Revista Axxón » «Hermano menor» (Capítulo 14), Cory Doctorow - página principal

¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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Capítulo 14

La Xnet no era muy divertida en plena jornada escolar, cuando todos los que la usaban estaban en el colegio. Tenía la hoja de papel doblada en el bolsillo trasero de mis jeans y la arrojé sobre la mesa de la cocina cuando llegué a casa. Me senté en la sala y encendí la TV. Nunca la miraba, pero sabía que mis padres sí. Ellos sacaban todas las ideas que tenían del mundo de la TV, la radio y los periódicos.

Las noticias eran terribles. ¡Había tantas razones para tener miedo! Los soldados norteamericanos morían en todo el mundo. No sólo los soldados. También los efectivos de la Guardia Nacional, que se habían incorporado a la fuerza para ayudar a rescatar gente de los huracanes y que ahora, desde hacía años y años, estaban apostados en el extranjero por culpa de esta guerra larga e interminable.

Recorrí todos los canales de noticias que transmitían las 24 horas, uno tras otro: un desfile de funcionarios diciéndonos por qué debíamos tener miedo. Un desfile de imágenes de bombas explotando en todo el mundo.

Continué cambiando de canal, hasta que me topé con un rostro familiar. Era el sujeto que había entrado en el camión para hablar con Pelo Corto cuando me tenían encadenado en el fondo. Llevaba uniforme militar. La leyenda al pie de la imagen lo identificaba como el General de División Graeme Sutherland, Comandante Regional del DSI.

—Tengo en mis manos folletería genuina que se ofrecía en el llamado concierto del Parque Dolores el fin de semana pasado. Levantó una pila de panfletos. Recordé que en el parque había muchos que repartían panfletos. En San Francisco, cada vez que se reúne gente te dan panfletos. Quiero que los observen por un momento. Les leeré los títulos. SIN EL CONSENTMIENTO DE LOS GOBERNADOS: GUÍA DEL CIUDADANO PARA DERROCAR AL ESTADO. Aquí hay otro, ¿LOS ATAQUES DEL 11 DE SEPTIEMBRE REALMENTE OCURRIERON?; y otro más, CÓMO USAR LA SEGURIDAD DEL GOBIERNO EN SU CONTRA. Este material nos revela el verdadero propósito de la reunión ilegal del sábado por la noche. No fue simplemente la reunión carente de seguridad de miles de personas sin tomar las debidas precauciones, sin siquiera instalar baños. Fue un acto de reclutamiento del enemigo. Fue un intento de corromper a los chicos y convencerlos de que Norteamérica no debe velar por su propia protección.

»Consideren este lema: NO CONFÍES EN NADIE MAYOR DE 25. ¿Qué mejor manera de asegurar que el mensaje pro-terrorista no incluya el debate considerado, equilibrado y maduro que excluir a los adultos, limitando el grupo a la participación de jovencitos impresionables?

»Cuando la policía llegó a la escena, descubrió que se estaba llevando a cabo un acto de reclutamiento para el enemigo de los EE. UU. La reunión ya había perturbado el descanso de cientos de residentes de la zona. Ninguno de ellos fue consultado durante la planificación de esta fiesta descontrolada que duró toda la noche.

»Dieron orden de que la gente se dispersara, cosa que se aprecia en todos los videos, y cuando los juerguistas se disponían a atacar, instigados por los músicos desde el escenario, la policía los sometió utilizando técnicas no letales de control de multitudes.

»Se arrestó a los líderes de los revoltosos y a los provocadores que empujaron a miles de jóvenes influenciables a cargar contra la fuerza policial. De ellos, 827 quedaron en custodia. Muchos tenían antecedentes. Más de 100 tenían orden de captura. Continúan detenidos.

»Señoras y señores, los EE.UU. están peleando una guerra en muchos frentes, pero en ningún otro sitio corre un peligro más grave que aquí, en casa, ya sea por los ataques de los terroristas o de los que simpatizan con ellos.

