Revista Axxón » «Hermano menor» (Capítulo 19), Cory Doctorow - página principal

¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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Capítulo 19

Este es el correo que se envió a las 7:00 a.m. del día siguiente, mientras Ange y yo pintábamos con aerosol TURBA VAMPIROS CENTRO CÍVICO en lugares estratégicos de la ciudad:

>REGLAMENTO TURBA DE VAMPIROS

>Formas parte de un clan de vampiros que se mueven a la luz del día. Has descubierto el secreto para sobrevivir bajo los terribles rayos del sol. El secreto es el canibalismo: la sangre de otro vampiro puede darte la fuerza necesaria para caminar entre los vivos.

>Necesitas morder a tantos vampiros como puedas para poder permanecer en el juego. Si pasas un minuto sin haber mordido a nadie, quedas eliminado. Cuando quedas eliminado, te pones la camiseta con la parte delantera hacia atrás y te conviertes en árbitro. Vigilas a dos o tres vampiros para ver si cumplen con su cuota de mordidas.

>Para morder a otro vampiro tienes que decir «¡muerdo!» cinco veces antes que él. Hay que correr hasta un vampiro, establecer contacto visual y gritar «¡muerdo muerdo muerdo muerdo muerdo!»; si terminas antes que él, tú sobrevives y el otro se derrumba convertido en polvo.

>Tú y los demás vampiros que conozcas cuando te presentes forman un equipo. Un clan. La sangre de tus compañeros de clan no te alimenta.

>Puedes «volverte invisible» quedándote quieto y cruzando los brazos sobre el pecho. No se puede morder a los vampiros invisibles, ni ellos pueden morderte a ti.

>Este juego se basa en un sistema de honor. El objetivo es divertirse y actuar como un vampiro, no ganar.

>El final del juego se informará de boca en boca conforme comiencen a surgir los ganadores. Los directores del juego echarán a correr el rumor entre los jugadores cuando llegue el momento. Difunde el rumor lo más rápido que puedas y espera la señal.

>M1k3y

>¡muerdo muerdo muerdo muerdo muerdo!

Esperábamos que unas cien personas estuvieran dispuestas a jugar al Turba de Vampiros. Habíamos enviado doscientas invitaciones cada uno. Pero cuando me desperté de un salto a las 4:00 a.m. y agarré la Xbox, descubrí que había cuatrocientas respuestas. Cuatrocientas.

Puse las direcciones en el bot y salí de casa en puntas de pie. Bajé la escalera y escuché a papá roncar y a mamá dándose vuelta en la cama. Cerré la puerta a mis espaldas.

A las 4:15 a.m., Potrero Hill estaba tranquilo como el campo. Había algunos rumores lejanos de tránsito y, una sola vez, pasó un auto a mi lado. Me detuve en un cajero automático y retiré u$s 320 en billetes de veinte, los hice un rollo, los sujeté con una banda elástica y me los guardé en un bolsillo con cremallera de mi pantalón de vampiro, a la altura del muslo.

Otra vez tenía puesta mi capa y mi camisa con volados, y el pantalón de esmoquin que había reformado, agregándole suficientes bolsillos para llevar todas mis cosas. Tenía botas terminadas en punta, con hebillas plateadas con forma de calaveras, y mi peinado era una bola de cabello negro y puntiagudo que me rodeaba la cabeza. Ange iba a traer maquillaje blanco y había prometido delinearme los ojos y pintarme las uñas de negro. ¿Por qué no, diablos? ¿Cuándo se me presentaría otra oportunidad de jugar disfrazado así?

Ange y yo nos encontramos frente a su casa. También traía la mochila, y medias de red, y un vestido de mucama estilo gothic lolita lleno de volados, la cara pintada de blanco, un elaborado maquillaje kabuki en los ojos y los dedos y el cuello repletos de bisutería plateada.

—¡Estás genial! —nos dijimos al unísono; después nos reímos por lo bajo y nos escabullimos por las calles, con los aerosoles de pintura en los bolsillos.

 

 

***

 

Mientras estudiaba el terreno en el Centro Cívico, pensé en cómo se vería el lugar cuando cuatrocientos vampiros convergieran allí. Esperaba que llegaran dentro de diez minutos, frente a la Alcaldía. La gran plaza ya hervía de trabajadores que esquivaban con destreza a los sin techo que allí mendigaban.


Ilustración: Valeria Uccelli

Siempre odié el Centro Cívico. Es una colección de edificios enormes que parecen pasteles de boda: tribunales, museos y edificios públicos como la Alcaldía. Las aceras son anchas; los edificios, blancos. Los que sacan las fotos para las guías turísticas de San Francisco logran hacerlos aparecer como el Epcot Center, futuristas y austeros.

