa que se negaba a vender un ojo y obligaba a su marido a dormir con el olor de la trementina y el óleo.

—¿Tenían azules? —preguntó ella.

—No del tono exacto del mío, pero cerca.

—Entonces puedes esperar hasta encontrar uno que combine perfectamente. Has esperado tanto tiempo que unas semanas más no te parecerán tan difíciles, ¿verdad?

Ryin inclinó la cabeza socarronamente, sondeando las profundidades de ella.

Shyla se mordió el labio y se preguntó en qué estaría pensando. Él sonrió.

—No puedo esperar eternamente a que aparezca el par perfecto, dulce.

La invadió una oleada de emoción. Quería recordar con él, recordar cómo habían discutido sobre ese ojo hasta la agonía, antes de firmar el contrato… cuánto habían llorado, el beso de despedida que ella le había dado a esa fría órbita azul mientras a Ryin le hacía efecto la anestesia.

Si tu ojo te ofende… Si estás hasta el cuello de deudas y necesitas dos meses de alquiler por adelantado para refugiarte de la tormenta… En aquel entonces, dormían en una tienda de cartón, en un callejón del centro, viviendo con grupo de veinte personas en una mugrienta comunidad callejera, hasta que Shyla sufrió una violación grupal a manos de una pandilla errante de matones y un buen amigo fue asesinado a golpes por intentar protegerla. Ahora tenían este apartamento privado, un hogar seguro en un sector de la cuidad donde había policía, y un parche ocular de plástico negro. “No mires atrás”, se recordó Shyla con severidad, y contuvo fuertemente las lágrimas que brotaban del manantial de su corazón.


Ilustración: Pedro Belushi

Ryin llenó el lavabo con un poco de agua y añadió unas gotas de detergente azul, mientras Shyla tomaba una toalla de cocina. Ryin lavó un cuenco rojo y se lo pasó.

—Eres un buen hombre, Ryin Cleary —dijo ella de pronto, deseando rodearlo con sus brazos, fundirse con él, leerle la mente, compartir su esencia. Lo necesitaba como a una droga. Él era su musa, su razón de existir.

Ryin apartó las rastas que le cubrían el ojo y la miró a la cara. Sus labios dibujaron una sonrisa incierta.

—Me alegro de que se hayan quedado conmigo, tú y Kit. Es bueno encontrar a alguien cuando vuelvo a casa. Me mantiene lejos del puente durante la noche.

Shyla sonrió con él, aunque le corrió frío por las vísceras. ¿Tan mal estaban las cosas para él? ¿Había posibilidad de que estuviera pensando en lanzarse al agua y pasar a mejor vida? “No, no… no pienses eso. Ni siquiera lo pienses”. La idea en sí podía transformarse en una profecía autocumplida. Hablar de ella la haría tener más sustancia, como un demonio que se materializa al oír el sonido de su nombre y atraviesa un portal dimensional para penetrar en la fría y clara luz del día.

—¿Seguimos con el plan de tener otro? —preguntó ella; su cuerpo era como el de un gato a punto de saltar.

—Por supuesto —respondió él con una sonrisa—. ¿Estás embarazada?

Ryin parecía agradablemente sorprendido, un poco tenso, según Shyla, que dudaba y analizaba cada movimiento de él.

—Aún no lo sé. ¿Qué prefieres tú?

—Oh, vamos. Es lo que hemos estado esperando. Todos esos encuentros rápidos en el armario… —Ryin arqueó las cejas sugestivamente, haciéndose el gracioso.

Shyla decidió apuntar las armas y disparar a quemarropa.

—¿Si estoy embarazada, podemos quedarnos con él?

La sonrisa de Ryin se congeló, convertida en caricatura.

—¿Quedarnos con él?

—Dijimos que íbamos a quedarnos con el próximo.

—Bueno, claro, pero eso fue cuando la fila todavía se movía, cuando yo tenía un dólar en la billetera.

Shyla se plantó, resuelta. —Vendimos los dos primeros e íbamos a quedarnos con los dos siguientes. Eso fue lo que decidimos.

Ryin la miraba como si no comprendiera, como intentando armar el rompecabezas de una enorme paradoja. Se volvió y cerró el grifo a presión, golpeándolo con mucha más energía que la necesaria.

—¿Estás embarazada o no? —exigió—. Ya tuve suficientes juegos por hoy.

Shyla tragó saliva y preparó la voz para estar a la altura del desafío. Era hora de ponerse de pie y ser tenida en cuenta.

—Ya te dije que no lo sé. No estoy jugando ningún juego. Diría que hay una alta probabilidad, por el amor de Dios. —”Háblame, Ryin”, gritó en silencio. “Necesito oír tu voz. Hazme el amor. Te necesito”.

