Revista Axxón » «Hermano menor» (Capítulo 18), Cory Doctorow - página principal

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Capítulo 18

En una época, mi actividad preferida en todo el mundo era ponerme una capa y deambular en un hotel, simulando ser un vampiro invisible al que todos se quedaban mirando.

Es complicado, pero no tan raro como parece. La escena de los Juegos de Rol en Vivo combina los mejores aspectos del D&D, los talleres de teatro y las convenciones de ciencia ficción.

Entiendo que no te parezca tan atractivo como lo era para mí cuando tenía catorce años.

Los mejores juegos eran en los Campamentos Scout, en las afueras de la ciudad: cien adolescentes, chicos y chicas, peleando contra el tránsito del viernes por la noche, intercambiando anécdotas, jugando juegos de manos, presumiendo durante horas. Después, desembarcar y pararnos en el césped, delante de un grupo de hombres y mujeres mayores que nosotros, vestidos con impresionantes armaduras de fabricación casera, melladas y llenas de cicatrices, como debieron de ser las armaduras de los viejos tiempos, no como las que muestran en las películas, sino como uniformes de soldados que han pasado un mes en la selva.

A esa gente le pagaban un monto simbólico por dirigir los juegos, pero no te concedían ese trabajo a menos que fueses del tipo de persona que lo hubiese hecho gratis. Ya estábamos divididos en equipos de antemano, sobre la base de unos cuestionarios que llenábamos antes, y en ese momento nos indicaban a qué equipo sumarnos, como cuando se arman los dos bandos antes de un juego de béisbol.

Después, nos daban un paquete informativo. Eran como los que reciben los espías de las películas: esta es tu identidad, esta es tu misión, estos son los secretos que conoces acerca del grupo.

Al terminar, era hora de la cena: fogatas que rugían, carne que chisporroteaba en los espetones, tofu que se freía en las sartenes (en el norte de California, la opción vegetariana no es opcional) y un estilo de comer y beber que sólo puede describirse como voraz.

Los más entusiastas ya se estaban metiendo en el personaje. En mi primer juego, me tocó ser mago. Tenía un morral lleno de bolsitas rellenas con semillas que representaban los hechizos; cuando arrojaba una, gritaba el nombre del hechizo que lanzaba —bola de fuego, misil mágico, cono de luz— y el otro jugador o el «monstruo» caía de rodillas si le acertaba. O no… a veces, teníamos que llamar a un árbitro para que mediara, aunque generalmente todos éramos muy propensos a no hacer trampas. A nadie le gustaba que decidieran los dados.

Al llegar la hora de dormir, todos estábamos actuando nuestro personaje. A los catorce años, yo no estaba super-seguro de cómo tenía que hablar un mago, pero podía obtener indicios de las películas y las novelas. Hablaba lentamente, en tono mesurado, componiendo una expresión facial adecuadamente mística y pensando en cosas místicas.

La misión era complicada: recuperar una reliquia sagrada, robada por un ogro decidido a someter a su voluntad al pueblo de esa tierra. Eso no me importaba mucho. Lo que me importaba era que yo tenía una misión individual —capturar a una especie de diablillo para que me sirviera de asistente— y un Némesis secreto: otro jugador de mi equipo, que había participado en una incursión donde habían matado a toda mi familia cuando yo era niño… un jugador que no sabía que yo había regresado para vengarme. En algún lado, por supuesto, había otro jugador con un rencor similar contra mí, de modo que, aunque disfrutara de la camaradería del grupo, siempre debía mantener los ojos abiertos para prevenir una puñalada en la espalda, una comida envenenada.

Durante los dos días siguientes, jugamos. Ciertos del momentos del fin de semana fueron como jugar a las escondidas; otros fueron como ejercicios de supervivencia en la jungla; otros, como resolver palabras cruzadas. Los directores del juego habían hecho un gran trabajo. Y uno trababa verdadera amistad con los otros que compartían la misión. Darryl fue el blanco de mi primer asesinato y puse todo mi empeño, por más amigo que fuera. Un chico agradable. Lástima que tuviera que matarlo.

