Revista Axxón » «Hermano menor» (Capítulo 15), Cory Doctorow - página principal

¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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Capítulo 15

Subí al blog lo de la conferencia de prensa antes de enviar las invitaciones a la prensa. Era consciente de que todos esos escritores querían convertirme en un líder, un general o un supremo comandante de la guerrilla y descubrí una forma de solucionarlo: tener un puñado de usuarios de la Xnet correteando por ahí, para que también respondieran preguntas.

Después envié correos a los medios. Sus respuestas incluyeron desde el asombro hasta el entusiasmo; solamente la periodista de Fox se manifestó «indignada» ante mi descaro de pedirle que entrara en un juego para que yo apareciera en su programa de TV. El resto parecía pensar que sería una historia estupenda, aunque bastantes pidieron mucho soporte técnico para registrarse en el juego.

Elegí las 8:00 p.m., después de la cena. Mamá me había estado reclamando por las tardes que pasaba fuera de casa, hasta que finalmente le conté de Ange, después de lo cual se le humedecieron los ojos y no dejó de mirarme como diciendo «mi niñito está creciendo». Quería conocer a Ange y utilicé eso como palanca: le prometí que la traería la noche siguiente si esa noche me permitía «ir al cine» con ella.

La madre y la hermana de Ange iban a salir de nuevo —no les gustaba quedarse en casa, en realidad— lo que nos dejaba, a Ange y a mí, solos en su cuarto con su Xbox y la mía. Desenchufé una de las pantallas ubicadas junto a la cama y la adosé a mi Xbox, para que ambos pudiéramos conectarnos a la vez.

Ambas Xbox estaban a la espera, ya logueadas en el Botín de Relojería. Yo caminaba de un lado al otro.

—Saldrá bien —dijo ella. Miró su pantalla—. ¡Hay 600 jugadores en el Mercado del Tuerto Pete! —Habíamos elegido lo del Tuerto Pete porque era el mercado más cercano a la plaza del pueblo, donde aparecían los jugadores nuevos. Si los periodistas no eran jugadores del Botín de Relojería (¡ja!) aparecerían allí. En el posteo de mi blog, le había pedido a la gente en general que se quedara cerca del camino entre el portal de entrada y el Tuerto Pete para guiar hasta el Mercado a todos los que parecieran periodistas desorientados

—¿Qué diablos voy a decirles?

—Sólo responde sus preguntas… y si no te gusta una pregunta, ignórala. Algún otro puede responderla. Saldrá bien.

—Es una demencia.

—Es perfecto, Marcus. Si de verdad quieres hacerle daño al DSI tienes que ponerlo en ridículo. No podrás superar su poder. Tu única arma es la habilidad de hacerlos quedar como débiles mentales.

Me eché en la cama; ella apoyó mi cabeza sobre su regazo y me acarició el pelo. Antes del atentado, solía jugar con diferentes cortes de cabello, tiñéndome con toda clase de colores divertidos, pero desde mi salida de la cárcel ya no me tomaba esas molestias. Me había crecido, se veía tonto y desgreñado, y un día entré al baño con unas tijeras y me lo corté un centímetro y medio todo alrededor, lo que exigía cero esfuerzo para cuidarlo y me ayudaba a ser invisible cuando estaba interfiriendo y clonando RFID en la calle.

Abrí los ojos y miré los ojos de ella, castaños y grandes, detrás de las gafas. Eran redondos, líquidos y expresivos. Podía abrirlos de forma exorbitante cuando quería hacerme reír, o volverlos suaves y tristes, o haraganes y somnolientos de un modo que me derretía hasta quedar convertido en un charco de deseo.

Era lo que estaba haciendo ahora.

Me senté lentamente y la abracé. Ella también me abrazó. Nos besamos. Sus besos eran fabulosos. Sé que ya lo dije antes, pero merece que lo repita. Nos besábamos mucho pero, por una razón o por otra, siempre nos deteníamos antes de que la cosa se pusiera demasiado densa. Ahora, yo quería llegar más lejos. Encontré el borde de su camiseta y tiré hacia arriba. Ella levantó los brazos sobre la cabeza y se echó hacia atrás unos centímetros. Yo sabía que haría eso. Lo sabía desde la noche en el parque. Tal vez por eso no habíamos llegado más lejos: no podía confiar en que ella se acobardara y eso me asustaba un poco.

Pero en ese momento no estaba asustado. Con la inminente conferencia de prensa, las peleas con mis padres, la atención internacional, la sensación de que había un movimiento que hacía carambolas por toda la ciudad como la pelota de una máquina de pinball, mi piel hormigueaba, mi sangre cantaba.