Pero frente a frente son sucios y burdos. La gente sin hogar duerme en todos los bancos de la plaza. El barrio queda vacío a las 6:00 de la tarde, salvo por los borrachos y drogadictos; puesto que allí hay una sola clase de edificios, no hay un motivo legítimo para quedarse después de que se pone el sol. Se parece más a un centro comercial que a un barrio, pero las únicas tiendas que hay son las oficinas de los abogados de fianzas y las licorerías, sitios que proveen a las familias de los delincuentes procesados y a los vagabundos que los convierten en su hogar durante la noche.

Realmente llegué a comprender todo esto cuando leí una entrevista a una vieja y excelente planificadora urbana, una mujer llamada Jane Jacobs, que fue la primera persona que de verdad comprendió por qué era un error dividir a las ciudades con autopistas, meter a todos los pobres en planes de vivienda y usar leyes de urbanización para controlar quién podía hacer qué cosa y dónde.

Jacobs explicaba que las ciudades genuinas son orgánicas y tienen mucha variedad: ricos y pobres, blancos y morenos, anglosajones y mexicanos, comercios y residencias particulares, e incluso industrias. Un barrio así contiene toda clase de gente que lo transita a toda hora del día o de la noche, de modo que hay tiendas que cubren todas las necesidades y, en todo momento, hay personas que actúan como los ojos de la calle.

Seguro que lo has visto alguna vez. Paseas por la zona más antigua de una ciudad y descubres que tiene las tiendas más geniales, que hay hombres de traje y otros que visten harapos a la moda, restaurantes de alto nivel y cafés extravagantes, tal vez algún cine pequeño, casas elaboradamente pintadas. Puede haber un Starbucks, claro, pero también un pulcro mercado de frutas y una florista que parece tener trescientos años y que poda cuidadosamente las flores del escaparate. Es lo contrario del espacio planificado de un centro comercial. Se percibe como un jardín silvestre o incluso como un bosque: sientes que ha crecido.

No había otro sitio más ajeno a todo eso que el Centro Cívico. Leí una entrevista a Jacobs donde hablaba sobre el hermoso barrio viejo que habían demolido para construirlo. Era exactamente la clase de barrio del que te hablaba, el tipo de lugar que sucedía sin permiso, sin rima ni razón.

Jacobs decía que, tiempo atrás, había predicho que, en un lapso de pocos años, el Centro Cívico sería una de las peores zonas de la ciudad, un pueblo fantasma por las noches, un lugar que sólo albergaría un escaso puñado de tienduchas de bebidas alcohólicas y algunos moteles pulgosos. En la entrevista, no parecía muy feliz de que sus palabras se hubieran confirmado; cuando describía en qué se había convertido el Centro Cívico, parecía que estaba hablando de un amigo muerto.

Ahora estábamos en la hora pico y el Centro Cívico bullía de actividad. El BART del Centro Cívico también es la estación principal de las líneas de tranvías municipales; si te hace falta hacer trasbordo, allí es donde tienes que hacerlo. A las 8:00 a.m. había miles de personas subiendo las escaleras, bajando las escaleras, entrando y saliendo de los taxis y subiendo y bajando de los autobuses. Se apretujaban en los embudos que generaban los puestos de control del DSI, ubicados junto a diferentes edificios públicos, y evadían a los pordioseros más agresivos. Todos olían a champú y colonia, recién salidos de la ducha y armados con sus trajes de oficina, balanceando portafolios y bolsos de laptop. A las 8:00 de la mañana, el Centro Cívico era la central del movimiento.

Y llegaron los vampiros. Un par de docenas venían por Van Ness, otras dos venían por Market. Había otros acercándose por la otra acera de Market. Y más que venían por Van Ness. Rodearon los edificios, con las caras maquilladas de blanco y con delineador negro, ropa negra, chaquetas de cuero, enormes botas de suela gruesa. Guantes de red sin dedos.

Comenzaron a llenar la plaza. Algunos de los oficinistas les dedicaban vistazos al pasar y luego miraban a otro lado; no querían que esos mamarrachos se metieran en su realidad personal, mientras seguían pensando en la mierda que tendrían que franquear durante las ocho horas siguientes. Los vampiros daban vueltas, sin saber si el juego había comenzado. Se reunían en grandes grupos, como una fuga de petróleo en reversa: mucho negro juntándose en un solo lugar. Una gran cantidad llevaba sombreros anticuados, bombines y galeras. Muchas chicas vestían el elegante equipo completo de mucama de las gothic lolitas, con zapatos de enormes plataformas.

Traté de estimar el número. Doscientos. Después, cinco minutos más tarde, eran trescientos. Cuatrocientos. Y seguían llegando. Los vampiros habían traído a sus amigos.

Alguien me agarró del culo. Me di vuelta y vi a Ange, riéndose tanto que estaba doblada en dos, con las manos sobre los mulos.

—¡Míralos, hombre, míralos! —jadeó. La plaza estaba dos veces más llena que unos minutos antes. No tenía idea de cuántos usuarios de la Xnet había, pero fácilmente unos 1000 habían venido a mi pequeña fiesta. Dios.