Un periodista levantó la mano y dijo:

—General Sutherland, seguramente no estará diciendo que esos chicos eran simpatizantes de los terroristas porque asistieron a una fiesta en el parque, ¿verdad?

—Claro que no. Pero cuando los jóvenes caen bajo la influencia de los enemigos de la patria es fácil que acaben pensando como ellos. A los terroristas les encantaría reclutar una quinta columna que los ayudara a pelear esta guerra desde dentro. Si fueran mis hijos, estaría seriamente preocupado.

Otro periodista exclamó:

—Pero seguro que sólo se trató de un concierto al aire libre, ¿no es así, General? No andaban con rifles, practicando tiro.

El General sacó una pila de fotos y comenzó a mostrarlas.

—Aquí tienen imágenes tomadas por los oficiales con cámaras infrarrojas antes de intervenir. —Las sostuvo junto a su rostro y comenzó a pasarlas, una por una. Mostraban gente bailando con bastante violencia; algunos quedaban aplastados o los pisaban. Luego, se enfocaban en el sexo junto a los árboles: una chica con tres chicos; dos chicos besándose—. En este evento había niños de diez años. Un cóctel mortal de drogas, propaganda y música que resultó en decenas de heridos. Es un milagro que nadie haya muerto.

Apagué el televisor. Lo pintaban como una batalla campal. Si mis padres hubieran pensado que yo estaba allí, me habrían amarrado a la cama durante un mes y sólo me habrían dejado salir con un collar rastreador puesto.

A propósito, se iban a cabrear cuando descubrieran que me habían suspendido.

 

 

***

 

No lo tomaron bien. Papá quería castigarme, pero mamá y yo lo convencimos.

—Sabes que el vicedirector tiene a Marcus entre ojos desde hace años —dijo mamá—. Después de salir de la última reunión que tuvimos con él, te pasaste una hora insultándolo. Creo que mencionaste la palabra «imbécil» repetidas veces.

Papá meneó la cabeza. —Alborotar una clase para criticar al Departamento de Seguridad Interior…

—Es una clase de Estudios Sociales, papá —dije. Ya nada me importaba, pero sentí que si mamá salía en mi defensa yo debía ayudarla—. Hablábamos del DSI. ¿No es que los debates son saludables?

—Mira, hijo —respondió. Últimamente, me llamaba «hijo» con mucha frecuencia. Me hacía sentir que había dejado de considerarme una persona y que, en cambio, pensaba en mí como en una especie de larva a medio formar que necesitaba un guía hasta salir de la adolescencia. Odiaba eso—. Tendrás que aprender a vivir con el hecho de que hoy estamos en un mundo distinto. Tienes todo el derecho a expresar tu opinión, por supuesto, pero debes estar preparado para las consecuencias. Debes enfrentar el hecho de que hay gente que está sufriendo, que no quiere debatir sobre las sutilezas de la ley constitucional cuando sus vidas corren peligro. Ahora estamos en un bote salvavidas, y cuando estás en un bote salvavidas nadie quiere que le hablen de las maldades del capitán.

A duras penas logré contener la cara de exasperación.

—Me han asignado dos semanas de estudio independiente; tengo que escribir una monografía para cada materia, usando la ciudad como base: una de Historia, una de Estudios Sociales, una de Inglés y una de Física. Es mejor que quedarme sentado en casa mirando televisión.

Papá me miró intensamente, como si sospechara que yo planeaba algo; después, asintió. Les di las buenas noches y subí a mi cuarto. Encendí la Xbox, abrí un procesador de palabras y comencé a buscar ideas para mis monografías. ¿Por qué no? Realmente, era mejor que quedarme sentado en casa sin hacer nada.

 

 

***

 

Terminé chateando con Ange bastante rato esa noche. Me consoló por todo y me dijo que me ayudaría con los trabajos si quería encontrarme con ella después de la escuela, la tarde siguiente. Sabía dónde quedaba su escuela —iba a la misma que Van— y era lejos, en la Bahía Oriental, sitio al que yo no había vuelto desde la explosión de las bombas.