Y ella era hermosa, sagaz, inteligente y divertida, y yo me estaba enamorando.

La camiseta se deslizó hacia arriba; arqueó la espalda para ayudarme a pasarla por encima de sus hombros. Estiró las manos hacia atrás, hizo algo y el sostén cayó a un lado. Me la quedé mirando con ojos desorbitados, inmóvil, sin aliento, y ella agarró mi camiseta, me la sacó por encima de la cabeza, se prendió de mí y atrajo mi pecho desnudo hacia el suyo.

Rodamos en la cama, nos tocamos, frotamos nuestros cuerpos y gemimos. Ella me besó todo el pecho y yo le hice lo mismo. No podía respirar, no podía pensar, sólo podía moverme, besar, lamer y tocar.

Nos atrevimos a continuar. Le desabroché el jean. Ella desabrochó el mío. Le bajé la cremallera; ella bajó la mía y me quitó el pantalón. Yo le quité el suyo. Un momento después, estábamos desnudos, salvo por mis calcetines, que me saqué con los pies.

Fue entonces cuando vi el reloj de la mesa de noche, que hacía rato había caído al suelo y seguía allí, fulgurando ante nosotros.

—¡Mierda! —grité—. ¡Empieza en dos minutos! —No podía creer que estaba a punto de interrumpir lo que estaba a punto de interrumpir. O sea, si me hubieran dicho «Marcus, estás a punto de tener sexo por primerísima vez EN TU VIDA. ¿Vas a detenerte si hago explotar esta bomba nuclear en la misma habitación donde te encuentras?», mi respuesta habría sido un resonante e inequívoco NO.

Y, sin embargo, nos detuvimos para esto.

Ella me agarró, atrajo mi rostro hasta el suyo y me besó hasta hacerme pensar que iba a desmayarme. Después, ambos tomamos nuestra ropa y nos vestimos relativamente. Con teclado y mouse en mano, nos dirigimos a lo del Tuerto Pete.

 

 

***

 

Se podía distinguir fácilmente quiénes eran los de la prensa: los novatos que hacían mover a sus personajes como si fueran borrachos tambaleantes, de atrás para delante y de arriba abajo, tratando de tomarle la mano a todo esto, pulsando ocasionalmente una tecla equivocada y ofreciendo a los desconocidos todo su inventario o parte de él, o dándoles abrazos o patadas accidentales.

Los usuarios de la Xnet también eran fáciles de localizar: todos jugábamos al Botín de Relojería cuando teníamos tiempo libre (o no teníamos ganas de hacer la tarea), y nuestros personajes estaban bastante bien equipados, con buenas armas y trampas en las llaves que sobresalían de nuestras espaldas para convertir en crema a cualquiera que intentara robarlas y dejarnos sin cuerda.

Cuando aparecí, un mensaje del sistema anunció: M1k3Y HA ENTRADO EN EL MERCADO DEL TUERTO PETE. BIENVENIDO, MARINERO. OFRECEMOS PRECIOS JUSTOS POR UN BUEN BOTÍN. Todos los jugadores de la pantalla quedaron inmóviles. Luego, se congregaron a mi alrededor. El chat explotó. Pensé en encender la función de voz y ponerme unos auriculares, pero al ver que toda la gente intentaba hablar al mismo tiempo me di cuenta de que sería muy confuso. El texto era más fácil de seguir y no podrían adulterar mis declaraciones (je je).

Ange y yo habíamos examinado el lugar con anterioridad. Era genial jugar con ella, porque podíamos darnos cuerda mutuamente. Había una zona alta, sobre una pila de cajas con raciones de sal, donde podía pararme para que me vieran desde cualquier sitio del mercado.

>Buenas noches y gracias a todos por venir. Me llamo M1k3y y no soy el líder de nada. A su alrededor están los usuarios de la Xnet, que tienen tanto como yo para decir sobre el porqué de nuestra presencia aquí. Uso la Xnet porque creo en la libertad y en la Constitución de los Estados Unidos de América. Uso la Xnet porque el DSI ha convertido mi ciudad en un estado policial donde todos somos sospechosos de terrorismo. Uso la Xnet porque creo que no se puede defender la libertad haciendo pedazos la Declaración de Derechos. Aprendí la Constitución en una escuela de California y me criaron para amar a mi país por su libertad. Tengo una filosofía, y es esta:

>Los gobiernos se instituyen entre los hombres, derivando sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; cuando una forma de gobierno se vuelve destructora de estos principios, el pueblo tiene derecho a reformarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que, a su juicio, ofrezca las mayores probabilidades de hacer efectiva su seguridad y felicidad.

