Revista Axxón » “Hermano menor” (Capítulo 3), Cory Doctorow - página principal

¡ME GUSTA
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Capítulo 3

Pasamos a un montón de gente que iba rumbo al BART de la calle Powell. Corrían o caminaban, con los rostros blancos y en silencio, o gritando y presas del pánico. Los sin techo se acurrucaban en los umbrales y observaban todo, mientras una prostituta transexual negra les gritaba algo a dos jóvenes de bigote.

Cuanto más nos acercábamos al BART, más se apretaban los cuerpos. Cuando alcanzamos la escalera que descendía a la estación, la escena era una gresca callejera, un enorme tumulto de gente que trataba de apiñarse para descender por la angosta escalinata. Mi cara quedó contra la espalda de alguien y otra persona se apretó contra mi espalda.

Darryl seguía a mi lado —era muy corpulento y difícil de empujar— y Jolu avanzaba justo detrás de él, medio colgado de su cintura. Divisé a Vanessa a unos metros de distancia, atrapada entre más personas.

—¡Vete a la mierda! —escuché que Van gritaba detrás de mí—. ¡Pervertido! ¡Quítame las manos de encima!

Luché contra la multitud para volverme y vi que Van miraba con disgusto a un tipo mayor que llevaba un bonito traje y que le sonreía con suficiencia. Ella buscaba algo en su bolso y yo sabía qué estaba buscando.

—¡No lo rocíes con paralizante! —le grité por encima del estruendo—. Nos meterás a todos en líos.

Ante la mención de la palabra “paralizante”, el sujeto pareció asustarse, retrocedió y desapareció, aunque la muchedumbre seguía empujándolo hacia delante. Más arriba, vi que alguien, una cuarentona con vestido hippie, tropezaba y caía. Gritó mientras se derrumbaba y la vi luchando por levantarse, pero no pudo, y la presión de la multitud era demasiado fuerte. Cuando me acerqué, me agaché para ayudarla a enderezarse y casi me hacen caer sobre ella. Terminé con un pie sobre su estómago, mientras la muchedumbre me empujaba lejos, pero para entonces creo que la mujer ya no sentía nada.


Ilustración: Valeria Uccelli

Estaba más asustado que nunca. Ahora había alaridos en todas partes y más cuerpos en el suelo, y la presión desde atrás era inexorable como una topadora. Lo único que podía hacer era tratar de mantenerme en pie.

Aparecimos en la explanada abierta, donde se encontraban los molinetes de acceso. Allí las cosas no estaban mejor. El espacio cerrado producía ecos de las voces, que volvían a nosotros como un rugido que me hacía zumbar la cabeza; además, el olor y la sensación de todos esos cuerpos juntos me daba claustrofobia, una predisposición que nunca supe que tenía.

Por la escalinata seguía bajando gente apiñada y otros más se apretujaban para pasar por los molinetes y descender por las escaleras mecánicas que llevaban a los andenes, pero me parecía muy claro que la cosa no iba a tener un final feliz.

—¿Quieres probar suerte arriba? —le dije a Darryl.

—Sí, diablos. Sí. —dijo—. Esto es atroz.

Miré a Vanessa… no había forma de que pudiera escucharme. Me las ingenié para sacar el teléfono y le envié un mensaje de texto.

>Vamos a salir de aquí.

Vi que sentía la vibración del teléfono, que luego miraba hacia abajo y después hacia mí, y que asentía vigorosamente. Darryl, mientras tanto, le había avisado a Jolu.

—¿Cuál es el plan? —me gritó Darryl en el oído.

—¡Tendremos que regresar! —grité yo, señalando el despiadado amasijo de cuerpos.

—¡Es imposible— dijo él.

—¡Más imposible será cuanto más esperemos!

Se encogió de hombros. Van se abrió paso hasta mí y me agarró de la muñeca. Yo agarré a Darryl, y Darryl a Jolu con la otra mano, y comenzamos a empujar.