La verdad, me entusiasmaba la perspectiva de verla otra vez. Desde el concierto, me acostaba todas las noches pensando en dos cosas: la imagen de la multitud cargando contra las hileras de policías y el roce del costado de su seno, debajo de su camisa, cuando nos apoyamos contra el pilar. Ella era formidable. Nunca antes había estado con una chica tan… agresiva como ella. Siempre era yo el que avanzaba y ellas las que me apartaban de un empujón. Tenía la sensación de que Ange era tan cachonda como yo. Era una idea tentadora.

Esa noche dormí profundamente, con sueños excitantes sobre Ange, yo y lo que podríamos hacer si nos encontrábamos en un lugar aislado.

Al día siguiente, me dispuse a trabajar en las monografías. San Francisco es un buen sitio sobre el cual escribir. ¿Historia? Claro, existe: desde la Fiebre del Oro hasta los astilleros de la Segunda Guerra Mundial, los campos de confinación para japoneses y la invención de la PC. ¿Física? El Exploratorium tiene la mejor muestra de todos los museos que he visitado. La exhibición sobre la licuefacción del suelo durante los terremotos grandes me producía una satisfacción perversa. ¿Inglés? Jack London, los poetas beat, los escritores de ciencia ficción como Pat Murphy y Rudy Rucker. ¿Estudios Sociales? El Movimiento por la Libertad de Expresión, César Chávez, los derechos de los homosexuales, el feminismo, el movimiento antibélico…

Siempre me gustó aprender por aprender. Simplemente, para saber más del mundo que me rodea. Podía aprender con sólo caminar por la ciudad. Decidí que primero haría la monografía de Inglés sobre los beat. City Light Books tenía una gran biblioteca, en una sala del piso de arriba, donde Alan Ginsberg y sus amigos habían creado su poesía drogona radical. El poema que habíamos leído en clase era Aullido y nunca iba a olvidar los primeros versos, que me provocaban escalofríos en la espalda:

Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura,

famélicas histéricas desnudas,

arrastrándose por las calles de los negros al amanecer

en busca de un colérico pinchazo,

hipsters con cabezas de ángel consumiéndose por la antigua conexión celestial con la dínamo estrellada de la maquinaria nocturna…

Me gustaba la manera en que encadenaba esas palabras: «famélicas histéricas desnudas». Yo sabía lo que era sentir eso. Y «las mejores mentes de mi generación» también me hacía pensar mucho. Me recordaba al parque, la policía y el gas cayendo. A causa de Aullido, habían arrestado a Ginsberg por obscenidad… todo por un verso que hablaba del sexo homosexual y que hoy en día no nos habría movido un pelo. De alguna manera, me alegraba que hubiésemos progresado en algo. Que las cosas hubiesen sido aún más restrictivas antes que ahora.

Me perdí en la biblioteca, leyendo hermosas ediciones antiguas de los libros. Me perdí con En el camino, de Jack Kerouac, una novela que tenía intención de leer desde hacía mucho; un empleado que se acercó a ver lo que hacía asintió con aprobación y me buscó una edición barata que me vendió por 6 dólares.

Fui hasta el Barrio Chino y comí bollos dim-sum y fideos con salsa picante, que antes consideraba bastante picantes, pero que ahora, después de haber probado el especial de Ange, nunca volverían a parecerme ni remotamente picantes.