Le lancé una bola de fuego mientras él buscaba el botín, después de haber devastado a una banda de orcos… jugando piedra, papel y tijera con cada orco para determinar quién prevalecía en el combate. Era mucho más apasionante de lo que suena.

Parecía un campamento de verano para geeks de la actuación. Por la noche, charlábamos hasta muy tarde en las tiendas, mirábamos las estrellas, saltábamos al río cuando teníamos calor, ahuyentábamos a los mosquitos. Nos convertíamos en amigos íntimos o en enemigos para toda la vida.

No sé por qué los padres de Charles lo enviaban a los JRV. No era el tipo de chico que disfrutaba de esas cosas. Le interesaba más arrancarles las alas a las moscas. Bueno, tal vez no. Pero no le gustaba andar disfrazado por los bosques. Estaba todo el tiempo pidiendo cosas, mirando todo y a todos con cara de asco, tratando de convencernos de que no estábamos divirtiéndonos tanto como creíamos. Sin duda, te habrás topado alguna vez con esa clase de persona que siente la compulsión de lograr que la diversión de todos los demás se eche a perder.

El otro tema con Charles era que no lograba entender el combate simulado. Cuando comienzas a correr por el bosque y a participar de estos elaborados juegos semi-militares, es fácil dejarte llevar por la adrenalina al punto de querer degollar a alguien. No es el mejor estado de ánimo para tener en la mano una espada, un garrote, una lanza u otro elemento de utilería. Por eso, en estos juegos no se permite que nadie toque a nadie, bajo ninguna circunstancia. En cambio, cuando te acercas a alguien lo suficiente como para luchar, juegas un par de rondas de piedra, papel y tijera, con modificadores que se basan en tu experiencia, armamento y condición. Los árbitros median en las disputas. Es bastante civilizado y un poco raro. Corres tras alguien entre los árboles, lo atrapas, muestras los dientes y luego te sientas a jugar piedra, papel y tijera. Pero funciona y mantiene a todos sanos y salvos sin arruinar el entretenimiento.

Pero Charles no podía acostumbrarse a eso. Creo que era perfectamente capaz de entender que la regla era evitar el contacto, pero simultáneamente era capaz de decidir que la regla no le importaba y que no iba a cumplirla. Ese fin de semana, los árbitros le llamaron la atención varias veces y él prometió obedecer en todas las ocasiones y después siempre volvió a hacer lo mismo. Ya era uno de los chicos más corpulentos y le encantaba lanzarse sobre ti y hacerte caer «accidentalmente» al final de una persecución. No es divertido que te hagan caer al suelo rocoso del bosque.

Yo acababa de batir a Darryl con mis imponentes poderes, en el claro donde buscaba tesoros, y estábamos riéndonos de mi extremado sigilo. Darryl iba a marcharse para actuar de monstruo. Los jugadores muertos podían hacer de monstruos, o sea que, cuanto más durabas en el juego, más monstruos te perseguían. Todos seguían jugando y las batalles se volvían cada vez más épicas.

Fue entonces cuando Charles salió de entre los árboles, detrás de mí, y me empujó, arrojándome al suelo con tanta fuerza que por un momento no pude respirar.

—¡Te tengo! —gritó. Yo lo conocía muy poco antes de esto y nunca había tenido buena opinión de él, pero ahora estaba listo para asesinarlo. Lentamente, me puse de pie y lo miré; él respiraba agitadamente y sonreía—. Estás bien muerto —dijo—. Te vencí totalmente.

Sonreí y sentí algo raro y doloroso en la cara. Me toqué el labio superior. Estaba ensangrentado. Me sangraba la nariz y tenía el labio partido; me lo había cortado con una raíz al caerme de cara por el empujón.

Me limpié la sangre en el pantalón y sonreí. Hice como si pensara que todo esto era divertido. Me reí un poco. Avancé hacia él.