No fue fácil. Al principio, avanzábamos diez centímetros por minuto; después, cuando llegamos a la escalera, desaceleramos aún más. La gente que pasábamos no estaba muy feliz de que la empujáramos para apartarla del camino. Un par de personas nos insultaron y un tipo, por la cara que puso, me dio a entender que si hubiese tenido los brazos libres me habría pegado un puñetazo. Pasamos a tres personas aplastadas más, tendidas a nuestros pies, pero de ninguna manera las iba a socorrer. A esas alturas, ya no pensaba en ayudar a nadie. Sólo pensaba en hallar espacios delante de nosotros para poder avanzar, en la mano de Darryl aferrándome la muñeca con fuerza y en el apretón mortal con que yo sujetaba la mano de Van, que estaba detrás de mí.

Una eternidad más tarde, saltamos a la libertad como corchos de champaña, pestañeando bajo la luz gris, llena de humo. Las alarmas de ataque aéreo seguían atronando y el sonido de las sirenas de los vehículos de emergencia que corrían por la calle Market era aún más fuerte. Ya no había casi nadie en las calles, salvo los que trataban de llegar al metro con desesperación. Muchos lloraban. Localicé un puñado de bancos vacíos —habitualmente copados por borrachos mugrientos— y los señalé.

Nos dirigimos hacia allí, agachándonos y alzando los hombros por las sirenas y el humo. Llegamos a los bancos antes de que Darryl cayera hacia delante.

Todos gritamos y Vanessa lo agarró y lo dio vuelta. Un lado de su camisa estaba manchado de sangre y la mancha se estaba agrandando. Ella le levantó la ropa y descubrimos que tenía un corte largo y profundo en su rechoncho costado.

—Alguien lo apuñaló entre el gentío —dijo Jolu, con los puños apretados—. Por Dios, qué salvajada.

Darryl gruñó y nos miró, luego se miró el costado del torso, luego volvió a gruñir y su cabeza cayó de nuevo hacia atrás.

Vanessa se quitó la chaqueta de jean y la sudadera con capucha que llevaba debajo. Hizo una bola con ella y la apretó contra el cuerpo de Darryl.

—Sujétale la cabeza —me dijo—. Mantenla elevada. —Le habló a Jolu:— Pon sus pies en alto… enrolla tu abrigo o algo así. —Jolu se movió rápido. La madre de Vanessa es enfermera y ella había hecho cursos de primeros auxilios en todos los campamentos de verano. Le encantaba ver gente administrando primeros auxilios en las películas y burlarse porque hacían todo mal. Me alegré tanto de tenerla con nosotros…

Nos quedamos sentados allí un largo rato, apretando la sudadera contra el costado de Darryl. Él insistía en que se sentía bien y que debíamos dejar que se levantara, y Van no paraba de decirle que si no se callaba y se quedaba quieto le iba a dar una patada en el culo.

—¿Y si llamamos al 911? —dijo Jolu.

Me sentí un idiota. Saqué el teléfono y marqué 911. El sonido que escuché ni siquiera era el tono de ocupado… era como un quejido de dolor del sistema telefónico. No se oyen sonidos como ese a menos que haya tres millones de personas marcando el mismo número al mismo tiempo. ¿Quién necesita redes de bots cuando tiene terroristas?

—¿Y la Wikipedia? —dijo Jolu.

—No hay teléfonos, no hay datos —dije yo.

—¿Y ésos? —dijo Darryl, señalando hacia la calle. Miré a donde señalaba, pensando que vería un policía o un paramédico, pero no había nadie.

—Está bien, amigo… sólo descansa —dije.

—No, idiota, te digo ésos, los policías de los coches. ¡Allá!

Tenía razón. Cada cinco segundos, pasaba a toda velocidad una patrulla de la policía, una ambulancia o un camión de bomberos. Ellos podían conseguir ayuda. Yo era un tremendo idiota.

—Vamos, entonces —dije—. Te llevaremos donde nos puedan ver y les haremos señas.

A Vanessa no le gustó la idea, pero supuse que los policías no iban a detenerse por un chico que agitaba su gorra en la calle, ese día no. Sin embargo, podían llegar a parar si veían a Darryl sangrando. Discutí con ella brevemente y Darryl resolvió la situación poniéndose de pie con dificultad y avanzando hacia Market con pasos inestables.

El primer vehículo que pasó aullando, una ambulancia, ni siquiera bajó la velocidad. Tampoco la patrulla siguiente, ni el camión de bomberos, ni las tres patrullas que vinieron a continuación. Darryl no estaba bien… tenía el rostro pálido y jadeaba. La sudadera de Van estaba empapada de sangre.