—Entonces lo discutiremos cuando lo sepas con seguridad. Es hora de acostar a Kit. —Se volvió y caminó, indignado, hacia el dormitorio, dejando a Shyla secando la vajilla y preocupándose por la cita que tenía con el médico a la mañana siguiente.

Shyla permaneció de pie, observando el vórtice de agua sucia y gris que giraba en el lavabo. “Siempre gira en la misma dirección”, pensó, “siempre, como la rueda de la vida, desde la concepción hasta la muerte, con el mismo patrón fijo”. Dos semanas de atraso, pero aún no había motivos para entusiasmarse. Tal vez no era nada. En todo caso, la mayoría de los embarazos terminaban en aborto durante el primer trimestre. Los embriones morían en el útero o desarrollaban anormalidades fatales. Las posibilidades eran mínimas, virtualmente inexistentes. Un bebé nacido a término valía su peso en oro… sólo bastaba ver las últimas cotizaciones en el notifax. El lavabo gorgoteó aire, mientras el agua gris descendía al infierno.

 

* * *

 

—Shyla. Qué bueno verte. Adelante. Has traído la tela. Excelente.

Tobías usaba sus modales enfermizamente dulces como un disfraz estridente, actuando el personaje ensayado de un marchante de arte internacional. Era ligeramente afeminado sin ser homosexual, aunque siempre había sido blanco de la lujuria no correspondida de esa comunidad. Cincuenta y un años de edad y aún lucía una espesa cabellera castaña, ondulada y desprolija; era ágil y esbelto gracias al tenis, un hombre moderno que se mantenía en movimiento, que hacía cosas. Tenía manos rápidas y Shyla estaba muy consciente de eso.

—Te ves bien —dijo él—. El pequeño necesita un riñón, según me enteré. Qué lástima. Sé lo caros que son… ya ando en el tercer par. Tengo que tratar de armar una colección para los mecenas que nos patrocinan. Te aprecian tanto… realmente no sabes cuánto. Con Dragones en Ámbarhas dejado tu impronta, me atrevo a decir. Y ahora me traes otro más. Ah, déjame echar un vistazo.

Muda, Shyla le entregó su preciada carga a Tobías y se sentó, agradecida, en una silla de felpa plateada, frente a su escritorio. No había dicho una palabra desde que partiera del consultorio del médico esa mañana. Había tenido que caminar, porque no podía arriesgarse a atravesar el tránsito llevando la tela, y se había detenido sólo una vez, para comer el emparedado que llevaba en una bolsa, sentada en un muro de retención de cemento blanqueado por el excremento de paloma.

“El pequeño necesita un riñón”, se burló para sus adentros. “Ni siquiera sabes su nombre, cabrón. ¿Armar una colección? Podrías hacerlo en un solo día si te diera la gana… Finges compasión por un instante, como arrojando unos míseros centavos a unos africanos muertos de hambre. No sabes lo que es rezar para que tu bebé viva un año más, apretarlo contra tu pecho tembloroso por miedo a caer con él, a marchitarte y romperte con él, como juncos secos azotados por vientos de cambio”.

—Shyla, estoy un poco decepcionado. No deberías apresurarte tanto para terminar tus obras.

—¿Qué? —Ella lo miró, incrédula.

—Bueno, fíjate a qué me refiero. Las pinceladas son erráticas. Aquí hay tensión. Estás demasiado tensa. Estás perdiendo pie.

Una pinza se cerró en el pecho de Shyla. “No lo digas”, rogó sin emitir sonido. “No puedo creerlo”.

Tobías cacareó afablemente y meneó la cabeza, la enmarañada cabellera castaña.

—Si vas a cambiar de estilo, tendrás que abandonar esta serie. No puedes envilecer Dragones en Ámbarde esta manera. Hay gente importante que ha invertidoen esto.

Entonces, sus palabras perdieron todo significado para ella, mientras, horrorizada, miraba cómo movía la boca, ese labio superior, ligeramente protuberante y ensombrecido de gris. Con qué facilidad se destrozaba la vida. Se abollaba como un papel, como el primer borrador de un mal poema.

—No estás oyendo una palabra de lo que digo —dijo él—. Estás demasiado tensa, en serio. —Se acercó a ella, caminó a su alrededor. La tomó de los hombros por detrás. Masajeó sus músculos contracturados, mascullando su sorpresa ante tanta rigidez.

Al no tener que mirarlo, Shyla pudo redescubrir su voz, un remedo de confianza.

—Es tan bueno como todos los demás —susurró, atreviéndose a ser sincera.