Mientras el día avanzaba hacia la tarde, subí al BART y luego al autobús de ida y vuelta al puente San Mateo que me llevaba a la Bahía Oriental. Leí mi ejemplar de En el camino y disfruté del paisaje que pasaba rápidamente ante mis ojos. En el camino es una novela semi-autobiográfica sobre Jack Kerouac, un escritor drogón y bebedor que viaja por los EE. UU. haciendo autostop, consiguiendo trabajos de mala muerte, aullando en las calles por la noche, conociendo gente y despidiéndose de ella. Bohemios, vagabundos de rostro triste, estafadores, rateros, basuras humanas y ángeles. En realidad, no tiene argumento —supuestamente, Kerouac lo escribió en tres semanas, en un largo rollo de papel, drogado hasta la locura—, sino que es un ramillete de cosas sorprendentes que ocurren una tras otra. Traba amistad con personas autodestructivas, como Dean Moriarty, que lo involucran en planes extraños que nunca funcionan, pero igual funcionan, si entiendes a qué me refiero.

Las palabras tenían un ritmo que era exquisito; en mi cabeza, lo escuchaba como si me lo estuvieran leyendo en voz alta. Me daban ganas de acostarme en la litera de una camioneta y despertar en un pueblo polvoriento del valle central, camino a Los Ángeles, uno de esos sitios con una estación de combustible y un comedor, y de salir a los campos y conocer gente y ver cosas y hacer cosas.

El viaje en autobús era largo y me dormí un poco; quedarme levantado hasta tarde chateando con Ange perjudicaba bastante mi horario de sueño, ya que mamá seguía pretendiendo que bajara a desayunar. Desperté, cambié de autobús y, al poco rato, llegué a la escuela de Ange.

Salió por el portón a los saltos, vestida de uniforme. Nunca antes la había visto de uniforme. Le quedaba bien de un modo extraño y me recordó a Van uniformada. Me dio un largo abrazo y un fuerte beso en la mejilla.

—¡Hola! —me dijo.

—¡Cómo estás!

—¿Qué lees?

Yo estaba esperando esto. Había marcado el fragmento con un dedo.

—Escucha: «Bailaban por las calles como peonzas y yo los seguí arrastrando los pies, como lo he hecho toda la vida con la gente que me interesa, porque para mí la única gente que existe es la que está loca, loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, que quiere tener todo al mismo tiempo, que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde, arde como fabulosos fuegos artificiales amarillos que explotan como arañas entre las estrellas y en el centro se ve estallar una luz azul y todos dicen ¡Aaah!».

Tomó el libro y leyó el párrafo ella misma.

—¡Vaya, peonzas! ¡Me encanta! ¿Es todo así?

Le conté las partes que había leído, caminando lentamente por la acera hacia la parada del autobús. Cuando doblamos la esquina, me rodeó la cintura con un brazo y yo pasé el mío por encima de su hombro. Por la calle con una chica —¿mi novia?… claro, ¿por qué no?— y charlando sobre un libro genial… era el paraíso. Me hizo olvidar de mis problemas un breve instante.

—¿Marcus?

Me di vuelta. Era Van. Inconscientemente, me esperaba esto. Lo supe porque mi mente consciente no estaba ni remotamente sorprendida. No era una escuela muy grande y todas salían a la misma hora. Hacía semanas que no hablaba con Van y esas semanas se sentían como meses. Antes hablábamos todos los días.

—Hola, Van —dije. Suprimí la apremiante necesidad de sacar el brazo de los hombros de Ange. Van parecía sorprendida, pero no enojada, ni más pálida, ni conmocionada. Nos miró detalladamente a los dos.

—¿Angela?

—Hola, Vanessa —dijo Ange.

—¿Qué haces aquí?

—Vine a buscar a Ange —dije, tratando de mantener un tono neutral. De pronto, me resultaba embarazoso que me vieran con una chica.

—Ah —dijo Van—. Bueno, me alegro de verte.

—También me alegro de verte, Vanessa —dijo Ange, haciéndome girar y llevándome hacia la parada del autobús.

—¿La conoces? —dijo Ange.

—Sí, desde siempre.

—¿Era tu novia?

—¿Qué? ¡No! ¡De ningún modo! Éramos amigos.

—¿Eran amigos?

Me parecía que Van venía detrás de nosotros, escuchando, aunque al paso que íbamos tendría que haber estado trotando para alcanzarnos. Resistí la tentación de mirar por encima del hombro todo lo que pude; después, miré. Había muchas chicas de escuela detrás de nosotros, pero no Van.