El DSI y los policías de San Francisco comenzaban a merodear, a hablar por radio y agruparse. Escuché una sirena a la distancia.

—Muy bien —dije, sacudiendo el brazo de Ange—. Muy bien, vamos.

Ambos nos colamos entre la multitud y, en cuanto encontramos a los primeros vampiros, los dos gritamos con fuerza.

—¡Muerdo muerdo muerdo muerdo muerdo!

Mi víctima era una chica perpleja, pero bonita, con telarañas pintadas en las manos y rimmel desprolijo, chorreado en las mejillas.

—¡Mierda! —me dijo y se alejó, reconociendo que la había matado.

El grito de «¡muerdo muerdo muerdo muerdo muerdo!» había confundido a los vampiros cercanos. Algunos se atacaban entre sí; otros corrían a refugiarse, se escondían. Yo ya tenía a la víctima del primer minuto, de modo que me escabullí, usando a los mundanos como escudo. Me rodeaban los gritos de «¡muerdo muerdo muerdo muerdo muerdo!», los chillidos, las risas y los insultos.

El sonido se contagió como un virus entre el gentío. Todos los vampiros sabían que el juego ya había comenzado y los que se habían reunido en grupos ahora caían como moscas. Reían y maldecían y se ubicaban a un costado, avisando a los vampiros inactivos que el juego había empezado. Y a cada segundo llegaban más vampiros.

Eran las 8:16. Hora de cargarme a otro vampiro. Me agaché bien abajo y avancé entre las piernas de los normales que se dirigían a la escalera del BART. Sorprendidos, saltaban hacia atrás y maniobraban para esquivarme. Mis ojos estaban enfocados como una mira láser en un par de botas negras con plataforma y dragones de acero en las punteras, y por lo tanto no esperaba encontrarme cara a cara con otro vampiro, un chico de unos quince o dieciséis años, peinado hacia atrás con gel y usando una chaqueta drapeada de PVC estilo Marilyn Manson y unos collares de colmillos falsos tallados con intrincados símbolos.

—Muerdo muerdo muerdo… —comenzó, cuando uno de los mundanos tropezó con él y ambos se despatarraron en el suelo.

Brinqué sobre él, al grito de «¡muerdo muerdo muerdo muerdo muerdo!», sin darle tiempo a desenredarse.

Llegaban más vampiros. Los disfraces eran realmente espectaculares. El juego desbordó las aceras, llegó hasta Van Ness y se extendió hacia la calle Market. Los conductores tocaban bocina, los tranvías hacían sonar la campanilla con irritación. Escuché más sirenas, pero ahora el tránsito era un embrollo en todas direcciones.

Era monstruosamente glorioso.

¡MUERDO MUERDO MUERDO MUERDO MUERDO!

El sonido me rodeaba desde todos los flancos. Había tantos vampiros jugando con tanta furia que era como un rugido. Me arriesgué a ponerme de pie para mirar y descubrí que me encontraba justo en el medio de una gigantesca multitud de vampiros que se extendía hacia todos lados, hasta donde alcanzaba la vista.

¡MUERDO MUERDO MUERDO MUERDO MUERDO!

Era todavía mejor que el concierto del Parque Dolores. Aquello había sido furia y rock, pero esto era… bueno, era pura diversión. Era como volver al patio de juegos, al épico «corre que te pillo» de la hora del almuerzo, cuando el sol brillaba en lo alto… cientos de personas persiguiéndose entre sí. Los adultos y los coches lo hacían mucho más divertido, más gracioso.

De eso se trataba: era gracioso. Todos estábamos riendo.

Pero ahora la policía se estaba movilizando en serio. Escuché helicópteros. En cualquier instante, todo terminaría. Hora de finalizar el juego.

Agarré a una vampira.

—Final del juego: cuando la policía nos ordene dispersarnos, finge que te gasearon. Pásalo. Repite lo que te dije.

Era una chica menuda, tan baja que pensé que tenía muy poca edad, pero debía de tener unos diecisiete o dieciocho años, a juzgar por su rostro y su sonrisa.

—Vaya, qué maldad.

—¿Qué te dije?

—Final del juego: cuando la policía nos ordene dispersarnos, finge que te gasearon. Pásalo. Repite lo que te dije.

—Perfecto —le dije—. Pásalo.

Se perdió entre el gentío. Agarré a otro vampiro. Pasé el mensaje. Se fue y lo pasó.

Sabía que Ange estaba haciendo lo mismo en algún sitio de la multitud. En algún sitio de la multitud podía haber infiltrados, falsos usuarios, ¿pero qué podían hacer con esta información? La policía no tenía otra alternativa. Darían la orden de que nos dispersáramos. Estaba garantizado.