>No lo escribí yo, pero lo creo. El DSI gobierna sin mi consentimiento.

>Gracias.

Lo había escrito el día anterior, haciendo y deshaciendo borradores con Ange. Tardé sólo un segundo en copiarlo y pegarlo, aunque se necesitó un momento para que todos los que estaban en el juego lo leyeran. Muchos usuarios de la Xnet vivaron con grandes hurras de pirata, con los sables en alto, mientras los papagayos domesticados chillaban y volaban por encima de nuestras cabezas.

Gradualmente, los periodistas también lo asimilaron. El chat corría rápidamente, tan rápido que apenas podía leerlo. Un montón de usuarios diciendo cosas como «Así se habla», «EE. UU., ámalo o déjalo», «DSI vete a casa» y «EE. UU., fuera de San Francisco», todos lemas que habían tenido gran repercusión en la blogósfera de la Xnet.

>M1k3y, soy Priya Rajneesh de la BBC. Dices que no eres líder de ningún movimiento, pero ¿crees que existe un movimiento? ¿Se llama Xnet?

Muchas respuestas. Algunos dijeron que no había un movimiento, otros que sí; mucha gente tenía ideas sobre cómo se llamaba: Xnet, Hermanos Menores, Hermanas Menores y mi preferido personal: Estados Unidos de América.

Realmente, eran geniales. Los dejé hablar, pensando en lo que podía decir yo. Cuando se me ocurrió, lo escribí.

>Creo que todo eso responde a su pregunta ¿verdad? Puede haber uno o más movimientos y pueden llamarse Xnet o no.

>M1k3y, soy Doug Christensen del Washington Internet Daily. ¿Qué piensas que debe hacer el DSI para prevenir otro ataque a San Francisco si lo que está haciendo no es satisfactorio?

Más parloteo. Mucha gente dijo que los terroristas y el gobierno eran la misma cosa, tanto literalmente como refiriéndose a que eran igualmente malos. Algunos dijeron que el gobierno sabía cómo capturar a los terroristas, pero que prefería no hacerlo para que los «presidentes belicistas» fueran reelectos.

>No lo sé.

Finalmente, escribí:

>De verdad, no lo sé. Me hago esta pregunta con frecuencia, porque no quiero que me pongan una bomba ni quiero que se la pongan a mi ciudad. Pero he llegado a una conclusión: si el trabajo del DSI es mantenernos a salvo, está fracasando. De toda la mierda que han hecho, nada impediría que volaran el puente otra vez. ¿Rastrearnos por toda la ciudad? ¿Quitarnos nuestra libertad? ¿Hacer que sospechemos unos de otros, que nos volvamos uno contra el otro? ¿Llamar traidores a los disidentes? El objetivo del terrorismo es aterrarnos. A mí me aterra el DSI.

>No puedo opinar sobre lo que me hacen los terroristas pero, si este país es libre, sí puedo opinar sobre lo que me hace mi propia policía. Puedo evitar que me aterrren.

>Sé que no es una buena respuesta. Disculpen.

>¿Qué implicas cuando dices que el DSI no quiere capturar a los terroristas? ¿Cómo lo sabes?

>¿Quién es usted?

>Soy del Morning Herald de Sydney.

>Tengo diecisiete años. No soy un estudiante que se saca diez en todo ni nada por el estilo. Sin embargo, descubrí una forma de hacer una Internet que no pueden espiar. Descubrí cómo bloquear su tecnología de rastreo de personas. Puedo convertir a los inocentes en sospechosos y a los culpables en inocentes ante sus propios ojos. Podría subir a un avión con objetos de metal y modificar una lista de «prohibido volar». Descubrí cómo hacer esas cosas mirando la web y pensando. Si yo puedo hacerlo, los terroristas también. Nos dijeron que nos quitaban la libertad para que estuviéramos más seguros. ¿Usted se siente seguro?

>¿En Australia? Por supuesto que sí.

Todos los piratas rieron.

Más periodistas hicieron preguntas. Algunos simpatizaban, otros eran hostiles. Cuando me cansé, le entregué mi teclado a Ange y la dejé ser Mi1k3y un rato. De todos modos, ya no sentía que M1k3y y yo éramos la misma persona. M1k3y era la clase de chico que hablaba frente a periodistas internacionales e inspiraba a un movimiento. Marcus era el que habían suspendido en la escuela, el que se peleaba con su padre y se preguntaba si era lo bastante bueno para su novia fuera de serie.

A las 11:00 p.m ya había tenido suficiente. Además, mis padres esperaban que llegara a casa pronto. Salí del juego, Ange también, y nos quedamos acostados un momento. Le tomé la mano y se la apreté con fuerza. Nos abrazamos.

