¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

Jesucristo parpadeó, sus ojos de yeso pintados con acrílico caoba se movieron en las órbitas y observaron a la concurrencia. Gradualmente, como si les hubieran inyectado un extraño suero, adquirieron un fulgor viscoso y oscuro, y las pupilas se dilataron hasta convertirse en dos espejos negros. El Redentor gesticuló y probó los músculos del rostro, un desfile de muecas que cubrieron todo el espectro de las emociones humanas. Al final, se quedó con una ancha sonrisa que recordaba a la famosa foto de Charles Manson en manos de la justicia. La saliva se descolgó de su labio inferior y descendió en perfecta línea recta hasta la alfombra roja del altar, donde el sacerdote salmodiaba a sus fieles enfrascado en el ritmo de sus propias palabras.

Era la tarde de un viernes de un día perfectamente normal y nadie se percató del Cristo articulado hasta que un monaguillo aburrido decidió investigar que era lo que resoplaba a sus espaldas. Lo que vio no logró traducirlo a ningún lenguaje o protolenguaje conocido. Como si le hubiera dado un aneurisma, se quedó balbuceando y gruñendo hasta que la estatua se acercó y le aplastó el cráneo de un puñetazo. Un segundo antes de que se desatara el caos, en la primera fila, la señora Da Silva había estado rogándole a Jesús que eliminara de la faz de la tierra a su nuera; Carmencita De la Cruz Da Silva, criatura indigna y aborrecible por donde se la mirase y que ostentaba el dudoso tupé de haberse floreado con media ciudad de Río de Janeiro antes de clavar las garras en su único hijo, que por otro lado no era un santo pero que tampoco se merecía a una bruja como aquélla. Por estos motivos y por otros menos convincentes, la señora Da Silva argumentaba hecha una furia y pedía una muerte rápida y eficaz para su nuera sin quitar los ojos del Nazareno. Fue por eso que se convirtió en la primera espectadora del prodigio, cuando el Cristo se descolgó de la cruz y caminó tambaleándose como un zombie por el altar.

Aquella proeza no pasó desapercibida para nadie y enseguida se oyeron voces histéricas aclamando que era un milagro y otras que decían que no, que no lo era en absoluto. A esos gritos, la señora Da Silva tuvo que sumar los propios, retractándose de haber albergado tan pecaminosos pensamientos, pero el Cristo fue indiferente a la cacofonía general y atacó al monaguillo sin miramientos.

Fue un golpe demoledor, el pobre muchacho salió despedido como un muñeco de prueba y cayó muerto junto a la primera fila de bancos. Precisamente junto a los pies del juez Milton Dos Santos Del Rey. Dicho juez era una eminencia en el lugar pero también era un anciano de más de ochenta años, con problemas cardíacos. Por lo que no pudo evitar que la ofrenda que salpicaba sus finos zapatos de gamuza le provocara un temblequeo infantil en el mentón y mucho menos que la vieja pasa de higo se le detuviera en seco a modo de protesta.

El Cristo vociferó un sonido que retumbó en el interior de la nave como el llanto de una ballena herida; su ex rebaño respondió con un griterío aterrado, pero humano.

El sacerdote se llamaba Oscar Nascimento Truncado y hasta ese momento no había atinado a nada que no fuera sobarse su barba de chivo y perder el control de la vejiga. Pero a último momento se interpuso, con pasmosa sorpresa, entre la estatua y la concurrencia. La figura se detuvo ante él y lo miró con ojos inexpresivos.

—¡Vuelve al pozo de azufre, bestia inmunda! ¡No eres digna de mancillar esta imagen! —dijo el sacerdote, insuflándose valor.

Jesucristo acercó su enorme rostro hasta que la nariz aguileña del cura quedó a dos centímetros de la suya y, como si fuera la cosa más natural del mundo, comenzó a olfatearlo.

—Vuelve a tus dominios, en nombre de… Dios —susurró el sacerdote.

Recibió una dentellada en plena cara y fue sacudido como la presa de un animal salvaje hasta que la carne se despegó de sus huesos con un ruido de succión. Se sintió suspendido, flotando en una mezcla de horror y éxtasis, luego su espinazo se quebró en tres partes contra un banco de madera. Sus pocos minutos finales los dedicó a morir miserablemente.

