Revista Axxón » «Hermano menor» (Capítulo 5), Cory Doctorow - página principal

¡ME GUSTA
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Capítulo 5

Pero era Van; ella sí estaba llorando y me abrazaba tan fuerte que no me dejaba respirar. No me importaba. Yo también la abracé, enterrando la cara en su pelo.

—¡Estás bien! —dijo ella.

—Estoy bien —logré responder.

Finalmente me soltó, pero me envolvió otro par de brazos. ¡Era Jolu! Ambos estaban allí. Jolu me susurró «Estás a salvo, hermano» en el oído y me abrazó con más fuerza que Vanessa.

Cuando se apartó, miré alrededor.

—¿Dónde está Darryl? —pregunté.

Se miraron.

—Quizás todavía en el camión —dijo Jolu.

Nos volvimos y observamos el camión, en el otro extremo del callejón. Era de dieciocho ruedas, sin rasgos particulares. Ya habían plegado la escalerilla hacia dentro. Las rojas luces traseras se encendieron y el camión retrocedió hacia nosotros, emitiendo un constante pii, pii, pii.

—¡Esperen! —grité mientras aceleraba en nuestra dirección—. ¡Esperen! ¿Qué hay de Darryl? —El camión se acercó más. Seguí gritando. —¿Qué hay de Darryl?

Jolu y Vanessa me agarraron uno de cada brazo y me llevaron lejos. Forcejeé con ellos, gritando. El camión salió del callejón, entró en la calle en reversa, apuntó colina abajo y se fue. Traté de correr tras él, pero Van y Jolu no me dejaron.

Me senté en la acera, puse los brazos alrededor de mis rodillas y lloré. Lloré y lloré y lloré, con unos sollozos profundos que no me salían desde que era pequeño. No se detenían. No podía parar de temblar.

Vanessa y Jolu me ayudaron a levantarme y me hicieron caminar un poco calle arriba. Había una parada de autobuses municipales, con un banco, y allí me sentaron. Los dos lloraban también; nos abrazamos un rato y supe que llorábamos por Darryl, a quien ninguno de nosotros esperaba volver a ver.

 

 

***

 

Estábamos al norte del Barrio Chino, en la parte donde comienza a convertirse en North Beach, un vecindario con un puñado de clubes de desnudistas con letreros de neón y la legendaria librería de la contracultura, City Lights, donde se había fundado el movimiento de poesía beat, allá en la década del ’50.

Conocía bien esa zona de la ciudad. El restaurante italiano favorito de mis padres estaba allí… les gustaba llevarme a comer grandes platos de linguini y enormes montañas de helado italiano con higos confitados, para terminar con unos espressos letales. Ahora parecía un sitio diferente, un lugar donde estaba saboreando la libertad por primera vez después de lo que parecía una eternidad.

Nos revisamos los bolsillos y encontramos suficiente dinero para sentarnos a la mesa de uno de los restaurantes italianos, en la acera, debajo de un toldo. La bella camarera prendió un calentador a gas con un encendedor de parrilla, tomó nota de nuestros pedidos y entró. La sensación de dar órdenes, de controlar mi destino, era lo más asombroso que había experimentado jamás.

—¿Cuánto tiempo estuvimos allí dentro? —pregunté.

—Seis días —dijo Vanessa.

—Para mí, cinco —dijo Jolu.

—No los conté.

—¿Qué te hicieron? —dijo Vanessa. Yo no quería hablar de eso, pero ambos me estaban mirando. Cuando comencé, no pude detenerme. Les dije todo, incluso que me habían obligado a mearme encima, y ellos escucharon en silencio. Hice una pausa cuando la camarera nos trajo los refrescos y esperé a que se alejara del rango auditivo; luego, terminé. Mientras les contaba, los hechos se diluían en la distancia. Cuando me acercaba al final, ya no podía diferenciar si estaba adornando la verdad o si intentaba hacerla parecer menos mala. Mis recuerdos nadaban como pececillos que a veces lograba atrapar y otras veces se me escabullían de las manos.

Jolu meneó la cabeza.

—Fueron duros contigo, amigo —dijo. Nos contó sobre su estadía. Lo habían interrogado, principalmente acerca de mí, y él siempre había dicho la verdad, limitándose a relatar llanamente los hechos de aquel día y de nuestra amistad. Lo habían obligado a repetir lo mismo una y otra vez, pero no habían jugado con su cabeza como conmigo. Siempre había comido en el comedor, con un puñado de otras personas, y le habían permitido pasar algunos ratos en una sala de TV, donde les ponían videos de los éxitos de taquilla del año anterior.

La historia de Vanessa difería muy levemente. Después de que se enfadaron porque había hablado conmigo, se llevaron su ropa y la hicieron vestirse con un overol anaranjado de presidiario. La dejaron en la celda dos días sin ningún contacto, aunque la alimentaron regularmente. Pero, en su mayor parte, era lo mismo que había contado Jolu: las mismas preguntas, repetidas una y otra vez.

—Realmente, te odiaban —dijo Jolu—. De verdad la tenían contigo. ¿Por qué?

No podía imaginarme por qué. Entonces, recordé.

Puedes cooperar o puedes lamentarlo muchísimo.