Me besó en el cuello y murmuró algo.

—¿Qué?

—Dije que te amo —respondió ella—. ¿Quieres que te mande un telegrama?

—Vaya —dije.

—¿Tan sorprendido estás?

—No. Mmm. Es que… yo iba a decirte lo mismo.

—Claro que sí —dijo ella, y me mordió la punta de la nariz.

—Nunca lo dije antes —respondí—. Por eso me estaba costando.

—Todavía no lo has dicho ¿sabes? No pienses que no me di cuenta. Las chicas percibimos esas cosas.

—Te amo, Ange Carvelli —dije.

—Yo también te amo, Marcus Yallow.

Nos besamos y comencé a respirar agitadamente y ella también. Fue allí cuando su madre golpeó la puerta.

—Angela —dijo—, creo que es hora de que tu amigo se vaya a casa ¿no?

—Sí, mamá —dijo Ange e hizo la mímica de darle un hachazo. Mientras me ponía los calcetines y los zapatos, masculló—: Esa Angela, dirán, era una niña tan buena, quién lo hubiera pensado, siempre estaba en el jardín trasero, ayudando a su madre a afilar el hacha…

Me reí. —No sabes lo fáciles que son las cosas para ti. Mis padres no nos dejarían solos en mi dormitorio hasta las 11:00 de la noche ni en sueños.

—11:45 —dijo, mirando el reloj.

—¡Mierda! —grité y me até los zapatos.

—Vete —dijo ella—. ¡Corre a la libertad! ¡Mira a ambos lados antes de cruzar la calle! ¡Escríbeme si consigues empleo! ¡No te detengas para abrazarme! Si no estás fuera de aquí cuando cuente hasta diez, tendrás problemas, señor. Uno. Dos. Tres.

La hice callar subiendo a la cama de un brinco, aterrizando sobre ella y besándola hasta que ya no intentó seguir contando. Satisfecho con mi victoria, bajé la escalera ruidosamente con la Xbox bajo el brazo.

Su madre estaba al pie de la escalera. Sólo nos habíamos visto un par de veces. Parecía una versión más vieja y más alta de Ange —Ange decía que había heredado la baja estatura de su padre—, con lentes de contacto en lugar de gafas. Parecía que me había clasificado tentativamente como un buen chico, cosa que yo apreciaba.

—Buenas noches, Sra. Carvelli —le dije.

—Buenas noches, Sr. Yallow —respondió. Era uno de nuestros pequeños rituales, iniciado el día en que nos conocimos, cuando yo la llamé «Sra. Carvelli».

Me quedé parado torpemente en la puerta.

—¿Sí? —dijo ella.

—Eh… —dije—. Gracias por permitir que me quede.

—Siempre eres bienvenido en nuestra casa, jovencito —dijo ella.

—Y gracias por Ange —le dije finalmente, odiando que sonara tan cursi. Pero ella sonrió ampliamente y me dio un breve abrazo.

—No hay por qué —dijo ella.

Durante todo el viaje en autobús hasta casa, pensé una y otra vez en la conferencia de prensa, pensé en Ange desnuda y contoneándose conmigo en la cama, pensé en su madre sonriendo y acompañándome a la puerta.

Mamá me esperaba despierta. Me preguntó de la película y le respondí lo que había planeado por anticipado, plagiando la reseña que había aparecido en el Bay Guardian.

Cuando me dormía, volvió a mi cabeza la conferencia de prensa. Estaba muy orgulloso. Había estado muy bien hacer que todos esos importantes periodistas se presentaran en el juego, que me escucharan y escucharan a toda la gente que creía lo mismo que yo. Me rendí al sueño con una sonrisa en los labios.

 

 

***

 

Debí saberlo.

LÍDER DE LA XNET: PODRÍA SUBIR A UN AVIÓN CON OBJETOS DE METAL

EL DSI GOBIERNA SIN MI CONSENTIMIENTO

CHICOS DE LA XNET: EE. UU., FUERA DE SAN FRANCISCO.

Y esos eran los titulares buenos. Todos me enviaron los artículos para subirlos al blog, pero era lo último que tenía ganas de hacer.

De alguna manera, lo había echado a perder. La prensa había venido a mi conferencia de prensa y había llegado a la conclusión de que éramos terroristas o idiotas útiles del terrorismo. La peor era la cronista de Fox News, que aparentemente había venido a pesar de todo y que dedicaba un comentario de diez minutos sobre nosotros, hablando de «traición criminal». Su frase demoledora, repetida en todos los medios de noticias que encontré, era: Dicen que no tienen nombre. Yo tengo un nombre para ellos. Llamemos a estos chicos «los malcriados de Cal-Quaeda». Ellos les hacen el trabajo a los terroristas desde dentro. Cuando ataquen California otra vez (no «si atacan», sino «cuando ataquen»), estos consentidos serán tan culpables como la Casa de Saud.