Charles no se dejó engañar. Ya estaba retrocediendo, intentando desaparecer entre los árboles. Darryl se desplazó para flanquearlo. Yo fui hacia el otro flanco. Abruptamente, Charles se dio vuelta y empezó a correr. Darryl le enganchó un tobillo con el pie y Charles se desparramó en el suelo. Nos lanzamos hacia él, al mismo tiempo que oíamos el silbato de un árbitro.

El árbitro no había visto a Charles jugando sucio conmigo, pero lo había visto jugar todo el fin de semana. Lo envió a la entrada del campamento y le dijo que estaba fuera del juego. Charles se quejó con todas sus fuerzas pero, para nuestra satisfacción, el árbitro no quiso escucharlo. Cuando Charles se fue, también nos dio un sermón a nosotros dos, diciéndonos que nuestras represalias no estaban más justificadas que el ataque de él.

Estuvo bien. Esa noche, cuando los juegos habían terminado, todos tomamos duchas calientes en los dormitorios de los scouts. Darryl y yo robamos la ropa y la toalla de Charles. Las anudamos y las arrojamos al orinal. Muchos chicos colaboraron gustosamente en la tarea de mojarlas. Charles había sido muy entusiasta con sus empujones.

Ojalá hubiera podido verlo cuando salió de la ducha y descubrió su ropa. Era una decisión difícil: ¿correr desnudo por el campamento o desatar los apretados nudos de la ropa empapada de pis y ponérsela?

Optó por la desnudez. Probablemente, yo habría hecho lo mismo. Formamos una hilera a lo largo del trayecto entre las duchas y el refugio donde se guardaban las mochilas y lo aplaudimos. Yo estaba primero en la fila y lideraba el aplauso.

 

 

***

 

Los fines de semana en el Campamento Scout sólo se hacían tres o cuatro veces por año, lo que nos dejaba —a Darryl, a mí y a muchísimos jugadores de JRV— con una seria deficiencia de JRV en nuestras vidas.

Por suerte, había partidas de Wretched Daylight en los hoteles de la ciudad. El Wretched Daylight es otro JRV —clanes rivales de vampiros y cazavampiros— con sus propias y estrafalarias reglas. Los jugadores usan naipes para resolver las escaramuzas y combates, de modo que cada batalla implica jugar una mano de barajas estratégicas. Los vampiros se vuelven invisibles cuando se ponen la capa y cruzan los brazos sobre el pecho; todos los demás jugadores tienen que hacer como que no los ven y continuar con sus conversaciones sobre lo que planean y demás. El verdadero examen de un buen jugador es demostrar que es lo bastante honesto como para seguir revelando secretos frente a un rival «invisible», comportándose como si no estuviera en la habitación.

Había un par de partidas grandes de Wretched Daylight todos los meses. Los organizadores del juego, que tenían buena relación con los hoteles de la ciudad, nos comunicaban que habían reservado diez habitaciones libres para el viernes por la noche y las llenaban de jugadores que corrían por todo el hotel, jugando un Wretched Daylight de bajo perfil en los pasillos, alrededor de la piscina y así sucesivamente, comiendo en el restaurante del hotel y pagando por la WiFi del hotel. Cerraban las reservas el viernes por la tarde, nos enviaban correos y nosotros íbamos directamente desde la escuela al hotel que fuera, llevando nuestras mochilas, durmiendo de a seis u ocho en cada habitación durante todo el fin de semana, sobreviviendo a fuerza de comida basura, jugando hasta las tres de la madrugada. Era diversión buena y segura, que nuestros padres podían controlar.

Los organizadores eran de una institución solidaria muy conocida, dedicada a la alfabetización, que tenía talleres de escritura, de teatro y esas cosas. Venían organizando esos juegos desde hacía diez años sin ningún incidente. Todo era estrictamente sin alcohol y sin drogas, para evitar que arrestaran a los organizadores por corrupción de menores o algo así. Éramos entre diez y cien jugadores, dependiendo del fin de semana que por el mismo precio de ver un par de películas pasábamos dos días y medio de diversión asegurada.