—Fue porque no quise destrabar el teléfono la primera noche. Por eso me dieron un trato diferenciado. —No podía creerlo, pero no había otra explicación. Había sido por pura venganza. La cabeza me daba vueltas de solo pensarlo. Me habían hecho todo eso para castigarme por desafiar su autoridad. Antes tenía miedo. Ahora estaba furioso—. Esos cabrones —dije suavemente—. Lo hicieron para vengarse de mí por ser tan bocón.

Jolu lanzó un insulto y Vanessa dijo algo en coreano, cosa que sólo hacía cuando estaba muy, muy enojada.

—Me las pagarán —susurré, mirando el refresco—. Me las pagarán.

Jolu meneó la cabeza.

—No se puede, ya lo sabes. No se puede pelear contra esto.

 

 

***

 

Ninguno de nosotros quiso hablar mucho de venganza en ese momento. En cambio, hablamos de lo que haríamos a continuación. Teníamos que ir a casa. Las baterías de los teléfonos estaban descargadas y hacía años que en este vecindario no había teléfonos públicos. Necesitábamos ir a casa. Hasta pensé en tomar un taxi, pero entre los tres no reuníamos el dinero suficiente para que fuera posible.

De modo que comenzamos a caminar. En la esquina, metimos unas monedas de veinticinco en la dispensadora de periódicos del San Francisco Chronicle y nos detuvimos a leer la primera plana. Habían pasado cinco días desde la explosión de las bombas, pero la noticia aún ocupaba toda la portada.

Pelo Corto había mencionado que «el puente» había explotado y supuse que hablaba del Golden Gate, pero estaba equivocado. Los terroristas habían volado el Puente de la Bahía.

—¿Por qué diablos habrán volado el Puente de la Bahía? —dije—. El que aparece en todas las postales es el Golden Gate. —Aunque nunca hayas estado en San Francisco, es probable que sepas cómo es el Golden Gate: el gran puente colgante anaranjado que se extiende espectacularmente desde la vieja base militar llamada el Presidio hasta Sausalito, donde están todos los pueblos encantadores de la región vitivinícola, con sus tiendas de velas perfumadas y galerías de arte. Es pintoresco a más no poder y es prácticamente el símbolo del estado de California. Si vas al parque de aventuras de Disneylandia, en California, ves una réplica apenas traspasas las puertas, y un monorriel que le pasa por encima.

O sea que, naturalmente, supuse que si uno quería volar un puente en San Francisco, hacía explotar ese.

—Puede que se hayan acobardado por las cámaras y demás —dijo Jolu—. La Guardia Nacional siempre está controlando los autos en los dos extremos y hay vallas antisuicidios y esas mierdas a lo largo de todo el puente. —La gente se ha dedicado a saltar del Golden Gate desde su inauguración, en 1937; dejaron de llevar la cuenta después del milésimo suicidio, en 1995.

—Sí —dijo Vanessa—. Además, el Puente de la Bahía es el que realmente lleva a alguna parte. —El puente se extiende desde el centro de San Francisco hasta Oakland, y por lo tanto hasta Berkeley y las poblaciones de la Bahía Oriental, donde se encuentra el hogar natal de mucha gente que vive y trabaja en la ciudad. Es una de las pocas zonas del área de la Bahía donde una persona normal puede pagar una casa bastante grande para vivir con verdadera comodidad, y también están la universidad y un puñado de industrias livianas. El BART corre por debajo de la Bahía y también conecta las dos ciudades, pero el mayor tránsito pasa por el puente. El Golden Gate es un bonito puente para los turistas o los jubilados ricos que residen en la región de los viñedos, pero es primordialmente ornamental. El puente de la Bahía es… era el puente trabajador de San Francisco.

Lo pensé un minuto.

—Tienen razón, chicos. —dije—. Pero creo que eso no es todo. Seguimos comportándonos como si los terroristas atacaran los lugares famosos porque odian los lugares famosos. Los terroristas no odian los sitios turísticos, ni los puentes, ni los aviones. Sólo quieren romper cosas y que la gente tenga miedo. Generar terror. Por supuesto que se fijaron en el Puente de la Bahía porque han puesto todas esas cámaras en el Golden Gate… y porque ahora hay que pasar por detectores de metales y rayos X antes de subir a un avión. —Lo pensé un poco más, contemplando con la mirada perdida a los autos que rodaban por la calle, a la gente que caminaba por las aceras, a la ciudad que me rodeaba—. Los terroristas no odian los aviones ni los puentes. Aman el terror. —Era tan obvio. No podía creer que no se me hubiese ocurrido antes. Supongo que ser tratado como un terrorista durante unos días había bastado para aclarar mis ideas.

Los otros dos me miraban fijo.

—Tengo razón ¿verdad? Toda esa mierda de los rayos X y la verificación de identidad es inútil ¿no?

Asintieron lentamente.

—Peor que inútil —dije, levantando mi voz quebrada—. Porque el resultado es que nosotros acabamos presos, y Darryl… —No había pensado en Darryl desde el momento de sentarnos y ahora el recuerdo volvía a mí: mi amigo, desaparecido. Dejé de hablar y apreté las mandíbulas.

—Tenemos que decírselo a nuestros padres —dijo Jolu.