Mientras la señora Da Silva al igual que otros concurrentes avanzaban en tropel hacia la salida, el Cristo arrastró el cuerpo del juez Milton Dos Santos del Rey y comenzó a utilizarlo para aporrear a los más rezagados. Un hombrecito de anteojos y bigote intentó esquivarlo y recibió una tremenda patada en el estómago. Por encima del pandemonium, el Cristo lanzó otro llanto de ballena. Un sonido tan grotesco que paralizó a los más débiles. Era la antítesis perfecta del pastor y sus ovejas, un flautista de Hamelín demencial que hacía que las ratas se llevaran las manos a los oídos y pugnaran contra un terror que volvía la sangre espesa como la brea. Cerca de la puerta, el gentío se había convertido en un desesperado nudo de brazos y piernas. El Cristo se deshizo del cuerpo y de tres zancadas alcanzó al último grupo, comenzó a morder y a golpear a cuantas personas pudo, entregado a un frenesí salvaje y sin tregua.

Joâo Gabriel Barbosa y María Belifonte practicaban capoeira en la plaza central justo enfrente de la iglesia de San Bautista. A sus pies había un sombrero de raso con unos pocos reales, gentileza de unos turistas alemanes y alguno que otro paisano generoso. En líneas generales, el día había sido bastante malo y Joâo y María habían discutido por una serie de tonterías, aunque eso no era un impedimento para que continuaran demostrando sus habilidades. Además, Joâo tenía en su bolsillo un regalo que ablandaría los caprichos de su novia. De eso estaba seguro. Estaban tan concentrados en su arte que no percibieron a la muchedumbre huyendo del templo, hasta que alguien pasó muy cerca de ellos y lanzó una exclamación para luego caer sobre el césped con la mitad de la cabeza literalmente mordida.

María Belifonte pegó un saltito que en otras condiciones hubiera resultado gracioso y automáticamente comenzó a llorar y a hipar sin entender muy bien qué pasaba. Tampoco entendió el tremendo empujón que le propinó Joâo, aterrizó de cabeza a un par de metros, entre un macizo de flores y un bebedero de piedra. Escupió tierra y se levantó, todavía llorando pero justo a tiempo para ver como un gigante desnudo y cubierto de sangre estrellaba una pila bautismal con tremenda violencia en la cabeza de su novio. Joâo Gabriel Barbosa se convirtió en pulpa de carne y sesos revueltos tan rápido que María registró para siempre su última expresión: una cara de consternación pura.

El monstruo se volvió hacia ella y se frotó los genitales. Un Jesús de tres metros con un pene grande como un martillo hidráulico que se bamboleaba arriba y abajo, con la baba colgando de su mentón y unos ojos vacíos y terribles clavados en ella.

María dejó de llorar, dejó de hipar, dejó de respirar, pero se levantó y corrió como nunca había corrido en su vida. Corrió como una condenada, como si disputara por una medalla olímpica. Siete cuadras después se desplomó y se preguntó con una risita histérica qué mierda escondería Joâo en el bolsillo.

Eran las siete y cuarto de un día normal en la ciudad de Río de Janeiro, y la bestia de yeso comenzó a recorrer las calles aullando como una bestia marina a una luna incipiente y enfermiza. Antes de que oscureciera por completo, ya había asesinado a cuarenta personas, herido a más de noventa y causado destrozos y pánico en toda la zona central de la ciudad. Seguido de cerca por una jauría de perros que no dejaban de ladrarle, dejó un tendal de destrucción como nunca antes se había visto.

Cuando se encendió la lucecita roja de la radio, el teniente Matheus Correia Souza lanzó un insulto por lo bajo. Era su día franco después de dos semanas de trabajo y se merecía pasar tiempo con su pequeña Lucía. Contestó de mala gana, y escuchó lo que tenían que decirle. Soltó una carcajada, luego cerró la boca y se puso pálido. Cinco minutos después, quemaba las gomas de su Yamaha y se saltaba los semáforos en rojo para llegar al cuartel.


Ilustración: Fraga

Allí, su equipo ya estaba preparado y esperándolo.

—Parece que a Jesús se le acabaron las otras mejillas, teniente.

—No haga bromas con esto, Figueiras.

Las tanquetas de la policía paramilitar no eran muy cómodas cuando iban atiborradas, pero al menos eran rápidas. El teniente observó que sus hombres se preparaban para el enfrentamiento. El cabo Elizalde Barreiros besó su crucifijo y al instante adoptó una expresión casi cómica, de asco y extrañeza.