Pero un día tuvieron la mala suerte de reservar un grupo de habitaciones en el Mónaco, un hotel de Tenderloin que alojaba turistas mayores y pretenciosos, la clase de lugar donde todos los cuartos tienen una pecera esférica con especies tropicales y el vestíbulo está lleno de hermosos ancianos con buena ropa, jactándose de los resultados de sus cirugías plásticas.

Normalmente, los mundanos —palabra que usábamos para llamar a los no jugadores— nos ignoraban, suponiendo que sólo éramos chicos jugando bulliciosamente. Pero ese fin de semana estaba alojado el editor de una revista italiana de viajes que se interesó por lo nuestro. Me arrinconó cuando yo andaba escondiéndome en el vestíbulo, esperando localizar al jefe del clan rival para saltar sobre él y beber su sangre. Yo estaba de pie contra la pared, con los brazos cruzados, o sea invisible, cuando el hombre se me acercó y me preguntó, en inglés con acento italiano, qué hacíamos mis amigos y yo en el hotel ese fin de semana.

Traté de quitármelo de encima, pero no se desanimó. De modo que decidí inventar algo para que se fuera.

No imaginé que iba a publicarlo. Realmente, no imaginé que tendría repercusión en la prensa norteamericana.

—Estamos aquí porque nuestro príncipe ha muerto y hemos venido a buscar a un nuevo gobernante.

—¿Un príncipe?

—Sí —le dije, ganando confianza—. Somos del Pueblo Viejo. Vinimos a los EE. UU. en el siglo 16 y, desde entonces, nuestra familia real vive en los bosques de Pennsylvania. Vivimos con sencillez, en la espesura. No usamos tecnología moderna. Pero el príncipe era el último de la línea sucesoria y murió la semana pasada. Una terrible y cruel enfermedad se lo llevó. Los jóvenes de mi clan debemos encontrar a los descendientes de su tío abuelo, que se marchó para vivir con la gente moderna en tiempos de mi abuelo. Se dice que se ha multiplicado; encontraremos a los últimos de su dinastía y los llevaremos de vuelta a su legítimo hogar.

Yo leía muchas novelas de fantasía. Estas cosas se me ocurrían fácilmente.

—Conocimos a una mujer que sabía de esos descendientes. Nos dijo que uno de ellos se alojaba en este hotel y hemos venido a encontrarlo. Pero nos siguió un clan rival que quiere evitar que llevemos a nuestro príncipe a casa para que seamos débiles y fáciles de dominar. Por lo tanto, es vital que mantengamos la discreción. No hablamos con el Pueblo Nuevo si podemos evitarlo. Conversar con usted en este momento me provoca una gran incomodidad.

Él me miraba con perspicacia. Yo había descruzado los brazos, lo que implicaba que ahora era «visible» para los vampiros rivales, una de las cuales había estado acercándose a nosotros lenta y sigilosamente. En el último momento, me di vuelta y la vi, con los brazos abiertos y siseando, componiendo a una vampira de alta escuela.

Abrí los brazos al máximo y le devolví el siseo; después, corrí a toda velocidad por el vestíbulo, saltando sobre un sofá de cuero y rodeando una planta en maceta, obligándola a perseguirme. Ya había preparado una ruta de escape, por el pozo de la escalera hasta el gimnasio del sótano; fui por allí y logré perderla.

No volví a ver al hombre ese fin de semana, pero le relaté la anécdota a algunos otros jugadores de JRV, que adornaron la historia y hallaron muchas oportunidades para volver a contarla ese fin de semana.