—Vamos, Shyla, querida. ¿Sabes cuántos artistas jóvenes hay en la ciudad hoy en día? —Sus manos comenzaron a moverle los antebrazos, empujándole los omóplatos hacia la columna vertebral, apretándolos contra la zona tensa, contra una pared de ladrillos—. Sólo puedo enfocar la atención en tres o cuatro a la vez, entiendes. Sólo en los pocos elegidos, los que demuestran ser más promisorios. —Sus manos se deslizaron hacia delante y encerraron sus senos, los apretaron con amorosa suavidad—. Me gustas, Shyla, ya lo sabes.

“Oh, Dios. Nunca debí permitirle que me tocara la primera vez”, pensó Shyla, alarmada. “Ahora quiere el plato principal. Ha venido a reclamar mi alma”. Movió una mano para apartar las del hombre, pero éstas se endurecieron como el hierro cuando las tocó. Sus pezones se irguieron. Shyla cerró los ojos.

—Por favor, Toby —murmuró, sintiendo un rubor subiéndole por la garganta—. La pintura.

El tiempo parecía estirarse a su alrededor, un continuum atrapado en una fotografía bidimensional, un blanco y negro confuso con infinitos matices de gris. “Desde aquí, podrías caer para siempre”, reflexionó, “y nunca tocar fondo”.

Tobías lanzó un suspiro teatral. Sus manos reiniciaron el masaje rítmico.

—Realmente no lo sé, Shyla.

 

***

 

A las dos en punto, Ryin decidió marcharse de Servicios Temporarios. Los agentes principales ya habían completado su cuota de personal y él seguía sin un centavo. La fila se extendía delante de él como una serpiente, un desfile de soldados famélicos buscando trabajo. Algunos amplificados del distrito residencial habían acampado toda la noche, esperando la oportunidad de obtener un jornal. Ryin hizo una mueca de disgusto mientras se apartaba de la fila. Otro día desperdiciado; toda la maldita semana había sido un desastre. Si no podía conseguir algún reparto de volantes en la zona libre esa tarde, no habría cena el domingo, ni siquiera pan para mojar en restos de grasa.

Se despidió de algunos de sus amigos de la fila e intercambió las habituales palabras de estímulo. El agente del gobierno se compadeció y le regaló el dinero para el pasaje de ómnibus hasta el centro. Ryin se lo guardó en el bolsillo y comenzó a caminar, balanceando sus largas rastas, haciendo repiquetear las monedas. Pasó el ómnibus y él no le hizo caso. Sólo eran unos cuantos kilómetros.

Las cosas podrían ser peores, volvió a recordarse. Podría estar solo en la ciudad, como un insecto en un laberinto. Al menos tenía a Shyla, que mantenía las cosas en su lugar. Por Dios, estaría muerto sin ella; se derrumbaría en el acto. ¡Qué chica tan dulce era! Y desprejuiciada en la cama. ¿Qué más podía pedirle un hombre a su compañera? Habría vendido su corazón por ella, si hubiera tenido dos.

Ryin golpeteó el parche de plástico negro mientras caminaba, marcando el ritmo de sus movimientos con ese sonido hueco. El sol quemaba, no había nubes en el cielo, pero las sombras de las montañas oblongas ofrecían un descanso fresco, un santuario. A la distancia, el asfalto producía espejismos, devolviéndole el calor del mediodía al viento suave que, más que soplar, succionaba; más que formar ráfagas, remolineaba.

“Un hombre honrado siempre puede hallar un empleo honrado”, se recordó Ryin mientras tomaba los volantes y comenzaba el recorrido. Eso le había dicho su padre años atrás; su padre, que alguna vez había sido dueño de una casa, de una vivienda en las afueras, y había traído al mundo a su hijito en medio de mantillas de color celeste, de verduras picadas y envasadas en pequeños frascos de vidrio. Aunque el padre de Ryin había muerto hacía mucho, los de su generación seguían viviendo en los suburbios: la generación gris, los sobrantes de una época más simple, cuando el aire era limpio, la tierra verde y la comida sana, que aún no querían aceptar los nuevos transplantes biotec y que, cuando sus órganos fallaban, exigían reemplazos genuinos.

No ocurría lo mismo con la siguiente generación, los amplificados, que competían entre sí por los avances tecnológicos y las actualizaciones sensoriales, los implantes de moda y las curiosidades cosméticas; que entregaban hasta su propia fertilidad a cambio de mejoras biotecnológicas. Los amplificados no querían comprar órganos humanos naturales, pero estaban generando rápidamente un lucrativo mercado de compraventa de recién nacidos. Ryin miró hacia la zona residencial, sobre las colinas suburbanas, y se preguntó qué sería de sus dos hijos amplificados, los hermanos mayores de Kit, viviendo en el lujo, con nombres y rostros nuevos. Pensó en Shyla. Si aceptaban en la familia otra boca para alimentar ¿podrían solventar los gastos?