Me harté de que los coches pasaran de largo. La siguiente vez que apareció un vehículo en Market, me paré en medio de la calle, sacudiendo los brazos por encima de la cabeza y gritando “¡PARE!”. El coche desaceleró hasta detenerse y fue entonces cuando noté que no era de la policía, ni una ambulancia ni un camión de bomberos.

Era un jeep de aspecto militar, como un Hummer blindado, pero que no tenía ninguna insignia militar. El vehículo derrapó y se detuvo justo frente a mí; salté hacia atrás, perdí el equilibrio y acabé tumbado en la calle. Escuché puertas que se abrían cerca de mí y después vi una confusión de botas que se movían en las proximidades. Miré hacia arriba y vi un grupo de sujetos con pinta de militares, vestidos de overol, que llevaban unos rifles grandes y aparatosos y máscaras antigases con capucha y visores polarizados.

Apenas tuve tiempo de registrarlos; de pronto, esos rifles me apuntaban a mí. Nunca había tenido el caño de un arma delante de los ojos, pero todo lo que has escuchado acerca de esa experiencia es verdad. Te congelas donde estás, el tiempo se detiene y el corazón te late como un trueno en los oídos. Abrí la boca, la cerré; después, muy lentamente, levanté las manos.

El hombre armado sin rostro, sin ojos, sostenía el rifle con firmeza. Yo ni siquiera respiraba. Van chillaba algo y Jolu gritaba; los miré un segundo y fue entonces cuando alguien me cubrió la cabeza con una bolsa áspera, atándola fuertemente a la altura de mi garganta, con tanta rapidez y ferocidad que casi no me dio tiempo para tomar aire antes de ajustarla. Me empujaron con rudeza, pero desapasionadamente, para que me acostara boca abajo; me envolvieron las muñecas dos veces con algo que después también ataron y ajustaron; se sentía como alambre de enfardar y me mordía cruelmente la piel. Lancé un grito, pero mi voz quedó amortiguada por la capucha.

Ahora me encontraba en una oscuridad total y forzaba los oídos para escuchar lo que ocurría con mis amigos. Los oí gritar a través de la tela aislante de la bolsa y entonces alguien me tomó de las muñecas de un modo impersonal y me alzó hasta ponerme de pie; tenía los brazos amarrados y retorcidos detrás de la espalda y mis hombros aullaban.

Me tropecé un poco y después una mano me empujó la cabeza hacia abajo y ya estaba dentro del Hummer. Con rudeza, arrojaron más cuerpos contra mí.

—¿Chicos? —grité, y me gané un fuerte golpe en la cabeza por tomarme esa molestia. Escuché que Jolu respondía y sentí el golpe que le dieron a él también. Mi cabeza resonaba como un gong.

—Eh —les dije a los soldados—. ¡Eh, escuchen! Somos estudiantes secundarios, nada más. Les hice señas para que se detuvieran porque mi amigo está sangrando. Lo apuñalaron. —No tenía idea de cuánto de todo esto lograba atravesar la bolsa. Seguí hablando—. Oigan… es un malentendido. Tenemos que llevar a nuestro amigo al hospital…

Volvieron a pegarme. Sentí como si hubieran usado un bastón o algo así… jamás me habían dado un golpe tan fuerte en la cabeza. Mis ojos se dieron vuelta y se llenaron de lágrimas; literalmente, no podía respirar por el dolor. Un momento después recuperé el aliento, pero no dije nada. Ya había aprendido la lección.

¿Quiénes eran estos payasos? No llevaban insignias. ¡Quizás eran terroristas! Nunca había creído en los terroristas… es decir, sabía de manera abstracta que había terroristas en algún lugar del mundo, pero verdaderamente no representaban un riesgo para mí. Había millones de formas en que el mundo podía matarme —comenzando por ser atropellado por algún ebrio que viniera por Valencia a toda velocidad— y que eran infinitamente más probables e inmediatas que los terroristas. Los terroristas mataban muchísima menos gente que las caídas en el cuarto de baño y las electrocuciones accidentales. Preocuparme por ellos siempre me había parecido tan inútil como preocuparme por que me fulminara un rayo.

Sentado en la parte trasera de aquel Hummer, encapuchado y con las manos amarradas en la espalda, hamacándome hacia atrás y hacia delante mientras las heridas de la cabeza se me hinchaban, el terrorismo de pronto me pareció mucho más peligroso.