—Estaba conmigo, José Luis y Darryl cuando nos arrestaron. Jugábamos JRA juntos. Los cuatro… éramos algo así como mejores amigos entre nosotros.

—¿Y qué pasó?

Bajé la voz. —A ella no le gustaba la Xnet —dije—. Pensaba que nos meteríamos en problemas. Que yo metería en problemas a otras personas.

—¿Y por eso dejaron de ser amigos?

—Sólo nos distanciamos.

Avanzamos unos pasos. —¿Ustedes no eran… ya sabes, amigos-novios?

—¡No! —le dije. Mi cara estaba caliente. Me pareció que mis palabras sonaban a que estaba mintiendo, aunque decía la verdad.

Ange me hizo detener de un tirón y examinó mi rostro.

—¿No?

—¡No! ¡En serio! Sólo amigos. Darryl y ella… bueno, no del todo, pero a Darryl le gustaba mucho. No había forma de…

—Pero si a Darryl no le hubiera gustado, lo habrías hecho ¿eh?

—No, Ange, no. Por favor, créeme y olvídalo. Con Vanessa éramos buenos amigos y ya no lo somos, y eso me afecta, pero nunca me gustó de otra manera ¿está bien?

Ella se afligió un poco. —OK, OK. Disculpa. Es que no me llevo bien con ella, es todo. Nunca nos hemos llevado bien en todos los años que hace que nos conocemos.

Oh-oh, pensé. Quizás era por eso que Jolu la conocía desde hacía tanto tiempo y nunca me la había presentado; Ange tenía un problema con Van y él no quería que se nos acercara.

Me dio un largo abrazo y nos besamos; un grupo de chicas pasó a nuestro lado diciendo «Uuuuh», nos enderezamos y seguimos caminando hacia la parada. Delante iba Van, que debió pasar junto a nosotros cuando nos estábamos besando. Me sentí un completo imbécil.

Por supuesto, también estaba en la parada y subió al mismo autobús; no nos dirigimos la palabra y yo traté de conversar con Ange todo el viaje, pero fue muy incómodo.

El plan era tomar un café y luego ir a casa de Ange a pasar el tiempo y a «estudiar», o sea, a turnarnos con la Xbox de ella para ver la Xnet. La madre de Ange llegaba a casa tarde los martes, porque era su noche de yoga y de ir a cenar con sus amigas, y la hermana de Ange iba a salir con su novio, de modo que teníamos toda la casa para nosotros. Yo albergaba ideas eróticas desde el momento en que planeamos la visita.

Llegamos a su casa, fuimos directamente a su cuarto y cerramos la puerta. Su habitación era una especie de desastre, cubierta con capas de ropa, cuadernos y partes de PC que se prendían de tus medias como abrojos. El escritorio estaba peor que el suelo, tapado con altas pilas de libros e historietas, así que terminamos sentados en la cama, lo que a mí me pareció muy bien.

La incomodidad por haber visto a Van había desaparecido un poco. Encendimos la Xbox, que estaba en el centro de un nido de cables; algunos iban hacia una antena inalámbrica que Ange le había adosado y que estaba junto a la ventana para poder sintonizar el WiFi de los vecinos. Otros iban hacia un par de viejas pantallas de laptop que había convertido en monitores independientes, apoyados sobre unos armazones y erizados de partes electrónicas al descubierto. Las pantallas se ubicaban sobre las dos mesas de noche, lo que era una excelente posición para ver películas o chatear desde la cama; Ange podía girar los monitores y, tendida de costado, siempre veía bien, sin importar de qué lado se acostara.

Ambos sabíamos para qué estábamos allí en realidad, sentados uno junto al otro, apoyados contra la mesa de noche. Yo temblaba un poco, superconsciente de la tibieza de su pierna y hombro contra los míos, pero necesitaba pasar por el proceso de loguearme en la Xnet, ver los correos recibidos y demás.