—Deberíamos conseguir un abogado —dijo Vanessa.

Me imaginé contando mi historia. Contándole al mundo en qué me había convertido. Contándole de los videos que, sin duda, aparecerían después: yo llorando, reducido a la categoría de animal servil.

—No podemos contarles nada —dije sin pensar.

—¿Qué quieres decir? —dijo Van.

—No podemos contarles nada —repetí—. Ya oíste lo que dijo esa mujer. Si hablamos, volverán a buscarnos. Nos harán lo que le hicieron a Darryl.

—Estás bromeando —dijo Jolu—. Quieres que nosotros…

—Quiero que contraataquemos —dije—. Quiero seguir libre para poder hacerlo. Si salimos a hablar, dirán que somos chicos, que inventamos todo. ¡Ni siquiera sabemos dónde nos tuvieron presos! Nadie nos creerá. Y después, un día, vendrán a buscarnos. Les diré a mis padres que estuve en un campamento del otro lado de la Bahía. Que fui a encontrarme con ustedes, que nos quedamos varados y que hasta hoy no pudimos salir. En el periódico decía que aún había gente tratando de llegar a su casa desde allá.

—No puedo —dijo Vanessa—. ¿Cómo se te ocurre pensar algo así después de lo que te hicieron?

—Porque me sucedió a , ese es el punto. Ahora soy yo contra ellos. Los derrotaré; encontraré a Darryl. No voy a quedarme de brazos cruzados. Pero si nuestros padres se involucran, es nuestro fin. Nadie nos creerá y a nadie le va a importar. Si lo hacemos a mi modo, sí les importará.

—¿Cuál es tu modo? —dijo Jolu—. ¿Cuál es tu plan?

—Todavía no lo sé —admití—. Denme hasta mañana por la mañana, al menos eso. —Sabía que después de guardar el secreto por un día tendrían que guardarlo para siempre. Nuestros padres se mostrarían aún más escépticos si de pronto «recordábamos» que habíamos estado encerrados en una cárcel secreta y no en un campamento de refugiados con todos los cuidados.

Van y Jolu se miraron.

—Sólo les pido una oportunidad —dije—. Mientras vamos en camino, elaboremos la historia, hagámosla creíble. Denme un día, sólo un día.

Los otros asintieron con desánimo y partimos, otra vez cuesta abajo, rumbo a nuestras casas. Yo vivía en Potrero Hill, Vanessa en North Mission y Jolu en Noe Valley, tres vecindarios tremendamente distintos, separados entre sí por una caminata de pocos minutos.

Doblamos por Market y nos quedamos helados. Había barricadas en todas las esquinas; las calles perpendiculares estaban reducidas a un solo carril y, a lo largo de toda Market, se estacionaban enormes camiones de dieciocho ruedas, sin rasgos particulares, iguales al que nos había llevado, encapuchados, desde los muelles hasta el Barrio Chino.

Todos tenían tres escalones de acero que descendían de la parte trasera y bullían de actividad: soldados, gente de traje y policías que entraban y salían. Los de traje llevaban en las solapas unos pequeños distintivos que los soldados escaneaban cada vez que entraban y salían… distintivos de autorización inalámbricos. Cuando pasamos cerca pude mirar bien y vi un logo conocido: Departamento de Seguridad Interior. El soldado advirtió que yo estaba observando y me devolvió la mirada con ojos duros, furiosos.

Entendí el mensaje y seguí caminado. Me separé del grupo en la calle Van Ness. Nos abrazamos, lloramos y prometimos llamarnos.

La caminata a Potrero Hill puede hacerse por la ruta fácil o la ruta difícil; esta última te lleva por algunas de las colinas más empinadas de la ciudad, el tipo de lugar que ves en las persecuciones de autos de las películas de acción, donde los coches saltan por el aire cuando se remontan por encima del cenit. Yo siempre escogía la ruta difícil para ir a casa. Son todas calles residenciales, con viejas casas victorianas que llaman «damas pintadas» por sus colores chillones y pintura elaborada, y con jardines delanteros llenos de flores perfumadas y césped crecido. Los gatos domésticos te miran desde los setos y prácticamente no hay gente viviendo a la intemperie.

Las calles estaban tan tranquilas que me hicieron desear haber tomado la otra ruta, cruzando el barrio de Mission, que es… quizás la mejor palabra para describirlo sea «estridente». Ensordecedor y brillante. Montones de borrachos pendencieros, adictos al crack enojados, drogones inconscientes y también muchas familias con cochecitos de bebé, ancianas chismeando en los porches, coches de colección modificados, con enormes equipos de sonido, que andan tumpa-tumpa-tumpa por las calles. Hay bohemios anticonformistas, emos melancólicos de la escuela de arte y hasta un par de punks a la antigua, tipos viejos con camisetas de los Dead Kennedys y la barriga al aire. También transformistas, pandilleros irascibles, artistas del graffiti y sujetos desconcertados que reciclan casas y tratan de que no los maten mientras esperan que sus inversiones inmobiliarias lleguen al punto de maduración.