El vehículo se inclinó hacia atrás, ascendió una cuesta. Supuse que nos dirigíamos a Nob Hill y, por el ángulo, parecía que estábamos tomando una de las rutas más empinadas… la calle Powell, deduje.

Ahora descendíamos una pendiente igualmente abrupta. Si mi mapa mental estaba acertado, nos encaminábamos a Fisherman’s Wharf. Allí podías subirte a un barco y huir. Encajaba con la hipótesis del terrorismo. ¿Pero por qué diablos los terroristas iban a querer secuestrar a un puñado de estudiantes secundarios?

Nos detuvimos de un sacudón cuando aún estábamos en bajada. Se paró el motor y las puertas se abrieron de golpe. Alguien me sacó, arrastrándome de los brazos, y me hizo avanzar a los empellones por camino pavimentado. Segundos después, tropecé contra una escalera de acero y me golpeé las espinillas. Las manos que estaban detrás me empujaron otra vez. Subí la escalera con cuidado, sin poder usar las manos. Ascendí el tercer escalón y busqué el cuarto, pero no estaba. Casi vuelvo a caerme, pero otras manos nuevas me agarraron por delante, me remolcaron por un suelo de acero, me forzaron a arrodillarme y me ataron las manos a algo que estaba detrás de mí.

Más movimiento y la sensación de que apiñaban más cuerpos a mi lado. Gruñidos y ruidos amortiguados. Risas. Luego, una eternidad larga y atemporal en una penumbra de sonidos apagados, inhalando mi propio aliento, escuchando mi propia respiración en los oídos.

 

 

***

 

La verdad es que logré dormir algo… arrodillado, sin circulación en las piernas y con la cabeza en un crepúsculo de lona. Mi cuerpo había lanzado al torrente sanguíneo una cantidad de adrenalina suficiente para un año en el lapso de 30 minutos, y aunque esa cosa te puede dar la fuerza para levantar un automóvil que aplasta a tus seres queridos o para saltar de un edificio a otro, el precio a pagar siempre es una mierda.

Me desperté cuando me quitaban la capucha de la cabeza. No eran ni brutos ni cuidadosos… simplemente, impersonales. Como los de McDonald’s preparando hamburguesas.

La iluminación era tan brillante que tuve que cerrar los ojos con fuerza, pero lentamente logré abrirlos como rendijas, luego como grietas y por fin del todo. Miré a mi alrededor.

Estábamos en la parte trasera de un camión, uno grande, de dieciséis ruedas. Veía los semicírculos de las ruedas a intervalos regulares, en todo el largo de la caja. Pero esta caja de camión se había convertido en una especie de puesto de comando/cárcel móvil. Contra las paredes, se alineaban unos escritorios de acero sobre los que se elevaban bancos de lustrosos monitores de pantalla plana, montados sobre brazos articulados que permitían posicionarlos en forma de halo alrededor de los operadores. Cada escritorio tenía delante una espléndida silla de oficina, festoneada con perillas de interfaz de usuario para ajustar cada milímetro de la superficie del asiento y también la altura, la inclinación y el giro.

Después venía el sector cárcel: en la parte delantera, la más alejada de las puertas, había enrejados de acero atornillados a ambos lados del vehículo; sujetos a esos enrejados de acero, estaban los prisioneros.

Localicé a Van y Jolu en el acto. Darryl podía encontrarse entre la docena restante que se amontonaba allí, pero era imposible determinarlo… muchos estaban tendidos en el suelo y me obstaculizaban la visión. Olía a sudor y a miedo.

Vanessa me miró y se mordió el labio. Estaba asustada. Yo también. Y Jolu también: sus ojos rodaban como locos en sus órbitas y se quedaban en blanco. Yo tenía miedo. Por añadidura, tenía que hacer pis urgentemente.

Miré a todos lados en busca de nuestros captores. Hasta entonces, había evitado levantar la vista para mirarlos, igual que no se mira el interior oscuro de un ropero donde está el cuco que tu mente ha conjurado. No quieres comprobar si tienes razón.

Pero tenía que echar un mejor vistazo a estos idiotas que nos habían secuestrado. Si eran terroristas, quería enterarme. No sabía qué aspecto tenían los terroristas, aunque los programas de TV habían hecho todo lo posible para convencerme de que eran árabes de piel morena con grandes barbas, gorros tejidos y túnicas sueltas de algodón que les llegaban a los tobillos.