Una mujer que trabajaba en la revista italiana, que había obtenido su maestría con un estudio de las comunidades anti-tecnológicas Amish de la Pennsylvania rural, pensó que lo nuestro era tremendamente interesante. Basándose en las notas y las entrevistas grabadas de su jefe durante el viaje a San Francisco, escribió un artículo fascinante y conmovedor sobre la insólita secta juvenil que cruzaba los EE. UU. buscando a su «príncipe». Diablos… hoy en día se publica cualquier cosa.

Pero el tema es que las historias así son recogidas por otros medios que las vuelven a publicar. Primero fueron los bloggers italianos; después, algunos bloggers norteamericanos. Personas de todo el país comenzaron a informar de «avistajes» del Pueblo Viejo, aunque no se sabe si eran inventados o si veían a otros que estaban jugando al mismo juego.

El asunto fue ascendiendo la pirámide alimentaria de los medios hasta llegar al New York Times que, por desgracia, tiene un apetito poco saludable por verificar los hechos. El cronista al que le asignaron la historia finalmente siguió el rastro hasta el Hotel Mónaco, donde lo pusieron en contacto con los organizadores del JRV, que le contaron la verdadera historia entre risotadas.

Bueno, a partir de ese momento, los JRV se volvieron menos atractivos. Nos hicimos conocidos como los mayores fabricantes de patrañas de la nación, como mentirosos patológicos y anormales. La prensa, a la que habíamos engañado inadvertidamente para que cubriera la historia del Pueblo Viejo, ahora quería redimirse a fuerza de informar lo increíblemente anómalos que éramos los jugadores de JRV, y fue entonces cuando Charles le dijo a toda la escuela que Darryl y yo éramos los máximos enfermos de los JRV de la ciudad.

No fue una buena temporada. Algunos de la pandilla no le dieron importancia, pero nosotros sí. Las burlas eran despiadadas. Charles las encabezaba. Me ponían colmillos de plástico en la mochila y los chicos que pasaban a mi lado en el corredor me decían «bah, bah» como los vampiros de dibujo animado, o hablaban con falso acento de Transilvania cuando yo andaba cerca.

Después de eso, nos pasamos rápidamente a los Juegos de Realidad Alternativa. En cierto sentido, eran más divertidos y mucho menos raros. Pero, de vez en cuando, echaba de menos mi capa y aquellos fines de semana en los hoteles.

 

 

***

 

Lo opuesto al esprit d’escalier es la forma en que los bochornos de la vida vuelven a acosarnos aunque hayan ocurrido hace mucho tiempo. Yo recordaba todas las estupideces que alguna vez había dicho o hecho; las evocaba con la claridad perfecta de una película. Cada vez que me deprimía, comenzaba a recordar naturalmente otras veces en las que me había sentido igual… un ranking de éxitos de la humillación, desfilando uno tras otro dentro de mi mente.

Mientras intentaba concentrarme en Masha y en mi inminente perdición, el incidente del Pueblo Viejo me acosaba una y otra vez. En aquel entonces, había experimentado un sentimiento similar, enfermizo, deprimente y de mal agüero, al tiempo que aparecían más y más medios que recogían la historia y crecía la posibilidad de que alguien descubriera que había sido yo el que le había contado el cuento a ese estúpido editor italiano ataviado con un jean exclusivo de costuras irregulares, una almidonada camisa sin cuello y unas gafas de metal demasiado grandes.

En lugar de revolcarte en tus propios errores, hay otra alternativa: aprender de ellos.

En todo caso, es una buena teoría. Tal vez el motivo que tiene tu subconsciente para desenterrar a todos esos fantasmas miserables es que ellos necesitan cerrar el tema para poder reposar tranquilamente en el más allá de la humillación. Mi subconsciente insistía en las visitas de fantasmas, con la esperanza de que yo hiciera algo que les permitiera descansar en paz.

Durante todo el trayecto a casa, le di vueltas a este recuerdo, pensando en qué podía hacer con «Masha» en caso de que estuviera engañándome. Necesitaba un reaseguro.

Cuando llegué a casa y recibí los abrazos melancólicos de mamá y papá, ya lo sabía.