Había uno de un chico al que le gustaba enviar videos graciosos, filmados con su teléfono, del DSI volviéndose totalmente loco. El último que había visto mostraba a unos agentes desarmando un cochecito de bebé, después de que un perro detector de bombas se interesara en él. Lo desmontaban con destornilladores, en el puerto deportivo, en medio de la calle, mientras los ricachones que pasaban los miraban y se maravillaban ante lo raro que era todo.

Había seguido el enlace a ese video, que todos se habían descargado como enloquecidos. El chico lo había subido al mirror de Internet Archive en Alejandría, Egipto, donde hosteaban cualquier cosa gratuitamente siempre y cuando la pusieras bajo la licencia de Creative Commons, que permitía que cualquiera remixara y compartiera el material. El Archive US —que estaba en Presidio, a pocos minutos de distancia— se había visto forzado a eliminar todos esos videos en nombre de la seguridad nacional, pero el de Alejandría se había separado para formar una organización propia y hosteaba cualquier cosa que pusiera en ridículo a los EE. UU.

Esta vez, el chico —su seudónimo era Kameraspie— me había enviado un video mucho mejor. Era en la puerta de entrada de la Alcaldía, en el Centro Cívico, un gigantesco edificio parecido a un pastel de bodas, lleno de estatuas embutidas en pequeños arcos, cubierto de hojas y ribetes dorados. El DSI había asegurado el perímetro del edificio y el video de Kameraspie mostraba una gran toma del punto de control, donde un sujeto de uniforme militar se acercaba, mostraba su identificación y ponía su portafolios sobre la cinta de los rayos X.

Todo iba bien hasta que uno de los tipos del DSI veía algo que no le gustaba en la imagen de rayos-X. Interrogaba al general, que ponía cara de impaciencia y decía algo inaudible (estaba filmado desde la acera de enfrente, aparentemente con un zoom disimulado de factura casera, de modo que el audio consistía principalmente en los pasos de los peatones y los ruidos del tránsito).

El general y los del DSI se ponían a discutir y, cuanto más discutían, más tipos del DSI se reunían a su alrededor. Finalmente, el general sacudía la cabeza con furia y movía el dedo señalando el pecho del sujeto del DSI, tomaba su portafolios y comenzaba a alejarse. Los del DSI le gritaban, pero él no disminuía su marcha. Todo su lenguaje corporal decía «Estoy total y absolutamente furioso».

Entonces sucedió. Los del DSI corrieron tras el general. En esta parte, Kameraspie hacía correr el video en cámara lenta para que pudiéramos ver, cuadro por cuadro, al general volviéndose a medias, con el rostro diciendo «Ni piensen en tumbarme al suelo», luego cambiando a una expresión horrorizada cuando tres de los guardias gigantescos del DSI chocaban contra él, golpeándolo de costado y luego agarrándolo de la cintura, como una maniobra de fútbol americano capaz de acabar con una carrera deportiva. El general —de mediana edad, cabello gris acero, rostro arrugado y digno— cayó como una bolsa de papas y rebotó dos veces; se golpeó fuertemente la cara contra la acera y su nariz comenzó a sangrar.

El DSI amarró al general como se amarra a un cerdo, atándole los tobillos y muñecas. Ahora el general gritaba, gritaba de verdad; su cara se estaba poniendo violeta debajo de la sangre que le caía a borbotones de la nariz. Delante del zoom, pasaban piernas. Los peatones miraban a ese hombre de uniforme al que estaban amarrando y, por su expresión, te dabas cuenta de que esa era la peor parte: la humillación ritual, la extirpación de su dignidad. Allí terminaba el video.

—Oh, mi querido y dulce Buda —dije, mirando la pantalla mientras fundía a negro y el video recomenzaba. Le di un suave codazo a Ange y le mostré la filmación. Ella la miró sin palabras, con la boca abierta hasta el pecho.