Subí por Goat Hill y pasé por el Goat Hill Pizza, lo que me hizo pensar en la cárcel donde me habían encerrado; tuve que sentarme en el banco ubicado frente al restaurante hasta que se me pasaran los temblores. Entonces me percaté del camión estacionado cuesta arriba, de dieciocho ruedas, sin señas particulares, con tres escalones de metal que descendían de la parte trasera. Me levanté y seguí caminando. Sentía ojos que me vigilaban de todos lados.

Apuré el paso el resto del trayecto a casa. No miré las damas pintadas ni los jardines ni los gatos domésticos. Mantuve la vista baja.

Los autos de mis dos padres estaban en el sendero de entrada, aunque era mediodía. Por supuesto. Papá trabaja en la Bahía Oriental, o sea que debía quedarse hasta que reconstruyeran el puente. Mamá, bueno… quién podía saber por qué se encontraba en casa.

Estaban allí por mí.

Antes de que terminara de abrir el cerrojo, me arrancaron la puerta de la mano y la abrieron de par en par. Ahí estaban mis padres, grises y demacrados, mirándome con ojos de insecto. Nos quedamos inmóviles por un momento, como un cuadro congelado, y luego ambos se lanzaron hacia delante y me arrastraron al interior de la casa, casi haciéndome tropezar. Hablaban tan alto y tan rápido que lo que yo escuchaba era un parloteo estruendoso, sin palabras, y me abrazaban y lloraban, y yo también me eché a llorar, y permanecimos de pie en el pequeño recibidor, llorando y pronunciando casi-palabras, hasta que se nos acabó el combustible y nos fuimos a la cocina.

Hice lo que siempre hacía cuando llegaba a casa: me serví un vaso de agua del filtro del refrigerador y saqué un par de galletas del «barril de los bizcochos» que la hermana de mamá nos había enviado de Inglaterra. La normalidad de todo esto hizo que mi corazón dejara de latir con todas sus fuerzas y se sincronizara con mi cerebro, y pronto nos sentamos todos a la mesa.

—¿Dónde has estado— dijeron los dos, más o menos al unísono.

Había pensado un poco en esto en el camino a casa.

—Quedé atrapado —dije—. En Oakland. Estaba allá con unos amigos, trabajando en un proyecto escolar, y nos pusieron a todos en cuarentena.

—¿Durante cinco días?

—Sí —dije—. Sí. Fue muy feo, la verdad. —Había leído de las cuarentenas en el Chronicle y cité descaradamente los testimonios que se habían publicado—. Sí. A todos los que quedamos atrapados en la nube. Creían que nos habían atacado con una especie de supervirus y nos embutieron como sardinas en unos contenedores de los muelles. Me sentía acalorado y pegajoso. Tampoco había mucha comida.

—Dios —dijo papá, cerrando los puños sobre la mesa. Papá dicta clases en Berkeley tres veces por semana; trabaja con algunos alumnos de posgrado en el programa de ciencias de la biblioteca. El resto del tiempo trabaja de consultor para clientes de la ciudad y de la península, puntocoms de tercera generación que están haciendo distintas cosas con archivos de resguardo. Tiene modales suaves y es bibliotecario de profesión, pero en los ’60 fue un verdadero radical y en la secundaria practicó un poco de lucha libre. Lo había visto loco de ira alguna que otra vez —yo mismo lo ponía así de vez en cuando— y cuando se transformaba en Hulk era capaz de perder seriamente el control. Una vez arrojó un columpio Ikea de un extremo al otro del jardín de mi abuelo cuando se le desarmó por quincuagésima vez mientras intentaba ensamblarlo.

—Bárbaros —dijo mamá. Vive en los EE. UU. desde la adolescencia, pero vuelve a ser británica cuando se topa con la policía, el sistema de salud, la seguridad de los aeropuertos o las personas sin techo de nuestro país. Entonces usa la palabra «bárbaros» y recupera su acento original con toda su intensidad. Hemos ido a Londres dos veces para ver a su familia y no puedo afirmar que me pareció más civilizada que San Francisco, aunque sí más hacinada.

—Pero hoy nos dejaron ir y nos trajeron en ferry. —Ahora improvisaba.

—¿Estás herido? —dijo mamá—. ¿Tienes hambre?

—¿Tienes sueño?

—Sí, un poco de todo. Igual que Mudito, Sabio, Estornudo y Tímido —Teníamos una tradición familiar, que era hacer chistes con los Siete Enanos. Los dos sonrieron un poco, pero aún tenían los ojos húmedos. Me sentí realmente mal por ellos. Debían de haber enloquecido de preocupación. Me alegré de tener la oportunidad de cambiar de tema—. Me encantaría comer, totalmente.

—Pediré una pizza al Goat Hill —dijo papá.

—No, eso no —dije. Los dos me miraron como si me hubieran crecido antenas. Normalmente siento predilección por la pizza del Goat Hill… en otras palabras: normalmente me la como igual que los peces tropicales comen su alimento, engulléndola hasta que se acaba o hasta que reviento. Traté de sonreír—. No tengo ganas de pizza —dije sin convicción—. Pidamos curry, ¿sí? —Gracias a Dios, San Francisco es la capital de la comida para llevar.