Tenía que llegar a Ange. El plan era encontrarnos en la Estatua de los Fundadores, en la plaza, pero sería difícil llegar. La gente ya no se movía, oleaba, como la muchedumbre que descendía a la estación del BART el día que explotaron las bombas. Comencé a abrirme paso justo cuando se encendió el altavoz del helicóptero.

—LES HABLA EL DEPARTAMENTO DE SEGURIDAD INTERIOR. TIENEN ORDEN DE DISPERSARSE INMEDIATAMENTE.

A mi alrededor, cientos de vampiros cayeron al suelo, tomándose la garganta, tapándose los ojos con las garras, jadeando, sin aliento. Era fácil simular que te habían gaseado; habíamos tenido mucho tiempo para estudiar las filmaciones del público que caía bajo las nubes de gas pimienta en el Parque Dolores.

—DISPÉRSENSE DE INMEDIATO.

Caí al suelo, protegiendo mi bolso, estirando la mano para agarrar la gorra roja de béisbol que estaba embutida en la cintura de mi pantalón. Me la puse en la cabeza y después me agarré la garganta y produje unos horrendos sonidos de asfixia.

Los únicos que seguían de pie eran los mundanos, los asalariados que intentaban llegar al trabajo. Los miré lo mejor que pude, mientras me ahogaba y jadeaba.

—LES HABLA EL DEPARTAMENTO DE SEGURIDAD INTERIOR. TIENEN ORDEN DE DISPERSARSE INMEDIATAMENTE. DISPÉRSENSE DE INMEDIATO. —La voz de Dios me hacía doler las tripas. La sentía en las muelas, en los fémures y en la columna vertebral.

Los asalariados tenían miedo. Se movían lo más rápido posible, pero en ninguna dirección en especial. Los helicópteros parecían estar directamente sobre tu cabeza, sin importar dónde te encontraras. Ahora había policías metiéndose entre el gentío, con los cascos puestos. Algunos tenían escudos. Otros, máscaras antigases. Me puse a jadear más fuerte.

Los asalariados corrían. Probablemente, yo también habría corrido. Observé a un tipo sacándose una chaqueta de 500 dólares y envolviéndose el rostro con ella, antes de dirigirse hacia Mission. Tropezó y se cayó. Sus insultos se unieron a los jadeos de asfixia.

Se suponía que no iba a ocurrir esto… se suponía que nuestra asfixia tenía que impresionar y confundir a los transeúntes, no causarles pánico para que huyeran en estampida.

Ahora se escuchaban alaridos… alaridos que reconocía demasiado bien desde la noche del parque. Era el sonido de personas muertas de miedo, chocándose unas con otras mientras trataban de escapar con todas sus energías.

Y entonces se oyeron las alarmas de ataque aéreo.

No había escuchado ese sonido desde la explosión de las bombas, pero nunca podría olvidarlo. Me partió en dos, me penetró en los testículos, convirtió mis piernas en gelatina. Me dieron ganas de salir corriendo en medio de un ataque de pánico. Me puse de pie, con la gorra en la cabeza, pensando en una sola cosa: Ange. Ange y la Estatua de los Fundadores.

Ahora todos estaban de pie, corriendo hacia todos lados, gritando. Me abrí camino a los empujones, sujetando con fuerza mi bolso y mi gorra, hacia la Estatua de los Fundadores. Masha me estaba buscando; yo estaba buscando a Ange. Ange estaba por ahí.

Empujé e insulté. Le clavé el codo a alguien. Uno me pisó con tanta fuerza que sentí que algo crujía; lo empujé y se cayó. Trató de levantarse y otro lo pisó. Yo empujé y avancé.

Entonces estiré el brazo para darle un empellón a otra persona y unas fuertes manos me agarraron de la cintura y el codo y, con un solo movimiento fluido, me retorcieron el brazo y me lo pusieron en la espalda. Sentí que el hombro estaba a punto de salirse de la articulación e instantáneamente me doblé hacia delante, lanzando un grito… sonido que fue apenas audible por encima del estruendo del gentío, el matraqueo de los helicópteros, el gemido de las sirenas.

Las fuertes manos que estaban detrás de mí me obligaron a enderezarme, me manejaban como una marioneta. Me sujetaban tan perfectamente que ni podía pensar en retorcerme. No podía pensar en el ruido, los helicópteros ni Ange. Sólo podía pensar en moverme hacia donde esa persona quisiera que me moviera. Me obligó a darme vuelta para enfrentarla.

Era una chica de rasgos afilados, de roedor, medio oculta por un par de gafas de sol gigantescas. Encima de las gafas, una mata de brillante cabello rosado, con puntas que señalaban hacia todas direcciones.

—¡Tú! —le dije. La conocía. Era la que había me había tomado una foto, amenazándome con delatar mi fuga de la escuela, cinco minutos antes de que comenzaran a sonar las alarmas. Era ella, la despiadada y traicionera. Los dos habíamos corrido desde ese sitio de Tenderloin cuando sonaron las sirenas, y la policía nos había secuestrado a ambos. Como mi conducta fue hostil, decidieron que yo era un enemigo.