Nuestros captores no eran así. Podrían haber sido porristas del espectáculo del medio tiempo en la final del Super Bowl. Se veían norteamericanos de un modo que no pude definir exactamente. Buen contorno de mandíbula; el cabello corto y prolijo, aunque con un estilo no del todo militar. Había blancos y morenos, hombres y mujeres, y se sonreían libremente el uno al otro, sentados en el otro extremo del camión, bromeando y bebiendo café en vasos desechables. Estos no eran árabes de Afganistán: parecían turistas de Nebraska.

Miré a una, una mujer joven, blanca y de cabello castaño y muy corto, que parecía apenas mayor que yo, bastante atractiva a pesar de su intimidante uniforme de oficial. Si miras a una persona el tiempo suficiente, en algún momento esa persona te mira a ti. Así lo hizo ella y, de repente, su rostro adoptó una configuración totalmente distinta, desapasionada, incluso robótica. Su sonrisa se esfumó al instante.

—Eh… —le dije—. Mire, no entiendo lo que sucede aquí, pero realmente necesito mear ¿sabe?

Ella me atravesó con la mirada como si no me hubiera oído.

—Hablo en serio; si no llego al baño pronto voy a sufrir un desagradable accidente. Aquí atrás se va a poner bastante apestoso ¿sabe?

Se volvió hacia sus colegas, un grupito de tres, y mantuvieron una conversación en voz baja que no pude escuchar por el ruido de los ventiladores de las computadoras.

Volvió a mirarme.

—Aguántate diez minutos y todos podrán ir a hacer pis.

—Creo que no tengo diez minutos más dentro de mí —respondí, dejando que mi voz expresara un poquito más de urgencia que la que realmente tenía—. En serio, señorita, es ahora o nunca.

Sacudió la cabeza y me miró como si yo fuera una especie de fracasado patético. Ella y sus amigos se consultaron un poco más y luego se adelantó otro. Era mayor, alrededor de treinta años, y de hombros bastante anchos, como si hiciera ejercicio. Parecía chino o coreano —a veces, ni Van puede diferenciarlos—, pero con ese porte que decía norteamericano de un modo que yo no lograba definir.

Abrió su abrigo deportivo hacia un costado para dejarme ver la ferretería que llevaba colgada; antes de que lo cerrara de nuevo, reconocí una pistola, un táser y un aerosol de líquido paralizante o de gas pimienta.

—Nada de problemas —dijo.

—Nada —concordé.

Tocó algo en su cinturón y los grilletes se abrieron detrás de mí; mis brazos cayeron súbitamente a mis espaldas. Era como el cinturón utilitario de Batman… ¡grilletes con control remoto inalámbrico! Pero supuse que tenía sentido: no querían agacharse cerca de los prisioneros para dejar todo ese armamento mortal al nivel de sus ojos… podían apoderarse de la pistola con los dientes y apretar el gatillo con la lengua o algo así.

Mis manos seguían atadas atrás con cinta plástica; ahora que los grilletes ya no me sostenían, descubrí que las piernas se me habían transformado en muñones de corcho por haber permanecido tanto tiempo en la misma posición. Para abreviar: básicamente, me caí de cara. Moví las piernas débilmente, sintiendo pinchazos como de alfileres y agujas, y traté de acomodarlas debajo de mí para poder balancearme y ponerme de pie.

El tipo me levantó de un tirón y caminé como un payaso hasta el fondo del camión, donde había un pequeño baño portátil. Traté de localizar a Darryl en el trayecto, pero podía ser cualquiera de los cinco o seis que estaban tumbados en el suelo. O ninguno de ellos.

—Métete —dijo el sujeto.

Sacudí las muñecas.

—¿Me saca esto, por favor? —Después de tantas horas con esas apretadas esposas de plástico, sentía los dedos como salchichas violetas.

El tipo no se movió.

—Mire —le dije, tratando de no sonar sarcástico ni enojado (no fue fácil)—. Mire. O me libera las muñecas o tendrá que ayudarme a apuntar. La visita al baño no es una experiencia de manos libres. —Alguien del camión lanzó una risita. Yo no le caía bien al tipo; me di cuenta por la manera en que apretaba la mandíbula. Amigo mío, el cerebro de esta gente tenía una programación muy ceñida.