Los líderes del movimiento antibélico nos denunciaron como elementos marginales. Un sujeto que salió en la TV dijo que creía que éramos un grupo fabricado por el DSI para desacreditarlos.

El DSI ofreció su propia conferencia de prensa, anunciando que redoblarían la seguridad en San Francisco. Mostraron un clonador de RFID que encontraron en algún sitio e hicieron una demostración de cómo funcionaba, utilizándolo para teatralizar el robo de un coche, y alertaron a todo el mundo pidiendo que prestaran atención a la gente joven que se comportaba sospechosamente, en especial si no se les veían las manos.

No estaban bromeando. Terminé la monografía de Kerouac y comencé otra sobre el Verano del Amor, el verano de 1967, cuando el movimiento antibélico y los hippies convergieron en San Francisco. Los fundadores de la heladería Ben & Jerry’s (también viejos hippies), además habían fundado un museo hippie en Haight, y había otros archivos y exhibiciones en toda la ciudad.

Pero no era fácil andar por la calle. Para finales de la semana, me revisaban como promedio cuatro veces por día. La policía verificaba mi identificación, me preguntaba por qué andaba en la calle y leía de arriba abajo, cuidadosamente, la carta de la Chávez donde decía que estaba suspendido.

Tuve suerte. Nadie me arrestó. Pero el resto de la Xnet no fue tan afortunada. Todas las noches, el DSI anunciaba nuevas detenciones: «líderes de grupo» y «agentes operativos» de la Xnet. Personas que yo no conocía, de la que nunca había oído hablar, desfilaban por la TV junto con los clonadores de RFID y otros dispositivos encontrados en sus bolsillos. Anunciaron que esas personas estaban «dando nombres», comprometiendo a la «red Xnet» y que muy pronto esperaban realizar más arrestos. El nombre de M1k3y se escuchaba con frecuencia.

A papá le encantaba todo esto. Mirábamos las noticias juntos, él regodeándose y yo encogiéndome cada vez más, muriéndome de miedo en silencio.

—Deberías ver lo que van a usar con esos chicos —dijo papá—. Yo los he visto en acción. Agarran un par de ellos y revisan todas sus listas de amigos en el programa de chat y en el discado rápido de sus teléfonos, buscan nombres que aparecen una y otra vez, buscan patrones y traen a más chicos. Van a destejerlos como a un suéter viejo.

Cancelé la cena de Ange en mi casa y comencé a pasar aún más tiempo en la suya. La hermana menor de Ange, Tina, comenzó a llamarme «el huésped», diciendo, por ejemplo, «¿El huésped cenará conmigo esta noche?». Tina me gustaba. Lo único que le importaba era salir, ir a fiestas y conocer chicos, pero era graciosa y tenía una total devoción por Ange. Una noche, mientras lavábamos los platos, se secó las manos y me dijo, con tono despreocupado:

—Pareces un buen chico, Marcus. Mi hermana está loca por ti y a mí también me agradas. Pero tengo que decirte algo: si le rompes el corazón, iré a buscarte adonde estés y te pondré el escroto de sombrero. No es una linda imagen. —Le aseguré que yo mismo me pondría el escroto de sombrero antes que romperle el corazón a Ange, y ella asintió—. Mientras tengamos esto en claro…

—Tu hermana está chiflada —dije, ya acostado otra vez en la cama de Ange, mirando los blogs de la Xnet. Era casi todo lo que hacíamos: matar el tiempo y leer la Xnet.

—¿Usó la frase del escroto? Detesto cuando lo hace. Es que adora la palabra «escroto», sabes. No es nada personal.

La besé. Leímos un poco más.

—Escucha esto —dijo—. «La policía proyecta entre cuatrocientos y seiscientos arrestos para este fin de semana, en lo que llaman el mayor operativo coordinado contra los disidentes de la Xnet hasta la fecha».

Sentí ganas de vomitar.

—Debemos detener esto —dije—. ¿Sabes que hay gente que está clonando más RFID que antes para demostrar que no se siente intimidada? ¿No es una locura ?

—Creo que son valientes —dijo ella—. No podemos permitir que nos sometan por miedo.

—¿Qué? No, Ange, no. No podemos permitir que cientos de personas vayan a la cárcel. No has estado allí. Yo sí. Es peor de lo que piensas. Es peor de lo que imaginas.

—Tengo una imaginación bastante fértil —dijo ella.