—Postéalo —dijo—. ¡Postéalo postéalo postéalo postéalo!

Lo hice. Apenas podía teclear mientras escribía la descripción de lo que había visto, agregando una nota donde preguntaba si alguien podía identificar al militar que estaba en el video, si alguien sabía algo de esto.

Oprimí «Publicar».

Miramos el video. Volvimos a mirarlo.

Entró un correo.

>Reconozco totalmente a ese tipo. Puedes encontrar su bio en la Wikipedia. Es el General Claude Geist. Comandó la misión de paz conjunta de la UN en Haití.

Revisé la bio. Había una foto del general en una conferencia de prensa y notas sobre su papel en la difícil misión de Haití. Claramente, era el mismo hombre.

Actualicé mi posteo.

Teóricamente, este era el momento en que Ange y yo teníamos la oportunidad de besarnos y acariciarnos, pero no fue lo que hicimos. Visitamos blogs de la Xnet, buscando más informes sobre el DSI revisando gente, tumbando gente al suelo, invadiendo gente. Era una tarea conocida, lo mismo que yo había hecho con todos los videos y relatos de los disturbios en el parque. Abrí una nueva categoría para esto en mi blog, AbusosDeAutoridad, y los archivé allí. A Ange se le ocurrían todo el tiempo nuevos términos de búsqueda para probar y cuando su madre llegó a casa mi nueva categoría ya tenía setenta posteos, encabezados por el ataque al General Geist en la Alcaldía.

 

 

***

 

Trabajé en la monografía sobre los beat todo el día siguiente, en casa, leyendo a Kerouac y navegando en la Xnet. Planeaba encontrarme con Ange en la escuela, pero me acobardaba la idea de ver a Van otra vez, de modo que le envié una excusa por mensaje de texto, diciéndole que estaba trabajando en el informe.

Llegaban buenas sugerencias de todo tipo para AbusosDeAutoridad; centenares de ellas, grandes y pequeñas, imágenes y audio. El meme se estaba extendiendo. Se extendió. A la mañana siguiente había más. Alguien abrió un nuevo blog llamado AbusosDeAutoridad que recopilaba centenares más. La pila crecía. Competíamos para encontrar las historias más jugosas, las imágenes más locas.

El convenio con mis padres era que yo debía desayunar con ellos todas las mañanas y contarles sobre los trabajos que estaba haciendo. Les gustaba que estuviera leyendo a Kerouac. Había sido uno de los libros favoritos de los dos y resultó que ya había un ejemplar en la biblioteca del dormitorio de mis padres. Papá lo trajo y lo hojeó. Había párrafos marcados con bolígrafo, páginas marcadas con un doblez de la hoja, notas en los márgenes. Mi papá de verdad adoraba ese libro.

Me acordé de tiempos mejores, cuando papá y yo podíamos charlar cinco minutos sin gritarnos cosas sobre el terrorismo. Tuvimos un gran desayuno, charlando sobre la forma en que estaba planteada la novela, sobre las locas aventuras.

Pero, en el desayuno de la mañana siguiente, ambos estuvieron pendientes de la radio.

Abusos de Autoridad, la última manía de la famosa Xnet de San Francisco que ha capturado la atención mundial. El movimiento llamado A-de-A se compone de «Hermanos Menores» que vigilan las medidas antiterroristas del Departamento de Seguridad Interior, documentando sus errores y excesos. El suceso máximo es un popular y virulento video-clip de Claude Geist, teniente general retirado, cuando es derrumbado por oficiales del DSI en la acera frente a la Alcaldía. Geist no ha hecho declaraciones sobre el incidente, pero el comentario de los jóvenes que están disgustados por la manera en que los tratan ha sido rápido y furioso.