Mamá fue hasta el cajón de los menúes a domicilio (más normalidad, que sentí como se siente un trago de agua al pasar por una garganta seca y dolorida) y los hojeó. Pasamos un par de minutos de distracción leyendo el menú del restaurante halal pakistaní de la calle Valencia. Me decidí por una parrillada tandori mixta y espinacas a la crema con queso de granja, un batido de mango salado (es mucho mejor de lo que parece) y pastelitos fritos acaramelados.

Una vez que encargamos la comida, recomenzaron las preguntas. Habían recibido noticias de las familias de Van, Jolu y Darryl (por supuesto) y todos ellos habían intentado denunciar nuestra desaparición. La policía tomaba nota de los nombres, pero había tantas «personas desplazadas» que no iban a abrir ninguna investigación a menos que continuaran perdidas después de siete días.

Mientras tanto, en la red habían aparecido millones de sitios estilo «ha visto usted a». Un par de ellos eran viejos clones de MySpace que se habían quedado sin dinero y que ahora experimentaban un renacimiento gracias a toda la atención que recibían. Después de todo, algunos inversores de riesgo también tenían familiares desaparecidos en el área de la Bahía. Quizás, si los recuperaban, esos sitios atraerían nuevos capitales. Los navegué con la laptop de papá. Estaban repletos de anuncios comerciales, por supuesto, y de imágenes de personas perdidas, casi todas fotos de graduación, de boda y cosas por el estilo. Bastante macabro.

Encontré mi fotografía y vi que tenía un enlace con las de Van, Jolu y Darryl. Había un pequeño formulario para marcar a la gente conforme se la encontraba y otro para agregar anotaciones sobre otros desaparecidos. Marqué mi casilla, las de Jolu y Van, y dejé en blanco la de Darryl.

—Olvidaste a Darryl —dijo papá. Darryl no le agradaba mucho; una vez descubrió que faltaban un par de centímetros en una de las botellas del armario de licores y yo, para mi eterna vergüenza, le eché la culpa a Darryl. Lo cierto, desde luego, era que había sido una estupidez de los dos: habíamos probado vodka con Coca durante una sesión de videojuegos que había durado toda la noche.

—No estaba con nosotros —dije. La mentira tuvo un sabor amargo en mi boca.

—Oh, mi Dios —dijo mamá. Unió las manos fuertemente—. Cuando llegaste a casa supusimos que estaban todos juntos.

—No —dije, y la mentira siguió creciendo—. No, se suponía que tenía que reunirse con nosotros, pero nunca nos encontramos. Puede que esté varado en Berkeley. Iba a tomar el BART.

Mamá lanzó un gemido. Papá meneó la cabeza y cerró los ojos.

—¿Sabes lo del BART? —dijo.

Negué con la cabeza. Ya veía adónde apuntaba todo esto. Sentí como si el suelo se estuviera elevando a toda velocidad.

—Explotó —dijo papá—. Los cabrones lo volaron al mismo tiempo que al puente.

Eso no estaba en la primera plana del Chronicle pero, claro, la explosión del BART bajo el agua no era ni remotamente tan pintoresca como las imágenes del puente convertido en jirones y fragmentos, colgando sobre la Bahía. El túnel del BART, desde el embarcadero de San Francisco hasta la estación West Oakland, se había hundido.

 

 

***

 

Volví a la computadora de papá y navegué por los titulares. Nadie podía asegurarlo, pero la cantidad de víctimas ascendía a miles. Entre los automóviles que habían caído al mar desde 60 metros de altura y la gente que se había ahogado en los trenes, las muertes seguían acumulándose. Un cronista afirmaba haber entrevistado a un «falsificador de identidad» que había ayudado a «decenas» de personas a dejar atrás sus antiguas vidas: después de los ataques, simplemente se habían esfumado, encargándole nuevos documentos de identidad y escapando de sus malos matrimonios, malas deudas y malas vidas.

Papá tenía verdaderas lágrimas en los ojos y mamá lloraba abiertamente. Los dos volvieron a abrazarme, palmeándome con las manos, como para cerciorarse de que yo realmente estaba allí. No paraban de decirme que me amaban. Yo también les decía que los amaba. Cenamos con los ojos llorosos y papá y mamá tomaron dos vasos de vino cada uno, mucho para ellos. Les dije que estaba empezando a darme sueño —era verdad— y subí lentamente a mi habitación. Pero no quería irme a la cama. Necesitaba conectarme y averiguar lo que estaba sucediendo. Necesitaba hablar con Jolu y Vanessa. Necesitaba ponerme a trabajar para encontrar a Darryl.

Avancé pesadamente hasta mi cuarto y abrí la puerta. Me pareció que no veía mi vieja cama desde hacía mil años. Me recosté y estiré la mano hacia la mesa de noche para agarrar mi laptop. Seguramente, no había quedado bien enchufada —había que mover el adaptador eléctrico de la manera correcta— porque se había descargado durante mi ausencia. Volví a enchufarla y esperé que se recargara uno o dos minutos antes de intentar encenderla de nuevo. Usé ese tiempo para desvestirme, arrojar mi ropa a la basura —no quería volver a verla— y ponerme calzoncillos limpios y otra camiseta. La ropa recién lavada, sacada de mis cajones, se sentía tan familiar y cómoda como los abrazos de mis padres.