—Basta, ¿quieres? Ponte seria un segundo. No lo haré. No enviaré a esa gente a la cárcel. Si lo hago, soy el tipo que Van piensa que soy.

—Marcus, me lo tomo en serio. ¿Crees que esas personas no saben que pueden ir a la cárcel? Creen en la causa. Tú también crees en ella. Concédeles el crédito de saber dónde se están metiendo. No depende de ti decidir a qué pueden arriesgarse y a qué no.

—Es mi responsabilidad, porque si les digo que se detengan, lo harán.

—Pensé que no eras el líder.

—No lo soy, claro que no lo soy. Pero no puedo evitar que me consideren un guía. Y, mientras sea así, tengo la responsabilidad de ayudarlos a resguardarse. ¿Te das cuenta, no?

—Sólo me doy cuenta de que estás listo para salir corriendo ante la primera señal de problemas. Creo que tienes miedo de que descubran quién eres . Creo que tienes miedo por ti.

—No es justo —dije, sentándome y alejándome de ella.

—¿En serio? ¿Quién es el que casi tuvo un infarto cuando pensó que su identidad secreta se había hecho pública?

—Eso fue diferente —dije—. No se trata de mí. Lo sabes. ¿Por qué te comportas así?

—¿Por qué te comportas así? —dijo—. ¿Por qué no estás dispuesto a ser el que tuvo la valentía de iniciar todo esto?

—No es valentía, es suicidio.

—Melodrama adolescente barato, M1k3y.

—¡No me llames así!

—¿Cómo? ¿M1k3y? ¿Por qué no, M1k3y ?

Me puse los zapatos. Recogí mi mochila. Volví a casa a pie.

 

 

***

 

Por qué no voy a clonar

>No le diré a nadie qué debe hacer porque no soy el líder de nadie, sin importar lo que piense Fox News.

>Pero les diré lo que yo planeo hacer. Si creen que es lo correcto, quizás hagan lo mismo.

>No voy a clonar. Esta semana no. Tal vez la próxima tampoco. No es porque tengo miedo. Es porque soy lo bastante lúcido para saber que estoy mejor en libertad que en prisión. Descubrieron cómo detener nuestra táctica, así que debemos pensar en otra táctica. No me importa cuál sea la táctica, pero quiero que funcione. Hacerse arrestar es estúpido. Si no los arrestan, es sólo interferencia.

>Hay otro motivo para no clonar. Si los atrapan, pueden utilizarlos para capturar a sus amigos, y a los amigos de sus amigos, y a los amigos de ellos. Pueden arrestar a sus amigos aunque ni siquiera estén en la Xnet, porque el DSI es como un toro enloquecido y realmente no le importa si arrestan a la persona indicada o no.

>No les estoy diciendo qué hacer.

>Pero el DSI es tonto y nosotros somos inteligentes. Clonar demuestra que no pueden pelear contra el terrorismo, porque demuestra que ni siquiera pueden parar a un puñado de chicos. Si los arrestan, ellos parecerán más inteligentes que nosotros.

>¡NO SON MÁS INTELIGENTES! Nosotros somos más inteligentes. Seamos inteligentes. Busquemos la manera de interferirlos sin importar cuántos idiotas pongan en las calles de nuestra ciudad.

Subí el posteo. Me fui a la cama.

Extrañaba a Ange.

 

 

***

 

Ange y yo no hablamos durante los cuatro días siguientes, incluido el fin de semana, y después llegó el momento de volver a la escuela. Había estado a punto de llamarla un millón de veces; le había escrito mil correos y mensajes que nunca le envié.

Ahora estaba otra vez en la clase de Estudios Sociales y la Sra. de Andersen me saludó con una cortesía voluble y sarcástica, preguntándome dulcemente cómo habían estado mis «vacaciones». Me senté y no dije nada. Escuché que Charles se reía por lo bajo.

Nos dio una clase sobre el Destino Manifiesto, la idea de que los norteamericanos estábamos destinados a controlar todo el mundo (o al menos ella lo hizo sonar así) y me pareció que intentaba provocarme para que yo dijera algo y pudiera echarme.

Sentí todos los ojos de la clase sobre mí y recordé a M1k3y y a toda la gente que lo admiraba. Estaba asqueado de que me admiraran. Extrañaba a Ange.

Pasé el resto del día sin que nada me hiciera mella. Creo que no pronuncié ni ocho palabras.

Finalmente, todo acabó y fui hasta la salida, rumbo al portón, al estúpido barrio de Mission y a mi hogar sin sentido.