 

 

***

 

El truco era manejar los tiempos para que todo sucediera tan rápido que el DSI no pudiera prepararse, pero con la suficiente anticipación para que la Xnet tuviera tiempo de convertirse en una fuerza.

El truco era montar el escenario para que hubiera demasiada gente como para arrestarnos a todos, pero en un sitio donde la prensa y los adultos pudieran verlo para que el DSI no nos gaseara de nuevo.

El truco era montar algo tan atractivo para los medios como la levitación del Pentágono. El truco era organizar algo que tuviera convocatoria, como 3.000 estudiantes de Berkeley negándose a permitir que un furgón policial se llevara a uno de los suyos.

El truco era atraer a los medios hasta allí para que informaran lo que hacía la policía, como ocurrió en Chicago en 1968.

Sería un truco de puta madre.

Al día siguiente me fui de la escuela una hora antes, empleando mis técnicas de fuga acostumbradas, sin importarme si con eso disparaba alguna nueva especie de control del DSI que resultaría en una nota a mis padres.

Cualquiera fuese el caso, lo último que preocuparía a mis padres pasado mañana sería si yo tenía problemas en la escuela.

Me reuní con Ange en su casa. Se había marchado de la escuela aún más temprano, porque había exagerado sus dolores menstruales, simulando que iba a caerse de rodillas por el dolor, y la habían enviado a casa.

Comenzamos a correr la voz en la Xnet. Enviamos correos a los amigos de confianza y mensajes instantáneos a toda nuestra lista de conocidos. Recorrimos las cubiertas de los barcos y los pueblos del Botín de Relojería y se lo contamos a nuestros compañeros de equipo. Era complicado dar la suficiente información para lograr que asistieran, pero no tanta como para quedar en evidencia ante el DSI, pero creo que conseguí el equilibrio adecuado:

>MAÑANA TURBA DE VAMPIROS

>Si son góticos, vístanse para impresionar. Si no son góticos, busquen un gótico y pídanle ropa prestada. Piensen como vampiros.

>El juego comienza a las 8:00 en punto de la mañana. EN PUNTO. Vayan preparados para que los dividan en equipos. El juego dura 30 minutos; tendrán tiempo suficiente para llegar bien a la escuela.

>Mañana informaremos el lugar. Envíen sus claves públicas por correo electrónico a m1k3y@littlebrother.pirateparty.org.se y revisen el correo a las 7:00 a.m. para conocer las novedades. Si les parece muy temprano, quédense despiertos toda la noche. Es lo que haremos nosotros.

>Les garantizo que será la mayor diversión del año.

>Crean.

>M1k3y

Después le envié un breve mensaje a Masha.

>Mañana.

>M1k3y

Un minuto después entró su respuesta:

>Eso pensé. Turba de Vampiros ¿eh? Trabajas rápido. Ponte un gorro rojo. Equipaje liviano.

 

 

***

 

¿Qué equipaje llevas cuando vas a fugarte? Había transportado suficientes mochilas pesadas a los campamentos para saber que cada gramo que agregas te corta los hombros con toda la aplastante fuerza de la gravedad en cada paso que das… no es sólo un gramo, es un gramo que cargas encima durante millones de pasos. Es una tonelada.

—Muy bien —dijo Ange—. Seamos inteligentes. Nunca hay que llevar más ropa que la necesaria para tres días. Puedes enjuagarla en un lavabo. Mejor una mancha en la camiseta que una maleta demasiado grande y pesada para meter debajo del asiento de un avión.

Sacó un bolso de cartero hecho de nylon balístico que podía colgarse cruzado, sobre el pecho, entre sus senos (algo que me hizo sudar un poco) y que quedaba echado hacia atrás diagonalmente, sobre su espalda. Tenía mucho espacio. Lo puso sobre la cama y ahora estaba apilando ropa junto a él.