Llevó una mano al cinturón y se acercó con un muy bonito juego de multi-pinzas. Abrió una navaja de aspecto maléfico, cortó las esposas de plástico y mis manos volvieron a ser mías.

—Gracias —dije.

Me empujó al interior del baño. Mis manos eran inútiles, como bultos de arcilla pegados en las muñecas. Al sacudirlos, mis dedos insensibles hormiguearon, pero después el hormigueo se transformó en una quemazón que casi me hizo lanzar un grito. Bajé el asiento, me bajé el pantalón y me senté. No confiaba en poder mantenerme de pie.

Cuando se me aflojó la vejiga, mis ojos hicieron lo mismo. Lloré en silencio, hamacándome hacia atrás y adelante, mientras las lágrimas y los mocos me caían por la cara. Lo único que pude hacer para no sollozar fue taparme la boca y evitar que salieran los sonidos. No quería darles esa satisfacción.

Finalmente, terminé de mear y de llorar y el tipo estaba azotando la puerta. Me limpié la cara lo mejor que pude con un montón de papel higiénico, eché todo al inodoro e hice correr el agua; luego, miré alrededor buscando un lavabo, pero sólo encontré un frasco de limpiador de manos de uso industrial, cubierto con un listado, escrito en letra pequeña, de todos los bioagentes que eliminaba. Me froté las manos con un poco de eso y salí del baño.

—¿Qué hacías allí dentro? —dijo el tipo.

—Usaba las instalaciones —dije. Me obligó a darme vuelta, me agarró las manos y sentí que me ponía un par nuevo de esposas plásticas. Después de sacarme el otro par, mis muñecas se habían hinchado; las nuevas se hundieron ferozmente en la piel sensible, pero me negué a darle el gusto de gritar.

Volvió a sujetarme en mi lugar con los grilletes y agarró a la persona siguiente que, como podía ver ahora, era Jolu, con la cara hinchada y un horrible moretón en la mejilla.

—¿Estás bien? —le pregunté. Abruptamente, mi amigo del cinturón utilitario me puso una mano en la frente y me empujó con fuerza; la parte de atrás de mi cabeza rebotó contra la pared metálica del camión, con el sonido de un reloj dando la una.

—No hables —me dijo, mientras yo me esforzaba por reenfocar los ojos.

No me gustaba esta gente. En ese preciso instante, decidí que los haría pagar por todo esto.

Uno por uno, todos los prisioneros fueron al baño y regresaron, y cuando terminaron mi guardián volvió a sus amigos y tomó otra taza de café, que observé que bebían de un enorme vaso de cartón de Starbucks. Entablaron una conversación que no pude distinguir, pero que incluía bastantes risas.

Después, se abrió la puerta trasera del camión y entró el aire fresco, no con humo como antes, pero con cierto olor a ozono. Por lo poco que vi del exterior antes de que cerraran la puerta, logré captar que estaba oscuro y que llovía, una de esas lloviznas de San Francisco que son mitad bruma.

El hombre que entró vestía uniforme militar. Uniforme militar norteamericano. Se cuadró frente a los del camión, ellos le devolvieron el saludo, y fue entonces cuando supe que no era prisionero de unos terroristas: era prisionero de los Estados Unidos de América.

 

 

***

 

Instalaron un pequeño panel divisorio en el fondo del camión y vinieron a buscarnos de a uno, sacándonos las esposas y llevándonos a la parte trasera. Por lo que pude deducir —contando los segundos mentalmente… un hipopótamo, dos hipopótamos— las entrevistas duraron unos siete minutos cada una. Me latía la cabeza por la deshidratación y la abstinencia de cafeína.

Fui el tercero; me llevó la mujer de antes, la del corte de pelo austero, muy corto. De cerca, se la veía cansada, con bolsas debajo los ojos y líneas de amargura en la comisura de los labios.

—Gracias —le dije maquinalmente cuando me liberó con un control remoto y me puso de pie de un tirón. Me odié por la cortesía automática, pero me la habían inculcado.

Ella no movió un músculo. Caminé delante de la mujer hasta el fondo del camión y pasé al otro lado del panel divisorio. Había una sola silla plegadiza y allí me senté. Dos de ellos, la Pelo Corto y el del cinturón utilitario, me miraron desde sus supersillones ergonómicos.