Ella, Masha, se convirtió en su aliada.

—Hola, M1k3y —susurró en mi oído, cercana como una amante. Me corrió un frío por la espalda. Me soltó el brazo y lo sacudí.

—Dios —dije—. ¡Tú!

—Sí, yo —me dijo—. Van a tirar gas dentro de unos dos minutos. Movamos el culo.

—Ange, mi novia, está en la Estatua de los Fundadores.

Masha miró la multitud.

—No hay posibilidad —dijo—. Si intentamos llegar allí, estamos muertos. Tirarán gas dentro de dos minutos, por si no me escuchaste la primera vez que lo dije.

Dejé de moverme. —No me iré sin Ange —dije.

Se encogió de hombros.

—Como quieras —me gritó en el oído—. El funeral es tuyo.

Comenzó a empujar a la gente, a alejarse hacia el norte, hacia el centro. Continué abriéndome paso a los empellones rumbo a la Estatua de los Fundadores. Un segundo después, mi brazo estaba de nuevo trabado con esa toma terrible y me estaban sacudiendo y obligándome a avanzar.

—Sabes demasiado, idiota —dijo ella—. Ya me viste la cara. Vendrás conmigo.

Le grité, me resistí hasta sentir que mi brazo iba a romperse, pero ella siguió empujándome hacia delante. Cada paso de mi pie dolorido era una agonía y sentía que mi hombro se quebraba.

Con ella usándome de ariete, logramos avanzar bastante entre el gentío. El gemido de los helicópteros cambió y ella me empujó más fuerte.

—¡CORRE! —gritó—. ¡Ahí vienen los gases!

El ruido de la multitud también cambió. Los jadeos de asfixia y los gritos se volvieron muchísimo más enérgicos. No era la primera vez que escuchaba esos sonidos. Estábamos de vuelta en el parque. Llovía gas. Contuve la respiración y corrí.

Salimos del tumulto y ella me soltó el brazo. Lo sacudí otra vez. Cojeando, corrí lo más rápido que pude por la acera, mientras la muchedumbre se hacía cada vez menos densa. Nos dirigíamos hacia un grupo de policías del DSI, con escudos antidisturbios, cascos y máscaras. Al tiempo que nos acercábamos, se desplazaban para bloquearnos el paso, pero Masha les mostró una insignia y se hicieron a un lado, como si ella hubiera sido Obi Wan Kenobi diciendo «Estos no son los droides que buscan».

—Maldita perra —le dije mientras corríamos por la calle Market—. Tenemos que volver por Ange.

Frunció los labios y meneó la cabeza.

—Lo lamento por ti, amiguito. Hace meses que no veo a mi novio. Posiblemente, piensa que estoy muerta. Gajes de la guerra. Si regresamos por tu Ange, estamos perdidos. Si continuamos, tenemos una oportunidad. Mientras tengamos una oportunidad, ella tiene una oportunidad. Esos chicos no irán todos a Guantánamo de la Bahía. Probablemente se llevarán unos cientos para interrogarlos y enviarán al resto a casa.

Ahora avanzábamos por Market, pasando los bares de desnudistas donde se instalaban pequeños campamentos de vagabundos y drogones que olían a retrete. Masha me guió hasta un pequeño zaguán, en el portal cerrado de uno de esos bares. Se quitó la chaqueta y la dio vuelta; el forro era de una tela rayada de colores apagados y, con las costuras al revés, la prenda tenía otra forma. Sacó una gorra de lana del bolsillo y se cubrió el pelo con ella, dejándola formar un pico desenfadado, descentrado. Después sacó unas toallitas con limpiador de maquillaje y se las pasó por la cara y las uñas. En un minuto, era una chica diferente.

—Cambio de ropa —dijo—. Ahora tú. Fuera los zapatos, fuera la chaqueta, fuera la gorra. —Advertí a qué apuntaba. La policía estaría buscando cuidadosamente a cualquiera que tuviera aspecto de haber participado en la Turba de Vampiros. Deseché completamente la gorra; nunca me habían gustado las de béisbol. Luego metí la chaqueta en el bolso, saqué mi camiseta de manga larga con la imagen de Rosa Luxemburgo y me la puse sobre la camiseta negra. Dejé que Masha me quitara el maquillaje y la pintura de uñas y, un minuto después, estaba limpio.

—Enciende el teléfono —me dijo ella—. ¿Traes RFID?

Tenía mi carné de estudiante, la tarjeta del cajero automático y el Fast Pass. Todas fueron a parar a un monedero plateado de Masha, que reconocí como una cartera Faraday a prueba de ondas de radio. Pero, mientras se la ponía en el bolsillo, me di cuenta de que acababa de entregarle mi identidad. Si ella estaba en el bando contrario…

La magnitud de lo que acababa de ocurrir comenzó a calar en mí. Me había imaginado que Ange estaría conmigo en este momento. Con Ange, éramos dos contra uno. Ange me ayudaría si algo se me escapaba. Si Masha no era todo lo que decía ser.