Encendí la laptop y acomodé unas almohadas detrás de mí, contra la cabecera de la cama. Me recliné, abrí la tapa de la computadora y me la puse sobre los muslos. Todavía estaba cargando y, amigo mío, los iconos que iban apareciendo en la pantalla se veían bien. Volví a revisar el cable de alimentación, lo moví y se salió. El enchufe hembra estaba realmente jodido.

De hecho, estaba tan mal que no podía hacer nada. Cada vez que separaba la mano del cable, dejaba de hacer contacto y la máquina comenzaba a quejarse de que no tenía batería. La revisé con más detalle.

Toda la carcasa de la computadora estaba levemente desalineada; el borde de unión se desviaba, formando una abertura angular que comenzaba angosta y se ensanchaba hacia atrás.

A veces, miras un equipo, descubres algo así y te preguntas: «¿Siempre estuvo igual?». Tal vez sí y nunca lo habías notado. Pero con mi laptop era imposible. Es decir, yo mismo la construí. Después de que el Consejo de Educación nos entregó los LibrosEscolares, mis padres de ninguna manera quisieron comprarme una computadora para mí, aunque, técnicamente, el LibroEscolar no me pertenecía y, en teoría, no podía instalarle ningún software ni modificarlo. Tenía algo de dinero ahorrado… trabajos ocasionales, regalos de Navidad y cumpleaños, un poco de e-Bay con buen criterio. Sumando todo, me alcanzaba para comprar una máquina totalmente de mierda, de cinco años de antigüedad.

Así que Darryl y yo construimos una. Las carcasas de laptop se pueden comprar, igual que se compran los gabinetes para PC de escritorio, aunque son más especializadas que las de PC. Ya había construido un par de PC con Darryl a lo largo de los años, buscando repuestos en el sitio Craigslist o en ventas de garaje y encargando materiales a unos proveedores taiwaneses baratísimos que encontramos en la red. Supuse que construir una laptop sería la mejor manera de tener la potencia que necesitaba a un precio que podía pagar.

Para construir una laptop, empiezas por comprarte una barebook, una máquina con muy poco hardware y todas las ranuras de expansión necesarias. Lo bueno fue que, cuando terminé, tenía una máquina medio kilo más liviana que la Dell a la que le había echado el ojo, que funcionaba más rápido y que había costado un tercio de lo que habría pagado por esa Dell. Lo malo fue que ensamblar una laptop es como construir un barco dentro de una botella. Es un trabajo fastidiosamente detallista, con pinzas y lupas, tratando de lograr que todo quepa en esa carcasa tan pequeña. A diferencia de lo que ocurre con una PC de tamaño normal, que principalmente contiene aire, cada milímetro cúbico del espacio de una laptop está ocupado. Cada vez que pensaba que la había terminado, atornillaba todo, descubría que algo impedía el cierre completo de la tapa y tenía que volver al tablero de dibujo.

De modo que yo sabía exactamente cómo debía verse el borde de unión de mi laptop cuando estaba cerrada… y no debía verse así.

Continué moviendo el adaptador eléctrico, pero fue inútil. No iba a conseguir que se encendiera a menos que la desarmara. Rezongué y la dejé junto a la cama. Me ocuparía de ella por la mañana.

 

 

***

 

Teóricamente, en todo caso. Dos horas después, seguía mirando el techo, volviendo a repasar mentalmente las películas de lo que me habían hecho, de lo que yo tendría que haber hecho, puros remordimientos y esprit d’escalier.

Me levanté de la cama. A las 11:00 había escuchado que mis padres se acostaban y ya era más de medianoche. Agarré la laptop, despejé un espacio en mi escritorio, enganché las lámparas LED a las gafas de aumento y saqué un juego de diminutos destornilladores de precisión. Un minuto después ya había abierto la carcasa y retirado el teclado, y contemplaba fijamente las tripas de mi laptop. Tomé un aerosol de aire comprimido, soplé el polvo que había succionado el ventilador y me puse a revisar todo.

Algo no estaba bien. No podía definirlo, pero hacía meses que no le quitaba la tapa. Por suerte, la tercera vez que tuve que abrirla y luchar para volver a cerrarla, se me había ocurrido algo inteligente: tomar una foto del interior con todas las partes colocadas en su sitio. Totalmente inteligente. Al principio, dejé esa foto guardada en el disco duro pero, como es natural, no podía verla cuando desarmaba la laptop. Entonces la imprimí y la guardé en el desordenado cajón de mis papeles, el cementerio de árboles secos donde conservaba todas las tarjetas de garantía y los diagramas de asignación de pins. Revolví todo —parecía más desordenado de lo que recordaba— y saqué la foto. La puse junto a la computadora y desenfoqué un poco los ojos, tratando de detectar lo que parecía fuera de lugar.

Y entonces lo encontré. El cable plano que conectaba el teclado con la placa lógica no estaba bien enchufado. Muy raro. En esa parte no había torque, nada que pudiera aflojarlo durante el curso de las operaciones normales. Traté de volver a ajustarlo haciendo presión y descubrí que no se trataba de que el enchufe estuviese mal colocado: había algo entre éste y la placa. Lo saqué con la pinza y lo iluminé con mis lámparas.