Mientras repartía volantes en la zona libre a cambio de unas monedas, se sintió un pobre hombre despreciable. Los proxenetas le cobraban por pararse en todas las manzanas. Los de traje, tomándolo por un ratero, lo esquivaban. Tenía ganas de abandonar todo y hacerse conectar a una computadora, en alguna fábrica de las afueras. Con un buen implante, podía ascender muy rápido; podía desenchufarse los fines de semana para ver a Shyla y Kit; podía ir a Visión Futura, conectarse directamente con la computadora de crédito y comprarse, por fin, un ojo que fuese la pareja perfecta del suyo, con lente infrarroja y telescópica y un hermoso tono de azul. Podía conectarse con la luna.

Llegó a casa un poco tarde para la cena y encontró el apartamento vacío.

Permaneció de pie en el umbral, como una marioneta, esperando que alguien moviera sus hilos. Ninguna nota. Ninguna señal de pelea. Ningún olor a trementina fresca. Se apoyó contra el marco de la puerta; sintió una electricidad helada en el abdomen; trató de organizar las vagas posibilidades que aparecían en su cabeza. Es tan fácil que todo se haga pedazos, ¿verdad?

“Primero intenta con la Sra. Hanover, al fondo del corredor”, se dijo con calma. Y se volvió. Y salió corriendo.

Kit estaba allí. La Sra. Hanover ya le había dado de cenar, nabo hervido. Estaba preocupada por Shyla. El médico, el marchante de arte… tendría que haber regresado a casa a las dos o a las tres como máximo. La Sra. Hanover imaginaba pandillas callejeras y pervertidos; no era bueno que una bella mujer anduviera sola por ahí, y sin llevar nunca un arma, aparte del pequeño aturdidor que guardaba en el bolso.

Ryin le dio unas monedas a la niñera y llevó a Kit a casa. Se quedaron sentados en silencio, en la solitaria silla reclinable, con la vista clavada en el fucsia sobre el desteñido fondo gris. Un padre y un hijo. Dos almas. No mucho, en realidad, dentro del gran esquema de las cosas.

Kit se durmió.

Ryin esperaba.

La ciudad que los rodeaba rugía.

La oscuridad descendió como un manto y Ryin puso a Kit en la cuna y regresó a su silla. La colocó de frente a la puerta y se sentó. Fijó la vista en la puerta. Deseaba que se abriera. Regateó con ella. Le suplicó que se abriera de par en par y trajera a Shyla de nuevo a su vida, que restaurara la unidad de sus espíritus.

Mentalmente, revivió los sucesos del día anterior, cada palabra, cada matiz. Si le hubiese hablado de otra manera… Si hubiera tenido unos dólares en el bolsillo… Con cada idea, el futuro caleidoscópico cambiaba. Las eventualidades se agitaban en su cabeza como un caldo espeso hirviendo en un caldero. Si imaginas lo peor que puede suceder, cualquier otra cosa se vuelve más fácil de aceptar. Si pierdes todo, eres invulnerable a cualquier otro dolor.

Su esposa abrió la puerta unos minutos después de medianoche.

—¡Gracias a Dios, dulce! —exclamó Ryin, al tiempo que se lanzaba hacia ella—. ¡Me tenías tan preocupado!

—Ahora todo está bien —le dijo Shyla con una sonrisa inestable.

Su nuevo parche ocular rosado era la promesa de días mejores.

 

 

Título original: Perfect match© Steve Stanton

Traducción: Claudia De Bella, © 2010.

 

 

Steve Stanton es canadiense y se desempeña en la actualidad como Vicepresidente de SF Canada, una asociación bilingüe de escritores, artistas y otros profesionales del campo de la Ciencia Ficción, Fantasía, Horror y Ficción Especulativa. Sus historias cortas han sido publicadas en nueve países y traducidas a cinco idiomas, incluyendo hebreo, griego, italiano, español y rumano. Su primera novela será publicada en septiembre de 2010 por ECW Press como parte de una trilogía de ciencia-ficción.

Hemos publicado en Axxón: EL LADRÓN DE TIEMPO

 


Este cuento se vincula temáticamente con NO ME MIREN de Gabriel Mérida, KAISHAKU de Yoss, REFLEJOS de Martín Juncrill

 

Axxón 209 – julio de 2010
Cuento de autor norteamericano (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción : Distopía : Transplantes : Canadá : Canadiense).

 

 


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