Apenas había atravesado el portón cuando alguien se chocó conmigo. Era un joven sin techo, tal vez de mi edad, tal vez un poco mayor. Vestía un sobretodo grasiento, un jean embolsado y unas zapatillas en descomposición que parecían salidas de una picadora de madera. El largo cabello le cubría el rostro y tenía una barba que parecía de pelo púbico, que descendía hasta su garganta y se metía en el cuello de un suéter de lana de ningún color.

Detecté todo eso mientras estábamos tendidos uno junto al otro, en la acera; la gente pasaba y nos lanzaba miradas raras. Al parecer, se había chocado conmigo mientras corría por Valencia, encorvado por el peso de una mochila rota que ahora estaba junto a él, sobre el pavimento, cubierta de garabatos geométricos dibujados con rotulador.

Se arrodilló y se balanceó de atrás para delante, como si estuviera ebrio o se hubiera golpeado la cabeza.

—Perdón, amigo —dijo—. No te vi. ¿Te hiciste daño?

Me senté también. No me dolía nada.

—Mmm. No, está bien.

Se puso de pie y sonrió. Tenía unos dientes tremendamente blancos y derechos, como los de un comercial de clínica odontológica. Me tendió la mano y estrechó la mía con fuerza y firmeza.

—Lo siento mucho. —Su voz también era clara e inteligente. Yo esperaba que fuese como la de los borrachos que hablaban solos cuando vagabundeaban por Mission por las noches, pero el chico parecía un empleado de librería muy culto.

—No hay problema —dije.

Volvió a tenderme la mano.

—Zeb —dijo.

—Marcus —dije.

—Un placer, Marcus —dijo—. ¡Espero volver a chocar contigo en otro momento!

Riendo, recogió la mochila, giró sobre sus talones y se alejó a toda prisa.

 

 

***

 

Caminé el resto del trayecto a casa cargado de desconcierto. Mamá estaba en la mesa de la cocina y charlamos un poco sobre nada, como siempre lo hacíamos antes de que todo cambiara.

Subí la escalera, fui a mi habitación y me dejé caer en la silla. Por una vez, no quería loguearme en la Xnet. Ya había entrado esa mañana, antes de la escuela, para descubrir que mi nota había generado una controversia gigantesca entre la gente que coincidía conmigo y la que estaba justificadamente enfadada porque yo les decía que abandonaran su adorado deporte.

Antes de que comenzara todo esto, yo estaba en medio de unos tres mil proyectos. Estaba construyendo una cámara estenopeica con legos; había estado jugando con la fotografía aérea, usando una cometa y una vieja cámara digital, con un disparador que había fabricado con pasta plástica de modelar, que se estiraba al accionarlo y que luego recuperaba su forma original, abriendo el obturador a intervalos regulares. Tenía un amplificador valvular que estaba armando dentro de una vieja lata de aceite de oliva, oxidada y mellada, que parecía un hallazgo arqueológico; cuando lo terminara, planeaba empotrarle una plataforma para mi teléfono y un par de altavoces 5.1 con sonido envolvente hechos con latas de atún.

Miré mi mesa de trabajo y finalmente me decidí por la cámara. Encastrar legos metódicamente se ajustaba bastante a mi ritmo.

Me saqué el reloj y el aparatoso anillo plateado para dos dedos, que tenía un mono y un ninja en posición de pelea, y los dejé en la cajita que usaba para guardar toda la basura de mis bolsillos y la que me colgaba del cuello antes de irme a dormir: teléfono, cartera, llaves, detector de WiFi, monedas, baterías, cables retráctiles… Puse todo dentro de la caja y, de pronto, descubrí que allí había algo que no recordaba haber guardado.

Era un trozo de papel, gris y suave como la franela, con pelos en los bordes que indicaban que lo habían cortado de una hoja más grande. Estaba cubierto con la caligrafía más pequeña y cuidadosa que jamás había visto. Lo desplegué y lo enderecé. La escritura cubría ambas carillas, desde la esquina superior izquierda de un lado hasta una firma apretujada en la esquina inferior derecha del otro.

La firma decía, simplemente, Zeb.

Lo levanté y comencé a leer.

 

Estimado Marcus:

No me conoces, pero yo te conozco a ti. Durante los últimos tres meses, desde que volaron el Puente de la Bahía, estuve prisionero en Treasure Island. Estaba en el patio el día que hablaste con la chica asiática y los tiraron al suelo. Fuiste valiente. Te felicito.

Al día siguiente me dio apendicitis y acabé en la enfermería. En la cama junto a la mía había un chico llamado Darryl. Ambos nos quedamos en recuperación mucho tiempo y cuando estuvimos curados ya éramos demasiado comprometedores para que nos dejaran ir.