En mi teclado había algo nuevo. Era un pequeño bloque de hardware, de apenas un milímetro y medio de espesor, sin marcas. El teclado estaba enchufado al bloque y el bloque a la placa. En otras palabras, se encontraba perfectamente ubicado para capturar todas mis pulsaciones cuando oprimía las teclas de la máquina.

Era un espía.

El corazón me latía en los oídos. La casa estaba oscura y silenciosa, pero no era una oscuridad tranquilizadora. Afuera había ojos, ojos y oídos, que me estaban observando. Que me vigilaban. La vigilancia que debía enfrentar en la escuela me había seguido hasta casa, pero esta vez no era únicamente el Consejo de Educación el que me miraba por encima del hombro: el Departamento de Seguridad Interior le hacía compañía.

Estuve a punto que retirar el dispositivo. Pero entonces se me ocurrió que quienquiera que lo hubiera puesto allí advertiría que lo había quitado. Lo dejé instalado. Me enfermó tener que hacerlo.

Miré a mi alrededor, buscando más intromisiones. No encontré ninguna, pero… ¿acaso significaba que no las hubiera? Alguien había irrumpido en mi habitación para plantar ese dispositivo; había desarmado y vuelto a armar mi laptop. Existían muchas otras formas de intervenir una computadora. Nunca podría descubrir todas.

Reensamblé la máquina con los dedos entumecidos. Esta vez, la carcasa no quedó bien cerrada, pero el cable eléctrico permaneció en su sitio. La encendí y apoyé los dedos sobre el teclado, pensando en correr un programa de diagnóstico y ver de qué se trataba este asunto.

Pero no podía.

Diablos, tal vez había más dispositivos en la habitación. Tal vez había una cámara espiándome ahora mismo.

Antes de llegar a casa estaba paranoico. Ahora estaba casi fuera de mí. Me sentía como si estuviese de nuevo en la cárcel, en la sala de interrogatorio, acechado por entidades que me tenían completamente en su poder. Me dieron ganas de llorar.

Sólo había una cosa que hacer.

Fui al cuarto de baño, saqué el rollo de papel higiénico y puse uno nuevo. Por suerte, casi se había terminado; desenrollé el resto de papel que quedaba y revolví mi caja de repuestos hasta que encontré un sobrecito de plástico lleno de LED blancas ultrabrillantes que había extraído de un foco de bicicleta que ya no servía. Con cuidado, pasé las luces por el tubo de cartón, usando un alfiler para hacer los orificios; después, saqué un poco de cable y las conecté en serie con unos ganchillos de metal. Retorcí los cables, los introduje en los conectores de una batería de nueve voltios y enchufé la batería. Ahora tenía un tubo bordeado de LEDs direccionales ultrabrillantes que podía colocarme delante de un ojo para mirar a través de él.

Había construido uno el año anterior, como trabajo para la feria de ciencias; cuando demostré que había cámaras ocultas en la mitad de las aulas de la secundaria Chávez, me expulsaron de la feria. Hoy en día, las videocámaras del tamaño de cabezas de alfiler cuestan menos que cenar en un buen restaurante y las instalan en todas partes. Los empleados mirones las ponen en los probadores de las tiendas o en los salones de bronceado y dan rienda suelta a su perversión con lo que filman a escondidas de los clientes; a veces, hasta lo suben a la red. Saber transformar un tubo de papel higiénico y tres dólares de materiales en un detector de cámaras es una cuestión de sentido común.

Y es la manera más sencilla de localizar cámaras espías, que tienen lentes diminutas pero que reflejan la luz como los mil demonios. Funciona mejor en una habitación en penumbras: miras por el tubo y, lentamente, recorres todas las paredes y otros sitios donde pueden haber instalado una cámara, hasta que ves el destello de un reflejo. Si el reflejo permanece en el mismo lugar aunque tú te muevas, es una lente.

En mi habitación no había cámaras; en todo caso, ninguna que pudiera detectar. Quizás había dispositivos de audio, por supuesto. O cámaras mejores. O nada en absoluto. ¿Qué culpa tenía de estar paranoico?

Yo amaba esa laptop. La llamaba la Salmagundi, que significa cualquier cosa hecha con sobrantes.

Cuando llegas al punto de ponerle nombre a tu laptop sabes que realmente has establecido una relación profunda con ella. Ahora, sin embargo, sentía que no quería volver a tocarla nunca más. Quería arrojarla por la ventana. ¿Quién podía saber lo que le habían hecho? ¿Quién podía saber cómo la habían intervenido?

La guardé en un cajón, con la tapa cerrada, y miré al techo. Era tarde y debía irme a la cama. Pero ahora no iba a acostarme, de ninguna manera. Me espiaban. Quizás nos espiaban a todos. El mundo había cambiado para siempre.

—Encontraré la manera de atraparlos —dije. Era un juramento; lo supe cuando lo escuché, aunque nunca antes había hecho un juramento.

Después de eso, ya no pude dormir. Además, tenía una idea.

El algún lugar de mi armario había una caja envuelta en plástico al vacío que contenía una flamante Xbox Universal, aún cerrada. Todas las Xbox se han vendido por mucho menos de lo que cuestan (la mayor parte de las ganancias de Microsoft provienen de los derechos que les cobra a las empresas de juegos por vender juegos para Xbox), pero la Universal fue la primera Xbox que Microsoft decidió entregar completamente gratis.