—Supongo que tres camisetas, un pantalón largo, uno corto, tres mudas de ropa interior, tres pares de calcetines y un suéter son suficientes. —Abrió el bolso de gimnasia y sacó sus elementos de tocador—. Tendré que acordarme de meter el cepillo de dientes mañana por la mañana, antes de ir al Centro Cívico.

Observarla empacar era impresionante. Era inflexible en la tarea. También era inquietante: me hacía tomar conciencia de que al día siguiente me marcharía. Tal vez por mucho tiempo. Tal vez para siempre.

—¿Llevo la Xbox? —preguntó ella—. Tengo una tonelada de cosas en el disco duro, notas, bosquejos y correos. No quiero que caigan en las manos equivocadas.

—Está todo encriptado —le dije—. Eso es estándar en el ParanoidXbox. Pero mejor deja la Xbox; hay muchas en Los Ángeles. Mejor crea una cuenta en Pirate Party y envíate una imagen del disco duro. Cuando vuelva a casa voy a hacer lo mismo.

Lo hizo y dejó el correo en lista de espera. Se necesitaban un par de horas para que todos los datos se colaran por la red WiFi de su vecino y llegaran a Suecia.

Después, cerró la tapa del bolso y ajustó las correas de compresión. Ahora tenía colgado en la espalda un objeto del tamaño de una pelota de fútbol, que yo miraba con admiración. Podía caminar por la calle con eso colgado del hombro y nadie la miraría dos veces: parecía una chica camino a la escuela.

—Una cosa más —me dijo, y fue a la mesa de noche y sacó los condones. Retiró las tiras de profilácticos de la caja, abrió el bolso y las metió dentro; después, me dio una palmada en el culo.

—¿Y ahora qué? —dije.

—Ahora vamos a tu casa y haces lo mismo. Es hora de que conozca a tus padres ¿no?

Dejó el bolso entre las pilas de ropa y basura que cubrían el suelo. Estaba lista para dar la espalda a todo esto, para irse, nada más que para estar conmigo. Nada más que para apoyar a la causa. Me hacía sentir valiente a mí también.

 

 

***

 

Mamá ya estaba en casa cuando llegamos. Tenía la laptop abierta sobre la mesa de la cocina y estaba respondiendo correos mientras hablaba en el micrófono incorporado a sus auriculares, ayudando a un pobre hombre de Yorkshire y su familia a aclimatarse a la vida de Louisiana.

Atravesé la puerta, seguido por Ange, que sonreía como enloquecida, pero me apretaba la mano tan fuerte que mis huesos se chocaban unos con otros. Yo no sabía qué era lo que la preocupaba tanto. No iba a tener que pasar demasiado tiempo con mis padres después de hoy, incluso si todo salía mal.

Mamá le cortó al hombre de Yorkshire cuando entramos.

—Hola, Marcus —dijo, besándome en la mejilla—. ¿Y quién es ella?

—Mamá, te presento a Ange. Ange, mi mamá, Lillian. —Mamá se puso de pie y le dio un abrazo.

—Es un gran gusto conocerte, querida —le dijo, mirándola de arriba abajo. Ange se veía bastante aceptable, creo. Se vestía bien, era discreta y te dabas cuenta de lo inteligente que era con sólo mirarla.

—Un placer conocerla, Sra. Yallow —respondió. Sonaba muy confiada y segura de sí misma. Mucho mejor que yo cuando conocí a la madre de ella.

—Llámame Lillian, mi amor —dijo mamá. Estaba tomando nota de todos los detalles—. ¿Te quedas a cenar?

—Me encantaría —dijo Ange.

—¿Comes carne? —Mamá estaba bien aclimatada a la vida de California.

—Como cualquier cosa que no me coma a mí primero —dijo Ange.

—Es una obsesiva de la salsa picante —dije—. Podrías servirle neumáticos viejos y ella se los comería si pudiera sumergirlos en salsa.

Ange me golpeó ligeramente el hombro.

—Iba a encargar comida tailandesa —dijo mamá—. Agregaré un par de platos de cinco ajíes.