Entre ellos había una mesita donde estaba desparramado el contenido de mi cartera y mochila.

—Hola, Marcus —dijo Pelo Corto—. Tenemos unas preguntas para ti.

—¿Estoy bajo arresto? —pregunté. No era una pregunta al azar. Si no estás bajo arresto, hay límites para lo que la policía puede y no puede hacerte. Por empezar, no pueden retenerte para siempre sin arrestarte, sin dejarte hacer una llamada telefónica y sin que hables con un abogado. Y, por Dios… ¿acaso me iban a dejar hablar con un abogado?

—¿Para qué sirve esto? —dijo la mujer, levantando mi teléfono. En la pantalla se veía el mensaje de error que aparecía cuando tratabas insistentemente de acceder a los datos sin introducir la contraseña correcta. Era un mensaje un poco grosero (una mano animada haciendo cierto gesto universalmente conocido) porque me gusta personalizar mis equipos.

—¿Estoy bajo arresto? —repetí. No pueden obligarte a responder ninguna pregunta si no estás bajo arresto y cuando preguntas si estás bajo arresto tienen la obligación de contestarte. Así son las reglas.

—Estás detenido por el Departamento de Seguridad Interior —retrucó la mujer.

—¿Estoy bajo arresto?

—Vas a ser más cooperativo, Marcus, comenzando en este instante. —No dijo “de lo contrario…”, pero quedaba implícito.

—Me gustaría comunicarme con un abogado —dije—. Me gustaría saber de qué se me acusa. Me gustaría que los dos me mostraran una identificación de algún tipo.

Los agentes intercambiaron miradas.

—Creo que realmente deberías reconsiderar tu enfoque de la situación —dijo Pelo Corto—. Creo que deberías hacerlo ahora mismo. Encontramos una cantidad de dispositivos sospechosos en tu persona. Te encontramos a ti y a tus secuaces cerca del lugar donde ocurrió el peor ataque terrorista que jamás ha visto este país. Une las dos cosas y verás que el panorama no es muy favorable para ti, Marcus. Puedes cooperar o puedes lamentarlo muchísimo. Bien… ¿para qué sirve esto?

—¿Piensan que soy terrorista? ¡Tengo diecisiete años!

—La edad justa. A los de Al Qaeda les encanta reclutar chicos impresionables e idealistas. Te googleamos, sabes. Has publicado un montón de material muy feo en la Internet pública.

—Me gustaría hablar con un abogado —dije.

La señorita Pelo Corto me miró como si yo fuera un bicho.

—Tienes la impresión errada de que la policía te trajo aquí por cometer un delito. Necesitas superar eso. Estás detenido por el gobierno de los Estados Unidos en calidad de potencial combatiente enemigo. Yo, en tu lugar, estaría pensando con todas mis fuerzas en cómo convencernos de que no eres un combatiente enemigo. Con todas mis fuerzas. Porque los combatientes enemigos pueden desaparecer en agujeros negros, agujeros muy negros y profundos, agujeros donde simplemente te esfumas. Para siempre. ¿Me estás escuchando, jovencito? Quiero que destrabes este teléfono y desencriptes los archivos que guarda en la memoria. Quiero que me rindas cuentas: ¿por qué estabas en la calle? ¿Qué sabes del ataque a la ciudad?

—No voy a destrabar el teléfono —dije, indignado. La memoria del teléfono contenía toda clase de material privado: fotos, correos, pequeños hackeos y módulos que le había instalado—. Hay cosas personales.

—¿Qué tienes que esconder?

—Tengo derecho a mi privacidad —dije—. Y quiero hablar con un abogado.

—Esta es tu última oportunidad, chico. La gente honesta no tiene nada que ocultar.

—Quiero hablar con un abogado. —Mis padres lo pagarían. Todas las FAQs sobre arrestos eran muy claras en este punto. Sigue insistiendo en ver a un abogado, sin importar lo que digan y hagan. El resultado de hablar con la policía sin que tu abogado esté presente nunca es bueno. Estos dos decían que no eran policías, pero si no era un arresto… ¿qué era?

Pensándolo en retrospectiva, quizás tendría que haber destrabado el teléfono.

 

 

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