En la última Navidad, habían aparecido en todas las esquinas unos pobres tipos disfrazados de guerreros de la saga Halo, regalando bolsas llenas de estas máquinas de videojuegos lo más rápido que podían. Supongo que funcionó: todos dicen que se vendieron toneladas de juegos. Naturalmente, se aplicaron contramedidas para asegurar que sólo pudieran jugarse los de las empresas que le habían comprado la licencia de fabricación a Microsoft.

Los hackers atraviesan las contramedidas. Un muchacho del MIT había crackeado la Xbox y luego escribió un best-seller sobre el tema, y entonces cayó la 360 y sucumbió la Xbox Portable, que tuvo muy corta vida (todos le decíamos «la maleta»… ¡pesaba un kilo trescientos!). Supuestamente, la Universal era totalmente a prueba de balas. Los hackers que la habían crackeado eran unos chicos de secundaria brasileros que usaban Linux y vivían en una favela, una especie de caserío okupa.

Nunca subestimes la audacia de un chico que es rico en tiempo y pobre en dinero.

Cuando los brasileros publicaron el crack, todos nos volvimos locos. Pronto aparecieron decenas de sistemas operativos alternativos para la Xbox Universal. Mi favorito era el ParanoidXbox, una variante del Paranoid Linux. El Paranoid Linux es un sistema operativo que supone que el usuario está sufriendo el hostigamiento del gobierno (la intención era que lo utilizaran los disidentes chinos y sirios) y que hace todo lo posible por mantener en secreto tus comunicaciones y documentos. Incluso emite un puñado de comunicaciones «señuelo», que supuestamente sirven para encubrir el hecho de que estás haciendo algo clandestino. O sea que, mientras tú recibes un mensaje político de a un carácter a la vez, el Paranoid Linux simula que estás navegando en la red, llenando formularios y coqueteando en las salas de chat. Entretanto, uno de cada quinientos caracteres que recibes es tu mensaje verdadero: una aguja enterrada en un inmenso pajar.

Me había copiado un DVD del ParanoidXbox apenas apareció, pero nunca me había puesto a desempacar la Xbox que guardaba en el armario ni a conseguir un televisor donde conectarla y demás. Mi habitación ya estaba bastante atestada como para permitir que un software congelamáquinas de Microsoft consumiera un valioso espacio de trabajo.

Esa noche haría el sacrificio. Tardé unos veinte minutos en tenerla encendida y funcionando. El mayor problema era que no tenía televisor, pero finalmente recordé que tenía un pequeño proyector LCD con conectores RCA estándar para TV en la parte trasera. Lo conecté a la Xbox, lo apunté a mi puerta e instalé el Paranoid Linux.

Ahora era yo el que estaba encendido y funcionando, mientras el Paranoid Linux buscaba otras Xbox Universal con las que hablar. Todas las Xbox Universal vienen con conexión inalámbrica incorporada para los juegos multijugador. Puedes conectarte con el enlace inalámbrico de tus vecinos y a la Internet, si es que tienes servicio inalámbrico en tu casa. Encontré tres grupos diferentes de vecinos dentro del rango de alcance. Dos de ellos también tenían sus Xbox Universal conectadas a la red. El ParanoidXbox adoraba esa configuración: podía engancharse en las conexiones de algunos de mis vecinos y usarlas para acceder a la red de juegos en línea. Los vecinos nunca echarían de menos esos paquetes: pagaban servicios de Internet de tarifa plana y no estaban precisamente navegando mucho, siendo las 2:00 de la madrugada.

Lo mejor fue cómo me sentí con todo esto: tenía el control. Mi tecnología trabajaba para mí, me servía, me protegía. No me espiaba. Por eso amaba la tecnología: si la usabas bien, te otorgaba poder y privacidad.

Ahora mi cerebro estaba verdaderamente en marcha, corriendo a cien por hora. Había muchas razones para usar el ParanoidXbox; la mejor era que cualquiera podía escribir juegos para ese sistema operativo. Ya había un puerto de MAME, el Emulador Múltiple de Máquinas de Arcade, de modo que podías jugar prácticamente cualquier juego que alguna vez se hubiera escrito, desde el Pong en adelante… juegos para la Apple ][+ y juegos para Colecovision, juegos para NES y Dreamcast, y así sucesivamente.

Todavía mejores eran los geniales juegos multijugador diseñados específicamente para el ParanoidXbox: juegos de aficionados, totalmente gratuitos, que cualquiera podía usar. Cuando combinabas todo, obtenías una consola gratuita llena de juegos gratuitos que además te daba acceso gratuito a la Internet.

Y la mejor parte (para mí): el ParanoidXbox era paranoico. Cada bit que lanzaba al aire se codificaba casi por completo. Podían espiarte todo lo que quisieran, pero jamás descubrirían de qué estabas hablando ni con quién hablabas. Internet, correo y mensajería instantánea, todos anónimos. Justo lo que necesitaba.

Lo único que debía hacer era convencer a todos los que conocía para que también lo usaran.

 

 

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