Lo más notable es la atención global que ha recibido el movimiento. Imágenes fijas del video de Geist han aparecido en las portadas de los periódicos en Corea, Gran Bretaña, Alemania, Egipto y Japón, y los medios de todo el mundo han puesto al aire el video en los noticieros de horario central. El tema pasó a primer plano anoche, cuando el noticiero nacional vespertino de la BBC emitió un informe especial donde se mencionó que ninguna televisora ni agencia de noticias norteamericana había cubierto la historia. En el sitio web de la BBC, los comentarios de los usuarios hicieron notar que la versión norteamericana del noticiero de la BBC tampoco incluyó la noticia.

Pusieron al aire un par de entrevistas: observadores de los medios británicos, un chico del Pirate Party de Suecia que hizo comentarios burlones sobre la prensa norteamericana corrupta, un comentarista de noticias norteamericano, ya retirado, que vivía en Tokio; luego, pasaron un breve fragmento de Al-Jazeera, donde comparaban al periodismo norteamericano con los medios de prensa nacionales de Siria.

Sentía que mis padres me estaban mirando, que sabían lo que estaba haciendo. Pero, cuando retiré los platos, vi que se estaban mirando uno al otro. Papá tenía la taza de café agarrada con tanta fuerza que le temblaban las manos. Mamá lo observaba.

—Tratan de desacreditarnos —dijo papá finalmente—. Tratan de sabotear nuestros esfuerzos por mantenernos a salvo.

Abrí la boca, pero mamá me miró y negó con la cabeza. Opté por subir a mi cuarto y hacer mi trabajo sobre Kerouac. Cuando escuché que la puerta ya se había cerrado dos veces, encendí la Xbox y me conecté.

>Hola M1k3y. Me llamo Colin Brown. Soy productor del programa de noticias The National, de la Canadian Broadcasting Corporation. Estamos preparando un informe sobre la Xnet y hemos enviado un periodista a San Francisco para cubrir la historia desde allí. ¿Te interesaría concedernos una entrevista para hablar de tu grupo y sus acciones?

Me quedé mirando la pantalla. Dios. ¿Querían entrevistarme para hablar de «mi grupo»?

>Eh, no, gracias. Estoy a favor de la privacidad. Y no es «mi grupo». ¡Pero gracias por hacer el informe!

Un minuto después, otro correo.

>Podemos ocultar tu rostro y asegurarte el anonimato. Sabes que el Departamento de Seguridad Interior estará más que feliz de ofrecernos su propio vocero. Me interesa conocer tu versión.

Archivé el correo. Él tenía razón, pero sería una locura. Hasta donde yo sabía, él era el DSI.

Leí más Kerouac. Entró otro correo. Mismo pedido, diferente agencia de noticias: la KQED quería una reunión conmigo y grabar una entrevista para la radio. Un canal de Brasil. La Broadcasting Corporation de Australia. Deutsche Welle. Todo el día estuvieron entrando solicitudes de la prensa. Todo el día, las rechacé cortésmente.

Ese día no leí mucho a Kerouac.

 

 

***

 

—Ofrece una conferencia de prensa —dijo Ange esa tarde. Estábamos sentados en un café cercano a su casa; yo no tenía ganas de ir hasta su escuela y quedar atrapado en un autobús con Van.

—¿Qué? ¿Estás loca?

—Hazla en el Botín de Relojería. Elige un puesto de intercambio donde no se permita el PvP y fija un horario. Puedes loguearte desde aquí.

El PvP es el combate jugador contra jugador. Algunas partes del Botín de Relojería eran terreno neutral, lo que implicaba que, teóricamente, podíamos hacer venir a una tonelada de periodistas novatos en el juego sin preocuparnos por que otros jugadores los mataran en medio de la conferencia de prensa.

—No sé nada sobre conferencias de prensa.

—Oh, busca en Google. Seguro que alguien ha escrito un artículo sobre cómo lograr que salgan bien. O sea, si el Presidente puede manejarlas, seguro que tú también. Ese tipo parece incapaz de atarse los zapatos sin ayuda.

Pedimos más café.

—Eres una mujer muy inteligente —le dije.

—Y hermosa —dijo ella.

—También —respondí.

 

 

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