—Mete estos guijarros en los zapatos antes de ponértelos…

—Está bien. Tengo el pie lastimado. Ningún programa de reconocimiento de andadura puede identificarme.

Ella asintió una sola vez, una profesional tratando con otro profesional, y se echó el bolso al hombro. Levanté el mío y continuamos. El tiempo total que tardamos en cambiarnos fue menos de un minuto. Nos veíamos y caminábamos como dos personas completamente distintas.

Masha miró el reloj y sacudió la cabeza.

—Vamos —dijo—. Tenemos que llegar al punto de encuentro. Y que no se te ocurra escapar. Ahora tienes dos opciones: la cárcel o yo. Analizarán las filmaciones del tumulto durante días, pero cuando hayan terminado, todos los rostros irán a parar a una base de datos. Notarán nuestra ausencia. Ahora tú y yo somos criminales buscados.

 

 

***

 

Abandonamos Market en la intersección siguiente, nuevamente rumbo a Tenderloin. Yo conocía bien ese barrio. Era allí donde habíamos buscado un punto de acceso a WiFi abierto, allá en los buenos tiempos, cuando jugábamos al Loca Diversión en Harajuku.

—¿Adónde vamos? —pregunté.

—Abordaremos un vehículo —dijo ella—. Cállate y deja que me concentre.

Nos movíamos rápidamente; me corría sudor desde el pelo hasta la cara, me chorreaba por la espalda, se metía entre mis nalgas y mis muslos. Me dolía mucho el pie y veía las calles de San Francisco pasar a mi lado a toda velocidad, tal vez por última vez en mi vida.

No nos ayudaba el hecho de estar avanzando colina arriba, rumbo a la zona donde el sórdido Tenderloin deja paso a las propiedades de Nob Hill, cuyos precios te hacían sangrar la nariz. Yo respiraba con jadeos entrecortados. Ella me obligaba a seguirla por callejones estrechos, usando las calles principales sólo para pasar de un callejón a otro.

Estábamos entrando en uno de ellos, Sabin Place, cuando alguien apareció detrás de nosotros y dijo:

—Quédense donde están.

La voz rebosaba de malvada satisfacción. Nos detuvimos y nos dimos vuelta.

En la entrada del callejón estaba Charles, con un disfraz de vampiro poco entusiasta: camiseta y jeans negros y maquillaje facial blanco.

—Hola, Marcus —dijo—. ¿Vas a algún sitio? —Sonrió con una mueca enorme, húmeda—. ¿Quién es tu amiga?

—¿Qué quieres, Charles?

—Bueno, uso esa Xnet traidora desde que te descubrí repartiendo los discos en la escuela. Cuando me enteré de tu Turba de Vampiros, pensé en ir y quedarme mirando desde fuera, para ver si aparecías y lo que hacías. ¿Y sabes lo que vi?

No dije nada. Tenía el teléfono en la mano y lo apuntaba hacia nosotros. Estaba grabando. Tal vez, preparado para marcar el 911. A mi lado, Masha estaba rígida como una tabla.

—Te vi liderando toda esa mierda. Y te grabé, Marcus. Así que ahora llamaré a la policía y esperaremos aquí mismo hasta que llegue. Y luego irás a una cárcel donde te darán por el culo durante mucho, mucho tiempo.

Masha dio un paso al frente.

—Detente ahora mismo, chiquita —dijo Charles—. Te vi ayudándolo a escapar. Vi todo…

Ella avanzó otro paso y le arrancó el teléfono de la mano, al tiempo que llevaba la otra mano hacia atrás y sacaba un estuche de cuero abierto.

—DSI, retardado —dijo—. Soy del DSI. Estoy tras este imbécil para que me lleve hasta sus jefes. Estaba. Ahora lo arruinaste todo. Tenemos un nombre para eso. Se llama «Obstrucción de la Seguridad Nacional». Estás a punto de comenzar a escuchar esa frase con mucha frecuencia.

Charles retrocedió un paso, con las manos levantadas delante de él. Se había puesto más pálido que el maquillaje blanco.

—¿Qué? ¡No! Quiero decir… ¡no lo sabía! ¡Trataba de colaborar!

—Lo último que necesitamos es la «colaboración» de un puñado de aspirantes al FBI de escuela secundaria, amigo. Dile eso al juez.

Charles volvió a retroceder, pero Masha era rápida. Lo agarró de la muñeca y le retorció el brazo, con la misma toma de judo que había usado para sujetarme en el Centro Cívico. Metió la otra mano en el bolsillo y sacó una cinta de plástico, una cinta para esposar, con la que rápidamente le envolvió las muñecas.