Encontraron a la bestia cerca de la playa, en el extremo sur del Boulevard. El Cristo andante de la iglesia San Juan Bautista había colapsado una avenida, provocando el incendio de varios automóviles y matando a todos sus ocupantes.

Cuando el equipo preparó la artillería, el monstruo estaba atacando un bus de larga distancia. Forzó las puertas y entró en el vehículo sin que nadie pudiera detenerlo. La policía formó un rápido cordón a unos treinta metros del ómnibus. Adentro se había iniciado una masacre y los gritos de los turistas eran insoportables.

El teniente Matheus Correia Souza no era un tipo de andarse con rodeos. Pidió permiso a sus superiores y tras recibir el visto bueno, se calzó el lanzagranadas en el hombro y apuntó con el corazón frío. En su mente, la pequeña Lucía le enseñaba a amasar bolinhos de mandioca con la cara cubierta de harina.

Disparó una lanza humeante que se incrustó en el tanque de combustible.

El bus pareció rajarse por la mitad, se elevó un metro del suelo envuelto en una llama anaranjada y aterrizó como en cámara lenta en medio de un estruendo colosal.

Más tarde, cuando los bomberos enfriaron los hierros, encontraron lo que quedaba de la criatura, pero a diferencia de sus víctimas, su cuerpo no estaba carbonizado sino resquebrajado y deshecho en escombros.

Cerca de medianoche, la noticia del Cristo asesino había empezado a prender como pólvora en todas las emisoras de radio y televisión del país. Miles de opiniones saturaron los medios con el afán de explicar lo inexplicable. Especialistas y testigos hicieron conjeturas cada vez más absurdas y sembraron la semilla del miedo en toda la nación.

A las doce y cuarto, en una de las ciudades más bellas y peligrosas del mundo, todos los perros se pusieron a aullar al unísono. Fue un ulular desgarrador que trepó por los morros y se proyectó hacia las estrellas anunciando lo peor.

De cara al océano, encaramado en el cerro del Corcovado, el Cristo Redentor abrió los ojos y contempló las luces brillantes que se extendían hasta la bahía.

 

 

Ariel S. Tenorio, argentino, nació el 2 de agosto de 1975. Se ha dedicado a la creación de relatos cortos de ficción y poesía. Actualmente vive en Gral. Pacheco, provincia de Buenos Aires, Argentina. Es miembro fundador del grupo literario pro-horror “The Wax”. Ha recibido una Mención de Honor en el 16° certamen de poesía y narrativa 2007 de la Editorial Zona. Es lector desde hace años de la revista Axxón y como tanto ingreso de datos al final debe generar alguna salida, aquí tenemos el interesante trabajo que nos ha presentado.

Hemos publicado en Axxón: SUNNY ROSE Y EL VENDEDOR DE ESPEJOS (178), CARROÑA (179), LA JUNGLA MÁS ALLÁ DE LAS ESTRELLAS (181), ¡ZOMBIE, RESPONDE!, ORDEN&Oacute: EL PLASMATRÓN (191), EL NANABOUSH (195)

 


Este cuento se vincula temáticamente con OTRA VERSION DE LOS HECHOS de Sergio Gaut vel Hartman, EL TERMINAL de Juan Guinot, EL CRISTO ATRAPADO de Felipe Rodríguez Maldonado

 

Axxón 210 – septiembre de 2010
Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Terror fantástico : Religión : Zombies : Argentina : Argentino).

 

 


6 Respuestas a ““La razón de las estatuas”, Ariel S. Tenorio”
  1. De miedo… Excelente mmhh… ¿cuento?

  2. Mesén dice:

    A pensar

  3. maria teresa dice:

    tu cuento esta buenisimo

  4. Muy bueno, realmente. Está bien narrado, sin tropiezos; la lectura es ágil y la historia interesante.

  5. Ruben Pepe dice:

    Ariel, como tu homónimo de la Tempestad de Shakespeare, volaste y no dejaste títere con cabeza, rompiste y derribaste los esquemas de lo que las imágenes religiosas representan. ¡Arriba a seguir derribando mitos icónicos! Salud, y adelante Ruben Pepe.

  6. Lali dice:

    Está interesante. Al leerlo llegué a sentir náhuseas

  7.  
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