Ange le agradeció cortésmente y mamá se ajetreó por la cocina, sirviéndonos vasos de jugo y un plato de bizcochos y preguntándonos tres veces si queríamos té. Me sentí un poco incómodo.

—Gracias, mamá —dije—. Nos quedaremos un rato arriba.

Mamá entrecerró los ojos un segundo; luego, volvió a sonreír.

—Por supuesto —dijo—. Tu padre llega dentro de una hora; después cenaremos.

Yo tenía todas mis cosas de vampiro guardadas en el fondo del armario. Dejé que Ange las ordenara mientras yo buscaba ropa. Sólo iría hasta Los Angeles. Allá tenían tiendas, toda la ropa que podía necesitar. Hacía falta llevar apenas dos o tres de mis camisetas preferidas, mis jeans favoritos, un aerosol de desodorante, un rollo de hilo dental.

—¡Dinero! —dije.

—Sí —dijo Ange—. Voy a vaciar mi cuenta del banco en un cajero automático cuando regrese a casa. Debo de tener ahorrados unos quinientos.

—¿En serio?

—¿En qué voy a gastarlos? —dijo—. Desde que uso la Xnet no he tenido que pagar cargos de servicio.

—Creo que yo tengo trescientos o algo así.

—Muy bien. Recógelos mañana cuando vayas para el Centro Cívico.

Yo tenía un gran bolso para libros que usaba cuando tenía que cargar mucho equipo de un lado al otro de la ciudad. Era menos conspicuo que mi mochila de campamento. Ange revisó mi ropa apilada sin piedad y la redujo a sus prendas preferidas.

Cuando terminé de empacar y puse el bolso debajo de la cama, nos sentamos.

—Mañana tendremos que levantarnos muy temprano —dijo ella.

—Sí. Será un gran día.

El plan era enviar mensajes con un puñado de sedes falsas para la Turba de Vampiros del día siguiente, enviando a la gente a lugares aislados, ubicados a pocos minutos de caminata del Centro Cívico. Haríamos un esténcil que sólo dijera TURBA VAMPIROS CENTRO CÍVICO, que pintaríamos con aerosol en esos lugares alrededor de las 5:00 de la mañana. Con eso evitaríamos que el DSI cerrara el Centro Cívico antes de que llegáramos. Tenía el bot de correo listo para enviar los mensajes a las 7:00 a.m.; dejaría la Xbox encendida cuando saliera.

—¿Cuánto tiempo…? —Ange no terminó la pregunta.

—También me lo estoy preguntando —dije—. Podría ser mucho, supongo. ¿Pero quién sabe? Con el artículo de Barbara y todo eso —había puesto en cola un correo para ella también, a enviar por la mañana—, tal vez dentro de dos semanas seremos héroes.

—Puede ser —dijo ella, y suspiró.

La rodeé con mi brazo. Le temblaban los hombros.

—Estoy aterrado —dije—. Creo que sería una locura no estar aterrado.

—Sí —dijo ella—. Sí.

Mamá nos llamó a cenar. Papá le estrechó la mano a Ange. Parecía que no se había afeitado y se lo veía preocupado, igual que sucedía desde que habíamos visitado a Barbara, pero al conocer a Ange volvió a ser un poco el viejo papá. Ella lo besó en la mejilla y él insistió en que lo llamara Drew.

A decir verdad, la cena estuvo muy buena. Ange rompió el hielo cuando sacó el rociador de picante, condimentó su plato y explicó lo de las unidades Scoville. Papá probó un bocado de su comida y salió pitando hacia la cocina para beberse tres litros de leche. Créase o no, después de ver eso mamá también la probó y me dio toda la impresión de que le encantaba. Mi mamá resultó ser un prodigio oculto de la comida picante, una conocedora innata.

Antes de irse, Ange insistió en regalarle el rociador de picante.

—Tengo otro en casa —dijo. Yo había visto que lo metía en la mochila—. Usted es de las mujeres que deben tener uno de estos.

 

 

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