Fue lo último que vi antes de salir corriendo.

 

 

***

 

Logré llegar al otro extremo del callejón antes de que me alcanzara, golpeándome desde atrás y haciéndome caer. No podía moverme a mucha velocidad con el pie lastimado y el peso del bolso. Me caí de cara y patiné, raspándome la mejilla contra el asfalto mugriento.

—Dios —dijo ella—. Eres un maldito idiota. No te creíste eso, ¿verdad? —El corazón se me salía del pecho. Ella estaba encima de mí; lentamente, dejó que me levantara—. ¿Tengo que esposarte, Marcus?

Me puse de pie. Me dolía todo. Quería morirme.

—Vamos —dijo ella—. No estamos lejos de allí.

 

 

***

 

«Allí» resultó ser un camión de mudanzas estacionado en una calle lateral de Nob Hill, un vehículo de dieciséis ruedas del mismo tamaño que los ubicuos camiones erizados de antenas del DSI que todavía aparecían en las esquinas de San Francisco.

Este, sin embargo, decía «Tres Hombres y un Camión en Movimiento» en un costado, y los tres hombres quedaban perfectamente en evidencia, entrando y saliendo de un alto edificio de apartamentos con toldo verde. Llevaban muebles embalados, ccajones pulcramente etiquetados, cargándolos de a uno en el camión y acomodándolos con cuidado.

Masha me llevó a dar una vuelta a la manzana, aparentemente insatisfecha con algo; después, cuando volvimos a pasar, ella y el hombre que vigilaba el camión, un negro adulto que llevaba una riñonera y guantes de trabajo, se miraron. El sujeto tenía un rostro amable y nos sonrió mientras nos ayudaba a subir, rápida y distraídamente, los tres escalones del camión para hundirnos en sus profundidades.

—Debajo de la mesa grande —nos dijo—. Les dejamos un espacio allí.

El camión estaba lleno casi hasta la mitad, pero había un estrecho pasillo que rodeaba una mesa grande, cubierta con una manta de quilt y con las patas envueltas en plástico de embalar.

Masha me llevó debajo de la mesa. El aire estaba rancio, polvoriento y estancado allí abajo y contuve un estornudo cuando nos apretamos entre las cajas. El espacio era tan justo que estábamos uno arriba del otro. Se me ocurrió que allí no había sitio para Ange.

—Perra —dije, mirando a Masha.

—Cállate. Deberías estar lamiéndome las botas de agradecimiento. Habrías terminado en la cárcel en una semana, dos como máximo. Nada de Guantánamo de la Bahía. Siria, tal vez. Creo que es allí donde envían a los que quieren hacer desaparecer de verdad. —Apoyé la cabeza en las rodillas y traté de respirar profundamente—. ¿Y tú por qué haces algo tan estúpido como declararle la guerra al DSI, en todo caso?

Le conté. Le conté de mi arresto y le conté de Darryl.

Tanteó sus bolsillos y sacó un teléfono. Era el de Charles.

—Teléfono equivocado —dijo.

Sacó otro. Lo encendió y el fulgor de la pantalla inundó nuestra pequeña fortaleza. Después de tocar las teclas un segundo, me la mostró.

Era la foto que nos había tomado, justo antes de que estallaran las bombas. Era la foto de mí con Jolu, Van y…

Darryl.

Tenía en mis manos la prueba de que Darryl había estado con nosotros minutos antes de quedar bajo la custodia del DSI. La prueba de que en ese momento estaba vivo, bien y con nosotros.

—Tienes que darme una copia —dije—. La necesito.

—Cuando lleguemos a Los Ángeles —dijo ella, arrebatándome el teléfono—. Cuando te hayas informado sobre cómo ser un fugitivo sin que nos atrapen y nos manden a Siria. No quiero que se te ocurran ideas de rescatar a este chico. Está bastante a salvo en el lugar donde se encuentra… por ahora.

Pensé en quitárselo a la fuerza, pero ya me había demostrado sus habilidades físicas. Debía de ser cinturón negro o algo así.

Nos quedamos sentados en la oscuridad, oyendo a los hombres que cargaban caja tras caja en el camión, que ataban cosas, que gruñían por el esfuerzo. Traté de dormir, pero no pude. Masha no tenía el mismo problema. Estaba roncando.

Todavía se colaba luz por el angosto y obstruido pasillo que conducía al aire fresco del exterior. Me lo quedé mirando en la penumbra y pensé en Ange.

Mi Ange. Su cabello rozándole los hombros mientras giraba la cabeza de un lado al otro, riendo por algo que yo había hecho. Su rostro cuando la vi por última vez, echándose al suelo entre la multitud de la Turba de Vampiros. Toda la gente de la Turba, igual que la del parque, cayendo y retorciéndose, mientras el DSI avanzaba blandiendo garrotes. La gente que había desaparecido.