Entonces decidieron que teníamos que ser culpables de verdad. Nos interrogaron todos los días. Tú has pasado por esos interrogatorios, lo sé. Imagina lo mismo durante meses. Darryl y yo terminamos como compañeros de celda. Sabíamos que nos vigilaban, por eso charlábamos de cosas intrascendentes. Pero por la noche, cuando estábamos en los camastros, nos pasábamos mensajes con suaves golpecitos en código Morse (Sabía que mis días de radioaficionado algún día servirían para algo).

En un principio, nos preguntaban la misma mierda de siempre, quién lo hizo, cómo lo hicieron. Pero después de poco tiempo, empezaron a preguntarnos sobre la Xnet. Por supuesto, jamás habíamos oído de ella. Pero no paraban de preguntarnos.

Darryl me dijo que le llevaron clonadores de RFID, Xbox, toda clase de tecnología, y le exigieron que les dijera quiénes la usaban, dónde habían aprendido modificarla. Darryl me contó de los juegos y de las cosas que aprendieron ustedes dos.

Especialmente, el DSI nos preguntaba sobre nuestros amigos. ¿A quiénes conocíamos? ¿Cómo eran? ¿Tenían opiniones políticas? ¿Habían tenido problemas con la escuela? ¿Con la ley?

A la prisión le decimos «Guantánamo de la Bahía». Salí de allí hace una semana y creo que nadie sabe que sus hijos e hijas están encarcelados en medio de la bahía. Por la noche, se escucha gente riendo y divirtiéndose en tierra firme.

Salí la semana pasada. No te diré cómo, por si esto cae en las manos equivocadas. Puede que otros usen la misma ruta.

Darryl me dijo cómo encontrarte y me hizo prometer que te contaría todo lo que sabía cuando estuviera de regreso. Ahora que ya he cumplido, desapareceré de aquí. De una forma o de otra, me voy de este país. A la mierda con los EE. UU.

No pierdas la fuerza. Te tienen miedo. Patéalos de mi parte. No te dejes atrapar.

Zeb

 

 

Cuando terminé de leer la nota tenía lágrimas en los ojos. En alguna parte del escritorio tenía un encendedor desechable, que a veces usaba para derretir la aislación de los cables; lo busqué y lo acerqué a la nota. Sabía que le debía a Zeb su destrucción y que debía asegurarme de que nadie más la viera jamás, para prevenir que los condujera a él, dondequiera que estuviese.

Sostenía la llama y la nota, pero no podía hacerlo.

Darryl.

Con todo el tema de la Xnet, Ange y el DSI, casi me había olvidado de su existencia. Se había convertido en un fantasma, como un viejo amigo que se muda o que viaja por un intercambio estudiantil. Todo este tiempo lo habían estado interrogando, exigiéndole que me delatara, que les explicara lo de la Xnet, los clonadores. Había permanecido en Treasure Island, la base militar abandonada que estaba a medio camino del recorrido del puente demolido. Tan cerca que yo podría haber nadado hasta allí.

Bajé el encendedor y releí la nota. Cuando terminé, lloraba y sollozaba. Todo volvió a mi memoria: la mujer de pelo muy corto y las preguntas que me había hecho, el olor a pis y mi pantalón duro de orina seca, convertido en una lona áspera.

—¿Marcus?

La puerta estaba entreabierta y mi madre estaba allí parada, observándome con cara de preocupación. ¿Cuánto tiempo había estado allí?

Me sequé las lágrimas con los brazos y sorbí mocos.

—Mamá —dije—. Hola.

Entró en el cuarto y me abrazó.

—¿Qué pasa? ¿Necesitas hablar?

La nota estaba sobre la mesa.

—¿Es de tu novia? ¿Todo anda bien?

Me había facilitado una salida. Podía atribuir todo a un problema con Ange y ella saldría de la habitación y me dejaría en paz. Abrí la boca para decir exactamente eso, pero lo que salió fue:

—Estuve en la cárcel. Después de la explosión del puente. Todo ese tiempo, estuve en la cárcel.

Los sollozos que lancé después no sonaban como mi voz. Sonaban como un ruido animal, tal vez un asno o un felino grande nocturno. Sollozaba tanto que la garganta me quemaba y me dolía, mi pecho subía y bajaba.

Mamá me tomó en sus brazos como lo hacía cuando era un niñito y me acarició el pelo, y murmuró en mi oído, y me acunó, y los sollozos, gradualmente, lentamente, se disiparon.

Inspiré profundamente y mamá me trajo un vaso de agua. Me senté en el borde de la cama, ella se sentó en la silla de mi escritorio y le conté todo.

Todo.

Bueno, la mayor parte.

 

 

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