Darryl. Atrapado en Treasure Island, con una costura en el flanco, sacado de su celda para pasar por infinitas rondas de interrogatorio sobre los terroristas.

El padre de Darryl, arruinado y ebrio, sin afeitar. Aseado y de uniforme «para las fotos». Llorando como un chiquillo.

Mi propio padre y la manera en que mi desaparición en Treasure Island lo había cambiado. Se había quebrado, igual que el papá de Darryl, pero a su manera. Y la cara que puso cuando le conté dónde había estado.

Fue entonces cuando supe que no podía escaparme.

Fue entonces cuando supe que tenía que quedarme a pelear.

 

 

***

 

La respiración de Masha era profunda y regular, pero cuando metí la mano en su bolsillo con lentitud glacial para sacar el teléfono, resopló un poco y cambió de posición. Me paralicé y dejé de respirar durante dos minutos completos, contando «un hipopótamo, dos hipopótamos».

Lentamente, su respiración volvió a hacerse profunda. Fui sacando el teléfono del bolsillo de su chaqueta de a un milímetro por vez; me temblaban los dedos y el brazo por el esfuerzo de moverlos con tanta lentitud.

Por fin, tuve en mis manos esa cosa con forma de barrita de caramelo.

Me di vuelta para encaminarme hacia la luz cuando súbitamente recordé una imagen: Charles, apuntándonos con el teléfono, sacudiéndolo ante nosotros, provocándonos. También era un teléfono con forma de barrita de caramelo, plateado, lleno de logos de una decena de empresas que habían subsidiado el costo del celular a través de la compañía telefónica. Era de esos teléfonos en los que tenías que escuchar un comercial cada vez que hacías una llamada.

Estaba muy oscuro para ver el teléfono claramente, pero podía palparlo. ¿Las calcomanías estaban en los laterales? ¿Sí? Sí. Acababa de robarle a Masha el teléfono de Charles.

Me di vuelta otra vez, lenta, lentamente, y lenta, lenta, lentamente, metí la mano en su bolsillo de nuevo. Su teléfono era más grande y aparatoso, con mejor cámara y quién sabía qué más.

Ya había pasado por esto… ahora me pareció un poco más fácil. De nuevo, milímetro a milímetro, se lo saqué del bolsillo, deteniéndome dos veces cuando ella resopló y se inquietó.

Logré sacarlo del todo y estaba a punto de alejarme cuando su mano salió disparada, rápida como una serpiente, y me agarró de la muñeca con fuerza, hundiéndome las puntas de los dedos en los sensibles huesecillos de debajo de la mano.

Lancé un jadeo y miré los ojos abiertos de Masha clavados en mí.

—Eres tan idiota —dijo ella coloquialmente, quitándome el teléfono y pulsando el teclado con la otra mano—. ¿Cómo planeabas desbloquearlo?

Tragué saliva. Sentía que los huesos de la muñeca se entrechocaban unos con otros. Me mordí el labio para contenerme de gritar.

Ella continuó oprimiendo teclas con la otra mano.

—¿Es esto lo que pensabas llevarte? —Me mostró la imagen de nosotros: Darryl, Jolu, Van y yo—. ¿Esta foto?

No dije nada. Sentía que me iba a romper la muñeca en pedazos.

—Tal vez tendría que borrarla, evitarte la tentación. —Movió la mano libre un poco más. El teléfono le preguntó si estaba segura y ella lo miró para localizar la tecla correspondiente.

Fue allí cuando actué. Aún tenía el teléfono de Charles en mi otra mano; le golpeé la mano que me aferraba lo más fuerte que pude, chocándome los nudillos contra la tabla de la mesa que tenía encima. La golpeé con tanta fuerza que el teléfono de Charles se rompió y ella lanzó un grito de dolor y aflojó la mano. Seguí moviéndome, buscando su otra mano y el teléfono, ahora desbloqueado. Su pulgar aún estaba posado sobre la tecla «OK». Le arrebaté el teléfono y sus dedos quedaron moviéndose en el aire.

Escapé por el estrecho pasillo en cuatro patas, buscando la luz. Sentí que sus manos me pegaban en los pies y los tobillos dos veces. Tuve que empujar algunas de las cajas que, como los muros de la tumba de un faraón, nos impedían salir. Algunas cayeron detrás de mí y escuché otro quejido de Masha.

La puerta corrediza del camión estaba entreabierta, dejando una rendija, y me lancé hacia ella deslizándome por el suelo. Habían quitado los escalones y de pronto me encontré resbalando de cabeza hacia la calle; me golpeé el cráneo contra el pavimento y el ruido retumbó en mis oídos como un gong. Me puse de pie torpemente, sujetándome del paragolpes y, con desesperación, apoyé la mano en la empuñadura de la puerta y la cerré de un golpe. Dentro, Masha gritó… creo que le apreté los dedos. Tenía ganas de vomitar, pero no lo hice.

En cambio, cerré el candado del camión.

 

 

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